Llanto por Enrique Morente

Hoy, día 13 de junio, casi a las cinco en punto de la tarde se cumple medio año desde que Enrique Morente dejó de existir. El tiempo, ese gran anestesista de la pena, ha hecho ya en parte su trabajo; lo que no podrá, sin embargo, hacer nunca es cerrar la herida, la profunda herida que nos deja la persona que queremos y admiramos cuando se marcha para siempre.
Han pasado seis meses y parece que fue tan sólo ayer cuando recibimos el impacto del “hachazo invisible y homicida”. Durante este tiempo hemos conocido y transitado por diferentes estados de ánimo: estupor dolor, rabia, mucha rabia contra el destino que nos privó de su voz, su genio, su arte, convirtiendo este mundo en algo un poco más feo de lo que a veces es.
Durante este tiempo hemos tenido la ocasión de hablar con muchos amigos y compañeros de Enrique Morente, gentes que lo quisieron y admiraron sinceramente, y en todos hay palabras coincidentes acerca de la orfandad fraternal y artística en la que nos ha dejado el gran maestro del cante flamenco, del cante jondo; el gran maestro de la vida y el arte.
Otra coincidencia (paradójica con la anterior) entre las gentes que lo quisimos está en la opinión de que Morente sigue vivo. Y, en efecto, lo seguirá mientras hablemos con afección y respeto de él, y, sobre todo, lo seguirá mientras recordemos su obra. Y hay una de la que yo al menos no podía hablar cuando la costra de la llaga estaba todavía blanda . Me refiero al último trabajo discográfico en estudio de Enrique Morente: Llanto.

 
Se trata de una obra realizada para la Casa-Museo Federico García Lorca de Fuente Vaqueros, que Enrique entregó a principios del fatídico 2010, y de la que me hizo escuchar unas primicias, cuando aún no estaba terminada. Decía que durante estos últimos meses no me apetecía hablar de ella y hasta me era penoso volver a oírla por la carga sentimental que me producía escuchar a Enrique Morente entonando su propio réquiem…
¿Pues qué otra cosa si no podía sugerir su audición? En Llanto, el maestro alcanza el límite soportable de la emoción, como si presintiera o temiera que no sólo estaba cantando los versos que Lorca dedicó a la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías, sino que estaba cantándolos también para su propia muerte…”La cogida y la muerte” y “Alma ausente”, la primera y cuarta parte de la genial elegía del poeta de Granada sirvieron a Morente de soporte literario y literal. Luego, el cantaor de Granada puso todo lo demás con su no menos genial invención musical en tres cortes repletos de angustia y sabiduría.
Para la composición del primero – un austero lamento fúnebre- recurre a sus procedimientos complejos de construcción, mostrados anteriormente en temas como “Omega” del Omega, o “Martinete” y “La última carta” de Miguel de Cervantes, ambos del disco Morente, sueña la Alhambra. En el segundo corte se despoja de los elementos electrónicos y vocales utilizados antes, para acompañarse a sí mismo con los solos y sencillos acordes de su guitarra por aires sutiles de soleares, que dan paso a otros no menos sutiles de fandango con remotos ecos de Caracol, al que Morente recordó en numerosas ocasiones a lo largo de su carrera.
El tercer corte, en el que vuelve a los versos de “La cogida y la muerte”, estos los va encadenando a base de la alternancia de recitativos con tonos de siguiriyas y saetas, pero ahora sin acompañamiento alguno, con el único eco de su voz, con esa voz hiriente y poderosa que fue ganando en los últimos años de su vida , una vida que Morente perdió casi a las cinco en punto de la tarde -como escribió su venerado Federico-, hace exactamente seis meses, seis, un 13 de diciembre de 2010.
Balbino Gutiérrez 13 de junio de 2011

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Enrique Morente. La voz libre (texto en castellano)

‘La voz libre’, la nueva biografía del cantaor
flamenco Enrique Morente, ve la luz

El libro de Balbino Gutiérrez sintetiza cuarenta años de trayectoria artística

Silvia Calado Madrid, 29 de mayo de 2006

Tal fue el salto que dio la trayectoria artística de Enrique Morente a raíz de ‘Omega’, que su biógrafo, el escritor granadino Balbino Gutiérrez, se ha visto abocado a reescribir y actualizar ‘La voz libre’. Diez años después de la primera edición, ve la luz “un nuevo libro” que culmina en la actuación de Enrique Morente con el grupo neoyorquino Sonic Youth en Valencia. Una honda biografía, cientos de referencias periodísticas, entrevistas, comentarios de otros artistas de su entorno, las letras de los cantes… conforman el contenido de este libro que se presentó en la sede madrileña de la Sociedad General de Autores Españoles (Sgae) el pasado 29 de mayo, en presencia del autor, el cineasta Carlos Saura y el cantaor de ‘La voz libre’.

Con la promesa de “leer el libro esta misma semana” y el reconocimiento de lo emocionante del acto, Enrique Morente irrumpió en la presentación de su segundo libro biográfico, ‘La voz libre’. Y es que, echándole la culpa a Ramón el Portugués, justificó el retraso con que llegó a la repleta sala de la Sgae. Ante compañeros como Carmen Linares y Juan Habichuela, el cantaor granadino tuvo unas palabras más para el flamenco que para sí mismo. No sin antes recordar el rodaje de ‘Flamenco’, donde se empeñó en cantar una seguiriya en lugar de la malagueña que Isidro Muñoz tenía en el guión, alertó sobre las dificultades del cante para abrirse paso en el mundo. “Pero prefiero que seamos menos conocidos y más amados”, sentenció. Y resaltó que “lo importante es que la creación no para, pues el flamenco lo mantienen en pie los profesionales que estudian para poder crear”.

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Carlos Saura dedicó su turno de palabra a subrayar los paralelismos entre su biografía artística y la de Morente: “Me veo reflejado en su vida, sobre todo, en el tránsito vital durante la posguerra española, en el deseo de impregnarse de los maestros, en saber aprender de las incomprensiones de la crítica”. Y recordando los dos rodajes con el cantaor -‘Flamenco’ e ‘Iberia’- confesó que “me hace llorar cuando lo veo y lo oigo, pues me gusta su sensibilidad tan extrema, que hace que uno se sienta transportado”.

Balbino Gutiérrez hizo, ante todo, gala de humildad en la presentación de su libro: “No sé si lo que he hecho está a la altura de alguien que ya ha entrado en la historia”. Y desgranó los entresijos de estas trescientas nuevas páginas que se nutren de entrevistas propias a Enrique Morente y a su entorno, cientos de recortes de prensa escrita y digital, letras de los cantes, discografía y fotografías de varios autores reproducidas en blanco y negro. Además, dejó caer que siendo “un personaje que sigue vivo, muy vivo, quizás haya una tercera parte”.

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Enrique Morente. La voz libre

‘La voz libre’, the new biography of cantaor
flamenco Enrique Morente, comes out

The book by Balbino Gutiérrez synthesizes his forty-year career as an artist

Silvia Calado. Madrid, May 29th, 2006

Such was the leap in Enrique Morente’s artistic career as a result of ‘Omega’ that his biographer, Granada-born writer Balbino Gutiérrez, found himself obliged to rewrite and update ‘La voz libre’. Ten years after the first edition, “a new book” comes out which culminates in Enrique Morente’s performance with the New York group Sonic Youth in Valencia. A deep biography, hundreds of journalistic references, interviews, comments by other artists surrounding him, lyrics to the cantes… make up the contents of this book which was presented at the Madrid headquarters of the General Society of Spanish Authors (SGAE) on May 29th, in the presence of the author, filmmaker Carlos Saura and the cantaor of ‘La voz libre’.

With the promise of “reading the book this very week” and recognizing how exciting the act was, Enrique Morente burst into the presentation of his second biography, ‘La voz libre’. And the thing is that he justified his delay in reaching the SGAE’s jam-packed hall by blaming Ramón el Portugués. In front of colleagues such as Carmen Linares and Juan Habichuela, the Granada-born cantaor uttered words more for flamenco than for himself. Not without first recalling the shooting of ‘Flamenco’, where he endeavored to sing a seguiriya instead of the malagueña that Isidro Muñoz had in the script, he alerted of the troubles cante faces to make its way in the world. “But I’d rather we were lesser known and more loved”, he judged. And he pointed out that “the important thing is for creation not to stop, since flamenco is kept standing by professionals who study to be able to create”.

Click the image to enlarge:
 2006 edition
Frames from “Enrique Morente: La voz libre”

Carlos Saura devoted his turn to speak to underlining the parallelisms between his biography as an artist and that of Morente: “I see my own reflection in his life, especially during the period following the Spanish Civil War, in the desire to soak things up from the maestros, in knowing how to learn from the critics’ incomprehension”. And remembering the two shootings with the cantaor – ‘Flamenco’ and ‘Iberia’ – he admitted that “he makes me cry when I see him and I hear him, since I like his so extreme sensitivity, which makes you feel swept off your feet”.

Balbino Gutiérrez made a show, above all, of humility in the presentation of his book: “I don’t know if what I’ve done is up to the level of someone who’s already gone down in history”. And he spoke of the ins and outs of the three hundred new pages feeding on interviews with Enrique Morente himself and those surrounding him, hundreds of clippings from the print and digital press, lyrics to the cantes, discography and photographs by several authors in black-and-white prints. Moreover, he dropped the hint that as he is “a personage who’s still alive, very much alive, there might be a third book”.

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Relatos de Balbino: La ciega

 

 

 LA CIEGA

Balbino Gutiérrez, a la memoria de Fernando Quiñones 

 

 

Quien hubiera conocido en su juventud a Françoise Rucquoi, una joven belga muy atractiva, de piel pulida y marfileña, difícilmente podría identificarla con la mujer madura, hermosa y morena, que se puede ver sentada permanentemente en el porche de un cortijillo blanco, cuando se pasa por la carretera que va de Sanlúcar al Puerto de Santa María.

         La modesta casa –de techo plano y expuesta a los vientos abrasadores del levante- era la vivienda de Rafael Núñez “El Navajas”, un heterodoxo cantaor gitano de insólita biografía. Françoise había conocido a Navajas (cuyo apodo le venía de su madre, una vieja cantaora, dueña de un pequeño bazar en el barrio de la Viña de Cádiz, donde vendía principalmente cuchillos), al acabar una actuación del flamenco en Sevilla. La joven extranjera gustó mucho al artista, y ella quedó fascinada por la presencia magnética del gitano: “Mitad chulo, mitad junco”, como lo definió en una ocasión un aficionado flamenco y gran admirador suyo. Percibió que era un hombre totalmente distinto a los que había frecuentado hasta entonces, y le sedujo la vehemencia y pureza del deseo de poseerla que Rafael le manifestó desde el mismo momento de verla. A partir de esa noche, no iban a separarse jamás.

         Françoise comenzó a sentir unas vivencias situadas en el polo opuesto de las conocidas hasta entonces. Descubrió que fuera de los recitales y fiestas del artista, Rafael era una persona asocial y solitaria; sin embargo, a su lado dejó de notar la sensación de separación con el mundo y la soledad que la había acompañado a lo largo de toda su vida. Navajas era un ser instintivo y tan cerca de sí mismo que podía prescindir de las cosas, las actividades y las relaciones que la mayoría de la gente necesita para soportar la alineación y el tedio cotidianos.

         Rafael el Navajas arrastraba una aureola de hombre y artista maldito, marginado entre los marginados y proscrito por su gente. Cuando era muy joven desamparó de “repronto”, como él decía, a su mujer y a su hijo –ciego de nacimiento- para juntarse con la hija de un millonario japonés, con la que vivió dos años seguidos. Además de esas relaciones duraderas, tuvo encuentros más o menos efímeros con un número incalculable de mujeres. Se jactaba de haberles hecho más de cincuenta chiquillos repartidos por el mundo entero, y,  en momentos de euforia soez, solía afirmar fanfarrón: “Tengo la picha esollá de tanto follar”.

         Como cantaor poseía una voz bronca y profunda (que los entendidos llaman afillá), alimentada por sus viejas raíces flamencas, capaz de expresar los cantes y melismas más difíciles con acentos y cadencias inimitables. Sus actuaciones eran imprevisibles tanto en su principio como en su desarrollo; cualquier contratiempo y alteración sutil del ambiente, imperceptibles para todos salvo para él, daban al traste con su intervención en un recital, y ya no había fuerza humana que fuera capaz de hacerle retroceder.

         Rafael fue cosechando a lo largo de su vida muchos enemigos y críticas adversas, pero no se lamentaba nunca por lo que había hecho o dejado de hacer. Su voluntad, mezcla perfecta de sentimiento e instinto, no estaba sometida al divorcio que conocen en su ser los hombres civilizados; pero tampoco, porque era químicamente puro, podía librarse de las angustias inherentes a la condición humana. Sus estados depresivos, aunque infrecuentes, alcanzaban niveles de profundidad en consonancia con la desbordante vitalidad que derrochaba habitualmente: “Siento un regomello mu grande aquí dentro”, decía señalándose la boca del estómago, cada vez que le asaltaba la crisis que él no sabía analizar ni expresar con palabras. Entonces, Rafael desaparecía por un tiempo impredecible, durante el cual se dedicaba a emborracharse a muerte y a armar unas broncas fenomenales, que solían dar con su cuerpo en los calabozos de la Guardia Civil o en alguna Casa de Socorro.

         Su adaptación a la convivencia real con el artista gitano no se le hizo a Françoise tan dura e imposible como hubiera podido imaginar en abstracto, o creyera otra persona que juzgase la situación desde fuera. A pesar de todas sus diferencias con él y de permanecer aislada en la casita al borde de la carretera –salvo el tiempo que pasaban lejos durante los cada vez más espaciados recitales de Rafael, o los contactos de los escasos visitantes que se acercaban hasta el cortijillo-, la joven se sentía feliz con la pasión extraña que ese hombre singular había sabido despertar en ella.

         La pobreza de la vida que llevaban, las carencias de la vivienda –sin agua corriente y sin gas- no eran sombras que oscurecieran la alegría de existir en estrecha relación con los elementos vivos de la naturaleza. El color cambiante de los campos según las estaciones, la plenitud de la luz y el cielo, la proximidad salina del océano cuyo rumor y perfume oía y olía en los días de temporal, y, sobre todo, la presencia de Rafael, al que Françoise comparaba con el fuego, la compensaban generosamente por la seguridad y comodidades perdidas de su mundo anterior.

         Más duro fue someterse al papel de “la mujer de mi casa” que Navajas le asignó. Ella no estaba preparada para realizar ninguna de las tareas domésticas propias de las compañeras de los gitanos, y tuvo que aprenderlas rápidamente. Rafael se mostraba intransigente sobre ese punto y no estaba dispuesto a ayudarla en lo más mínimo, ni a compartir actividades que él consideraba impropias de un hombre de verdad. Sin embargo, la joven belga aceptó sin protestar la voluntad de su amante, y conoció durante varios meses la exaltación vital y el equilibrio interior que siempre había estado persiguiendo.

         Pasaban días enteros sin ver ni hablar con nadie, y se sumergían en interminables horas de amor confundiendo en su continuo éxtasis las fases del día y la noche. De vez en cuando, acogían por algún tiempo en la pequeña casa al hijo ciego de Rafael, Tomás, un muchacho de la misma edad que Françoise, de carácter tranquilo y afable, y del que apenas si notaban la presencia.

         Al cabo de dos años de su nueva y pletórica existencia, Françoise comenzó a ver amontonarse encima de sus cabezas los primeros nubarrones grises. Las crisis anímicas de Rafael se repetían frecuentemente, y sus ausencias se hacían más prolongadas. Su salud empeoró a causa de una antigua úlcera de estómago que nunca  se había cuidado: Rafael manifestaba verdadero horror por los médicos y no quería ni escuchar hablar de ellos.

         Una noche, en Ronda, Navajas desapareció de repente antes de terminar el recital de flamenco en el que había tenido una actuación calamitosa, subiendo al escenario con una descomunal cogorza. Françoise lo buscó inútilmente por toda la ciudad y regresó a su casa de los alrededores de Sanlúcar con una angustiosa preocupación en el cuerpo. Sólo después de cuatro días de espera eterna se enteró de que Rafael se encontraba ingresado, muy grave, en el hospital provincial de Cádiz.

         Cuando la dejaron verlo, el cantaor estaba inconsciente. “Será difícil que salga de ésta”, le dijo sin delicadeza una de las enfermeras que lo atendía. Rafael había perdido varios litros de sangre por la úlcera que se le había abierto, como una rosa con el calor del verano. Pese a todo, la fortaleza de Navajas ganó finalmente la partida, aunque había sido necesario practicarle una delicada operación quirúrgica que requirió un periodo prolongado de convalecencia.

         Ni un solo miembro de su familia se acercó a interesarse por él durante el tiempo que permaneció ingresado. Únicamente vinieron a visitarlo algunos amigos y aficionados que se habían enterado de su situación. Françoise, en cambio, se quedó constantemente a su lado mientras estuvo en peligro de muerte. El personal del centro la trataba como si fuese un bicho raro; por el contrario, la joven extranjera se sintió consolada y agradecida ante la actitud solidaria de muchos de los familiares de los enfermos, vecinos de cama de Rafael. 

         Al iniciarse la mejoría, Françoise, sin un céntimo para poder quedarse en la pensión cerca de él, se vio obligada a regresar a la casita de Sanlúcar, donde no iba a estar sola: vino a hacerle compañía Tomás. Rafael le había pedido que cuidara de ella. Los primeros días se sintió incómoda y nerviosa. El joven ciego parecía mudo igualmente: desde que se levantaba con el alba hasta que se acostaba poco después de ponerse el sol, consumía todas las horas sentado y en silencio total debajo de una gran higuera, en la parte oeste de la casa. Ni siquiera venía a comer a la cocina cuando lo llamaba, y, para que no se muriese de hambre, Françoise tenía que llevarle la escasa comida que preparaba.

         Al cabo de un cierto tiempo, comprendiendo tal vez que servía más de carga que de alivio a la compañera de su padre, Tomás cambió de actitud y comenzó a ayudar a la muchacha en algunas tareas cotidianas. Françoise admiraba cómo se desplazaba con precisión y con sus grandes ojos grises abiertos: ¡le costaba trabajo creer que no tuvieran vida! Tomás se transformó rápidamente en un acompañante amable y discreto. Había heredado de Rafael su lado espontáneo e infantil. Tenía un cuerpo bien proporcionado, delgado y enérgico, y de toda su persona emanaba un aire de serenidad.

         Entre los dos jóvenes se fue trabando una extraña relación, mezcla de afecto y prevención. Los días que Françoise no iba a visitar a Rafael, en lenta recuperación, pasaban largos ratos sentados en el porche; Tomás –sonriente en apariencia- sumido en sus impenetrables pensamientos y ella contemplando el atardecer. Desde su posición se podían ver las margas colinas cubiertas de viñedos, las lejanas casas blancas de Chipiona y Sanlúcar, y, difuminando la atmósfera, las majestuosas y melancólicas puestas de sol sobre la banda cenicienta del Atlántico.

         Françoise se maravillaba con la extraordinaria capacidad de percepción sensorial de Tomás, que no podía explicarse sólo por el efecto compensatorio de su ceguera, sino que se situaba más allá de lo puramente físico. El ciego podía anunciar el instante en que alguien iba a llegar al cortijillo varios minutos antes de presentarse, o prever los cambios del tiempo con dos o tres días de antelación, incluso predecía con poco margen de error el día y la hora en que se calmaría el levante. Pero lo que más turbaba a Françoise era su manera de mirarla. No se trataba de algo comparable a la mirada de una persona normal que pusiera la vista, con mayor o menor fijeza, en sus vestidos, sus brazos, su boca o sus ojos. Tomás olía su piel, notaba el calor de su cuerpo, la intensidad y el perfume de su aliento; percibía toda su persona por fuera y por dentro, logrando que se sintiera íntegramente desnuda e inerme.

         Seis semanas duró la extravagante soledad de Françoise junto al hijo de su amante. Rafael regresó del hospital más delgado, demacrado y avejentado, y con menos viveza en los ojos y la voz. Tomás continuó viviendo con ellos: su madre lo había aborrecido por haberse ido a proteger a la extranjera a la casa del padre, y al ciego no le quedaba otro lugar donde refugiarse.

         Françoise supo de inmediato que las relaciones con Navajas no iban a ser las mismas de antes. El cantaor se mostraba muy debilitado por la enfermedad que había estado a punto de acabar con él, además, ella creyó adivinar que se había dañado de forma irreversible algún mecanismo sutil y profundo de su personalidad: por primera vez en su vida, Rafael se mostró humilde y daba la impresión de estar como arrepentido. Françoise se dedicó a cuidarlo y amarlo con todas sus fuerzas, a fin de que se reanimara y de hacerle recuperar su vitalidad de león, pero Navajas la esquivaba delicadamente, pensando que ella se obligaba a darle lo que él no le inspiraba de manera natural.

         La presencia permanente de Tomás se convirtió en un elemento perturbador de la estabilidad de Françoise. Ella seguía considerándolo, sobre todo, como el hijo de Rafael, pero comenzó a notar un cierto malestar ante la súbita aparición de ligeros temblores o sensación de vacío en el estómago cada vez que el joven le hablaba cerca, la rozaba al cruzarse, o con el contacto fugaz de sus manos al pasarse algún objeto.

         Aunque de distinta naturaleza e importancia, otro motivo de preocupación para Françoise era el estado lamentable de la economía de su singular familia; sobrevivían últimamente con las verduras del minúsculo huerto, las gallinas, los conejos del corral, que comenzaron a disminuir, y con los escasos dineros que les había prestado un amigo de Navajas. Rafael esperaba con recelosa impaciencia la celebración de un festival benéfico en su favor que estaba organizando un grupo de aficionados sevillanos.

         A pesar de sus fatigas, o precisamente por eso, cantaba en la casa más a menudo que antes de su enfermedad; lo hacía no tanto por querer estar en buenas condiciones el día de su homenaje, sino porque sentía una honda necesidad de expresar los complejos sentimientos e ideas que se agolpaban en su alma. Su hijo Tomás, sin grandes facultades, le tocaba a veces la guitarra, pero la mayor parte del tiempo Rafael prefería cantar a palo seco, y su voz sonaba con un eco más rancio y enduendado que nunca.

         Cuando llegó la fecha señalada para el festival, Navajas decidió que iría solo a Sevilla, pese a las insistentes peticiones de Françoise para que la dejara acompañarlo. Ella temía que esa noche Rafael volviera a emborracharse y a caer nuevamente enfermo, o no estuviera a la altura de las circunstancias y armase algún escándalo: “Te juro por mis muertos que sólo beberé agua y que estaré aquí por la mañana”, le prometió solemnemente Navajas, quien no había probado una sola gota de vino desde que salió del hospital.

         La verdadera razón de la oposición de Rafael a que su amante fuese con él era que no quería inspirar lástima a nadie, y sentía vergüenza por haber aceptado ese festival benéfico, obligado por la gran necesidad de dinero que tenían. Navajas odiaba la hipocresía y elogios de los muchos amigos falsos que le iban a salir esa noche, y deseaba ahorrarle a Françoise la humillación que sólo él debía sufrir en solitario.

         Después de marcharse Rafael con las personas que vinieron a buscarlo en coche, a Françoise le faltó un tris para irse detrás de él a Sevilla haciendo autostop, pero pensando que Navajas se pondría furioso al encontrarla en el festival, se resignó, angustiada, a quedarse y esperar. Tomás había desaparecido poco antes sin decir una palabra. A veces solía ausentarse y luego resultaba imposible saber en dónde había estado o lo que había hecho. La tarde era muy calurosa y Françoise decidió bajar andando hasta la playa cercana para bañarse, así se refrescaría y calmaría su terrible  desazón. Cuando regresó con el crepúsculo, vio a Tomás sentado en el porche, mirando obstinadamente hacia el poniente con sus ojos muertos.

         Nada más hacerse de noche, Françoise se metió en la cama aun a sabiendas de que no iba a poder dormir en toda la noche. Pensaba que Rafael no cumpliría su promesa y terminaría bebiendo. Recordó las palabras del médico que le había dado el alta en el hospital: “Si quieres acabar pronto, no tienes más que volver a empezar”. ¿Qué haría ella si Navajas se moría? La idea de perderlo se le hacía insoportable: sabía que ya no podría reanudar su vida anterior.

         De repente, oyó abrirse la puerta del dormitorio y el roce apagado de unos pasos que se acercaban hasta su cama. Era Tomás. Françoise se puso en guardia con el corazón palpitante. El ciego se tumbó, rígido, a su lado sin decir una sola palabra; estaba completamente desnudo y ella sintió por un instante la suavidad satinada de su piel. Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde la punta de los pies hasta los cabellos. Tomás la acarició con miedo y ternura; Françoise no hizo nada para rechazarlo y permaneció pasiva: ¡se encontraba tan sola y desamparada!

         Mientras tanto, Rafael Navajas, que se había empeñado en abrir la lista de los cantaores de su homenaje, abandonó inmediatamente el teatro donde se celebraba el festival, y venía camino de regreso en el coche de un aficionado de Chipiona. Cuando lo dejaron delante de su casa, a eso de las cuatro de la mañana, prevalecía una calma absoluta rota levemente por el canto de un grillo. Sentía su corazón desbocado por el deseo de abrazar a Françoise y demostrarle que él sabía cumplir su palabra. Prendió una vela con su mechero y se dirigió con paso quedo hasta la alcoba donde dormía su mujer. Abrió la puerta con sumo cuidado.

         Rafael estuvo a punto de dejar caer la vela de sus manos al tiempo que un sudor frío le empapaba todo el cuerpo. Sintió un vértigo mortal y tuvo que apoyarse en una silla para no rodar por el suelo. En la cama dormían confiadamente su hijo y Françoise. Tomás reposaba su cabeza sobre el hombro de la muchacha que lo mantenía abrazado como una madre. Pensó en sacar la navaja y degollarlos en el acto; sin embargo, los actos no fueron capaces de obedecer a sus intenciones. Al tenue resplandor de la llama, los dos jóvenes parecían más que amantes, dos niños indefensos que hubieran dormido juntos para espantar el miedo.

         Rafael se quedó paralizado contemplándolos y sin atreverse a tomar una resolución. Luego, agarró de una silla la ropa de Françoise y la despertó lanzando alaridos y amenazas: su aspecto era idéntico al de una fiera herida. Tomás dio un salto y salió despavorido del cuarto golpeándose con los escasos muebles. Françoise se incorporó y permaneció sentada en la cama sin comprender aún lo que ocurría. Rafael le gritaba ordenándole que se vistiera y se marchara de inmediato para no volver jamás; su rostro estaba macilento y desencajado como el de un ajusticiado.

         Françoise sólo reaccionó al cabo de unos instantes: si lo obedecía, no lo vería nunca más, pero si se resistía, Navajas iba a matarla no permitiéndole siquiera darle una explicación de lo que había sucedido. Entonces, le arrebató la vela y, antes de que él pudiera evitarlo, se paso repetidamente la llama por los ojos abiertos. Rafael la miró espantado y cuando se la quitó de un manotazo, era demasiado tarde y la muchacha se había desmayado.

         Loco de dolor, Navajas se sentó en el borde de la cama, abrazó amorosamente a Françoise y, meciéndola como a una niña chica, lloró sin consuelo hasta las claras del día.

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. El managerísimo del flamenco

21. José Antonio Pulpón,

El managerísimo del flamenco español
(Publicada el 21 de julio de 1990)

Achaca su mala imagen a la envidia

Por su apellido parecía predestinado a convertirse en el hombre más influyente del negocio del flamenco. José Antonio Pulpón: representante artístico como indica su tarjeta de visita. Manager desde hace muchos años de la gran mayoría de artistas flamencos: Camarón, José Menese, Mercé, Enrique de Melchor, Juan Habichuela, Pansequito, El Cabrero y una lista extensa de primeras y segundas figuras. No existe recital, festival o espectáculo flamenco en Sevilla, Granada, Madrid, Nueva York, Tokio o Alcalá de Guadaira, en el que su firma no intervenga. Sus decisiones cuentan en todas partes, y son escasos los profesionales que escapen a sus “tentáculos”.
Tanto poder y control no dejan lugar a la indiferencia. Encontramos opiniones que lo defienden y justifican, cuyos autores quisieran quedar en el anonimato, pero existen también las voces de sus detractores que, igual que los anteriores, prefieren ver sus nombres silenciados.
Orgullo de madrileño
Vecino de Sevilla, J. A. Pulpón manifiesta altivamente haber nacido en Madrid: Me bautizaron en la iglesia de San Miguel, en la calle del General Ricardos, fui al colegio nacional “Concepción Arenal” y estudié el bachillerato en el Instituto “Cervantes”.
Un hombre denostado
Las causas de su mala imagen las achaca al dinero, a la vanidad y al resentimiento de los mediocres: Como no se apuntan a ningún sindicato pues no tienen más remedio que echarme toda la culpa a mí. Yo no sé lo que son las vacaciones, he reventado cincuenta coches y he fracasado al intentar promocionar a intérpretes sin renombre. Organicé un festival con los nombres que me pasó una emisora de radio que me atacaba mucho. Se hizo propaganda, se montó todo muy bien, y no sacamos ni para los gastos del escenario. Se queja de que los artistas a los que le va bien con él no lo confiesen y le duele que haya otros a los que ha ayudado en numerosas ocasiones y lo traten de explotador y de mil cosas peores: Pero el artista que no vale, aunque yo vaya a Lourdes –que no voy- nunca va a cantar bien.
Inventor del festival flamenco
Después de la guerra, el flamenco iba a los teatros y a los cines de verano al tanto por ciento. Los artistas no levantaban cabeza porque los empresarios se llevaban el 50 por ciento. Entonces decidí emanciparme de ellos y creé como un monopolio, como una idea, y, junto con Antonio Mairena, del que me honro en haber sido su representante, creamos el festival.
No distingue a payos de gitanos
Para José Antonio Pulpón no existe el racismo: Me llevo bien con todos los artistas, sin distinción de origen racial, y me considero un empleado laboral de ellos. Y estoy muy orgulloso de ser el secretario de la Fundación Tagore para la educación de los niños gitanos. En cuanto a sus preferencias personales se niega rotundamente a dar nombres de sus artistas favoritos y solamente accede a mencionar a sus preferidos más jóvenes: José Mercé, Juana la del Revuelo, el niño de Terremoto y Jerónimo.
Las instituciones oficiales.
Confía en que las instituciones ayuden al flamenco, y piensa que son sensibles al mismo, sobre todo en Andalucía, porque aquí es una cosa política, pero creo que los poderes públicos tienen que favorecer más aún a la música española y en particular a los artistas de tipo medio. Aquí estamos en socialismo, sin embargo hay comisiones de festejos que se olvidan de quiénes son y de dónde vienen, y no quieren contratar más que a los grandes que cobran de cuatro millones para arriba y absorben todo el presupuesto.
Dedicación al flamenco
Afirma ser un gran aficionao y pone como prueba su larga carrera de 45 años como representante de artistas: Además, todo se lo debo al flamenco: nombre, dinero y haberme codeado con reyes y personalidades muy importantes del mundo entero. Aunque me he ocupado de otros géneros musicales –fui representante de Isabel Pantoja durante nueve años- toda mi vida la he dedicado al flamenco. Por eso me alegro muchísimo del buen momento actual de este arte, que se debe que en España hay ahora más cultura.

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Espacio de Balbino. Escritos Flamencos. “Flamenco con acento extranjero”

Esta entrevista forma parte de las numerosas e importantes que realicé durante mis años de colaborador de flamenco en diarios y revistas de Madrid. Mi intención es seguir recordándolas en sucesivas entregas a WordPress.

20. Flamenco universal

Balbino Gutiérrez

Publicada en El Sol el 25 de septiembre de 1990
Flamenco con acento extranjero.
Artistas de todo el mundo participan en la VI Bienal de Sevilla.

Había que tener ojos y oídos sensibles o ser un fino especialista para diferenciarlos de sus compañeros españoles. Sólo ciertos rasgos típicos orientales y los nombres de consonancias ultra pirenaicas, recordaban que estábamos asistiendo al festival protagonizado por los artistas flamencos del mundo.
Era la “Noche de la Carbonería”, el festival de los locos por el flamenco. Allí estabn esos hombres y mujeres procedentes de los cuatro puntos cardinales del planeta, cuyas vidas se transformaron el día que oyeron por vez primera la notas de una guitarra, vieron bailar o escucharon el grito de una siguiriya. La Bienal estaba obligada a incluir intérpretes de otros países para reflejar la creciente universalización del flamenco, comentaba Ana Ferrand, responsable de prensa de la organización.
Alternando con los artistas españoles invitados, actuaron bailaoras japonesas, guitarristas italianos, franceses, canadienses y un cantaor estadounidense. Todos compartían la misma ilusión y sentían el peso de la responsabilidad por encontrarse ante el público sevillano. Tengo mucha alegría y mucho “canguelo” en el cuerpo, confesaba pocas horas antes de saliral escenario Tsuneko Irimajiri, una joven bailaora de la isla de Kotchi en el sur de Japón. Bien supo disimularlo bailando por soleá y bulerías, vestida con una hermosa bata de cola, con las que cerró la noche. Antes, sus compañeras de grupo, Tomaki Ishi y Yeshimi Yamasaki hicieron soleá y tarantos, arrancando los aplausos más calurosos hasta ese momento.
En la primera parte, el festival transcurrió entre altibajos, y algunos delos intérpretes no pasaron de la consideración de buenos alumnos. La máxima atención la acaparaba un cantaor de California, único cantaor no español del programa. “El Quijote” (Richard Black), 45 años, dos metros cinco centímetros de estatura, pelirrojo y con ojos azules. Él no sentía ninguna inquietud por el trance que le aguardaba: Yo canto en Sevilla más a gusto que en mi país, decía este gigante de la costa oeste, diseñador de yates de profesión y cantante de folk antes dde descubrir el flamenco: Hace treinta años que soy aficionao y siempre que tengo unos días libres me voy para Andalucía. “El Quijote” cantó siempre a compás por soleares, en las que dejo oír su inevitable acento norteamericano, con influencias de sus maestros gitanos: El Perrate, Manolito de María y Juan Talega. “El Quijote entiende el cante porque lleva veinte años cantando, y todo el que sepa algo de flamenco sabe que su cante va medido. Lo que le falta es la pronunciación porque él no es de aquí, me comentaba con respeto Antonio González, un joven guitarrista granaíno.
Richard Black fue acompañado al toque por Kenny Parker, un judío nacido en Nueva York hace 43 años, y doctor en psicología en San Francisco: Llegué a Lebrija con 22 años buscando al guitarrista Pedro Peña, y solamente sabía decir cuatro palabras en español, fino La Ina y Tío Pepe, decía sonriendo. Con anterioridad, Kenny había secundado también al baile a una paisana suya de la ciudad del Golden Gate, La Mónica, que bailó con mucho salero por alegrías: Es que soy profesora de baile flamenco en San Francisco y empecé a estudiarlo con 8 años, declaró después de la fiesta, tratando de justificarse por los elogios de unos admiradores.
Entre los intérpretes extranjeros destacaron principalmente Yerbita, francés, y el inglés Ian Davies. El primero se negó rotundamente a desvelar su verdadero nombre, en su afán de identificación con el arte al que se consagra desde los 12 años. Yerbita es un profesional del flamenco: Sí, sí, me decidí a vivir del flamenco, porque era la única forma de poder conocerlo a fondo. Su toque por siguiriyas y tarantas, nervios aparte, sonó armónico y con sentido natural del compás; así pudo demostrar que no había elegido un mal camino. El londinense Ian Davies es otro ejemplo de pasión desbordada por la guitarra flamenca: Empecé a dedicarme desde que era niño. Después vine a Madrid, toqué durante cuatro años en el Café de Chinitas, y formé parte de un trío que dirigía Serranito, que me acogió con mucho cariño. Hace poco he acabado de grabar un disco en solitario. Davies se considera un purista y se muestra pesimista ante la evolución del flamenco: Me temo que la fusión con el jazz y el rock acabe beneficiando más a los ingleses y a los norteamericanos que a los españoles.
Sin duda, el triunfador del Festival fue Norihiro Takahashi, procedente de una pequeña islas del norte de Japón, donde siempre nieva mucho, y residente en Tokio. Además de formar parte del cuadro que arropó a las tres flamenquísimas niponas, tocó en solitario por granaínas en un tono más que sobresaliente. No en vano, el año pasado ganó el primer premio de guitarra en otra Bienal Flamenca que se celebra en la capital de Japón, y de la que muy poca gente conoce su existencia. ¡ Y luego habrá quienes se rasguen las vestiduras cuando oyen hablar de los artistas guiris!

Nota bene:
Juan Fernández Blázquez, taxista sevillano: Perdone que le lleve la contraria, pero me extrña mucho que en Triana vayan a cantar flamenco los extranjeros.
Andrés Marín, joven bailaor sevillano: Yo creo que los extranjeros son personas sensibles que tienen arte como todo el mundo, y creo que se les tiene que dar paso porque pueden llegar a ser tan buenos como cualquiera de nosotros.
José de la Margara, cantaor: Este festival es una prueba de la universaidad del flamenco, y una recompensa para los artistas españoles que dejan escuela en todos los países.

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Palabras de flamencos

A lo largo de mis años de crítico de flamenco pude realizar una serie de entrevistas de muchas de las personalidades más influyentes del arte flamenco. La cantidad y la importancia de los personajes entrevistados  acumulan materia valiosísima para la edición de un libro, a cuyo futuro y desconocido editor deseo proponer desde este blog.

Sigue la relación de entrevistados y entrevistadas cuyas palabras fueron publicadas en las páginas de revistas y, sobre todo, diarios nacionales:

Relación de entrevistas publicadas

 

  1. De cantaores y cantaoras

-Camarón de la Isla (el último mito)

-Enrique Morente (un cantaor-artista para la historia)

-José Menese (el cantaor tutelado)

-Carmen Linares (y el cante se hizo mujer)

-José Mercé ( salto a la fama)

-Remedios Amaya (una princesa gitana)

-El Pele ( la apuesta arriesgada)

-Lole y Manuel (la corriente hippy)

-Estrella Morente (joven maestra)

-Miguel Poveda (joven maestro)

 

  1. de bailaores y bailaoras

-Cristina Hoyos (una creadora de sueños)

-El Güito (un estilista flamenco)

 

III. De tocaores y guitarristas

-Victor Monge Serranito (el clasicismo de la guitarra)

-Paco de Lucía (la guitarra se rebela)

-Pepe Habichuela (el sabor de la tradición)

-Gerardo Núñez (pisando fuerte en su propia senda)

-Rafael Riqueni (un soplo de lirismo)

-Vicente Amigo (el delfín)

-Tomatito (el fiel escudero)

 

  1. De dinastías flamencas

-Los Habichuela (casa gitana de arte)

-De Nuevos Flamencos

-Ketama (al límite de lo posible)

 

  1. Flamenco extranjero

-De guiris, maravillosos guiris

 

  1. De compañeros de viaje

-José Antonio Pulpón (el “padrino” del flamenco)

-Carlos Saura (la mirada jonda)

-Félix Grande (la poesía enamorada)

-José Luis Ortiz Nuevo (orden y locura)

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Periodismo de recortes

Periodismo de recortes

Quiero expresar una protesta por el tipo de tratamiento indolente y ficticio que la agencia Europa Press le ha dado a la presentación de la tercera edición del libro, Enrique Morente. La voz libre, publicado por la Fundación SGAE y que tuvo lugar el día 18 de abril a las 12 horas en la sala Manuel de Falla de la sede madrileña.

La breve nota de prensa, difundida por un buen número de medios nacionales, comienza diciendo: “Balbino Gutiérrez homenajea a Enrique Morente en su último libro” y como subtítulo: “Enrique Morente, La voz libre, el homenaje al cantaor granadino”. Luego en el texto encontramos afirmaciones como que el libro “fue presentado el miércoles en la sociedad general de Actores (Sgae)” o esta otra “al acto de presentación acudieron su viuda Aurora Carbonell y su hija Soleá Morente”. En un tercer párrafo se resumía (se despachaba) el contenido del libro con cuatro datos y cinco líneas y media exactamente, en la que se vertía una información minúscula y sesgada de un libro de 729 páginas, dividido en 7 partes y 29 capítulos…

Como quiera que la nota de prensa distribuida lleva la fecha del 19 de abril de 2018 a las 10h05 y la presentación comenzó a las 12h30 quedaría demostrado que la Agencia se inventó el contenido de la noticia, y no habría mucho más que añadir para tachar de irresponsable al autor/a de la misma. Pero con ser grave la ligereza informativa no sería suficiente quedarnos ahí.

Aun siendo un homenaje implícito global a la obra del artista, Enrique Morente, la voz libre no se presentó como homenaje explicito sino como lo que es. Una tercera edición revisada y aumentada que se suma a la 1ª y 2ª publicadas en 1996 y 2006. Es decir estamos ante un libro casi único en la historiografía del flamenco por cuanto ha ido creciendo con el biografiado de manera sincrónica a lo largo de 20 años, y no obedece al impulso más o menos oportuno que suelen tener los actos u obras de homenaje a personajes fallecidos.

Y para terminar, destacar dos detalles que muestran la falta de profesionalidad que emana de esta noticia creada y distribuida por Europa Pres. Recordamos que a la SGAE se la llama “Sociedad General de Actores” cuando es de sobra conocido que las siglas se refieren a Sociedad General de Autores y Editores. Y por último: Soleá Morente no pudo asistir como previsto a la presentación del libro, por estar inmersa en la preparación del concierto que tenía que ofrecer ese mismo día a las 22h30 en el Teatro Lara, en Madrid.

Balbino Gutiérrez

23 de abril de 2018, día del libro.

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Premio de Honor SGAE 1998 a Enrique Morente

En vísperas de la presentación en Madrid de la 3ª edición del libro, Enrique Morente. La voz libre, creo conveniente saludar tan feliz iniciativa con el texto que escribí en 1998 para glosar el Premio de Honor de la SGAE al maestro Enrique Morente.

 

Enrique Morente, libertad y creación.

El cantaor granadino, recién cumplidos sus 63 años de vida se encuentra en el momento más dulce de su larga carrera, libre y creadora. En los últimos tiempos, y tras haber recorrido anteriormente un camino sembrado a veces de espinas, se ha convertido en un coleccionista de premios y elogios. De los primeros posee algunos de los más importantes que se conceden en España dentro de la musica en general y en el flamenco en particular: Premio Nacional del Ministerio de Cultura, Compás del cante, Galardón Calle de Alcalá, Premio de Honor de la SGAE, el Pastora Pavón Niña de los Peines, El Castillete minero de la Unión, la Medalla de Andalucía…A este respecto, el poeta Luis García Montero, su amigo y exegeta circunstancial, señalaba en 1995 a propósito del acto de entrega a Morente de la medalla al mérito artístico de la Fundación Rodríguez Acosta de Granada: “…En los últimos meses Enrique Morente ha recibido numerosos premios. Las condecoraciones y los homenajes son ya una costumbre, que él acepta con timidez agradecida, pero con los dedos cruzados. En los ojos de Enrique hay siempre un pudor penetrante, una segunda sabiduría. Guarda silencio, mira, se toma la molestia de escuchar, sonríe, deja que pase el tiempo, se limita a seguir con su copa, y su silencio, lo mismo que el decoro de su mirada, no significan falta de opinión, sino toda una experiencia de la vida, una respetuosa seguridad en sí mismo, la lección de todo lo que ya sabe, de todo lo que ha visto…”.

La actitud sinceramente humilde de Morente ante los honores, que describe tan certeramente el poeta granadino -también Premio Nacional de Poesía-, se corresponde a la perfección con la personalidad libre del hombre, que nunca fue eclipsada por la del artista: “Nuestro arte nos hace independientes, no hace falta que seamos independentistas, porque nuestro arte nos hace independientes“, declaró Enrique Morente en la entrega del Premio Pastora Pavón a la mejor trayectoria en el ámbito del flamenco, y en respuesta a la entonces Consejera de Cultura, Carmen Calvo, quien había dicho previamente: “Este premio se le otorga por su amor al clasicismo y por su rebeldía, todo ello desde el andalucismo”. En otras ocasiones, así comentaba el cantaor los últimos premios recibidos : “En esta vida hay que ser agradecido, y yo lo soy, pero no puedo evitar sentir que todo eso le está sucediendo a otro. Los premios se los dan a una persona, a un Enrique Morente que es como fue hace uno, cinco o diez años. Pero aquel ya no soy yo… Los premios me sirven de estímulo, pero a mí me mueven otras cosas”.

Las “cosas” que mueven a Enrique Morente son aquellas por las que lucha y ha luchado a lo largo de su carrera y han hecho de él un artista imprescindible, “todo un lujo para nuestra época”; y, citando nuevamente a Luis G. Montero, éste afirmaba: “Enrique Morente supone más que una figura del flamenco, significa una manera de estar y vivir en el arte, un modo de situarse en las encrucijadas de la creación…”. Sí, creador de uno de los repertorios más extensos y posiblemente el más importante desde el punto de vista ético y estético de toda la historia del Flamenco. Creador e intérprete de sinfonías flamencas, de bandas de música para el teatro, cine y televisión; actor, autor, poeta, productor; adaptador al flamenco del mayor número de poemas y textos diversos, compositor de sus ‘morentinas’… “Una vez le puso música a Las Arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca, y ahora le está cantando a Edipo coplas que huelen a tierra de Tebas y a los vinos de Chipre”, dijo de él, el desaparecido Adolfo Marsillach, que añadía emocionado: “…En Zambra (el tablao) enpezó a mi jicio, la bonita historia de un hombre tímido y luminoso al mismo tiempo, que canta como los ángeles. O mejor, porque no sé yo si los ángeles serían capaces de cantar con tanta filigrana, no fuera a ocurrir que el altísimo se encelara al escucharlos”.

Decía al principio que Enrique Morente coleccionaba también elogios. Elogio blasfemo como el publicado en el mes de febrero de 2006 en La Vanguardia por su crítico musical Mingus B. Formentor: “Gloria a ti en las alturas”. O elogio patriótico como el de Carles Torra en 1997, lanzado igualmente desde La Vanguardia: “Gracias Morente, muchas gracias. Tu presencia en nuestros escenarios nos hace más catalanes y muchísimo más universales”. O este otro de entrega total como el de Ángel Álvarez Caballero tras el último paso del cantaor por el Teatro Albéniz de Madrid: “Morente se confirmó una vez más como un creador de excepción en el cante flamenco de esta época…Tiene grandeza, tene duende, tiene jondura. Pocas veces un cantaor nos deja una sensación tan plena de conformidad, de aplauso sin límites en nuestro interior…En esta época tan avara de auténticos valores del flamenco es evidente que los cantaores del tipo de Enrique Morente brillan por su ausencia. Sólo hay éste y debemos mimarle para que dure, a ver si en el ínterin surgen otros que ocupen su lugar”. Entrega incondicional que no estuvo ausente de agravios en el pasado, como el crítico citado no tuvo reparos en reconocer valientemente hace ya algunos años: “…Y cuando surgió un cantaor con vocación y verdadera capacidad inventiva, casi, casi, lo crucificamos. Hablo de Enrique Morente, una figura absolutamente singular en la panorámica del cante actual. Excelente conocedor e intérprete del cante clásico, llegó un momento en que la ortodoxia ‘pura y dura’ dejó de ser suficiente para él y fue cambiando, intentando cosas nuevas… Todo esto le costó a Morente, sangre, sudor y lágrimas …”. Y también risas. Morente no ha dejado nunca de sonreír. Su proverbial ironía. Y como decía Borja Casani, editor del disco Omega: “Pero dejemos las palabras por respeto a su imbatible sentido del humor”.

Sentido del humor y generosidad. Nada más llegarle la noticia de su Premio Nacional de Música, Morente declaró que se lo brindaba a todos los compañeros de la profesión. Y la noche del 16 de abril de 1999, en que recibió el Premio de Honor de la SGAE 1998, en la gala que se celebró en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid, y presentada por el Gran Wyoming, Enrique estuvo celebrándolo luego con el que fuera su joven guitarrista Manzanita, que también se le fue para siempre, como Camarón, como Luis Habichuela. Seguro que a todos ellos y a cuantos estuvieron alguna vez a su lado, Enrique Morente volverá a brindar el homenaje y los honores que a él, con grandes merecimientos, se le tributan.

 

 

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Felicitaciones

Deseo felicitar el año 2018 a todos los amigos y amigas con las doce coplas populares que siguen, extraídas del primer capítulo de mi libro: Crónica del querer, publicado por la Editorial Hiperión de Madrid, en 1996)

1 Cuando te vi de venir

le dije a mi corazón:

¡qué bonita piedrecita

para dar un tropezón!

 

2  Bendito Dios, morenita,

qué buena moza te has hecho,

delgadita de cintura,

y abultadita de pecho.

 

3   La vi por la serranía:

pintores no la pintaran,

bonita como venía.

 

4   Todo el mundo traigo andao

y no he podido encontrar

ojitos como los tuyos

ni en Francia ni en Portugal.

 

5   De rosas, de claveles

y alhelíes

se te llena la boca

cuando te ríes.

 

6   El limón con la canela

la rosa con el jazmín,

así me huelen tus carnes

cuando yo me arrimo a ti.

 

7   Es tanta la claridad

que de tu ventana sale,

que dice la vecindad:

“ya está la luna en la calle”.

 

8   Cuando va andando,

rosas y lirios

va derramando.

 

9   Chiquilla, valientemente,

Dios te dio sabiduría;

una palabrita tuya

vale por doscientas mías.

 

10   Cómo quieres que en las olas

no haya perlas a millares

si en la orillita del mar

te vi llorando una tarde.

 

11   Por las trenzas de tu pelo

un canario se subía,

se paraba en tu frente.

y en tu boquita bebía

creyendo que era una fuente.

 

12  Señor alcalde mayor,

no prenda usted a los ladrones,

porque tiene usté una hija

que roba los corazones.

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Kiki Morente.

Kiki Morente. Albayzín

En nombre del padre

Albayzín es el título del primer trabajo discográfico de José Enrique Morente Carbonell, Kiki Morente, editado por Universal Music. Acertado título para un álbum que respira Granada y granadinos por los cuatro costados: los Morente y los Habichuela. De estos, encontramos A Juan –gracias a la tecnología-, Pepe,  a Juan Carmona “Camborio”, Josemi Carmona y Juan Habichuela nieto. Todos ellos como acompañantes instrumentales o productores, arropando al benjamín de la casa, que también lo está, arropado por sus hermanas, Estrella y Soleá y el soplo de inspiración del padre, el “gran” Enrique Morente, como se suele decir con respeto desde hace unos años. Rafael Riqueni, Juan Carlos Romero, Montoyita y Jalal Chekara también entran en la lista de artistas colaboradores de Kiki, que lo fueron en numerosas ocasiones de Enrique Morente para dar sensación de continuidad con el pasado, de que todo sigue igual; ¿todo?, no, las voces principales han cambiado. Ahora escuchamos una voz nueva que recuerda a la del gran padre, pero que se afirma con originalidad propia, con un aire jubiloso y moderno como corresponde al cambio de los tiempos. ¿Qué sentido tendría que Kiki imitase y plagiase al padre? No lo tendría y sería un error, pero eso no significa que lo ignore o quebrante. En estos sus primeros diez palos flamencos grabados, Kiki Morente se encomienda al padre, pero sabiendo afirmar brillantemente e inteligentemente su propia experiencia y personalidad.

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