Artículos flamencos en La Caña

Manuel de Falla y el cante jondo

(Artículo publicado en La Caña nº 1 diciembre 1991)

Balbino Gutiérrez

La publicación en 1962 del libro de Eduardo Molina Fajardo supuso un hito dentro de la historiografía del flamenco. Veintiocho años después, la Universidad de Granada ha vuelto a publicar una edición facsímil del texto, en un gesto no menos oportuno y afortunado, a excepción, tal vez, de la idoneidad del extenso prefacio de Andrés Soria: un trabajo de 108 páginas, dividido en varios apartados, temas y textos, estos de dudosa necesidad, que más que una introducción al uso, constituye un libro sobre el libro, o cuando menos, un ensayo sobre el mismo.

Al margen del aditivo señalado cuya validez es discutible, la obra de Molina Fajardo, lejos de haber perdido valor con el paso del tiempo, no ha hecho sino acrecentarlo, tal como suele suceder con aquellas empresas y objetos fabricados con materiales indelebles, capaces de soportar la acumulación imparable de los años y la veleidad de los gustos y las modas. Tres son las virtudes, a mi juicio, que acompañan a este libro: su aspecto formal y bibliográfico, la metodología y las fuentes de las que se nutre, y sus intenciones y objetivos, que contribuyen a hacer de Manuel de Falla y El Cante Jondo un testimonio inapreciable para conocer la realidad de lo sucedido en Granada, en torno a las dos jornadas memorables del mes de junio de 1922.

En un formato de 14 x 19 y con caracteres de imprenta de fácil lectura, el libro incluye reproducciones de una serie de documentos que proporcionan materialidad al contenido narrativo: varias cartas autógrafas de don Manuel de Falla, entrada a las sesiones del Concurso, folleto satírico contrario al mismo, documento de firmantes de la solicitud presentada al Ayuntamiento de Granada, programa de mano informativo, así como diversos dibujos y caricaturas de personajes y motivos relacionados con el evento. Además, en el apéndice se reproduce el cartel anunciador con el dibujo del pintor granadino (jiennense) Manuel Ángeles Ortiz, más otros textos como la petición al Ayuntamiento de Granada firmada por los miembros del Centro Artístico y la Sociedad Nacional de Música, la “Proposición del Cante Jondo” escrita por Falla y publicada en El Defensor de Granada, el 21 de marzo de 1922; la conferencia de García Lorca sobre La importancia Histórica y Artística del Primitivo Canto Andaluz llamado “Cante Jondo”, leída en el Centro Artístico de Granada, el 19 de febrero de 1922; El “Cante jondo” (Canto Primitivo Andaluz) del propio Falla. Finalmente, en las ilustraciones aparecen fotografías y retratos de algunos de los protagonistas y organizadores principales, a lo que se añade una caricatura y una espléndida panorámica de los espectadores y de un momento de la actuación en una de las noches.

En lo que respecta a la segunda de las virtudes apuntadas, Eduardo Molina Fajardo recurre principalmente al estudio y exposición de datos sincrónicos, según queda reflejado en la mayor parte de las fuentes que recoge en su bibliografía. Ello significa el conocimiento y aplicación por parte del periodista-historiador, de uno de los conceptos más avanzados, en el momento de la aparición del libro, para la aprehensión más fiel del hecho histórico; así, enumeramos algunos de los documentos consultados por el autor que reflejan claramente su método. En primer lugar, se recogen artículos periodísticos de una proximidad al tema verdaderamente candente: “La música y el flamenquismo”, El Defensor de Granada, 12-3-22, de Miguel Cerón Rubio; “ La subvención para el Concurso de Cante Jondo no altera el presupuesto general de nuestro Ayuntamiento…”, El Defensor de Granada, 12-3-1922, del mismo autor; “Alma de esclavos. La fiesta del jipío tabernario, y del pingo en el tablap canalla”, La Opinión de Granada, junio 1922, de Joaquín Corrales Ruiz, et. Y de este modo, hasta un total de 23 textos, publicados en diarios de la ciudad del Concurso, Sevilla, Madrid y París, como el de Maurice Legendre, en Le Correspondant, Le corpus de Granada en 1922, El Cante Jondo, julio de 1922.

El resto de las fuentes bibliográficas o de prensa, aunque ya más alejadas de la fecha del acontecimiento, guardan una estrecha relación con el tema o se mantienen dentro del ámbito estrictamente flamenco y, desde luego, están lejos de abrumarnos con referencias impertinentes, como en el caso de algunos que otros flamencólogos de ocasión, que se creen obligados a divulgar el número de volúmenes de su biblioteca o demostrar la vastedad de su cultura de autodidactas.

Rigor y Poesía

La tercera cualidad es una consecuencia evidente de las anteriores. Por el rigor no excluye la fantasía. Rigor en la objetividad de exposición de los hechos para no inducirnos a visiones erróneas de lo real, y, al mismo tiempo, un relato ameno, apasionante, que no podemos interrumpir una vez que nos hemos sumergido en su lectura. Y todo ello desde la anulación más humilde del cronista. Sí, es encomiable la digna modestia de Eduardo Molina Fajardo, que evita convertirse en protagonista de su obra. Qué gran ejemplo para tantos historiadores amateurs del flamenco que no renuncia a insertar su retrato en las páginas que nos venden.

Y no es poco lo que nos ofrece: la ternura y la determinación de Falla, la atmósfera encantada de Granada, el ambiente artístico e intelectual del carmen de la Antequeruela Alta y la taberna de El Polinario; las semblanzas de Gracía Lorca, Zuloaga, Rusiñol, Ramón Gómez de la Serna y toda esa pléyade de nombres famosos, jóvenes y viejos, españoles y extranjeros, unidos en un mismo afán y en el amor al flamenco, aunque lo llamen “Cante Jondo”; las dificultades que hay que superar frente a los modernos del momento, la emoción de las noches del 13 y 14 de junio, las ingenuidades y el desencanto final del gran promotor, Falla.

Todo queda dicho y sugerido en este magnífico libro, en esta detallada crónica de uno de los acontecimientos más influyentes en la historia del flamenco; y eso se logra, además, sin pretender hacer literatura descaradamente, sin mistificaciones baratas de las que estamos tan acostumbrados a sufrir en este tipo de prosa. Se le reprocha a Eduardo Molina Fajardo el no haber incluido un juicio crítico sobre el Concurso y su responsables y, a menudo, los acusadores son los mismos que no saben eludir cualquier tentación de enzarzarse en polémicas grandilocuentes sobre cualquier mediocre intérprete de turno. Precisamente es ahí donde radica la valía subyacente de la obra: ¿Cómo podría el gran periodista de Granada enturbiar la memoria de tantos hombres ilustres y sus desvelos por el “Cante Jondo”, por el flamenco? Ya lo intentaron los Valladares y los Corrales de la época, y no lo consiguieron.

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