Ana la Condesita

Balbino Gutiérrez

Apareció en el escenario y fue para él como la salida de la luna llena, el principio del alba, la sangre de un campo de amapolas, el murmullo del mar, el aroma de las rosas, el fulgor de las estrellas, la revelación de la verdad que andaba buscando. Ana la Condesita –vestida de rojo hasta los pies, pelo de azabache y seda, ojos de oscura almendra, tez blanca y pura como los pétalos de lirio- inició su baile en un movimiento estático, la mano izquierda a la altura de la frente y la mano derecha sobre la parte baja de la cadera, presionando ligeramente sus carnes turgentes que se adivinaban prietas en la postura más seductora que él viera jamás. Los pliegues del vestido, a modo de túnica griega, se ceñían a su cuerpo dibujando formas sensuales, coronadas por un rostro encendido del que surgían dos intensas llamaradas negras.

La fascinante figura, graciosa y provocadora a la vez, comenzó a evolucionar sobre el pequeño tablado ejecutando un baile por tarantos y acompañada por tres guitarras bastante aceptables y por un cantaor que conocía bien su oficio, aunque sin grandes recursos vocales. Pero ninguna de estas limitaciones colaterales importó mucho al espectador –un fino aficionado madrileño-, que puso sus cinco sentidos en contemplar a la joven bailaora, cuya edad no debía de sobrepasar los dieciocho años, sin perderse uno solo de sus movimientos, gestos, taconeos, desplantes, llamadas, contoneos, balanceos, respiración de orgasmo; y mirándola con tal intensidad que tuvo la fuerte impresión de que se había establecido una corriente magnética entre el cuerpo de la joven y sus propios ojos, por los que se volcaba su alma trastornada.

Ana la Condesita no era la estrella de la noche, su nombre ni siquiera figuraba en el rudimentario programa del local. A su intervención, la siguió el baile de una figura adolescente, Israel Galván, casi un niño, el protagonista, y ella no volvió a salir sino para jalear y tocar las palmas, pero aun así, mostraba un ángel y un temperamento que no la hacían pasar desapercibida en el conjunto del cuadro flamenco. Y él continuó observando únicamente a la Condesita, ajeno al virtuosismo del precoz artista o al desarrollo general del espectáculo, y temblando de impaciencia por conocer a la hermosa muchacha.

Cuando terminó la actuación del grupo, se acercó para felicitar a Ana, que estaba acodada a la barra del restaurante con el resto de sus compañeros. Afortunadamente no parecía estar ligada a ninguno de ellos, y así pudo manifestarle con entusiasmo la emoción que le había causado. La bailaora se sintió muy halagada por los apasionados elogios del desconocido capitalino, porque además de agradecérselo con un beso en la mejilla, le tendió una fuente llena de jamón y queso, de la que él se sirvió con nerviosa torpeza.

Volvieron a encontrarse en Candela después de que la Condesita –junto a “La Chabuca”, otra bailaora algo mayor que ella- pasara por la pensión, cercana al popular establecimiento, con el fin de desmaquillarse y cambiarse de atuendo. Él se instaló en la banqueta pegada al muro, al lado de su amiga Antonia, una asidua del local, más aburrida que un nabo, y justo enfrente de Ana. La mesa y ocho personas a su alrededor los separaban, y él sentía la absoluta necesidad de decirle que lo había vuelto completamente loco.

Se sumergió entonces en una aventura favorecida por los numerosos canutos en los que había participado activamente hasta ese momento, abstrayéndose de la charla del grupo que le llegaba con un sordo ronroneo. Se colocó junto a la Condesita y le dijo que se había enamorado perdidamente de ella desde el primer instante de verla. Ana le respondió que ella también había comenzado a sentir algo muy especial e inefable, que había notado la intensidad de su mirada y que lo había identificado entre el público a pesar de la oscuridad de la sala.

Alguien anunció en voz baja que había fiesta abajo y todos se levantaron de las sillas y fueron desfilando hacia la cueva. Ana y él volvieron a tomar asientos separados, cada uno en un extremo del salón. Jaime tocaba la guitarra, acompañado por su tío; pero él no prestó atención a la insólita garra del niño prodigio. Se marchó con Ana enlazándola por la cintura y besándose apasionadamente por las esquinas. Se encerraron en un hotel para vivir la noche de amor más intensa que nunca conocieron los amantes pretéritos ni los futuros. El cuerpo de la Condesita era más bello que todo lo que había podido imaginar: estrecho busto de pechos grandes, firmes, redondos y con pezones en punta; cintura de cristal, caderas de Venus, nalgas y muslos de coral torneados en el taller de un orfebre sensual. Se juraron amor imperecedero y decidieron vivir juntos por toda la eternidad. Ella olvidó al novio de Sevilla, y él se separó de la mujer con la que estaba malcasado. Huyeron al fin del mundo y evitaron la venganza de la ley gitana.

La fiesta decaía después de no haber acabado de despegar, y los presentes comenzaron a abandonar la cueva… De repente, él se dio cuenta de que la Condesita ya no se encontraba allí, ni las tres personas que la habían acompañado. Subió al bar, repleto de gente, pero ella tampoco estaba. Resignado e indiferente, se sentó en una mesa con los conocidos habituales que pasaban en Candela noche tras noche buscando no se sabe qué, o quizás ocultándose de algo. Pensó que los únicos ciudadanos románticos que quedaban en los tiempos que corrían eran los chorizos y los marginados; él, como los de su clase, no tenía valor para dejarse arrastrar por otras pasiones que no fueran las inspiradas por la vanidad, el dinero o las drogas. Y continuó bebiendo, nostálgicamente, resuelto a emborracharse a muerte.

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