Llanto por Enrique Morente

Hoy, día 13 de junio, casi a las cinco en punto de la tarde se cumple medio año desde que Enrique Morente dejó de existir. El tiempo, ese gran anestesista de la pena, ha hecho ya en parte su trabajo; lo que no podrá, sin embargo, hacer nunca es cerrar la herida, la profunda herida que nos deja la persona que queremos y admiramos cuando se marcha para siempre.
Han pasado seis meses y parece que fue tan sólo ayer cuando recibimos el impacto del “hachazo invisible y homicida”. Durante este tiempo hemos conocido y transitado por diferentes estados de ánimo: estupor dolor, rabia, mucha rabia contra el destino que nos privó de su voz, su genio, su arte, convirtiendo este mundo en algo un poco más feo de lo que a veces es.
Durante este tiempo hemos tenido la ocasión de hablar con muchos amigos y compañeros de Enrique Morente, gentes que lo quisieron y admiraron sinceramente, y en todos hay palabras coincidentes acerca de la orfandad fraternal y artística en la que nos ha dejado el gran maestro del cante flamenco, del cante jondo; el gran maestro de la vida y el arte.
Otra coincidencia (paradójica con la anterior) entre las gentes que lo quisimos está en la opinión de que Morente sigue vivo. Y, en efecto, lo seguirá mientras hablemos con afección y respeto de él, y, sobre todo, lo seguirá mientras recordemos su obra. Y hay una de la que yo al menos no podía hablar cuando la costra de la llaga estaba todavía blanda . Me refiero al último trabajo discográfico en estudio de Enrique Morente: Llanto.

 
Se trata de una obra realizada para la Casa-Museo Federico García Lorca de Fuente Vaqueros, que Enrique entregó a principios del fatídico 2010, y de la que me hizo escuchar unas primicias, cuando aún no estaba terminada. Decía que durante estos últimos meses no me apetecía hablar de ella y hasta me era penoso volver a oírla por la carga sentimental que me producía escuchar a Enrique Morente entonando su propio réquiem…
¿Pues qué otra cosa si no podía sugerir su audición? En Llanto, el maestro alcanza el límite soportable de la emoción, como si presintiera o temiera que no sólo estaba cantando los versos que Lorca dedicó a la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías, sino que estaba cantándolos también para su propia muerte…”La cogida y la muerte” y “Alma ausente”, la primera y cuarta parte de la genial elegía del poeta de Granada sirvieron a Morente de soporte literario y literal. Luego, el cantaor de Granada puso todo lo demás con su no menos genial invención musical en tres cortes repletos de angustia y sabiduría.
Para la composición del primero – un austero lamento fúnebre- recurre a sus procedimientos complejos de construcción, mostrados anteriormente en temas como “Omega” del Omega, o “Martinete” y “La última carta” de Miguel de Cervantes, ambos del disco Morente, sueña la Alhambra. En el segundo corte se despoja de los elementos electrónicos y vocales utilizados antes, para acompañarse a sí mismo con los solos y sencillos acordes de su guitarra por aires sutiles de soleares, que dan paso a otros no menos sutiles de fandango con remotos ecos de Caracol, al que Morente recordó en numerosas ocasiones a lo largo de su carrera.
El tercer corte, en el que vuelve a los versos de “La cogida y la muerte”, estos los va encadenando a base de la alternancia de recitativos con tonos de siguiriyas y saetas, pero ahora sin acompañamiento alguno, con el único eco de su voz, con esa voz hiriente y poderosa que fue ganando en los últimos años de su vida , una vida que Morente perdió casi a las cinco en punto de la tarde -como escribió su venerado Federico-, hace exactamente seis meses, seis, un 13 de diciembre de 2010.
Balbino Gutiérrez 13 de junio de 2011

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Enrique Morente. La voz libre (texto en castellano)

‘La voz libre’, la nueva biografía del cantaor
flamenco Enrique Morente, ve la luz

El libro de Balbino Gutiérrez sintetiza cuarenta años de trayectoria artística

Silvia Calado Madrid, 29 de mayo de 2006

Tal fue el salto que dio la trayectoria artística de Enrique Morente a raíz de ‘Omega’, que su biógrafo, el escritor granadino Balbino Gutiérrez, se ha visto abocado a reescribir y actualizar ‘La voz libre’. Diez años después de la primera edición, ve la luz “un nuevo libro” que culmina en la actuación de Enrique Morente con el grupo neoyorquino Sonic Youth en Valencia. Una honda biografía, cientos de referencias periodísticas, entrevistas, comentarios de otros artistas de su entorno, las letras de los cantes… conforman el contenido de este libro que se presentó en la sede madrileña de la Sociedad General de Autores Españoles (Sgae) el pasado 29 de mayo, en presencia del autor, el cineasta Carlos Saura y el cantaor de ‘La voz libre’.

Con la promesa de “leer el libro esta misma semana” y el reconocimiento de lo emocionante del acto, Enrique Morente irrumpió en la presentación de su segundo libro biográfico, ‘La voz libre’. Y es que, echándole la culpa a Ramón el Portugués, justificó el retraso con que llegó a la repleta sala de la Sgae. Ante compañeros como Carmen Linares y Juan Habichuela, el cantaor granadino tuvo unas palabras más para el flamenco que para sí mismo. No sin antes recordar el rodaje de ‘Flamenco’, donde se empeñó en cantar una seguiriya en lugar de la malagueña que Isidro Muñoz tenía en el guión, alertó sobre las dificultades del cante para abrirse paso en el mundo. “Pero prefiero que seamos menos conocidos y más amados”, sentenció. Y resaltó que “lo importante es que la creación no para, pues el flamenco lo mantienen en pie los profesionales que estudian para poder crear”.

Pulsa sobre la imagen para ver a mayor tamaño:

Carlos Saura dedicó su turno de palabra a subrayar los paralelismos entre su biografía artística y la de Morente: “Me veo reflejado en su vida, sobre todo, en el tránsito vital durante la posguerra española, en el deseo de impregnarse de los maestros, en saber aprender de las incomprensiones de la crítica”. Y recordando los dos rodajes con el cantaor -‘Flamenco’ e ‘Iberia’- confesó que “me hace llorar cuando lo veo y lo oigo, pues me gusta su sensibilidad tan extrema, que hace que uno se sienta transportado”.

Balbino Gutiérrez hizo, ante todo, gala de humildad en la presentación de su libro: “No sé si lo que he hecho está a la altura de alguien que ya ha entrado en la historia”. Y desgranó los entresijos de estas trescientas nuevas páginas que se nutren de entrevistas propias a Enrique Morente y a su entorno, cientos de recortes de prensa escrita y digital, letras de los cantes, discografía y fotografías de varios autores reproducidas en blanco y negro. Además, dejó caer que siendo “un personaje que sigue vivo, muy vivo, quizás haya una tercera parte”.

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Enrique Morente. La voz libre

‘La voz libre’, the new biography of cantaor
flamenco Enrique Morente, comes out

The book by Balbino Gutiérrez synthesizes his forty-year career as an artist

Silvia Calado. Madrid, May 29th, 2006

Such was the leap in Enrique Morente’s artistic career as a result of ‘Omega’ that his biographer, Granada-born writer Balbino Gutiérrez, found himself obliged to rewrite and update ‘La voz libre’. Ten years after the first edition, “a new book” comes out which culminates in Enrique Morente’s performance with the New York group Sonic Youth in Valencia. A deep biography, hundreds of journalistic references, interviews, comments by other artists surrounding him, lyrics to the cantes… make up the contents of this book which was presented at the Madrid headquarters of the General Society of Spanish Authors (SGAE) on May 29th, in the presence of the author, filmmaker Carlos Saura and the cantaor of ‘La voz libre’.

With the promise of “reading the book this very week” and recognizing how exciting the act was, Enrique Morente burst into the presentation of his second biography, ‘La voz libre’. And the thing is that he justified his delay in reaching the SGAE’s jam-packed hall by blaming Ramón el Portugués. In front of colleagues such as Carmen Linares and Juan Habichuela, the Granada-born cantaor uttered words more for flamenco than for himself. Not without first recalling the shooting of ‘Flamenco’, where he endeavored to sing a seguiriya instead of the malagueña that Isidro Muñoz had in the script, he alerted of the troubles cante faces to make its way in the world. “But I’d rather we were lesser known and more loved”, he judged. And he pointed out that “the important thing is for creation not to stop, since flamenco is kept standing by professionals who study to be able to create”.

Click the image to enlarge:
 2006 edition
Frames from “Enrique Morente: La voz libre”

Carlos Saura devoted his turn to speak to underlining the parallelisms between his biography as an artist and that of Morente: “I see my own reflection in his life, especially during the period following the Spanish Civil War, in the desire to soak things up from the maestros, in knowing how to learn from the critics’ incomprehension”. And remembering the two shootings with the cantaor – ‘Flamenco’ and ‘Iberia’ – he admitted that “he makes me cry when I see him and I hear him, since I like his so extreme sensitivity, which makes you feel swept off your feet”.

Balbino Gutiérrez made a show, above all, of humility in the presentation of his book: “I don’t know if what I’ve done is up to the level of someone who’s already gone down in history”. And he spoke of the ins and outs of the three hundred new pages feeding on interviews with Enrique Morente himself and those surrounding him, hundreds of clippings from the print and digital press, lyrics to the cantes, discography and photographs by several authors in black-and-white prints. Moreover, he dropped the hint that as he is “a personage who’s still alive, very much alive, there might be a third book”.

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Relatos de Balbino: La ciega

 

 

 LA CIEGA

Balbino Gutiérrez, a la memoria de Fernando Quiñones 

 

 

Quien hubiera conocido en su juventud a Françoise Rucquoi, una joven belga muy atractiva, de piel pulida y marfileña, difícilmente podría identificarla con la mujer madura, hermosa y morena, que se puede ver sentada permanentemente en el porche de un cortijillo blanco, cuando se pasa por la carretera que va de Sanlúcar al Puerto de Santa María.

         La modesta casa –de techo plano y expuesta a los vientos abrasadores del levante- era la vivienda de Rafael Núñez “El Navajas”, un heterodoxo cantaor gitano de insólita biografía. Françoise había conocido a Navajas (cuyo apodo le venía de su madre, una vieja cantaora, dueña de un pequeño bazar en el barrio de la Viña de Cádiz, donde vendía principalmente cuchillos), al acabar una actuación del flamenco en Sevilla. La joven extranjera gustó mucho al artista, y ella quedó fascinada por la presencia magnética del gitano: “Mitad chulo, mitad junco”, como lo definió en una ocasión un aficionado flamenco y gran admirador suyo. Percibió que era un hombre totalmente distinto a los que había frecuentado hasta entonces, y le sedujo la vehemencia y pureza del deseo de poseerla que Rafael le manifestó desde el mismo momento de verla. A partir de esa noche, no iban a separarse jamás.

         Françoise comenzó a sentir unas vivencias situadas en el polo opuesto de las conocidas hasta entonces. Descubrió que fuera de los recitales y fiestas del artista, Rafael era una persona asocial y solitaria; sin embargo, a su lado dejó de notar la sensación de separación con el mundo y la soledad que la había acompañado a lo largo de toda su vida. Navajas era un ser instintivo y tan cerca de sí mismo que podía prescindir de las cosas, las actividades y las relaciones que la mayoría de la gente necesita para soportar la alineación y el tedio cotidianos.

         Rafael el Navajas arrastraba una aureola de hombre y artista maldito, marginado entre los marginados y proscrito por su gente. Cuando era muy joven desamparó de “repronto”, como él decía, a su mujer y a su hijo –ciego de nacimiento- para juntarse con la hija de un millonario japonés, con la que vivió dos años seguidos. Además de esas relaciones duraderas, tuvo encuentros más o menos efímeros con un número incalculable de mujeres. Se jactaba de haberles hecho más de cincuenta chiquillos repartidos por el mundo entero, y,  en momentos de euforia soez, solía afirmar fanfarrón: “Tengo la picha esollá de tanto follar”.

         Como cantaor poseía una voz bronca y profunda (que los entendidos llaman afillá), alimentada por sus viejas raíces flamencas, capaz de expresar los cantes y melismas más difíciles con acentos y cadencias inimitables. Sus actuaciones eran imprevisibles tanto en su principio como en su desarrollo; cualquier contratiempo y alteración sutil del ambiente, imperceptibles para todos salvo para él, daban al traste con su intervención en un recital, y ya no había fuerza humana que fuera capaz de hacerle retroceder.

         Rafael fue cosechando a lo largo de su vida muchos enemigos y críticas adversas, pero no se lamentaba nunca por lo que había hecho o dejado de hacer. Su voluntad, mezcla perfecta de sentimiento e instinto, no estaba sometida al divorcio que conocen en su ser los hombres civilizados; pero tampoco, porque era químicamente puro, podía librarse de las angustias inherentes a la condición humana. Sus estados depresivos, aunque infrecuentes, alcanzaban niveles de profundidad en consonancia con la desbordante vitalidad que derrochaba habitualmente: “Siento un regomello mu grande aquí dentro”, decía señalándose la boca del estómago, cada vez que le asaltaba la crisis que él no sabía analizar ni expresar con palabras. Entonces, Rafael desaparecía por un tiempo impredecible, durante el cual se dedicaba a emborracharse a muerte y a armar unas broncas fenomenales, que solían dar con su cuerpo en los calabozos de la Guardia Civil o en alguna Casa de Socorro.

         Su adaptación a la convivencia real con el artista gitano no se le hizo a Françoise tan dura e imposible como hubiera podido imaginar en abstracto, o creyera otra persona que juzgase la situación desde fuera. A pesar de todas sus diferencias con él y de permanecer aislada en la casita al borde de la carretera –salvo el tiempo que pasaban lejos durante los cada vez más espaciados recitales de Rafael, o los contactos de los escasos visitantes que se acercaban hasta el cortijillo-, la joven se sentía feliz con la pasión extraña que ese hombre singular había sabido despertar en ella.

         La pobreza de la vida que llevaban, las carencias de la vivienda –sin agua corriente y sin gas- no eran sombras que oscurecieran la alegría de existir en estrecha relación con los elementos vivos de la naturaleza. El color cambiante de los campos según las estaciones, la plenitud de la luz y el cielo, la proximidad salina del océano cuyo rumor y perfume oía y olía en los días de temporal, y, sobre todo, la presencia de Rafael, al que Françoise comparaba con el fuego, la compensaban generosamente por la seguridad y comodidades perdidas de su mundo anterior.

         Más duro fue someterse al papel de “la mujer de mi casa” que Navajas le asignó. Ella no estaba preparada para realizar ninguna de las tareas domésticas propias de las compañeras de los gitanos, y tuvo que aprenderlas rápidamente. Rafael se mostraba intransigente sobre ese punto y no estaba dispuesto a ayudarla en lo más mínimo, ni a compartir actividades que él consideraba impropias de un hombre de verdad. Sin embargo, la joven belga aceptó sin protestar la voluntad de su amante, y conoció durante varios meses la exaltación vital y el equilibrio interior que siempre había estado persiguiendo.

         Pasaban días enteros sin ver ni hablar con nadie, y se sumergían en interminables horas de amor confundiendo en su continuo éxtasis las fases del día y la noche. De vez en cuando, acogían por algún tiempo en la pequeña casa al hijo ciego de Rafael, Tomás, un muchacho de la misma edad que Françoise, de carácter tranquilo y afable, y del que apenas si notaban la presencia.

         Al cabo de dos años de su nueva y pletórica existencia, Françoise comenzó a ver amontonarse encima de sus cabezas los primeros nubarrones grises. Las crisis anímicas de Rafael se repetían frecuentemente, y sus ausencias se hacían más prolongadas. Su salud empeoró a causa de una antigua úlcera de estómago que nunca  se había cuidado: Rafael manifestaba verdadero horror por los médicos y no quería ni escuchar hablar de ellos.

         Una noche, en Ronda, Navajas desapareció de repente antes de terminar el recital de flamenco en el que había tenido una actuación calamitosa, subiendo al escenario con una descomunal cogorza. Françoise lo buscó inútilmente por toda la ciudad y regresó a su casa de los alrededores de Sanlúcar con una angustiosa preocupación en el cuerpo. Sólo después de cuatro días de espera eterna se enteró de que Rafael se encontraba ingresado, muy grave, en el hospital provincial de Cádiz.

         Cuando la dejaron verlo, el cantaor estaba inconsciente. “Será difícil que salga de ésta”, le dijo sin delicadeza una de las enfermeras que lo atendía. Rafael había perdido varios litros de sangre por la úlcera que se le había abierto, como una rosa con el calor del verano. Pese a todo, la fortaleza de Navajas ganó finalmente la partida, aunque había sido necesario practicarle una delicada operación quirúrgica que requirió un periodo prolongado de convalecencia.

         Ni un solo miembro de su familia se acercó a interesarse por él durante el tiempo que permaneció ingresado. Únicamente vinieron a visitarlo algunos amigos y aficionados que se habían enterado de su situación. Françoise, en cambio, se quedó constantemente a su lado mientras estuvo en peligro de muerte. El personal del centro la trataba como si fuese un bicho raro; por el contrario, la joven extranjera se sintió consolada y agradecida ante la actitud solidaria de muchos de los familiares de los enfermos, vecinos de cama de Rafael. 

         Al iniciarse la mejoría, Françoise, sin un céntimo para poder quedarse en la pensión cerca de él, se vio obligada a regresar a la casita de Sanlúcar, donde no iba a estar sola: vino a hacerle compañía Tomás. Rafael le había pedido que cuidara de ella. Los primeros días se sintió incómoda y nerviosa. El joven ciego parecía mudo igualmente: desde que se levantaba con el alba hasta que se acostaba poco después de ponerse el sol, consumía todas las horas sentado y en silencio total debajo de una gran higuera, en la parte oeste de la casa. Ni siquiera venía a comer a la cocina cuando lo llamaba, y, para que no se muriese de hambre, Françoise tenía que llevarle la escasa comida que preparaba.

         Al cabo de un cierto tiempo, comprendiendo tal vez que servía más de carga que de alivio a la compañera de su padre, Tomás cambió de actitud y comenzó a ayudar a la muchacha en algunas tareas cotidianas. Françoise admiraba cómo se desplazaba con precisión y con sus grandes ojos grises abiertos: ¡le costaba trabajo creer que no tuvieran vida! Tomás se transformó rápidamente en un acompañante amable y discreto. Había heredado de Rafael su lado espontáneo e infantil. Tenía un cuerpo bien proporcionado, delgado y enérgico, y de toda su persona emanaba un aire de serenidad.

         Entre los dos jóvenes se fue trabando una extraña relación, mezcla de afecto y prevención. Los días que Françoise no iba a visitar a Rafael, en lenta recuperación, pasaban largos ratos sentados en el porche; Tomás –sonriente en apariencia- sumido en sus impenetrables pensamientos y ella contemplando el atardecer. Desde su posición se podían ver las margas colinas cubiertas de viñedos, las lejanas casas blancas de Chipiona y Sanlúcar, y, difuminando la atmósfera, las majestuosas y melancólicas puestas de sol sobre la banda cenicienta del Atlántico.

         Françoise se maravillaba con la extraordinaria capacidad de percepción sensorial de Tomás, que no podía explicarse sólo por el efecto compensatorio de su ceguera, sino que se situaba más allá de lo puramente físico. El ciego podía anunciar el instante en que alguien iba a llegar al cortijillo varios minutos antes de presentarse, o prever los cambios del tiempo con dos o tres días de antelación, incluso predecía con poco margen de error el día y la hora en que se calmaría el levante. Pero lo que más turbaba a Françoise era su manera de mirarla. No se trataba de algo comparable a la mirada de una persona normal que pusiera la vista, con mayor o menor fijeza, en sus vestidos, sus brazos, su boca o sus ojos. Tomás olía su piel, notaba el calor de su cuerpo, la intensidad y el perfume de su aliento; percibía toda su persona por fuera y por dentro, logrando que se sintiera íntegramente desnuda e inerme.

         Seis semanas duró la extravagante soledad de Françoise junto al hijo de su amante. Rafael regresó del hospital más delgado, demacrado y avejentado, y con menos viveza en los ojos y la voz. Tomás continuó viviendo con ellos: su madre lo había aborrecido por haberse ido a proteger a la extranjera a la casa del padre, y al ciego no le quedaba otro lugar donde refugiarse.

         Françoise supo de inmediato que las relaciones con Navajas no iban a ser las mismas de antes. El cantaor se mostraba muy debilitado por la enfermedad que había estado a punto de acabar con él, además, ella creyó adivinar que se había dañado de forma irreversible algún mecanismo sutil y profundo de su personalidad: por primera vez en su vida, Rafael se mostró humilde y daba la impresión de estar como arrepentido. Françoise se dedicó a cuidarlo y amarlo con todas sus fuerzas, a fin de que se reanimara y de hacerle recuperar su vitalidad de león, pero Navajas la esquivaba delicadamente, pensando que ella se obligaba a darle lo que él no le inspiraba de manera natural.

         La presencia permanente de Tomás se convirtió en un elemento perturbador de la estabilidad de Françoise. Ella seguía considerándolo, sobre todo, como el hijo de Rafael, pero comenzó a notar un cierto malestar ante la súbita aparición de ligeros temblores o sensación de vacío en el estómago cada vez que el joven le hablaba cerca, la rozaba al cruzarse, o con el contacto fugaz de sus manos al pasarse algún objeto.

         Aunque de distinta naturaleza e importancia, otro motivo de preocupación para Françoise era el estado lamentable de la economía de su singular familia; sobrevivían últimamente con las verduras del minúsculo huerto, las gallinas, los conejos del corral, que comenzaron a disminuir, y con los escasos dineros que les había prestado un amigo de Navajas. Rafael esperaba con recelosa impaciencia la celebración de un festival benéfico en su favor que estaba organizando un grupo de aficionados sevillanos.

         A pesar de sus fatigas, o precisamente por eso, cantaba en la casa más a menudo que antes de su enfermedad; lo hacía no tanto por querer estar en buenas condiciones el día de su homenaje, sino porque sentía una honda necesidad de expresar los complejos sentimientos e ideas que se agolpaban en su alma. Su hijo Tomás, sin grandes facultades, le tocaba a veces la guitarra, pero la mayor parte del tiempo Rafael prefería cantar a palo seco, y su voz sonaba con un eco más rancio y enduendado que nunca.

         Cuando llegó la fecha señalada para el festival, Navajas decidió que iría solo a Sevilla, pese a las insistentes peticiones de Françoise para que la dejara acompañarlo. Ella temía que esa noche Rafael volviera a emborracharse y a caer nuevamente enfermo, o no estuviera a la altura de las circunstancias y armase algún escándalo: “Te juro por mis muertos que sólo beberé agua y que estaré aquí por la mañana”, le prometió solemnemente Navajas, quien no había probado una sola gota de vino desde que salió del hospital.

         La verdadera razón de la oposición de Rafael a que su amante fuese con él era que no quería inspirar lástima a nadie, y sentía vergüenza por haber aceptado ese festival benéfico, obligado por la gran necesidad de dinero que tenían. Navajas odiaba la hipocresía y elogios de los muchos amigos falsos que le iban a salir esa noche, y deseaba ahorrarle a Françoise la humillación que sólo él debía sufrir en solitario.

         Después de marcharse Rafael con las personas que vinieron a buscarlo en coche, a Françoise le faltó un tris para irse detrás de él a Sevilla haciendo autostop, pero pensando que Navajas se pondría furioso al encontrarla en el festival, se resignó, angustiada, a quedarse y esperar. Tomás había desaparecido poco antes sin decir una palabra. A veces solía ausentarse y luego resultaba imposible saber en dónde había estado o lo que había hecho. La tarde era muy calurosa y Françoise decidió bajar andando hasta la playa cercana para bañarse, así se refrescaría y calmaría su terrible  desazón. Cuando regresó con el crepúsculo, vio a Tomás sentado en el porche, mirando obstinadamente hacia el poniente con sus ojos muertos.

         Nada más hacerse de noche, Françoise se metió en la cama aun a sabiendas de que no iba a poder dormir en toda la noche. Pensaba que Rafael no cumpliría su promesa y terminaría bebiendo. Recordó las palabras del médico que le había dado el alta en el hospital: “Si quieres acabar pronto, no tienes más que volver a empezar”. ¿Qué haría ella si Navajas se moría? La idea de perderlo se le hacía insoportable: sabía que ya no podría reanudar su vida anterior.

         De repente, oyó abrirse la puerta del dormitorio y el roce apagado de unos pasos que se acercaban hasta su cama. Era Tomás. Françoise se puso en guardia con el corazón palpitante. El ciego se tumbó, rígido, a su lado sin decir una sola palabra; estaba completamente desnudo y ella sintió por un instante la suavidad satinada de su piel. Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde la punta de los pies hasta los cabellos. Tomás la acarició con miedo y ternura; Françoise no hizo nada para rechazarlo y permaneció pasiva: ¡se encontraba tan sola y desamparada!

         Mientras tanto, Rafael Navajas, que se había empeñado en abrir la lista de los cantaores de su homenaje, abandonó inmediatamente el teatro donde se celebraba el festival, y venía camino de regreso en el coche de un aficionado de Chipiona. Cuando lo dejaron delante de su casa, a eso de las cuatro de la mañana, prevalecía una calma absoluta rota levemente por el canto de un grillo. Sentía su corazón desbocado por el deseo de abrazar a Françoise y demostrarle que él sabía cumplir su palabra. Prendió una vela con su mechero y se dirigió con paso quedo hasta la alcoba donde dormía su mujer. Abrió la puerta con sumo cuidado.

         Rafael estuvo a punto de dejar caer la vela de sus manos al tiempo que un sudor frío le empapaba todo el cuerpo. Sintió un vértigo mortal y tuvo que apoyarse en una silla para no rodar por el suelo. En la cama dormían confiadamente su hijo y Françoise. Tomás reposaba su cabeza sobre el hombro de la muchacha que lo mantenía abrazado como una madre. Pensó en sacar la navaja y degollarlos en el acto; sin embargo, los actos no fueron capaces de obedecer a sus intenciones. Al tenue resplandor de la llama, los dos jóvenes parecían más que amantes, dos niños indefensos que hubieran dormido juntos para espantar el miedo.

         Rafael se quedó paralizado contemplándolos y sin atreverse a tomar una resolución. Luego, agarró de una silla la ropa de Françoise y la despertó lanzando alaridos y amenazas: su aspecto era idéntico al de una fiera herida. Tomás dio un salto y salió despavorido del cuarto golpeándose con los escasos muebles. Françoise se incorporó y permaneció sentada en la cama sin comprender aún lo que ocurría. Rafael le gritaba ordenándole que se vistiera y se marchara de inmediato para no volver jamás; su rostro estaba macilento y desencajado como el de un ajusticiado.

         Françoise sólo reaccionó al cabo de unos instantes: si lo obedecía, no lo vería nunca más, pero si se resistía, Navajas iba a matarla no permitiéndole siquiera darle una explicación de lo que había sucedido. Entonces, le arrebató la vela y, antes de que él pudiera evitarlo, se paso repetidamente la llama por los ojos abiertos. Rafael la miró espantado y cuando se la quitó de un manotazo, era demasiado tarde y la muchacha se había desmayado.

         Loco de dolor, Navajas se sentó en el borde de la cama, abrazó amorosamente a Françoise y, meciéndola como a una niña chica, lloró sin consuelo hasta las claras del día.

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Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Crónicas Urbanas

 

 

 

 

 

 

CRÓNICAS URBANAS

 

 

BALBINO GUTIÉRREZ

 

 

Antología de 14 relatos que abarca una gran variedad de personajes y situaciones urbanas en diversas ciudades y épocas. Algunos relatos fueron publicados en revistas, otros son inéditos. Intenté publicarla sin éxito en editoriales. Hoy la lanzo al universo cibernético sin más pretensiones que la de ejemplarizar y entretener.

 

(RGPI: M-66332 10/3/1998)

 

 

 

 

ÍNDICE:

  1. Ana la Condesita págs.       3

(Madrid)

  1. Delirios feministas        “           7

(París)

  1. El borracho inglés     “         21         

(Granada)

  1. El chófer de Katheryn “         27

(París)

  1. El L.E.M.        “         40

(Estocolmo)

  1. El obsequio        “     45

(Madrid)

  1. El optimista    “       49

(Berlín)

  1. El piso    “    66

(Madrid)

  1. Julio Moreira    “    73

(Lima)

  1. La cartera “       78

(Madrid)

  1. La Exposición “    84

(Madrid)

  1. ¿Tienes un cigarro rubio, colega? “  90

(Madrid)

  1. Matar al tenor “     95

(Crónica censurada por el autor)

  1. La cartulina mágica “  104

(Madrid)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 ANA “LA CONDESITA”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apareció en el escenario y fue para él como la salida de la luna llena, el principio del alba, la sangre de un campo de amapolas, el murmullo del mar, el aroma de las rosas, el fulgor de las estrellas, la revelación de la verdad que andaba buscando. Ana la Condesita –vestida de rojo hasta los pies, pelo de azabache y seda, ojos de oscura almendra, tez blanca y pura como los pétalos de lirio- inició su baile en un movimiento estático, la mano izquierda a la altura de la frente y la mano derecha sobre la parte baja de la cadera, presionando ligeramente sus carnes turgentes que se adivinaban prietas, en la postura más seductora que él viera jamás. Los pliegues del vestido, a modo de túnica griega, se ceñían a su cuerpo dibujando formas sensuales, coronadas por un rostro encendido del que surgían dos intensas llamaradas negras.

La fascinante figura, graciosa y provocadora a la vez, comenzó a evolucionar sobre el pequeño tablado ejecutando un baile por tarantos y acompañada por tres guitarras bastante mediocres y por un cantaor que conocía bien su oficio, aunque sin grandes recursos vocales. Pero ninguna de estas limitaciones adyacentes importó mucho al espectador –un fino aficionado madrileño-, que puso sus cinco sentidos en contemplar a la joven bailaora, cuya edad no debía de sobrepasar los dieciocho años, sin perderse uno solo de sus movimientos, gestos, taconeos, desplantes, llamadas, contoneos, balanceos, respiración de orgasmo; y mirándola con tal intensidad que tuvo la fuerte impresión de que se había establecido una corriente magnética entre el cuerpo de la joven y sus propios ojos, por los que se volcaba su alma trastornada.

Ana la Condesita no era la estrella de la noche, su nombre ni siquiera figuraba en el rudimentario programa del local. Tras su intervención, la siguió un bailaor adolescente, casi un niño*, el protagonista, y ella no volvió a salir sino para jalear y tocar las palmas, pero aun así, mostraba un ángel y un temperamento que no la hacían pasar desapercibida en el conjunto del cuadro flamenco. Y él continuó observando únicamente a la Condesita, ajeno al virtuosismo del precoz artista o al desarrollo general del espectáculo, y temblando de impaciencia por conocer a la hermosa muchacha.

Cuando terminó la actuación del grupo, se acercó para felicitar a Ana la Condesita, que estaba acodada a la barra del restaurante con el resto de sus compañeros. Afortunadamente no parecía estar ligada a ninguno de ellos, y así pudo manifestarle con entusiasmo la emoción que le había causado. La bailaora se sintió muy halagada por los apasionados elogios del desconocido capitalino, porque además de agradecérselo con un beso en la mejilla, le tendió una fuente llena de jamón y queso, de la que él se sirvió con nerviosa torpeza.

Volvieron a encontrarse en Candela después de que la Condesita –junto a “La Chabuca”, otra bailaora algo mayor que ella- pasara por la pensión, cercana al popular establecimiento, con el fin de desmaquillarse y cambiarse de atuendo. Él se instaló en la banqueta pegada al muro, al lado de su amiga Antonia, una asidua del local, más aburrida que un nabo, y justo enfrente de Ana la Condesita. La mesa y ocho personas a su alrededor los separaban, y él sentía la absoluta necesidad de decirle que lo había vuelto completamente loco.

Se sumergió entonces en una aventura favorecida por los numerosos canutos en los que había participado activamente hasta ese momento, abstrayéndose de la charla del grupo que le llegaba con un sordo ronroneo. Se colocó junto a la Condesita y le dijo que se había enamorado perdidamente de ella desde el primer instante de verla. Ana la Condesita le respondió que ella también había comenzado a sentir algo muy especial e inefable, que había notado la intensidad de su mirada y que lo había identificado entre el público a pesar de la oscuridad de la sala.

Alguien anunció en voz baja que había fiesta abajo y todos se levantaron de las sillas y fueron desfilando hacia la cueva. Ana y él volvieron a tomar asientos separados, cada uno en un extremo del salón. Jaime tocaba la guitarra, acompañado por su tío; pero él no prestó atención a la insólita garra del niño prodigio. Se marchó con Ana enlazándola por la cintura y besándose apasionadamente por las esquinas. Se encerraron en un hotel para vivir la noche de amor más intensa que nunca conocieron los amantes pretéritos ni los futuros. El cuerpo de la Condesita era más bello que todo lo que había podido imaginar: estrecho busto de pechos grandes, firmes, redondos y con pezones en punta; cintura de cristal, caderas de Venus, nalgas y muslos de coral torneados en el taller de un orfebre sensual. Se juraron amor imperecedero y decidieron vivir juntos por toda la eternidad. Ella olvidó al novio de Sevilla, y él se separó de la mujer con la que estaba malcasado. Huyeron al fin del mundo y evitaron la venganza de la ley gitana.

La fiesta decaía después de no haber acabado de despegar, y los presentes comenzaron a abandonar la cueva… De repente, él se dio cuenta de que la Condesita ya no se encontraba allí, ni las tres personas que la habían acompañado. Subió al bar, repleto de gente, pero ella tampoco estaba. Resignado e indiferente, se sentó en una mesa con los conocidos habituales que pasaban en Candela noche tras noche buscando no se sabe qué, o quizás ocultándose de algo. Pensó que los únicos ciudadanos románticos que quedaban en los tiempos que corrían eran los chorizos y los marginados; él, como los de su clase, no tenía valor para dejarse arrastrar por otras pasiones que no fueran las inspiradas por la vanidad, el dinero o las drogas. Y continuó bebiendo metódicamente, resuelto a emborracharse

a muerte.

*Israel Galván

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DELIRIOS FEMINISTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue a raíz de la traumática violación de Katheryn por el joven negro africano cuando ella y Carole decidieron afiliarse al M.L.F. (Movimiento de Liberación Feminista), para combatir tanto el sexismo como el racismo, para hacer valer sus derechos frente a las gentes de extrema derecha como de extrema izquierda. Se convencieron de que para defenderse y tener su propia justicia había que hacer la revolución feminista: “La única revolución que atraviesa las clases, las razas y las nacionalidades, para liberar a las más oprimidas”, afirmaba Katheryn levantando amenazante su blanco y delicado puño, ante la mirada siempre atenta de Carole a su lado. Comenzaron a intervenir como propagandistas del Movimiento en mítines y conferencias por los barrios de París, primero en colectivos feministas y, posteriormente, también en círculos de lesbianas. Al principio, los blancos favoritos de los ataques de las dos amigas agitadoras fueron los progres marxistas que se habían adherido a las teorías sexuales de Wilhem Reich (el falso profeta de la revolución sexual, como ellas lo llamaban), y a los que trataban de ridiculizar en sus intervenciones casi siempre a dúo:

Katheryn: La función del orgasmo, cimiento de la ideología sexual progresista, no ha podido tener resultados más reaccionarios.

Carole: La pretendida liberación sexual de nuestros días no significa otra cosa más que un cambio en la ideología sobre el sexo.

Katheryn: Lo único que ha variado es el contenido de las órdenes que constituyen la moral, pero la estructura del comportamiento sexual masculino permanece inmodificada.

Carole: Hay una estrecha homología entre los principios que cimentaban la ideología puritana de nuestros padres y los que sostienen el actual progresismo sexual.

Katheryn: Para nuestros progenitores el sexo significaba un sometimiento como medio a los fines de la procreación, prescribiendo una técnica paupérrima que excluía como ilícitos y perversos aquellos juegos de amor más imaginativos y preñados de jolgorio y de estéril bienestar.

Carole: Pues bien, a pesar del aparente antagonismo de sus comportamientos, lo cierto es que la imagen estructural de la ideología sexual “progre”, su esqueleto formal, es tan igual a aquel que aparentemente pretende combatir, que se diría que es su burdo disfraz modernizado.

Katheryn: Sustituid la trilogía: procreación –ética puritana- Dios, por la trinidad: orgasmo –técnicas sexuales- ciencia, manteniendo el mismo tipo de concatenación y dependencia entre los vértices del nuevo triángulo, y obtendréis el campo conceptual y normativo en el que se apoyan todas las proposiciones ideológicas de las nuevas tribus de “liberados sexuales”.

Carole: El Orgasmo es el objetivo, la culminación y el evento otorgador de sentido a la totalidad de los procesos eróticos.

Katheryn: Las técnicas sexuales, uniformes y objetivas y enseñables en los libros, como si cada hombre concreto fuera un mero paradigma del mapa universal de las zonas erógenas, determinan el ritual exigido para llegar al anhelado Orgasmo.

Carole: Y la triple faz fisiológica, psicológica y sexológica de la desapasionada ciencia fundamenta con su frío rigor el carácter objetivo e inexcusable del orgasmo y la probada eficacia de las rutinarias técnicas que lo garantizan.

Katheryn: Y así como antes, el resultado del montaje era una legión de matrimonios histéricos incrementado mediante un procedimiento tosco y artesanal el contingente de futuros hijos para el cielo y el número de pobladores de este valle de lágrimas o infierno terrestre.

Carole: Así ahora el desenlace es una monótona combinatoria de obsesos despersonalizados y solitarios persiguiendo neuróticamente con una tecnología sexual sutilizada la inagotable acumulación de míticos orgasmos previamente programados para solaz de la ciencia y tranquilidad del Estado (con el rostro congestionado y morado, cedía la palabra a su compañera, que concluía casi en trance).

Katheryn: La Revolución Sexual no es otra cosa que una religión del sexo que tiene en el Coito su eucaristía y en el Orgasmo el momento de transustanciación del hombre en Dios. Su prestigio revolucionario le viene de su presunta oposición al Poder: siendo la burguesía y el capitalismo los que impiden a los “oprimidos” llegar al Orgasmo, su abolición es necesaria para conseguir una Redención que se presenta como la felicidad sexual. Así razona el “progre sexual”.

***

Hasta la aparición del judío errante, fugaz, y flautista, Albert Mendes, Katheryn y Carole fueron amantes por un tiempo (como ya se ha señalado anteriormente), durante el cual radicalizaron sus postulados en asambleas y foros no ya sólo de París, sino de muchos otros lugares a lo largo y ancho de la superficie total del Exágono (sinónimo de Francia para los franceses). Sus embestidas dialécticas se orientaron principalmente contra el matrimonio y la familia y los maridos y la condición femenina y el capitalismo y el Estado.

Katheryn: Según nuestra teoría, el matrimonio se presenta como la institución mediante la cual un trabajo gratuito es extraído de una categoría de las población, las mujeres-esposas.

Carole: Un trabajo gratuito debido a que no da derecho a un salario, sino solamente al mantenimiento de la esposa.

Katheryn: Así pues, debemos afirmar que la no valoración de este trabajo se origina institucionalmente con el contrato del matrimonio, que es en definitiva un contrato de trabajo. Un contrato de trabajo que estipula que la fuerza de trabajo de la mujer es propiedad del marido.

Carole: La ley que dictaba la autorización del esposo para que la mujer pudiera trabajar fuera del hogar, fue abolida en Francia hace sólo diez años, en 1962.

Katheryn: Queda muy claro que la situación de inferioridad de las mujeres en el mercado de trabajo y la discriminación de que son objeto, constituye la consecuencia, y no la causa como algunos pretenden hacérnoslo creer, del contrato del matrimonio tal como lo conocemos (aquí, las dos amigas imprimían un quiebro electrizante a su discurso):

Carole: Pero ¿existe una naturaleza femenina inmutable?

Katheryn: No, sólo la alineación.

Carole: Pero ¿existe un instinto materno inmutable?

Katheryn: No, sólo mixtificación (las audiencias las aplaudían enfervorizadas).

Carole: Me comentaba una joven madre casada: “Yo soy de las que aman con pasión a los bebés, y esos pocos años de la infancia de mis hijos permanecen excepcionales e inmersos en mi meoria” (carcajadas de las audiencias) –perdón: “memoria”- rectificaba Carole (más carcajadas). “Esos años llenos de alegrías y fatigas, esos años que huelen a carne y leche, esos años animales y poéticos llenos hasta el borde, justificadores: esos años cuya sola evocación hacen que se me salten lágrimas de emoción” (se oían fuertes pataleos, abucheos y gritos de protesta).

Katheryn (levantando la mano para imponer calma): En efecto, en las condiciones actuales, la maternidad representa, en el sentido estricto del término, una esclavitud y refuerza el sometimiento al marido.

Carole: Además, todo deseo de maternidad es sospechoso de ser un intento de compensar frustraciones afectivas o de ausencia de identidad, puesto que lo vivimos en un contexto de opresión. Trampa sutil: es la misma maternidad la piedra de toque de la opresión (regresaban los aplausos).

Katheryn: Aunque se hiciese posible un deseo de procreación no alienado, no dejaría por eso de ser menos alienado en sus consecuencias actuales.

Carole: Ni siquiera a los pseudo-marxistas se les ocurre poner en discusión el significado de conceptos tales como familia, niños, hogar, etc.

Katheryn: lo mismo sucede en política: la infelicidad social se presenta como natural, no como resultado de la existencia de clases y del dominio de una sobre otra.

Carole: Por ejemplo, el sadomasoquismo que es algo inherente al matrimonio, se considera como sadomasoquismo sustancial, eterno y necesario, por lo que se sanciona implícitamente la ineliminabilidad del mismo (pitos y gritos).

Katheryn: Y el sistema sexual refleja precisamente este sistema de dominio, que se pone en marcha en el mismo instante en que la mujer halla seductor a un hombre (más pitos y gritos).

Katheryn: En cierto sentido podemos asegurar que la vida sentimental de los seres humanos no es más que una doble alineación:

Carole: La del filisteísmo natural, agravado por una mala educación sexual.

Katheryn: Y la derivada de la ignorancia del mecanismo real de la correspondencia amorosa, que los burgueses atribuyen caprichosamente a una extraña mezcla de determinismo biológico y de misterio.

Carole: La gente de izquierdas sabe que la familia es una institución represiva (aplausos y bravos). La asocian –a veces con innecesario esquematismo- a la propiedad privada.

Katheryn: Si se les pregunta al respecto, señalarían cómo reproduce y alecciona la fuerza de trabajo, cómo propicia el consumo, cómo se tejen sutiles y efectivas cadenas de control entre sus miembros, cómo transmiten los padres la ideología de la clase dominante.

Carole: Por ello es preciso trascender la procreación. El ser humano no es un ser natural, es un ser social (aplausos y pataleo ensordecedores).

Katheryn: Del mismo modo que era difícil volar hace un tiempo, ahora se nos plantea que no será difícil fabricar seres humanos de otra manera a la biológica y natural.

Carole: Pero aunque esto no sea una realidad y quizás pueda parecer algo de ciencia-ficción, es un planteamiento que algún día se resolverá.

Katheryn: La mujer tiene la mitad de hembra, de animal sujeto a esas tareas biológicas que tienen las hembras mamíferas y la mitad de ser social. Y solamente cuando de verdad trascienda esta condena bíblica, podrá liberarse de su destino animal.

Carole: Hoy podemos ya trascenderla un poco porque los anticonceptivos eran insospechados hace cien años, y el aborto sin riesgos también, puesto que el aborto se ha practicado siempre, pero con altísimos riesgos.

Katheryn: El problema estaría en ver si la supresión de la píldora abriría paso a un sistema de relaciones más deseable o nos devolvería a la situación odiosa anterior de maternidad salvaje (abucheo aislado).

Carole: Las relaciones sexuales están a caballo entre la opresión y la explotación. La mujer a través de las relaciones sexuales, establece relaciones económicas.

Katheryn: La diferenciación sexual es la base sobre la que se produce la división del trabajo y la explotación, porque la reproducción de la fuerza de trabajo, implícita en la procreación, puede analizarse como producción de mercancías.

Carole y Katheryn a dúo: Actualmente, las contradicciones se agudizan y muchas relaciones se van desmontando. Así, a nivel sexual, nos tendremos que rebelar contra todo aquello que nos parece natural, puesto que ha sido impuesto para mantener formas intolerables de opresión y control (aplausos y ovaciones estruendosas con toda la sala de mujeres puesta en pie).

La extraordinaria capacidad dialéctica de las dos compañeras militantes, la habían aprendido en gran parte de los textos y enseñanzas de un proto-feminista español o latino americano (Katheryn confundía entonces a unos y otros), a quien no llegaron nunca a conocer personalmente. El intelectual progresista de incierta nacionalidad se amparaba en el anonimato y seudónimos para no levantar suspicacias entre las feministas más virulentas, y de ese modo tampoco buscarse complicaciones con la policía de su país, sometido a una férrea dictadura política. Por eso, Katheryn y Carole estaban convencidas de que el autor de muchos de los escritos que conocían, defendían y difundían era el mismísimo de uno de los opúsculos que más les había impresionado e influido para su toma de conciencia feminista y su compromiso militante: “Sexo y Marxismo”. La genitalidad fisiológica siempre aparece mediada y mediatizada por las relaciones sociales de sexualidad: hasta tal punto que son precisamente éstas las que definen la realidad de aquéllas: las que al mismo tiempo las objetifican y objetivan. Hablaré de dos tipos de relaciones de sexualidad. Por un lado las relaciones sociales “uterino-domésticas”: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas, y cuya productividad es la reproducción de la fuerza de trabajo. Y por otro lado, las deseativas: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas y cuya productividad son los desideremas o signos de deseabilidad. Pero, vayamos por partes.

         Se puede analizar la productividad uterino-doméstica por analogía con la “renta de la tierra” analizada por Marx en El Capital. Imaginemos que úteros y domus son fincas cultivables. Como tales, cada unidad (cada útero, cada domus) produce diferente rendimiento a las demás: esa diferencialidad es esencial. Cada finca (cada útero, cada domus) es singular: esencialmente distinta a las demás, única e irrepetible. Por ello la situación que cada finca (cada útero, cada domus) ocupa respecto a las demás, goza de capacidad monopólica: no se puede competir con su productividad puesto que su situación diferencial es única, irrepetible. Siendo esto así, el reparto de la tierra, es decir la vinculación de cada finca (cada útero, cada domus) a un titular social adopta la fórmula de privilegio.

         Para que no sólo se cultiven las tierras cuyo rendimiento sea superior a la media, sino que se cultiven todas aquellas cuyo global rendimiento satisfaga todas las necesidades sociales, se hace preciso la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de la tierra: “es la renta absoluta” de carácter tributario y precapitalista que marca los límites inferiores de cultivabilidad de la tierra. De igual forma que no sólo se cultivan las fincas (úteros y domus) cuyo rendimiento sea superor a la media, sino que se cultiven aquellas fincas (úteros y domus) cuyo global rendimiento satisfaga las necesidades sociales, se hace precisa la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de úteros y domus: “es la renta del útero” y el “tributo doméstico” que marca los límites inferiores de cultivabilidad femenina, límites por debajo de los cuales ya no se establecen relaciones sociales uterino-domésticas (y las solteronas y las putas se ven excluidas de la sumisa irresponsabilidad uterino-doméstica).

         Pero al margen del modo uterino-doméstico de relación social de sexualidad (modos cuyos elementos fundamentales acabo de esbozar con forzosa simplificación), existe otro modo, el “deseativo”, cuya vigencia es predominante en la actualidad. Así como en el modo anterior, la mujer aparecía ineluctablemente vinculada a la tierra uterino-doméstica (más que vinculada, emparedada entre los límites infranqueables: su útero y su domus, por un lado, y su varón y titular vinculante, por el otro), en el modo deseativo, por el contrario, la mujer aparece totalmente desvinculada, libre, desnuda, exenta, desembarazada, dispensada, desconectada. Su actividad práctica se reduce a la constante y rutinaria exteriorización de los desideremas: partículas elementales constitutivas de los signos de deseabilidad: indiferenciados, sustitutivos, repetibles, universales: intercambiables, genéricos, transferibles y comunicables de forma codificada.

         La actividad crítica de su “partenaire” en la relación social (el hombre) consiste, por el contrario en la interiorización problematizada de los desideremas que percibe: desideremas que flotan en el ambiente, desvinculados de toda mujer real, disponibles. En resumen, la tarea exclusivamente crítica del varón consiste en el descuartizamiento de la imagen corporal de la mujer, en su reducción a un “stock” de desquiciados desideremas desconectados entre sí, y en la posterior construcción intelectual fuertemente problematizada y llena de contradictoriedad, de un “objeto cognoscitivo y obscuro de deseo”. Construcción cognoscitiva que es objetificada de acuerdo con las reglas fundamentales, las del “desafío invencible” y la del “enigma sin solución de continuidad”, cuya enorme carga de problematicidad y contradictoriedad sólo puede resolverse (en lo que constituye la llamada “realización del deseo”) mediante la destrucción del objeto cognoscitivo de deseo reconstruido. Pero la contradictoriedad dialéctica que se establece en la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo constituye un tema que desborda las intenciones modestas del presente opúsculo.

         Por ahora baste con decir que gracias al monopolio de actividad crítico-deseante, el varón logra imponer una masiva y aplastante superioricidad intelectual. Superioricidad derivada precisamente del ejercicio de la deseación, es decir de la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo, contradictorios, dialécticos, paradójicos, incoherentes y problematemáticos. Ambos tipos de relación social de sexualidad, el uterino-doméstico y el deseativo coexisten y coexistirán para siempre. El primero, a modo de residuo de carácter tributario, primario, precapitalista; el segundo, en perfecta coherencia y armonía con el reinado del márquetin. Pero uno y otro se excluyen mutuamente: la deseación exige anonimato, distancia social, y no se puede desear a la propia madre, abuela, tías, esposa vieja o hijas, pues el deseo es incompatible con la convivencia uterino-doméstica.

         ¿Podemos pues deducir también la necesariedad objetiva de la revolución feminista a partir de la intercambiabilidad universal de la mercancía cognoscitivo-deseativa? Obviamente sí. La socialización de la producción femenina de desideremas entra en contradicción con su interiorización individual-masculina: y la productora del deseo, por serlo, puede llegar a apropiarse de su propio producto interiorizándole de forma recreativa. Aunque no es fácil que dejase de ser irresponsable y se responsabilizara. Que dejara de ser una mera deseada-deseable y pasase a ser una auténtica deseante, ejerciendo con decisión su voluntad crítica. Pero lo que sí puede hacer la mujer, si quiere llegar a ser una deseante activa, creadora, responsable y militante es ponerse a desear a la misma mujer, ya que la vigente deseabilidad es de naturaleza femenina. Se trata de aprovechar el vigente código de deseabilidad pero reactualizándole (exteriorizándole e interiorizándole, objetivándole y objetificándole) en el marco de unas relaciones sociales distintas y nuevas: ya no de hombre a mujer, sino de hembra a hembra, ya no de varón deseante a hembra deseada, sino de mujer a mujer: ambas deseantes y deseadas, ambas dominantes y dominadas, ambas responsables y poderosas afroditas, ambas libres y reinas soberanas.

Post scriptum:

Si el actual proletario es un mero productor de trabajemas (aquellas partículas elementales mediante cuya combinatoriedad calculada el capitalista realiza sus mercancías), la mujer actual es una mera productora de desideremas: aquellas partículas elementales de deseabilidad mediante cuya combinatoriedad aleativa el varón deseante realiza su deseo, realizando la mercancía deseativa.

         Fue decisiva la influencia de los párrafos finales del clarividente escrito en la consolidación de la pareja Carole-Katheryn. Ésta última, con su gran belleza y personalidad, producía desideremas subjetivos-objetivos que fueron percibidos por Carole que se comportó como hembra deseante-deseada para realizar su deseabilidad subjetiva, extrayendo la mercancía deseativa de su amiga americana. Pero la estabilidad de las partículas elementales de deseación se fue al garete el mismo día que en la vida de las dos jóvenes amantes apareció el judío errante Albert Mendes.

Pertenecía a una familia de judíos sefardíes de Transilvania, procedente de Salónica, que se vio obligada a emigrar a Suiza durante la II Guerra Mundial y acabó instalándose a su término en Marsella, donde él nació. Su espíritu de apátrida le impulsó a estudiar música para la que poseía aptitudes sobresalientes llegando a interpretar con igual maestría cuantos instrumentos de viento y cuerda existían. Se ganaba la vida pobremente tocando en cafetines, el metro o la calle y se había negado a formar parte de grupos, bandas u orquestas estables a pesar de las numerosas ofertas recibidas. Se dejaba llevar por su naturaleza anárquica y pasiva, por su lentitud sublime, que no soportaba ninguna obligación ni disciplina exteriores.

La personalidad de Albert era muy diferente de las Katheryn y Carole, y tal vez por eso fue que se avino a formar trío, ménage à trois, o comuna, como ellas decían, las cuales comenzaron a cuidarlo en todos los detalles y asuntos materiales para los que era como un crío desvalido y muy poco diligente. Y Albert, para agradecerles sus atenciones y protección, les pagaba con mucho arte y amor. Además de ser encantador en todos los sentidos, estaba dotado por la naturaleza con unos extraordinarios atributos varoniles que le permitían satisfacerlas sexualmente a las dos: en la pequeña buhardilla de la rue de Saint André des Arts, donde vivían, flotaba un fuerte olor a esperma tanto de día como de noche. El músico era un fenómeno capaz de alcanzar veinticuatro orgasmos en una jornada, y el fluido de la vida inundó abundantemente las entrañas de las dos mujeres y fructificó en el vientre de Katheryn, quien concibió a una hembra desde el primer embate amoroso, a la que pondrían el nombre de Alberta. Carole, en cambio, permaneció estéril y lo iba a permanecer toda su existencia a causa de las graves disfunciones hormonales que no deseó nunca conocer ni remediar, suponiendo que hubiesen podido tener remedio, pues había decidido rechazar la maternidad para ser fiel a sus inquebrantables principios ideológicos. Durante los primeros meses del embarazo no se alteraron significativamente las relaciones de la pequeña comuna, y Albert siguió cumpliendo con el mismo ardor constante con las dos mujeres. Fue, sin embargo a partir del octavo mes, cuando obligado no sólo por la abultada redondez del vientre de Katheryn, sino también por su incipiente laxitud amorosa, el flautista se volcó de manera casi exclusiva en Carole, que se mostraba insaciable y monopolizó encantada su inagotable energía varonil.

         Katheryn se sentía triste pero no decepcionada ante la nueva situación del trío, y se mantenía firme en su intención de continuar con su gestación y de traer al mundo a su hija, a pesar de que tanto Albert como Carole le insinuaron abiertamente en varias ocasiones la conveniencia de poner solución de continuidad al embarazo, temiendo que, de no hacerlo, pudiera romperse el círculo verdaderamente mágico de sus relaciones, en el interior del cual se había instalado la felicidad, sí, la felicidad. Katheryn no comprendía en absoluto la enorme transformación que se había producido en ella, pasando del rechazo vehemente de la maternidad o de cualquier forma de vida en pareja con hombre, a desear ardientemente ser madre y gozar de Albert para ella sola. No comprendía las razones del cambio tan brusco operado que la había alejado súbitamente de la militancia activa de la revolución feminista, y la animaba a tejer prendas de lana, perlé y algodón para su futuro bebé. Sospechaba que lo real eran sus sentimientos actuales alentados por la llama de la vida que albergaba en su interior, y que la dialéctica y praxis revolucionarias que predicó durante los últimos años, amén de su circunstancial lesbianismo, no fueron sino una tabla de salvación para sobreponerse al zarpazo brutal del la violación, que había congelado sus verdaderos e íntimos anhelos de mujer corriente.

Tras el nacimiento del bebé Alberta, Katheryn fue presa de una violenta e incontrolable crisis de agresividad contra la otra hembra que compartía su domus, la cual se vio obligada a batirse en retirada y a buscarse otro hogar, pero sin renunciar al macho que tanto la colmaba, y sin olvidar nunca su ideal de comuna ni dejar de proponérselo y reiterárselo en cuantas ocasiones le fue posible a la que, a pesar de su infidelidad, seguía considerando su mejor amiga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL BORRACHO INGLÉS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la mañana siguiente de su llegada a Granada, el 19 de abril de 1932, se produjo un temblor de tierra de grado 4,4 en la escala de Richter. El terremoto, acompañado por un terrorífico ruido subterráneo, sembró el pánico entre los granadinos; sin embargo, Clarence Malcolm Osborne no se enteró de nada porque, en ese preciso momento, estaba durmiendo pesadamente su primera y descomunal borrachera en esa incomparable ciudad.

El joven Clarence, de 22 años, había hecho el viaje desde Liverpool, escoltado por el matrimonio Aiken, Clarissa y Conrad, un poeta de cierto renombre y su tutor circunstancial, contratado por sir Arthur Osborne, padre del muchacho. Viajaron en barco a Gibraltar, y desde allí en tren hasta Granada con parada en Ronda: en la ciudad del tajo, tanto pupilo como tutor tuvieron ocasión de pasmar a los clientes y camareros de innumerables bares y tabernas con el consumo pródigo de mortíferos brandies triples.

El trío fue a alojarse en la pensión Carmona, situada en la Antequeruela Baja, a pocos metros del imponente hotel Alhambra Palace. Blanca y pulcra, la modesta residencia ocupaba el espacio de un carmen construido a mediados del siglo anterior, desde cuyos balcones, torre y jardín, podía contemplarse el soberbio panorama de la ciudad, la Vega y Sierra Nevada. El lugar sedujo inmediatamente a los viajeros; además, doña Angustias, una mujer de 50 años, menuda y diligente, trataba a todos sus huéspedes con afecto y eficacia, cualidades juntas poco frecuentes de encontrar en el Reino Unido.

Habían dejado Inglaterra bajo un cielo plomizo y amenazante, y encontraron una Andalucía cegadora y en plena eclosión de primavera. Clarence Malcolm recordaba a duras penas, que existieran paisajes y atmósferas tan saturados de vital esplendor como los que encontró en Granada. Su profunda sensibilidad de artista –el joven quería consagrarse a la literatura, y ya había escrito una novela todavía inédita- recibió como una especie de descarga eléctrica, y, desde los primeros momentos, experimentó una lancinante sensación, mezcla de felicidad y congoja, difícil de soportar.

Su temprana afición al alcohol, interrumpida brevemente, comenzó a acentuarse: la extraordinaria facilidad de encontrarlo y el bajo precio de la bebida en España no eran precisamente las condiciones idóneas para frenar a un alcohólico incipiente. Los consejos y cuidados de sus amigos no servían de nada; Malcolm desaparecía todos los días durante varias horas y volvía a aparecer invariablemente borracho como una cuba. Otras veces tenían que salir a buscarlo por toda la ciudad, y lo encontraban durmiendo tirado en cualquier rincón, o armando broncas vociferantes en alguna tabernucha de mala muerte.

Se paseaba continuamente con un gran sombrero mejicano que había comprado en Ronda: estaba convencido de que esa era una prenda típica del atuendo diario de los andaluces, y no había manera de persuadirlo de que su uso le daba un aspecto ridículo y extemporáneo. Pronto empezó a ser conocido por todos los barrios de la ciudad: la gente se volvía y se burlaba a su paso, y los chiquillos lo seguían dando grandes risotadas y le tiraban de la ropa, o intentaban quitarle el sombrero de un manotazo. En algunas ocasiones se ponía a tocar su también inseparable ukelele a altas horas de la noche, y las parejas de la guardia civil que patrullaban por la ciudad se veían obligadas, por deferencia al británico, a llevarlo a rastras hasta la pensión.

En momentos de serenidad, Clarence Malcolm reconocía que estaba dando una imagen impropia de un gentleman, pero no podía hacer nada para evitar seguir bebiendo y emborrachándose. En sus conversaciones con el matrimonio Aiken, declaraba que la única causa de su incontinencia alcohólica era el embrujo mágico de Granada; sus paseos por las callejas del Albaicín, o sus rondas por las estancias de la Alhambra, en lugar de apaciguarlo, alimentaban su ansiedad. El sentimiento de la extraordinaria belleza de esos lugares encendía en su pecho una hoguera de exaltación y desconsuelo que no se podía apagar más que bebiendo sin cesar anís del Mono.

Llevaban ya dos meses viviendo en Granada y el estado del joven no hacía sino empeorar. No se lavaba ni cambiaba de ropa, su aspecto desastrado y con barba de varias semanas parecía el de un vagabundo: le llamaban “el borracho inglés”. Los guardias civiles empezaron a hartarse de su presencia, y, tras retenerlo en el cuartelillo en varias ocasiones, comunicaron a los Aiken que si no lo alejaban de Granada, se verían obligados a encerrarlo en la cárcel durante una buena temporada o a expulsarlo de la ciudad, e incluso las dos cosas de manera sucesiva.

Una mañana espléndidamente azul de junio, cuando desayunaba con sus amigos en el jardín de la pensión, Malcolm notó a través de sus párpados semi cerrados, en parte por la agresiva luminosidad, en parte por los efectos de la resaca, la presencia en una mesa contigua de unos nuevos huéspedes de doña Angustias. A intervalos, pudo observar la gran hermosura de una mujer joven, acompañada de un hombre que, aunque vestido con informal ropa deportiva, no podía ocultar que le doblaba la edad. Conrad Aiken, a su lado, con voz queda, estaba dándole un ultimátum, y le advertía que de no corregirse inmediatamente, regresarían a Inglaterra en el primer barco que zarpara de Gibraltar. Malcolm se dio cuenta de que la muchacha los miraba interesada de vez en cuando, y, sintiendo vergüenza de que ella lo viese en el estado de suciedad y abandono en que se encontraba, dejó su taza de té con leche a medio beber, y subió apresuradamente a su habitación.

Ese día, Malcolm no probó una sola gota de anís, y permaneció durante horas en su cuarto, tumbado en la cama. No podía alejar de su mente el hermoso rostro de la muchacha, mientras se hacía miles de preguntas sobre su identidad y la de su acompañante. Deseaba vehementemente volver a verla y se llevó una enorme decepción al no encontrarla en el jardín-comedor a la hora del almuerzo. Anduvo paseando toda la tarde por el bosque del Carmen de los Mártires, uno de los espacios más románticos y ensoñadores que había conocido jamás; esperaba con impaciente emoción que llegase el momento de la cena, pues tenía la certeza absoluta de que volvería a encontrarse con la maravillosa desconocida.

Cuando regresó al anochecer a la pensión, Malcolm sintió que una oleada de sangre caliente inundaba su cuerpo: la pareja de nuevos viajeros estaba sentada a la mesa de los Aiken con quienes mantenían una animada conversación. Se sentó con el grupo en una silla vacía, entre Conrad y la joven. Se llamaba Jane Galbraith, era americana y se ganaba la vida como modelo artístico. Residía en París donde había conocido al hombre maduro que la acompañaba y que no era su marido, tal como Malcolm se había temido.

Entre los jóvenes se estableció una inmediata y fluida corriente de simpatía. Malcolm se ofreció para hacer de guía de la ciudad y Jane aceptó encantada. Esa misma noche, después de la cena, estuvieron recorriendo solos el Albaicín y el Sacromonte; el caballero francés se quedó en la pensión con el pretexto de estar muy cansado. Todos se dieron cuenta de la fuerte atracción espontánea que habían comenzado a sentir.

A partir de ese momento, Jane y Clarence Malcolm no iban a separarse durante muchos años; el amor los invadió como una marea repentina, y se dejaron arrastrar por el ímpetu irresistible de su corriente. Permanecieron juntos un mes en Granada, embriagándose de caricias y sueños. Malcolm dejó, como por encanto, de sentirse angustiado y ya no tuvo más necesidad de emborracharse con alcohol; su tensión interna acabó por sintonizar en armonía con las vibraciones mágicas de la ciudad y supo, para siempre, “que no se puede vivir sin amar”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                  EL CHÓFER DE KATHERYN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde que dejó a la señora a la puerta de la galería y estacionó el Laguna en el aparcamiento público de Saint Germain des Pres, hasta recibir en su móvil (que Katheryn le había proporcionado como útil de trabajo) la llamada de Alberta pidiéndole que volviera a buscarlas, el chófer se había tomado la primera copa de tinto de bourgogne del día, en Chez Georges, un BarTabac-Presse de la estrecha rue Visconti, próximo a la rue de Seine. Allí había comprado un paquete de Gitanes, su periódico predilecto y una revista, a la vez que había mantenido su conversación habitual con Georges Duratti, el dueño del local, instalado en permanencia detrás de la caja, y madame Duratti, Nadine, que servía a los clientes. Cuando Maurice entró en el local, ésta acababa de poner un demi de cerveza a una danesa loca, llamada Greta, de edad indefinida, que vivía desde hacía varios años en un sótano abandonado, húmedo e insalubre del Quai de Conti. Los dueños del bar la admitían un rato todas las mañanas en la barra, a pesar de que la presencia de la vagabunda molestaba a los clientes por el olor que desprendía, y la turbación que producía su inocente mirada azul y su constante sonrisa transparente.

 Quel temps dégueulasse –dijo Maurice Leroy por todo saludo, sentándose en un taburete, a dos de Greta, mientras daba la mano al dueño, de su misma edad pero bastante grueso y de cabello blanco pegado a la parte superior de la frente, que le daba un aspecto de senador romano.

        —C’est pas vrai, il n’y a plus de saisons –dijo Georges.

         –C’est un printemps pourri –replicó Maurice, abriendo Combat Nouveau, un diario de izquierdas:

         “A menudo, se acusa a la Justicia de clasificar sin mirar los asuntos que la policía le transmite. Los tribunales de la región parisina conocen una tasa de respuesta cercana al 70% . Más de 2 de cada 3 infracciones son perseguidas ante los tribunales, o bien sometidas a procedimientos alternativos como la mediación, la reparación o el recurso a la ley. Un 30% de los asuntos considerados punibles son sin embargo archivados sin consecuencias. El tribunal de Fontenebleau se lleva la palma de la severidad. Encarna sobre todo una práctica penal tradicional que consiste en utilizar la maquinaria pesada del proceso penal para toda clase de infracciones, incluso las menores”. Estos siguen la senda de California donde se castiga con cadena perpetua a los reincidentes aunque sea por delitos de poca monta. “En París todo es desmesurado. Hay dos veces más casos por 1000 habitantes que la media nacional y tres veces más magistrados y funcionarios para tratarlos. En París se encuentra un tercio de todos los abogados de Francia”.

         Tras los cristales semi empañados del bar, Maurice vio desplazarse la figura de una señora alta y delgada, enfundada en un abrigo negro de pieles que iba barriendo el suelo. Se cubría con un enorme gorro de astracán que sólo dejaba ver unas gafas grandes y un trozo de cara cadavérica de piel apergaminada y carbonizada, seguramente a causa de los rayos UVA. Parecía una representación de la parca, pensó.

         -¿La has visto? –preguntó.

         – ¿Qué? –preguntó Georges.

         –No, nada, une dame…-dijo Maurice sin terminar la frase y pasando una página de Combat Nouveau.

         “Entre la imagen feliz de la sociedad consumista que pretende dar el sistema neoliberal que nos domina y la dura realidad cotidiana de la inmensa mayoría de los ciudadanos, se genera una enorme ola de frustración que es causa de un gran estrés y una gran agresividad. Del lado de las apariencias, el espacio lleno de objetos atractivos, mensajes complacientes y cómplices con el individuo tomado como sujeto consumidor. Del lado de lo real, trabajo duro, inestable, sueldos escasos, deudas de casa, coche, tarjetas de crédito, etc. El resultado es un conjunto de seres frustrados y agobiados que pretenden liberarse en los espacios públicos que…”.

         -¿Qué cuenta el periódico? –preguntó Georges sin excesivo interés.

-La crónica política nuestra de cada día –respondió Maurice, y sin levantar la vista de la página que estaba leyendo, añadió-. Escucha lo que dice un sindicalista de la CFSA: “Si la empresa persiste en su actitud, aumentaremos tanto la cantidad como la calidad de las huelgas”. ¡Qué te parece!

         -Habla igual que los empresarios –dijo Georges.

         -Efectivamente –convino Maurice -. Y hablando de empresarios, ¿sabías que tres multimillonarios poseen más riqueza que 600 millones de personas?

         –C’est pas vrai –dijo Georges que se puso a atender a un cliente del estanco.

         -Montesquieu habló de los tres poderes del sistema democrático: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, pero no habló del poder escondido, del poder oscuro de la sociedad: el poder económico, que hoy domina a todos los demás poderes – dijo el chófer.

         -No hay que exacerbar ningún tipo de elemento sobre todas estas cuestiones. Vamos a crear un dotacional sanitario para nuestro barrio, me decía el concejal del distrito el otro día –dijo Georges después de despachar al cliente.

-Las palabras se han pervertido, patrón – afirmó Maurice-, porque no se quiere llamar a las cosas por su nombre y se dicen memeces como que los niños autistas o con síndrome de Down no son niños con deficiencias mentales, sino niños con habilidades diferentes. ¡Escuche, Georges! –prosiguió con énfasis-: Hace poco, leí una noticia sobre los problemas de los inmigrantes en Collioure. El periodista llamaba a los extranjeros “visitantes irregulares” y “pobladores de fuera”, en tanto que a los habitantes del pueblo los llamaba “vecinos indígenas”

-Cualquier tiempo presente es peor y a cada tiempo su propio lenguaje. Ésta es la conclusión que puede extraerse de las lamentaciones constantes de escritores y pensadores de diferentes siglos, acerca de la época en la que vivieron: muerte de la espiritualidad y de los valores, predominio del materialismo, zafiedad humana, traiciones, mentiras, etc. Por sus testimonios podemos saber que nunca existió una edad de oro, sino una energía perversa y destructiva que va evolucionando de forma continua –replicó Georges que presumía de haber asistido durante su juventud a cursos de Filosofía en Vincennes, para alumnos que no tenían el bachillerato.

-Esto es lo que más o menos piensa Katheryn, mi jefa, cuando dice que no hay tiempos mejores sino menos malos que otros –dijo Maurice que se puso a leer su periódico en voz alta.

-Vivimos en una sociedad violada y prostituida –dijo la danesa loca sin perder su sonrisa inocente

-“Un sistema genético universal dibuja bocetos en las alas de las mariposas” -¡Qué noticias más curiosas! –exclamó Maurice que no prestó atención a Greta-. “La policía romana irá equipada con pulverizadores de pimentón picante llamado peperoncino”.

-¿Con pepero qué? –preguntó Georges divertido.

-Con Peperoncino. ¡Qué graciosos son estos italianos, verdad! –dijo Maurice.

-Qué quieres que te responda, ya sabes que soy de origen italiano, de Niza –dijo Georges.

-Niza no es italiana que yo sepa –dijo Maurice.

-No, ahora es francesa, pero sólo desde 1860 en que Francia se anexionó parte del Piamonte –dijo Georges.

-¿Sólo eres francés desde 1860? Si llego a saberlo, no me caso contigo –dijo en tono de burla madame Duratti, que era Desbois por su apellido de soltera.

-“Un psicópata colombiano viola y mata a más de 140 niños de la calle””–comentó Maurice horrorizado.

-¿Dónde? –preguntó Georges.

-En Colombia, naturalmente –respondió Maurice.

-¡Qué vergüenza! Está visto que no todos los niños son iguales –dijo Georges.

-¡Cómo que todos los niños no son iguales! –exclamó Nadine indignada, unos diez años menor que su marido y con unos pechos puntiagudos que hacían suspirar a Maurice-. Ya lo creo que son todos iguales. Los que no lo son es los hombres, porque los hay que son auténticas alimañas.

Bueno, los hombres también son todos iguales –dijo tímidamente Maurice-, las diferencias están en los países, en los Estados. Los hay de primera, de segunda y de tercera. Y si naces en uno de tercera, eres un hombre o un niño de tercera.

-Sobre todo si eres pobre –añadió Nadine.

-Desde luego –asintió su marido.

-Los gendarmes andan buscando a dos cazadores de La Camargue por haber disparado por la espalda a un inmigrante argelino. El inmigrante, perdido, transitaba por la marisma y los cazadores lo dejaron malherido creyendo que había muerto. Lo trataron como a un animal –contó Maurice recordando la noticia espantosa que había leído en Combat Nouveau.

-Pues el ayuntamiento de Marsella edita una guía para inmigrantes en la que les aconseja no tener relaciones sexuales para evitar contagios. La mejor manera de no contagiarse es no mantener relaciones sexuales, eso elimina totalmente el riesgo, dice el folleto, ¿qué os parece? –dijo Georges.

-Verdad de La Palisse, querido Watson –dijo pedante Maurice.

-¿Quién será el talento al que se le ha ocurrido una simpleza semejante? –se preguntó Georges.

El local se llenó repentinamente de clientes. La vagabunda danesa pagó céntimo a céntimo su cerveza y se marchó discretamente. Maurice se puso a leer su periódico sin poder responder a la pregunta que el propietario del bar había dejado en el aire.

“¿Quién delató al Che? Un documental sueco reaviva la polémica sobre si alguien traicionó al mítico guerrillero argentino-cubano: Ernesto “Che” Guevara. Acusan al sociólogo y escritor francés Regis Debray de ser él quien señaló al ejército boliviano el lugar donde el Che se escondía”. Calumnias, pensó Maurice. “El 8 de octubre de 1967 el Che caía en una emboscada del ejército boliviano en el valle del Churo. Era el fin del foco guerrillero de Bolivia y de la aventura revolucionaria de Ernesto Guevara de la Serna, cuyo nombre iba a convertirse en todo el mundo en símbolo de la lucha armada contra la injusticia. Compañero de Fidel Castro, el Che había dicho el mismo día de su entrada en la Habana: Para mí el combate continúa en otra parte. En 1965 desaparece: durante dos años no se sabrá dónde milita, qué prepara, si sigue vivo. Regis Debray sí lo sabía. Fascinado por la experiencia castrista, este catedrático de Filosofía de veinticuatro años , que estaba en ese momento ocupado en escribir su Revolución en la revolución, se dirige a Bolivia para colaborar en los preparativos de la guerrilla del Che. Al regresar del campamento central en Nancahuazu, en abril de 1967, Debray es detenido junto con dos de sus camaradas: condenado a 30 años de cárcel, será, sin embargo, liberado antes de terminar su cuarto año de prisión…”. ¿Por qué? Sin duda el Che Guevara es el tío más íntegro y consecuente del último siglo. “Dolores, 19. Particular, estudiante de fotografía. Ninfómana. Acabo de alquilar un piso en Montparnasse para empezar en esto. Lo hago por vicio. Hago de todo, completo con francés en mi boca y beso negro. Puedes repetir. Pamela. Te recibo desnuda, 19 años, cuerpo precioso, pechos erguidos, sexo arregladito. Te haré un francés profundo hasta el final, luego te comeré por detrás para reanimarte otra vez, para que me penetres, luego en la cocina me volverás a penetrar y me penetrarás en mi jacuzzi, y volverás a penetrarme en la cama: soy un cálido agujero húmedo. Nancy, particular. Rubia espectacular, recién llegada de vacaciones de Saint Tropez. Penetración salvaje, oral tragándomelo; beso negro, sucio y limpio; lluvia en mi boca, coprofilia. Al llegar, si quieres, me arrodillo y terminas en mi boca. Luego seguimos hasta que no puedas más. Repite las veces que quieras. Si me avisas, puedo recibirte completamente desnuda, bronceada y rasurada. Karen, 22 años. Universitaria muy culta. Me gustaría compartir mis inquietudes sexuales con hombres que sepan enriquecerme en la cultura erótica. Tengo un cuerpo 10 y un apartamento de ensueño. Isadore: clínica especializada. Impotencia, alargamiento y curvatura del pene, cambio de sexo. Profesionales titulados. Larga experiencia… Magali. 18 años recién cumpliditos. Rubia despampanante, cuerpo sensacional, pelo largo, labios sensuales. Soy muy viviosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y veas que no llevo nada debajo. Que me hagas el griego profundísimo, tragarme toda la leche, hacer el amor varias veces, besarnos (relación amante). En fin, todo sin límites… Soy muy viciosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y…”.

-¿Estás buscando piso? –preguntó con sorna madame Duratti, que se había acercado al chófer después de atender a la clientela.

-Pues sí –respondió Maurice cerrando su periódico, y avergonzado de que la atractiva mujer lo sorprendiera leyendo la sección de masajes.

-¿No te encuentras a gusto en el de ahora? –preguntó Georges, que había vuelto a instalarse detrás de la caja.

-Bueno, en realidad no tengo ninguna prisa por cambiarme, pero, me gustaría hacerlo dentro de un tiempo –dijo Maurice mintiendo para zanjar el tema.

-Los pisos están por las nubes –dijo el patrón del bar-, así que piénsatelo bien antes de buscarte otra cosa.

-Todo está por las nubes –dijo su mujer sonriendo de manera equívoca.

-Sí, es cierto. Vivir es hoy todo un lujo –concluyó Maurice, que volvió a la lectura del reportaje sobre el Che y Regis Debray, para evitar la sonrisa irónica de Nadine.

“Tal vez resulte superfluo poner de relieve, como acabamos de hacer, que a la guerrilla le faltaban los medios y los instrumentos necesarios para atraer a las masas, pues habríamos tenido que empezar por el principio: a saber, por la ausencia física de las masas. Es decir, era tal el estado de dispersión del habitat de la selva boliviana, tal la despoblación, que las masas prácticamente no existían. En dos semanas de marcha por la jungla, en el mes de febrero, la columna del Che no se topó más que con una familia, un machetero, y no precisamente con cualquiera: Honorato Rojas, el hombre que, según Debray, condujo al ejército al Vado de Yeso, y que vendió a toda la retaguardia de la guerrilla (después sería ejecutado por el ELN). La extrema diseminación de las explotaciones corría pareja con el atraso político de los campesinos. Allí sobraban tierras cultivables y faltaban brazos. En el campamento, el Che impartía por la tarde clases de francés…”.

Una anciana piruja vestida de beige claro y rosa caramelo entró como un soplo de aire y pidió a Georges un paquete de Craven “A”. Venía acompañada por un anciano alto y delgado, enfundado en una gabardina raída, que se quedó rezagado en la puerta del local. Maurice observó las espesas cejas, semejantes a ilustres bigotes, del viejo que casi ocultaban la estrecha raja de sus ojillos, intensamente azules.

-Au revoir messieurs, dames – gritó la anciana con sorprendente potencia vocal después de pagar, abrir su paquete y encender un cigarrillo, todo ello con una gran viveza de movimientos que contrastaba con la torpe parsimonia de su tímido acompañante.

-Extraña pareja. Es la primera vez que los veo por aquí –dijo Nadine, cuando ya se habían marchado.

-No son del barrio –aclaró gratuitamente su marido.

-Parecería que la señora fuera la hija del viejo, y sin embargo debe de ser mayor que él, a juzgar por las arrugas de su cara. –dijo Maurice, que había apurado su vaso hasta no dejar el más mínimo residuo del Bourgogne.

-Me gustaría a su edad tener su energía –dijo Nadine.

-¿Te refieres a la señora? –preguntó Georges.

-Pero, hay que ver cómo va vestida –añadió Nadine sin responder a su marido.

-Parece una tarta de crema y fresa –dijo Maurice.

-Con los años que tendrá –dijo Georges.

-Puede que sea americana –dijo el chófer -. En California es frecuente ver a muchas viejas de su estilo.

-En todo caso no tenía acento extranjero –dijo el patrón del bar.

-Pero si sólo ha dicho dos palabras –protestó Nadine para apoyar a Maurice. Y añadió suspirando-: ¡Cómo me gustaría conocer Hollywood!

-¡Qué ibas a hacer tú allí!, du cinéma? –dijo Georges soltando una risotada.

-¡Quién sabe! –exclamó Nadine al tiempo que erguía su generoso busto.

-Podíamos hacer un viaje los tres juntos –dijo Maurice que sentía desde hacía tiempo un intenso deseo de poseer a la mujer del patrón-. Ya sabéis que yo viví allí varios años y sería un buen guía. California. El Estado de los superlativos. El Estado en el que se encuentran muy próximas las altitudes mínimas y máximas de los Estados Unidos: el Valle de la Muerte, más bajo que el mar, y el monte Whitney a cuatro mil y pico metros. Al norte de San Francisco hay un fuerte que se llama Presidio. Lo construyeron los españoles en 1776 y aún era usado por el ejército de los Estados Unidos en 1954. El puente de Oakland que une esa ciudad con San Francisco se convierte en su tramo central en un túnel que cruza la isla de Yerba Buena. En Coloma, al noreste de Sacramento, se encuentra el lugar donde James Marshall encontró oro por primera vez. Con la horda de los buscadores, llegaron médicos, abogados, carpinteros, vaqueros, granjeros, profesores, y granujas de todo pelo. Esa fue la primera oleada de inmigrantes, desde entonces no ha parado la marea. La misión franciscana de Carmel se fundó antes de que existieran los Estados Unidos. Sebastián Vizcaíno exploró esa costa en 1602 y echó el ancla en la ancha y circular bahía de Monterey. Escribió sobre las playas y costas en términos tan elogiosos que desde entonces nadie ha podido identificar el lugar. Aunque se puede entender fácilmente el entusiasmo del marino español, pues la costa siempre verde de la península de Monterey es un lugar de una incomparable belleza, con una naturaleza esplendorosa, con playas pobladas por leones marinos. Monterey fue la capital de la California española muchos años antes de que Washington D.C. se fundase. En sus mejores días, en el puerto de Monterey atracaban grandes veleros de la costa Este y de muchos puntos del Pacífico, y la vida era próspera y alegre con numerosas fiestas, entre las cuales, carreras de caballos y corridas de toros.

         -Como en España –dijo Nadine que escuchaba soñadora, vigilada con el rabillo del ojo izquierdo por su marido.

-Como en España y también en Francia –dijo el chófer que continuó con su exhibición, confiado en el efecto de embelesamiento que había producido en la bella camarera-. La misión de Santa Bárbara es la única que permaneció sin interrupción en manos de los franciscanos a lo largo de su historia. Posee una fachada del más puro estilo neoclásico. Sus rezos y cánticos se hacen siempre en latín. Alrededor de Santa Bárbara comienza California sur. El contraste con el norte es sorprendente, porque allí en verano la temperatura es muy elevada, las colinas están peladas y amarillas. Los desiertos cubren grandes áreas y las palmeras reemplazan a los pinos. La costa es totalmente como la del Mediterráneo. Las aguas de la isla Santa Catalina fueron surcadas por los marinos españoles mucho antes de que el este de los Estados Unidos fuera colonizado. Cabrillo fue el primer explorador español que descubrió California y que desembarcó en las playas de Santa Catalina. Pero los españoles no se dieron mucha prisa en colonizar su nuevo descubrimiento. Pasaron más de 200 años hasta que Gaspar de Portolá fundó el primer establecimiento en una bahía a la que llamó San Diego. El español no podía haber elegido un sitio mejor. En la parte de San Diego llamada Old Town tuvo lugar el nacimiento de California en 1769. Alrededor de una tranquila plaza se levantan todavía media docena de muros que llevan los nombres de las familias que los construyeron en el pasado. Nombres como Machado, Pico, Bandini, Estudillo, Carrillo, Pedrorena, y también un Stewart.

-Háblame de Los Ángeles –pidió Nadine que no tenía la más remota idea de dónde podía encontrarse San Diego y no había entendido ni uno solo de los nombres españoles, pronunciados por Maurice con su acento americano de California.

-Los Ángeles se extiende a través de más de 500 millas cuadradas. Es la ciudad más grande de América, con veinte barrios prácticamente autónomos con grandes superficies comerciales. Ciudad sobre ruedas. La gente recorre al día en automóvil cientos de kilómetros para hacer su vida normal, trabajar o divertirse. Hay más coches que familias en Los Ángeles: más de veinte millones de coches particulares. Mil millas de autopistas y una extensa red de autobuses urbanos en los que se desplazan los indocumentados y los ancianos.

-¿Y Hollywood, cómo es Hollywood? –preguntó impaciente madame Duratti, a la que no le interesaban mucho las cifras y datos objetivos que le proporcionaba Maurice.

-¿Hollywood?, Hollywood es un lujoso cementerio temático, lleno de muertos vivientes –respondió el chófer, dejando traslucir el resentimiento que aún albergaba en su pecho contra la meca del cine, que no lo había tratado bien.

-Bueno, bueno, bueno. ¡A trabajar! –cortó Georges dirigiéndose a su mujer y aprovechando la entrada de dos nuevos clientes, asiduos de su negocio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL L.E.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacía veintitantos días que Juan y yo estábamos en Estocolmo. Habíamos llegado desde París a pasar los meses de verano con la intención de ganar algunas coronas, y comprobar de forma empírica (decía mi amigo que era marxista e iba para filósofo) si era justa la fama amorosa de las mujeres suecas.

Encontramos alojamiento en una céntrica y confortable residencia para estudiantes católicos latino-americanos, situada en Snickerbaken, de la que, con gran desvergüenza por nuestra parte, no marcharíamos sin pagar el último mes de alquiler. Conseguimos pronto un empleo fácil y no muy mal remunerado en un gran restaurante de Gamla Sta’n, la ciudad vieja. A mí me contrataron para recoger las basuras y los desperdicios: la mierda hablando en plata; Juan, que tenía toda la pinta de un nativo (en la calle siempre le preguntaban a él por direcciones o datos urbanos) tuvo más suerte que yo, y pasaba sus ocho horas de trabajo preparando en cadena platos de melón con jamón y de melón con gambas. Creo que desde entonces aborreció las tres cosas juntas y por separado.

Transcurrían las semanas y seguíamos sin estrenarnos ni con nacionales ni con foráneas. Esa noche, después de terminar nuestro turno de trabajo, fuimos a tomar unas cervezas al pub de Kungsgattan que solíamos frecuentar. No pensábamos permanecer mucho tiempo en el bar, pues queríamos presenciar (como tantos cientos de millones de terrícolas) la retransmisión en directo por televisión del histórico momento de la llegada del hombre a la Luna. Era la noche del 20 de julio de 1969. Faltaban pocos minutos para que las manecillas de todos los relojes suecos entraran ineluctables en la épica madrugada del día H. El sol, remiso en el interminable crepúsculo estival del Norte, estaba sin duda celoso del protagonismo que iba a tener nuestro yerto y apagado satélite.

Justo al filo de la medianoche, y cuando estábamos a punto de irnos del pub, vimos (al principio indiferentes) acercarse a nuestra mesa a dos chicas con pinta clavada de finlandesas, una de las cuales era también empleada del mismo restaurante en el que trabajábamos Juan y yo: “¿Podemos sentarnos?”, preguntaron en un inglés más gesticular que fonético: “Of course”, respondió mi amigo, a quien le chiflaba esa expresión inglesa. Intercambiamos nuestros nombres y entablamos una conversación forzada y absurda a la que, inadvertidamente, la carísima (para nosotros) cerveza Tüborg dio mayor fluidez. Mi interlocutora era una gordita prieta, sana y alegre, que no dejaba de reírse por cualquier cosa y en todo momento, aunque no creo que allí se dijera nada especialmente gracioso.

Al llegar la hora de cierre del local, Maë y Betty, así decían llamarse nuestras dos jóvenes conquistadoras, nos propusieron seguir tomando copas en su apartamento: “¡Vaya, hombre!”, exclamó Juan, “hemos estado durante todo este tiempo sin comernos una rosca, y, precisamente hoy que queríamos ver en televisión el acontecimiento de la llegada del hombre a la Luna, vienen estas a ligarnos”. “¡Que se vayan al carajo los norteamericanos y su luna!”, dije despectivamente. Yo siempre había preferido las cosas del amor a las de cualquier otro orden. “No es que me queje, pero esto podía habernos sucedido ayer o mañana”, replicó Juan. “¿No será que tienes miedo?”, le pregunté guasón. “¿Miedo a qué, estúpido!”, contestó mi amigo algo cabreado. A sus veinticuatro años de edad, Juan era virgen. Formaba parte de esa legión de españoles que habían sido reclutados adolescentes, para las huestes de la Santa Madre Iglesia Católica durante la década de los cincuenta, y que más tarde desertaron de seminarios y conventos, no sin haber quedado gravemente traumatizados.

Nuestras dos finlandesas residían en una urbanización de los alrededores de Estocolmo, donde los edificios no levantaban más de cuatro plantas de altura, y se hallaban en medio de una espesa arboleda y de céspedes impecables. Daban ya las dos de la mañana en mi reloj, y recordé que esa era la hora marcada, según había oído decir, para que los astronautas Armstrong y Collins iniciaran la fase de descenso a la superficie lunar, a bordo de un pequeño aparato de extrañas formas y siglas. Me pregunté, sin mucho interés, si serían capaces de realizar felizmente tan arriesgada y compleja maniobra.

El apartamento era pequeño y muy acogedor. Hicimos los preámbulos en el salón bebiendo whisky con soda, la única bebida que había en la casa, aunque sin duda la más apropiada tratándose de una noche americana. Juan se mostraba bastante nervioso y apocado pese a que Betty parecía estar colada por él y tomaba la iniciativa que mi amigo no quería, o no sabía llevar. Yo me comportaba, en cambio, de forma atrevida con mi gordita, ya que Maë era extremadamente complaciente y nada remilgada. Se escuchaban sin cesar chasquidos de besos ardientes, suspiros y risitas tontas: las dos chicas debían de haber pasado también por un periodo de prolongado ayuno, aunque seguramente no tan largo como el nuestro, y se mostraban ávidas de nosotros y generosas con sus cuerpos. Yo miraba de vez en cuando con el rabillo del ojo, y veía cómo mi amigo era montado literalmente por su fogosa y desmelenada compañera.

Maë me llevó hasta su cama, en el cuarto contiguo al salón; nos desnudamos y nos metimos entre las sábanas. Al poco rato entraron Betty y Juan que fueron a acostarse en otra cama, a los pies de la nuestra. Mi compañera no tenía el sexo difícil, pues nada más instalarme en su húmeda cavidad comenzó a dar sacudidas como si estuvieran aplicándole descargas eléctricas. Nos lanzamos a dos placenteras carreras sobre el terreno, a cuyo término permanecimos calmados durante un buen rato.

Juan daba la impresión de tener problemas. Al mismo tiempo, los astronautas de los Estados Unidos ya debían de estar a punto de posarse sobre la superficie de la Luna. Mi amigo, empero, no lograba conectar su apéndice con el orificio de entrada anterior de la muchacha que tanto ansiaba explorar. Existía algún fallo de transmisión entre el computador cerebral y el cilindro fálico, que no se mantenía lo suficientemente tenso para iniciar la operación final de acoplamiento: Juan no había ensayado nunca la maniobra y se encontraba sin técnica ni recursos. “¡No puedo, coño!”, gimió desesperado e histérico.

No ocurría lo mismo con Armstrong y Collins, quienes a las 3 horas y 56 minutos exactamente, tal como previsto, estaban haciendo realidad el viejo sueño de la humanidad: conquistaban el polvoriento suelo de nuestro satélite. En ese histórico momento, en ese preciso instante, fallidos todos los intentos de penetración, mi amigo saltó desnudo de la cama en la que permaneció su pareja no explorada, encendió nerviosamente un cigarrillo, pasó al salón, y le oí pulsar el botón del aparato de televisión: en la pantalla aparecieron las primeras imágenes fluctuantes de los hombres del espacio que se divertían brincando alegremente por la rugosa superficie lunar, como dos chiquillos sobre un gigantesco y mullido colchón neumático.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL OBSEQUIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entré en la planta baja del Corte Inglés con la intención de comprar jabones y, de paso, echar una ojeada a las novedades editoriales. En la sección de librería encontré un espacio acotado por nueve o diez mesas sobre las que habían apilado cuidadosamente las últimas cosechas de Best-Sellers. Pasé despectivo entre ellos y me detuve ante una mesa cercana con forma de embudo, atraído por el sorprendente rótulo:

Selección libros OBSEQUIO por la compra de un Best-sellers

Me asomé con prevención a un informe montón de volúmenes y, removiéndolos con cierto repelús, comprobé anonadado que había varios ejemplares de mi último libro: Los ojos de una gacela, publicado por las Ediciones del Nordeste hacía tres años y primer premio del XXV concurso de relatos “José Hurtado de Mendoza”, otorgado por un jurado repleto de prestigiosos nombres de nuestra literatura contemporánea: Luis Mateo Píez, Antonio Gamonera, Juan Pablo Aparicio y José María Churra, entre otros de no menor prestigio.

Morado de indignación, me dirigí a una joven empleada que se me acercó obsequiosa:

-¿Qué vale este libro? –le pregunté secamente.

-Este libro no se vende, señor, se lo regalamos si compra un best-seller.

-Pero a mí no me interesan los bestsellers, son una basura –le respondí iracundo.

-Lo siento, caballero, pero estos son los libros que más vendemos. Los que se anuncian en la televisión y en todos los pasillos del Metro: Lussía Etchavarría, Terencio Moig, Antoni Gala, Mari Carmen y su muñeca…

-Y una mierda –le grité irritado –Yo lo que quiero es llevarme este libro porque yo lo he escrito. Yo soy su autor y no quiero que lo regalen como si fuera una muestra antiarrugas o anti calvicie.

-Cálmese o llamo a seguridad – me replicó la cajera quien, desde hacía un instante, había cambiado su sonrisa por un rictus de repugnancia.

Me serené a duras penas y traté de buscar mi carné de identidad en un bolsillo y, como siempre que me pongo nervioso, tardé en encontrarlo. Al final lo conseguí y se lo puse delante de los ojos para que viera mi nombre y apellidos y comprobara que yo era el autor del libro obsequio. Tras mirar alternativamente carné y portada del libro, la empleada exclamó en tono cada vez más destemplado:

-Caballero, usted no se llama como el señor que ha escrito este libro.

Y llevaba toda la razón. El libro lo publiqué con seudónimo y traté de hacérselo comprender. Le expliqué, lo mejor que me permitía mi terrible estado de crispación, lo que es un seudónimo, pero la cajera, que fue reclamada a bocajarro por una señora obesa que le mostraba unas bragas enormes, se puso a atenderla y me dejó plantado volviéndome la espalda.

Con el fin de tranquilizarme y pensar mientras tanto qué hacer, fui a comprar mis jabones, que habían sido el motivo primero para entrar en los grandes almacenes. Pagué mis pastillas a la lavanda y me dieron una bolsa verdiblanca de la casa. Regresé a la sección de Best-Sellers y como no vi ya rondando a ningún empleado, introduje con rapidez mis ejemplares en la bolsa de jabones. Estaba decidido a rescatar mis libros costara lo que costara.

Me dirigí hacia una de las puertas de salida suplicando mentalmente que no hubiese ningún vigilante. Pero lo había: un tipo con uniforme marrón y con aspecto clónico de Bruce Willis en policía. Me dirigí entonces a la salida opuesta esperando que estuviera franca, y no: otro clónico del actor norteamericano acechaba al ladrón, y a su lado la cajera con la que había discutido que no me quitaba la vista de encima. ¡No importaba! Pasé presuroso bajo el dintel metálico que se puso a emitir bips bips que se oyeron por toda la planta.

– ¡Caballero, caballero, deténgase! Escuché gritar a mis espaldas. Pero yo hice caso omiso y me lancé por la calle peatonal a una frenética carrera, apretando mis libros contra el pecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL OPTIMISTA

(Relato de amor fraterno alemán)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Joseph Weiss descendió del tren en la Anhalter Bahnhof. Su amigo Ulrick Wenda lo estaba esperando en el vestíbulo principal de la estación. Se unieron en un fuerte y prolongado abrazo: cada uno deseaba mostrar que el aparente distanciamiento de los últimos meses entre los dos, quedaba definitivamente superado. Intercambiaron palabras cordiales de saludo y se encaminaron hacia la salida de la Kögiggratzers strasse, donde los recibió una explosión mareante de ruidos, voces, gentes y vehículos en movimiento. Subieron en un Mercedes 1925 plateado, que los había de llevar hasta la residencia de los Wenda en el elegante barrio de Grunewald. La mañana de mayo era cálida y soleada; Joseph se sentía eufórico y se lo comunicó a su amigo.

-Nunca cambiarás, eres un optimista a prueba de cataclismos –le replicó Ulrick.

-¿Y por qué no habría de sentirme feliz?, llego a Berlín en un día maravilloso para pasar un fin de semana con el mejor de los amigos: ¿cómo podría ser de otro modo? –insistió Joseph sonriente.

Tras cruzar gran parte de la ciudad, el coche se detuvo ante la escalinata de un moderno hotelito de tres plantas, en el centro exacto de un gran jardín. Un criado vestido de negro acudió presuroso a recibirlos, haciéndose cargo del escaso equipaje de Joseph Weiss. En el porche de la casa los aguardaba Hanna, la mujer de Ulrick.

-¡Qué alegría volver a tenerte con nosotros. Estás estupendo, por ti no pasan los años!, pero ¿cómo haces para conservarte tan bien? –dijo de corrido Hanna después de besar al amigo de su marido.

-Su optimismo, querida, su optimismo –repitió Ulrick.

-No exageréis, si vierais todas las canas y arruguitas que me están saliendo.

-Supongo que te apetecerá asearte. Te hemos preparado la mejor de las habitaciones de invitados en el segundo piso. Puedes subir ahora si quieres. Entre tanto voy a ocuparme de los detalles del almuerzo –dijo Hanna dando una palmadita en el hombro a Joseph.

Entró en el cuarto de huéspedes acompañado por el criado que le llevaba la maleta. Tras agradecérselo y recogerla, la abrió y comenzó a sacar los efectos de su interior y a ordenarlos en los armarios. Mientras se preparaba un baño de agua caliente, echó una mirada a su alrededor y no pudo dejar de experimentar un ligero sentimiento de envidia, al observar la riqueza y buen gusto de todos los muebles y objetos de la suite que sus amigos le habían destinado. No sería él con su sueldo de profesor de la Universidad de Nuremberg, quien pudiera pagarse tanto lujo y refinamiento. Ulrick era consejero delegado de un importante banco berlinés, además de codirigir con el padre de Hanna una empresa de fabricación de acero.

Los dos amigos se habían conocido en su época de estudiantes de la Universidad de Ulm, donde Ulrick estudiaba Derecho y Joseph, Filosofía. Y a pesar de pertenecer a dos comunidades étnicas y religiosas distintas ( la familia Wenda era protestante y de vieja solera prusiana, y en la de Weiss existía una larga tradición rabínica), nunca hubo entre ellos la menor sombra de resentimiento racista. Ulrick se consideraba un liberal progresista, y Joseph no albergaba en sí ni el más leve residuo levítico y había roto sonoramente con la línea religiosa familiar. El afecto entre ambos fue siempre sincero y, aunque vivían en ciudades alejadas, se reunían al menos dos veces al año en Nuremberg o Berlín, manteniendo en todo momento estrechos niveles de intimidad y comunicación.

Joseph bajó a reunirse con sus amables anfitriones en una salita contigua al gran comedor, donde los rayos de sol, tamizados por cortinas transparentes, componían una luz cálidamente envolvente. El mayordomo, vestido de rigurosa etiqueta, les sirvió un aperitivo. Hanna se interesó por la mujer de Joseph, Nohamia, así como por el hijo de ambos, Albert; lamentó que no hubiesen podido venir también, y recordó algunas ocurrencias ingeniosas del pequeño, asegurando que era el niño más inteligente de cuantos conocía. Apuraron las respectivas copas de aperitivo y pasaron al salón-comedor donde se hallaba perfectamente preparada una gran mesa oval con vajilla de gala. Una joven camarera vestida de blanco con volantes negros, les escanció un suavísimo vino blanco del Rin para acompañar a unos canapés de salmón noruego y caviar del Volga.

Ulrick leyó a Joseph el programa que había preparado para su breve estancia en la capital. Esa misma noche harían un recorrido urbano incluyendo concierto y souper. Para el día siguiente, había previsto una excursión a Potsdam con visita a los palacios de la antigua corte de Prusia, y almuerzo campestre o pick-nick, como dijo Hanna, que en los últimos meses se dedicaba intensamente al estudio del inglés. La conversación entre los tres se hizo fluida y procuraron evitar cualquier tema que pudiera levantar polémica o preocupación.

Joseph se mostraba entusiasta y no dejaba de elogiar los platos exquisitos que le servían, cocinados bajo la dirección de la señora de la casa. La gastronomía era una de sus grandes aficiones y pocos como él estaban en condiciones de apreciar el despliegue que se hacía en su honor. Una excelente receta de gulash, regado con un perturbador Lafitte-Rothschild de 1920, acabaron de situarlo en un estado de jovialidad que se contagió a sus amables anfitriones. Después de los postres, con bandeja de quesos alemanes, suizos y franceses, y tarta de fresas de Plougastel, pasaron nuevamente a la antesala para saborear un aromático café de Colombia. Hanna pretextó ciertas preocupaciones urgentes, dejando a los dos amigos cómodamente instalados en enormes sillones de cuero, con dos cigarros Davidoff del 5000 y sendas copas de un excelente armagnac en sus manos.

-¿Qué tal tus relaciones con Nohamia, sigues pensando en separarte? –preguntó Ulrick con sonrisa levemente burlona. Desde hacía varios años, Joseph no había cesado de anunciarle su inminente separación matrimonial.

-Lo mío no tiene arreglo. Es como una enfermedad crónica, que ni te mata ni te deja vivir. Ya no tengo valor para abandonarla, y, sin embargo, sigo siempre a la espera del gran amor que nunca llega.

-¡Déjate de bobadas!, el gran amor de tu vida es y será Nohamia, aunque al principio de casaros no lo fuera, dado las circunstancias.

-No lo creo –respondió Joseph muy serio-. Hay días que me siento un fracasado…tengo la sensación de haberme quedado en un proyecto de hombre, en un proyecto de vida.

Ulrick comenzó a reír abiertamente.

-No te burles, te aseguro que es verdad –afirmó Joseph.

-¿Habrías dejado de ser un optimista? –preguntó Ulrick sin cortar su risa.

-No Ulrick, no se trata sólo de amor, son también los años. No olvides que ya he cumplido treinta y cinco, y no he realizado casi nada de lo que soñaba.

-No digas tonterías, Joseph, yo tengo el síndrome de los treinta desde que cumplí los veinte.

-Lo tuyo es distinto. Tú has tenido siempre todo lo que se puede desear: la seguridad que da el dinero, unos padres amables, cultos y tolerantes que te dejaron hacer lo que tú querías, y, además, el amor de tu mujer.

-Eso no es cierto, eso no es del todo cierto –repitió Ulrick sin gran convicción.

-En cambio –continuó Joseph-, yo tuve que romper con los míos porque me asfixiaba en aquel ambiente místico y alcanforado, ¿y para qué?, más me hubiese valido escuchar a mi padre y haberme dedicado al negocio de la peletería, con el tío Albert.

-No hablas en serio. ¡Tú un peletero!

-De acuerdo, no me veo como comerciante de pieles. Pero es muy duro, Ulrick. Cuando se parte de cero, uno aspira a una meta muy alta, y luego todo te parece insuficiente y mediocre.

-¿Qué tal este armagnac? –preguntó Ulrick para cambiar de tema-. Es una botella de 1915 que me regaló mi padre el día de mi último cumpleaños.

-Exquisito, exquisito –repitió Joseph mecánicamente.

-¡Ánimo, profesor, ánimo! –exclamó Ulrick levantándose del gran sillón de orejas-. Me gustaría que me dieras tu opinión de experto sobre los cuadros de un pintor…un tal Max Beckmann, que he comprado hace poco en la galería Hartmut Arckemeir: a mí me gustan muchísimo.

-Veamos –dijo Joseph siguiendo a Ulrick hasta la biblioteca, donde guardaba su todavía no muy numerosa colección de arte.

Joseph observó detenidamente los lienzos que su amigo le mostraba satisfecho.

-Son muy buenos, magníficos y poseen una excelente factura, pero tengo que decirte que no soy muy sensible a este tipo de pintura. Hay demasiada carga emotiva en el trazo. Las composiciones rezuman dramatismo, y yo prefiero un estilo más sensual, más vaporoso, digamos…y aquí hay mucha angustia latente. De cualquier modo, artísticamente son de una muy gran calidad.

Ulrick sugirió entonces a su amigo subir a sus habitaciones para descansar un rato. Los vapores de la digestión empezaban a pesarle en la cabeza y Joseph aceptó gustoso. Convinieron en volver a reunirse dos horas más tarde para iniciar el anunciado recorrido por el centro y la noche de Berlín.

Durmió durante más de hora y media. La voz del ama de llaves de los Wenda logró despertarle de un sueño profundo, debido a la fatiga de la noche anterior pasada en el tren, en el que siempre dormía muy superficialmente. Se levantó de la cama y se vistió con un terno beige de lino, una corbata negra de lazo, y su ancho sombrero de rafia, a juego con el traje. Bajó al vestíbulo donde lo esperaban, ya listos, Ulrick y su esposa.

-¡Chico, qué elegancia! –exclamó Hanna tras emitir un desenfadado silbido de admiración.

-Vaya, vaya con Weiss –dijo Ulrick, también halagador.

Joseph ofrecía una estampa sencilla y elegante a la vez. Su cuerpo delgado y de estatura moderadamente alta quedaba rematado por un fino rostro, en el que los rasgos semíticos, modelados por muchas generaciones de askenazis, irradiaba nobleza y carácter.

-Gracias, gracias –dijo Joseph Weiss complacido mientras realizaba una exagerada reverencia que hizo reír a sus amigos.

Los tres subieron al automóvil de lujo de los Wenda. El chófer, con uniforme y gorra de plato, cerró protocolariamente las puertas de sus señores y se sentó al volante. Después de atravesar la zona suroeste de Berlín, se dirigieron hacia el Tiergarten por la Kurfürstendamm. Joseph deseaba caminar un trecho por el bosque antes de proseguir el recorrido fijado. El Mercedes se detuvo en la Charlottemburger Chaussée; el matrimonio y Joseph bajaron para adentrarse por los macizos de arbustos y jardines del gran parque berlinés. Los inmensos árboles, de las más variadas especies botánicas, impedían el paso de los rayos del sol; el calor de aquel seco (y excepcional) mes de mayo había excitado los átomos periféricos de las plantas y las flores haciéndoles exhalar una gran variedad de perfumes y fragancias, que producían en quien los respiraba un incipiente éxtasis semejante al que causan los efluvios de un buen vino.

         Joseph se extendió en unos comentarios elogiosos sobre la excelencia del tiempo y la belleza del Tiergarten. Hanna, por el contrario, se quejó del largo periodo de sequía que atravesaban asegurando que la lluvia comenzaba a hacérsele necesaria. A esto, Ulrick respondió que él estaba de acuerdo en que lloviera, pero sólo después que Joseph hubiera pasado su fin de semana con ellos.

Regresaron al automóvil y continuaron su itinerario. Dejaron atrás el Tiergarten para desembocar en el Unter den Linden y pasaron bajo la Puerta de Brandemburgo. La agitación de vehículos y personas en el Paseo se volvió intensísima. Eran las siete de la tarde, la hora de la salida de los funcionarios ministeriales, y en el cruce de la Wilhemstrasse había un enorme atasco de coches y tranvías que les mantuvo retenidos durante varios minutos. El concierto comenzaba a las siete y media, y Ulrick empezó a lamentarse de que iban a llegar tarde: la Beethovensaal, a la que se dirigían, se encontraba en la Gertaudt Strasse y aún les faltaba un buen trecho saturado de obstáculos. El Mercedes torció a la derecha por la Friedrichstrasse, allí el tráfico se hizo más fluido y, finalmente, pudieron llegar justo a la hora delante de la entrada principal del teatro. Cuando tomaron asiento en sus respectivos sillones, el pianista no había salido todavía a saludar al público.

-¡Dos minutos más, y nos perdemos la primera parte! –exclamó Ulrick aliviado.

-Hubiera sido imperdonable –añadió Hanna.

El programa del concierto se componía de las baladas de Brahms opus 10, cinco lieder de Beethoven, así como de la Sinfonía número 2 del mismo compositor. Ulrick sentía verdadera pasión por el genio de Bonn, en tanto que Joseph prefería a Mozart y Schubert. La sala estaba abarrotada de personas que se arrancaron a aplaudir tibiamente cuando el primer intérprete, un solista austriaco poco conocido, apareció en el escenario. El pianista respondió humildemente a los discretos aplausos, ejecutando profundas reverencias en las que llegó casi a rozar la tarima con los dedos de la mano, en una posición un tanto grotesca.

Durante el descanso, Joseph y Ulrick salieron a fumar a los pasillos laterales detrás de los palcos; los melómanos inundaban con el humo de sus cigarros y cigarrillos todos los espacios que rodeaban al santuario musical: las alfombras, los tapices y los tejidos granates que recubrían las paredes, parecían propagar la atmósfera acre y azulada que originaba la combustión del tabaco. Los comentarios sobre los intérpretes de las baladas y canciones escuchadas, eran matizados y breves; la expectación se centraba en la obra de la segunda parte, y en la versión que de ella iba a realizar el maestro berlinés Bruno Walter.

Se oyó la tercera sintonía de aviso y todos se apresuraron a regresar a sus lugares, al mismo tiempo que los profesores de la Orquesta Filarmónica comenzaban a ocupar sus puestos. Se estableció un silencio progresivo en la sala coincidiendo con los primeros acordes de afinación de los diferentes instrumentos; cuando al cabo de unos instantes apareció el joven director de orquesta, los asistentes prorrumpieron en una estruendosa salva de ovaciones y aplausos. El artista saludó brevemente a sus entusiastas admiradores y, sin dejarles terminar sus expansivas efusiones, les dio la espalda, solicitó enérgico la atención de sus músicos y levantó la batuta en el aire con un gesto de elegante precisión.

Se escucharon los primeros compases de la sinfonía de Beethoven, “cuyos textos tan bellos e inesperados sobrepasan su propia belleza para convertirse en un símbolo”, dijo Ulrick a Joseph justo antes de tomar asiento. “Su aire aparentemente claro no debe engañarte”, volvió a musitarle a su amigo durante un intermedio cuando Joseph le confesó que él no era capaz de emocionarse con la obra. Al terminar la sinfonía, el delirio tomó proporciones de alboroto; Joseph y la pareja dejaron la sala después de que Bruno Walter se viera obligado a salir quince veces a saludar, reclamado por el fervor inagotable de sus adoradores, con sus gargantas roncas de gritar y las manos rotas por los aplausos.

Abandonaron la Beethovensaal y subieron caminando por la Gertraudt strasse para ir a cenar a la cervecería Patzenhofer, en la Königstrasse. Antes, a petición de Joseph, efectuaron el recorrido circular de la Alexander Platz. En la esquina de la Prenzlauerstrasse con la plaza, había un grupo de veintitantos militantes del Partido Nacional Socialista, uno de los cuales, sirviéndose de un megáfono de cartón, peroraba sobre la terrible peligrosidad de los judíos para el pueblo alemán. Ulrick quiso pasar de largo mirando para otro lado, pero Joseph se detuvo un momento para escuchar; luego echó una ojeada a un panfleto que le dieron con aire de complicidad, e hizo algunas observaciones jocosas y despectivas sobre el contenido de la arenga y los nazis, casi todos muy jóvenes a excepción del que parecía su jefe.

-¡Cómo me divierten estos caballeretes! Seguro que ninguno ha conocido aún los encantos de una muchacha judía…el día que tengan esa suerte, dejarán de dar la lata.

-No te lo tomes a risa –dijo Ulrick-. Esta gente puede ser muy peligrosa: sería necesario ponerlos fuera de la ley.

-¡Qué va, hombre!, eso les daría la importancia que no tienen. Déjalos que sigan con sus payasadas, que ya se hartarán –dijo Hanna.

-Yo no estoy tan convencido –respondió Ulrick muy serio.

-Vamos, no pongas esa cara, que me vas a dar miedo –añadió Joseph burlonamente. Y Hanna le dio la razón afirmando que los nazis eran un puñado de histriones sin futuro.

El ambiente de la cervecería Patzenhofer era cálido y discretamente ruidoso. Cenaron con sobriedad como contrapunto al copioso y exquisito almuerzo del mediodía, y se marcharon tras una breve sobremesa. Joseph se sentía algo cansado por el largo viaje y por toda la actividad de su primera jornada berlinesa.

Estuvieron poco locuaces en el camino de regreso a la residencia de los Wenda. Joseph Weiss pensaba en la escena de Alexander Platz y -aunque no quiso de forma aparente concederle mucha importancia, herido profundamente en su orgullo de ciudadano alemán- comenzaba a inquietarse por todos los signos de carácter germanófilo y xenófobo que se manifestaban en su patria desde hacía algunos años. Tuvo negros presentimientos que rechazó con rapidez, pues estaba absolutamente convencido de que el pueblo alemán, al que él pertenecía desde muchas generaciones atrás, sabría poner límite a unas acciones aisladas promovidas por un minoritario grupo de fanáticos.

-Empiezo a estar fatigado –dijo Joseph saliendo de su mutismo.

-Pues nada más llegar a casa te metes en la cama, que mañana nos espera otro día bien cargado, y los viejecitos como tú, tienen que cuidarse –dijo Ulrick bromeando.

La mañana del sábado amaneció más radiante si cabe que las anteriores. Después de desayunar, los tres amigos se encaminaron hacia las oficinas de la compañía Stern und Kreischifart para iniciar su visita a Potsdam. Ulrick había preferido realizar la excursión a la antigua ciudad imperial utilizando transportes públicos, para poder gozar de una hermosa travesía en vapor del pequeño lago Wansee y del lago Griebnitzsee, y hacer escala en Babelsberg.

La ciudad de Federico el Grande aparecía exultante bajo la clara luminosidad del hermoso día de mayo, y el trazado barroco de los edificios jugaba a cache-cache en sus curvas y contra curvas con la nitidez de los rayos solares. Los tres se encontraban de excelente humor. Joseph volvía a recuperar su tono óptimo, una vez olvidados los negros pensamientos del final de la noche anterior. Visitaron en primer lugar el palacio de Sanssouci, paseando por su inmenso parque y deteniéndose en su biblioteca y en el museo de pintura. Joseph imitaba a los guías de turismo y se dirigía a sus amigos en un francés e inglés intencionadamente deficientes, aunque los hablaba a la perfección al no carecer de esa facultad innata que posee la mayoría de los hijos de Israel para dominar las lenguas extranjeras.

-Ladies und gentlemen, dames et messieurs, kome und see the bibliotek, s’il vous plaît.

Dieron buena cuenta del almuerzo en la bucólica islita de Pfaueninsel. Hanna y Joseph se enzarzaron en una divertida discusión cuando éste último tildó de snob a la mujer de su amigo, porque aquélla dijo en un momento de la comida al aire libre, que era maravilloso poder hacer “pick-nick” en un marco tan ameno y romántico. Joseph insistía con argumentos conscientemente pedantes, que era más poética y apropiada la clásica expresión francesa: déjeuner sur l’herbe, avalada, además, por las obras pictóricas conocidas de ese modo, como las de Manet o Cezanne.

Ulrick puso fin a la disputa comenzando a engullir aceleradamente las deliciosas trufas que entraban en el menú.

-¡Qué cara, nosotros discutiendo como idiotas, y este bribón quitándonos la comida! –gritó Hanna indignada, en tanto que su marido se desternillaba de la risa, sin dejar de tragar con los mofletes hinchados como un hamster.

Terminaron el almuerzo en paz, y rodearon caminando el perímetro de la isla “incomparablemente bella”, según dijera Alexander Von Humboldt. Volvieron al vaporcito que los llevó hasta Babelsberg y, luego de visitar brevemente su palacio, regresaron al anochecer a Grunewald. La excursión había sido muy grata, y Joseph Weiss se durmió con la reconfortante sensación que le dejaba la idea de tener un amigo como Ulrick Wenda.

Se despertó después de haber dormido larga y profundamente durante muchas horas. Su reloj marcaba las diez de la mañana, aunque parecía más temprano por la escasa luz que entraba por el balcón, que permaneció abierto toda la noche. Levantó a tope la persiana de madera, miró el cielo y pudo comprobar que se hallaba cubierto con grandes nubarrones. Pensó que seguramente habría tormenta por la tarde, pues hacía muchos días que disfrutaban del calor y del buen tiempo, y eso no podía durar demasiado en un clima como el de la capital alemana.

Cuando bajó a la biblioteca, Ulrick ya había desayunado con su mujer, que había salido a oír misa cumpliendo con sus obligaciones de católica.

-¿Qué tal has dormido? –preguntó Ulrick.

-De maravilla –respondió Joseph-. ¿Qué cuenta el periódico? –preguntó con escaso interés.

-Nada de particular –dijo Ulrick mintiéndole, mientras doblaba cuidadosamente el diario que había estado leyendo.

En portada aparecía la noticia del incendio –accidental según el reportero- de una sinagoga, en Bernau, durante la celebración del shabbat de la tarde anterior, y en el que habían muerto calcinadas cinco personas, entre las cuales un niño de la misma edad que el hijo de Joseph.

-Yo nunca leo la prensa cuando estoy de viaje. No quiero saber nada de lo que pasa en el mundo, para saborear mejor lo que me rodea de forma inmediata.

-Bueno, yo no puedo prescindir de la información ni un solo día. Para mí es vital.

-Claro, hombre afortunado, tú necesitas estar al corriente del pulso continuo del mercado –replicó Joseph sonriendo.

-Así es, así es. Y ahora ve a desayunar, que debes tener hambre –dijo Ulrick.

Joseph despachó en solitario un espléndido desayuno, y regresó a la biblioteca donde su amigo, con aire reflexivo, permanecía sentado en su sillón favorito.

-¿Qué te ocurre, han bajado tus acciones? –preguntó Joseph bromeando.

Ulrick respondió que no sucedía nada de especial y le propuso dar un paseo por el jardín. La atmósfera era pesada en el exterior de la vivienda: no había un soplo de brisa y la temperatura era agobiante.

-Va a haber tormenta –afirmó Ulrick.

-Seguro que sí –asintió Joseph.

Pasearon un buen rato por el jardín sin pronunciar una sola palabra. Parecía que Ulrick hubiese entrado en una fase depresiva, tras la euforia del día anterior; Joseph, por el contrario, se sentía muy animado, y se preguntaba cuál podía ser la causa de la evidente preocupación de su amigo.

-¿Te ocurre algo malo?

-No, nada, de veras, no me pasa nada…¿qué tal por la universidad? –dijo Ulrick.

Joseph le contó que en los últimos meses se había iniciado una campaña antisemita, pero que él personalmente no había tenido ningún problema con sus alumnos. Se habían visto algunas pintadas contra profesores y estudiantes judíos, y contra los comunistas, y hasta habían sucedido algunos incidentes desagradables, como el de un sapo muerto colocado en la silla del despacho de uno de sus compañeros de Facultad, también judío, al que acompañaba un escrito en tinta roja advirtiéndole de que estaba contemplando su destino inminente.

-Pero, ya pasará –dijo Joseph tratando de quitar hierro al asunto, y luego añadió-: Estos síntomas aislados no son sino las manifestaciones cíclicas de un cierto salpullido nacionalista sin importancia.

-Ojalá sea sólo eso, aunque me temo que esta vez puede ser mucho más grave que en otras ocasiones. Según todos los datos de que dispongo, creo que nos encontramos en puertas de una de las crisis económicas y sociales más terribles de la historia. Y ya se sabe que cuando el miedo se apodera de una sociedad, todo lo malo es posible –dijo Ulrick quitándose de un papirotazo el pequeño insecto que se había posado en su hombrera izquierda.

-Y siempre lo hemos de pagar los mismos, ¿no es cierto? –dijo Joseph con una sonrisa glacial.

-Desgraciadamente así ha pasado en otras épocas y países –afirmó Ulrick sin perder su seriedad.

Joseph no replico a la última frase de su amigo. Un sentimiento de indignación le recorrió el cuerpo. Él se consideraba tan alemán como el que más, y no podía soportar que los otros alemanes lo pusieran en entredicho. La consigna antisemita que consideraba más infame e injusta era: Judío, fuera de Alemania. ¿Acaso los judíos no habían contribuido igualmente durante los siglos anteriores a la formación de una cultura germana, admirada y respetada en toda Europa? ¿Acaso los judíos no habían dado su vida por Alemania en los frentes de batalla de todas las guerras de, al menos, los últimos doscientos años? Se tranquilizó pensando que la franca amistad que le unía a Ulrick Wenda era todo un símbolo de la solidaridad que siempre existiría –a pesar de los avatares y de algunos grupos sectarios- entre las dos comunidades principales de la sociedad alemana: la aria y la semita.

Mientras paseaban por la pequeña y cuidada rosaleda, el cielo se ennegreció de repente, y unas primeras gotas de lluvia, gruesas y dispersas, comenzaron a caer: al instante, una olorosa tufarada de vaho caliente se levantó de la tierra reseca. Los dos amigos entraron en la casa y se dispusieron a tomar el aperitivo. Un poco más tarde, Hanna, que había regresado de la parroquia, se les unió. La conversación entre los tres se tornó trivial y hablaron del tiempo. La mujer de Ulrick se mostraba muy satisfecha ya que por fin llovía, y se empezaban a ver los trallazos luminosos de los relámpagos, seguidos por lejanos estampidos de truenos.

Adelantaron la hora habitual del almuerzo porque el tren de Joseph salía a las tres de la tarde. Mientras comían acordaron que los dos matrimonios volverían a verse pronto e hicieron planes para ir de vacaciones a Viena en el mes de julio o agosto próximos. Cuando terminaron de comer, Joseph subió a sus habitaciones para preparar su maleta y descansar unos minutos antes de marcharse para la estación. Comenzó a sentir una temprana nostalgia por el feliz fin de semana que estaba a punto de terminarse. A las dos y cuarto de la tarde, bajó personalmente su equipaje al vestíbulo. Ulrick y Hanna lo aguardaban para acompañarlo a la Anhalter Bahnhof. Joseph se despidió del personal doméstico presente, y, precedido por los Wenda, se subió en el Mercedes plateado.

El aguacero era torrencial y la tormenta parecía haberse inmovilizado sobre Grunewald. El trayecto hasta la estación lo efectuaron en silencio. Joseph intentaba ver el exterior a través de las cortinas de agua que corrían oblicuamente por los cristales de las ventanillas laterales. Las calles y avenidas de Berlín estaban desiertas en la húmeda tarde de domingo. Joseph, que se había sentado entre Hanna y Ulrick, tomó las manos de sus amigos y las mantuvo entre las suyas hasta que el automóvil se detuvo.

Entraron en el inmenso hall de la estación de trenes y buscaron la vía del expreso de Munich. El bullicio reinante en la Anhalter Bahnhof contrastaba con el Berlín solitario y triste que acababan de atravesar. Ulrick y Hanna despidieron con grandes muestras de afecto al amigo en el límite autorizado a los acompañantes. Tras presentar su billete al controlador, Joseph cruzó la barrera metálica y se encaminó hacia el andén de su tren, volviéndose sin cesar para decir adiós con la mano a sus amigos, hasta que se desvanecieron entre la masa voluble de la gente.

Subió a un vagón de 2ª clase y encontró su número de asiento, junto a la ventanilla. Depositó su equipaje y se sentó al lado de una señora joven, de unos treinta años de edad, que viajaba sola con sus dos hijos pequeños; el resto del compartimento, ya al completo, lo ocupaba una pareja de ancianos, con las manos unidas, y un imberbe pastor luterano que parecía recién salido del seminario. Cinco minutos más tarde, el convoy se puso en movimiento, lenta y silenciosamente. Afuera, la tormenta había cesado y daba paso a una lluvia fina y apretada. A través de los cristales, Joseph pudo ver –pegados en las vallas del recinto ferroviario- unos carteles semi desgarrados con el rostro alucinado de Adolf Hitler. ¡Qué ridículo personaje!, exclamó entre dientes, mientras que el expreso iba tomando velocidad y penetrando inexorablemente en la precoz oscuridad de la tarde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PISO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando Gabriel, sorprendido, me abrió la puerta de su piso y me invitó torpemente a pasar, tuve la impresión de entrar en alguna vieja cripta olvidada o de atravesar una estación de metro abandonada. El aspecto del salón me atenazó la garganta, y, de no ser porque la melodía a todo volumen que salía de un disco compacto llenaba el aire de vibraciones, hubiese creído que allí yacía un cadáver, o era el desolado territorio de un vagabundo ocupa: muebles rotos, sofá y sillones destripados, botellas vacías, ceniceros desbordantes de colillas y ceniza, la pintura de los techos colgando a girones, manchas de humedad y, cubriéndolo todo, una espesa capa de polvo –por donde flotaban nubes de plumas surgidas de los descosidos pufs y cojines- que habían depositado las muchas semanas de completo abandono. Los únicos objetos que aún mostraban signos de vida y habían escapado a la grisácea parálisis de la suciedad eran los discos: una extraordinaria colección de elepés descansaba sobre unas repisas de madera mediocre que parecían querer descuajaringarse de un momento a otro bajo su enorme peso.

  • Esto está un poco guarro –dijo Gabriel disculpándose y visiblemente nervioso. Yo hice un gesto que pretendía expresar comprensión e indiferencia, aunque, en realidad, sentí vértigo y no me atrevía a dar un paso por miedo a mancharme los zapatos y mi costoso abrigo negro, o temiendo que se hundieran las crujientes planchas del parquet. Por indicación de Gabriel me senté en la única silla sana del salón mientras él fue a buscar bebidas.         -¿Cómo sigue Begoña? –me sentí en la obligación de preguntar a Gabriel, que regresaba con una botella de whisky y dos vasos recién enjuagados.         -¡Y eso! –exclamé fingiendo extrañeza, aunque lo había sospechado inmediatamente al ver el estado del piso.         Nos habíamos conocido 15 años antes cuando los dos estudiábamos los cursos de la carrera de Filosofía de la Complutense. Gabriel era lo que se decía entonces un auténtico líder estudiantil: inteligente, brillante, ingenioso, muy admirado y querido tanto por amigos como por enemigos. Los dos participamos en las mismas luchas políticas en los estertores de la dictadura, y, además de ser camaradas del mismo partido, existió entre nosotros una buena amistad. Más tarde, Gabriel se dedicó al periodismo, colaborando en varias revistas de vida efímera y actualmente era un personaje si no popular, sí al menos muy conocido en los medios musicales y radiofónicos de Madrid.         -Me alegro de que hayas venido a verme y no hayas esperado a que te llamase, porque seguramente yo habría tardado mucho tiempo en hacerlo –dijo Gabriel sentándose en frente de mí. Llenó un vaso de whisky, me lo alargó y siguió hablando –Te he puesto un poco de agua fría, no tengo hielo, la nevera se me estropeó hace unos días y no la he reparado todavía; tengo que hacer un esfuerzo y comenzar a arreglar cosas si no quiero que esto se caiga en pedazos o se desmorone.         -Éramos –respondió lacónicamente Gabriel, dando un trago largo y aspirando profundamente el humo de un canuto, el segundo desde que yo había llegado.         Una vez montó un numerito de escándalo en el pub Santa Brígida, alto y solaz de la progresía de la época. Se sentía eufóricamente colocado por las copas anteriores y conseguía que los consumidores de las mesas vecinas se divirtieran sin reservas con sus ocurrencias incandescentes. Hubo un momento en que Gabriel tuvo ganas de ir a orinar, se levantó y se fue canturreando y bailando una melodía rítmica que se acababa de inventar; al llegar delante de la pesada cortina de terciopelo marrón que ocultaba el pasillo donde estaban los servicios, se bajó los pantalones, enseñó el trasero y despareció rápidamente camino de los urinarios, todo ello ante la mirada atónita de muchos clientes y sin que los camareros se dieran cuenta de nada. Gabriel regresó a nuestra mesa y continuó con las bromas, pero antes de marcharse del pub, hizo su última travesura. Amparándose en la bulla del local a esas horas de la noche, robó impunemente un taburete recién tapizado: con el asiento bajo el culo, fue aproximándose lenta y pausadamente a la puerta y, cuando estuvo totalmente seguro de que nadie se percataba de su maniobra, salió tranquilamente a la calle con su taburete en las manos.         -Pues sí, estoy dispuesto a ponerme a arreglar y a limpiar el piso, porque si no, se me va a hundir cualquier día –volvió a repetir.         Yo no podía olvidar la primera visita que le hice a unos meses de la ausencia de la hermana-madre. El mobiliario todavía se encontraba en buenas condiciones, pero por los suelos de las habitaciones y pasillos rodaban espesos ovillos de pelusas negras, como si allí hubiesen esquilado a un rebaño de carneros del mismo color. En la cocina era imposible entrar: los cacharros se acumulaban sobre las mesas, el aparador y el fregadero, atascado, y recubierto de inmundicias y moho verdoso; Gabriel había utilizado uno a uno los diferentes elementos de la rica vajilla familiar y, sin lavar nunca un solo plato, vaso, cuchillo o tenedor, los había ido apilando. Había también por todos los rincones latas vacías de conservas, la mayoría oxidadas: en el cuarto de baño, en el salón, en el recibidor, y en el cubo de la basura, mezcladas con alimentos putrefactos.         Volví a ponerme whisky, pero rechacé la invitación a compartir el cuarto canuto de Gabriel.         -Bien –respondí.         -Bien, bien –repetí velozmente como la vez anterior.         -Pues no –dije desorientado, y, sin dejarme tiempo para poder replicarle con un comentario sobre las graves tribulaciones de los norteamericanos, Gabriel se puso a jugar con el lenguaje y a carcajearse con sus propias ocurrencias:         Comprendí que Gabriel había comenzado a despegar y que ya no habría modo de seguirlo. Me despedí precipitadamente con el pretexto de tener mucha prisa y salí del piso.                                                 JULIO MOREIRA
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  •          “La casada, casa da. Preguntaba seriamente la señora: ¿sería seria la serie?, si no, se iría. La doméstica domestica. Los Papas no quieren papas. Hacía días que no comía acedías. El menor de los Caso, que era un caso, se casó. ¿Tomas tomate, Tomás? El agente penelizador alegó circunstancias extenuantes”.
  •          -Tú que eres sociólogo, ¿te has parado a pensar que los nipones son considerados orientales por los habitantes de Nueva York y occidentales por los de San Francisco?, ¡Qué esquizofrenia!, ¿verdad?
  •          -¿Y tu mujer?
  •          -¿Y tú, qué tal?
  •          El piso se limpiaba únicamente en las escasas ocasiones en que alguna joven, enamorada de Gabriel, se quedaba en él durante un tiempo y no quería vivir como una cucaracha. Las más de sus frecuentes conquistas solían huir a la primera copa o a la mañana siguiente, en cuanto descubrían la mugre dominante en la que no habían reparado la noche anterior a causa de la borrachera.
  •          Yo había ya escuchado muchas veces el mismo propósito, pensaba, no obstante, que Gabriel no lo haría jamás. A su innata torpeza manual había que añadir su absoluta carencia de sentido práctico: era incapaz de clavar una tachuela, conducir un coche, o contratar un obrero para que viniese a pintar. El caos comenzó a instalarse al quedarse Gabriel solo, después de la boda de su hermana María, que siempre se había ocupado de todas las tareas de la casa, sobre todo a partir de la muerte de sus padres en un accidente de automóvil dos años atrás. Gabriel no sabía manejar una escoba, ni limpiar el polvo, ni lavar una camisa, ni, naturalmente, freírse un huevo.
  •          Gabriel se sirvió un segundo vaso de whisky y comenzó a calentar un trozo de china con su encendedor.
  •          Gabriel seguía fumando chocolate sin tasa ni control. Empezó a aficionarse después de dejar la bebida tras una larga cura de desintoxicación. Al principio fumaba poco, pero fue aumentando progresivamente la dosis hasta llegar a consumir dos chinas diarias. Se liaba porros constantemente y en cualquier parte: bares, cafeterías, discotecas y casas particulares. Con frecuencia lo expulsaban de los locales públicos en los que no toleraban el hachís, pero eso a él le traía sin cuidado y volvía a liar en el próximo lugar. Además, reanudó con el alcohol luego de pasar varios meses sin probarlo, y la mezcla de ambas drogas le colocaba en unos estados de desquiciamiento en los que su comportamiento se volvía intolerable para las personas que lo acompañaban o estaban a su alrededor. Yo tuve que abandonarlo en más de una ocasión cuando mi amigo se transformaba en un ser agresivo y extraño. Sin embargo, no todas las veces que nos vimos fueron siempre insufribles. Recordaba también salidas espléndidas en las que me había reído como un loco con el humor y la verborrea surrealista de Gabriel.
  •          -Como no me llamabas supuse que debía de pasarte algo, pero no podía sospechar que hubieras roto con tu mujer, la última vez que os vi erais o parecíais una pareja feliz.
  •          El piso de Gabriel tuvo siempre un significado muy especial para mí, y siempre lo consideré en parte como algo propio: viví en él durante varios meses al separarme de Carmen. Entre sus paredes había conocido los estados de ánimo más dispares: la desolación y la exaltación, la soledad y el amor. Había amado platónicamente a la hermana mayor de mi amigo, que fue como una madre para Gabriel, antes de casarse y de ir a residir a Valencia, y amé también físicamente a Irene. No fui capaz nunca de volver a entrar en el cuarto de servicio en el que había pasado unas noches de amor que aún seguían vivaces en mi recuerdo. Sabía que era muy doloroso sentir la vacuidad de un espacio que me imaginaba inverosímilmente desordenado, y en el que gocé numerosas veces de un cuerpo joven delicioso y voluptuoso que se me entregó sin reservas.
  •          -Ha sido una separación muy destructiva, pero ya te contaré más tarde, prefiero no hablar del asunto ahora –dijo Gabriel al tiempo que cambiaba de disco y volvía a ausentarse del salón para tratar de poner un poco de orden en el resto de las habitaciones.
  •          -Supongo que bien, se marchó de casa y está viviendo con un tío en París.
  •          Hacía casi un año que no nos veíamos, desde que Gabriel dio pruebas inequívocas de no querer quedar conmigo pese a mis reiteradas llamadas de teléfono, lo cual me hizo pensar que a mi amigo no debían de irle muy bien las cosas, y por eso decidí visitarlo de improviso, aun a riesgo de no ser bien recibido.

In memoriam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Julio Moreira era un jarifo chafandín que usaba cuchillo largo. Chufletero y zumbón, las guarichas lo adoraban, los mozallones lo aborrecían y buscaban para apiolarlo.

El Loro’s, chirlata frecuentada por barateros y arrumacas del barrio se encontraba desierta, de manera desacostumbrada, la noche de autos.

-Julio –dijo el pubero de la timba-. Arrímate el tronco, que andan por ahí unos escurras caloyos que quieren mecharte a chirlos.

-¿Quiénes son esos cadagueños? –indagó Julio haciéndose el bolonio-, que les voy a batanear tantos lapos que se van a quedar como la hoja del perejil.

-Arrímate el tronco, Julio –repitió el pubero, que son muchos y no podrás fajarte con todos.

-Aunque el mismo candinga y su corte de demonches subieran del báratro, yo me fajaría con ellos –insistió Julio con ademán farfantón.

-Vale –sentenció el timbero y guardó silencio.

Julio Moreira terminó de potar en un chisquete el vaso número quince de garnacha de la noche. En la timba sólo se oía el silbido sonoro del guaro en su jaula, que un gringo eutáxico y peneque le había enseñado hacía más de cinco años. En uno de los intervalos del guaro entre Marsellesas, se abrió la puerta de la chirlata y entró célere Regina, esposa del Jaiba, una de las daifas de Julio: su favorita.

Regina era la guaricha más garifa y con más sandunga de toda la ciudad. Amaba perdidamente a Julio Moreira, y éste se lo agradecía. Regina llevaba un enorme moratón en el rostro, se arrojó en los brazos de Julio y lo besó intensamente en la boca.

-¿Quién te ha puesto ese clavel de sangre en la mejilla?, que lo apiolo no más –dijo Julio.

-¡Pos quién había de ser! –Contestó Regina-, sino el parguelas de mi esposo. Estaba rabioso como un tuso y, de no haberme librado de su rebufe, me habría arrancado todos los pelos de la chola. Ha venido siguiéndome y no tardará en aparecer por ahí –terminó Regina mirando con prevención a la puerta.

-El Jaiba no es lo bastante macho para pisar la misma tierra que tú y yo pisamos –dijo Julio.

-Vendrá con otros –añadió el pubero mientras secaba un vaso con escrupulosidad-. Esa clase de ternascos no se atreve a enfrentarse cara a cara con un hombre.

No había terminado de hablar cuando la puerta se abrió, y se plantó en el umbral el marido de la Regina. Se quedó petrificado viendo que ésta se encontraba en los brazos de Julio Moreira.

-Estaba seguro de que vendrías aquí, lumia, pendanga, zorra –le lanzó con voz aguda e inquinosa-. Y de que te encontraría con ese chulo gayón, al que el cherinola de su padre y la peliforra de su madre engendraron durante una noche de talanquera.

-¡Date por muerto, sarasa, bujarrón! –saltó el Julio a la vez que sacaba el chafarote largo y se disponía a clavárselo al Jaiba.

-¡Nada de pendencias en mi timba, o llamo a la chapa! –gritó con voz enérgica el pubero, interponiéndose entre ambos gallos.

-¡Sal a la calle si tienes en la entrepierna algo más que una chifa mola que sólo te sirve pa mear! –dijo el Jaiba a Julio.

-¡No vayas, que es una chanada! –aulló la Regina mientras agarraba a Julio por el brazo, reteniéndole con fuerza.

Quita, mujer, si he de morir, quiero que tú y las estrellas sean lo último que vean mis ojos –dijo el garifo liberándose suavemente de Regina.

Julio Moreira salió al exterior. La noche era cálida, brumosa, y la calle estaba desierta. La farola más cercana se encontraba como a cincuenta metros de la cantina, y en el centro de su escasa luz se adivinaba la silueta del jaiba, que esperaba desafiante, charrasca en mano, al Julio.

-¡Acércate, que te voy a comer la mitad del corazón, la otra mitad se la echaré a las ratas! –gritó el Jaiba.

-¡Aguarda, gurrumino, te arrancaré la lengua y se la daré a las hormigas! –replicó Julio.

Avanzaba despacio midiendo el terreno metro a metro. Se detuvo a unos diez pasos del rival. Los dos hombres se pusieron en guardia. El Jaiba esgrimía la charrasca en la mano izquierda. Comenzaron a buscarse en círculo, como a cámara lenta: el tiempo desapareció, tragado por la oscuridad.

De repente, surgieron de las sombras cuatro hombres que se abalanzaron sobre Julio. Éste, al percatarse de la emboscada, dio un salto de jaguar sobre el Jaiba hundiéndole el chafarote en el centro del corazón. Casi simultáneamente, los cuatro compadres del Jaiba cayeron encima de Julio y, sin darle tiempo a revolverse, lo cosieron a facazos dejándole cadáver en el suelo, con la cabeza vuelta hacia el firmamento. Uno de ellos, el Chirla, bajó los pantalones al muerto y, con gestos precisos de pescadero, emasculó el cuerpo aún caliente de Julio y arrojó los testículos y el carajo a un montón de basura cercano.

Los cuatro lunfardos, que habían sido también cornudos por voluntad de Julio Moreira, no quedaron satisfechos con su muerte, y quisieron lavar el honor de cabrunos con más sangre. Se fueron en busca de la Regina, que salió huyendo de la timba cuando supo que su maturrango había sido asesinado, y le dieron caza antes de que pudiera llegar a su casa. Uno la agarró por las piernas, otro por los brazos y la larga cabellera negra, y el Chirla, de un tajo certero, le rebanó la gorguera y la dejó desangrada.

Al amanecer, los servicios municipales de limpieza de la ciudad de Lima recogieron los cadáveres de una mujer degollada y de un hombre, al que le faltaban sus partes genitales, que no aparecieron por los alrededores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CARTERA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         Cuando me establecí en Madrid a comienzos de los setenta, una de mis zonas favoritas para moverme eran los alrededores de la plaza de Chueca, aún incontaminada por las ratas y sabandijas del inmundo trapicheo de la heroína de los años ochenta. Los nombres de las calles Barbieri y Libertad me inspiraban una gran nostalgia liberadora: no hay que olvidar que por aquellos días todavía mandaba en España el pertinaz dictador. En una ocasión, durante uno de mis frecuentes paseos por el barrio, tuve un hallazgo que iba a ser la causa de que empezara a modificar la estima y buena opinión moral que tenía de mí mismo.

Acababa de almorzar en Carmencita, el pequeño restaurante de la calle Libertad, esquina con la de San Mateo, recubierto de azulejos y con instalación a gas de finales del siglo XIX. De todas las cosas curiosas del típico local, la más chocante era el retrete. Cuando un cliente sentía la necesidad imperiosa de utilizarlo, tras ingerir un buen plato de lentejas estofadas o de trucha escabechada, por ejemplo, se veía obligado a pasar por la cocina –donde se amontonaban fuentes repletas de champiñones, croquetas crudas, carnes y pescados…- y pedir ayuda a la cocinera, una mujer gafuda escuálida y diminuta, que instalaba con diligencia un artilugio plegable de madera en forma de taza de water, sobre un agujero negro. En honor a la verdad, he de decir que en ninguna de las escasas ocasiones que hube de solicitar la instalación de la rudimentaria pieza técnica, noté la más leve sombra de contrariedad o fastidio en las cocineras (los viernes y sábados eran dos), antes bien, siempre se prestaron solícitas a complacerme, tal vez para que les perdonara las molestias que causaban.

Como en Carmencita no servían café (no disponían de ningún tipo de cafetera), me dispuse a ir a tomarlo al Gran Café de Chueca. Subía por mi entrañable calle Libertad y al llegar a la de Augusto Figueroa, los empleados municipales de limpieza se afanaban, como de costumbre, en retirar los desperdicios y basuras del Mercado de Abastos. Toda clase de restos animales y vegetales: colas, raspas, pellejos, pitracos, sebos, hojas de verduras, tomates y pimientos podridos, etc., eran arrastrados por la potente ola salubre que surgía de las mangueras, manejadas con pericia por hombres vestidos con monos color butano.

A esas hora de la tarde, los bancos de la Plaza Chueca estaban ocupados por algunos vagabundos (ahora denominados “sin techo” o “S. T.”, según nos llega de Francia, donde siempre se les llamó “clochards”). En uno de los bancos laterales de la plazoleta, perfectamente rectangular, había también un grupo de jóvenes, uno de los cuales tocaba torpemente una guitarra. De entre los vagabundos, se adelantó un hombre moreno, como de unos cuarenta años de edad y de mediana estatura, al que sus colegas llamaron “el argentino”, que se acercó al joven y, con aire simpático y resuelto, le aferró la guitarra. Acto seguido, comenzó a cantar y a acompañarse con el instrumento en ritmo de milonga, a la vez que cruzaba el pequeño cuadrado central de la plaza en todos los sentidos, marcando a la perfección los pasos de la canción que interpretaba. Cuando terminó, saludó con las manos para agradecer los aplausos espontáneos de todos los presentes, que quedamos agradablemente sorprendidos por el buen gusto y propiedad del insospechado artista-vagabundo. El hombre devolvió la guitarra al muchacho, con aspecto de alumno de COU, regresó a su banco y botella junto a sus compañeros, y yo me fui a sentar en la terraza del café, sumida en la fresca sombra que daban los edificios del lado sur de la plaza.

Al principio no me percaté de la cosa, fue sólo después que el camarero me sirviera un solo cuando vi, tirada en el suelo bajo la silla vecina a mi derecha, una abultada cartera de cuyo interior sobresalían algunos billetes verdes. Sentí que un ligero sudor frío me empañaba las manos, y pensé que debía ingeniármelas para recogerla sin que los clientes de las mesas contiguas se dieran cuenta de nada. Me cambié de silla, pisé el billetero con el pie derecho y permanecí inmóvil durante unos segundos casi en un tris de ponerme a temblar; no quería hacer ningún gesto brusco que pudiera delatarme ante mis vecinos de mesa o el camarero, pero, al mismo tiempo, tenía que actuar rápidamente no fuese que el dueño volviera a buscar su cartera.

Comencé a rascarme los jarretes y tobillos con el fin de disimular. Ya estaba a punto de levantar el tacón y agarrarla, cuando a pareció un desconocido que se dirigió al camarero que me había servido el café y le preguntó algo que no llegue a comprender. Temí que se tratara del dueño de mi tesoro y tentado estuve de levantarme, pagar y largarme renunciando a mi presa; sin embargo, aguanté y al cabo de un momento el hombre se marchó tras escuchar la respuesta del camarero, cruzó la plaza y desapareció por una calle del lado norte.

Me había puesto nervioso y decidí que debía resolver la situación con celeridad, pues de lo contrario no iba nunca a atreverme a recoger el dinero. Así que, asegurándome bien de que en ese instante nadie me observaba, tomé el billetero y lo introduje en el bolsillo derecho del pantalón. Ruborizado, eché una ojeada a mi alrededor: los demás clientes seguían con sus conversaciones sin que, aparentemente, ninguno de ellos hubiese detectado mi maniobra. Dejé sobre la mesa el importe de la consumición más diez pesetas de propina, hice un signo al camarero que asintió diciéndome adiós, y todo dentro de la más estricta normalidad.

Desaparecí del lugar con la mayor rapidez posible y con un vago sentimiento de culpabilidad. Mientras me alejaba de la plaza, palpaba con mi mano la cartera de tacto suave y blando. Entré en una cafetería de la Gran Vía, me senté en una mesa apartada, encargué una copa de coñac y, acto seguido, fui a encerrarme en los aseos de caballeros: conté, feliz, hasta quince billetes de mil pesetas. Lo malo es que la cartera contenía un carnet, roto y mugriento de la Federación Castellana de Pesca a nombre de un tal José Rodríguez Martínez, domiciliado en la calle de P. En El Escorial. Guardé todo en el bolsillo interior de mi chaqueta y regresé a mi mesa, donde me esperaba ya la copa. Me sentía muy alegre por lo sucedido. Estábamos a mediados de mes y ya me había gastado casi todo mi sueldo, pero me preocupaba la existencia del carnet con la identidad y dirección de la persona que lo había extraviado. Me creaba ciertos escrúpulos de conciencia. ¿Qué hacer? ¿Tendría la suficiente honradez de restituir el dinero a su dueño?

Imaginé tres soluciones posibles: primera, regresar al bar de Chueca y entregar la cartera al camarero; segunda, llevarla yo a las señas del carnet; tercera, guardarme la pasta y deshacerme del resto. De inmediato descarté la primera. Podrían sospechar en el bar por no haber entregado antes el monedero y encima me buscaría complicaciones. La segunda me parecía angelical, sin embargo, el documento de pesca era muy antiguo y pensé que era muy probable que su titular ya no viviera en el mismo lugar. Además, ¡dónde carajo se encontraba la calle de P. de El Escorial! Yo no tenía tiempo para desplazarme hasta allí. Total que, en toda lógica, me incliné por la tercera solución.

Esa misma tarde me dispuse a dar salida adecuada a los billetes encontrados. El otoño estaba avanzado y necesitaba una prenda de abrigo, de manera que me compré en unos grandes almacenes un chaquetón azul marino de lana y fibra, que me costó diez mil pesetas. Las cinco mil restantes tuvieron un destino poco moral, pero no menos útil. Hacía tiempo que me venía cosquilleando el deseo de acostarme con una señorita fácil, y, esa misma noche, no pude resistir la tentación de dejarme llevar a la cama por una mulata de senos esféricos que, apoyada contra una esquina, me murmuró con toda la ternura del mundo: “¿Tu viens, Chéri

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA EXPOSICIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

        

         La mañana se presentó templada y diáfana tras la lluvia que había caído abundante durante toda la madrugada después de varias semanas prolongadas de sequía, barriendo la atmósfera contaminada de la gran ciudad. Las nubes y el viento del suroeste le hacían sentir fugaces emanaciones marinas arrastradas desde el lejano océano. Rafael se dirigía al Museo para visitar la gran exposición del maestro G. del siglo XIX. Subía caminando junto a la verja del Real Jardín Botánico y miraba el verde lustroso de las nuevas hojas de los árboles que habían recibido gozosas las primeras aguas de la estación. El hermoso día de primavera y la perspectiva de admirar la obra antológica de uno de sus pintores favoritos, le llenaron el pecho de una placentera exaltación.

Al principio, creyó que se trataba de una manifestación al ver la ingente cantidad de personas que ocupaban la explanada del Museo, pero pronto pudo observar que a las entradas principales del noble edificio llegaban largas hileras de gente como de unos trescientos metros de longitud. Se abrió paso a codazos hasta una de las filas y preguntó a un señor de pelo cano por la causa de semejante aglomeración: “Para ver a G.”. Rafael se quedó anonadado con la respuesta preguntándose incrédulo cómo era posible que la llamada del arte hubiera convocado a semejante multitud. Todas las veces anteriores que había ido al Museo lo encontró tranquilo y más bien mortecino, sin que hubiera tenido nunca que esperar o hacer cola para poder entrar en él.

Sin embargo, no experimentó ningún sentimiento de rechazo hacia la muchedumbre de competidores, cultos admiradores del genial pintor, sino que por el contrario las lágrimas estuvieron a punto de empañarle sus ojos, y tuvo que sobreponerse para rebajar la emoción producida por la exhalación entrañable de las aspiraciones colectivas de degustación artística. Se resignó solidariamente a ser el último de la fila, y se dispuso con paciencia a aguardar que le correspondiese su turno de acceso a las salas de la magna exposición.

La interminable columna humana la componía un público heterogéneo: escolares y profesores, turistas extranjeros, familias nacionales al completo, universitarios, funcionarios, monjas y soldados. Los jardines que embellecen el sitio ofrecían un ambiente de feria: vendedores de chucherías, propagandistas de partidos políticos, estatuas vivientes, mimo, ilusionistas, prestidigitadores, comedores de fuego, demandantes de firmas y dinero para causas filantrópicas, músicos, incluyendo a un gitano con trompeta, cabra y escalera. La cola siguió estirándose detrás de Rafael y en escasos segundos acabó perdiendo de vista su final.

Los comentarios más peregrinos llegaban hasta sus oídos: “Es la tercera exposición que visito esta semana, no hay derecho a hacernos esperar tanto tiempo”. “Pues G. a mí me parece un loco, pero mi amiga Pepi me dijo que no me la perdiera”. Rafael llevaba más de treinta y cinco minutos aguardando y sólo había avanzado tres metros, hizo un cálculo de la distancia que lo separaba de la puerta de entrada y dedujo que aún tendría que aguantar dos horas más de espera. Pensó que eso era intolerable, pero quiso ser optimista y se dijo que seguramente la fila comenzaría pronto a moverse con más rapidez.

Transcurrió otra media hora y Rafael no se había movido prácticamente del mismo sitio, incluso tuvo la impresión de que había retrocedido algo, achacando el fenómeno a los listillos de siempre que se colaban. Para colmo, un oscuro nubarrón se puso a descargar un fuerte aguacero sobre sus cabezas, y él no llevaba paraguas ni capucha para protegerse. Afortunadamente, un viejecito previsor, como la mayoría, tuvo la amabilidad de invitarlo a resguardarse bajo el suyo: “Venga, venga, que se va a poner hecho una sopa”, le dijo con voz temblorosa.

La gente no pareció arredrarse por la intensidad del chaparrón, pues no solamente nadie desertaba de su puesto, sino que las nuevas personas que afluían sin cesar consiguieron que la cola desapareciera por la esquina sur del Museo. Al poco rato escampó y el cielo se tornó de un azul limpísimo. Los primeros sentimientos de emoción de Rafael se convirtieron en otros donde la irritación era la dominante, además, no disponía de mucho tiempo libre ya que debía ir a trabajar después de almorzar, y todavía le faltaban unos doscientos metros hasta la anhelada entrada.

Leyó el periódico de cabo a rabo, incluidas las páginas de economía y deportes. Aprendió el nombre del nuevo presidente de la Asamblea nacional de Shri-Lanka, se enteró del porcentaje aplicado a la última devaluación del peso argentino, y hasta el color del vestido de novia de una famosa tonadillera que acababa de casarse con un no menos famoso torerillo. Sus compañeros de infortunio, así comenzó Rafael a considerar a cuantos a su alrededor albergaban la vana esperanza de contemplar la obra pictórica de G., daban ya clara muestras de cansancio. Los más jóvenes se sentaban sobre el césped, pese a que había quedado muy mojado, y los más viejos se apoyaban con aire desolado en sus parejas o, más raramente, en sus bastones.

La columna comenzó a desplazarse con mayor ritmo durante unos segundos, luego, se inmovilizó definitivamente: acababan de cerrar las puertas del Museo. La protesta estalló de forma general: “Esto es un abuso, no tienen vergüenza, nos hacen esperar más de dos horas y luego nos dan con la puerta en las narices”, se quejó un anciano de barbita blanca bien cuidada. “¡Y así quieren que el pueblo tenga cultura!”, gritó una señora enjoyada, que terminaba de despachar a un mendigo diciéndole que fuera a pedir dinero al presidente del Gobierno. “Unos demagogos, eso es lo que son los ministros de ahora, ponen los museos gratis y las personas decentes ni siquiera pueden ya visitarlos”, terminó aullando la dama dando rienda suelta a su cólera.

Un sordo rumor de rabia fue recorriendo el interminable reguero de ciudadanos con la misma celeridad que la llama por un rastro de pólvora. Hacia el final de la serpiente humana se escuchaban gritos pidiendo la cabeza del señor Solana, ministro de Cultura a la sazón, del director del Museo, de los conserjes: “¡Son unos paletos!”, bramaron a los oídos de Rafael unas señoras de porte distinguido. Un joven barbudo arengó a la muchedumbre: “¡Los museos son del pueblo y no pueden cerrarlos como si fueran un coto privado de caza!”. “¡Que los abran las 24 horas del día, incluso los fines de semana!”, añadió su acompañante femenina.

Un grupo muy numeroso de amateurs d’art, con aire amenazador, se puso en movimiento hacia la gran puerta central y, al ir pasando a lo largo de la densa cadena humana, otras personas fueron uniéndosele hasta formar una inquietante concentración, vociferante y agresiva. Comenzaron a oírse golpes de puños y patadas contra las hojas de las puertas cerradas a cal y canto. Alguien pedía insistentemente un ariete, creyéndose tal vez un guerrero al asalto de una fortaleza. Al cabo de un tiempo vergonzante, en el que el escándalo llegó a rebasar la barrera del sonido, los accesos se abrieron de nuevo, y aparecieron dos bedeles, aterrados, en el umbral.

La turba se precipitó por los huecos, golpeando, derribando y pisoteando a los dos temerarios funcionarios, para dispersarse en desbandada por las espléndidas galerías del Museo hasta ganar las salas donde se exponían los cuadros del genial G. Rafael se sintió tremendamente confundido por las escenas presenciadas y se volvió abochornado a su casa, absorto en reflexiones sobre el sentido último del arte.

 

 

 

        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            ¿TIENES UN CIGARRO RUBIO, COLEGA?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         No le gustó la película de Fassbinder que acababa de ver. Era demasiado dramático y pesimista el joven director de cine alemán. No se podía analizar la vida en claves tan negras porque entonces sólo quedaba una solución: pegarse un tiro. Lo que Federico ignoraba es la reciente muerte de Rainer W. Fassbinder, ocurrida en circunstancias extrañas que inducían a pensar en un suicidio. Ojeó su reloj que marcaba la una y media de la madrugada. La sesión del Alphaville había terminado más tarde de lo habitual, debido a la excesiva duración de un cortometraje previo: “Qué estúpidos solían ser los cortos”, pensó Federico: “eran a una película lo que un feto a un recién nacido”. El resto de los escasos espectadores se levantaron también de sus butacas y se dirigían hacia las salidas de la sala. Casi todos ellos encendieron cigarrillos que chupaban con fruición tras la insoportable abstinencia de las dos últimas horas. Él los observaba con lástima y algo de envidia aspirar aquel humo nocivo, y se sentía orgulloso por haber tenido el valor de dejar, de golpe, el tabaco seis meses antes.

Todos sus amigos le alabaron su gran fuerza de voluntad. No era tan fácil abandonar el pitillo de la noche a la mañana, después de haberse llevado fumando más de veinte años de su vida. Federico había tomado conciencia de la inutilidad de una adicción que ni siquiera proporcionaba un placer real, y además le iba a producir una serie de enfermedades espantosas. La última faringitis que lo dejó afónico durante un mes, pero, sobre todo la lectura de los abrumadores informes científicos de la máxima solvencia le decidieron a quitarse del estúpido vicio de fumar: no estaba dispuesto a provocar el despachurre de las vísceras y músculos de su organismo.

Salió del cine y se dispuso a regresar andando hasta su casa, a sólo diez minutos caminando de allí y en el mismo barrio de Argüelles. Los espectadores rezagados se subían en sus coches, las calles estaban vacías de gente y mal iluminadas, y la mayoría de los bares ya habían cerrado. Federico no pudo evitar una leve sensación de recelo. Se hablaba tanto en esos días de la inseguridad ciudadana (era el tema periodístico de moda), de los asaltos y agresiones que sufrían las personas de bien por parte de miserables delincuentes desalmados: pinchazos en el vientre, pellizcos con alicates en los pezones de las mujeres, amenazas con jeringuillas ensangrentadas, disparos con armas de fuego, etc.

Federico pensaba, sin embargo, que no debía dejarse amedrentar por rumores catastrofistas y reaccionarios, propalados exageradamente con el fin de desprestigiar a la naciente democracia y vilipendiar la libertad recuperada de los españoles. Salía muy a menudo de noche y nunca había tenido el menor percance; además, creía que si se encontraba en una situación comprometida sabría resolverla apelando a la racionalidad de los hipotéticos agresores. “Tranquilidad, el miedo exacerba las precauciones y hace bajar las defensas”, se decía a sí mismo, y se imaginaba un diálogo con unos posibles chorizos: “Mirad, yo soy una persona pacífica y tolerante, y no tengo nada contra vosotros; es más, comprendo vuestros problemas, así que aquí tenéis mi cartera con todo el dinero que llevo encima”. Hombre progresista y ecuánime, Federico estaba convencido de que la única causa de la violencia en el mundo era la falta de justicia y solidaridad entre los humanos.

Dobló la esquina de la calle del Rey Francisco y se percató de la presencia de dos individuos, en semipenumbra, en la misma acera por la que caminaba y a una distancia aproximada de cien metros de él. Uno de ellos estaba sentado en el escalón de un portal, el otro permanecía de pie, a caballo entre el bordillo de la acera y la calzada. Federico sintió el impulso de cruzar al otro lado de la calle, pero pensó que su gesto de desconfianza podía ser considerado como vejatorio por esas dos personas que serían, de seguro, inofensivas y estarían charlando tranquilamente. Además, la casa de Federico distaba ya sólo una manzana del punto de donde estaban los dos hombres y no era cuestión de andar haciendo rodeos extraños. Así que siguió adelante con paso firme y resuelto, aunque sintiendo que su corazón aumentaba de ritmo a medida que se acercaba a los dos desconocidos. Pasó en medio de ellos, y ya los había rebasado cuando escuchó la voz del que estaba sentado que lo interpelaba de manera áspera:

-¿Tienes un cigarro rubio, colega? Federico podía haber continuado su camino sin darse por aludido, sin embargo, o porque su buena educación no le permitía mostrarse descortés, o bien porque temiera irritarlos con un desaire, se detuvo, se volvió hacia los dos hombres, muy jóvenes, y les dijo con un tono que pretendía ser lo más amable posible:

-Lo siento, pero no fumo

-¡Cómo que no fumas! ¿De verdad que no tienes unos ssigarritos rubios para unos colegas? Preguntó bruscamente el otro que permanecía parado.

-De veras que lo siento, no tengo tabaco, respondió Federico tratando de imprimir a sus palabras un doble acento sincero y exculpatorio por no poder complacerlos. Entonces, el que permanecía sentado, se incorporó pesadamente y con paso tambaleante se le acercó:

-¡Tú de qué vas, tío!, gritó con aire despreciativo.

-Yo, de persona, contestó ingenuamente Federico, que comenzó a inquietarse por el cariz violento que tomaba la situación.

-¿Tú de persona? ¡Tú vas de pringao!, volvió a gritarle el mismo joven, que daba muestras de estar con el mono encima.

-Hace seis meses que he dejado de fumar, no tengo tabaco ni negro ni rubio, pero si queréis os puedo pasar dinero para que lo compréis, replicó Federico en un intento de contentar a los dos tipos y poder largarse de allí.

-¿Que no queremos tu dinero, tío, que lo que queremos es que nos des un ssigarrito rubio!, le gritó ahora el que parecía más sereno mientras lo agarraba por las solapas de la chaqueta, empezando a zarandearlo con violencia.

Federico se puso a maldecir mentalmente la hora en que se le había ocurrido dejar el tabaco, y se hizo la promesa de que si salía bien del trance, volvería a fumar de inmediato. Los dos individuos siguieron insultándolo y sacudiéndolo, y, en un instante de pánico y exasperación, Federico propinó un fuerte rodillazo en la entrepierna al que parecía más joven, al fin y al cabo no estaba dispuesto a dejarse humillar y maltratar de ese modo por dos golfos, y comenzó a pedir socorro a grandes voces.

Se entabló ya una lucha abierta entre el hombre, que pugnaba por escapar, y el mayor de los agresores que se lo impedía con un enérgico abrazo. Entre tanto, el chorizo que se había recuperado del rodillazo recibido, sacó una navaja de grandes dimensiones y de un golpe certero la clavó hasta el mango a la izquierda del pulmón izquierdo de Federico, que se desplomó fulminado sin emitir un solo gemido.

El homicida limpió escrupulosamente la hoja ensangrentada en el pantalón del muerto mientras el cómplice le registraba los bolsillos, buscando algo que no podía encontrar.

  • ¿Llevaba tabaco?, le preguntó el de la navaja
  •  
  • – No, no tiene, el jodío decía la verdad, le respondió el colega. Y los dos se echaron a reír alejándose con trote rápido del lugar, y desapareciendo detrás de la misma esquina por la que Federico había aparecido pocos minutos antes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            MATAR AL TENOR

                            (Censurada por el autor)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            LA CARTULINA MÁGICA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Salí de casa para hacer unas compras mañaneras y una gestión en el distrito municipal del barrio. Doblé la esquina de mi calle y vi en el suelo una hoja de papel del tipo cartulina como de 6 X 12 centímetros que ofrecía su cara en blanco. Llevado por mi manía cervantina de leer hasta los papeles tirados por las calles, quise saber si en la otra cara figuraba algún tipo de texto o reproducción y di un ligero puntapié a la hoja para voltearla. En lugar de ofrecerme el otro lomo, la cartulina se levantó en el aire como medio metro, planeó otro metro aproximadamente en horizontal, y, ante mi asombro, fue a introducirse parcialmente en una estrecha raja vertical (de un milímetro aproximadamente de ancho) en el viejo parachoques negro de un coche, aparcado en batería contra la acera, donde se quedó incrustada. La observé incrédulo un instante y proseguí mi marcha.

Pasaron unos minutos y comencé a pensar que acababa de presenciar un hecho fortuito extraordinario. Era absolutamente increíble que la cartulina hubiera detenido su vuelo de la manera que acabo de contar. Cualquiera que la viera, pensaría con toda seguridad que alguien, probablemente un niño la habría introducido jugando en ese lugar angosto e inverosímil. Nadie en su sano juicio o por puro sentido común llegaría a adivinar que la hoja se había introducido allí por azar, un azar que yo había provocado de forma totalmente casual. Especulaba con que de habérseme ocurrido conseguir voluntariamente el fenómeno, hubiesen sido necesarios miles y hasta millones de intentos antes de lograr el resultado insólito que se había producido con una sola patada; o que, si llevado por un acto de locura intentaba reproducir con éxito el experimento, malgastaría años y probablemente toda mi vida sin llegar a conseguirlo.

Sentí una especie de exaltación por haber tenido el privilegio de haber vivido una experiencia única y posiblemente irrepetible por siempre jamás, y me dije que esta experiencia formaba parte de ese grupo raro de fenómenos aleatorios que se producen en el universo desafiando toda lógica y causalidad. Quise recuperar mi cartulina a la que empecé a atribuir algún tipo de propiedad maravillosa, y, tras realizar mis compras y mi gestión, regresé a casa por el mismo punto que acababa de producirse el prodigio, pero mi hoja ya no colgaba del parachoques, y no se hallaba debajo ni cerca del vehículo. A poca distancia del mismo, unos operarios de los servicios especiales de limpieza se afanaban con unos artilugios mecánicos en despejar la suciedad de las aceras, y mi cartulina mágica había sido engullida seguramente por uno de esos ruidosos e inoportunos aspiradores.

 

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Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Crónicas Urbanas

 

 

 

 

 

 

CRÓNICAS URBANAS

 

 

BALBINO GUTIÉRREZ

 

 

Antología de 14 relatos que abarca una gran variedad de personajes y situaciones urbanas en diversas ciudades y épocas. Algunos relatos fueron publicados en revistas, otros son inéditos. Intenté publicarla sin éxito en editoriales. Hoy la lanzo al universo cibernético sin más pretensiones que la de ejemplarizar y entretener.

 

(RGPI: M-66332 10/3/1998)

 

 

 

 

ÍNDICE:

  1. Ana la Condesita págs.       3

(Madrid)

  1. Delirios feministas        “           7

(París)

  1. El borracho inglés     “         21         

(Granada)

  1. El chófer de Katheryn “         27

(París)

  1. El L.E.M.        “         40

(Estocolmo)

  1. El obsequio        “     45

(Madrid)

  1. El optimista    “       49

(Berlín)

  1. El piso    “    66

(Madrid)

  1. Julio Moreira    “    73

(Lima)

  1. La cartera “       78

(Madrid)

  1. La Exposición “    84

(Madrid)

  1. ¿Tienes un cigarro rubio, colega? “  90

(Madrid)

  1. Matar al tenor “     95

(Crónica censurada por el autor)

  1. La cartulina mágica “  104

(Madrid)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 ANA “LA CONDESITA”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apareció en el escenario y fue para él como la salida de la luna llena, el principio del alba, la sangre de un campo de amapolas, el murmullo del mar, el aroma de las rosas, el fulgor de las estrellas, la revelación de la verdad que andaba buscando. Ana la Condesita –vestida de rojo hasta los pies, pelo de azabache y seda, ojos de oscura almendra, tez blanca y pura como los pétalos de lirio- inició su baile en un movimiento estático, la mano izquierda a la altura de la frente y la mano derecha sobre la parte baja de la cadera, presionando ligeramente sus carnes turgentes que se adivinaban prietas, en la postura más seductora que él viera jamás. Los pliegues del vestido, a modo de túnica griega, se ceñían a su cuerpo dibujando formas sensuales, coronadas por un rostro encendido del que surgían dos intensas llamaradas negras.

La fascinante figura, graciosa y provocadora a la vez, comenzó a evolucionar sobre el pequeño tablado ejecutando un baile por tarantos y acompañada por tres guitarras bastante mediocres y por un cantaor que conocía bien su oficio, aunque sin grandes recursos vocales. Pero ninguna de estas limitaciones adyacentes importó mucho al espectador –un fino aficionado madrileño-, que puso sus cinco sentidos en contemplar a la joven bailaora, cuya edad no debía de sobrepasar los dieciocho años, sin perderse uno solo de sus movimientos, gestos, taconeos, desplantes, llamadas, contoneos, balanceos, respiración de orgasmo; y mirándola con tal intensidad que tuvo la fuerte impresión de que se había establecido una corriente magnética entre el cuerpo de la joven y sus propios ojos, por los que se volcaba su alma trastornada.

Ana la Condesita no era la estrella de la noche, su nombre ni siquiera figuraba en el rudimentario programa del local. Tras su intervención, la siguió un bailaor adolescente, casi un niño*, el protagonista, y ella no volvió a salir sino para jalear y tocar las palmas, pero aun así, mostraba un ángel y un temperamento que no la hacían pasar desapercibida en el conjunto del cuadro flamenco. Y él continuó observando únicamente a la Condesita, ajeno al virtuosismo del precoz artista o al desarrollo general del espectáculo, y temblando de impaciencia por conocer a la hermosa muchacha.

Cuando terminó la actuación del grupo, se acercó para felicitar a Ana la Condesita, que estaba acodada a la barra del restaurante con el resto de sus compañeros. Afortunadamente no parecía estar ligada a ninguno de ellos, y así pudo manifestarle con entusiasmo la emoción que le había causado. La bailaora se sintió muy halagada por los apasionados elogios del desconocido capitalino, porque además de agradecérselo con un beso en la mejilla, le tendió una fuente llena de jamón y queso, de la que él se sirvió con nerviosa torpeza.

Volvieron a encontrarse en Candela después de que la Condesita –junto a “La Chabuca”, otra bailaora algo mayor que ella- pasara por la pensión, cercana al popular establecimiento, con el fin de desmaquillarse y cambiarse de atuendo. Él se instaló en la banqueta pegada al muro, al lado de su amiga Antonia, una asidua del local, más aburrida que un nabo, y justo enfrente de Ana la Condesita. La mesa y ocho personas a su alrededor los separaban, y él sentía la absoluta necesidad de decirle que lo había vuelto completamente loco.

Se sumergió entonces en una aventura favorecida por los numerosos canutos en los que había participado activamente hasta ese momento, abstrayéndose de la charla del grupo que le llegaba con un sordo ronroneo. Se colocó junto a la Condesita y le dijo que se había enamorado perdidamente de ella desde el primer instante de verla. Ana la Condesita le respondió que ella también había comenzado a sentir algo muy especial e inefable, que había notado la intensidad de su mirada y que lo había identificado entre el público a pesar de la oscuridad de la sala.

Alguien anunció en voz baja que había fiesta abajo y todos se levantaron de las sillas y fueron desfilando hacia la cueva. Ana y él volvieron a tomar asientos separados, cada uno en un extremo del salón. Jaime tocaba la guitarra, acompañado por su tío; pero él no prestó atención a la insólita garra del niño prodigio. Se marchó con Ana enlazándola por la cintura y besándose apasionadamente por las esquinas. Se encerraron en un hotel para vivir la noche de amor más intensa que nunca conocieron los amantes pretéritos ni los futuros. El cuerpo de la Condesita era más bello que todo lo que había podido imaginar: estrecho busto de pechos grandes, firmes, redondos y con pezones en punta; cintura de cristal, caderas de Venus, nalgas y muslos de coral torneados en el taller de un orfebre sensual. Se juraron amor imperecedero y decidieron vivir juntos por toda la eternidad. Ella olvidó al novio de Sevilla, y él se separó de la mujer con la que estaba malcasado. Huyeron al fin del mundo y evitaron la venganza de la ley gitana.

La fiesta decaía después de no haber acabado de despegar, y los presentes comenzaron a abandonar la cueva… De repente, él se dio cuenta de que la Condesita ya no se encontraba allí, ni las tres personas que la habían acompañado. Subió al bar, repleto de gente, pero ella tampoco estaba. Resignado e indiferente, se sentó en una mesa con los conocidos habituales que pasaban en Candela noche tras noche buscando no se sabe qué, o quizás ocultándose de algo. Pensó que los únicos ciudadanos románticos que quedaban en los tiempos que corrían eran los chorizos y los marginados; él, como los de su clase, no tenía valor para dejarse arrastrar por otras pasiones que no fueran las inspiradas por la vanidad, el dinero o las drogas. Y continuó bebiendo metódicamente, resuelto a emborracharse

a muerte.

*Israel Galván

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DELIRIOS FEMINISTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue a raíz de la traumática violación de Katheryn por el joven negro africano cuando ella y Carole decidieron afiliarse al M.L.F. (Movimiento de Liberación Feminista), para combatir tanto el sexismo como el racismo, para hacer valer sus derechos frente a las gentes de extrema derecha como de extrema izquierda. Se convencieron de que para defenderse y tener su propia justicia había que hacer la revolución feminista: “La única revolución que atraviesa las clases, las razas y las nacionalidades, para liberar a las más oprimidas”, afirmaba Katheryn levantando amenazante su blanco y delicado puño, ante la mirada siempre atenta de Carole a su lado. Comenzaron a intervenir como propagandistas del Movimiento en mítines y conferencias por los barrios de París, primero en colectivos feministas y, posteriormente, también en círculos de lesbianas. Al principio, los blancos favoritos de los ataques de las dos amigas agitadoras fueron los progres marxistas que se habían adherido a las teorías sexuales de Wilhem Reich (el falso profeta de la revolución sexual, como ellas lo llamaban), y a los que trataban de ridiculizar en sus intervenciones casi siempre a dúo:

Katheryn: La función del orgasmo, cimiento de la ideología sexual progresista, no ha podido tener resultados más reaccionarios.

Carole: La pretendida liberación sexual de nuestros días no significa otra cosa más que un cambio en la ideología sobre el sexo.

Katheryn: Lo único que ha variado es el contenido de las órdenes que constituyen la moral, pero la estructura del comportamiento sexual masculino permanece inmodificada.

Carole: Hay una estrecha homología entre los principios que cimentaban la ideología puritana de nuestros padres y los que sostienen el actual progresismo sexual.

Katheryn: Para nuestros progenitores el sexo significaba un sometimiento como medio a los fines de la procreación, prescribiendo una técnica paupérrima que excluía como ilícitos y perversos aquellos juegos de amor más imaginativos y preñados de jolgorio y de estéril bienestar.

Carole: Pues bien, a pesar del aparente antagonismo de sus comportamientos, lo cierto es que la imagen estructural de la ideología sexual “progre”, su esqueleto formal, es tan igual a aquel que aparentemente pretende combatir, que se diría que es su burdo disfraz modernizado.

Katheryn: Sustituid la trilogía: procreación –ética puritana- Dios, por la trinidad: orgasmo –técnicas sexuales- ciencia, manteniendo el mismo tipo de concatenación y dependencia entre los vértices del nuevo triángulo, y obtendréis el campo conceptual y normativo en el que se apoyan todas las proposiciones ideológicas de las nuevas tribus de “liberados sexuales”.

Carole: El Orgasmo es el objetivo, la culminación y el evento otorgador de sentido a la totalidad de los procesos eróticos.

Katheryn: Las técnicas sexuales, uniformes y objetivas y enseñables en los libros, como si cada hombre concreto fuera un mero paradigma del mapa universal de las zonas erógenas, determinan el ritual exigido para llegar al anhelado Orgasmo.

Carole: Y la triple faz fisiológica, psicológica y sexológica de la desapasionada ciencia fundamenta con su frío rigor el carácter objetivo e inexcusable del orgasmo y la probada eficacia de las rutinarias técnicas que lo garantizan.

Katheryn: Y así como antes, el resultado del montaje era una legión de matrimonios histéricos incrementado mediante un procedimiento tosco y artesanal el contingente de futuros hijos para el cielo y el número de pobladores de este valle de lágrimas o infierno terrestre.

Carole: Así ahora el desenlace es una monótona combinatoria de obsesos despersonalizados y solitarios persiguiendo neuróticamente con una tecnología sexual sutilizada la inagotable acumulación de míticos orgasmos previamente programados para solaz de la ciencia y tranquilidad del Estado (con el rostro congestionado y morado, cedía la palabra a su compañera, que concluía casi en trance).

Katheryn: La Revolución Sexual no es otra cosa que una religión del sexo que tiene en el Coito su eucaristía y en el Orgasmo el momento de transustanciación del hombre en Dios. Su prestigio revolucionario le viene de su presunta oposición al Poder: siendo la burguesía y el capitalismo los que impiden a los “oprimidos” llegar al Orgasmo, su abolición es necesaria para conseguir una Redención que se presenta como la felicidad sexual. Así razona el “progre sexual”.

***

Hasta la aparición del judío errante, fugaz, y flautista, Albert Mendes, Katheryn y Carole fueron amantes por un tiempo (como ya se ha señalado anteriormente), durante el cual radicalizaron sus postulados en asambleas y foros no ya sólo de París, sino de muchos otros lugares a lo largo y ancho de la superficie total del Exágono (sinónimo de Francia para los franceses). Sus embestidas dialécticas se orientaron principalmente contra el matrimonio y la familia y los maridos y la condición femenina y el capitalismo y el Estado.

Katheryn: Según nuestra teoría, el matrimonio se presenta como la institución mediante la cual un trabajo gratuito es extraído de una categoría de las población, las mujeres-esposas.

Carole: Un trabajo gratuito debido a que no da derecho a un salario, sino solamente al mantenimiento de la esposa.

Katheryn: Así pues, debemos afirmar que la no valoración de este trabajo se origina institucionalmente con el contrato del matrimonio, que es en definitiva un contrato de trabajo. Un contrato de trabajo que estipula que la fuerza de trabajo de la mujer es propiedad del marido.

Carole: La ley que dictaba la autorización del esposo para que la mujer pudiera trabajar fuera del hogar, fue abolida en Francia hace sólo diez años, en 1962.

Katheryn: Queda muy claro que la situación de inferioridad de las mujeres en el mercado de trabajo y la discriminación de que son objeto, constituye la consecuencia, y no la causa como algunos pretenden hacérnoslo creer, del contrato del matrimonio tal como lo conocemos (aquí, las dos amigas imprimían un quiebro electrizante a su discurso):

Carole: Pero ¿existe una naturaleza femenina inmutable?

Katheryn: No, sólo la alineación.

Carole: Pero ¿existe un instinto materno inmutable?

Katheryn: No, sólo mixtificación (las audiencias las aplaudían enfervorizadas).

Carole: Me comentaba una joven madre casada: “Yo soy de las que aman con pasión a los bebés, y esos pocos años de la infancia de mis hijos permanecen excepcionales e inmersos en mi meoria” (carcajadas de las audiencias) –perdón: “memoria”- rectificaba Carole (más carcajadas). “Esos años llenos de alegrías y fatigas, esos años que huelen a carne y leche, esos años animales y poéticos llenos hasta el borde, justificadores: esos años cuya sola evocación hacen que se me salten lágrimas de emoción” (se oían fuertes pataleos, abucheos y gritos de protesta).

Katheryn (levantando la mano para imponer calma): En efecto, en las condiciones actuales, la maternidad representa, en el sentido estricto del término, una esclavitud y refuerza el sometimiento al marido.

Carole: Además, todo deseo de maternidad es sospechoso de ser un intento de compensar frustraciones afectivas o de ausencia de identidad, puesto que lo vivimos en un contexto de opresión. Trampa sutil: es la misma maternidad la piedra de toque de la opresión (regresaban los aplausos).

Katheryn: Aunque se hiciese posible un deseo de procreación no alienado, no dejaría por eso de ser menos alienado en sus consecuencias actuales.

Carole: Ni siquiera a los pseudo-marxistas se les ocurre poner en discusión el significado de conceptos tales como familia, niños, hogar, etc.

Katheryn: lo mismo sucede en política: la infelicidad social se presenta como natural, no como resultado de la existencia de clases y del dominio de una sobre otra.

Carole: Por ejemplo, el sadomasoquismo que es algo inherente al matrimonio, se considera como sadomasoquismo sustancial, eterno y necesario, por lo que se sanciona implícitamente la ineliminabilidad del mismo (pitos y gritos).

Katheryn: Y el sistema sexual refleja precisamente este sistema de dominio, que se pone en marcha en el mismo instante en que la mujer halla seductor a un hombre (más pitos y gritos).

Katheryn: En cierto sentido podemos asegurar que la vida sentimental de los seres humanos no es más que una doble alineación:

Carole: La del filisteísmo natural, agravado por una mala educación sexual.

Katheryn: Y la derivada de la ignorancia del mecanismo real de la correspondencia amorosa, que los burgueses atribuyen caprichosamente a una extraña mezcla de determinismo biológico y de misterio.

Carole: La gente de izquierdas sabe que la familia es una institución represiva (aplausos y bravos). La asocian –a veces con innecesario esquematismo- a la propiedad privada.

Katheryn: Si se les pregunta al respecto, señalarían cómo reproduce y alecciona la fuerza de trabajo, cómo propicia el consumo, cómo se tejen sutiles y efectivas cadenas de control entre sus miembros, cómo transmiten los padres la ideología de la clase dominante.

Carole: Por ello es preciso trascender la procreación. El ser humano no es un ser natural, es un ser social (aplausos y pataleo ensordecedores).

Katheryn: Del mismo modo que era difícil volar hace un tiempo, ahora se nos plantea que no será difícil fabricar seres humanos de otra manera a la biológica y natural.

Carole: Pero aunque esto no sea una realidad y quizás pueda parecer algo de ciencia-ficción, es un planteamiento que algún día se resolverá.

Katheryn: La mujer tiene la mitad de hembra, de animal sujeto a esas tareas biológicas que tienen las hembras mamíferas y la mitad de ser social. Y solamente cuando de verdad trascienda esta condena bíblica, podrá liberarse de su destino animal.

Carole: Hoy podemos ya trascenderla un poco porque los anticonceptivos eran insospechados hace cien años, y el aborto sin riesgos también, puesto que el aborto se ha practicado siempre, pero con altísimos riesgos.

Katheryn: El problema estaría en ver si la supresión de la píldora abriría paso a un sistema de relaciones más deseable o nos devolvería a la situación odiosa anterior de maternidad salvaje (abucheo aislado).

Carole: Las relaciones sexuales están a caballo entre la opresión y la explotación. La mujer a través de las relaciones sexuales, establece relaciones económicas.

Katheryn: La diferenciación sexual es la base sobre la que se produce la división del trabajo y la explotación, porque la reproducción de la fuerza de trabajo, implícita en la procreación, puede analizarse como producción de mercancías.

Carole y Katheryn a dúo: Actualmente, las contradicciones se agudizan y muchas relaciones se van desmontando. Así, a nivel sexual, nos tendremos que rebelar contra todo aquello que nos parece natural, puesto que ha sido impuesto para mantener formas intolerables de opresión y control (aplausos y ovaciones estruendosas con toda la sala de mujeres puesta en pie).

La extraordinaria capacidad dialéctica de las dos compañeras militantes, la habían aprendido en gran parte de los textos y enseñanzas de un proto-feminista español o latino americano (Katheryn confundía entonces a unos y otros), a quien no llegaron nunca a conocer personalmente. El intelectual progresista de incierta nacionalidad se amparaba en el anonimato y seudónimos para no levantar suspicacias entre las feministas más virulentas, y de ese modo tampoco buscarse complicaciones con la policía de su país, sometido a una férrea dictadura política. Por eso, Katheryn y Carole estaban convencidas de que el autor de muchos de los escritos que conocían, defendían y difundían era el mismísimo de uno de los opúsculos que más les había impresionado e influido para su toma de conciencia feminista y su compromiso militante: “Sexo y Marxismo”. La genitalidad fisiológica siempre aparece mediada y mediatizada por las relaciones sociales de sexualidad: hasta tal punto que son precisamente éstas las que definen la realidad de aquéllas: las que al mismo tiempo las objetifican y objetivan. Hablaré de dos tipos de relaciones de sexualidad. Por un lado las relaciones sociales “uterino-domésticas”: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas, y cuya productividad es la reproducción de la fuerza de trabajo. Y por otro lado, las deseativas: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas y cuya productividad son los desideremas o signos de deseabilidad. Pero, vayamos por partes.

         Se puede analizar la productividad uterino-doméstica por analogía con la “renta de la tierra” analizada por Marx en El Capital. Imaginemos que úteros y domus son fincas cultivables. Como tales, cada unidad (cada útero, cada domus) produce diferente rendimiento a las demás: esa diferencialidad es esencial. Cada finca (cada útero, cada domus) es singular: esencialmente distinta a las demás, única e irrepetible. Por ello la situación que cada finca (cada útero, cada domus) ocupa respecto a las demás, goza de capacidad monopólica: no se puede competir con su productividad puesto que su situación diferencial es única, irrepetible. Siendo esto así, el reparto de la tierra, es decir la vinculación de cada finca (cada útero, cada domus) a un titular social adopta la fórmula de privilegio.

         Para que no sólo se cultiven las tierras cuyo rendimiento sea superior a la media, sino que se cultiven todas aquellas cuyo global rendimiento satisfaga todas las necesidades sociales, se hace preciso la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de la tierra: “es la renta absoluta” de carácter tributario y precapitalista que marca los límites inferiores de cultivabilidad de la tierra. De igual forma que no sólo se cultivan las fincas (úteros y domus) cuyo rendimiento sea superor a la media, sino que se cultiven aquellas fincas (úteros y domus) cuyo global rendimiento satisfaga las necesidades sociales, se hace precisa la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de úteros y domus: “es la renta del útero” y el “tributo doméstico” que marca los límites inferiores de cultivabilidad femenina, límites por debajo de los cuales ya no se establecen relaciones sociales uterino-domésticas (y las solteronas y las putas se ven excluidas de la sumisa irresponsabilidad uterino-doméstica).

         Pero al margen del modo uterino-doméstico de relación social de sexualidad (modos cuyos elementos fundamentales acabo de esbozar con forzosa simplificación), existe otro modo, el “deseativo”, cuya vigencia es predominante en la actualidad. Así como en el modo anterior, la mujer aparecía ineluctablemente vinculada a la tierra uterino-doméstica (más que vinculada, emparedada entre los límites infranqueables: su útero y su domus, por un lado, y su varón y titular vinculante, por el otro), en el modo deseativo, por el contrario, la mujer aparece totalmente desvinculada, libre, desnuda, exenta, desembarazada, dispensada, desconectada. Su actividad práctica se reduce a la constante y rutinaria exteriorización de los desideremas: partículas elementales constitutivas de los signos de deseabilidad: indiferenciados, sustitutivos, repetibles, universales: intercambiables, genéricos, transferibles y comunicables de forma codificada.

         La actividad crítica de su “partenaire” en la relación social (el hombre) consiste, por el contrario en la interiorización problematizada de los desideremas que percibe: desideremas que flotan en el ambiente, desvinculados de toda mujer real, disponibles. En resumen, la tarea exclusivamente crítica del varón consiste en el descuartizamiento de la imagen corporal de la mujer, en su reducción a un “stock” de desquiciados desideremas desconectados entre sí, y en la posterior construcción intelectual fuertemente problematizada y llena de contradictoriedad, de un “objeto cognoscitivo y obscuro de deseo”. Construcción cognoscitiva que es objetificada de acuerdo con las reglas fundamentales, las del “desafío invencible” y la del “enigma sin solución de continuidad”, cuya enorme carga de problematicidad y contradictoriedad sólo puede resolverse (en lo que constituye la llamada “realización del deseo”) mediante la destrucción del objeto cognoscitivo de deseo reconstruido. Pero la contradictoriedad dialéctica que se establece en la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo constituye un tema que desborda las intenciones modestas del presente opúsculo.

         Por ahora baste con decir que gracias al monopolio de actividad crítico-deseante, el varón logra imponer una masiva y aplastante superioricidad intelectual. Superioricidad derivada precisamente del ejercicio de la deseación, es decir de la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo, contradictorios, dialécticos, paradójicos, incoherentes y problematemáticos. Ambos tipos de relación social de sexualidad, el uterino-doméstico y el deseativo coexisten y coexistirán para siempre. El primero, a modo de residuo de carácter tributario, primario, precapitalista; el segundo, en perfecta coherencia y armonía con el reinado del márquetin. Pero uno y otro se excluyen mutuamente: la deseación exige anonimato, distancia social, y no se puede desear a la propia madre, abuela, tías, esposa vieja o hijas, pues el deseo es incompatible con la convivencia uterino-doméstica.

         ¿Podemos pues deducir también la necesariedad objetiva de la revolución feminista a partir de la intercambiabilidad universal de la mercancía cognoscitivo-deseativa? Obviamente sí. La socialización de la producción femenina de desideremas entra en contradicción con su interiorización individual-masculina: y la productora del deseo, por serlo, puede llegar a apropiarse de su propio producto interiorizándole de forma recreativa. Aunque no es fácil que dejase de ser irresponsable y se responsabilizara. Que dejara de ser una mera deseada-deseable y pasase a ser una auténtica deseante, ejerciendo con decisión su voluntad crítica. Pero lo que sí puede hacer la mujer, si quiere llegar a ser una deseante activa, creadora, responsable y militante es ponerse a desear a la misma mujer, ya que la vigente deseabilidad es de naturaleza femenina. Se trata de aprovechar el vigente código de deseabilidad pero reactualizándole (exteriorizándole e interiorizándole, objetivándole y objetificándole) en el marco de unas relaciones sociales distintas y nuevas: ya no de hombre a mujer, sino de hembra a hembra, ya no de varón deseante a hembra deseada, sino de mujer a mujer: ambas deseantes y deseadas, ambas dominantes y dominadas, ambas responsables y poderosas afroditas, ambas libres y reinas soberanas.

Post scriptum:

Si el actual proletario es un mero productor de trabajemas (aquellas partículas elementales mediante cuya combinatoriedad calculada el capitalista realiza sus mercancías), la mujer actual es una mera productora de desideremas: aquellas partículas elementales de deseabilidad mediante cuya combinatoriedad aleativa el varón deseante realiza su deseo, realizando la mercancía deseativa.

         Fue decisiva la influencia de los párrafos finales del clarividente escrito en la consolidación de la pareja Carole-Katheryn. Ésta última, con su gran belleza y personalidad, producía desideremas subjetivos-objetivos que fueron percibidos por Carole que se comportó como hembra deseante-deseada para realizar su deseabilidad subjetiva, extrayendo la mercancía deseativa de su amiga americana. Pero la estabilidad de las partículas elementales de deseación se fue al garete el mismo día que en la vida de las dos jóvenes amantes apareció el judío errante Albert Mendes.

Pertenecía a una familia de judíos sefardíes de Transilvania, procedente de Salónica, que se vio obligada a emigrar a Suiza durante la II Guerra Mundial y acabó instalándose a su término en Marsella, donde él nació. Su espíritu de apátrida le impulsó a estudiar música para la que poseía aptitudes sobresalientes llegando a interpretar con igual maestría cuantos instrumentos de viento y cuerda existían. Se ganaba la vida pobremente tocando en cafetines, el metro o la calle y se había negado a formar parte de grupos, bandas u orquestas estables a pesar de las numerosas ofertas recibidas. Se dejaba llevar por su naturaleza anárquica y pasiva, por su lentitud sublime, que no soportaba ninguna obligación ni disciplina exteriores.

La personalidad de Albert era muy diferente de las Katheryn y Carole, y tal vez por eso fue que se avino a formar trío, ménage à trois, o comuna, como ellas decían, las cuales comenzaron a cuidarlo en todos los detalles y asuntos materiales para los que era como un crío desvalido y muy poco diligente. Y Albert, para agradecerles sus atenciones y protección, les pagaba con mucho arte y amor. Además de ser encantador en todos los sentidos, estaba dotado por la naturaleza con unos extraordinarios atributos varoniles que le permitían satisfacerlas sexualmente a las dos: en la pequeña buhardilla de la rue de Saint André des Arts, donde vivían, flotaba un fuerte olor a esperma tanto de día como de noche. El músico era un fenómeno capaz de alcanzar veinticuatro orgasmos en una jornada, y el fluido de la vida inundó abundantemente las entrañas de las dos mujeres y fructificó en el vientre de Katheryn, quien concibió a una hembra desde el primer embate amoroso, a la que pondrían el nombre de Alberta. Carole, en cambio, permaneció estéril y lo iba a permanecer toda su existencia a causa de las graves disfunciones hormonales que no deseó nunca conocer ni remediar, suponiendo que hubiesen podido tener remedio, pues había decidido rechazar la maternidad para ser fiel a sus inquebrantables principios ideológicos. Durante los primeros meses del embarazo no se alteraron significativamente las relaciones de la pequeña comuna, y Albert siguió cumpliendo con el mismo ardor constante con las dos mujeres. Fue, sin embargo a partir del octavo mes, cuando obligado no sólo por la abultada redondez del vientre de Katheryn, sino también por su incipiente laxitud amorosa, el flautista se volcó de manera casi exclusiva en Carole, que se mostraba insaciable y monopolizó encantada su inagotable energía varonil.

         Katheryn se sentía triste pero no decepcionada ante la nueva situación del trío, y se mantenía firme en su intención de continuar con su gestación y de traer al mundo a su hija, a pesar de que tanto Albert como Carole le insinuaron abiertamente en varias ocasiones la conveniencia de poner solución de continuidad al embarazo, temiendo que, de no hacerlo, pudiera romperse el círculo verdaderamente mágico de sus relaciones, en el interior del cual se había instalado la felicidad, sí, la felicidad. Katheryn no comprendía en absoluto la enorme transformación que se había producido en ella, pasando del rechazo vehemente de la maternidad o de cualquier forma de vida en pareja con hombre, a desear ardientemente ser madre y gozar de Albert para ella sola. No comprendía las razones del cambio tan brusco operado que la había alejado súbitamente de la militancia activa de la revolución feminista, y la animaba a tejer prendas de lana, perlé y algodón para su futuro bebé. Sospechaba que lo real eran sus sentimientos actuales alentados por la llama de la vida que albergaba en su interior, y que la dialéctica y praxis revolucionarias que predicó durante los últimos años, amén de su circunstancial lesbianismo, no fueron sino una tabla de salvación para sobreponerse al zarpazo brutal del la violación, que había congelado sus verdaderos e íntimos anhelos de mujer corriente.

Tras el nacimiento del bebé Alberta, Katheryn fue presa de una violenta e incontrolable crisis de agresividad contra la otra hembra que compartía su domus, la cual se vio obligada a batirse en retirada y a buscarse otro hogar, pero sin renunciar al macho que tanto la colmaba, y sin olvidar nunca su ideal de comuna ni dejar de proponérselo y reiterárselo en cuantas ocasiones le fue posible a la que, a pesar de su infidelidad, seguía considerando su mejor amiga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL BORRACHO INGLÉS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la mañana siguiente de su llegada a Granada, el 19 de abril de 1932, se produjo un temblor de tierra de grado 4,4 en la escala de Richter. El terremoto, acompañado por un terrorífico ruido subterráneo, sembró el pánico entre los granadinos; sin embargo, Clarence Malcolm Osborne no se enteró de nada porque, en ese preciso momento, estaba durmiendo pesadamente su primera y descomunal borrachera en esa incomparable ciudad.

El joven Clarence, de 22 años, había hecho el viaje desde Liverpool, escoltado por el matrimonio Aiken, Clarissa y Conrad, un poeta de cierto renombre y su tutor circunstancial, contratado por sir Arthur Osborne, padre del muchacho. Viajaron en barco a Gibraltar, y desde allí en tren hasta Granada con parada en Ronda: en la ciudad del tajo, tanto pupilo como tutor tuvieron ocasión de pasmar a los clientes y camareros de innumerables bares y tabernas con el consumo pródigo de mortíferos brandies triples.

El trío fue a alojarse en la pensión Carmona, situada en la Antequeruela Baja, a pocos metros del imponente hotel Alhambra Palace. Blanca y pulcra, la modesta residencia ocupaba el espacio de un carmen construido a mediados del siglo anterior, desde cuyos balcones, torre y jardín, podía contemplarse el soberbio panorama de la ciudad, la Vega y Sierra Nevada. El lugar sedujo inmediatamente a los viajeros; además, doña Angustias, una mujer de 50 años, menuda y diligente, trataba a todos sus huéspedes con afecto y eficacia, cualidades juntas poco frecuentes de encontrar en el Reino Unido.

Habían dejado Inglaterra bajo un cielo plomizo y amenazante, y encontraron una Andalucía cegadora y en plena eclosión de primavera. Clarence Malcolm recordaba a duras penas, que existieran paisajes y atmósferas tan saturados de vital esplendor como los que encontró en Granada. Su profunda sensibilidad de artista –el joven quería consagrarse a la literatura, y ya había escrito una novela todavía inédita- recibió como una especie de descarga eléctrica, y, desde los primeros momentos, experimentó una lancinante sensación, mezcla de felicidad y congoja, difícil de soportar.

Su temprana afición al alcohol, interrumpida brevemente, comenzó a acentuarse: la extraordinaria facilidad de encontrarlo y el bajo precio de la bebida en España no eran precisamente las condiciones idóneas para frenar a un alcohólico incipiente. Los consejos y cuidados de sus amigos no servían de nada; Malcolm desaparecía todos los días durante varias horas y volvía a aparecer invariablemente borracho como una cuba. Otras veces tenían que salir a buscarlo por toda la ciudad, y lo encontraban durmiendo tirado en cualquier rincón, o armando broncas vociferantes en alguna tabernucha de mala muerte.

Se paseaba continuamente con un gran sombrero mejicano que había comprado en Ronda: estaba convencido de que esa era una prenda típica del atuendo diario de los andaluces, y no había manera de persuadirlo de que su uso le daba un aspecto ridículo y extemporáneo. Pronto empezó a ser conocido por todos los barrios de la ciudad: la gente se volvía y se burlaba a su paso, y los chiquillos lo seguían dando grandes risotadas y le tiraban de la ropa, o intentaban quitarle el sombrero de un manotazo. En algunas ocasiones se ponía a tocar su también inseparable ukelele a altas horas de la noche, y las parejas de la guardia civil que patrullaban por la ciudad se veían obligadas, por deferencia al británico, a llevarlo a rastras hasta la pensión.

En momentos de serenidad, Clarence Malcolm reconocía que estaba dando una imagen impropia de un gentleman, pero no podía hacer nada para evitar seguir bebiendo y emborrachándose. En sus conversaciones con el matrimonio Aiken, declaraba que la única causa de su incontinencia alcohólica era el embrujo mágico de Granada; sus paseos por las callejas del Albaicín, o sus rondas por las estancias de la Alhambra, en lugar de apaciguarlo, alimentaban su ansiedad. El sentimiento de la extraordinaria belleza de esos lugares encendía en su pecho una hoguera de exaltación y desconsuelo que no se podía apagar más que bebiendo sin cesar anís del Mono.

Llevaban ya dos meses viviendo en Granada y el estado del joven no hacía sino empeorar. No se lavaba ni cambiaba de ropa, su aspecto desastrado y con barba de varias semanas parecía el de un vagabundo: le llamaban “el borracho inglés”. Los guardias civiles empezaron a hartarse de su presencia, y, tras retenerlo en el cuartelillo en varias ocasiones, comunicaron a los Aiken que si no lo alejaban de Granada, se verían obligados a encerrarlo en la cárcel durante una buena temporada o a expulsarlo de la ciudad, e incluso las dos cosas de manera sucesiva.

Una mañana espléndidamente azul de junio, cuando desayunaba con sus amigos en el jardín de la pensión, Malcolm notó a través de sus párpados semi cerrados, en parte por la agresiva luminosidad, en parte por los efectos de la resaca, la presencia en una mesa contigua de unos nuevos huéspedes de doña Angustias. A intervalos, pudo observar la gran hermosura de una mujer joven, acompañada de un hombre que, aunque vestido con informal ropa deportiva, no podía ocultar que le doblaba la edad. Conrad Aiken, a su lado, con voz queda, estaba dándole un ultimátum, y le advertía que de no corregirse inmediatamente, regresarían a Inglaterra en el primer barco que zarpara de Gibraltar. Malcolm se dio cuenta de que la muchacha los miraba interesada de vez en cuando, y, sintiendo vergüenza de que ella lo viese en el estado de suciedad y abandono en que se encontraba, dejó su taza de té con leche a medio beber, y subió apresuradamente a su habitación.

Ese día, Malcolm no probó una sola gota de anís, y permaneció durante horas en su cuarto, tumbado en la cama. No podía alejar de su mente el hermoso rostro de la muchacha, mientras se hacía miles de preguntas sobre su identidad y la de su acompañante. Deseaba vehementemente volver a verla y se llevó una enorme decepción al no encontrarla en el jardín-comedor a la hora del almuerzo. Anduvo paseando toda la tarde por el bosque del Carmen de los Mártires, uno de los espacios más románticos y ensoñadores que había conocido jamás; esperaba con impaciente emoción que llegase el momento de la cena, pues tenía la certeza absoluta de que volvería a encontrarse con la maravillosa desconocida.

Cuando regresó al anochecer a la pensión, Malcolm sintió que una oleada de sangre caliente inundaba su cuerpo: la pareja de nuevos viajeros estaba sentada a la mesa de los Aiken con quienes mantenían una animada conversación. Se sentó con el grupo en una silla vacía, entre Conrad y la joven. Se llamaba Jane Galbraith, era americana y se ganaba la vida como modelo artístico. Residía en París donde había conocido al hombre maduro que la acompañaba y que no era su marido, tal como Malcolm se había temido.

Entre los jóvenes se estableció una inmediata y fluida corriente de simpatía. Malcolm se ofreció para hacer de guía de la ciudad y Jane aceptó encantada. Esa misma noche, después de la cena, estuvieron recorriendo solos el Albaicín y el Sacromonte; el caballero francés se quedó en la pensión con el pretexto de estar muy cansado. Todos se dieron cuenta de la fuerte atracción espontánea que habían comenzado a sentir.

A partir de ese momento, Jane y Clarence Malcolm no iban a separarse durante muchos años; el amor los invadió como una marea repentina, y se dejaron arrastrar por el ímpetu irresistible de su corriente. Permanecieron juntos un mes en Granada, embriagándose de caricias y sueños. Malcolm dejó, como por encanto, de sentirse angustiado y ya no tuvo más necesidad de emborracharse con alcohol; su tensión interna acabó por sintonizar en armonía con las vibraciones mágicas de la ciudad y supo, para siempre, “que no se puede vivir sin amar”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                  EL CHÓFER DE KATHERYN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde que dejó a la señora a la puerta de la galería y estacionó el Laguna en el aparcamiento público de Saint Germain des Pres, hasta recibir en su móvil (que Katheryn le había proporcionado como útil de trabajo) la llamada de Alberta pidiéndole que volviera a buscarlas, el chófer se había tomado la primera copa de tinto de bourgogne del día, en Chez Georges, un BarTabac-Presse de la estrecha rue Visconti, próximo a la rue de Seine. Allí había comprado un paquete de Gitanes, su periódico predilecto y una revista, a la vez que había mantenido su conversación habitual con Georges Duratti, el dueño del local, instalado en permanencia detrás de la caja, y madame Duratti, Nadine, que servía a los clientes. Cuando Maurice entró en el local, ésta acababa de poner un demi de cerveza a una danesa loca, llamada Greta, de edad indefinida, que vivía desde hacía varios años en un sótano abandonado, húmedo e insalubre del Quai de Conti. Los dueños del bar la admitían un rato todas las mañanas en la barra, a pesar de que la presencia de la vagabunda molestaba a los clientes por el olor que desprendía, y la turbación que producía su inocente mirada azul y su constante sonrisa transparente.

 Quel temps dégueulasse –dijo Maurice Leroy por todo saludo, sentándose en un taburete, a dos de Greta, mientras daba la mano al dueño, de su misma edad pero bastante grueso y de cabello blanco pegado a la parte superior de la frente, que le daba un aspecto de senador romano.

        —C’est pas vrai, il n’y a plus de saisons –dijo Georges.

         –C’est un printemps pourri –replicó Maurice, abriendo Combat Nouveau, un diario de izquierdas:

         “A menudo, se acusa a la Justicia de clasificar sin mirar los asuntos que la policía le transmite. Los tribunales de la región parisina conocen una tasa de respuesta cercana al 70% . Más de 2 de cada 3 infracciones son perseguidas ante los tribunales, o bien sometidas a procedimientos alternativos como la mediación, la reparación o el recurso a la ley. Un 30% de los asuntos considerados punibles son sin embargo archivados sin consecuencias. El tribunal de Fontenebleau se lleva la palma de la severidad. Encarna sobre todo una práctica penal tradicional que consiste en utilizar la maquinaria pesada del proceso penal para toda clase de infracciones, incluso las menores”. Estos siguen la senda de California donde se castiga con cadena perpetua a los reincidentes aunque sea por delitos de poca monta. “En París todo es desmesurado. Hay dos veces más casos por 1000 habitantes que la media nacional y tres veces más magistrados y funcionarios para tratarlos. En París se encuentra un tercio de todos los abogados de Francia”.

         Tras los cristales semi empañados del bar, Maurice vio desplazarse la figura de una señora alta y delgada, enfundada en un abrigo negro de pieles que iba barriendo el suelo. Se cubría con un enorme gorro de astracán que sólo dejaba ver unas gafas grandes y un trozo de cara cadavérica de piel apergaminada y carbonizada, seguramente a causa de los rayos UVA. Parecía una representación de la parca, pensó.

         -¿La has visto? –preguntó.

         – ¿Qué? –preguntó Georges.

         –No, nada, une dame…-dijo Maurice sin terminar la frase y pasando una página de Combat Nouveau.

         “Entre la imagen feliz de la sociedad consumista que pretende dar el sistema neoliberal que nos domina y la dura realidad cotidiana de la inmensa mayoría de los ciudadanos, se genera una enorme ola de frustración que es causa de un gran estrés y una gran agresividad. Del lado de las apariencias, el espacio lleno de objetos atractivos, mensajes complacientes y cómplices con el individuo tomado como sujeto consumidor. Del lado de lo real, trabajo duro, inestable, sueldos escasos, deudas de casa, coche, tarjetas de crédito, etc. El resultado es un conjunto de seres frustrados y agobiados que pretenden liberarse en los espacios públicos que…”.

         -¿Qué cuenta el periódico? –preguntó Georges sin excesivo interés.

-La crónica política nuestra de cada día –respondió Maurice, y sin levantar la vista de la página que estaba leyendo, añadió-. Escucha lo que dice un sindicalista de la CFSA: “Si la empresa persiste en su actitud, aumentaremos tanto la cantidad como la calidad de las huelgas”. ¡Qué te parece!

         -Habla igual que los empresarios –dijo Georges.

         -Efectivamente –convino Maurice -. Y hablando de empresarios, ¿sabías que tres multimillonarios poseen más riqueza que 600 millones de personas?

         –C’est pas vrai –dijo Georges que se puso a atender a un cliente del estanco.

         -Montesquieu habló de los tres poderes del sistema democrático: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, pero no habló del poder escondido, del poder oscuro de la sociedad: el poder económico, que hoy domina a todos los demás poderes – dijo el chófer.

         -No hay que exacerbar ningún tipo de elemento sobre todas estas cuestiones. Vamos a crear un dotacional sanitario para nuestro barrio, me decía el concejal del distrito el otro día –dijo Georges después de despachar al cliente.

-Las palabras se han pervertido, patrón – afirmó Maurice-, porque no se quiere llamar a las cosas por su nombre y se dicen memeces como que los niños autistas o con síndrome de Down no son niños con deficiencias mentales, sino niños con habilidades diferentes. ¡Escuche, Georges! –prosiguió con énfasis-: Hace poco, leí una noticia sobre los problemas de los inmigrantes en Collioure. El periodista llamaba a los extranjeros “visitantes irregulares” y “pobladores de fuera”, en tanto que a los habitantes del pueblo los llamaba “vecinos indígenas”

-Cualquier tiempo presente es peor y a cada tiempo su propio lenguaje. Ésta es la conclusión que puede extraerse de las lamentaciones constantes de escritores y pensadores de diferentes siglos, acerca de la época en la que vivieron: muerte de la espiritualidad y de los valores, predominio del materialismo, zafiedad humana, traiciones, mentiras, etc. Por sus testimonios podemos saber que nunca existió una edad de oro, sino una energía perversa y destructiva que va evolucionando de forma continua –replicó Georges que presumía de haber asistido durante su juventud a cursos de Filosofía en Vincennes, para alumnos que no tenían el bachillerato.

-Esto es lo que más o menos piensa Katheryn, mi jefa, cuando dice que no hay tiempos mejores sino menos malos que otros –dijo Maurice que se puso a leer su periódico en voz alta.

-Vivimos en una sociedad violada y prostituida –dijo la danesa loca sin perder su sonrisa inocente

-“Un sistema genético universal dibuja bocetos en las alas de las mariposas” -¡Qué noticias más curiosas! –exclamó Maurice que no prestó atención a Greta-. “La policía romana irá equipada con pulverizadores de pimentón picante llamado peperoncino”.

-¿Con pepero qué? –preguntó Georges divertido.

-Con Peperoncino. ¡Qué graciosos son estos italianos, verdad! –dijo Maurice.

-Qué quieres que te responda, ya sabes que soy de origen italiano, de Niza –dijo Georges.

-Niza no es italiana que yo sepa –dijo Maurice.

-No, ahora es francesa, pero sólo desde 1860 en que Francia se anexionó parte del Piamonte –dijo Georges.

-¿Sólo eres francés desde 1860? Si llego a saberlo, no me caso contigo –dijo en tono de burla madame Duratti, que era Desbois por su apellido de soltera.

-“Un psicópata colombiano viola y mata a más de 140 niños de la calle””–comentó Maurice horrorizado.

-¿Dónde? –preguntó Georges.

-En Colombia, naturalmente –respondió Maurice.

-¡Qué vergüenza! Está visto que no todos los niños son iguales –dijo Georges.

-¡Cómo que todos los niños no son iguales! –exclamó Nadine indignada, unos diez años menor que su marido y con unos pechos puntiagudos que hacían suspirar a Maurice-. Ya lo creo que son todos iguales. Los que no lo son es los hombres, porque los hay que son auténticas alimañas.

Bueno, los hombres también son todos iguales –dijo tímidamente Maurice-, las diferencias están en los países, en los Estados. Los hay de primera, de segunda y de tercera. Y si naces en uno de tercera, eres un hombre o un niño de tercera.

-Sobre todo si eres pobre –añadió Nadine.

-Desde luego –asintió su marido.

-Los gendarmes andan buscando a dos cazadores de La Camargue por haber disparado por la espalda a un inmigrante argelino. El inmigrante, perdido, transitaba por la marisma y los cazadores lo dejaron malherido creyendo que había muerto. Lo trataron como a un animal –contó Maurice recordando la noticia espantosa que había leído en Combat Nouveau.

-Pues el ayuntamiento de Marsella edita una guía para inmigrantes en la que les aconseja no tener relaciones sexuales para evitar contagios. La mejor manera de no contagiarse es no mantener relaciones sexuales, eso elimina totalmente el riesgo, dice el folleto, ¿qué os parece? –dijo Georges.

-Verdad de La Palisse, querido Watson –dijo pedante Maurice.

-¿Quién será el talento al que se le ha ocurrido una simpleza semejante? –se preguntó Georges.

El local se llenó repentinamente de clientes. La vagabunda danesa pagó céntimo a céntimo su cerveza y se marchó discretamente. Maurice se puso a leer su periódico sin poder responder a la pregunta que el propietario del bar había dejado en el aire.

“¿Quién delató al Che? Un documental sueco reaviva la polémica sobre si alguien traicionó al mítico guerrillero argentino-cubano: Ernesto “Che” Guevara. Acusan al sociólogo y escritor francés Regis Debray de ser él quien señaló al ejército boliviano el lugar donde el Che se escondía”. Calumnias, pensó Maurice. “El 8 de octubre de 1967 el Che caía en una emboscada del ejército boliviano en el valle del Churo. Era el fin del foco guerrillero de Bolivia y de la aventura revolucionaria de Ernesto Guevara de la Serna, cuyo nombre iba a convertirse en todo el mundo en símbolo de la lucha armada contra la injusticia. Compañero de Fidel Castro, el Che había dicho el mismo día de su entrada en la Habana: Para mí el combate continúa en otra parte. En 1965 desaparece: durante dos años no se sabrá dónde milita, qué prepara, si sigue vivo. Regis Debray sí lo sabía. Fascinado por la experiencia castrista, este catedrático de Filosofía de veinticuatro años , que estaba en ese momento ocupado en escribir su Revolución en la revolución, se dirige a Bolivia para colaborar en los preparativos de la guerrilla del Che. Al regresar del campamento central en Nancahuazu, en abril de 1967, Debray es detenido junto con dos de sus camaradas: condenado a 30 años de cárcel, será, sin embargo, liberado antes de terminar su cuarto año de prisión…”. ¿Por qué? Sin duda el Che Guevara es el tío más íntegro y consecuente del último siglo. “Dolores, 19. Particular, estudiante de fotografía. Ninfómana. Acabo de alquilar un piso en Montparnasse para empezar en esto. Lo hago por vicio. Hago de todo, completo con francés en mi boca y beso negro. Puedes repetir. Pamela. Te recibo desnuda, 19 años, cuerpo precioso, pechos erguidos, sexo arregladito. Te haré un francés profundo hasta el final, luego te comeré por detrás para reanimarte otra vez, para que me penetres, luego en la cocina me volverás a penetrar y me penetrarás en mi jacuzzi, y volverás a penetrarme en la cama: soy un cálido agujero húmedo. Nancy, particular. Rubia espectacular, recién llegada de vacaciones de Saint Tropez. Penetración salvaje, oral tragándomelo; beso negro, sucio y limpio; lluvia en mi boca, coprofilia. Al llegar, si quieres, me arrodillo y terminas en mi boca. Luego seguimos hasta que no puedas más. Repite las veces que quieras. Si me avisas, puedo recibirte completamente desnuda, bronceada y rasurada. Karen, 22 años. Universitaria muy culta. Me gustaría compartir mis inquietudes sexuales con hombres que sepan enriquecerme en la cultura erótica. Tengo un cuerpo 10 y un apartamento de ensueño. Isadore: clínica especializada. Impotencia, alargamiento y curvatura del pene, cambio de sexo. Profesionales titulados. Larga experiencia… Magali. 18 años recién cumpliditos. Rubia despampanante, cuerpo sensacional, pelo largo, labios sensuales. Soy muy viviosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y veas que no llevo nada debajo. Que me hagas el griego profundísimo, tragarme toda la leche, hacer el amor varias veces, besarnos (relación amante). En fin, todo sin límites… Soy muy viciosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y…”.

-¿Estás buscando piso? –preguntó con sorna madame Duratti, que se había acercado al chófer después de atender a la clientela.

-Pues sí –respondió Maurice cerrando su periódico, y avergonzado de que la atractiva mujer lo sorprendiera leyendo la sección de masajes.

-¿No te encuentras a gusto en el de ahora? –preguntó Georges, que había vuelto a instalarse detrás de la caja.

-Bueno, en realidad no tengo ninguna prisa por cambiarme, pero, me gustaría hacerlo dentro de un tiempo –dijo Maurice mintiendo para zanjar el tema.

-Los pisos están por las nubes –dijo el patrón del bar-, así que piénsatelo bien antes de buscarte otra cosa.

-Todo está por las nubes –dijo su mujer sonriendo de manera equívoca.

-Sí, es cierto. Vivir es hoy todo un lujo –concluyó Maurice, que volvió a la lectura del reportaje sobre el Che y Regis Debray, para evitar la sonrisa irónica de Nadine.

“Tal vez resulte superfluo poner de relieve, como acabamos de hacer, que a la guerrilla le faltaban los medios y los instrumentos necesarios para atraer a las masas, pues habríamos tenido que empezar por el principio: a saber, por la ausencia física de las masas. Es decir, era tal el estado de dispersión del habitat de la selva boliviana, tal la despoblación, que las masas prácticamente no existían. En dos semanas de marcha por la jungla, en el mes de febrero, la columna del Che no se topó más que con una familia, un machetero, y no precisamente con cualquiera: Honorato Rojas, el hombre que, según Debray, condujo al ejército al Vado de Yeso, y que vendió a toda la retaguardia de la guerrilla (después sería ejecutado por el ELN). La extrema diseminación de las explotaciones corría pareja con el atraso político de los campesinos. Allí sobraban tierras cultivables y faltaban brazos. En el campamento, el Che impartía por la tarde clases de francés…”.

Una anciana piruja vestida de beige claro y rosa caramelo entró como un soplo de aire y pidió a Georges un paquete de Craven “A”. Venía acompañada por un anciano alto y delgado, enfundado en una gabardina raída, que se quedó rezagado en la puerta del local. Maurice observó las espesas cejas, semejantes a ilustres bigotes, del viejo que casi ocultaban la estrecha raja de sus ojillos, intensamente azules.

-Au revoir messieurs, dames – gritó la anciana con sorprendente potencia vocal después de pagar, abrir su paquete y encender un cigarrillo, todo ello con una gran viveza de movimientos que contrastaba con la torpe parsimonia de su tímido acompañante.

-Extraña pareja. Es la primera vez que los veo por aquí –dijo Nadine, cuando ya se habían marchado.

-No son del barrio –aclaró gratuitamente su marido.

-Parecería que la señora fuera la hija del viejo, y sin embargo debe de ser mayor que él, a juzgar por las arrugas de su cara. –dijo Maurice, que había apurado su vaso hasta no dejar el más mínimo residuo del Bourgogne.

-Me gustaría a su edad tener su energía –dijo Nadine.

-¿Te refieres a la señora? –preguntó Georges.

-Pero, hay que ver cómo va vestida –añadió Nadine sin responder a su marido.

-Parece una tarta de crema y fresa –dijo Maurice.

-Con los años que tendrá –dijo Georges.

-Puede que sea americana –dijo el chófer -. En California es frecuente ver a muchas viejas de su estilo.

-En todo caso no tenía acento extranjero –dijo el patrón del bar.

-Pero si sólo ha dicho dos palabras –protestó Nadine para apoyar a Maurice. Y añadió suspirando-: ¡Cómo me gustaría conocer Hollywood!

-¡Qué ibas a hacer tú allí!, du cinéma? –dijo Georges soltando una risotada.

-¡Quién sabe! –exclamó Nadine al tiempo que erguía su generoso busto.

-Podíamos hacer un viaje los tres juntos –dijo Maurice que sentía desde hacía tiempo un intenso deseo de poseer a la mujer del patrón-. Ya sabéis que yo viví allí varios años y sería un buen guía. California. El Estado de los superlativos. El Estado en el que se encuentran muy próximas las altitudes mínimas y máximas de los Estados Unidos: el Valle de la Muerte, más bajo que el mar, y el monte Whitney a cuatro mil y pico metros. Al norte de San Francisco hay un fuerte que se llama Presidio. Lo construyeron los españoles en 1776 y aún era usado por el ejército de los Estados Unidos en 1954. El puente de Oakland que une esa ciudad con San Francisco se convierte en su tramo central en un túnel que cruza la isla de Yerba Buena. En Coloma, al noreste de Sacramento, se encuentra el lugar donde James Marshall encontró oro por primera vez. Con la horda de los buscadores, llegaron médicos, abogados, carpinteros, vaqueros, granjeros, profesores, y granujas de todo pelo. Esa fue la primera oleada de inmigrantes, desde entonces no ha parado la marea. La misión franciscana de Carmel se fundó antes de que existieran los Estados Unidos. Sebastián Vizcaíno exploró esa costa en 1602 y echó el ancla en la ancha y circular bahía de Monterey. Escribió sobre las playas y costas en términos tan elogiosos que desde entonces nadie ha podido identificar el lugar. Aunque se puede entender fácilmente el entusiasmo del marino español, pues la costa siempre verde de la península de Monterey es un lugar de una incomparable belleza, con una naturaleza esplendorosa, con playas pobladas por leones marinos. Monterey fue la capital de la California española muchos años antes de que Washington D.C. se fundase. En sus mejores días, en el puerto de Monterey atracaban grandes veleros de la costa Este y de muchos puntos del Pacífico, y la vida era próspera y alegre con numerosas fiestas, entre las cuales, carreras de caballos y corridas de toros.

         -Como en España –dijo Nadine que escuchaba soñadora, vigilada con el rabillo del ojo izquierdo por su marido.

-Como en España y también en Francia –dijo el chófer que continuó con su exhibición, confiado en el efecto de embelesamiento que había producido en la bella camarera-. La misión de Santa Bárbara es la única que permaneció sin interrupción en manos de los franciscanos a lo largo de su historia. Posee una fachada del más puro estilo neoclásico. Sus rezos y cánticos se hacen siempre en latín. Alrededor de Santa Bárbara comienza California sur. El contraste con el norte es sorprendente, porque allí en verano la temperatura es muy elevada, las colinas están peladas y amarillas. Los desiertos cubren grandes áreas y las palmeras reemplazan a los pinos. La costa es totalmente como la del Mediterráneo. Las aguas de la isla Santa Catalina fueron surcadas por los marinos españoles mucho antes de que el este de los Estados Unidos fuera colonizado. Cabrillo fue el primer explorador español que descubrió California y que desembarcó en las playas de Santa Catalina. Pero los españoles no se dieron mucha prisa en colonizar su nuevo descubrimiento. Pasaron más de 200 años hasta que Gaspar de Portolá fundó el primer establecimiento en una bahía a la que llamó San Diego. El español no podía haber elegido un sitio mejor. En la parte de San Diego llamada Old Town tuvo lugar el nacimiento de California en 1769. Alrededor de una tranquila plaza se levantan todavía media docena de muros que llevan los nombres de las familias que los construyeron en el pasado. Nombres como Machado, Pico, Bandini, Estudillo, Carrillo, Pedrorena, y también un Stewart.

-Háblame de Los Ángeles –pidió Nadine que no tenía la más remota idea de dónde podía encontrarse San Diego y no había entendido ni uno solo de los nombres españoles, pronunciados por Maurice con su acento americano de California.

-Los Ángeles se extiende a través de más de 500 millas cuadradas. Es la ciudad más grande de América, con veinte barrios prácticamente autónomos con grandes superficies comerciales. Ciudad sobre ruedas. La gente recorre al día en automóvil cientos de kilómetros para hacer su vida normal, trabajar o divertirse. Hay más coches que familias en Los Ángeles: más de veinte millones de coches particulares. Mil millas de autopistas y una extensa red de autobuses urbanos en los que se desplazan los indocumentados y los ancianos.

-¿Y Hollywood, cómo es Hollywood? –preguntó impaciente madame Duratti, a la que no le interesaban mucho las cifras y datos objetivos que le proporcionaba Maurice.

-¿Hollywood?, Hollywood es un lujoso cementerio temático, lleno de muertos vivientes –respondió el chófer, dejando traslucir el resentimiento que aún albergaba en su pecho contra la meca del cine, que no lo había tratado bien.

-Bueno, bueno, bueno. ¡A trabajar! –cortó Georges dirigiéndose a su mujer y aprovechando la entrada de dos nuevos clientes, asiduos de su negocio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL L.E.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacía veintitantos días que Juan y yo estábamos en Estocolmo. Habíamos llegado desde París a pasar los meses de verano con la intención de ganar algunas coronas, y comprobar de forma empírica (decía mi amigo que era marxista e iba para filósofo) si era justa la fama amorosa de las mujeres suecas.

Encontramos alojamiento en una céntrica y confortable residencia para estudiantes católicos latino-americanos, situada en Snickerbaken, de la que, con gran desvergüenza por nuestra parte, no marcharíamos sin pagar el último mes de alquiler. Conseguimos pronto un empleo fácil y no muy mal remunerado en un gran restaurante de Gamla Sta’n, la ciudad vieja. A mí me contrataron para recoger las basuras y los desperdicios: la mierda hablando en plata; Juan, que tenía toda la pinta de un nativo (en la calle siempre le preguntaban a él por direcciones o datos urbanos) tuvo más suerte que yo, y pasaba sus ocho horas de trabajo preparando en cadena platos de melón con jamón y de melón con gambas. Creo que desde entonces aborreció las tres cosas juntas y por separado.

Transcurrían las semanas y seguíamos sin estrenarnos ni con nacionales ni con foráneas. Esa noche, después de terminar nuestro turno de trabajo, fuimos a tomar unas cervezas al pub de Kungsgattan que solíamos frecuentar. No pensábamos permanecer mucho tiempo en el bar, pues queríamos presenciar (como tantos cientos de millones de terrícolas) la retransmisión en directo por televisión del histórico momento de la llegada del hombre a la Luna. Era la noche del 20 de julio de 1969. Faltaban pocos minutos para que las manecillas de todos los relojes suecos entraran ineluctables en la épica madrugada del día H. El sol, remiso en el interminable crepúsculo estival del Norte, estaba sin duda celoso del protagonismo que iba a tener nuestro yerto y apagado satélite.

Justo al filo de la medianoche, y cuando estábamos a punto de irnos del pub, vimos (al principio indiferentes) acercarse a nuestra mesa a dos chicas con pinta clavada de finlandesas, una de las cuales era también empleada del mismo restaurante en el que trabajábamos Juan y yo: “¿Podemos sentarnos?”, preguntaron en un inglés más gesticular que fonético: “Of course”, respondió mi amigo, a quien le chiflaba esa expresión inglesa. Intercambiamos nuestros nombres y entablamos una conversación forzada y absurda a la que, inadvertidamente, la carísima (para nosotros) cerveza Tüborg dio mayor fluidez. Mi interlocutora era una gordita prieta, sana y alegre, que no dejaba de reírse por cualquier cosa y en todo momento, aunque no creo que allí se dijera nada especialmente gracioso.

Al llegar la hora de cierre del local, Maë y Betty, así decían llamarse nuestras dos jóvenes conquistadoras, nos propusieron seguir tomando copas en su apartamento: “¡Vaya, hombre!”, exclamó Juan, “hemos estado durante todo este tiempo sin comernos una rosca, y, precisamente hoy que queríamos ver en televisión el acontecimiento de la llegada del hombre a la Luna, vienen estas a ligarnos”. “¡Que se vayan al carajo los norteamericanos y su luna!”, dije despectivamente. Yo siempre había preferido las cosas del amor a las de cualquier otro orden. “No es que me queje, pero esto podía habernos sucedido ayer o mañana”, replicó Juan. “¿No será que tienes miedo?”, le pregunté guasón. “¿Miedo a qué, estúpido!”, contestó mi amigo algo cabreado. A sus veinticuatro años de edad, Juan era virgen. Formaba parte de esa legión de españoles que habían sido reclutados adolescentes, para las huestes de la Santa Madre Iglesia Católica durante la década de los cincuenta, y que más tarde desertaron de seminarios y conventos, no sin haber quedado gravemente traumatizados.

Nuestras dos finlandesas residían en una urbanización de los alrededores de Estocolmo, donde los edificios no levantaban más de cuatro plantas de altura, y se hallaban en medio de una espesa arboleda y de céspedes impecables. Daban ya las dos de la mañana en mi reloj, y recordé que esa era la hora marcada, según había oído decir, para que los astronautas Armstrong y Collins iniciaran la fase de descenso a la superficie lunar, a bordo de un pequeño aparato de extrañas formas y siglas. Me pregunté, sin mucho interés, si serían capaces de realizar felizmente tan arriesgada y compleja maniobra.

El apartamento era pequeño y muy acogedor. Hicimos los preámbulos en el salón bebiendo whisky con soda, la única bebida que había en la casa, aunque sin duda la más apropiada tratándose de una noche americana. Juan se mostraba bastante nervioso y apocado pese a que Betty parecía estar colada por él y tomaba la iniciativa que mi amigo no quería, o no sabía llevar. Yo me comportaba, en cambio, de forma atrevida con mi gordita, ya que Maë era extremadamente complaciente y nada remilgada. Se escuchaban sin cesar chasquidos de besos ardientes, suspiros y risitas tontas: las dos chicas debían de haber pasado también por un periodo de prolongado ayuno, aunque seguramente no tan largo como el nuestro, y se mostraban ávidas de nosotros y generosas con sus cuerpos. Yo miraba de vez en cuando con el rabillo del ojo, y veía cómo mi amigo era montado literalmente por su fogosa y desmelenada compañera.

Maë me llevó hasta su cama, en el cuarto contiguo al salón; nos desnudamos y nos metimos entre las sábanas. Al poco rato entraron Betty y Juan que fueron a acostarse en otra cama, a los pies de la nuestra. Mi compañera no tenía el sexo difícil, pues nada más instalarme en su húmeda cavidad comenzó a dar sacudidas como si estuvieran aplicándole descargas eléctricas. Nos lanzamos a dos placenteras carreras sobre el terreno, a cuyo término permanecimos calmados durante un buen rato.

Juan daba la impresión de tener problemas. Al mismo tiempo, los astronautas de los Estados Unidos ya debían de estar a punto de posarse sobre la superficie de la Luna. Mi amigo, empero, no lograba conectar su apéndice con el orificio de entrada anterior de la muchacha que tanto ansiaba explorar. Existía algún fallo de transmisión entre el computador cerebral y el cilindro fálico, que no se mantenía lo suficientemente tenso para iniciar la operación final de acoplamiento: Juan no había ensayado nunca la maniobra y se encontraba sin técnica ni recursos. “¡No puedo, coño!”, gimió desesperado e histérico.

No ocurría lo mismo con Armstrong y Collins, quienes a las 3 horas y 56 minutos exactamente, tal como previsto, estaban haciendo realidad el viejo sueño de la humanidad: conquistaban el polvoriento suelo de nuestro satélite. En ese histórico momento, en ese preciso instante, fallidos todos los intentos de penetración, mi amigo saltó desnudo de la cama en la que permaneció su pareja no explorada, encendió nerviosamente un cigarrillo, pasó al salón, y le oí pulsar el botón del aparato de televisión: en la pantalla aparecieron las primeras imágenes fluctuantes de los hombres del espacio que se divertían brincando alegremente por la rugosa superficie lunar, como dos chiquillos sobre un gigantesco y mullido colchón neumático.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL OBSEQUIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entré en la planta baja del Corte Inglés con la intención de comprar jabones y, de paso, echar una ojeada a las novedades editoriales. En la sección de librería encontré un espacio acotado por nueve o diez mesas sobre las que habían apilado cuidadosamente las últimas cosechas de Best-Sellers. Pasé despectivo entre ellos y me detuve ante una mesa cercana con forma de embudo, atraído por el sorprendente rótulo:

Selección libros OBSEQUIO por la compra de un Best-sellers

Me asomé con prevención a un informe montón de volúmenes y, removiéndolos con cierto repelús, comprobé anonadado que había varios ejemplares de mi último libro: Los ojos de una gacela, publicado por las Ediciones del Nordeste hacía tres años y primer premio del XXV concurso de relatos “José Hurtado de Mendoza”, otorgado por un jurado repleto de prestigiosos nombres de nuestra literatura contemporánea: Luis Mateo Píez, Antonio Gamonera, Juan Pablo Aparicio y José María Churra, entre otros de no menor prestigio.

Morado de indignación, me dirigí a una joven empleada que se me acercó obsequiosa:

-¿Qué vale este libro? –le pregunté secamente.

-Este libro no se vende, señor, se lo regalamos si compra un best-seller.

-Pero a mí no me interesan los bestsellers, son una basura –le respondí iracundo.

-Lo siento, caballero, pero estos son los libros que más vendemos. Los que se anuncian en la televisión y en todos los pasillos del Metro: Lussía Etchavarría, Terencio Moig, Antoni Gala, Mari Carmen y su muñeca…

-Y una mierda –le grité irritado –Yo lo que quiero es llevarme este libro porque yo lo he escrito. Yo soy su autor y no quiero que lo regalen como si fuera una muestra antiarrugas o anti calvicie.

-Cálmese o llamo a seguridad – me replicó la cajera quien, desde hacía un instante, había cambiado su sonrisa por un rictus de repugnancia.

Me serené a duras penas y traté de buscar mi carné de identidad en un bolsillo y, como siempre que me pongo nervioso, tardé en encontrarlo. Al final lo conseguí y se lo puse delante de los ojos para que viera mi nombre y apellidos y comprobara que yo era el autor del libro obsequio. Tras mirar alternativamente carné y portada del libro, la empleada exclamó en tono cada vez más destemplado:

-Caballero, usted no se llama como el señor que ha escrito este libro.

Y llevaba toda la razón. El libro lo publiqué con seudónimo y traté de hacérselo comprender. Le expliqué, lo mejor que me permitía mi terrible estado de crispación, lo que es un seudónimo, pero la cajera, que fue reclamada a bocajarro por una señora obesa que le mostraba unas bragas enormes, se puso a atenderla y me dejó plantado volviéndome la espalda.

Con el fin de tranquilizarme y pensar mientras tanto qué hacer, fui a comprar mis jabones, que habían sido el motivo primero para entrar en los grandes almacenes. Pagué mis pastillas a la lavanda y me dieron una bolsa verdiblanca de la casa. Regresé a la sección de Best-Sellers y como no vi ya rondando a ningún empleado, introduje con rapidez mis ejemplares en la bolsa de jabones. Estaba decidido a rescatar mis libros costara lo que costara.

Me dirigí hacia una de las puertas de salida suplicando mentalmente que no hubiese ningún vigilante. Pero lo había: un tipo con uniforme marrón y con aspecto clónico de Bruce Willis en policía. Me dirigí entonces a la salida opuesta esperando que estuviera franca, y no: otro clónico del actor norteamericano acechaba al ladrón, y a su lado la cajera con la que había discutido que no me quitaba la vista de encima. ¡No importaba! Pasé presuroso bajo el dintel metálico que se puso a emitir bips bips que se oyeron por toda la planta.

– ¡Caballero, caballero, deténgase! Escuché gritar a mis espaldas. Pero yo hice caso omiso y me lancé por la calle peatonal a una frenética carrera, apretando mis libros contra el pecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL OPTIMISTA

(Relato de amor fraterno alemán)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Joseph Weiss descendió del tren en la Anhalter Bahnhof. Su amigo Ulrick Wenda lo estaba esperando en el vestíbulo principal de la estación. Se unieron en un fuerte y prolongado abrazo: cada uno deseaba mostrar que el aparente distanciamiento de los últimos meses entre los dos, quedaba definitivamente superado. Intercambiaron palabras cordiales de saludo y se encaminaron hacia la salida de la Kögiggratzers strasse, donde los recibió una explosión mareante de ruidos, voces, gentes y vehículos en movimiento. Subieron en un Mercedes 1925 plateado, que los había de llevar hasta la residencia de los Wenda en el elegante barrio de Grunewald. La mañana de mayo era cálida y soleada; Joseph se sentía eufórico y se lo comunicó a su amigo.

-Nunca cambiarás, eres un optimista a prueba de cataclismos –le replicó Ulrick.

-¿Y por qué no habría de sentirme feliz?, llego a Berlín en un día maravilloso para pasar un fin de semana con el mejor de los amigos: ¿cómo podría ser de otro modo? –insistió Joseph sonriente.

Tras cruzar gran parte de la ciudad, el coche se detuvo ante la escalinata de un moderno hotelito de tres plantas, en el centro exacto de un gran jardín. Un criado vestido de negro acudió presuroso a recibirlos, haciéndose cargo del escaso equipaje de Joseph Weiss. En el porche de la casa los aguardaba Hanna, la mujer de Ulrick.

-¡Qué alegría volver a tenerte con nosotros. Estás estupendo, por ti no pasan los años!, pero ¿cómo haces para conservarte tan bien? –dijo de corrido Hanna después de besar al amigo de su marido.

-Su optimismo, querida, su optimismo –repitió Ulrick.

-No exageréis, si vierais todas las canas y arruguitas que me están saliendo.

-Supongo que te apetecerá asearte. Te hemos preparado la mejor de las habitaciones de invitados en el segundo piso. Puedes subir ahora si quieres. Entre tanto voy a ocuparme de los detalles del almuerzo –dijo Hanna dando una palmadita en el hombro a Joseph.

Entró en el cuarto de huéspedes acompañado por el criado que le llevaba la maleta. Tras agradecérselo y recogerla, la abrió y comenzó a sacar los efectos de su interior y a ordenarlos en los armarios. Mientras se preparaba un baño de agua caliente, echó una mirada a su alrededor y no pudo dejar de experimentar un ligero sentimiento de envidia, al observar la riqueza y buen gusto de todos los muebles y objetos de la suite que sus amigos le habían destinado. No sería él con su sueldo de profesor de la Universidad de Nuremberg, quien pudiera pagarse tanto lujo y refinamiento. Ulrick era consejero delegado de un importante banco berlinés, además de codirigir con el padre de Hanna una empresa de fabricación de acero.

Los dos amigos se habían conocido en su época de estudiantes de la Universidad de Ulm, donde Ulrick estudiaba Derecho y Joseph, Filosofía. Y a pesar de pertenecer a dos comunidades étnicas y religiosas distintas ( la familia Wenda era protestante y de vieja solera prusiana, y en la de Weiss existía una larga tradición rabínica), nunca hubo entre ellos la menor sombra de resentimiento racista. Ulrick se consideraba un liberal progresista, y Joseph no albergaba en sí ni el más leve residuo levítico y había roto sonoramente con la línea religiosa familiar. El afecto entre ambos fue siempre sincero y, aunque vivían en ciudades alejadas, se reunían al menos dos veces al año en Nuremberg o Berlín, manteniendo en todo momento estrechos niveles de intimidad y comunicación.

Joseph bajó a reunirse con sus amables anfitriones en una salita contigua al gran comedor, donde los rayos de sol, tamizados por cortinas transparentes, componían una luz cálidamente envolvente. El mayordomo, vestido de rigurosa etiqueta, les sirvió un aperitivo. Hanna se interesó por la mujer de Joseph, Nohamia, así como por el hijo de ambos, Albert; lamentó que no hubiesen podido venir también, y recordó algunas ocurrencias ingeniosas del pequeño, asegurando que era el niño más inteligente de cuantos conocía. Apuraron las respectivas copas de aperitivo y pasaron al salón-comedor donde se hallaba perfectamente preparada una gran mesa oval con vajilla de gala. Una joven camarera vestida de blanco con volantes negros, les escanció un suavísimo vino blanco del Rin para acompañar a unos canapés de salmón noruego y caviar del Volga.

Ulrick leyó a Joseph el programa que había preparado para su breve estancia en la capital. Esa misma noche harían un recorrido urbano incluyendo concierto y souper. Para el día siguiente, había previsto una excursión a Potsdam con visita a los palacios de la antigua corte de Prusia, y almuerzo campestre o pick-nick, como dijo Hanna, que en los últimos meses se dedicaba intensamente al estudio del inglés. La conversación entre los tres se hizo fluida y procuraron evitar cualquier tema que pudiera levantar polémica o preocupación.

Joseph se mostraba entusiasta y no dejaba de elogiar los platos exquisitos que le servían, cocinados bajo la dirección de la señora de la casa. La gastronomía era una de sus grandes aficiones y pocos como él estaban en condiciones de apreciar el despliegue que se hacía en su honor. Una excelente receta de gulash, regado con un perturbador Lafitte-Rothschild de 1920, acabaron de situarlo en un estado de jovialidad que se contagió a sus amables anfitriones. Después de los postres, con bandeja de quesos alemanes, suizos y franceses, y tarta de fresas de Plougastel, pasaron nuevamente a la antesala para saborear un aromático café de Colombia. Hanna pretextó ciertas preocupaciones urgentes, dejando a los dos amigos cómodamente instalados en enormes sillones de cuero, con dos cigarros Davidoff del 5000 y sendas copas de un excelente armagnac en sus manos.

-¿Qué tal tus relaciones con Nohamia, sigues pensando en separarte? –preguntó Ulrick con sonrisa levemente burlona. Desde hacía varios años, Joseph no había cesado de anunciarle su inminente separación matrimonial.

-Lo mío no tiene arreglo. Es como una enfermedad crónica, que ni te mata ni te deja vivir. Ya no tengo valor para abandonarla, y, sin embargo, sigo siempre a la espera del gran amor que nunca llega.

-¡Déjate de bobadas!, el gran amor de tu vida es y será Nohamia, aunque al principio de casaros no lo fuera, dado las circunstancias.

-No lo creo –respondió Joseph muy serio-. Hay días que me siento un fracasado…tengo la sensación de haberme quedado en un proyecto de hombre, en un proyecto de vida.

Ulrick comenzó a reír abiertamente.

-No te burles, te aseguro que es verdad –afirmó Joseph.

-¿Habrías dejado de ser un optimista? –preguntó Ulrick sin cortar su risa.

-No Ulrick, no se trata sólo de amor, son también los años. No olvides que ya he cumplido treinta y cinco, y no he realizado casi nada de lo que soñaba.

-No digas tonterías, Joseph, yo tengo el síndrome de los treinta desde que cumplí los veinte.

-Lo tuyo es distinto. Tú has tenido siempre todo lo que se puede desear: la seguridad que da el dinero, unos padres amables, cultos y tolerantes que te dejaron hacer lo que tú querías, y, además, el amor de tu mujer.

-Eso no es cierto, eso no es del todo cierto –repitió Ulrick sin gran convicción.

-En cambio –continuó Joseph-, yo tuve que romper con los míos porque me asfixiaba en aquel ambiente místico y alcanforado, ¿y para qué?, más me hubiese valido escuchar a mi padre y haberme dedicado al negocio de la peletería, con el tío Albert.

-No hablas en serio. ¡Tú un peletero!

-De acuerdo, no me veo como comerciante de pieles. Pero es muy duro, Ulrick. Cuando se parte de cero, uno aspira a una meta muy alta, y luego todo te parece insuficiente y mediocre.

-¿Qué tal este armagnac? –preguntó Ulrick para cambiar de tema-. Es una botella de 1915 que me regaló mi padre el día de mi último cumpleaños.

-Exquisito, exquisito –repitió Joseph mecánicamente.

-¡Ánimo, profesor, ánimo! –exclamó Ulrick levantándose del gran sillón de orejas-. Me gustaría que me dieras tu opinión de experto sobre los cuadros de un pintor…un tal Max Beckmann, que he comprado hace poco en la galería Hartmut Arckemeir: a mí me gustan muchísimo.

-Veamos –dijo Joseph siguiendo a Ulrick hasta la biblioteca, donde guardaba su todavía no muy numerosa colección de arte.

Joseph observó detenidamente los lienzos que su amigo le mostraba satisfecho.

-Son muy buenos, magníficos y poseen una excelente factura, pero tengo que decirte que no soy muy sensible a este tipo de pintura. Hay demasiada carga emotiva en el trazo. Las composiciones rezuman dramatismo, y yo prefiero un estilo más sensual, más vaporoso, digamos…y aquí hay mucha angustia latente. De cualquier modo, artísticamente son de una muy gran calidad.

Ulrick sugirió entonces a su amigo subir a sus habitaciones para descansar un rato. Los vapores de la digestión empezaban a pesarle en la cabeza y Joseph aceptó gustoso. Convinieron en volver a reunirse dos horas más tarde para iniciar el anunciado recorrido por el centro y la noche de Berlín.

Durmió durante más de hora y media. La voz del ama de llaves de los Wenda logró despertarle de un sueño profundo, debido a la fatiga de la noche anterior pasada en el tren, en el que siempre dormía muy superficialmente. Se levantó de la cama y se vistió con un terno beige de lino, una corbata negra de lazo, y su ancho sombrero de rafia, a juego con el traje. Bajó al vestíbulo donde lo esperaban, ya listos, Ulrick y su esposa.

-¡Chico, qué elegancia! –exclamó Hanna tras emitir un desenfadado silbido de admiración.

-Vaya, vaya con Weiss –dijo Ulrick, también halagador.

Joseph ofrecía una estampa sencilla y elegante a la vez. Su cuerpo delgado y de estatura moderadamente alta quedaba rematado por un fino rostro, en el que los rasgos semíticos, modelados por muchas generaciones de askenazis, irradiaba nobleza y carácter.

-Gracias, gracias –dijo Joseph Weiss complacido mientras realizaba una exagerada reverencia que hizo reír a sus amigos.

Los tres subieron al automóvil de lujo de los Wenda. El chófer, con uniforme y gorra de plato, cerró protocolariamente las puertas de sus señores y se sentó al volante. Después de atravesar la zona suroeste de Berlín, se dirigieron hacia el Tiergarten por la Kurfürstendamm. Joseph deseaba caminar un trecho por el bosque antes de proseguir el recorrido fijado. El Mercedes se detuvo en la Charlottemburger Chaussée; el matrimonio y Joseph bajaron para adentrarse por los macizos de arbustos y jardines del gran parque berlinés. Los inmensos árboles, de las más variadas especies botánicas, impedían el paso de los rayos del sol; el calor de aquel seco (y excepcional) mes de mayo había excitado los átomos periféricos de las plantas y las flores haciéndoles exhalar una gran variedad de perfumes y fragancias, que producían en quien los respiraba un incipiente éxtasis semejante al que causan los efluvios de un buen vino.

         Joseph se extendió en unos comentarios elogiosos sobre la excelencia del tiempo y la belleza del Tiergarten. Hanna, por el contrario, se quejó del largo periodo de sequía que atravesaban asegurando que la lluvia comenzaba a hacérsele necesaria. A esto, Ulrick respondió que él estaba de acuerdo en que lloviera, pero sólo después que Joseph hubiera pasado su fin de semana con ellos.

Regresaron al automóvil y continuaron su itinerario. Dejaron atrás el Tiergarten para desembocar en el Unter den Linden y pasaron bajo la Puerta de Brandemburgo. La agitación de vehículos y personas en el Paseo se volvió intensísima. Eran las siete de la tarde, la hora de la salida de los funcionarios ministeriales, y en el cruce de la Wilhemstrasse había un enorme atasco de coches y tranvías que les mantuvo retenidos durante varios minutos. El concierto comenzaba a las siete y media, y Ulrick empezó a lamentarse de que iban a llegar tarde: la Beethovensaal, a la que se dirigían, se encontraba en la Gertaudt Strasse y aún les faltaba un buen trecho saturado de obstáculos. El Mercedes torció a la derecha por la Friedrichstrasse, allí el tráfico se hizo más fluido y, finalmente, pudieron llegar justo a la hora delante de la entrada principal del teatro. Cuando tomaron asiento en sus respectivos sillones, el pianista no había salido todavía a saludar al público.

-¡Dos minutos más, y nos perdemos la primera parte! –exclamó Ulrick aliviado.

-Hubiera sido imperdonable –añadió Hanna.

El programa del concierto se componía de las baladas de Brahms opus 10, cinco lieder de Beethoven, así como de la Sinfonía número 2 del mismo compositor. Ulrick sentía verdadera pasión por el genio de Bonn, en tanto que Joseph prefería a Mozart y Schubert. La sala estaba abarrotada de personas que se arrancaron a aplaudir tibiamente cuando el primer intérprete, un solista austriaco poco conocido, apareció en el escenario. El pianista respondió humildemente a los discretos aplausos, ejecutando profundas reverencias en las que llegó casi a rozar la tarima con los dedos de la mano, en una posición un tanto grotesca.

Durante el descanso, Joseph y Ulrick salieron a fumar a los pasillos laterales detrás de los palcos; los melómanos inundaban con el humo de sus cigarros y cigarrillos todos los espacios que rodeaban al santuario musical: las alfombras, los tapices y los tejidos granates que recubrían las paredes, parecían propagar la atmósfera acre y azulada que originaba la combustión del tabaco. Los comentarios sobre los intérpretes de las baladas y canciones escuchadas, eran matizados y breves; la expectación se centraba en la obra de la segunda parte, y en la versión que de ella iba a realizar el maestro berlinés Bruno Walter.

Se oyó la tercera sintonía de aviso y todos se apresuraron a regresar a sus lugares, al mismo tiempo que los profesores de la Orquesta Filarmónica comenzaban a ocupar sus puestos. Se estableció un silencio progresivo en la sala coincidiendo con los primeros acordes de afinación de los diferentes instrumentos; cuando al cabo de unos instantes apareció el joven director de orquesta, los asistentes prorrumpieron en una estruendosa salva de ovaciones y aplausos. El artista saludó brevemente a sus entusiastas admiradores y, sin dejarles terminar sus expansivas efusiones, les dio la espalda, solicitó enérgico la atención de sus músicos y levantó la batuta en el aire con un gesto de elegante precisión.

Se escucharon los primeros compases de la sinfonía de Beethoven, “cuyos textos tan bellos e inesperados sobrepasan su propia belleza para convertirse en un símbolo”, dijo Ulrick a Joseph justo antes de tomar asiento. “Su aire aparentemente claro no debe engañarte”, volvió a musitarle a su amigo durante un intermedio cuando Joseph le confesó que él no era capaz de emocionarse con la obra. Al terminar la sinfonía, el delirio tomó proporciones de alboroto; Joseph y la pareja dejaron la sala después de que Bruno Walter se viera obligado a salir quince veces a saludar, reclamado por el fervor inagotable de sus adoradores, con sus gargantas roncas de gritar y las manos rotas por los aplausos.

Abandonaron la Beethovensaal y subieron caminando por la Gertraudt strasse para ir a cenar a la cervecería Patzenhofer, en la Königstrasse. Antes, a petición de Joseph, efectuaron el recorrido circular de la Alexander Platz. En la esquina de la Prenzlauerstrasse con la plaza, había un grupo de veintitantos militantes del Partido Nacional Socialista, uno de los cuales, sirviéndose de un megáfono de cartón, peroraba sobre la terrible peligrosidad de los judíos para el pueblo alemán. Ulrick quiso pasar de largo mirando para otro lado, pero Joseph se detuvo un momento para escuchar; luego echó una ojeada a un panfleto que le dieron con aire de complicidad, e hizo algunas observaciones jocosas y despectivas sobre el contenido de la arenga y los nazis, casi todos muy jóvenes a excepción del que parecía su jefe.

-¡Cómo me divierten estos caballeretes! Seguro que ninguno ha conocido aún los encantos de una muchacha judía…el día que tengan esa suerte, dejarán de dar la lata.

-No te lo tomes a risa –dijo Ulrick-. Esta gente puede ser muy peligrosa: sería necesario ponerlos fuera de la ley.

-¡Qué va, hombre!, eso les daría la importancia que no tienen. Déjalos que sigan con sus payasadas, que ya se hartarán –dijo Hanna.

-Yo no estoy tan convencido –respondió Ulrick muy serio.

-Vamos, no pongas esa cara, que me vas a dar miedo –añadió Joseph burlonamente. Y Hanna le dio la razón afirmando que los nazis eran un puñado de histriones sin futuro.

El ambiente de la cervecería Patzenhofer era cálido y discretamente ruidoso. Cenaron con sobriedad como contrapunto al copioso y exquisito almuerzo del mediodía, y se marcharon tras una breve sobremesa. Joseph se sentía algo cansado por el largo viaje y por toda la actividad de su primera jornada berlinesa.

Estuvieron poco locuaces en el camino de regreso a la residencia de los Wenda. Joseph Weiss pensaba en la escena de Alexander Platz y -aunque no quiso de forma aparente concederle mucha importancia, herido profundamente en su orgullo de ciudadano alemán- comenzaba a inquietarse por todos los signos de carácter germanófilo y xenófobo que se manifestaban en su patria desde hacía algunos años. Tuvo negros presentimientos que rechazó con rapidez, pues estaba absolutamente convencido de que el pueblo alemán, al que él pertenecía desde muchas generaciones atrás, sabría poner límite a unas acciones aisladas promovidas por un minoritario grupo de fanáticos.

-Empiezo a estar fatigado –dijo Joseph saliendo de su mutismo.

-Pues nada más llegar a casa te metes en la cama, que mañana nos espera otro día bien cargado, y los viejecitos como tú, tienen que cuidarse –dijo Ulrick bromeando.

La mañana del sábado amaneció más radiante si cabe que las anteriores. Después de desayunar, los tres amigos se encaminaron hacia las oficinas de la compañía Stern und Kreischifart para iniciar su visita a Potsdam. Ulrick había preferido realizar la excursión a la antigua ciudad imperial utilizando transportes públicos, para poder gozar de una hermosa travesía en vapor del pequeño lago Wansee y del lago Griebnitzsee, y hacer escala en Babelsberg.

La ciudad de Federico el Grande aparecía exultante bajo la clara luminosidad del hermoso día de mayo, y el trazado barroco de los edificios jugaba a cache-cache en sus curvas y contra curvas con la nitidez de los rayos solares. Los tres se encontraban de excelente humor. Joseph volvía a recuperar su tono óptimo, una vez olvidados los negros pensamientos del final de la noche anterior. Visitaron en primer lugar el palacio de Sanssouci, paseando por su inmenso parque y deteniéndose en su biblioteca y en el museo de pintura. Joseph imitaba a los guías de turismo y se dirigía a sus amigos en un francés e inglés intencionadamente deficientes, aunque los hablaba a la perfección al no carecer de esa facultad innata que posee la mayoría de los hijos de Israel para dominar las lenguas extranjeras.

-Ladies und gentlemen, dames et messieurs, kome und see the bibliotek, s’il vous plaît.

Dieron buena cuenta del almuerzo en la bucólica islita de Pfaueninsel. Hanna y Joseph se enzarzaron en una divertida discusión cuando éste último tildó de snob a la mujer de su amigo, porque aquélla dijo en un momento de la comida al aire libre, que era maravilloso poder hacer “pick-nick” en un marco tan ameno y romántico. Joseph insistía con argumentos conscientemente pedantes, que era más poética y apropiada la clásica expresión francesa: déjeuner sur l’herbe, avalada, además, por las obras pictóricas conocidas de ese modo, como las de Manet o Cezanne.

Ulrick puso fin a la disputa comenzando a engullir aceleradamente las deliciosas trufas que entraban en el menú.

-¡Qué cara, nosotros discutiendo como idiotas, y este bribón quitándonos la comida! –gritó Hanna indignada, en tanto que su marido se desternillaba de la risa, sin dejar de tragar con los mofletes hinchados como un hamster.

Terminaron el almuerzo en paz, y rodearon caminando el perímetro de la isla “incomparablemente bella”, según dijera Alexander Von Humboldt. Volvieron al vaporcito que los llevó hasta Babelsberg y, luego de visitar brevemente su palacio, regresaron al anochecer a Grunewald. La excursión había sido muy grata, y Joseph Weiss se durmió con la reconfortante sensación que le dejaba la idea de tener un amigo como Ulrick Wenda.

Se despertó después de haber dormido larga y profundamente durante muchas horas. Su reloj marcaba las diez de la mañana, aunque parecía más temprano por la escasa luz que entraba por el balcón, que permaneció abierto toda la noche. Levantó a tope la persiana de madera, miró el cielo y pudo comprobar que se hallaba cubierto con grandes nubarrones. Pensó que seguramente habría tormenta por la tarde, pues hacía muchos días que disfrutaban del calor y del buen tiempo, y eso no podía durar demasiado en un clima como el de la capital alemana.

Cuando bajó a la biblioteca, Ulrick ya había desayunado con su mujer, que había salido a oír misa cumpliendo con sus obligaciones de católica.

-¿Qué tal has dormido? –preguntó Ulrick.

-De maravilla –respondió Joseph-. ¿Qué cuenta el periódico? –preguntó con escaso interés.

-Nada de particular –dijo Ulrick mintiéndole, mientras doblaba cuidadosamente el diario que había estado leyendo.

En portada aparecía la noticia del incendio –accidental según el reportero- de una sinagoga, en Bernau, durante la celebración del shabbat de la tarde anterior, y en el que habían muerto calcinadas cinco personas, entre las cuales un niño de la misma edad que el hijo de Joseph.

-Yo nunca leo la prensa cuando estoy de viaje. No quiero saber nada de lo que pasa en el mundo, para saborear mejor lo que me rodea de forma inmediata.

-Bueno, yo no puedo prescindir de la información ni un solo día. Para mí es vital.

-Claro, hombre afortunado, tú necesitas estar al corriente del pulso continuo del mercado –replicó Joseph sonriendo.

-Así es, así es. Y ahora ve a desayunar, que debes tener hambre –dijo Ulrick.

Joseph despachó en solitario un espléndido desayuno, y regresó a la biblioteca donde su amigo, con aire reflexivo, permanecía sentado en su sillón favorito.

-¿Qué te ocurre, han bajado tus acciones? –preguntó Joseph bromeando.

Ulrick respondió que no sucedía nada de especial y le propuso dar un paseo por el jardín. La atmósfera era pesada en el exterior de la vivienda: no había un soplo de brisa y la temperatura era agobiante.

-Va a haber tormenta –afirmó Ulrick.

-Seguro que sí –asintió Joseph.

Pasearon un buen rato por el jardín sin pronunciar una sola palabra. Parecía que Ulrick hubiese entrado en una fase depresiva, tras la euforia del día anterior; Joseph, por el contrario, se sentía muy animado, y se preguntaba cuál podía ser la causa de la evidente preocupación de su amigo.

-¿Te ocurre algo malo?

-No, nada, de veras, no me pasa nada…¿qué tal por la universidad? –dijo Ulrick.

Joseph le contó que en los últimos meses se había iniciado una campaña antisemita, pero que él personalmente no había tenido ningún problema con sus alumnos. Se habían visto algunas pintadas contra profesores y estudiantes judíos, y contra los comunistas, y hasta habían sucedido algunos incidentes desagradables, como el de un sapo muerto colocado en la silla del despacho de uno de sus compañeros de Facultad, también judío, al que acompañaba un escrito en tinta roja advirtiéndole de que estaba contemplando su destino inminente.

-Pero, ya pasará –dijo Joseph tratando de quitar hierro al asunto, y luego añadió-: Estos síntomas aislados no son sino las manifestaciones cíclicas de un cierto salpullido nacionalista sin importancia.

-Ojalá sea sólo eso, aunque me temo que esta vez puede ser mucho más grave que en otras ocasiones. Según todos los datos de que dispongo, creo que nos encontramos en puertas de una de las crisis económicas y sociales más terribles de la historia. Y ya se sabe que cuando el miedo se apodera de una sociedad, todo lo malo es posible –dijo Ulrick quitándose de un papirotazo el pequeño insecto que se había posado en su hombrera izquierda.

-Y siempre lo hemos de pagar los mismos, ¿no es cierto? –dijo Joseph con una sonrisa glacial.

-Desgraciadamente así ha pasado en otras épocas y países –afirmó Ulrick sin perder su seriedad.

Joseph no replico a la última frase de su amigo. Un sentimiento de indignación le recorrió el cuerpo. Él se consideraba tan alemán como el que más, y no podía soportar que los otros alemanes lo pusieran en entredicho. La consigna antisemita que consideraba más infame e injusta era: Judío, fuera de Alemania. ¿Acaso los judíos no habían contribuido igualmente durante los siglos anteriores a la formación de una cultura germana, admirada y respetada en toda Europa? ¿Acaso los judíos no habían dado su vida por Alemania en los frentes de batalla de todas las guerras de, al menos, los últimos doscientos años? Se tranquilizó pensando que la franca amistad que le unía a Ulrick Wenda era todo un símbolo de la solidaridad que siempre existiría –a pesar de los avatares y de algunos grupos sectarios- entre las dos comunidades principales de la sociedad alemana: la aria y la semita.

Mientras paseaban por la pequeña y cuidada rosaleda, el cielo se ennegreció de repente, y unas primeras gotas de lluvia, gruesas y dispersas, comenzaron a caer: al instante, una olorosa tufarada de vaho caliente se levantó de la tierra reseca. Los dos amigos entraron en la casa y se dispusieron a tomar el aperitivo. Un poco más tarde, Hanna, que había regresado de la parroquia, se les unió. La conversación entre los tres se tornó trivial y hablaron del tiempo. La mujer de Ulrick se mostraba muy satisfecha ya que por fin llovía, y se empezaban a ver los trallazos luminosos de los relámpagos, seguidos por lejanos estampidos de truenos.

Adelantaron la hora habitual del almuerzo porque el tren de Joseph salía a las tres de la tarde. Mientras comían acordaron que los dos matrimonios volverían a verse pronto e hicieron planes para ir de vacaciones a Viena en el mes de julio o agosto próximos. Cuando terminaron de comer, Joseph subió a sus habitaciones para preparar su maleta y descansar unos minutos antes de marcharse para la estación. Comenzó a sentir una temprana nostalgia por el feliz fin de semana que estaba a punto de terminarse. A las dos y cuarto de la tarde, bajó personalmente su equipaje al vestíbulo. Ulrick y Hanna lo aguardaban para acompañarlo a la Anhalter Bahnhof. Joseph se despidió del personal doméstico presente, y, precedido por los Wenda, se subió en el Mercedes plateado.

El aguacero era torrencial y la tormenta parecía haberse inmovilizado sobre Grunewald. El trayecto hasta la estación lo efectuaron en silencio. Joseph intentaba ver el exterior a través de las cortinas de agua que corrían oblicuamente por los cristales de las ventanillas laterales. Las calles y avenidas de Berlín estaban desiertas en la húmeda tarde de domingo. Joseph, que se había sentado entre Hanna y Ulrick, tomó las manos de sus amigos y las mantuvo entre las suyas hasta que el automóvil se detuvo.

Entraron en el inmenso hall de la estación de trenes y buscaron la vía del expreso de Munich. El bullicio reinante en la Anhalter Bahnhof contrastaba con el Berlín solitario y triste que acababan de atravesar. Ulrick y Hanna despidieron con grandes muestras de afecto al amigo en el límite autorizado a los acompañantes. Tras presentar su billete al controlador, Joseph cruzó la barrera metálica y se encaminó hacia el andén de su tren, volviéndose sin cesar para decir adiós con la mano a sus amigos, hasta que se desvanecieron entre la masa voluble de la gente.

Subió a un vagón de 2ª clase y encontró su número de asiento, junto a la ventanilla. Depositó su equipaje y se sentó al lado de una señora joven, de unos treinta años de edad, que viajaba sola con sus dos hijos pequeños; el resto del compartimento, ya al completo, lo ocupaba una pareja de ancianos, con las manos unidas, y un imberbe pastor luterano que parecía recién salido del seminario. Cinco minutos más tarde, el convoy se puso en movimiento, lenta y silenciosamente. Afuera, la tormenta había cesado y daba paso a una lluvia fina y apretada. A través de los cristales, Joseph pudo ver –pegados en las vallas del recinto ferroviario- unos carteles semi desgarrados con el rostro alucinado de Adolf Hitler. ¡Qué ridículo personaje!, exclamó entre dientes, mientras que el expreso iba tomando velocidad y penetrando inexorablemente en la precoz oscuridad de la tarde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PISO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando Gabriel, sorprendido, me abrió la puerta de su piso y me invitó torpemente a pasar, tuve la impresión de entrar en alguna vieja cripta olvidada o de atravesar una estación de metro abandonada. El aspecto del salón me atenazó la garganta, y, de no ser porque la melodía a todo volumen que salía de un disco compacto llenaba el aire de vibraciones, hubiese creído que allí yacía un cadáver, o era el desolado territorio de un vagabundo ocupa: muebles rotos, sofá y sillones destripados, botellas vacías, ceniceros desbordantes de colillas y ceniza, la pintura de los techos colgando a girones, manchas de humedad y, cubriéndolo todo, una espesa capa de polvo –por donde flotaban nubes de plumas surgidas de los descosidos pufs y cojines- que habían depositado las muchas semanas de completo abandono. Los únicos objetos que aún mostraban signos de vida y habían escapado a la grisácea parálisis de la suciedad eran los discos: una extraordinaria colección de elepés descansaba sobre unas repisas de madera mediocre que parecían querer descuajaringarse de un momento a otro bajo su enorme peso.

  • Esto está un poco guarro –dijo Gabriel disculpándose y visiblemente nervioso. Yo hice un gesto que pretendía expresar comprensión e indiferencia, aunque, en realidad, sentí vértigo y no me atrevía a dar un paso por miedo a mancharme los zapatos y mi costoso abrigo negro, o temiendo que se hundieran las crujientes planchas del parquet. Por indicación de Gabriel me senté en la única silla sana del salón mientras él fue a buscar bebidas.         -¿Cómo sigue Begoña? –me sentí en la obligación de preguntar a Gabriel, que regresaba con una botella de whisky y dos vasos recién enjuagados.         -¡Y eso! –exclamé fingiendo extrañeza, aunque lo había sospechado inmediatamente al ver el estado del piso.         Nos habíamos conocido 15 años antes cuando los dos estudiábamos los cursos de la carrera de Filosofía de la Complutense. Gabriel era lo que se decía entonces un auténtico líder estudiantil: inteligente, brillante, ingenioso, muy admirado y querido tanto por amigos como por enemigos. Los dos participamos en las mismas luchas políticas en los estertores de la dictadura, y, además de ser camaradas del mismo partido, existió entre nosotros una buena amistad. Más tarde, Gabriel se dedicó al periodismo, colaborando en varias revistas de vida efímera y actualmente era un personaje si no popular, sí al menos muy conocido en los medios musicales y radiofónicos de Madrid.         -Me alegro de que hayas venido a verme y no hayas esperado a que te llamase, porque seguramente yo habría tardado mucho tiempo en hacerlo –dijo Gabriel sentándose en frente de mí. Llenó un vaso de whisky, me lo alargó y siguió hablando –Te he puesto un poco de agua fría, no tengo hielo, la nevera se me estropeó hace unos días y no la he reparado todavía; tengo que hacer un esfuerzo y comenzar a arreglar cosas si no quiero que esto se caiga en pedazos o se desmorone.         -Éramos –respondió lacónicamente Gabriel, dando un trago largo y aspirando profundamente el humo de un canuto, el segundo desde que yo había llegado.         Una vez montó un numerito de escándalo en el pub Santa Brígida, alto y solaz de la progresía de la época. Se sentía eufóricamente colocado por las copas anteriores y conseguía que los consumidores de las mesas vecinas se divirtieran sin reservas con sus ocurrencias incandescentes. Hubo un momento en que Gabriel tuvo ganas de ir a orinar, se levantó y se fue canturreando y bailando una melodía rítmica que se acababa de inventar; al llegar delante de la pesada cortina de terciopelo marrón que ocultaba el pasillo donde estaban los servicios, se bajó los pantalones, enseñó el trasero y despareció rápidamente camino de los urinarios, todo ello ante la mirada atónita de muchos clientes y sin que los camareros se dieran cuenta de nada. Gabriel regresó a nuestra mesa y continuó con las bromas, pero antes de marcharse del pub, hizo su última travesura. Amparándose en la bulla del local a esas horas de la noche, robó impunemente un taburete recién tapizado: con el asiento bajo el culo, fue aproximándose lenta y pausadamente a la puerta y, cuando estuvo totalmente seguro de que nadie se percataba de su maniobra, salió tranquilamente a la calle con su taburete en las manos.         -Pues sí, estoy dispuesto a ponerme a arreglar y a limpiar el piso, porque si no, se me va a hundir cualquier día –volvió a repetir.         Yo no podía olvidar la primera visita que le hice a unos meses de la ausencia de la hermana-madre. El mobiliario todavía se encontraba en buenas condiciones, pero por los suelos de las habitaciones y pasillos rodaban espesos ovillos de pelusas negras, como si allí hubiesen esquilado a un rebaño de carneros del mismo color. En la cocina era imposible entrar: los cacharros se acumulaban sobre las mesas, el aparador y el fregadero, atascado, y recubierto de inmundicias y moho verdoso; Gabriel había utilizado uno a uno los diferentes elementos de la rica vajilla familiar y, sin lavar nunca un solo plato, vaso, cuchillo o tenedor, los había ido apilando. Había también por todos los rincones latas vacías de conservas, la mayoría oxidadas: en el cuarto de baño, en el salón, en el recibidor, y en el cubo de la basura, mezcladas con alimentos putrefactos.         Volví a ponerme whisky, pero rechacé la invitación a compartir el cuarto canuto de Gabriel.         -Bien –respondí.         -Bien, bien –repetí velozmente como la vez anterior.         -Pues no –dije desorientado, y, sin dejarme tiempo para poder replicarle con un comentario sobre las graves tribulaciones de los norteamericanos, Gabriel se puso a jugar con el lenguaje y a carcajearse con sus propias ocurrencias:         Comprendí que Gabriel había comenzado a despegar y que ya no habría modo de seguirlo. Me despedí precipitadamente con el pretexto de tener mucha prisa y salí del piso.                                                 JULIO MOREIRA
  •  
  •          “La casada, casa da. Preguntaba seriamente la señora: ¿sería seria la serie?, si no, se iría. La doméstica domestica. Los Papas no quieren papas. Hacía días que no comía acedías. El menor de los Caso, que era un caso, se casó. ¿Tomas tomate, Tomás? El agente penelizador alegó circunstancias extenuantes”.
  •          -Tú que eres sociólogo, ¿te has parado a pensar que los nipones son considerados orientales por los habitantes de Nueva York y occidentales por los de San Francisco?, ¡Qué esquizofrenia!, ¿verdad?
  •          -¿Y tu mujer?
  •          -¿Y tú, qué tal?
  •          El piso se limpiaba únicamente en las escasas ocasiones en que alguna joven, enamorada de Gabriel, se quedaba en él durante un tiempo y no quería vivir como una cucaracha. Las más de sus frecuentes conquistas solían huir a la primera copa o a la mañana siguiente, en cuanto descubrían la mugre dominante en la que no habían reparado la noche anterior a causa de la borrachera.
  •          Yo había ya escuchado muchas veces el mismo propósito, pensaba, no obstante, que Gabriel no lo haría jamás. A su innata torpeza manual había que añadir su absoluta carencia de sentido práctico: era incapaz de clavar una tachuela, conducir un coche, o contratar un obrero para que viniese a pintar. El caos comenzó a instalarse al quedarse Gabriel solo, después de la boda de su hermana María, que siempre se había ocupado de todas las tareas de la casa, sobre todo a partir de la muerte de sus padres en un accidente de automóvil dos años atrás. Gabriel no sabía manejar una escoba, ni limpiar el polvo, ni lavar una camisa, ni, naturalmente, freírse un huevo.
  •          Gabriel se sirvió un segundo vaso de whisky y comenzó a calentar un trozo de china con su encendedor.
  •          Gabriel seguía fumando chocolate sin tasa ni control. Empezó a aficionarse después de dejar la bebida tras una larga cura de desintoxicación. Al principio fumaba poco, pero fue aumentando progresivamente la dosis hasta llegar a consumir dos chinas diarias. Se liaba porros constantemente y en cualquier parte: bares, cafeterías, discotecas y casas particulares. Con frecuencia lo expulsaban de los locales públicos en los que no toleraban el hachís, pero eso a él le traía sin cuidado y volvía a liar en el próximo lugar. Además, reanudó con el alcohol luego de pasar varios meses sin probarlo, y la mezcla de ambas drogas le colocaba en unos estados de desquiciamiento en los que su comportamiento se volvía intolerable para las personas que lo acompañaban o estaban a su alrededor. Yo tuve que abandonarlo en más de una ocasión cuando mi amigo se transformaba en un ser agresivo y extraño. Sin embargo, no todas las veces que nos vimos fueron siempre insufribles. Recordaba también salidas espléndidas en las que me había reído como un loco con el humor y la verborrea surrealista de Gabriel.
  •          -Como no me llamabas supuse que debía de pasarte algo, pero no podía sospechar que hubieras roto con tu mujer, la última vez que os vi erais o parecíais una pareja feliz.
  •          El piso de Gabriel tuvo siempre un significado muy especial para mí, y siempre lo consideré en parte como algo propio: viví en él durante varios meses al separarme de Carmen. Entre sus paredes había conocido los estados de ánimo más dispares: la desolación y la exaltación, la soledad y el amor. Había amado platónicamente a la hermana mayor de mi amigo, que fue como una madre para Gabriel, antes de casarse y de ir a residir a Valencia, y amé también físicamente a Irene. No fui capaz nunca de volver a entrar en el cuarto de servicio en el que había pasado unas noches de amor que aún seguían vivaces en mi recuerdo. Sabía que era muy doloroso sentir la vacuidad de un espacio que me imaginaba inverosímilmente desordenado, y en el que gocé numerosas veces de un cuerpo joven delicioso y voluptuoso que se me entregó sin reservas.
  •          -Ha sido una separación muy destructiva, pero ya te contaré más tarde, prefiero no hablar del asunto ahora –dijo Gabriel al tiempo que cambiaba de disco y volvía a ausentarse del salón para tratar de poner un poco de orden en el resto de las habitaciones.
  •          -Supongo que bien, se marchó de casa y está viviendo con un tío en París.
  •          Hacía casi un año que no nos veíamos, desde que Gabriel dio pruebas inequívocas de no querer quedar conmigo pese a mis reiteradas llamadas de teléfono, lo cual me hizo pensar que a mi amigo no debían de irle muy bien las cosas, y por eso decidí visitarlo de improviso, aun a riesgo de no ser bien recibido.

In memoriam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Julio Moreira era un jarifo chafandín que usaba cuchillo largo. Chufletero y zumbón, las guarichas lo adoraban, los mozallones lo aborrecían y buscaban para apiolarlo.

El Loro’s, chirlata frecuentada por barateros y arrumacas del barrio se encontraba desierta, de manera desacostumbrada, la noche de autos.

-Julio –dijo el pubero de la timba-. Arrímate el tronco, que andan por ahí unos escurras caloyos que quieren mecharte a chirlos.

-¿Quiénes son esos cadagueños? –indagó Julio haciéndose el bolonio-, que les voy a batanear tantos lapos que se van a quedar como la hoja del perejil.

-Arrímate el tronco, Julio –repitió el pubero, que son muchos y no podrás fajarte con todos.

-Aunque el mismo candinga y su corte de demonches subieran del báratro, yo me fajaría con ellos –insistió Julio con ademán farfantón.

-Vale –sentenció el timbero y guardó silencio.

Julio Moreira terminó de potar en un chisquete el vaso número quince de garnacha de la noche. En la timba sólo se oía el silbido sonoro del guaro en su jaula, que un gringo eutáxico y peneque le había enseñado hacía más de cinco años. En uno de los intervalos del guaro entre Marsellesas, se abrió la puerta de la chirlata y entró célere Regina, esposa del Jaiba, una de las daifas de Julio: su favorita.

Regina era la guaricha más garifa y con más sandunga de toda la ciudad. Amaba perdidamente a Julio Moreira, y éste se lo agradecía. Regina llevaba un enorme moratón en el rostro, se arrojó en los brazos de Julio y lo besó intensamente en la boca.

-¿Quién te ha puesto ese clavel de sangre en la mejilla?, que lo apiolo no más –dijo Julio.

-¡Pos quién había de ser! –Contestó Regina-, sino el parguelas de mi esposo. Estaba rabioso como un tuso y, de no haberme librado de su rebufe, me habría arrancado todos los pelos de la chola. Ha venido siguiéndome y no tardará en aparecer por ahí –terminó Regina mirando con prevención a la puerta.

-El Jaiba no es lo bastante macho para pisar la misma tierra que tú y yo pisamos –dijo Julio.

-Vendrá con otros –añadió el pubero mientras secaba un vaso con escrupulosidad-. Esa clase de ternascos no se atreve a enfrentarse cara a cara con un hombre.

No había terminado de hablar cuando la puerta se abrió, y se plantó en el umbral el marido de la Regina. Se quedó petrificado viendo que ésta se encontraba en los brazos de Julio Moreira.

-Estaba seguro de que vendrías aquí, lumia, pendanga, zorra –le lanzó con voz aguda e inquinosa-. Y de que te encontraría con ese chulo gayón, al que el cherinola de su padre y la peliforra de su madre engendraron durante una noche de talanquera.

-¡Date por muerto, sarasa, bujarrón! –saltó el Julio a la vez que sacaba el chafarote largo y se disponía a clavárselo al Jaiba.

-¡Nada de pendencias en mi timba, o llamo a la chapa! –gritó con voz enérgica el pubero, interponiéndose entre ambos gallos.

-¡Sal a la calle si tienes en la entrepierna algo más que una chifa mola que sólo te sirve pa mear! –dijo el Jaiba a Julio.

-¡No vayas, que es una chanada! –aulló la Regina mientras agarraba a Julio por el brazo, reteniéndole con fuerza.

Quita, mujer, si he de morir, quiero que tú y las estrellas sean lo último que vean mis ojos –dijo el garifo liberándose suavemente de Regina.

Julio Moreira salió al exterior. La noche era cálida, brumosa, y la calle estaba desierta. La farola más cercana se encontraba como a cincuenta metros de la cantina, y en el centro de su escasa luz se adivinaba la silueta del jaiba, que esperaba desafiante, charrasca en mano, al Julio.

-¡Acércate, que te voy a comer la mitad del corazón, la otra mitad se la echaré a las ratas! –gritó el Jaiba.

-¡Aguarda, gurrumino, te arrancaré la lengua y se la daré a las hormigas! –replicó Julio.

Avanzaba despacio midiendo el terreno metro a metro. Se detuvo a unos diez pasos del rival. Los dos hombres se pusieron en guardia. El Jaiba esgrimía la charrasca en la mano izquierda. Comenzaron a buscarse en círculo, como a cámara lenta: el tiempo desapareció, tragado por la oscuridad.

De repente, surgieron de las sombras cuatro hombres que se abalanzaron sobre Julio. Éste, al percatarse de la emboscada, dio un salto de jaguar sobre el Jaiba hundiéndole el chafarote en el centro del corazón. Casi simultáneamente, los cuatro compadres del Jaiba cayeron encima de Julio y, sin darle tiempo a revolverse, lo cosieron a facazos dejándole cadáver en el suelo, con la cabeza vuelta hacia el firmamento. Uno de ellos, el Chirla, bajó los pantalones al muerto y, con gestos precisos de pescadero, emasculó el cuerpo aún caliente de Julio y arrojó los testículos y el carajo a un montón de basura cercano.

Los cuatro lunfardos, que habían sido también cornudos por voluntad de Julio Moreira, no quedaron satisfechos con su muerte, y quisieron lavar el honor de cabrunos con más sangre. Se fueron en busca de la Regina, que salió huyendo de la timba cuando supo que su maturrango había sido asesinado, y le dieron caza antes de que pudiera llegar a su casa. Uno la agarró por las piernas, otro por los brazos y la larga cabellera negra, y el Chirla, de un tajo certero, le rebanó la gorguera y la dejó desangrada.

Al amanecer, los servicios municipales de limpieza de la ciudad de Lima recogieron los cadáveres de una mujer degollada y de un hombre, al que le faltaban sus partes genitales, que no aparecieron por los alrededores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CARTERA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         Cuando me establecí en Madrid a comienzos de los setenta, una de mis zonas favoritas para moverme eran los alrededores de la plaza de Chueca, aún incontaminada por las ratas y sabandijas del inmundo trapicheo de la heroína de los años ochenta. Los nombres de las calles Barbieri y Libertad me inspiraban una gran nostalgia liberadora: no hay que olvidar que por aquellos días todavía mandaba en España el pertinaz dictador. En una ocasión, durante uno de mis frecuentes paseos por el barrio, tuve un hallazgo que iba a ser la causa de que empezara a modificar la estima y buena opinión moral que tenía de mí mismo.

Acababa de almorzar en Carmencita, el pequeño restaurante de la calle Libertad, esquina con la de San Mateo, recubierto de azulejos y con instalación a gas de finales del siglo XIX. De todas las cosas curiosas del típico local, la más chocante era el retrete. Cuando un cliente sentía la necesidad imperiosa de utilizarlo, tras ingerir un buen plato de lentejas estofadas o de trucha escabechada, por ejemplo, se veía obligado a pasar por la cocina –donde se amontonaban fuentes repletas de champiñones, croquetas crudas, carnes y pescados…- y pedir ayuda a la cocinera, una mujer gafuda escuálida y diminuta, que instalaba con diligencia un artilugio plegable de madera en forma de taza de water, sobre un agujero negro. En honor a la verdad, he de decir que en ninguna de las escasas ocasiones que hube de solicitar la instalación de la rudimentaria pieza técnica, noté la más leve sombra de contrariedad o fastidio en las cocineras (los viernes y sábados eran dos), antes bien, siempre se prestaron solícitas a complacerme, tal vez para que les perdonara las molestias que causaban.

Como en Carmencita no servían café (no disponían de ningún tipo de cafetera), me dispuse a ir a tomarlo al Gran Café de Chueca. Subía por mi entrañable calle Libertad y al llegar a la de Augusto Figueroa, los empleados municipales de limpieza se afanaban, como de costumbre, en retirar los desperdicios y basuras del Mercado de Abastos. Toda clase de restos animales y vegetales: colas, raspas, pellejos, pitracos, sebos, hojas de verduras, tomates y pimientos podridos, etc., eran arrastrados por la potente ola salubre que surgía de las mangueras, manejadas con pericia por hombres vestidos con monos color butano.

A esas hora de la tarde, los bancos de la Plaza Chueca estaban ocupados por algunos vagabundos (ahora denominados “sin techo” o “S. T.”, según nos llega de Francia, donde siempre se les llamó “clochards”). En uno de los bancos laterales de la plazoleta, perfectamente rectangular, había también un grupo de jóvenes, uno de los cuales tocaba torpemente una guitarra. De entre los vagabundos, se adelantó un hombre moreno, como de unos cuarenta años de edad y de mediana estatura, al que sus colegas llamaron “el argentino”, que se acercó al joven y, con aire simpático y resuelto, le aferró la guitarra. Acto seguido, comenzó a cantar y a acompañarse con el instrumento en ritmo de milonga, a la vez que cruzaba el pequeño cuadrado central de la plaza en todos los sentidos, marcando a la perfección los pasos de la canción que interpretaba. Cuando terminó, saludó con las manos para agradecer los aplausos espontáneos de todos los presentes, que quedamos agradablemente sorprendidos por el buen gusto y propiedad del insospechado artista-vagabundo. El hombre devolvió la guitarra al muchacho, con aspecto de alumno de COU, regresó a su banco y botella junto a sus compañeros, y yo me fui a sentar en la terraza del café, sumida en la fresca sombra que daban los edificios del lado sur de la plaza.

Al principio no me percaté de la cosa, fue sólo después que el camarero me sirviera un solo cuando vi, tirada en el suelo bajo la silla vecina a mi derecha, una abultada cartera de cuyo interior sobresalían algunos billetes verdes. Sentí que un ligero sudor frío me empañaba las manos, y pensé que debía ingeniármelas para recogerla sin que los clientes de las mesas contiguas se dieran cuenta de nada. Me cambié de silla, pisé el billetero con el pie derecho y permanecí inmóvil durante unos segundos casi en un tris de ponerme a temblar; no quería hacer ningún gesto brusco que pudiera delatarme ante mis vecinos de mesa o el camarero, pero, al mismo tiempo, tenía que actuar rápidamente no fuese que el dueño volviera a buscar su cartera.

Comencé a rascarme los jarretes y tobillos con el fin de disimular. Ya estaba a punto de levantar el tacón y agarrarla, cuando a pareció un desconocido que se dirigió al camarero que me había servido el café y le preguntó algo que no llegue a comprender. Temí que se tratara del dueño de mi tesoro y tentado estuve de levantarme, pagar y largarme renunciando a mi presa; sin embargo, aguanté y al cabo de un momento el hombre se marchó tras escuchar la respuesta del camarero, cruzó la plaza y desapareció por una calle del lado norte.

Me había puesto nervioso y decidí que debía resolver la situación con celeridad, pues de lo contrario no iba nunca a atreverme a recoger el dinero. Así que, asegurándome bien de que en ese instante nadie me observaba, tomé el billetero y lo introduje en el bolsillo derecho del pantalón. Ruborizado, eché una ojeada a mi alrededor: los demás clientes seguían con sus conversaciones sin que, aparentemente, ninguno de ellos hubiese detectado mi maniobra. Dejé sobre la mesa el importe de la consumición más diez pesetas de propina, hice un signo al camarero que asintió diciéndome adiós, y todo dentro de la más estricta normalidad.

Desaparecí del lugar con la mayor rapidez posible y con un vago sentimiento de culpabilidad. Mientras me alejaba de la plaza, palpaba con mi mano la cartera de tacto suave y blando. Entré en una cafetería de la Gran Vía, me senté en una mesa apartada, encargué una copa de coñac y, acto seguido, fui a encerrarme en los aseos de caballeros: conté, feliz, hasta quince billetes de mil pesetas. Lo malo es que la cartera contenía un carnet, roto y mugriento de la Federación Castellana de Pesca a nombre de un tal José Rodríguez Martínez, domiciliado en la calle de P. En El Escorial. Guardé todo en el bolsillo interior de mi chaqueta y regresé a mi mesa, donde me esperaba ya la copa. Me sentía muy alegre por lo sucedido. Estábamos a mediados de mes y ya me había gastado casi todo mi sueldo, pero me preocupaba la existencia del carnet con la identidad y dirección de la persona que lo había extraviado. Me creaba ciertos escrúpulos de conciencia. ¿Qué hacer? ¿Tendría la suficiente honradez de restituir el dinero a su dueño?

Imaginé tres soluciones posibles: primera, regresar al bar de Chueca y entregar la cartera al camarero; segunda, llevarla yo a las señas del carnet; tercera, guardarme la pasta y deshacerme del resto. De inmediato descarté la primera. Podrían sospechar en el bar por no haber entregado antes el monedero y encima me buscaría complicaciones. La segunda me parecía angelical, sin embargo, el documento de pesca era muy antiguo y pensé que era muy probable que su titular ya no viviera en el mismo lugar. Además, ¡dónde carajo se encontraba la calle de P. de El Escorial! Yo no tenía tiempo para desplazarme hasta allí. Total que, en toda lógica, me incliné por la tercera solución.

Esa misma tarde me dispuse a dar salida adecuada a los billetes encontrados. El otoño estaba avanzado y necesitaba una prenda de abrigo, de manera que me compré en unos grandes almacenes un chaquetón azul marino de lana y fibra, que me costó diez mil pesetas. Las cinco mil restantes tuvieron un destino poco moral, pero no menos útil. Hacía tiempo que me venía cosquilleando el deseo de acostarme con una señorita fácil, y, esa misma noche, no pude resistir la tentación de dejarme llevar a la cama por una mulata de senos esféricos que, apoyada contra una esquina, me murmuró con toda la ternura del mundo: “¿Tu viens, Chéri

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA EXPOSICIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

        

         La mañana se presentó templada y diáfana tras la lluvia que había caído abundante durante toda la madrugada después de varias semanas prolongadas de sequía, barriendo la atmósfera contaminada de la gran ciudad. Las nubes y el viento del suroeste le hacían sentir fugaces emanaciones marinas arrastradas desde el lejano océano. Rafael se dirigía al Museo para visitar la gran exposición del maestro G. del siglo XIX. Subía caminando junto a la verja del Real Jardín Botánico y miraba el verde lustroso de las nuevas hojas de los árboles que habían recibido gozosas las primeras aguas de la estación. El hermoso día de primavera y la perspectiva de admirar la obra antológica de uno de sus pintores favoritos, le llenaron el pecho de una placentera exaltación.

Al principio, creyó que se trataba de una manifestación al ver la ingente cantidad de personas que ocupaban la explanada del Museo, pero pronto pudo observar que a las entradas principales del noble edificio llegaban largas hileras de gente como de unos trescientos metros de longitud. Se abrió paso a codazos hasta una de las filas y preguntó a un señor de pelo cano por la causa de semejante aglomeración: “Para ver a G.”. Rafael se quedó anonadado con la respuesta preguntándose incrédulo cómo era posible que la llamada del arte hubiera convocado a semejante multitud. Todas las veces anteriores que había ido al Museo lo encontró tranquilo y más bien mortecino, sin que hubiera tenido nunca que esperar o hacer cola para poder entrar en él.

Sin embargo, no experimentó ningún sentimiento de rechazo hacia la muchedumbre de competidores, cultos admiradores del genial pintor, sino que por el contrario las lágrimas estuvieron a punto de empañarle sus ojos, y tuvo que sobreponerse para rebajar la emoción producida por la exhalación entrañable de las aspiraciones colectivas de degustación artística. Se resignó solidariamente a ser el último de la fila, y se dispuso con paciencia a aguardar que le correspondiese su turno de acceso a las salas de la magna exposición.

La interminable columna humana la componía un público heterogéneo: escolares y profesores, turistas extranjeros, familias nacionales al completo, universitarios, funcionarios, monjas y soldados. Los jardines que embellecen el sitio ofrecían un ambiente de feria: vendedores de chucherías, propagandistas de partidos políticos, estatuas vivientes, mimo, ilusionistas, prestidigitadores, comedores de fuego, demandantes de firmas y dinero para causas filantrópicas, músicos, incluyendo a un gitano con trompeta, cabra y escalera. La cola siguió estirándose detrás de Rafael y en escasos segundos acabó perdiendo de vista su final.

Los comentarios más peregrinos llegaban hasta sus oídos: “Es la tercera exposición que visito esta semana, no hay derecho a hacernos esperar tanto tiempo”. “Pues G. a mí me parece un loco, pero mi amiga Pepi me dijo que no me la perdiera”. Rafael llevaba más de treinta y cinco minutos aguardando y sólo había avanzado tres metros, hizo un cálculo de la distancia que lo separaba de la puerta de entrada y dedujo que aún tendría que aguantar dos horas más de espera. Pensó que eso era intolerable, pero quiso ser optimista y se dijo que seguramente la fila comenzaría pronto a moverse con más rapidez.

Transcurrió otra media hora y Rafael no se había movido prácticamente del mismo sitio, incluso tuvo la impresión de que había retrocedido algo, achacando el fenómeno a los listillos de siempre que se colaban. Para colmo, un oscuro nubarrón se puso a descargar un fuerte aguacero sobre sus cabezas, y él no llevaba paraguas ni capucha para protegerse. Afortunadamente, un viejecito previsor, como la mayoría, tuvo la amabilidad de invitarlo a resguardarse bajo el suyo: “Venga, venga, que se va a poner hecho una sopa”, le dijo con voz temblorosa.

La gente no pareció arredrarse por la intensidad del chaparrón, pues no solamente nadie desertaba de su puesto, sino que las nuevas personas que afluían sin cesar consiguieron que la cola desapareciera por la esquina sur del Museo. Al poco rato escampó y el cielo se tornó de un azul limpísimo. Los primeros sentimientos de emoción de Rafael se convirtieron en otros donde la irritación era la dominante, además, no disponía de mucho tiempo libre ya que debía ir a trabajar después de almorzar, y todavía le faltaban unos doscientos metros hasta la anhelada entrada.

Leyó el periódico de cabo a rabo, incluidas las páginas de economía y deportes. Aprendió el nombre del nuevo presidente de la Asamblea nacional de Shri-Lanka, se enteró del porcentaje aplicado a la última devaluación del peso argentino, y hasta el color del vestido de novia de una famosa tonadillera que acababa de casarse con un no menos famoso torerillo. Sus compañeros de infortunio, así comenzó Rafael a considerar a cuantos a su alrededor albergaban la vana esperanza de contemplar la obra pictórica de G., daban ya clara muestras de cansancio. Los más jóvenes se sentaban sobre el césped, pese a que había quedado muy mojado, y los más viejos se apoyaban con aire desolado en sus parejas o, más raramente, en sus bastones.

La columna comenzó a desplazarse con mayor ritmo durante unos segundos, luego, se inmovilizó definitivamente: acababan de cerrar las puertas del Museo. La protesta estalló de forma general: “Esto es un abuso, no tienen vergüenza, nos hacen esperar más de dos horas y luego nos dan con la puerta en las narices”, se quejó un anciano de barbita blanca bien cuidada. “¡Y así quieren que el pueblo tenga cultura!”, gritó una señora enjoyada, que terminaba de despachar a un mendigo diciéndole que fuera a pedir dinero al presidente del Gobierno. “Unos demagogos, eso es lo que son los ministros de ahora, ponen los museos gratis y las personas decentes ni siquiera pueden ya visitarlos”, terminó aullando la dama dando rienda suelta a su cólera.

Un sordo rumor de rabia fue recorriendo el interminable reguero de ciudadanos con la misma celeridad que la llama por un rastro de pólvora. Hacia el final de la serpiente humana se escuchaban gritos pidiendo la cabeza del señor Solana, ministro de Cultura a la sazón, del director del Museo, de los conserjes: “¡Son unos paletos!”, bramaron a los oídos de Rafael unas señoras de porte distinguido. Un joven barbudo arengó a la muchedumbre: “¡Los museos son del pueblo y no pueden cerrarlos como si fueran un coto privado de caza!”. “¡Que los abran las 24 horas del día, incluso los fines de semana!”, añadió su acompañante femenina.

Un grupo muy numeroso de amateurs d’art, con aire amenazador, se puso en movimiento hacia la gran puerta central y, al ir pasando a lo largo de la densa cadena humana, otras personas fueron uniéndosele hasta formar una inquietante concentración, vociferante y agresiva. Comenzaron a oírse golpes de puños y patadas contra las hojas de las puertas cerradas a cal y canto. Alguien pedía insistentemente un ariete, creyéndose tal vez un guerrero al asalto de una fortaleza. Al cabo de un tiempo vergonzante, en el que el escándalo llegó a rebasar la barrera del sonido, los accesos se abrieron de nuevo, y aparecieron dos bedeles, aterrados, en el umbral.

La turba se precipitó por los huecos, golpeando, derribando y pisoteando a los dos temerarios funcionarios, para dispersarse en desbandada por las espléndidas galerías del Museo hasta ganar las salas donde se exponían los cuadros del genial G. Rafael se sintió tremendamente confundido por las escenas presenciadas y se volvió abochornado a su casa, absorto en reflexiones sobre el sentido último del arte.

 

 

 

        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            ¿TIENES UN CIGARRO RUBIO, COLEGA?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         No le gustó la película de Fassbinder que acababa de ver. Era demasiado dramático y pesimista el joven director de cine alemán. No se podía analizar la vida en claves tan negras porque entonces sólo quedaba una solución: pegarse un tiro. Lo que Federico ignoraba es la reciente muerte de Rainer W. Fassbinder, ocurrida en circunstancias extrañas que inducían a pensar en un suicidio. Ojeó su reloj que marcaba la una y media de la madrugada. La sesión del Alphaville había terminado más tarde de lo habitual, debido a la excesiva duración de un cortometraje previo: “Qué estúpidos solían ser los cortos”, pensó Federico: “eran a una película lo que un feto a un recién nacido”. El resto de los escasos espectadores se levantaron también de sus butacas y se dirigían hacia las salidas de la sala. Casi todos ellos encendieron cigarrillos que chupaban con fruición tras la insoportable abstinencia de las dos últimas horas. Él los observaba con lástima y algo de envidia aspirar aquel humo nocivo, y se sentía orgulloso por haber tenido el valor de dejar, de golpe, el tabaco seis meses antes.

Todos sus amigos le alabaron su gran fuerza de voluntad. No era tan fácil abandonar el pitillo de la noche a la mañana, después de haberse llevado fumando más de veinte años de su vida. Federico había tomado conciencia de la inutilidad de una adicción que ni siquiera proporcionaba un placer real, y además le iba a producir una serie de enfermedades espantosas. La última faringitis que lo dejó afónico durante un mes, pero, sobre todo la lectura de los abrumadores informes científicos de la máxima solvencia le decidieron a quitarse del estúpido vicio de fumar: no estaba dispuesto a provocar el despachurre de las vísceras y músculos de su organismo.

Salió del cine y se dispuso a regresar andando hasta su casa, a sólo diez minutos caminando de allí y en el mismo barrio de Argüelles. Los espectadores rezagados se subían en sus coches, las calles estaban vacías de gente y mal iluminadas, y la mayoría de los bares ya habían cerrado. Federico no pudo evitar una leve sensación de recelo. Se hablaba tanto en esos días de la inseguridad ciudadana (era el tema periodístico de moda), de los asaltos y agresiones que sufrían las personas de bien por parte de miserables delincuentes desalmados: pinchazos en el vientre, pellizcos con alicates en los pezones de las mujeres, amenazas con jeringuillas ensangrentadas, disparos con armas de fuego, etc.

Federico pensaba, sin embargo, que no debía dejarse amedrentar por rumores catastrofistas y reaccionarios, propalados exageradamente con el fin de desprestigiar a la naciente democracia y vilipendiar la libertad recuperada de los españoles. Salía muy a menudo de noche y nunca había tenido el menor percance; además, creía que si se encontraba en una situación comprometida sabría resolverla apelando a la racionalidad de los hipotéticos agresores. “Tranquilidad, el miedo exacerba las precauciones y hace bajar las defensas”, se decía a sí mismo, y se imaginaba un diálogo con unos posibles chorizos: “Mirad, yo soy una persona pacífica y tolerante, y no tengo nada contra vosotros; es más, comprendo vuestros problemas, así que aquí tenéis mi cartera con todo el dinero que llevo encima”. Hombre progresista y ecuánime, Federico estaba convencido de que la única causa de la violencia en el mundo era la falta de justicia y solidaridad entre los humanos.

Dobló la esquina de la calle del Rey Francisco y se percató de la presencia de dos individuos, en semipenumbra, en la misma acera por la que caminaba y a una distancia aproximada de cien metros de él. Uno de ellos estaba sentado en el escalón de un portal, el otro permanecía de pie, a caballo entre el bordillo de la acera y la calzada. Federico sintió el impulso de cruzar al otro lado de la calle, pero pensó que su gesto de desconfianza podía ser considerado como vejatorio por esas dos personas que serían, de seguro, inofensivas y estarían charlando tranquilamente. Además, la casa de Federico distaba ya sólo una manzana del punto de donde estaban los dos hombres y no era cuestión de andar haciendo rodeos extraños. Así que siguió adelante con paso firme y resuelto, aunque sintiendo que su corazón aumentaba de ritmo a medida que se acercaba a los dos desconocidos. Pasó en medio de ellos, y ya los había rebasado cuando escuchó la voz del que estaba sentado que lo interpelaba de manera áspera:

-¿Tienes un cigarro rubio, colega? Federico podía haber continuado su camino sin darse por aludido, sin embargo, o porque su buena educación no le permitía mostrarse descortés, o bien porque temiera irritarlos con un desaire, se detuvo, se volvió hacia los dos hombres, muy jóvenes, y les dijo con un tono que pretendía ser lo más amable posible:

-Lo siento, pero no fumo

-¡Cómo que no fumas! ¿De verdad que no tienes unos ssigarritos rubios para unos colegas? Preguntó bruscamente el otro que permanecía parado.

-De veras que lo siento, no tengo tabaco, respondió Federico tratando de imprimir a sus palabras un doble acento sincero y exculpatorio por no poder complacerlos. Entonces, el que permanecía sentado, se incorporó pesadamente y con paso tambaleante se le acercó:

-¡Tú de qué vas, tío!, gritó con aire despreciativo.

-Yo, de persona, contestó ingenuamente Federico, que comenzó a inquietarse por el cariz violento que tomaba la situación.

-¿Tú de persona? ¡Tú vas de pringao!, volvió a gritarle el mismo joven, que daba muestras de estar con el mono encima.

-Hace seis meses que he dejado de fumar, no tengo tabaco ni negro ni rubio, pero si queréis os puedo pasar dinero para que lo compréis, replicó Federico en un intento de contentar a los dos tipos y poder largarse de allí.

-¿Que no queremos tu dinero, tío, que lo que queremos es que nos des un ssigarrito rubio!, le gritó ahora el que parecía más sereno mientras lo agarraba por las solapas de la chaqueta, empezando a zarandearlo con violencia.

Federico se puso a maldecir mentalmente la hora en que se le había ocurrido dejar el tabaco, y se hizo la promesa de que si salía bien del trance, volvería a fumar de inmediato. Los dos individuos siguieron insultándolo y sacudiéndolo, y, en un instante de pánico y exasperación, Federico propinó un fuerte rodillazo en la entrepierna al que parecía más joven, al fin y al cabo no estaba dispuesto a dejarse humillar y maltratar de ese modo por dos golfos, y comenzó a pedir socorro a grandes voces.

Se entabló ya una lucha abierta entre el hombre, que pugnaba por escapar, y el mayor de los agresores que se lo impedía con un enérgico abrazo. Entre tanto, el chorizo que se había recuperado del rodillazo recibido, sacó una navaja de grandes dimensiones y de un golpe certero la clavó hasta el mango a la izquierda del pulmón izquierdo de Federico, que se desplomó fulminado sin emitir un solo gemido.

El homicida limpió escrupulosamente la hoja ensangrentada en el pantalón del muerto mientras el cómplice le registraba los bolsillos, buscando algo que no podía encontrar.

  • ¿Llevaba tabaco?, le preguntó el de la navaja
  •  
  • – No, no tiene, el jodío decía la verdad, le respondió el colega. Y los dos se echaron a reír alejándose con trote rápido del lugar, y desapareciendo detrás de la misma esquina por la que Federico había aparecido pocos minutos antes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            MATAR AL TENOR

                            (Censurada por el autor)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            LA CARTULINA MÁGICA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Salí de casa para hacer unas compras mañaneras y una gestión en el distrito municipal del barrio. Doblé la esquina de mi calle y vi en el suelo una hoja de papel del tipo cartulina como de 6 X 12 centímetros que ofrecía su cara en blanco. Llevado por mi manía cervantina de leer hasta los papeles tirados por las calles, quise saber si en la otra cara figuraba algún tipo de texto o reproducción y di un ligero puntapié a la hoja para voltearla. En lugar de ofrecerme el otro lomo, la cartulina se levantó en el aire como medio metro, planeó otro metro aproximadamente en horizontal, y, ante mi asombro, fue a introducirse parcialmente en una estrecha raja vertical (de un milímetro aproximadamente de ancho) en el viejo parachoques negro de un coche, aparcado en batería contra la acera, donde se quedó incrustada. La observé incrédulo un instante y proseguí mi marcha.

Pasaron unos minutos y comencé a pensar que acababa de presenciar un hecho fortuito extraordinario. Era absolutamente increíble que la cartulina hubiera detenido su vuelo de la manera que acabo de contar. Cualquiera que la viera, pensaría con toda seguridad que alguien, probablemente un niño la habría introducido jugando en ese lugar angosto e inverosímil. Nadie en su sano juicio o por puro sentido común llegaría a adivinar que la hoja se había introducido allí por azar, un azar que yo había provocado de forma totalmente casual. Especulaba con que de habérseme ocurrido conseguir voluntariamente el fenómeno, hubiesen sido necesarios miles y hasta millones de intentos antes de lograr el resultado insólito que se había producido con una sola patada; o que, si llevado por un acto de locura intentaba reproducir con éxito el experimento, malgastaría años y probablemente toda mi vida sin llegar a conseguirlo.

Sentí una especie de exaltación por haber tenido el privilegio de haber vivido una experiencia única y posiblemente irrepetible por siempre jamás, y me dije que esta experiencia formaba parte de ese grupo raro de fenómenos aleatorios que se producen en el universo desafiando toda lógica y causalidad. Quise recuperar mi cartulina a la que empecé a atribuir algún tipo de propiedad maravillosa, y, tras realizar mis compras y mi gestión, regresé a casa por el mismo punto que acababa de producirse el prodigio, pero mi hoja ya no colgaba del parachoques, y no se hallaba debajo ni cerca del vehículo. A poca distancia del mismo, unos operarios de los servicios especiales de limpieza se afanaban con unos artilugios mecánicos en despejar la suciedad de las aceras, y mi cartulina mágica había sido engullida seguramente por uno de esos ruidosos e inoportunos aspiradores.

 

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Espacio de Balbino. Escritos sociales. ¡Que se callen los cainitas!

¡Que se callen los cainitas!

De todo el conflicto independentista catalán que estamos viviendo en España, tal vez el efecto más perverso sea el de las voces de odio de uno y otro lado que están desenterrando el hacha de guerra. Españoles contra españoles, catalanes contra catalanes, argumentan su defensa o rechazo a la independencia basándose en supuestas o imaginarias afrentas y agravios presentes o pasados. Insultos, calumnias, desprecios, humillaciones: todo vale para denigrar al enemigo y justificar así la ruptura o, por el contrario, la aplicación de soluciones autoritarias que acaben con los sediciosos. Estos cainitas jalean la lucha abierta entre de un lado el Gobierno que se escuda tras el imperio de la ley emanado de la Constitución, y del otro el Govern que se ampara en los supuestos derechos democráticos de los pueblos y naciones a auto determinarse.

Nos esperan unos meses desquiciantes y alucinantes, sin más alternativa que el sí o el no (en menor medida), a una independencia cuyo contenido y maravillas sus partidarios son incapaces de explicarnos y sus detractores no aciertan a denunciar.

Porque se está soslayando el verdadero debate que consiste en saber: ¿independencia para qué? ¿En qué van a cambiar las cosas para los catalanes y los españoles? Detalles tales como si se crearán aduanas, control de fronteras, nuevo ejército, reparto de la hacienda, jubilaciones, libertad de circulación de los ciudadanos por carreteras, aeropuertos y ferrocarriles; y, moneda, ¿qué moneda para el nuevo estado desconectado? Todas esas “naderías” se silencian y se ignoran.

Porque se está soslayando desde el lado del Gobierno su plan de integración en el Estado español de los millones de catalanes que desean marcharse…

Pues cueste lo que cueste, en términos civilizados, es necesario abandonar esas sendas monstruosas que solo al desastre pueden conducirnos.

En nombre de nuestros hijos, en nombre de nuestros nietos, que se imponga la templanza, la empatía, el seny catalán y el sentido común universal.

¡Que se callen las voces cainitas!

 

 

 

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. En el 25 aniversario de la muerte de Camarón

En el 25 aniversario de la muerte de Camarón de la Isla, unas declaraciones generosas, emocionadas y preclaras del gran Enrique Morente, recogidas en El País del 3 de julio de 1992

 

No nacerá otro como él.

Estoy hecho cachos. Camarón era el artista a quien yo más quería y se ha ido en un año trágico… Ni antes ni ahora hubo un eco como el suyo, donde ponía la voz hacía oro. Su capacidad de transmisión era asombrosa. Era un sonido nuevo en el cante. Tenía un sello que quedará para la eternidad.

Camarón ha influido en todos los cantaores de este tiempo. Es posible que también en mí, de alguna manera y sin yo saberlo. De artistas como él siempre se están recibiendo cosas buenas, nada más que cosas buenas, y aunque yo tenga mi personalidad es indudable que el cante de José me conmovía, me emocionaba.

Éramos como hermanos, cuando venía a Madrid pasaba mucho tiempo en mi casa. Era una persona encantadora. Pasamos juntos ratos inolvidables. Con quienes no tenía confianza apenas hablaba, pero con las personas que quería, tenía una gracia y unas ocurrencias geniales. En mi casa aparecía siempre con la sonrisa en la cara.

Era gitano puro. El pueblo gitano nunca tuvo oportunidad de verse reflejado en un mito como él y lo divinizó. La pérdida para el flamenco que su muerte supone es irreparable, es lo peor que le podía haber pasado al cante. No volverá a nacer uno como él, sabe Dios hasta cuándo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. 30 Conciertos de Enrique Morente

Concierto extraordinario para celebrar el día de Andalucía en 1991, con previos y reseñas de casi toda la prensa en papel de Madrid: El Independiente, ABC, El Sol, Diario16, El Mundo y El País. Y este despliegue de medios de entonces me hace pensar en la ausencia casi total del flamenco en la prensa escrita de 2017.

 

1 de marzo de 1991. San Juan Evangelista. Madrid

 

Guitarristas: Pepe Habichuela.

Grupo

 

Jaberas:                                 Ya no me arrimo a la reja

que me solía asomar,

que me asomo a la ventana,

que cae a la soleá.

————————

Coge la pluma y escribe.

Se despierta un receloso,

coge la pluma y escribe:

quien tiene celos, no vive.

 

Fandango de Lucena: Me lo encontré en la barrera,

                                   Ana María, a tu novio,

                                   que venía de beber

                                   agua de la fuente nueva.

                                   Ana María, a tu novio.

 

Verdial:                     Navegando me perdí

                                   por esos mares de Dios.

                                   Navegando me perdí.

                                   Y con la luz de tus ojos,

                                   a puerto de mar salí.

 

Rondeña                                Dame veneno,

                                   si me quieres, dímelo,

                                   y si no, dame veneno.

                                   Sal a la calle y di,

                                   yo maté a mi dulce dueño

                                   con veneno que le di.

                                   (Interrumpen aplausos prolongados)

 

Taranta (primitiva): Dime, el hombre por qué muere

                                   Y el sol se da en alumbrar,

                                   los astros por qué se mueven,

y el mundo en qué ha de quedar.

El sabio que más se eleve

tenga una luz natural,

haga un mundo y lo compruebe,

entonces adivinará.

(Interpretación sensacional)

 

Malagueñas:              Ay, la fe,

                                   es mi enfermeá tan profunda

que en ella pierdo la fe.

Curarme ya es imposible.,

Entonces, tan sólo conseguiré:

penas, y después morirme.

(No aparece en la discografía)

—————————————

                                   Ni a tiros ni a puñalás

a mí me apartan de tu querer.

Yo de ti no me retiro,

antes prefiero perder

los ojillos con que yo a ti te miro.

————————————

No me habías de conocer,

si me trataras de nuevo,

porque yo tengo distinto genio

y otro modo de querer

más cariñoso y más bueno.

 

Soleares:                                Presumes que eres la ciencia

                                   Y yo no lo comprendo así,

                                   porque siendo tú la esencia

                                   ay, no me has comprendío a mí.

                                   ————————————-

                                   Me lo murmuran contigo

                                   Porque nos han visto hablar.

                                   Sale el sol y da en el cristal,

                                   pero no quebranta el vidrio.

                                   —————————————-

                                   Ella misma confesó:

sangre lloran mis ojillos

por desgraciaos que son.

Pura sangre a mi me lloran,

porque me mata un perdón.

—————————–

Pañuelo le eché a la cara,

pa que no comiera la tierra

la boquita que yo besara.

——————————-

Ramito de azahar

Pintado en un papel verde.

Una Antoñita me mata

Y otra Manuela me pierde.

————————————–

Se visten de colorao

Las estrellitas del cielo,

y yo me visto de negro

en pensar que m’has dejao.

Las estrellitas del cielo

se visten de colorao.

 

Alegrías:                                Si mi voz muriera en tierra,

llevadla al nivel del mar.

Si mi voz muriera en tierra

y nombradla capitana

de un blanco bajel de guerra.

(Texto de Rafael Alberti)

————————————–

                                   Deseando una cosa,

                                   parece un mundo,

                                   luego que se consigue

                                   tan solo es humo.

                                   ————————

Si supiera, compañera,

que el sol que sale te ofende,

con el sol me peleara,

así me diera la muerte.

———————————

Al agua no la aminoro,

yo voy a la fuente y bebo,

y al agua no la aminoro,

que lo que hago es aumentarla,

con las lágrimas que lloro.

———————————-

                                   Que a la botica, niña,

                                   no vayas sola,

                                   que el boticario, niña,

                                   gasta pistola.

                                   ————————

                                   Oh, mi voz condecorá

                                   con la insignia marinera.

Oh, mi voz condecorá,

sobre el corazón un ancla

y sobre el ancla, la vela,

y sobre la vela, el viento,

y sobre el viento, la estrella.

(Texto de Rafael Alberti)

—————————–

Que por tu ventana sale

es tanta la clariá.

Que por tu ventana sale,

que dice la vecindá:

ya está la luna en la calle.

———————————–

Sale el sol y da en el cristal,

cuando no quebranta el vidrio

qué es lo que va a quebrantar.

——————————–

Si mi voz muriera en tierra…

 

 

La tarde que mataron al Espartero,

Belmonte que era un niño

Se quedó quieto.

Tan quieto que el torero

Que en él había

Cuando veía un toro

No se movía.

(Texto de José Bergamín)

——————————-

Quién le ha robaíto el color,

la niñá está descoloría.

Quién le ha robaito el color,

se lo ha robao un marinero,

que con palabritas de amor.

 

Bulerías:                    Yo escucho los cantos

                                  de viejas cadencias

que cantan los niños

cuando en corro juegan.

 

Y vierten en coro

sus almas que sueñan,

cual vierten sus aguas

las fuentes de piedra.

 

Con monotonía,

de risas eternas,

que no son alegres,

con lágrimas viejas,

que no son amargas

y dicen tristezas,

tristezas de amores

de antiguas leyendas.

                                   (Texto de Antonio Machado)

————————————–

Desde mi ventana

campos de Baeza,

a la luna clara,

montes de Cazorla

de luna y de piedra.

(Texto de Antonio Machado)

———————————-

No tienes quien bese

tus labios de grana,

no tienes quien hunda

las manos amantes,

a tu pelo negro

y a tus ojos negros

no se asoma nadie.

(Texto de Manuel Machado)

————————————–

Yo escucho los cantos…

———————————-

Pardos borriquillos,

de ramón cargados

entre olivos.

Tus sendas de cabra

y tus madroñeras,

Córdoba la llana,

la del romancero.

Córdoba, la llana,

la llana, la llana.

                                   (Texto de Antonio Machado)

     

Tangos:                      Dulce María, dime,

verdad que te encontrates,

cuando bajabas la colina oscura

y retumbaba la tarde.

 

Con la mare de Judas

que también era muerto,

y os abrazáteis

y lloráteis juntas,

juntas como dos mares.

(Texto de Pedro Garfias)

                                   ——————————-

                                   Ponte aonde te vea,   

dale ese gusto a mi cuerpo,

aunque otra cosa no sea.

———————————-

Inmediato.

En aquel pocito inmediato,

donde bebían mis palomas.

                                    Allí corro y me siento yo un rato,

                                   por ver el agua que toman.

                                   Yo me sentaría

                                   por ver el agua que tú tomabas

                                   al amanecer el día.

                                   ———————————-

Grupo:                       Hazme con los ojos señas,

                                   que en algunas ocasiones

                                   los ojos sirven de lengua.

                                   ————————————

Morente:                               Dolores,

                                   con qué te lavas la cara

                                   que tanto te huele a flores.

                                   ———————————-

                                   No lo pasen por mi puerta,

                                   por mi puerta no lo pasen.

                                   Yo ya he dicho que tu entierro,

                                   no lo pasen por mi puerta,

                                   porque no quiero mirarte

                                   a la carita ni viva ni muerta.

                                   ———————————

                                   Las entrañas mías,

                                   por ti las daré,

                                   que yo me encuentro

                                   pagao con que

                                   tú me cameles bien.

                                   —————————-

Grupo:                       Que te he querío

                                   no niego que te he querío,

                                   pero en el alma me pesa

                                   el haberte conocío.

                                   ———————————-

Morente:                               Entre la albahaca y la yerbabuena,

                                   la Lola canta saetas.

                                   La Lola aquella la que se miraba,

                                   que se miraba tanto en la alberca

                                              

Grupo:                       Los saeteros están ciegos,

                                   pero como el amor,

                                   los saeteros están ciegos.

                                   (Texto de F. G. L.)

                                  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Treinta conciertos de Enrique Morente

Concierto extraordinario celebrado para la VI Bienal de Flamenco de Sevilla.

Estreno absoluto del Alegro-Soleá

15 de septiembre de 1990. Reales Alcázares, Sevilla.

(2ª parte) Estreno del Alegro Soleá, de Antonio Robledo y Enrique Morente

 

Guitarristas Pepe Habichuela y Montoyita, Orquesta Sinfónica Ciudad de Granada, director Micha Rachelewsky

 

Alegrías:                    Yo fui colgando tus besos

                                   desde mi balcón flotante,

y ahora toítas las noches

me repican con el viento.

                                   (Letra de Pedro Garfias)

                                   ———————————

                                   No llores ni tengas penas,

corazón mío no llores,

que si tú pasas fatigas,

otros arrastran cadenas.

                                   ———————————

                                   Que me solía asomar,

ya no me arrimo a la reja

que me solía asomar,

que me arrimo a la ventana

que cae a la soleá.

                                   ——————————

                                   Deseando una cosa,

parece un mundo,

luego que se consigue

tan sólo es humo.

                                   (Observaciones: ovación general)

                                   ——————————–

                                   Que soy piedra y puede ser,

Olvíame, pero advierte

que algún día en mí tropieces

y en mí vuelvas a caer.

                                   ——————————

                                   El sarmiento en la lumbre

y el que se enamora,

por un lado se enciende,

y por otro llora.

                                   ——————————–

                                   La iglesia se ilumina

cuando tú entras,

y se llena de flores

donde te sientas.

 

Soleá:                         Será…

Dios mío por qué será,

unos tormentos tan dobles

verte y no poderte hablar.

                                   —————————

                                   Yo fui colgando tus besos

desde mi balcón flotante,

y ahora toítas las noches

me repican con el viento.

(Texto de Pedro Garfias)

 

Bulerías:                    Bajo sus pies

florecía la mañana,

y su cabello tenía

la luna clara,

la luna clara en casa.

(Texto de Pedro Garfias)

                                   ———————————

                        15       Y al andar de la paloma

y al andar tú te cimbreas,

y al andar tú me pareces

un ramo de flores,

que se balancea.

                                   (Texto de Alí Ibm Hzm de Córodoba)

                                   ——————————-

                                   El iba solo tambaleándose,

borracho de amor,

borracho de hambre,

borracho de alcohol,

borracho quién sabe.

(Texto de Pedro Garfias)

 

(Observaciones: fueron tantos y prolongados los aplausos del público, que Enrique Morente repitió la obra completa como propina)

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. “Madrid, el exilio y el reino.

El texto que sigue figuraba en el programa de mano de la exposición de fotografía flamenca que Tato Olivas colgó en el Centro Cultural El Pozo, Madrid, en 1994. Los trabajos de Tato Olivas reflejaban la variedad y riqueza del panorama flamenco madrileño de finales de los años ochenta y principios de los noventa.

Madrid la urbe, Madrid el pueblo, Madrid enorme, Madrid pequeño, Madrid el yankee, Madrid flamenco: Santana y Lavapiés, El Rastro y la Magdalena, Atocha y Santa Isabel, Amor de Dios y El Camborio, Casa Patas y El Revólver, Candela y La Caracol, El Corral, Chinitas y La Venta.

 

Madrid de La Tati y el Yunque, Isidro y el Güito, El Bola y Paquete, Jerónimo y el Negri, Zahíra y Dieguito, Montoyita y el Rai, Los Pelaos y Los Farrucos, La Reme y Aurora, Serranito y Merenguito.

 

Madrid de La Fernanda y La Bernarda, El Beni y El Chato, Chano y Chaquetón, Curro el de Jerez y Paco el de Antequera, Chocolate y El Agujetas, Madrid de David Serva. Madrid de Paco.

 

Madrid de Camarón y Morente, Gerardo y Riqueni, de las Cármenes: Linares y Cortés, de Tomate y Moraito, de Sorderas y Habichuelas, de Manolete y Toni Maya, De Menese y Mercé, de Melchor y Perico, Del Grilo y Joaquín Cortés, de Canales y Barón.

Madrid del exilio y el reino

Madrid de Tato Olivas.

 

 

 

 

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