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A la ciudad

JULIO MOREIRA

In memoriam

Julio Moreira era un jarifo chafandín que usaba cuchillo largo. Chufletero y zumbón, las guarichas lo adoraban, los mozallones lo aborrecían y buscaban para apiolarlo.

El Loro’s, chirlata frecuentada por barateros y arrumacas del barrio se encontraba desierta, de manera desacostumbrada, la noche de autos.

-Julio –dijo el pubero de la timba-. Arrímate el tronco, que andan por ahí unos escurras caloyos que quieren mecharte a chirlos.

-¿Quiénes son esos cadagueños? –indagó Julio haciéndose el bolonio-, que les voy a batanear tantos lapos que se van a quedar como la hoja del perejil.

-Arrímate el tronco, Julio –repitió el pubero, que son muchos y no podrás fajarte con todos.

-Aunque el mismo candinga y su corte de demonches subieran del báratro, yo me fajaría con ellos –insistió Julio con ademán farfatón.

-Vale –sentenció el timbero y guardó silencio.

Julio Moreira terminó de potar en un chisquete el vaso número quince de garnacha de la noche. En la timba sólo se oía el silbido sonoro del guaro en su jaula, que un gringo eutáxico y peneque le había enseñado hacía más de cinco años. En uno de los intervalos del guaro entre Marsellesas, se abrió la puerta de la chirlata y entró célere Regina, esposa del Jaiba, una de las daifas de Julio: su favorita.

Regina era la guaricha más garifa y con más sandunga de toda la ciudad. Amaba perdidamente a Julio Moreira, y éste se lo agradecía. Regina llevaba un enorme moratón en el rostro, se arrojó en los brazos de Julio y lo besó intensamente en la boca.

-¿Quién te ha puesto ese clavel de sangre en la mejilla?, que lo apiolo no más –dijo Julio.

-¡Pos quién había de ser! –contestó Regina-, sino el parguelas de mi esposo. Estaba rabioso como un tuso y, de no haberme librado de su rebufe, me habría arrancado todos los pelos de la chola. Ha venido siguiéndome y no tardará en aparecer por ahí –terminó Regina mirando con prevención a la puerta.

-El Jaiba no es lo bastante macho para pisar la misma tierra que tú y yo pisamos –dijo Julio.

-Vendrá con otros –añadió el pubero mientras secaba un vaso con escrupulosidad-. Esa clase de ternascos no se atreve a enfrentarse cara a cara con un hombre.

No había terminado de hablar cuando la puerta se abrió, y se plantó en el umbral el marido de la Regina. Se quedó petrificado viendo que ésta se encontraba en los brazos de Julio Moreira.

-Estaba seguro de que vendrías aquí, lumia, pendanga, zorra –le lanzó con voz aguda e inquinosa-. Y de que te encontraría con ese chulo gayón, al que el cherinola de su padre y la peliforra de su madre engendraron durante una noche de talanquera.

-¡Date por muerto, sarasa, bujarrón! –saltó el Julio a la vez que sacaba el chafarote largo y se disponía a clavárselo al Jaiba.

-¡Nada de pendencias en mi timba, o llamo a la chapa! –gritó con voz enérgica el pubero, interponiéndose entre ambos gallos.

-¡Sal a la calle si tienes en la entrepierna algo más que una chifa mola que sólo te sirve pa mear! –dijo el Jaiba a Julio.

-¡No vayas, que es una chanada! –aulló la Regina mientras agarraba a Julio por el brazo, reteniéndole con fuerza.

Quita, mujer, si he de morir, quiero que tú y las estrellas sean lo último que vean mis ojos –dijo el garifo liberándose suavemente de Regina.

Julio Moreira salió al exterior. La noche era cálida, brumosa, y la calle estaba desierta. La farola más cercana se encontraba como a cincuenta metros de la cantina, y en el centro de su escasa luz se adivinaba la silueta del jaiba, que esperaba desafiante, charrasca en mano, al Julio.

-¡Acércate, que te voy a comer la mitad del corazón, la otra mitad se la echaré a las ratas! –gritó el Jaiba.

-¡Aguarda, gurrumino, te arrancaré la lengua y se la daré a las hormigas! –replicó Julio.

Avanzaba despacio midiendo el terreno metro a metro. Se detuvo a unos diez pasos del rival. Los dos hombres se pusieron en guardia. El Jaiba esgrimía la charrasca en la mano izquierda. Comenzaron a buscarse en círculo, como a cámara lenta: el tiempo desapareció, tragado por la oscuridad.

De repente, surgieron de las sombras cuatro hombres que se abalanzaron sobre Julio. Éste, al percatarse de la emboscada, dio un salto de jaguar sobre el Jaiba hundiéndole el chafarote en el centro del corazón. Casi simultáneamente, los cuatro compadres del Jaiba cayeron encima de Julio y, sin darle tiempo a revolverse, lo cosieron a facazos dejándole cadáver en el suelo, con la cabeza vuelta hacia el firmamento. Uno de ellos, el Chirla, bajó los pantalones al muerto y, con gestos precisos de pescadero, emasculó el cuerpo aún caliente de Julio y arrojó los testículos y el carajo a un montón de basura cercano.

Los cuatro lunfardos, que habían sido también cornudos por voluntad de Julio Moreira, no quedaron satisfechos con su muerte, y quisieron lavar el honor de cabrunos con más sangre. Se fueron en busca de la Regina, que salió huyendo de la timba cuando supo que su maturrango había sido asesinado, y le dieron caza antes de que pudiera llegar a su casa. Uno la agarró por las piernas, otro por los brazos y la larga cabellera negra, y el Chirla, de un tajo certero, le rebanó la gorguera y la dejó desangrada.

Al amanecer, los servicios municipales de limpieza de la ciudad de Lima recogieron los cadáveres de una mujer degollada y de un hombre, al que le faltaban sus partes genitales, que no aparecieron por los alrededores.

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