Relatos de Balbino: La ciega

 

 

 LA CIEGA

Balbino Gutiérrez, a la memoria de Fernando Quiñones 

 

 

Quien hubiera conocido en su juventud a Françoise Rucquoi, una joven belga muy atractiva, de piel pulida y marfileña, difícilmente podría identificarla con la mujer madura, hermosa y morena, que se puede ver sentada permanentemente en el porche de un cortijillo blanco, cuando se pasa por la carretera que va de Sanlúcar al Puerto de Santa María.

         La modesta casa –de techo plano y expuesta a los vientos abrasadores del levante- era la vivienda de Rafael Núñez “El Navajas”, un heterodoxo cantaor gitano de insólita biografía. Françoise había conocido a Navajas (cuyo apodo le venía de su madre, una vieja cantaora, dueña de un pequeño bazar en el barrio de la Viña de Cádiz, donde vendía principalmente cuchillos), al acabar una actuación del flamenco en Sevilla. La joven extranjera gustó mucho al artista, y ella quedó fascinada por la presencia magnética del gitano: “Mitad chulo, mitad junco”, como lo definió en una ocasión un aficionado flamenco y gran admirador suyo. Percibió que era un hombre totalmente distinto a los que había frecuentado hasta entonces, y le sedujo la vehemencia y pureza del deseo de poseerla que Rafael le manifestó desde el mismo momento de verla. A partir de esa noche, no iban a separarse jamás.

         Françoise comenzó a sentir unas vivencias situadas en el polo opuesto de las conocidas hasta entonces. Descubrió que fuera de los recitales y fiestas del artista, Rafael era una persona asocial y solitaria; sin embargo, a su lado dejó de notar la sensación de separación con el mundo y la soledad que la había acompañado a lo largo de toda su vida. Navajas era un ser instintivo y tan cerca de sí mismo que podía prescindir de las cosas, las actividades y las relaciones que la mayoría de la gente necesita para soportar la alineación y el tedio cotidianos.

         Rafael el Navajas arrastraba una aureola de hombre y artista maldito, marginado entre los marginados y proscrito por su gente. Cuando era muy joven desamparó de “repronto”, como él decía, a su mujer y a su hijo –ciego de nacimiento- para juntarse con la hija de un millonario japonés, con la que vivió dos años seguidos. Además de esas relaciones duraderas, tuvo encuentros más o menos efímeros con un número incalculable de mujeres. Se jactaba de haberles hecho más de cincuenta chiquillos repartidos por el mundo entero, y,  en momentos de euforia soez, solía afirmar fanfarrón: “Tengo la picha esollá de tanto follar”.

         Como cantaor poseía una voz bronca y profunda (que los entendidos llaman afillá), alimentada por sus viejas raíces flamencas, capaz de expresar los cantes y melismas más difíciles con acentos y cadencias inimitables. Sus actuaciones eran imprevisibles tanto en su principio como en su desarrollo; cualquier contratiempo y alteración sutil del ambiente, imperceptibles para todos salvo para él, daban al traste con su intervención en un recital, y ya no había fuerza humana que fuera capaz de hacerle retroceder.

         Rafael fue cosechando a lo largo de su vida muchos enemigos y críticas adversas, pero no se lamentaba nunca por lo que había hecho o dejado de hacer. Su voluntad, mezcla perfecta de sentimiento e instinto, no estaba sometida al divorcio que conocen en su ser los hombres civilizados; pero tampoco, porque era químicamente puro, podía librarse de las angustias inherentes a la condición humana. Sus estados depresivos, aunque infrecuentes, alcanzaban niveles de profundidad en consonancia con la desbordante vitalidad que derrochaba habitualmente: “Siento un regomello mu grande aquí dentro”, decía señalándose la boca del estómago, cada vez que le asaltaba la crisis que él no sabía analizar ni expresar con palabras. Entonces, Rafael desaparecía por un tiempo impredecible, durante el cual se dedicaba a emborracharse a muerte y a armar unas broncas fenomenales, que solían dar con su cuerpo en los calabozos de la Guardia Civil o en alguna Casa de Socorro.

         Su adaptación a la convivencia real con el artista gitano no se le hizo a Françoise tan dura e imposible como hubiera podido imaginar en abstracto, o creyera otra persona que juzgase la situación desde fuera. A pesar de todas sus diferencias con él y de permanecer aislada en la casita al borde de la carretera –salvo el tiempo que pasaban lejos durante los cada vez más espaciados recitales de Rafael, o los contactos de los escasos visitantes que se acercaban hasta el cortijillo-, la joven se sentía feliz con la pasión extraña que ese hombre singular había sabido despertar en ella.

         La pobreza de la vida que llevaban, las carencias de la vivienda –sin agua corriente y sin gas- no eran sombras que oscurecieran la alegría de existir en estrecha relación con los elementos vivos de la naturaleza. El color cambiante de los campos según las estaciones, la plenitud de la luz y el cielo, la proximidad salina del océano cuyo rumor y perfume oía y olía en los días de temporal, y, sobre todo, la presencia de Rafael, al que Françoise comparaba con el fuego, la compensaban generosamente por la seguridad y comodidades perdidas de su mundo anterior.

         Más duro fue someterse al papel de “la mujer de mi casa” que Navajas le asignó. Ella no estaba preparada para realizar ninguna de las tareas domésticas propias de las compañeras de los gitanos, y tuvo que aprenderlas rápidamente. Rafael se mostraba intransigente sobre ese punto y no estaba dispuesto a ayudarla en lo más mínimo, ni a compartir actividades que él consideraba impropias de un hombre de verdad. Sin embargo, la joven belga aceptó sin protestar la voluntad de su amante, y conoció durante varios meses la exaltación vital y el equilibrio interior que siempre había estado persiguiendo.

         Pasaban días enteros sin ver ni hablar con nadie, y se sumergían en interminables horas de amor confundiendo en su continuo éxtasis las fases del día y la noche. De vez en cuando, acogían por algún tiempo en la pequeña casa al hijo ciego de Rafael, Tomás, un muchacho de la misma edad que Françoise, de carácter tranquilo y afable, y del que apenas si notaban la presencia.

         Al cabo de dos años de su nueva y pletórica existencia, Françoise comenzó a ver amontonarse encima de sus cabezas los primeros nubarrones grises. Las crisis anímicas de Rafael se repetían frecuentemente, y sus ausencias se hacían más prolongadas. Su salud empeoró a causa de una antigua úlcera de estómago que nunca  se había cuidado: Rafael manifestaba verdadero horror por los médicos y no quería ni escuchar hablar de ellos.

         Una noche, en Ronda, Navajas desapareció de repente antes de terminar el recital de flamenco en el que había tenido una actuación calamitosa, subiendo al escenario con una descomunal cogorza. Françoise lo buscó inútilmente por toda la ciudad y regresó a su casa de los alrededores de Sanlúcar con una angustiosa preocupación en el cuerpo. Sólo después de cuatro días de espera eterna se enteró de que Rafael se encontraba ingresado, muy grave, en el hospital provincial de Cádiz.

         Cuando la dejaron verlo, el cantaor estaba inconsciente. “Será difícil que salga de ésta”, le dijo sin delicadeza una de las enfermeras que lo atendía. Rafael había perdido varios litros de sangre por la úlcera que se le había abierto, como una rosa con el calor del verano. Pese a todo, la fortaleza de Navajas ganó finalmente la partida, aunque había sido necesario practicarle una delicada operación quirúrgica que requirió un periodo prolongado de convalecencia.

         Ni un solo miembro de su familia se acercó a interesarse por él durante el tiempo que permaneció ingresado. Únicamente vinieron a visitarlo algunos amigos y aficionados que se habían enterado de su situación. Françoise, en cambio, se quedó constantemente a su lado mientras estuvo en peligro de muerte. El personal del centro la trataba como si fuese un bicho raro; por el contrario, la joven extranjera se sintió consolada y agradecida ante la actitud solidaria de muchos de los familiares de los enfermos, vecinos de cama de Rafael. 

         Al iniciarse la mejoría, Françoise, sin un céntimo para poder quedarse en la pensión cerca de él, se vio obligada a regresar a la casita de Sanlúcar, donde no iba a estar sola: vino a hacerle compañía Tomás. Rafael le había pedido que cuidara de ella. Los primeros días se sintió incómoda y nerviosa. El joven ciego parecía mudo igualmente: desde que se levantaba con el alba hasta que se acostaba poco después de ponerse el sol, consumía todas las horas sentado y en silencio total debajo de una gran higuera, en la parte oeste de la casa. Ni siquiera venía a comer a la cocina cuando lo llamaba, y, para que no se muriese de hambre, Françoise tenía que llevarle la escasa comida que preparaba.

         Al cabo de un cierto tiempo, comprendiendo tal vez que servía más de carga que de alivio a la compañera de su padre, Tomás cambió de actitud y comenzó a ayudar a la muchacha en algunas tareas cotidianas. Françoise admiraba cómo se desplazaba con precisión y con sus grandes ojos grises abiertos: ¡le costaba trabajo creer que no tuvieran vida! Tomás se transformó rápidamente en un acompañante amable y discreto. Había heredado de Rafael su lado espontáneo e infantil. Tenía un cuerpo bien proporcionado, delgado y enérgico, y de toda su persona emanaba un aire de serenidad.

         Entre los dos jóvenes se fue trabando una extraña relación, mezcla de afecto y prevención. Los días que Françoise no iba a visitar a Rafael, en lenta recuperación, pasaban largos ratos sentados en el porche; Tomás –sonriente en apariencia- sumido en sus impenetrables pensamientos y ella contemplando el atardecer. Desde su posición se podían ver las margas colinas cubiertas de viñedos, las lejanas casas blancas de Chipiona y Sanlúcar, y, difuminando la atmósfera, las majestuosas y melancólicas puestas de sol sobre la banda cenicienta del Atlántico.

         Françoise se maravillaba con la extraordinaria capacidad de percepción sensorial de Tomás, que no podía explicarse sólo por el efecto compensatorio de su ceguera, sino que se situaba más allá de lo puramente físico. El ciego podía anunciar el instante en que alguien iba a llegar al cortijillo varios minutos antes de presentarse, o prever los cambios del tiempo con dos o tres días de antelación, incluso predecía con poco margen de error el día y la hora en que se calmaría el levante. Pero lo que más turbaba a Françoise era su manera de mirarla. No se trataba de algo comparable a la mirada de una persona normal que pusiera la vista, con mayor o menor fijeza, en sus vestidos, sus brazos, su boca o sus ojos. Tomás olía su piel, notaba el calor de su cuerpo, la intensidad y el perfume de su aliento; percibía toda su persona por fuera y por dentro, logrando que se sintiera íntegramente desnuda e inerme.

         Seis semanas duró la extravagante soledad de Françoise junto al hijo de su amante. Rafael regresó del hospital más delgado, demacrado y avejentado, y con menos viveza en los ojos y la voz. Tomás continuó viviendo con ellos: su madre lo había aborrecido por haberse ido a proteger a la extranjera a la casa del padre, y al ciego no le quedaba otro lugar donde refugiarse.

         Françoise supo de inmediato que las relaciones con Navajas no iban a ser las mismas de antes. El cantaor se mostraba muy debilitado por la enfermedad que había estado a punto de acabar con él, además, ella creyó adivinar que se había dañado de forma irreversible algún mecanismo sutil y profundo de su personalidad: por primera vez en su vida, Rafael se mostró humilde y daba la impresión de estar como arrepentido. Françoise se dedicó a cuidarlo y amarlo con todas sus fuerzas, a fin de que se reanimara y de hacerle recuperar su vitalidad de león, pero Navajas la esquivaba delicadamente, pensando que ella se obligaba a darle lo que él no le inspiraba de manera natural.

         La presencia permanente de Tomás se convirtió en un elemento perturbador de la estabilidad de Françoise. Ella seguía considerándolo, sobre todo, como el hijo de Rafael, pero comenzó a notar un cierto malestar ante la súbita aparición de ligeros temblores o sensación de vacío en el estómago cada vez que el joven le hablaba cerca, la rozaba al cruzarse, o con el contacto fugaz de sus manos al pasarse algún objeto.

         Aunque de distinta naturaleza e importancia, otro motivo de preocupación para Françoise era el estado lamentable de la economía de su singular familia; sobrevivían últimamente con las verduras del minúsculo huerto, las gallinas, los conejos del corral, que comenzaron a disminuir, y con los escasos dineros que les había prestado un amigo de Navajas. Rafael esperaba con recelosa impaciencia la celebración de un festival benéfico en su favor que estaba organizando un grupo de aficionados sevillanos.

         A pesar de sus fatigas, o precisamente por eso, cantaba en la casa más a menudo que antes de su enfermedad; lo hacía no tanto por querer estar en buenas condiciones el día de su homenaje, sino porque sentía una honda necesidad de expresar los complejos sentimientos e ideas que se agolpaban en su alma. Su hijo Tomás, sin grandes facultades, le tocaba a veces la guitarra, pero la mayor parte del tiempo Rafael prefería cantar a palo seco, y su voz sonaba con un eco más rancio y enduendado que nunca.

         Cuando llegó la fecha señalada para el festival, Navajas decidió que iría solo a Sevilla, pese a las insistentes peticiones de Françoise para que la dejara acompañarlo. Ella temía que esa noche Rafael volviera a emborracharse y a caer nuevamente enfermo, o no estuviera a la altura de las circunstancias y armase algún escándalo: “Te juro por mis muertos que sólo beberé agua y que estaré aquí por la mañana”, le prometió solemnemente Navajas, quien no había probado una sola gota de vino desde que salió del hospital.

         La verdadera razón de la oposición de Rafael a que su amante fuese con él era que no quería inspirar lástima a nadie, y sentía vergüenza por haber aceptado ese festival benéfico, obligado por la gran necesidad de dinero que tenían. Navajas odiaba la hipocresía y elogios de los muchos amigos falsos que le iban a salir esa noche, y deseaba ahorrarle a Françoise la humillación que sólo él debía sufrir en solitario.

         Después de marcharse Rafael con las personas que vinieron a buscarlo en coche, a Françoise le faltó un tris para irse detrás de él a Sevilla haciendo autostop, pero pensando que Navajas se pondría furioso al encontrarla en el festival, se resignó, angustiada, a quedarse y esperar. Tomás había desaparecido poco antes sin decir una palabra. A veces solía ausentarse y luego resultaba imposible saber en dónde había estado o lo que había hecho. La tarde era muy calurosa y Françoise decidió bajar andando hasta la playa cercana para bañarse, así se refrescaría y calmaría su terrible  desazón. Cuando regresó con el crepúsculo, vio a Tomás sentado en el porche, mirando obstinadamente hacia el poniente con sus ojos muertos.

         Nada más hacerse de noche, Françoise se metió en la cama aun a sabiendas de que no iba a poder dormir en toda la noche. Pensaba que Rafael no cumpliría su promesa y terminaría bebiendo. Recordó las palabras del médico que le había dado el alta en el hospital: “Si quieres acabar pronto, no tienes más que volver a empezar”. ¿Qué haría ella si Navajas se moría? La idea de perderlo se le hacía insoportable: sabía que ya no podría reanudar su vida anterior.

         De repente, oyó abrirse la puerta del dormitorio y el roce apagado de unos pasos que se acercaban hasta su cama. Era Tomás. Françoise se puso en guardia con el corazón palpitante. El ciego se tumbó, rígido, a su lado sin decir una sola palabra; estaba completamente desnudo y ella sintió por un instante la suavidad satinada de su piel. Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde la punta de los pies hasta los cabellos. Tomás la acarició con miedo y ternura; Françoise no hizo nada para rechazarlo y permaneció pasiva: ¡se encontraba tan sola y desamparada!

         Mientras tanto, Rafael Navajas, que se había empeñado en abrir la lista de los cantaores de su homenaje, abandonó inmediatamente el teatro donde se celebraba el festival, y venía camino de regreso en el coche de un aficionado de Chipiona. Cuando lo dejaron delante de su casa, a eso de las cuatro de la mañana, prevalecía una calma absoluta rota levemente por el canto de un grillo. Sentía su corazón desbocado por el deseo de abrazar a Françoise y demostrarle que él sabía cumplir su palabra. Prendió una vela con su mechero y se dirigió con paso quedo hasta la alcoba donde dormía su mujer. Abrió la puerta con sumo cuidado.

         Rafael estuvo a punto de dejar caer la vela de sus manos al tiempo que un sudor frío le empapaba todo el cuerpo. Sintió un vértigo mortal y tuvo que apoyarse en una silla para no rodar por el suelo. En la cama dormían confiadamente su hijo y Françoise. Tomás reposaba su cabeza sobre el hombro de la muchacha que lo mantenía abrazado como una madre. Pensó en sacar la navaja y degollarlos en el acto; sin embargo, los actos no fueron capaces de obedecer a sus intenciones. Al tenue resplandor de la llama, los dos jóvenes parecían más que amantes, dos niños indefensos que hubieran dormido juntos para espantar el miedo.

         Rafael se quedó paralizado contemplándolos y sin atreverse a tomar una resolución. Luego, agarró de una silla la ropa de Françoise y la despertó lanzando alaridos y amenazas: su aspecto era idéntico al de una fiera herida. Tomás dio un salto y salió despavorido del cuarto golpeándose con los escasos muebles. Françoise se incorporó y permaneció sentada en la cama sin comprender aún lo que ocurría. Rafael le gritaba ordenándole que se vistiera y se marchara de inmediato para no volver jamás; su rostro estaba macilento y desencajado como el de un ajusticiado.

         Françoise sólo reaccionó al cabo de unos instantes: si lo obedecía, no lo vería nunca más, pero si se resistía, Navajas iba a matarla no permitiéndole siquiera darle una explicación de lo que había sucedido. Entonces, le arrebató la vela y, antes de que él pudiera evitarlo, se paso repetidamente la llama por los ojos abiertos. Rafael la miró espantado y cuando se la quitó de un manotazo, era demasiado tarde y la muchacha se había desmayado.

         Loco de dolor, Navajas se sentó en el borde de la cama, abrazó amorosamente a Françoise y, meciéndola como a una niña chica, lloró sin consuelo hasta las claras del día.

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