Llanto por Enrique Morente

Hoy, día 13 de junio, casi a las cinco en punto de la tarde se cumple medio año desde que Enrique Morente dejó de existir. El tiempo, ese gran anestesista de la pena, ha hecho ya en parte su trabajo; lo que no podrá, sin embargo, hacer nunca es cerrar la herida, la profunda herida que nos deja la persona que queremos y admiramos cuando se marcha para siempre.
Han pasado seis meses y parece que fue tan sólo ayer cuando recibimos el impacto del “hachazo invisible y homicida”. Durante este tiempo hemos conocido y transitado por diferentes estados de ánimo: estupor dolor, rabia, mucha rabia contra el destino que nos privó de su voz, su genio, su arte, convirtiendo este mundo en algo un poco más feo de lo que a veces es.
Durante este tiempo hemos tenido la ocasión de hablar con muchos amigos y compañeros de Enrique Morente, gentes que lo quisieron y admiraron sinceramente, y en todos hay palabras coincidentes acerca de la orfandad fraternal y artística en la que nos ha dejado el gran maestro del cante flamenco, del cante jondo; el gran maestro de la vida y el arte.
Otra coincidencia (paradójica con la anterior) entre las gentes que lo quisimos está en la opinión de que Morente sigue vivo. Y, en efecto, lo seguirá mientras hablemos con afección y respeto de él, y, sobre todo, lo seguirá mientras recordemos su obra. Y hay una de la que yo al menos no podía hablar cuando la costra de la llaga estaba todavía blanda . Me refiero al último trabajo discográfico en estudio de Enrique Morente: Llanto.

 
Se trata de una obra realizada para la Casa-Museo Federico García Lorca de Fuente Vaqueros, que Enrique entregó a principios del fatídico 2010, y de la que me hizo escuchar unas primicias, cuando aún no estaba terminada. Decía que durante estos últimos meses no me apetecía hablar de ella y hasta me era penoso volver a oírla por la carga sentimental que me producía escuchar a Enrique Morente entonando su propio réquiem…
¿Pues qué otra cosa si no podía sugerir su audición? En Llanto, el maestro alcanza el límite soportable de la emoción, como si presintiera o temiera que no sólo estaba cantando los versos que Lorca dedicó a la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías, sino que estaba cantándolos también para su propia muerte…”La cogida y la muerte” y “Alma ausente”, la primera y cuarta parte de la genial elegía del poeta de Granada sirvieron a Morente de soporte literario y literal. Luego, el cantaor de Granada puso todo lo demás con su no menos genial invención musical en tres cortes repletos de angustia y sabiduría.
Para la composición del primero – un austero lamento fúnebre- recurre a sus procedimientos complejos de construcción, mostrados anteriormente en temas como “Omega” del Omega, o “Martinete” y “La última carta” de Miguel de Cervantes, ambos del disco Morente, sueña la Alhambra. En el segundo corte se despoja de los elementos electrónicos y vocales utilizados antes, para acompañarse a sí mismo con los solos y sencillos acordes de su guitarra por aires sutiles de soleares, que dan paso a otros no menos sutiles de fandango con remotos ecos de Caracol, al que Morente recordó en numerosas ocasiones a lo largo de su carrera.
El tercer corte, en el que vuelve a los versos de “La cogida y la muerte”, estos los va encadenando a base de la alternancia de recitativos con tonos de siguiriyas y saetas, pero ahora sin acompañamiento alguno, con el único eco de su voz, con esa voz hiriente y poderosa que fue ganando en los últimos años de su vida , una vida que Morente perdió casi a las cinco en punto de la tarde -como escribió su venerado Federico-, hace exactamente seis meses, seis, un 13 de diciembre de 2010.
Balbino Gutiérrez 13 de junio de 2011

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Enrique Morente. La voz libre (texto en castellano)

‘La voz libre’, la nueva biografía del cantaor
flamenco Enrique Morente, ve la luz

El libro de Balbino Gutiérrez sintetiza cuarenta años de trayectoria artística

Silvia Calado Madrid, 29 de mayo de 2006

Tal fue el salto que dio la trayectoria artística de Enrique Morente a raíz de ‘Omega’, que su biógrafo, el escritor granadino Balbino Gutiérrez, se ha visto abocado a reescribir y actualizar ‘La voz libre’. Diez años después de la primera edición, ve la luz “un nuevo libro” que culmina en la actuación de Enrique Morente con el grupo neoyorquino Sonic Youth en Valencia. Una honda biografía, cientos de referencias periodísticas, entrevistas, comentarios de otros artistas de su entorno, las letras de los cantes… conforman el contenido de este libro que se presentó en la sede madrileña de la Sociedad General de Autores Españoles (Sgae) el pasado 29 de mayo, en presencia del autor, el cineasta Carlos Saura y el cantaor de ‘La voz libre’.

Con la promesa de “leer el libro esta misma semana” y el reconocimiento de lo emocionante del acto, Enrique Morente irrumpió en la presentación de su segundo libro biográfico, ‘La voz libre’. Y es que, echándole la culpa a Ramón el Portugués, justificó el retraso con que llegó a la repleta sala de la Sgae. Ante compañeros como Carmen Linares y Juan Habichuela, el cantaor granadino tuvo unas palabras más para el flamenco que para sí mismo. No sin antes recordar el rodaje de ‘Flamenco’, donde se empeñó en cantar una seguiriya en lugar de la malagueña que Isidro Muñoz tenía en el guión, alertó sobre las dificultades del cante para abrirse paso en el mundo. “Pero prefiero que seamos menos conocidos y más amados”, sentenció. Y resaltó que “lo importante es que la creación no para, pues el flamenco lo mantienen en pie los profesionales que estudian para poder crear”.

Pulsa sobre la imagen para ver a mayor tamaño:

Carlos Saura dedicó su turno de palabra a subrayar los paralelismos entre su biografía artística y la de Morente: “Me veo reflejado en su vida, sobre todo, en el tránsito vital durante la posguerra española, en el deseo de impregnarse de los maestros, en saber aprender de las incomprensiones de la crítica”. Y recordando los dos rodajes con el cantaor -‘Flamenco’ e ‘Iberia’- confesó que “me hace llorar cuando lo veo y lo oigo, pues me gusta su sensibilidad tan extrema, que hace que uno se sienta transportado”.

Balbino Gutiérrez hizo, ante todo, gala de humildad en la presentación de su libro: “No sé si lo que he hecho está a la altura de alguien que ya ha entrado en la historia”. Y desgranó los entresijos de estas trescientas nuevas páginas que se nutren de entrevistas propias a Enrique Morente y a su entorno, cientos de recortes de prensa escrita y digital, letras de los cantes, discografía y fotografías de varios autores reproducidas en blanco y negro. Además, dejó caer que siendo “un personaje que sigue vivo, muy vivo, quizás haya una tercera parte”.

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Enrique Morente. La voz libre

‘La voz libre’, the new biography of cantaor
flamenco Enrique Morente, comes out

The book by Balbino Gutiérrez synthesizes his forty-year career as an artist

Silvia Calado. Madrid, May 29th, 2006

Such was the leap in Enrique Morente’s artistic career as a result of ‘Omega’ that his biographer, Granada-born writer Balbino Gutiérrez, found himself obliged to rewrite and update ‘La voz libre’. Ten years after the first edition, “a new book” comes out which culminates in Enrique Morente’s performance with the New York group Sonic Youth in Valencia. A deep biography, hundreds of journalistic references, interviews, comments by other artists surrounding him, lyrics to the cantes… make up the contents of this book which was presented at the Madrid headquarters of the General Society of Spanish Authors (SGAE) on May 29th, in the presence of the author, filmmaker Carlos Saura and the cantaor of ‘La voz libre’.

With the promise of “reading the book this very week” and recognizing how exciting the act was, Enrique Morente burst into the presentation of his second biography, ‘La voz libre’. And the thing is that he justified his delay in reaching the SGAE’s jam-packed hall by blaming Ramón el Portugués. In front of colleagues such as Carmen Linares and Juan Habichuela, the Granada-born cantaor uttered words more for flamenco than for himself. Not without first recalling the shooting of ‘Flamenco’, where he endeavored to sing a seguiriya instead of the malagueña that Isidro Muñoz had in the script, he alerted of the troubles cante faces to make its way in the world. “But I’d rather we were lesser known and more loved”, he judged. And he pointed out that “the important thing is for creation not to stop, since flamenco is kept standing by professionals who study to be able to create”.

Click the image to enlarge:
 2006 edition
Frames from “Enrique Morente: La voz libre”

Carlos Saura devoted his turn to speak to underlining the parallelisms between his biography as an artist and that of Morente: “I see my own reflection in his life, especially during the period following the Spanish Civil War, in the desire to soak things up from the maestros, in knowing how to learn from the critics’ incomprehension”. And remembering the two shootings with the cantaor – ‘Flamenco’ and ‘Iberia’ – he admitted that “he makes me cry when I see him and I hear him, since I like his so extreme sensitivity, which makes you feel swept off your feet”.

Balbino Gutiérrez made a show, above all, of humility in the presentation of his book: “I don’t know if what I’ve done is up to the level of someone who’s already gone down in history”. And he spoke of the ins and outs of the three hundred new pages feeding on interviews with Enrique Morente himself and those surrounding him, hundreds of clippings from the print and digital press, lyrics to the cantes, discography and photographs by several authors in black-and-white prints. Moreover, he dropped the hint that as he is “a personage who’s still alive, very much alive, there might be a third book”.

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Relatos de Balbino: La ciega

 

 

 LA CIEGA

Balbino Gutiérrez, a la memoria de Fernando Quiñones 

 

 

Quien hubiera conocido en su juventud a Françoise Rucquoi, una joven belga muy atractiva, de piel pulida y marfileña, difícilmente podría identificarla con la mujer madura, hermosa y morena, que se puede ver sentada permanentemente en el porche de un cortijillo blanco, cuando se pasa por la carretera que va de Sanlúcar al Puerto de Santa María.

         La modesta casa –de techo plano y expuesta a los vientos abrasadores del levante- era la vivienda de Rafael Núñez “El Navajas”, un heterodoxo cantaor gitano de insólita biografía. Françoise había conocido a Navajas (cuyo apodo le venía de su madre, una vieja cantaora, dueña de un pequeño bazar en el barrio de la Viña de Cádiz, donde vendía principalmente cuchillos), al acabar una actuación del flamenco en Sevilla. La joven extranjera gustó mucho al artista, y ella quedó fascinada por la presencia magnética del gitano: “Mitad chulo, mitad junco”, como lo definió en una ocasión un aficionado flamenco y gran admirador suyo. Percibió que era un hombre totalmente distinto a los que había frecuentado hasta entonces, y le sedujo la vehemencia y pureza del deseo de poseerla que Rafael le manifestó desde el mismo momento de verla. A partir de esa noche, no iban a separarse jamás.

         Françoise comenzó a sentir unas vivencias situadas en el polo opuesto de las conocidas hasta entonces. Descubrió que fuera de los recitales y fiestas del artista, Rafael era una persona asocial y solitaria; sin embargo, a su lado dejó de notar la sensación de separación con el mundo y la soledad que la había acompañado a lo largo de toda su vida. Navajas era un ser instintivo y tan cerca de sí mismo que podía prescindir de las cosas, las actividades y las relaciones que la mayoría de la gente necesita para soportar la alineación y el tedio cotidianos.

         Rafael el Navajas arrastraba una aureola de hombre y artista maldito, marginado entre los marginados y proscrito por su gente. Cuando era muy joven desamparó de “repronto”, como él decía, a su mujer y a su hijo –ciego de nacimiento- para juntarse con la hija de un millonario japonés, con la que vivió dos años seguidos. Además de esas relaciones duraderas, tuvo encuentros más o menos efímeros con un número incalculable de mujeres. Se jactaba de haberles hecho más de cincuenta chiquillos repartidos por el mundo entero, y,  en momentos de euforia soez, solía afirmar fanfarrón: “Tengo la picha esollá de tanto follar”.

         Como cantaor poseía una voz bronca y profunda (que los entendidos llaman afillá), alimentada por sus viejas raíces flamencas, capaz de expresar los cantes y melismas más difíciles con acentos y cadencias inimitables. Sus actuaciones eran imprevisibles tanto en su principio como en su desarrollo; cualquier contratiempo y alteración sutil del ambiente, imperceptibles para todos salvo para él, daban al traste con su intervención en un recital, y ya no había fuerza humana que fuera capaz de hacerle retroceder.

         Rafael fue cosechando a lo largo de su vida muchos enemigos y críticas adversas, pero no se lamentaba nunca por lo que había hecho o dejado de hacer. Su voluntad, mezcla perfecta de sentimiento e instinto, no estaba sometida al divorcio que conocen en su ser los hombres civilizados; pero tampoco, porque era químicamente puro, podía librarse de las angustias inherentes a la condición humana. Sus estados depresivos, aunque infrecuentes, alcanzaban niveles de profundidad en consonancia con la desbordante vitalidad que derrochaba habitualmente: “Siento un regomello mu grande aquí dentro”, decía señalándose la boca del estómago, cada vez que le asaltaba la crisis que él no sabía analizar ni expresar con palabras. Entonces, Rafael desaparecía por un tiempo impredecible, durante el cual se dedicaba a emborracharse a muerte y a armar unas broncas fenomenales, que solían dar con su cuerpo en los calabozos de la Guardia Civil o en alguna Casa de Socorro.

         Su adaptación a la convivencia real con el artista gitano no se le hizo a Françoise tan dura e imposible como hubiera podido imaginar en abstracto, o creyera otra persona que juzgase la situación desde fuera. A pesar de todas sus diferencias con él y de permanecer aislada en la casita al borde de la carretera –salvo el tiempo que pasaban lejos durante los cada vez más espaciados recitales de Rafael, o los contactos de los escasos visitantes que se acercaban hasta el cortijillo-, la joven se sentía feliz con la pasión extraña que ese hombre singular había sabido despertar en ella.

         La pobreza de la vida que llevaban, las carencias de la vivienda –sin agua corriente y sin gas- no eran sombras que oscurecieran la alegría de existir en estrecha relación con los elementos vivos de la naturaleza. El color cambiante de los campos según las estaciones, la plenitud de la luz y el cielo, la proximidad salina del océano cuyo rumor y perfume oía y olía en los días de temporal, y, sobre todo, la presencia de Rafael, al que Françoise comparaba con el fuego, la compensaban generosamente por la seguridad y comodidades perdidas de su mundo anterior.

         Más duro fue someterse al papel de “la mujer de mi casa” que Navajas le asignó. Ella no estaba preparada para realizar ninguna de las tareas domésticas propias de las compañeras de los gitanos, y tuvo que aprenderlas rápidamente. Rafael se mostraba intransigente sobre ese punto y no estaba dispuesto a ayudarla en lo más mínimo, ni a compartir actividades que él consideraba impropias de un hombre de verdad. Sin embargo, la joven belga aceptó sin protestar la voluntad de su amante, y conoció durante varios meses la exaltación vital y el equilibrio interior que siempre había estado persiguiendo.

         Pasaban días enteros sin ver ni hablar con nadie, y se sumergían en interminables horas de amor confundiendo en su continuo éxtasis las fases del día y la noche. De vez en cuando, acogían por algún tiempo en la pequeña casa al hijo ciego de Rafael, Tomás, un muchacho de la misma edad que Françoise, de carácter tranquilo y afable, y del que apenas si notaban la presencia.

         Al cabo de dos años de su nueva y pletórica existencia, Françoise comenzó a ver amontonarse encima de sus cabezas los primeros nubarrones grises. Las crisis anímicas de Rafael se repetían frecuentemente, y sus ausencias se hacían más prolongadas. Su salud empeoró a causa de una antigua úlcera de estómago que nunca  se había cuidado: Rafael manifestaba verdadero horror por los médicos y no quería ni escuchar hablar de ellos.

         Una noche, en Ronda, Navajas desapareció de repente antes de terminar el recital de flamenco en el que había tenido una actuación calamitosa, subiendo al escenario con una descomunal cogorza. Françoise lo buscó inútilmente por toda la ciudad y regresó a su casa de los alrededores de Sanlúcar con una angustiosa preocupación en el cuerpo. Sólo después de cuatro días de espera eterna se enteró de que Rafael se encontraba ingresado, muy grave, en el hospital provincial de Cádiz.

         Cuando la dejaron verlo, el cantaor estaba inconsciente. “Será difícil que salga de ésta”, le dijo sin delicadeza una de las enfermeras que lo atendía. Rafael había perdido varios litros de sangre por la úlcera que se le había abierto, como una rosa con el calor del verano. Pese a todo, la fortaleza de Navajas ganó finalmente la partida, aunque había sido necesario practicarle una delicada operación quirúrgica que requirió un periodo prolongado de convalecencia.

         Ni un solo miembro de su familia se acercó a interesarse por él durante el tiempo que permaneció ingresado. Únicamente vinieron a visitarlo algunos amigos y aficionados que se habían enterado de su situación. Françoise, en cambio, se quedó constantemente a su lado mientras estuvo en peligro de muerte. El personal del centro la trataba como si fuese un bicho raro; por el contrario, la joven extranjera se sintió consolada y agradecida ante la actitud solidaria de muchos de los familiares de los enfermos, vecinos de cama de Rafael. 

         Al iniciarse la mejoría, Françoise, sin un céntimo para poder quedarse en la pensión cerca de él, se vio obligada a regresar a la casita de Sanlúcar, donde no iba a estar sola: vino a hacerle compañía Tomás. Rafael le había pedido que cuidara de ella. Los primeros días se sintió incómoda y nerviosa. El joven ciego parecía mudo igualmente: desde que se levantaba con el alba hasta que se acostaba poco después de ponerse el sol, consumía todas las horas sentado y en silencio total debajo de una gran higuera, en la parte oeste de la casa. Ni siquiera venía a comer a la cocina cuando lo llamaba, y, para que no se muriese de hambre, Françoise tenía que llevarle la escasa comida que preparaba.

         Al cabo de un cierto tiempo, comprendiendo tal vez que servía más de carga que de alivio a la compañera de su padre, Tomás cambió de actitud y comenzó a ayudar a la muchacha en algunas tareas cotidianas. Françoise admiraba cómo se desplazaba con precisión y con sus grandes ojos grises abiertos: ¡le costaba trabajo creer que no tuvieran vida! Tomás se transformó rápidamente en un acompañante amable y discreto. Había heredado de Rafael su lado espontáneo e infantil. Tenía un cuerpo bien proporcionado, delgado y enérgico, y de toda su persona emanaba un aire de serenidad.

         Entre los dos jóvenes se fue trabando una extraña relación, mezcla de afecto y prevención. Los días que Françoise no iba a visitar a Rafael, en lenta recuperación, pasaban largos ratos sentados en el porche; Tomás –sonriente en apariencia- sumido en sus impenetrables pensamientos y ella contemplando el atardecer. Desde su posición se podían ver las margas colinas cubiertas de viñedos, las lejanas casas blancas de Chipiona y Sanlúcar, y, difuminando la atmósfera, las majestuosas y melancólicas puestas de sol sobre la banda cenicienta del Atlántico.

         Françoise se maravillaba con la extraordinaria capacidad de percepción sensorial de Tomás, que no podía explicarse sólo por el efecto compensatorio de su ceguera, sino que se situaba más allá de lo puramente físico. El ciego podía anunciar el instante en que alguien iba a llegar al cortijillo varios minutos antes de presentarse, o prever los cambios del tiempo con dos o tres días de antelación, incluso predecía con poco margen de error el día y la hora en que se calmaría el levante. Pero lo que más turbaba a Françoise era su manera de mirarla. No se trataba de algo comparable a la mirada de una persona normal que pusiera la vista, con mayor o menor fijeza, en sus vestidos, sus brazos, su boca o sus ojos. Tomás olía su piel, notaba el calor de su cuerpo, la intensidad y el perfume de su aliento; percibía toda su persona por fuera y por dentro, logrando que se sintiera íntegramente desnuda e inerme.

         Seis semanas duró la extravagante soledad de Françoise junto al hijo de su amante. Rafael regresó del hospital más delgado, demacrado y avejentado, y con menos viveza en los ojos y la voz. Tomás continuó viviendo con ellos: su madre lo había aborrecido por haberse ido a proteger a la extranjera a la casa del padre, y al ciego no le quedaba otro lugar donde refugiarse.

         Françoise supo de inmediato que las relaciones con Navajas no iban a ser las mismas de antes. El cantaor se mostraba muy debilitado por la enfermedad que había estado a punto de acabar con él, además, ella creyó adivinar que se había dañado de forma irreversible algún mecanismo sutil y profundo de su personalidad: por primera vez en su vida, Rafael se mostró humilde y daba la impresión de estar como arrepentido. Françoise se dedicó a cuidarlo y amarlo con todas sus fuerzas, a fin de que se reanimara y de hacerle recuperar su vitalidad de león, pero Navajas la esquivaba delicadamente, pensando que ella se obligaba a darle lo que él no le inspiraba de manera natural.

         La presencia permanente de Tomás se convirtió en un elemento perturbador de la estabilidad de Françoise. Ella seguía considerándolo, sobre todo, como el hijo de Rafael, pero comenzó a notar un cierto malestar ante la súbita aparición de ligeros temblores o sensación de vacío en el estómago cada vez que el joven le hablaba cerca, la rozaba al cruzarse, o con el contacto fugaz de sus manos al pasarse algún objeto.

         Aunque de distinta naturaleza e importancia, otro motivo de preocupación para Françoise era el estado lamentable de la economía de su singular familia; sobrevivían últimamente con las verduras del minúsculo huerto, las gallinas, los conejos del corral, que comenzaron a disminuir, y con los escasos dineros que les había prestado un amigo de Navajas. Rafael esperaba con recelosa impaciencia la celebración de un festival benéfico en su favor que estaba organizando un grupo de aficionados sevillanos.

         A pesar de sus fatigas, o precisamente por eso, cantaba en la casa más a menudo que antes de su enfermedad; lo hacía no tanto por querer estar en buenas condiciones el día de su homenaje, sino porque sentía una honda necesidad de expresar los complejos sentimientos e ideas que se agolpaban en su alma. Su hijo Tomás, sin grandes facultades, le tocaba a veces la guitarra, pero la mayor parte del tiempo Rafael prefería cantar a palo seco, y su voz sonaba con un eco más rancio y enduendado que nunca.

         Cuando llegó la fecha señalada para el festival, Navajas decidió que iría solo a Sevilla, pese a las insistentes peticiones de Françoise para que la dejara acompañarlo. Ella temía que esa noche Rafael volviera a emborracharse y a caer nuevamente enfermo, o no estuviera a la altura de las circunstancias y armase algún escándalo: “Te juro por mis muertos que sólo beberé agua y que estaré aquí por la mañana”, le prometió solemnemente Navajas, quien no había probado una sola gota de vino desde que salió del hospital.

         La verdadera razón de la oposición de Rafael a que su amante fuese con él era que no quería inspirar lástima a nadie, y sentía vergüenza por haber aceptado ese festival benéfico, obligado por la gran necesidad de dinero que tenían. Navajas odiaba la hipocresía y elogios de los muchos amigos falsos que le iban a salir esa noche, y deseaba ahorrarle a Françoise la humillación que sólo él debía sufrir en solitario.

         Después de marcharse Rafael con las personas que vinieron a buscarlo en coche, a Françoise le faltó un tris para irse detrás de él a Sevilla haciendo autostop, pero pensando que Navajas se pondría furioso al encontrarla en el festival, se resignó, angustiada, a quedarse y esperar. Tomás había desaparecido poco antes sin decir una palabra. A veces solía ausentarse y luego resultaba imposible saber en dónde había estado o lo que había hecho. La tarde era muy calurosa y Françoise decidió bajar andando hasta la playa cercana para bañarse, así se refrescaría y calmaría su terrible  desazón. Cuando regresó con el crepúsculo, vio a Tomás sentado en el porche, mirando obstinadamente hacia el poniente con sus ojos muertos.

         Nada más hacerse de noche, Françoise se metió en la cama aun a sabiendas de que no iba a poder dormir en toda la noche. Pensaba que Rafael no cumpliría su promesa y terminaría bebiendo. Recordó las palabras del médico que le había dado el alta en el hospital: “Si quieres acabar pronto, no tienes más que volver a empezar”. ¿Qué haría ella si Navajas se moría? La idea de perderlo se le hacía insoportable: sabía que ya no podría reanudar su vida anterior.

         De repente, oyó abrirse la puerta del dormitorio y el roce apagado de unos pasos que se acercaban hasta su cama. Era Tomás. Françoise se puso en guardia con el corazón palpitante. El ciego se tumbó, rígido, a su lado sin decir una sola palabra; estaba completamente desnudo y ella sintió por un instante la suavidad satinada de su piel. Un escalofrío le recorrió el cuerpo desde la punta de los pies hasta los cabellos. Tomás la acarició con miedo y ternura; Françoise no hizo nada para rechazarlo y permaneció pasiva: ¡se encontraba tan sola y desamparada!

         Mientras tanto, Rafael Navajas, que se había empeñado en abrir la lista de los cantaores de su homenaje, abandonó inmediatamente el teatro donde se celebraba el festival, y venía camino de regreso en el coche de un aficionado de Chipiona. Cuando lo dejaron delante de su casa, a eso de las cuatro de la mañana, prevalecía una calma absoluta rota levemente por el canto de un grillo. Sentía su corazón desbocado por el deseo de abrazar a Françoise y demostrarle que él sabía cumplir su palabra. Prendió una vela con su mechero y se dirigió con paso quedo hasta la alcoba donde dormía su mujer. Abrió la puerta con sumo cuidado.

         Rafael estuvo a punto de dejar caer la vela de sus manos al tiempo que un sudor frío le empapaba todo el cuerpo. Sintió un vértigo mortal y tuvo que apoyarse en una silla para no rodar por el suelo. En la cama dormían confiadamente su hijo y Françoise. Tomás reposaba su cabeza sobre el hombro de la muchacha que lo mantenía abrazado como una madre. Pensó en sacar la navaja y degollarlos en el acto; sin embargo, los actos no fueron capaces de obedecer a sus intenciones. Al tenue resplandor de la llama, los dos jóvenes parecían más que amantes, dos niños indefensos que hubieran dormido juntos para espantar el miedo.

         Rafael se quedó paralizado contemplándolos y sin atreverse a tomar una resolución. Luego, agarró de una silla la ropa de Françoise y la despertó lanzando alaridos y amenazas: su aspecto era idéntico al de una fiera herida. Tomás dio un salto y salió despavorido del cuarto golpeándose con los escasos muebles. Françoise se incorporó y permaneció sentada en la cama sin comprender aún lo que ocurría. Rafael le gritaba ordenándole que se vistiera y se marchara de inmediato para no volver jamás; su rostro estaba macilento y desencajado como el de un ajusticiado.

         Françoise sólo reaccionó al cabo de unos instantes: si lo obedecía, no lo vería nunca más, pero si se resistía, Navajas iba a matarla no permitiéndole siquiera darle una explicación de lo que había sucedido. Entonces, le arrebató la vela y, antes de que él pudiera evitarlo, se paso repetidamente la llama por los ojos abiertos. Rafael la miró espantado y cuando se la quitó de un manotazo, era demasiado tarde y la muchacha se había desmayado.

         Loco de dolor, Navajas se sentó en el borde de la cama, abrazó amorosamente a Françoise y, meciéndola como a una niña chica, lloró sin consuelo hasta las claras del día.

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. Kiki Morente.

Kiki Morente. Albayzín

En nombre del padre

Albayzín es el título del primer trabajo discográfico de José Enrique Morente Carbonell, Kiki Morente, editado por Universal Music. Acertado título para un álbum que respira Granada y granadinos por los cuatro costados: los Morente y los Habichuela. De estos, encontramos A Juan –gracias a la tecnología-, Pepe,  a Juan Carmona “Camborio”, Josemi Carmona y Juan Habichuela nieto. Todos ellos como acompañantes instrumentales o productores, arropando al benjamín de la casa, que también lo está, arropado por sus hermanas, Estrella y Soleá y el soplo de inspiración del padre, el “gran” Enrique Morente, como se suele decir con respeto desde hace unos años. Rafael Riqueni, Juan Carlos Romero, Montoyita y Jalal Chekara también entran en la lista de artistas colaboradores de Kiki, que lo fueron en numerosas ocasiones de Enrique Morente para dar sensación de continuidad con el pasado, de que todo sigue igual; ¿todo?, no, las voces principales han cambiado. Ahora escuchamos una voz nueva que recuerda a la del gran padre, pero que se afirma con originalidad propia, con un aire jubiloso y moderno como corresponde al cambio de los tiempos. ¿Qué sentido tendría que Kiki imitase y plagiase al padre? No lo tendría y sería un error, pero eso no significa que lo ignore o quebrante. En estos sus primeros diez palos flamencos grabados, Kiki Morente se encomienda al padre, pero sabiendo afirmar brillantemente e inteligentemente su propia experiencia y personalidad.

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Espacio de Balbino. Escritos de ficción. La desventura de un publicista (edición completa)

Aviso a lectoras y lectores

 

Se advierte de que este producto contiene, junto a substancias naturales, otras extrañas recicladas y amalgamadas intencionalmente. Entre todas componen un collage literario, un fresco imaginario esperpéntico y cruel, muy parecido a la vida de ciertos personajes reales –encumbrados o humillados- que tienen la conciencia, la médula moral, seccionada en varios puntos sin comunicación alguna entre sí.

 

El inventor

 

 

BALBINO GUTIÉRREZ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA DESVENTURA DE UN PUBLICISTA

 

Registro Legal: 12/RTPI 000339/03

 

 

 

 

Índice:

 

 

Aviso a lectoras y lectores.                                                    P. 3

Capítulo 1: Sintió su lengua y su boca pastosas…                         p. 5

Capítulo 2: Aló, mamá, sí, claro…                                       p. 19

Capítulo 3: ¿Cuándo fue la primera vez que…?                    p. 32

Capítulo 4: Katheryn sentía un dolor de cabeza…                         p. 41

Capítulo 5: Tras liberarse del periodista Darue…                          p. 52

Capítulo 6: Carole acababa de salir a la calle…                    p. 65

Capítulo 7: Recordando su pasado, entrevió…                    p. 75

Capítulo 8: Good morning, madame…                                 p. 85

Capítulo 9: El rojo está servido, Katheryn…                                 p. 97

Capítulo 10: Fue a raíz de la traumática…                            p. 111

Capítulo 11: A Pedro vino a llevárselo…                              p. 125

Capítulo 12: Antes de adherirse al…                                               p. 136

Capítulo 13: Pedro Escobar no tuvo tiempo…                      p. 143

Capítulo 14: Mamá, tante Caro, necesito…                                     p. 155

Capítulo 15: Desde que dejó a su señora…                                     p. 164

Capítulo 16: Allí donde haya una mierda…                                    p. 177

Capítulo 17: Family first, la familia…                                             p. 186

Capítulo 18: Cuando Pedro Escobar…                                           p. 197

Capítulo 19: El Laguna rodeó la rotonda…                                    p. 210

Capítulo 20: Pedro Escobar vio venir a…                             p. 222

Agradecimientos.                                                                   P. 231

 

 

 

 

 

 

 

 

Aviso a lectoras y lectores

 

Se advierte de que este producto contiene, junto a substancias naturales, otras extrañas recicladas y amalgamadas intencionalmente. Entre todas componen un collage literario, un fresco imaginario esperpéntico y cruel, muy parecido a la vida de ciertos personajes reales –encumbrados o humillados- que tienen la conciencia, la médula moral, seccionada en varios puntos sin comunicación alguna entre sí.

 

El inventor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Quizás la fantasía artística sólo recombina, hace un mosaico, yuxtapone por medio de montajes y collages lo que de hecho ya está ahí,” (George Steiner)

 

“In girum imus nocte et consumimur igni.” (palíndromo medieval)

 

 

“La publicidad ha transformado el mundo.” (Pesc)

 

 

“Los héroes de nuestra época -y tal vez los de todas las épocas- son los triunfadores. Aunque hoy más que nunca , si pierdes, hiedes, estás como muerto” (Pesc)

 

En los tiempos actuales la ingenuidad es infantil o es peligrosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

 

 

 

Sintió su boca y su lengua pastosas y su garganta se resistió a tragar como cuando había llegado por primera vez a París con veintidós años y como los primeros días que había pasado en el calabozo de la comisaría del distrito IV y luego en la cárcel de la Tensa. Siempre se le rebelaba el estómago ante cualquier situación nueva aunque fuera placentera, y estar en prisión esperando a ser juzgado no era precisamente una situación placentera: por eso creía que no se comería completo el cruasán que le dieron esa mañana en el desayuno y se preocupaba porque le aguardaban unas horas inciertas, un día decisivo: tal vez el último. Descartó esa perspectiva por motivos contrarios, forzándose a masticar un trozo de bollo tras haberlo remojado en el tazón rebosante de café aguado con leche en polvo. Le podían caer encima diez años de condena en el juicio que debía celebrarse al día siguiente en la sala VI del Tribunal Penal de París. Había sido detenido nueve meses antes por intento de asesinato, según la acusación del Fiscal de la República, y aún confiaba en que ella, su ex amante, retirase la denuncia. Estaba convencido de que Katheryn lo seguía queriendo. La culpable de que estuviera en prisión no era otra, sin duda, que la hija de ésta, Alberta, que nunca le había sido simpática. También Carole, que siempre tuvo celos de él, habría debido de influir para que Katheryn decidiera denunciarle ante el juez. A fuerza de arañar se descubre la verdad, le había dicho el joven magistrado en tono amenazante, acariciándose el pendiente de su oreja izquierda, al final de la primera comparecencia en la que él, Pedro Escobar, se negó a reconocer la intencionalidad criminal de los cargos que se le imputaban.

Nunca le habían gustado los cruasanes. Los aborrecía desde la lejana y brumosa mañana de mayo en que Fouillou, su antigua novia francesa, lo llevó a desayunar a la Source de Saint Michel, una hora después de haber pisado con aprensión el suelo gris de la estación de Austerlitz. Los que le ponían para el desayuno de la prisión eran de ínfima calidad y ni siquiera tenían mantequilla, o muy poca, y se le atragantaban si no los reblandecía en el café o en el té. Casi siempre se los daba enteros o en parte a alguno de los compañeros de mesa con menos remilgos de estómago y garganta más ancha.

-Un poeta muerto no escribe, de ahí que sea muy importante estar vivo -le dijo engullendo al instante la mitad de su cruasán, el agraciado de esta mañana y de casi todas las mañanas, un periodista francés, llamado Darue, en prisión incondicional por agresión con arma blanca, y junto al cual solía dar vueltas al patio de la sección de preventivos los días que no llovía fuerte-.En el juego del amor nunca se reclaman deudas -le repitió éste una vez más haciendo gala de su experiencia sentimental, y luego añadió sin que viniera a cuento-. Allí estaba Katheryn contoneándose sin cesar y dándo brillo a la bragueta loca de Pedro. En realidad, eran personas llenas de inquietudes y contradicciones que vivían en el filo de la emoción.

-No le veo la gracia por ningún lado, monsieur Darue –dijo el publicista.

Pedro Escobar, ya entrado en la cincuentena, descubrió en una exposición antológica, La Pintura Cubana del Exilio, su propio retrato al óleo: Poeta triste, que le había hecho un amigo pintor en París a finales de la década de los sesenta. Muy impresionado por volverse a ver reflejado en el lienzo -que casi había olvidado- entró en contacto con la actual propietaria del cuadro: Katheryn Mendes-Steiner, una viuda millonaria norteamericana, que vivía en la rive gauche, quien entusiasmada invitó al antiguo modelo vivo a una fiesta en su casa, de donde surgió una profunda e inquietante relación. Pedro Escobar había contraído una fuerte deuda por vino, mujeres y despilfarro y fue el principal sospechoso de intentar envenenar con sales de plomo a Katheryn, para quedarse con una sustanciosa parte de un fondo de inversiones de varios millones de francos suizos del que él era también beneficiario.

-El hombre de nuestra época ha sustituido el sentimiento de culpa por el de frustración –dijo Darue repentinamente, y tras dar un breve y lento sorbo al café frío de su tazón, añadió-.No sabe aguantarse solo, necesita estar rodeado de gente, escuchar la radio, ver la televisión, leer los periódicos, estar enganchado al teléfono móvil o inmóvil, beber, fumar tabaco, marihuana, coca, hachis, lo que se ponga por delante.

-O escribiendo –añadió Escobar intencionadamente.

El periodista Darue había clavado un cuchillo de grandes dimensiones al director de su periódico, produciéndole en el hombro y espalda heridas de carácter grave que habían tardado quince días en curar.

-Me llamó a su despacho, y frotándose las manos, y con cara sonriente de rector jesuita, me dijo que en nombre del consejo de redacción, me daba un mes de vacaciones y un viaje pagado a Tahití, como premio a toda una vida de trabajo y dedicación a la prensa –repitió Darue, olvidando que ya le había contado las circunstancias de su desgracia en numerosas ocasiones.

-Pero hombre, cualquiera hubiera saltado de alegría –dijo Pedro Escobar para pincharlo.

-Y un carajo, lo que él quería era jubilarme. ¡ Qué coño iba a hacer yo en Tahití, después de más de cincuenta años produciendo dos y tres artículos y sin haber descansado un sólo día de mi vida!

El veterano periodista, columnista vitalicio según creía, no era consciente de su grado de deterioro profesional y en los últimos tiempos le dio por creerse Dios y el rey, y escribir cosas de este estilo: “Si los submarinos nucleares son peligrosos en tiempos de paz, ¿qué será cuando nos destripe un misil en tiempos de guerra?, ¿a quién se le ocurriría la idea de montar centrales nucleares en submarinos?, es de suponer que a algún estratega genial, y los políticos dijeron amén. En Francia triunfan la sentimentalidad, el tópico y el estribillo”. No obstante, Darue se ponía frenético con los colegas que escribían: El compañero sentimental de Nora cometió errores puntuales en los momentos más emblemáticos de la obra, posicionada en referentes y parámetros de dudosa pertinencia”, o con los que afirmaban que Naomi Campbell, la supermodelo rica y caprichosa, era amiga del héroe sudafricano Nelson Mandela y admiradora del dictador cubano Fidel Castro, personajes por los que sentía una profunda veneración.

-Un ciudadano es una unidad básica de consumo. Su valor se mide por su capacidad de adquirir cosas o personas. Los ciudadanos se estructuran horizontalmente, sin criterio de clase, sexo o jerarquía: tanto compras, tanto vales -le lanzó de repente Pedro Escobar.

-¿Por qué me cuentas eso de nuevo? -preguntó el escritor-periodista Darue.

-Porque esta fue la idea que leí hace algún tiempo en uno de sus artículos del Nouveau Lecteur y que me influyó mucho para dedicarme al negocio de la publicidad. ¿Seguro que no la recuerda?

-Dudo que yo haya podido escribir algo semejante, ni siquiera como sarcasmo -respondió Darue en tono vehemente.

-Ha escrito tantas cosas y tan incoherentes que no me extraña que no se acuerde ni de la mitad. Yo mismo he dicho y vivido muchas cosas que después se me han olvidado.

Mis años en el colegio de huérfanos militares. Mi padre que se pega un tiro en la boca al día siguiente de ser degradado y expulsado del ejército por maricón. Mi madre lo había encontrado en la cama de matrimonio montando a su joven y afeminado asistente, a calzón bajado y luciendo la guerrera de comandante de infantería, cuajada de condecoraciones ganadas en la Guerra Civil. Fue algo horroroso para ella y lo denunció a sus superiores que no se anduvieron con chiquitas. Mátame pero no me jodas. La mujer no reaccionó a falta de referentes puntuales y añadió un toque de glamur castrense al festival de cine de San Sebastián. A él le hubiese gustado ir. El sexo es fisiología, el amor filosofía. Hago guiones publicitarios para aprender a ser más persona. Visionando a domicilio para que los ancianitos no tengan que abandonar el lugar donde se han criado y para evitar que se trascienda a la opinión pública. Se le acusa de obviar necesarias inversiones en infraestructuras caóticas. Ante la falta de generosas vocaciones pastorales el obispo de Toronto ha decidido instalar nuevos confesonarios automáticos en numerosas iglesias de su diócesis. Valoro más la proyección de los publicistas tardíos de la generación del 80 por lo menos en cuanto a la utilización de un lenguaje más rico y a experiencia exterior que en ellos es extensa, connotativa; en cuanto a la herencia de una publicidad realista, se puede ver que es la dominante, es decir PUBLICIDÁ denotativa que baja algunas escaleras con respecto a otras plantas publicitarias cuya herencia hubiera dado mejores frutos. La aparición de este vocablo en los espotes de Félix Gonzáles es un nuevo registro para la profesión y por ello es inusual dentro de las usuales excepcionalidades a las que nos tiene acostumbrado este excelso gilipollas. Sin embargo la actualidad de su exposición no obvia que la existencia de reflexiones artísticas acerca de la publicidad no comenzó ayer ni que la obviedad de lo real se vuelva una segunda voz premeditada y artística. Eso sería para mí la felicidad, no tengas miedo la felicidad no existe. Una publicidad sobre tráfico de órganos, trepanaciones en vivo, cirujanos que cortan cabezas y demás y demás. Escribo cinco o seis follas al día hasta un máximo de treinta o cuarenta de un tirón como soy muy neurótico soy muy multifóbico, mi última idea es una melange de imágenes sonidos y susurros, versará sobre todo lo risible e irrisible. Se trata de una publicidad estremecedora sobre las trampas del fracaso.

-Así que hoy esperas a tu abogado, ¿le dijiste que no se olvidara de traerme papel y lápiz? –preguntó el periodista impenitente, sacando a Pedro Escobar de los vericuetos mentales por los que se perdía siempre que pensaba en su padre.

En la Tensa le habían prohibido escribir a Darue. La Tensa fue construida como cárcel modelo y había sido, sin discusión, la más bella y mejor de Europa. Contenía 1800 prisioneros y había sido prevista para 1200. Las violaciones eran un problema mayor y constante. Un joven de 21 años, presunto violador, de una celda cercana a la de Pedro Escobar, tuvo que ser trasladado de urgencia a la clínica porque tenía el ano desgarrado y orinaba sangre. A pesar de la vigilancia de los celadores, fue violado a su vez en las duchas por un prisionero seropositivo, mientras otros dos reclusos lo sujetaban. Las ratas estaban a la orden del día. También las cucarachas, que se introducían hasta en las ropas de los familiares o amigos que visitaban a los presos (Félix Gonzáles, su remilgado ayudante en la empresa Publi Espain Company, había encontrado diez o doce bichejos en el bolsillo de su abrigo, y se lo había comentado horrorizado la segunda vez que vino a hablar con él). Se daban auto mutilaciones y casos de amputaciones a diario: dedos y orejas sobre todo. Las celdas de castigo provocaban alteraciones sicológicas y suicidios. Pedro Escobar y Darue estaban recluidos en la segunda planta de la tercera división, en la zona llamada de los VIP, aislada del resto, para protegerla de la agresividad de los demás reclusos. Los prisioneros de la zona VIP se dividían en tres grandes categorías que nunca se mezclaban: preventivos, delincuentes de cuello blanco, y violadores o autores de crímenes especialmente horrendos. La celda de Escobar se encontraba entre la del periodista Darue, a la izquierda, y la de un francés de unos sesenta años que había violado y luego matado a un niño de 5 o 6 años. Un recidivista que fue condenado a cadena perpetua con la obligación de cumplir treinta. Se llamaba Pierre, y nunca llegó a verle la cara y ni siquiera a conversar con él, aunque por momentos le oía hablar solo, roncar, y tararear canciones francesas tradicionales.

-Espero que no se olvide de traerle su pedido de papel y bolígrafo -le dijo a Darue, sacando dos cigarrillos de un paquete de Gauloises y ofreciéndole uno al anciano periodista, que no fumaba-. Y confío en que me traiga buenas noticias sobre mi caso, porque si no. Su cara se ensombreció como si una nube negra hubiera cubierto de angustia la prisión.

-Anímate, hombre, seguro que la millonaria retira los cargos contra ti. Tú eres un seductor, un verdadero seductor, y ya no quedan muchos hombres de tu clase.

La Tensa era una jaula de fieras. Había asesinos, atracadores, ladrones, estafadores y violadores compulsivos y de circunstancias. Cada uno arrastraba una turbia e incierta historia, pero le era necesario convivir con ellos, y enseguida hizo amigos. Llegó esposado de manos y pies a otros cinco preventivos: un congolés, y cuatro franceses: dos vagabundos asesinos, y dos ex altos cargos de la Gendarmería, messieurs Paul Roger y Bernard L’Eglise acusados de estafa multimillonaria, con los que no había dejado de conversar durante el trayecto entre el Palais de Justice y la prisión. Al bajarse del furgón celular, los agentes les hicieron callar, los entregaron a tres celadores que les condujeron a través de un laberinto de pasillos y escaleras a la antesala de las duchas, les quitaron las cadenas, los obligaron a desnudarse, y el más joven, un rubio fuerte como una encina, les leyó mecánicamente el texto de acogida : Para que el vestido pueda contribuir al ejemplo debe presentar alguna señal de humillación. La admisión de un interno por razones de peligrosidad social debe ir precedida de una ablución completa; y sería conveniente que se acompañase esta admisión con alguna ceremonia solemne, una música grave, un rezo. En la admisión del interno se le despoja de sus ropas y debe ducharse, para dejar fuera hasta la última partícula de su ser interior. Desnudo, su cuerpo, la psique se extrae en cuestionarios y se almacena en fichas: el interno por razones de peligrosidad social no debe conservar su pasado, que pasa a ser propiedad común de los funcionarios. El interno dependerá del vigilante para comer, dormir, defecar, hablar, sentarse o estar de pie: como el bebé de su madre. La organización carceral en el cuerpo físico es una unificación de una multitud de impulsos-componentes que hace del cuerpo una unidad incorporada, una universalidad o corporación; mediante una subordinación de los muchos al Uno, la Única Parte Rectora o Principal, la Parte Primordial, el Primer Motor o Motor Supremo: la cabeza del cuerpo.

         Pedro Escobar y el periodista Darue salían después de desayunar y almorzar a hacer el paseo por un patio de cincuenta metros cuadrados, rodeado de altos muros por donde trepaba libremente la hiedra, y cubierto con una red metálica de apretadas mallas para evitar las fugas en helicóptero. Depositaron las bandejas de sus desayunos en unos carritos metálicos, y tras alinearse delante de sus respectivos asientos, abandonaron en orden el refectorio y fueron conducidos al exiguo recinto, del que le correspondía a cada uno, en posición estática, un metro cuadrado. Formaron cincuenta preventivos en círculo, y el celador-jefe de guardia dio la orden de ponerse en marcha, primero, en el sentido de las agujas del reloj, es decir, la formación comenzó a girar hacia la derecha; luego, tras diez minutos, el celador-jefe de guardia ordenó que el círculo avanzase en el sentido contrario.

-Ya empezaba a marearme –dijo el anciano periodista a Pedro Escobar, que acababa de pisar levemente el talón derecho a un ex jefazo de Exteriores del Congo, acusado de introducir 15 kilos de heroína en el aeropuerto Charles De Gaulle, en un vuelo procedente de Pakistán.

-Perdone, ha sido sin intención -se apresuró a decirle al diplomático narcotraficante

El congolés que traficaba con azúcar cande, un pedazo de negro de dos metros de altura y ancho como la columna de una catedral, a quien no convenía importunar, no había notado nada y ni siquiera volvió su vista atrás, y charlaba con un compatriota acusado de haber intentando arrancar a patadas tres dientes de oro de la dentadura a un congénere de una etnia rival.

Cómo podía haber caído tan bajo allí rodeado de chusma maloliente, lo más arrastrado de la sociedad. Sin dinero, sólo me queda para una semana. Si me condenan definitivamente no podré comprar en la cantina ni siquiera cigarrillos. Qué voy a hacer si no puedo esperar que nadie venga en mi ayuda a menos que Katheryn se apiade de mí, pero seguro que Alberta se lo impedirá. Sí, Alberta me odia con todas sus fuerzas. Me veré obligado a trabajar en los talleres y a que me exploten vilmente por cuatro céntimos. El periodista Darue es un tacaño de lo que no hay. En los dos meses que lo conozco, no me ha invitado ni a cerillas, ni a un café, a nada. ¡Diez años!, los franceses no se andan por las ramas. Comiendo la basura de la prisión, sin jabón, sin vino, sin cigarrillos, sin poder cambiarme de ropa interior más que una vez a la semana para no tener que lavarla mucho y evitar que se gaste. Me colgaré como ese otro publicista francés que asesino a la jubilada de Miami. Sí, eso es lo que haré si me condenan, me… Pero no me pueden condenar, no hay pruebas contundentes, sólo sospechas y pistas que no conducen a ninguna parte.

Darue andaba a su lado dando resoplidos y torpes pasitos. Tenía las plantas de los dos pies martirizadas por callos y durezas. El periodista recibía a diario decenas de cartas de admiradores que le consideraban su gurú y lo animaban a soportar las humillaciones y servidumbres de la Tensa. Habían formado un comité de apoyo con el objeto de sacarlo de la cárcel, pero el juez de instrucción no parecía dispuesto a liberarlo bajo fianza. Recibía presiones del abogado del director del influyente diario en el que Darue había trabajado, para que no le aplicara los beneficios de la condicional, ni siquiera por razones de edad o de enfermedad. En el periódico tiraban a la basura lo escritos que conseguía enviar clandestinamente desde la Tensa:

“A la muerte de Nepomucène Correcher no seremos discípulos del maestro que acaba de fallecer pespunteando signos impúdicos. Más allá de los gestos y los énfasis conductuales, el hecho escueto y exiguo es que la portadora de lo inefable, la mensajera de los más oscuros estratos de la consciencia, generación del decir metafórico, no importa si residual o fragmentario. Repito, el hecho es que la indudable belleza y densidad de la palabra de Nepomucène Correcher no logra siempre despejar del todo la sospecha de si no se nutrirá de una pirotécnica logomaquia, que hace pasar por profundo lo que sólo es mera retórica. Pero no se trata de la consabida agridulce fórmula panegírica, ni mucho menos. Sus escritos nos demuestran que estamos ante un raro genio abocado por destino ineluctable y fatal a la destilación literaria irrenunciable…

Post scrotum: Cabronazo, devuélveme mis CDs y quédate con los tuyos”.

Monsieur Darue sufría terriblemente su desgraciada situación tanto más cuanto que él estaba plenamente convencido de que era un personaje mediático imprescindible. Es muy fuerte ser Darue. Cuando muera habrá luto nacional. Si de repente un recluso me clavara un cuchillo, la desolación del pueblo francés sería muy grande. Cuando se murió mi loro Jacquot (que cantaba La Marsellesa entera), recibí 35.000 cartas, de manera que si me muero yo, hay luto nacional, porque soy muy querido. No es que presuma, es que sería un mal nacido si no lo reconociese y proclamase. Pero cómo voy a ser prepotente, si un periodista tiene que ser la pura humildad, la esclava del Señor que está esperando la palabra del ángel. Dios mío, si un periodista es la voz de su pueblo o no es nada. De lo único que me envanezco es de que la gente me adore, pero eso es un piropo que les echo a quienes me tienen cariño, es un acto de envanecimiento que me conduce a un acto de postración, porque tengo que dar las gracias. Sí, sí, sí, sabía que era un periodista por destino y no por vocación, pataplam, pataplam. A mí no me falta el reconocimiento del Instituto porque llega un momento en que es Uno el que da lustre, brillo y esplendor a las instituciones y no al revés. La verdad es que tengo una credibilidad enorme, soy una de las tres personas de este país que más credibilidad tiene. Mi obra es tan dispar, tan distinta, que no se puede decir que he encontrado un filón, en todo caso me he encontrado a mí. Quizás el filón sea yo. Sí, sí, sí, el pueblo al que pertenezco sabe que no le hablo como si fuese una entidad distinta a mí.

-Yo soy el pueblo, soy tan pueblo que puedo insultarlo o acusarlo. ¿No me crees, Pedro? -dijo Darue.

-Sí que le creo, pero los políticos no pueden decir lo mismo

-Los políticos son el bazo mudo de la parapsicopatología militar.

-Sin embargo, la Constitución somos todos.

-Menos algunos

-El auténtico pacto antiterrorista será el que firmemos algún día con Ben Ben Laden -dijo Darue ufano.

-¿Qué se puede hacer?

-Nada -contestó Darue.

-Algo se podría hacer

-No sé, el caso es que nadie hace nada -dijo Darue

-Entonces…¿qué?

-No sé, esperar a que los ventriculen a todos…o esperar a que se cansen de trepanar -dijo Darue.

-O sea nada.

-Nada, eso es todo lo que hay a día de hoy por a día de hoy –dijo el periodista Darue redundantemente.

La formación volvió a girar hacia la derecha y se encontraron delante con un preventivo tetrapléjico en silla de ruedas autónoma, o sea, con un motorcito eléctrico incorporado. Tenía unos 35 años y era un bolero bogotano muy conocido de la policía. En la última operación le habían encontrado en el estómago nada menos que cinco kilogramos de bolas de cocaína, envueltas en plástico.

A Pedro le podían caer diez años de cárcel si se probaba que era culpable de intentar matar a su amante, envenenándola con sales de plomo que le había suministrado –ejecutando un supuesto plan potax– en pequeñas dosis, diluyéndolas en un elixir de la vida que Katheryn tomó a diario durante varias semanas por recomendación de su médico naturalista, un chamán y vidente neomejicano con clientela entre la alta burguesía parisina, y sobre el que también habían planeado las primeras sospechas de culpabilidad en los momentos iniciales de la investigación policial, puesta en marcha a raíz de la denuncia que Alberta presentó en la comisaría del distrito IV, al observar alarmada el deterioro galopante del estado de salud de su madre, y de averiguar posteriormente que la envenenada había nombrado al español segundo beneficiario de unos títulos de renta mixta Promo Plus, por un valor de más de diez millones de francos suizos. Derrochó en menos de un año seis millones de francos franceses de Publi Espain Company, destinados a producir un espot publicitario con una famosa supermodelo francesa. Se gastó las divisas en darse una vida de magnate árabe del petróleo. Durante su estancia en París trató de seducir a tres de las más chispeantes chicas del archiconocido Crazy Fox -el cabaret del erotismo más chic- como se decía, y del que se hizo cliente asiduo con mesa reservada en primera fila para el pase de las 00 horas de todas las noches de la semana. Conoció a Katheryn apenas tres años antes, aunque en realidad ésta lo conocía desde hacía muchísimo más tiempo, gracias al cuadro que ella había comprado en 1975, en Los Ángeles, California. La tela los uniría fatalmente. Una tarde, Pedro se acercó con curiosidad hasta una galería de la rue de Seine, para visitar la exposición colectiva, donde, además de su retrato, encontró tres óleos más de Gustavo Rodríguez, al que no había vuelto a ver desde que el pintor cubano cambió París por Nueva York. El reencuentro inesperado con su imagen de treinta años atrás provocó en él un choque emocional del que tardó varios días en recuperarse. La figura mística y romántica del joven que era con poco más de veintidós años de edad, trajo a su recuerdo imágenes y vivencias que había relegado en un olvido consciente durante los últimos años de su vida. Supo por la ficha del catálogo que el cuadro pertenecía a la colección particular de Katheryn M. Steiner, dueña de otra galería de pintura muy cercana a la que presentaba la exposición, en la misma rue de Seine, y se propuso ir a visitarla cuando se calmara su agitación emocional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 2

 

 

 

-Aló, mamá, sí, claro, Alberta, quién va a ser si no. Sí, estoy desayunando y me pediste que te despertara a esta hora. ¿Que por qué?, ¿no sabes qué día es hoy? Pero mamá. En realidad, lo que te pasa es que no quieres seguir adelante con el proceso. Parece mentira que todavía sientas escrúpulos en acusar a ese voyou que estuvo a punto de matarte. Vale, vale… no te echo la bronca… luego hablamos. Te espero en la galería a las 10 en punto. ¿Carole, también? Llegará tarde como siempre. Bien, bien, un beso mamá.

Alberta pulsó la tecla off de su inalámbrico para terminar la conversación con Katheryn. Daba sorbos de café con leche y ojeaba folletos turísticos para buscar un lugar apropiado donde llevar a su madre tras las odiosas sesiones del juicio que la aguardaban. Creo que éste será perfecto: ¿Quién puede resistirse a la más grande de las islas bretonas? Diecisiete kilómetros de largo por nueve de ancho. Extremadamente bella, diabólicamente suntuosa, irremediablemente encantadora y variada, una campiña suavemente ondulada y verde, playas como no se atrevería a soñar, una costa salvaje hasta lograr eclipsar a la del Pacífico, inmensos espacios invadidos por las gaviotas y por las retamas que allí llaman landas, pequeños puertos naturales infiltrándose entre las rocas, pueblecitos tan rústicos que acabarán por enternecer a su mamá. ¡Resulta casi irritante que todo sea tan bello!

Alberta terminó su café con leche, y se puso a hojear su diario personal en el que anotaba tanto reflexiones propias como frases e ideas ajenas que había hecho suyas: Otra forma de simplificar las cosas es culpabilizarse de los errores que dos cometieron, pues resulta más consolador tildarse de tonto que de poco inteligente. Si yo escribiera una novela, le pondría letras y no nombres a los personajes, haría flujos de conciencia -que es algo que hizo Joyce-. La novela clásica, de argumento, psicológica, etc., está en sus postrimerías. Lo que hay que inventar son obras híbridas, en las que los flujos de conciencia se interfecunden con la crónica social, el ensayo, la poesía. Cuantos más libros leemos más claro resulta que la verdadera tarea del escritor es elaborar una obra maestra. Cualquier otra tarea carece de sentido. Era una época en la que todo valía y nada valía. ¿Y cuál era esa época?, la nuestra. Tout mon mal vient de Paris. Nuestros viejos amigos son indistinguibles de nuestros enemigos. En literatura hay que evitar caer en la esfera de los sermones y los panfletos. L’Ulysses de Joyce reste associé à deux tchniques novatrices, dont la production romanesque va s’emparer: le symbolisme parodique et le monologue intérieur. Versos, versos, versos. Millones de versos, cientos de moetas, piles de moemarios: Atchum, ¡quién los lee! La sonrisa es lo único que no se encuentra en la tierra en estado salvaje, lo que más distingue al hombre de los animales y lo que más une a un ser de otro ser. La sonrisa es la ventana luminosa del espíritu. Toda obra humana debería estar impregnada, iluminada por la sonrisa, y especialmente las obras literarias. Realidad y ficción son dos caras de una misma cosa: lo existente. Pero la ficción va por detrás de la realidad porque todo lo que se imagina existe, mientras que la realidad reviste formas casi infinitas que la imaginación no puede abarcar. Además, la imaginación está sometida a la experiencia personal, siempre limitada por necesidad. Unos se inspiran en personajes reales para crear la ficción. Otros imaginan personajes de ficción que luego existen en la vida real. El FBI convoca a los escritores especializados en terror-ficción para conocer los posibles escenarios de nuevos atentados. Tener algo que contar, tener ganas de contarlo y saber contarlo. Javier Solana pide a los Quince que gasten más en sus Fuerzas Armadas. IBM al servicio del holocausto. Un libro describe cómo el régimen de Hitler clasificó a sus víctimas con material de la firma estadounidense. Cada persona internada en los campos de exterminio nazi tenía una ficha informática. Si el interno era judío, su número clave era el 8. si homosexual, el 3, si gitano, el 12. Esas tarjetas que permitieron localizar y clasificar a millones de personas eran fabricadas en EEUU, y los directivos de la compañía sabían perfectamente cuál era su uso en Alemania. En contra de lo que se afirma, pienso que la dignidad humana no es un derecho adquirido, sino un estado moral por conquistar. El dinero puede más que el amor. Por dinero, dos mil te lamerán el culo. Pero ¿quién querrá lamértelo por amor? Confían en Dios, pero adoran al contrario. Gritan ¡Oh Dios! Y luego nacen odios. Cuando un intelectual acepta compromisos con la frivolidad, comienza a ver en los frívolos condiciones de intelectual. Dios es una quimera, una ilusión de los hombres (o al menos eso es lo que era). Aunque también es posible que sea al revés: el mundo, un sueño imposible de Dios. La literatura y el arte no tienen por qué ser necesariamente útiles. Hoy se halaga a la masa y se admira a la fuerza bruta. La aridez de esa literatura estilísticamente revolucionaria, poco partidaria de las historias inteligibles…La literatura sólo sobrevivirá si es subversiva. La peligrosidad de la literatura tantas veces sobre valorada por las censuras es lo que la mantiene viva. De convertirse en mero entretenimiento, entonces sería como una moqueta, no sería nada. Las obras más hermosas son aquellas que el autor ha escrito con más alegría, aquellas en las que menos se nota la contención y el esfuerzo. La trascendencia es una quimera. La realidad es dual. Hoy nadie quiere ser rebelde, todo el mundo pide que las leyes amparen su transgresión.

Alberta interrumpió su lectura al escuchar ruido procedente del cuarto de baño. Mi amigo se acaba de levantar y como cada mañana que se despierta aquí, se ha ido directo al retrete y luego a la ducha. Se valora muy poco todo lo que se tiene cerca. Tal vez la razón principal de que no me guste la poesía sea su casi total carencia de sentido del humor.

-Resulta difícil creer que esta especie animal llamada humanidad sea el más alto producto consciente del cosmos. ¿No crees? –gritó Alberta

-¿Ueh? -gritó una voz de varón, bajo ruido de chorros de agua-. ¡No oigo lo que dices! -añadió de manera inteligible, y la voz varonil se puso a cantar en tono de lied romántico:

 

Et là, dans cette nuit qu’aucun rayon n’étoile,

L’âme, en un repli sombre où tout semble finir,

Sent quelque chose encore palpiter sous un voile.

C’est toi qui dors dans l’ombre, ô sacré souvenir.

 

-Texto de Victor Hugo, música de un servidor – se oyó decir ceremoniosamente y después, el ruido del grifo de la ducha cerrándose.

-Ya sé a dónde voy a llevar a mamá cuando pase el juicio- volvió a decir Alberta.

-¿Ueh? -gritó la voz.

-Sí, la voy a llevar a Belle Île, ¿querrás venir con nosotras? Estoy segura de que te encantará.

-¿Uehueh? -repitió. Se abrió la puerta del cuarto de baño y apareció un hermoso joven atándose a la cintura una bata rosa de algodón:

-¿Están esas tostaditas? -preguntó, frotándose las manos-. Tienes la mejor mesa desayunadora de París -le dijo a Alberta tras darle un beso superficial en la boca.

-Eso es lo único que te gusta de mi casa -respondió Alberta con un morrito mohíno fingido.

Sentía cierta debilidad por Paul, un flautista extraordinario que había encontrado en la isla de Vert Galant donde ponía y pasaba la gorra. Sería tal vez porque su madre había conocido a Albert veinticinco años atrás en el mismo sitio y en las mismas circunstancias. En una espléndida tarde de primavera del año 1973, Katheryn fue sola a tomar el sol en la proa de la isla de Vert Galant, y allí estaba Albert tocando la flauta de pico, cual el dios Pan en las riberas de un ameno y cristalino río de la Arcadia. El joven era muy delgado y, sin embargo, también muy hermoso, y las notas que salían de su instrumento, cautivantes. Katheryn depositó generosamente una moneda de cinco francos en el viejo sombrero marrón del músico a la vez que le dirigía una encantadora sonrisa que sirvió de acicate al virtuosismo del flautista. Cuando terminó de ejecutar su bella melodía, dio las gracias a Katheryn sentada delante de él, recogió las monedas de su sombrero, se lo caló en la cabeza y se presentó tímidamente a ella, quien lo invitó a gozar de los cálidos rayos de sol bajo un gran sauce cuyas ramas casi besaban las aguas glaucas del Sena. Estuvieron charlando animadamente hasta que el astro rey se puso tras la antigua estación de Orsay, y Katheryn prometió volver al día siguiente. Cuando regresó a su buhardilla de la rue Dauphine, le dijo entusiasmada a Carole que acaba de encontrar al hombre de su vida: Un hombre con alma de lira, precisó. Y Carole se sintió muy triste porque, al parecer, ella amaba a Katheryn. Ésta volvió la tarde siguiente a la isla, y allí estaba Albert con su flauta y sus hermosas cadencias inundando el espacio de indecible ebriedad. Al caer la noche se fueron estrechamente enlazados a la chambre de bonne que el músico callejero tenía en el sexto piso de un desvencijado edificio de la rue de L’Ancienne Comédie, y sin cenar, se amaron en el suelo y en la cama durante horas deliciosamente eternas hasta que la fría luz del amanecer los sumergió juntos en un sueño profundo y dichoso. Mamá era casi una hippie y una ingenua, mientras que yo soy mucho más madura y menos dependiente de los sentimientos. Además Paul es un vago y un pasota a quien lo único que le interesa al día de hoy es tirarse a todas las tías que lo escuchan embobadas, y yo no puedo tomarlo en serio. Sin embargo, es cierto que los músicos son los únicos seres humanos que escaparon a la maldición de Babel.

-Me pregunto por qué seréis tan vanidosos todos los músicos. No hay uno solo de los que conozco que no lo sea –dijo Alberta.

-Pues sencillamente porque somos de todos los artistas los que tenemos más genes de flor que de mono, y las flores son muy perecederas.

-Ya. O sea que necesitáis halagos y elogios inmediatos, de otro modo es como si no existierais y vuestro trabajo permaneciera ignorado.

-Más o menos -dijo Paul.

-Sin embargo, desde que existen las grabaciones musicales, tenéis unas circunstancias más parecidas a las de cualquier artista de otro tipo: escritores, poetas, pintores, o cineastas.

-Sí, pero los músicos somos hijos de Apolo, que era el más hermoso de todos los dioses -dijo Paul bromeando, mientras se aplicaba a untar con abundante mantequilla la mitad de una baguette recién tostada.

-De las flores, de Apolo… ¿Qué antepasados dejáis para el resto de los artistas? –preguntó Alberta sonriendo.

Es uno de los más excelsos poetas en el panorama actual del Payaso (Parnaso) francés. Yo sigo creyendo en una televisión didáctica. Jesús jamás habría pisado el palacio de un dictador como Pinochet. ¿Cómo fiarse de las palabras elogiosas del amigo zafio? El sentimentalismo humanitario es insoportable. Si quieres triunfar en la vida, debes ayudar a cada cual a sostener su máscara. El símbolo de este país debería ser el péndulo: siempre está oscilando de un extremo al otro. Algunos de esos famosillos venales que pueblan nuestras televisiones y que un día caerán en el abismo desde su podio de inmundicias. Pitagórico, silencio pitagórico: Se castigaba mediante un silencio pitagórico. Pitia: sacerdotisa del oráculo de Apolo en Delfos. La cultura del botellón como referente. ¿Vivimos en democracia? No, vivimos en dinarquía: un sistema donde gobierna el dinero. Basura. Sólo produjo basura a su paso por la tierra. Pañales sucios, papelitos de chupa chups, caramelos, cáscaras de pipas, botellas vacías y rotas, botellones, latas vacías, colillas, condones, restos orgánicos de comida. En los países ricos cada persona produce un kilo de basura al día. Así durante toda su vida una persona de 80 años habrá producido cerca de 30 toneladas de basura. La berenjena por blasón, el caldero como enigma, su majestad la salchicha. Una niña de tres años de edad que pesa 54 kilos. Para encontrar toda clase de bichos raros, no es preciso salir al campo. Nuestro país bate el récord de listos tontos y de tontos listos. La palabra mariquita ha sido sustituida por gay, un término políticamente correcto que justifica todas las obscenidades que horrorizan a un maricón de los tradicionales. Pero las personas realmente inquietantes son las que desean siempre ser el number one. Esta artista tan famosa es una de nuestras vulgaridades permanentes. Léopold Luis Boulanger es nuestro poeta maldito oficial. Sus versos son un punzón que nos deja una herida cuya cicatriz nunca se cierra. Carrozas viscerales. Los fracasados hieden, los resentidos hieden. No tenemos cultura de la denuncia de los abusos sexuales, ni cultura del dopaje de importación, ni menos aún tenemos por costumbre la cultura de la queja. Blair Runner y José Manía Aznar venían con la idea de barajar sanciones contra los países que no colaboren en la lucha contra el terrorismo ilegal. Si no perteneces al lobby gay o al de los cocainómanos, estás condenado al ostracismo. Francia es el país más bello del mundo. Se doctoró muy joven en la academia de genios y no pierde ocasión de proclamarlo. El mirlo blanco es el pájaro más madrugador. Este grandísimo cantante-autor de éxito, que escribe sonetos con cacapedoculopís, es nuestro nuevo Rimbaud del acordeón parisino. La posición de Francia queda definitivamente definitada. Enganchados, el hombre es un ser permanentemente enganchado a algo.

-Por favor, Paul, te importaría apagar esa radio o al menos poner más bajo el volumen -dijo Alberta-. No sé cómo puedes soportar a esos opinadores de todo y de nada: no son sino unos charlatanes.

-Sí preciosa -dijo Paul-. ¿No quieres volver a engancharte a esta?

-No seas vulgar, además, sabes que esta mañana no tengo mucho tiempo. Pero esta noche tal vez te perdone tu gesto grosero -dijo Alberta besando apasionadamente en los labios a Paul.

Alberta era esbelta y de anchas caderas y pechos opulentos, con una melena corta y rubia que dejaba al desnudo su fino cuello, ojos negros almendrados de mirada burlona, nariz recta ligeramente achatada que realzaba su sensualidad, y labios pequeños, carnosos (tanto el superior como el inferior hinchados por la gracia de la naturaleza y no gracias al ácido hialurónico) que parecían, empero, fabricados a voluntad.

-¿Cómo va el tema de ese publicitario de mierda? –dijo, tras tocarle el respingado culo a Alberta.

-Bueno creo que te he contado que trató de asesinar a mamá con cólicos saturninos.

-¡Con cólicos qué! -interrumpió Paul.

-Sí, trató de envenenarla suministrándole pequeñas dosis de sales de plomo. Empecé a notar que mamá tenía la cara pálida, terrosa. Se quejaba de dolores de estómago y vientre; tenía vómitos, jaquecas, y también estreñimiento y diarrea. Decía que había perdido las ganas de hacer el amor, que se sentía deprimida y como anafrodíxica. Lo último a su edad era normal, pero no los otros síntomas. Así que hice venir a su médico, quien achacó el psicosomático cuadro patológico a un elixir de la vida que le proporcionaba don Hernán Cortés, un chamán de Nuevo México, amigo de mamá. A contre coeur, dejó de tomar el elixir. y algunas de las molestias remitieron, pero a las pocas semanas, y a pesar de que no volvió a tomarse una sola gota de la jodida poción mágica, todos los síntomas se presentaron con más fuerza que antes.

-Yo quiero envenenarte con besos.

-No te tomas nada en serio.

-Sí, esto –dijo el flautista, intentando introducir su mano en el valle alto de los muslos de Alberta, quien cerró las largas piernas y abrochó su bata de seda que había resbalado de su vientre, dejando ver la completa desnudez de su sexo.

-¿Qué significa eso de sentirse anafrodíxica? -preguntó Paul, sentándose de nuevo y mordiendo un trozo de tostada, embadurnado de mantequilla.

-Pues sencillamente que no se tiene apetito por el coito.

-Igual que tú ahora -dijo Paul

-Sí, igual que yo ahora y siempre contigo, si no te vuelves algo más delicado -dijo Alberta enfadada-. ¿No sabes que estuvo a punto de morirse?

La tensión arterial se le había descontrolado y vomitó sin parar durante toda una noche. A la mañana siguiente, no respondía al teléfono. Alberta, alarmada, fue a casa de su madre y la encontró de bruces, inconsciente en el cuarto de baño junto a su alcoba. La llevaron de urgencia a una clínica, donde pasó todo el día en estado de coma y con el corazón semiparalizado. Luego, inesperadamente, recobró el sentido y el pulso, y mejoró notablemente. En los análisis que le practicaron, descubrieron pequeñas cantidades de sales de plomo en su organismo.

-Era evidente que alguien trataba de matarla. Yo sospeché inmediatamente de Pedro Escobar y, sin decir nada a mamá, contraté a un detective privado para que investigara su vida. Descubrió que salía con chicas del Crazy Fox a las que invitaba frecuentemente a cenar en Maxim’s y la Tour d’Argent . Eso debía costarle una fortuna. ¿De dónde sacaba el dinero?

Con mucho tacto y paciencia Alberta consiguió una información de su madre que le confirmó sus sospechas: Katehryn le confesó que había nombrado a Pedro principal beneficiario de unos títulos de renta variable por valor de 10 millones de francos suizos, de los que le hubieran correspondido 6 millones en el caso de que ella llegara a fallecer.

-Pedro se había gastado en tres putillas y en darse una vida de lujo, la mayor parte del presupuesto destinado a producir una campaña de publicidad con la modelo Inés de la Fressange, ¿sabes, Paul? Y esa había sido la única razón de su presencia en París.

Katehryn no lo quiso creer y acusó a su hija de querer humillarla, negándose durante varias semanas a denunciar ante el juez al publicista español. Sin embargo, la duda había entrado en su cabeza. Una noche, espió a su amante, y lo vio con sus propios ojos, abrazado a una pelirroja despampanante, saliendo por la puerta de camerinos del famoso cabaret. Después de eso, hizo analizar por su farmacéutico habitual el resto del último cóctel que Pedro le había servido y que ella se había ingeniado en guardar.

-Acabó convenciéndose, cuando le informaron de la existencia de residuos significativos de cerusa, acetato básico, cromato y saturnita en la bebida analizada: la misma que Pedro le había preparado siempre con mucha ceremonia, y que mamá adoraba.

-Desde luego, hay gustos para todo –dijo Paul bostezando, a la vez que sacaba su flauta del estuche que había dejado la noche anterior sobre una mesita de cristal y se puso a tocar la ráfaga burlona de la Flauta Mágica-: Tirurirurí tití, tirurirurí tití. Tíruri turirurirurí tití.

Alberta se levantó entonces para ir a su cuarto. Al cabo de unos minutos apareció arreglada y se dispuso a salir de su apartamento para dirigirse a su galería de pintura y escultura, donde su madre y Carole habían quedado en verse a las diez y media de la mañana.

-Hoy volveré muy tarde, no me esperes –gritó a Paul antes de cerrar la puerta.

El arte tiene la misión de conducir el pensamiento, Michelangelo Pistoletto dixit. Ascensión y caída de las instalaciones que surgen como un nuevo género artístico en los primeros años sesenta. En un banco de la plaza Furstemberg hay una pareja de adolescentes. Él con gafas de vista de cristales gruesos, besa a la chica, también con gafas de vista de montura espesa, que lo aprisiona estrechamente entre sus piernas. Se diría que hacen el amor en plena calle, ¡qué cara! ¿Por qué me molesta? ¿Estaré pensando como la Sainte Famille machin qui croise dans son chemin…?, que decía Brassens. No, es porque son muy vulgares y feos. Los artistas plásticos toman conciencia de las cualidades del espacio expositivo, de la iluminación, del valor escénico, o del significado de los objetos. Kurt Schwitters comenzó a clavar fragmentos de objetos y desperdicios en sus cuadros hacia 1920, y terminó modelando con ellos el espacio de una habitación que llamó Merzbau. Claes Oldemburg en 1960 alquiló un local del Soho Neoyorquino. Para cruzar la calle asegurarse de qué lado vienen los coches, para que no me espachurren como le ocurrió al último y joven amante de mi madre, antes de que conociera a Escobar. Si eso le hubiera ocurrido a aquel novio inglés que tuve, que se tragaba los huevos fritos enteros tomándolos por una punta como si fueran crêpes. ¡Qué asco! En ellas expuso esculturas de papier maché, papel masticado o mascado, que reproducían en colores llamativos la apariencia de prendas de vestir y de comida. objetos que se veían desde la calle. Arte es todo lo que el artista y las galerías quieran que sea. Piero Manzoni logró una tan pronta como resonada fama basada en su inquietante y libérrima invención poética y en su corrosivo humor. Pirámide hecha con latas de conserva conteniendo mierda de artista. Merde d’artiste, artist’ shit, merda d’artista. Arte es todo lo que el artista y las galerías quieran que sea. Todo el mundo con quien he follado. Tienda de campaña en forma de iglú: amigos de colegio, amantes y varios fetos abortados. Mi cama con sudores, orina, secreciones y vómitos como los de mamá. Alrededor, botellas vacías de whisky, colillas, compresas, condoones, y un pequeño tigre de peluche: maneras de que me follen. Merde d’artiste. Arte es todo lo que el artista y las galerías quieran que sea. Vengan a visitar la exposición actual de arte de mi galería, ¡eso sí que es arte del bueno! “El Pop-Art a través de las épocas”, Galería du Berry, 107, rue de Seine: 1- Cráneo de Santa Rigoberta. 2-Muñeca destripada de cuyo vientre salen otras muñecas destripadas. 3-Espada de San Estanislao. 4-Un par de gafas con culos de hombre y mujer reflejados en los cristales. 5-Tres espinas de la corona de Jesús. 6-Cruz con botellas de Pepsi Cola. 7-Trozos del Lignum crucis. 8- Lamparita de carburo de minero. 9- Servilleta utilizada en la Última Cena. 10- Silla eléctrica a escala reducida. 11- Un diente de Santa Genoveva de París. 12- Mesa de ping-pong con pelotas de escayola. 13- Un pedazo de hueso de San Kevin Kostner. 14- Piezas de motores prensados. 15- Una costilla de Santa Sofía. 16-Casco de motorista pintado al óleo. 17- El mentón incorrupto de San Teófilo. 18- Pila eléctrica en bronce sobre pedestal en el interior de urna de cristal. 19- Costilla de la ballena Moby Dick. 20- Tabla vertical con plato, cuchillo, paquete de “Gitanes” y ducha de teléfono. 21-Colmillo de elefante de Hanibal. 22- Retrete con la tapa levantada. 23- Trozo de la vara de Moisés. 24- Retrete con la tapa bajada. 25- Cíngulo de la túnica de la Virgen María. 26- Paquete de “Camel” a escala gigante. 27- Un basilisco en formol. 28- Lata de sopa Belcamp vacía, tamaño natural. 28- Maná encontrado en el desierto de Afganistán. 29- Rueda de bicicleta que gira sin solución de continuidad dibujando imágenes sicodélicas. 30- Cuerno policromo de unicornio. 31- PC portátil Toshiba modelo T1850. 32- Anillo que San José usó en sus desposorios con la Virgen. 33- Fragmento incandescente de cometa. Antes de cruzar la calle asegurarse de qué lado…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 3

 

-¿Cuándo fue la primera vez que viniste a París? -pregunto Darue- pero antes de que Pedro tuviera tiempo de responder le dijo riendo-. Sí, sí, claro, se me olvidaba, ya sé que eres uno de esos miles de cretinos que hiciste el mayo del 68, lo cual por lo que se ve no te inmunizó mucho contra las tentaciones del mundo, la carne y el dinero.

Pedro se mosqueó con la broma de Darue, y le replicó con dureza:

-Usted no ha debido tener nunca juventud.

-Seguro que más que tú -replicó también con dureza Darue-. Cuando yo era joven me hice un hombre luchando en la Resistencia contra los alemanes, contra los nazis; pegando tiros, poniendo bombas, matando, y no rompiendo escaparates, arrancando adoquines o escribiendo en las paredes gilipolleces como prohibido prohibir, seamos realistas: pidamos lo imposible. ¡Valientes revolucionarios!

Pedro no comprendía el desprecio que manifestaba tanta gente por un acontecimiento histórico prácticamente incruento, que había sido el germen de muchos cambios sociales y políticos en Francia y el mundo, y en el que él participó de manera muy activa con una serie de acciones que empezó a contar detalladamente a Darue para fastidiarlo.

-El 3 de mayo desalojaron la Sorbona y yo me uní a los estudiantes congregados en el Boul’ Mich. Destrocé trece escaparates, cinco parabrisas, un sinfín de lunas laterales de coches, y ayudé a arrancar unos 30 metros cuadrados de adoquines. Al final de la noche me encontré con Claire Lalanne, una compañera de residencia que pertenecía a un grupo trostkista. Regresamos juntos a la Cité Universitaire y nos acostamos en su habitación, empapelada con carteles del Che Guevara, Trostky y Mao Tse Tung. Pero, estábamos tan cansados que nos dormimos sin llegar apenas a tocarnos. El 6 y 7 de mayo, Claire y yo fuimos juntos a las manifestaciones de esos dos días. El 7, Claire desapareció de mi lado repentinamente. Me entró pánico y me volví a la Maison de Hollande. Claire no estaba allí y no volvió en toda la noche. Regresó a primeras horas de la mañana del día 8. La habían detenido. Tenía un ojo morado a causa de un golpe. Claire no paraba de repetir: Putain les fascistes! Estaba muy enfadada conmigo pues creía que yo la había dejado tirada. Le juré que no me había dado cuenta de nada y que la estuve buscando durante mucho tiempo. El 10 de mayo fue una auténtica batalla campal. El corazón del Quartier Latin quedó arrasado y yo contribuí a ello de nuevo: arranqué cinco rejas de árboles, quemé dos coches y me cargué no sé cuántos escaparates. Por poco me agarran dos CRS si no salgo por piernas. Corrí sin parar hasta la residencia y no saqué la nariz fuera de ella hasta el día siguiente. Debía tener más cuidado en lo sucesivo, pues de lo contrario me iban a detener y me iban a expulsar, y a ver qué le contaba yo a mamá: ¡encima de un marido mariquita, un hijo comunista! El 13 de mayo, éramos por lo menos un millón de personas desde Denfert a La Bastille. En el bulevar Raspail me uní a Enrique y Gustavito (no el pintor), mis amigos comegatos de la Cité: sí, no dejaron uno solo. Terminó la manif y nos volvimos tranquilamente a casa. ¿Cómo?, puesto que no había metro ni autobuses. Se me ocurrió requisar, una furgoneta cargada con cajas de pepinillos en vinagre, que luego repartimos gratuitamente en todas las residencias universitarias, sobre todo en las más folloneras. En pocas semanas pasé de conocer superficialmente el Manifiesto Comunista a formar parte de un grupúsculo a la extrema de la extrema. Se llamaba el LCUR (Liga Comunista Ultra Revolucionaria) a la que pertenecía Claire Lalanne. Como militante activo comencé a participar en los debates políticos e ideológicos que tenían lugar sin solución de continuidad en la mayoría de los locales ocupados por los estudiantes y huelguistas, a partir del 14 de mayo, en la Sorbona, Teatro del Odeón, Comédie Française, Facultades, Colegios universitarios, etc. Mi especialidad era la frase corta y enfática con citas calcadas del Che y Ho-Chi-Ming, de quien acababa de robar sendos libros en La alegría de leer

-Una librería que tuvo que cerrar por culpa de los cleptómanos izquierdistas como tú –interrumpió secamente Darue, harto de oír a Pedro, y luego añadió-. ¿Fue en mayo del 68 cuando conociste a la millonaria?

-No, en el 68 era Fouillou, una joven de Pontoise que me abandonó porque yo era pobre y no tenía donde caerme muerto.

-¿Cómo que te abandonó? -preguntó Darue con interés.

-Sí, yo quería hacerle un hijo, y ella no se dejaba, porque pensaba que iba buscando sólo su dinero. Sus padres eran muy ricos.

-¿Y era guapa?

-No, valía poca cosa, pero era muy lista.

-De eso no debe caber la menor duda –dijo Darue cortante.

-Entonces, para vengarme me hice comunista, y luego en España, anarquista.

-¿Basándote en la fisura de toda lógica y en lo ondulatorio de las alianzas? -preguntó el periodista Darue.

-No le entiendo, ¿qué pretende decir? -preguntó Pedro

-Nada, olvídalo -dijo sonriendo el anciano, y preguntó-: ¿Cómo te ligaste a la millonaria?

El negro que amaba el azúcar cande se volvió hacia ellos y dijo sonriente:

Cherchez la femme.

Voilà, c’est ça! -respondió Darue, sonriendo también al coloso.

-Me invitó a una soirée de época primer imperio en su casa de la rue Guynemer, la que recorre el ala oeste del jardin del Luxemburgo. Me pidió que fuese vestido de Napoleón porque ella iba a disfrazarse de Josephine. Lo cual, mucho más que una insinuación, era una promesa de seducción a primera vista. En realidad ella me amaba en efigie, es decir a través del retrato mío que -como sabe- había comprado en California a mediados de los 70, poco después de heredar la fortuna de su tía Norah, comerciante de diamantes al por mayor, y que vivía en San Francisco. Y aunque yo había cambiado bastante en el fondo, seguía teniendo casi la misma apariencia externa que cuando me pintó Gustavo Rodríguez. Así que ya existían las bases para que ella pudiera caer en mis brazos. Rendirla finalmente no fue tarea muy difícil. Aunque Katheryn había tenido un pasado de militante feminista, y de activista contra la guerra de Vietnam y contra el imperialismo de su país, cuando yo la conocí pasaba por una etapa más o menos mística, que se había iniciado unos años atrás con la muerte trágica de su último compañero sentimental. Nuestra primera conversación, yo, de Napoleón, repito, y ella, de Joséphine, fue muy divertida: La sociedad en que somos educados que estructura nuestro horizonte, desde el que hemos de abrirnos al cosmos, nos hace estar sumidos en las gigantescas sombras de una gigantesca espelunca, me espetó la bella, aunque ya algo ajada americana, sin que yo entendiera una palabra, pero que me hizo comprender inmediatamente que estaba algo chiflada. Y yo le dije, recurriendo a mi sólida formación de publicista: Es necesario ir un paso más allá; interpretar el futuro y anticiparse a él. Mantenerse a la cabeza en la gestación y el desarrollo de nuevas ideas sólo está al alcance de aquellos que viven con el futuro como meta. De quienes convierten lo lejano en inminente. Ahí conviven el presente con el futuro y, a menudo, es difícil saber dónde acaba el ayer y comienza el mañana, porque al final todo culmina en un mismo punto, tú. Katheryn se quedó un instante con la boca abierta, dejando ver unos dientes de catálogo, pero acto seguido, replicó de este modo tan apropiado y cariñoso: Busca la trascendencia de lo sencillo y la sencillez de lo trascendente y te establecerás en el fundamento de la consciencia, así te convertirás en el canal por donde fluyan las fuerzas del universo. Llegará el tiempo en que te darás cuenta de que los pensamientos de otras mentes y las enseñanzas de otras gentes, no son los que guardo para ti. Para ti, tengo reservados pensamientos que serán tuyos, solamente tuyos.

         La formación de “internos por razones de peligrosidad social” invirtió de nuevo el sentido de avance del paseo, y Pedro y el periodista Darue siguieron los pasos vacilantes de un atracador que había cometido sondado su último golpe, tras escaparse entubado del hospital donde estaba ingresado, y de un toxicómano que fue sorprendido pegándose un chute en la capilla de Santa Genoveva de la catedral de Notre Dame.

         –Katheryn acababa de cumplir medio siglo de edad con gran elegancia –dijo Pedro Escobar, dispuesto a sincerarse con el periodista -. Era delgada, bien moldeada y de opulentos senos quirúrgicamente turgentes; ni alta ni baja, y tenía un rostro triangular de pómulos marcados, grandes ojos marrones, dulces; abundante pelo castaño tirando a rubio, labios gordezuelos en forma de yunque, aunque algo flácidos por las mañanas, y en la calle siempre pintados de púrpura; su mirada era melancólica y serena con ráfagas de dureza, o más bien de espanto, seguramente por el recuerdo inconsciente de la violación que había sufrido recién llegada a París, a principios de los setenta. También, por el trauma de la muerte por accidente de su último amante, un diseñador de moda diez años menor que ella, que intentó cruzar la rue de Assas sin mirar de dónde venía el tráfico, y fue a caer bajo una camioneta de reparto de pizzas que le hizo estallar la cabeza como un huevo. Después de tan tremendo impacto, Katheryn se entregó en cuerpo y alma al estudio de la doctrina Zen y Zazen, a la meditación trascendental y al esoterismo, en los que ya se había iniciado a raíz de la lejana muerte de su marido, el padre de Alberta. Había juntado una colección de libros de iluminación espiritual que, si bien no le proporcionaron la felicidad interior tan prometida y buscada, al menos la entretuvieron y le ayudaron a superar la desaparición de un ser tan querido y probablemente ya insustituible. Reunió la obra completa de los maestros Shakti Gawain, Daniel Goleman, Arnaud Desjardins, Alice Bailey, Francis Story, Judy Fox, etcétera, así como todos los títulos de la Nueva Ciencia y de las corrientes espiritualistas provenientes de su tierra, California. Katheryn estaba persuadida de que yo era la reencarnación de su marido, Albert Mendes, y fue por ese motivo que compró mi retrato, y no por su gran calidad artística, que, sinceramente, no valía gran cosa. Yo también sabía que Gustavo Rodríguez nunca sería colgado en El Prado. A la que sí había que haber colgado de algún árbol de la Cité Universitaire era a su mujer, Carmen, una valenciana pedante y parlanchina que se fugó con un negro senegalés, la especie humana más despreciada por el pintor: una bellísima persona, pero bastante racista. Aunque esta es otra historia que ya le contaré algún día, si hay lugar.

-De modo que la millonaria tenía todavía un buen polvo –dijo Darue aludiendo a Katheryn en un tono y términos ciertamente desvergonzados e impropios de su edad que sorprendieron a Pedro Escobar.

Volvieron a pasear en contra del sentido de las agujas del reloj, y ahora tenían delante a dos convictos: un colega publicista (por el que Pedro no sentía simpatía alguna), coautor de un estúpido crimen en Miami junto al otro publicista que se había suicidado en su celda, y el Director de la Gendarmería francesa, condenado a más de treinta años de reclusión por haberse apropiado de unas cuantas decenas de millones de francos (no se había podido determinar la cantidad exacta), que inspiraba un respeto desmesurado a Escobar, quien ni siquiera se atrevía a mirarlo a la nuca. ¡Señor yo no soy digno de que entres en mi pobre morada ni de ponerte mi vista encima!

-Bueno, ya sabe usted, todas las rosas se marchitan con el tiempo, pero a ésta aún le quedaban unos pétalos jugosos que chupar.

-Y sobre todo unos millones…

Honni soit qui mal y pense –dijo Pedro Escobar, interrumpiendo al anciano periodista.

-Durante la fiesta de época de Katheryn, tuve un éxito colosal con la asistencia femenina a la que dije sin cesar frases manipuladas: Planifica el día, improvisa la noche, piensa en mí. Soy de ese extraño grupo de gente que es capaz de meter su vida en una maleta. No te conformes con menos, aspira a mí. Si quieres emociones, si quieres saber qué es un auténtico hombre, dime sí con un leve movimiento de tu bello pie derecho, y sentirás como un dulce relámpago recorre todo tu cuerpo. Para meterme esa noche en la cama de Katheryn, me bastó con dedicarle algunas de mis adaptaciones más sexcitantes: ¿Sabes lo que te pasará si no vives la vida? Nada. Yo devoro la vida como si no hubiera comido nunca, la vida me parece demasiado aburrida como para aceptar compromisos, por eso la exprimo al máximo y estoy acechando las ocasiones que sólo se presentan una vez: Siento apetito por ti. Tengo un corazón salvaje, siente toda la potencia de mi corazón y entenderás lo que significa la libertad. Tras nuestro primer beso, le susurré al oído: ¿Cómo podría explicarte cuál es el sabor de tu lengua? Deliciosamente amarga, apasionadamente roja. Por su parte, Katheryn fue despidiendo a cada uno de los invitados de su fiesta con esta fórmula: Hermano o hermana tal (el nombre del amigo o amiga), hermano pájaro y hermana nube, hermano árbol y hermana flor, hermano cielo y hermano sol, hermana luna y hermanas estrellas que animáis mi pecho y mi corazón, y en el sueño de la vida me alentáis. Antes de penetrarla esa noche, me hizo recitar con los ojos cerrados su oración preferida: Uno Santo que eres en nosotros Esperanza, como nosotros luz en Ti. Santificado seas por nosotros, porque somos tu Nombre. Y libéranos del mal de creer que estamos lejos de Ti.

Pero n’esta altura de la historia, el autor describía qué aspecto tenían sus dos protagonistas actuantes:

Foto de ficha carcelaria n°. 2001 de Darue: bajito de estatura, perfil soñoliento, gafas de cristales gruesos, rectangulares y espesa montura de carey, descansando sobre nariz apagavelas, acartonada, prima hermana menor de Cyrano de Bergerac. Cabeza apepinada, calva, con cuatro pelos lacios parietales. El todo lo cubre un sombrero marrón de fieltro, como los de los detectives estadounidenses. A pesar de su avanzada edad, sigue conservando un inquietante aire infantil.

De Pedro Escobar existían dos descripciones, la que ofrecía el retrato y la de la cárcel.

Retrato: delgado, rostro semita, abundante cabello negro acaracolado, ojos negros, pequeños y brillantes, bigote y perilla a lo Gustavo Adolfo Becquer.

Ficha carcelaria n°. 1985 de Pedro Escobar: individuo de talla media, recio, vientre prominente, calvo reluciente salvo encima de las orejas donde se mantienen espesos mechones de pelo de color indefinido, ojos negros glaucos, barba completa entreverada de canas.

-¿Y tú qué piensas de los obispos -preguntó de repente el periodista Darue, iniciando un claro episodio de chocheo-. ¿No crees que deberían condenar sin preservativos la violencia?

-¡Qué!, no sé, no suelo pensar en ellos -gritó Pedro.

-Son una especie de altos burócratas de lo divino, ¿no crees?

-Me importa un carajo -respondió Escobar deseando ver terminar el tiempo de patio para quitarse de encima a Darue.

-Con la broma ambiente, veo el diálogo como horizonte utópico: es decir, no lo veo-continuó el anciano periodista con cierto desánimo.

-Ko que si veo son molólogos tremendos que folliloquian por doquiera que vayas -Dijo Pedro Escobar con la intención de burlarse de él.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 4

 

 

Katheryn sentía un dolor de cabeza insoportable que le recordó el de las jaquecas producidas por su envenenamiento. Se tomaría una caja de aspirinas después de su baño ¿Y si él no hubiera tenido nada que ver?, ¿ y si todos mis dolores fuesen producto de una enfermedad cualquiera? ¡Voy a acusar entonces a un inocente! ¡Qué imbécil soy! Él es culpable, de eso no hay la menor duda. ¡Qué vergüenza voy a tener que pasar! Sus aventuras con Katia y con esas otras dos horribles jóvenes y a saber cuántas más. Pero, seguro que él me amaba a pesar de todo. ¿Cómo me ha podido pasar esto a mí? ¡Qué mí tan desgraciado! Albert destrozado en su coche. Georges aplastado por un camión de reparto. Me recordaba tanto a mi marido. ¡Qué maneras tan trágicas y estúpidas de morir!, y de vivir: la vida es tragicoestúpida. Bush ha ejecutado en la cámara de gas a un condenado a muerte que se encontraba en estado crítico en la UVI del hospital de la prisión. Decía Carole que el autor del último libro que me ha dejado realiza un experimento narrativo, de narragénesis y narranálysis, tendente a la deconstrucción compositiva de la Historia, como un relato universal que, sobre todo, cuenta a través de lo gesticular y gestual del protagonismo histórico. ¡Sublime! No soporto a los críticos que se ceban en todos los jóvenes pintores. Afortunadamente tengo el diario de mi ángel que me habla cada día y me transmite un mensaje. De ese modo me acerco a él, para que me diga su nombre, para que me escriba. Es un diario de los dos: de Pedro y de mi ángel. Pedro, siempre Pedro in my mind, you are always in my mind. Qué dura es mi hija, no me tiene ninguna consideración: despertarme de este modo. Sí, sí, hoy es el día, maldito día. Los ángeles y Pedro cambiaron mi existencia, y ella me pide que los condene. Condenar al hombre que me amó más y mejor que ningún otro. ¡Qué vergüenza voy a tener que pasar! El oro de la milésima mañana, un redescubrimiento del elixir de la larga vida que tendrá innumerables aplicaciones terapéuticas. Ese sí que me tomo el pelo: don Hernando Cortés. Venir vestido de indio navajo a mi fiesta con todos aquellos vegetarianos, carnívoros, alcohólicos, abstemios, obesos, obsesos, anoréxicos, ortoréxicos, bulímicos, la mujer más alta, la mujer más baja, la mujer más bella, y la más fea de todo París, casada con el holandés más soso de Holanda, que más que un holandés se diría un belga, un suizo o un luxemburgués. Lo siento, Katheryn, ce n’est pas de ma faute d’être né en Suisse. Alain sí que era un tío simpático. Él pedía disculpas por ser suizo. Igual que yo me disculpaba por ser norteamericana cuando llegué a Paris después de mayo del 68, y quería demostrar que era distinta de mis compatriotas.

Katheryn se incorporó chorreando espuma y llamó a su joven camarera. La muchacha, que esperaba sentada tras la puerta, la rodeó con una inmensa toalla rosa de baño, y comenzó a frotarle vigorosamente la espalda y el vientre. Katehryn tuvo un gesto involuntario de rechazo al ver reflejada en el espejo de pared la cara linda, tersa y brillante de Brigitte la mignonnette junto a su rostro flácido y apagado.

-Señora, hace una mañana de perros –dijo resplandeciente, la blanquísima y rubia camarera-. ¡Quién diría que estamos en primavera!

-El cambio climático, Brigitte -dijo Katheryn, conteniendo su súbita rabia por la despiadada e inapelable comparación del espejo.

-Señora, he leído en una revista que dentro de cincuenta años el mar cubrirá París, y que sólo se verán la antena de la Torre Eiffel y la cruz del Sacré Coeur.

-Bueno, eso serán exageraciones de los periodistas que exageran mucho, ¿no crees?

-No lo sé, señora, yo sólo sé que ya no hay estaciones como las de antes.

Qué podía saber ella con sus veinte y poquísimos años, y su culito prieto y turgente. Se apreciaba que la mignonnette deseaba darle conversación y distraerla, pensando que le esperaba, y con razón, una jornada ingrata y confusa.

-Señora, yo sé que usted quería mucho a ese señor español, pero me gustaría contarle a usted algo que hasta ahora no me he atrevido a contarle a usted -dijo Brigitte de repente con expresión nerviosa. Pero, sin esperar consentimiento de su ama, le espetó-: Ese señor ha querido seducirme, es decir, ha tratado de acostarse conmigo en varias ocasiones, y como yo no consentía a sus pretensiones, una noche, que usted todavía no había regresado a casa, intentó violarme.

-¿No lo conseguiría? -preguntó colérica Katheryn.

-Naturalmente que no, pero bien que lo intentó.

-Vale, vale -dijo Katheryn, recuperando su pulso normal -. Por favor, pídele a la cocinera que me prepare el desayuno.

Se pintó el arco depilado de las cejas y cargó los tintes púrpura del pintalabios sin verse en el espejo. Se encontraba en aquella manifestación que hicieron cien mujeres, a finales del 72, para protestar contra la visita del presidente Nixon a Francia. Nos paseamos por el distrito XV con vendas en la cabeza y pancartas. Gritábamos el nombre de una mujer vietnamita muerta y carbonizada por el napalm, y denunciábamos también a las sociedades americanas y a sus sucursales francesas que fabricaban armas para la guerra. Fue una locura, fue increíble todas las obscenidades que tuvimos que escuchar de parte de los peatones hombres. Ni siquiera se preguntaban por qué estábamos allí, sino que nos insultaban y gritaban: Si creéis que vamos a perder el tiempo jodiendo con vosotras o equivocáis: sois feísimas. Mira el culo de esa, mira qué patas tiene…Después mencionaban todas las partes de nuestro cuerpo. Luego dejé el comité pro Vietnam, y, de no ser por Carole, a punto estuve de dejar también Francia, tras ser violada en mi buhardilla por un estudiante africano que militaba en el mismo comité pro Vietnam que yo. El violador me respondió diciendo que, por un lado, no existía antagonismo entre los hombres y las mujeres en lo concerniente a la sexualidad, y que yo debía superar esa idea tópica de la mujer como objeto sexual: la sexualidad es liberadora, me gritó. Además, que, por otra parte, la opresión de la mujer había que buscarla en la opresión de clase: vieja consigna que los guerreros de clase repetían cuando las mujeres se quejaban de estar oprimidas, algo así como: “No te preocupes, mujer, la revolución te lo devolverá por centuplicado”. Me criticó que tuviese ideas feministas sobre el carácter de objeto sexual de la mujer. Tomaba posesión de mi cuerpo igual que se conquista un país, por la violencia, pues quería castigarme por haber resistido a su política de dominación masculina. “El poder se encuentra en la punta del falo”, así me lo confirmó al violarme, reafirmando su virilidad machista. A las mujeres que rechazaban las peticiones de un negro, de un árabe o de un asiático se las consideraba racistas. Cuando denunciamos públicamente la violación en el comité, un izquierdista blanco nos dijo: Calma, cocineras, calma. Y es que por debajo de un negro, de un inmigrante, o de un obrero blanco, aún quedaba una mujer por oprimir. Las mujeres debían tener las nalgas liberadas, y además de eso debían tener las nalgas liberales con el fin de aceptar al agresor de raza o clase supuestamente inferior y callarse después de la violación. Consideraba mi denuncia como contra revolucionaria en la medida en que mi acusación había puesto de manifiesto el comportamiento individual de los revolucionarios en el interior de su actividad política. Mi error consistía en no razonar dentro del marco del pensamiento masculino, considerado siempre como más verdadero y exacto que el pensamiento femenino. Por debajo del oprimido, que era el género masculino, se encontraba siempre una mujer más oprimida que él, y esto se daba en cualquier tipo de raza o de clase oprimida. ¡Qué porquería de hombres!, concluyó Katheryn en voz alta, pulverizándose el cabello con agua de colonia Saint Michel, una colonia unisex barata que ella adoraba.

-Su desayuno está preparado, señora- vino a decirle Brigitte la mignonnette, tras golpear suavemente con los nudillos de su blanca mano la puerta del cuarto de baño.

Arrugas: yema de huevo, aceite y miel. Piel cansada: tres cucharadas de sal fina con agua y una cucharada de aceite de oliva virgen extra. Ojos cansados: hay que poner dos cucharillas en el frigorífico y aplicarlas sobre los párpados. Esos eran los remedios a los estragos de la borrachera cuando yo era joven y pobre. Ahora tengo potingues por valor de miles de francos que no me solucionan nada. No quiero hacerme la cirugía estética, porque una vez que se empieza ya no se puede parar, además están los riesgos de que te dejen hecha un monstruo como le ha sucedido a Carole, que parece una cerdita de dibujos animados, pobrecilla, ¡qué horrorosa está! y habla ashí de eshe modo como shi no pudiera mover losh labiosh. El poema se presenta como un vómito bienoliente. ¿A quién le oído tan repugnante analogía? Sí, ya recuerdo, a ese poeta gay que se pone hasta las orejas de whisky cada vez que viene a una de mis fiestas, Antoine Le Gall. Estaba también en la de época a la que había invitado a Pedro. Canta, baila, come y diviértete con Katheryn en directo. Me gasté un pastón en esa fiesta. En mala hora. Y yo que creí que Pedro era distinto. Un ser puro y tierno. Intentar violar a mi camarera y seguramente que también a mi hija. Preguntárselo luego. Nunca le cayó bien, ¿por qué? Ella es menos ingenua que moi, aunque también lo es un poco. No hay más que ver todos esos novios estrafalarios que se busca, y que le duran menos que las vacaciones de un yupi americano. Ahora sí que voy a ir a por él, ¡cómo haya intentado jodérsela o simplemente tocarla! Yo le abrí mi corazón y mi casa. ¡Todo lo que tengo es tuyo!, le dije muchas veces. Siempre le he dado todo. Nunca veo maldad en la gente, creo que sólo existe gente buena, ¡seré gilipollas! Con esa cara de místico, de poeta romántico que tenía en su retrato. Era la imagen que me impedía verlo tal como es en la actualidad: un calvo casposo y barrigudo.

-¿Señora, se encuentra bien?

-Ya voy, Brigitte, merci –dijo en tono apenas perceptible, y luego gritando-: Prepárame dos aspirinas.

Katheryn salió del cuarto de baño y se dirigió a un saloncito que daba al jardín del Luxembourg, tapizado y amueblado en tonos rosa y atestado de fotografías queridas, donde solía tomar sus comidas cuando estaba sola. Los castaños y acacias del bosquecillo que veía por el amplio ventanal con cierres acristalados -desde el que podía ver también la rue de Guynemer en toda su amplitud- ofrecían un aspecto sombrío y triste a causa de la atmósfera grisácea que se cernía sobre la ciudad en esa mañana de finales de abril. La grisaille, siempre la grisaille de París, que le recordaba tanto el ambiente gris de San Francisco, donde había nacido y había vivido hasta la edad de 21 años. San Francisco era gris casi todo el año. Incluso en el mes de agosto se tenía que vestir con ropa de abrigo, y en casa de tía Norah permanecía encendida la calefacción central. En San Francisco no se daba el verdadero calor del verano y conocía un permanente otoño debido a las brisas y nieblas del Océano. La niebla llegaba rodando del mar y la ciudad se volvía encantada. Las calles se velaban de misterio y todas las cosas y lugares familiares se convertían en enormes fantasmas. Katheryn miró fijamente una fotografía de sus padres enmarcada en plata sobre una pequeña cómoda. Nunca había sido tan feliz como durante la primavera en que la llevaron con ellos en su gira artística por el resto del estado de California y hasta Los Ángeles. Bajaron por la carretera de la costa recorriendo el camino inverso al de los fundadores de las misiones: Santa Cruz, Monterey, Carmel, San Luis Obispo, Guadalupe y Santa Bárbara. En esta última ciudad y alrededores Katheryn descubriría maravillada el calor y los colores del sur. La ciudad había cerrado sus tiendas y sus oficinas y se había engalanado con millones de flores y los trajes de los pioneros españoles. Banderas rojas y amarillas -que ella no había visto nunca- junto con las de los Estados Unidos llenaban las anchas avenidas. Las multitudes alegres abarrotaban el centro de la ciudad y había mariachis cantando y tocando con sus guitarras antiguas melodías. Se bailaba en las calles y el eco de las canciones mejicanas salía de los patios y bares. Los rancheros montaban en sus ágiles caballos palominos y por todas partes se gritaba: ¡Viva la fiesta!. Katheryn -con apenas diez años de edad- creía siempre desde entonces que había estado en España.

Katheryn se tragó sus dos aspirinas de un golpe y volvió a contemplar nostálgica la fotografía de sus padres que les había sido tomada interpretando en escena la canción There’ s no business like the show business. Los había adorado aunque los frecuentó muy poco a causa de los constantes viajes que les imponía su profesión de artistas del burlesque. “Una profesión muy poco respetable”, según su tía Norah, hermana de su padre, que fue la que la crió verdaderamente. Katheryn recibió por un lado una selecta educación académica en las mejores escuelas y colegios para blancos de San Francisco y Oakland, y, por otro lado, su tía le recordó permanentemente su origen judío, tratando de inculcarle, entre otras, la que según ella era la virtud principal de la mujer hebrea: la discreción. Katheryn se dormía muchas noches escuchando de labios de tía Norah, como si de un cuento se tratara, el versículo del Génesis que pregona la discreción de la mujer: “Dios (bendito sea su santo nombre) se preguntó de qué parte del cuerpo del hombre formaría a la mujer. No elegiré la cabeza a este efecto, dijo Él, con el fin de que ella no levante demasiado orgullosamente su propia cabeza; ni el ojo, para que no sea demasiado curiosa; ni la oreja, para que no vaya a escuchar detrás de las puertas; ni la boca, para que no sea demasiado charlatana; ni el corazón, para que no sea demasiado celosa; ni la mano, para que no se entregue a la prodigalidad; ni el pie, para que no salga frecuentemente de su casa; voy a formarla de una parte del cuerpo que permanece escondida, con el fin de hacerla discreta”.

-Hoy me vestiré sola -dijo Katheryn a Brigitte la mignonnette, que se disponía a retirar la bandeja del desayuno que su señora acaba de tomar-. Avisa a Maurice que tenga preparado el Renault Laguna dentro de media hora.

-Como usted quiera -dijo muy seria la camarera, saliendo del saloncito.

Katheryn entró en su gran alcoba y seleccionó rápidamente la ropa que iba a ponerse en un día tan especial. El negro será lo más apropiado, refleja sobriedad y gravedad: botas, pantys, falda corta, jerséy de cuello alto y pendientes; y para protegerme del día desapacible, el tres cuartos de piel de leopardo que me infunde un aire de mujer fuerte y decidida. Pedro Escobar, estás perdido, tú no sabes con quién te la has jugado. Querías el dinero de la tía Norah, ¿eh, voyou? Eres una sabandija y un hipócrita y vas a pagar por ello. Papá nunca pidió un dólar a su hermana, podrida de diamantes y socia nada menos que de Harry Winston de New York. Porque el pobre papá era un artista de verdad y no iba por la vida fingiendo ni engañando a la gente como tú. Tengo alma de poeta y corazón de 300 caballos, me dijiste al poco tiempo de conocernos, y trataste de engañarme con todos aquellos estúpidos eslóganes manipulados por tu mente escabrosa: Ten un amante, redecora tu vida. La imaginación al poder, o el poder de la imaginación. ¿Te imaginas conmigo en Tahití?¡Liberemos la palabra, liberemos nuestro amor! ¡Quién pone límite a tus sueños! ¡Sueña conmigo! ¡Resístete a envejecer! ¡No te conformes con menos, atrévete conmigo! Corazón salvaje. Siente toda la potencia de mi corazón y entenderás lo que significa la libertad. Rompe con lo convencional y disfrutarás con lo que siempre has sido: un corazón salvaje. Todos los que piden seguridad, confort o control absoluto, recibirán el silencio por respuesta. Confía sólo en valores auténticos, confía en mí. Mantén viva tu conversación, comparte tu conocimiento conmigo. ¡Puah, qué asco! Discreta, una mujer discreta. ¡Eso es lo que nunca he sido! Si hasta llegué a querer competir con Pedro cuando me dijo aquello de: La coges en tu mano, la chupas y la pruebas. Vuelves a mirar y compruebas que tiene un cuerpo muy especial, la sigues mirando y ves su espuma y la intensidad de su color. Notas que está a punto, te entra bien. el último empujón lo das despacito, como sin querer tragártela. Yo le respondí con la razón perdida: “Sólo mi lujuria supera a mi ternura. Quiero ser tu mujer objeto, arrodillarme ante ti y comértela entera. Acariciarte y besarte profundamente es mi perdición. Mis dos cónicos volcánicos rozarán tu champiñón ardiente. Luego me tragaré toda su semilla y entonces seré una contigo”. El clavo que sobresale se aplasta a martillazos. Hace falta valor y decisión para ser creativo, en cuanto se tiene una idea original se está solo o te la roban. Pienso como él, hablo como él, me excito con sus fantasías y tactilocuencia: Una curva es una de las mayores fuentes de placer de un hombre, o de una mujer, naturalmente. Sólo de verla ahí delante como un extraño capricho de la naturaleza, ya provoca en el amante una agitación interior, un desasosiego, certero, un reto a los sentidos. A la curva hay que tratarla adecuadamente. Con dulzura a veces, con rudeza en otras ocasiones, pero siempre con el deseo de quien sabe que algo inefable está a punto de ocurrir. Porque no hay dos iguales, la curva levanta pasiones entre los amantes. La curva es hermosa, y más hermoso acariciarla. Me enredo en sus telarañas, paseamos por el interior de manteles para eliminar la mancha incrustada, y bien incrustada que está en los tejidos. Demuéstremelo. De acuerdo. Aquí dentro de las fibras está la mancha. Por eso necesita energía azul. Sus perlas activas eliminan las manchas por bien incrustadas que estén. Increíble, pero verdad. Sólo cuando está limpio por dentro, está limpio por fuera: las apariencias no engañan.

Katheryn trató de reflexionar con puntos y comas. Katheryn sacó un cigarrillo. Lo hizo lentamente, como un ritual. Despacio el cigarrillo fuera del paquete, golpeándolo suavemente. Despacio a la boca. Despacio el encendedor. Despacio, despacio aspiró. Despacio exhaló. Y entonces, cuando todavía no había dejado salir todo el humo, Katheryn pensó. Katheryn utilizaba el cigarrillo como punto y coma de su pensamiento. Era su forma de reflexionar, de buscarse un refugio de tiempo que le permitiera defenderse de los demás, y le permitiera ordenar su mente.

-Toc, toc -se oyó en la puerta de la alcoba. La dulce voz de Brigitte la mignonnette anunció respetuosamente-:

-Señora, su coche la espera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 5

 

 

 

Tras liberarse del periodista Darue, y con el fin de rentabilizar al máximo las inciertas horas que lo separaban del trascendental vis-à-vis con su joven abogado de oficio, Pedro Escobar se dirigió a la biblioteca de la Tensa, donde era uno de los pocos internos que tenía el visto bueno del director de la prisión para conectarse a Internet en calidad de gran especialista de publicidad e informática. Se instaló ante uno de los cinco ordenadores de la dependencia reservada al efecto -tras saludar a su compatriota, el interno convicto 2332, Álvaro González Cid, Vito, un individuo de personalidad turbulenta, de cabeza rapada, barba, perilla, e impresionante musculación-, y se dispuso a continuar con la historia de la vida de su heterónimo, iniciada unas semanas antes, a través de un sencillo programa llamado Creación Literaria para Todos, comprado a una agencia cibernética de Barcelona, www taller clt.com.

-Bienvenido a nuestro programa CLT. Vamos a escribir un relato. En primer lugar regresamos al protagonista. Responda a las preguntas para su identificación.

-¿Es hombre o mujer?

-Hombre

-¿De qué edad?

-Unos cincuenta años

-¿Cómo se llama?

-Pesc

-Identificado. Responda a la siguiente pregunta: ¿Qué hace Pesc en su juventud?

-Pesc regresa a España al comienzo de la década de los setenta inflamado de ideas e ideales revolucionarios, y dispuesto a aportar su gran grano de arena para hacer saltar por los aires la pertinaz, aunque ya ruinosa, dictadura del generalísimo Franco. Organiza en Madrid una célula de la LCUR, dependiente de la sección parisina, que le proporciona medios y dinero para que, liberado, pueda consagrarse en cuerpo y espíritu a su alta misión.

-¿Cuáles son sus antagonistas?

-La madre biológica, y la madre patria. La primera por haber denunciado las inclinaciones concubitantes de su padre (el padre, según la imagen tradicional, es el representante de la autoridad de la burguesía y del poder del Estado en la familia), la segunda por haberlo humillado y abocado al suicidio. Con doña Rufina, nombre de su madre (la biológica), no mantiene ningún tipo de relaciones. Contra el Estado patrio lanza proclamas inflamadas que pese a la poiesis ordálica en la que se debate como un poseso, no deja de proporcionarle algún que otro sinsabor en forma de ligeras palizas y estancias breves en las mazmorras franquistas.

-Su narración debe ser inteligible. Procure siempre ser claro. Introduzca alguna de las proclamas de Pesc.

-Ante el decreto-ley Antiterrorista y las movilizaciones contra el terrorismo anunciadas por los partidos parlamentarios de izquierdas y sus sindicatos-correa: CCOO, UGT y ETC, la LCUR quiere expresar puntualmente: Sobre el terrorismo la mayor parte de los ciudadanos apenas si conocen otra versión que la oficial, es decir, “terrorista es todo aquel que atenta contra el orden establecido y la seguridad del Estado”, y aquí es precisamente donde se halla la raíz del terrorismo, precisamente en el Estado. El Estado es la confabulación de las clases dominantes (capitalistas) y sus cómplices los políticos, para mantener sus privilegios y las ganancias de sus negocios mediante la explotación de los trabajadores; y para que estos no se subleven contra el orden establecido, cuentan con el ejército, la policía, sus leyes, sus jueces, sus cárceles, y si esto no basta, no dudan en emplear el terror y la violencia para mantener sus privilegios. El terror y la violencia constituyen la piedra angular sobre la que se fundamenta el Estado, y todo terror y toda violencia no son sino consecuencia y derivación del Terror Estatal. “La política es la continuación de la guerra por otros medios”, es decir que la política lleva la violencia y el terror inscritos en su mismo…”.

-Sus escritos deben evitar siempre ser tendenciosos o tediosos -interrumpió el CLT.

Carajo, esto es lo que Pesc pensaba entonces. Después fue evolucionando. En cuanto a que mis escritos sean tediosos hoy, es posible; pero hay que considerarlos en función del contexto histórico. ¡Maldito programa!, se dijo Pedro Escobar.

-¿Qué, sigues con tu novela? -Le dijo a sus espaldas Vito, que purgaba pena de quince años por tahúr y falsificación de moneda.

-Sí, pero este jodido programa debe de ser algo reaccionario porque parece que me censura ciertos párrafos so pretexto de que son poco claros – le dijo sonriendo.

-¿No quieres meterle este argumento? –le preguntó el tahúr-: Vito. Jugador de póquer en Luanda (Angola). Pop, porno y casinos. En la vida de A.G.C. hay estudios de grabación, programas de radio progres, barajas de cartas y cine erótico. Nació en 1950. Vivió su infancia en Málaga. Fue a Londres con 15 años. Allí se enamora del Pop y reniega del Papa, va a los conciertos de los Beatles y los Rolling Stones. Radio en Madrid, club en Sevilla, Alfonso Guerra, Smash, el rock andaluz. Música por un tubo. Triana: el mito. El cine: porno blando y devoción por el Rocío grande y el Rocío chico. Varios casamientos y sus correspondientes divorcios: un enjambre de críos. Cambio de rumbo y nombre para evitar las pensiones de alimentos: la pasta está en el juego. Los noventa son los casinos. La cultura del pelotazo. Baraja el tema y encuentra una derivación curricular. Jugador profesional. Cuela de vez en cuando dólares artesanos. Le gusta la aventura. Sí, jugador profesional. Le ve un vínculo con la música. Es la emoción de jugárselo casi todo, aunque a veces se juega más de lo que puede perder. Recorre el mundo jugando: Rusia, Polonia, Montevideo, Río, Senegal, Mauricio, Sidney, Wellington, Hong Kong, Tokio, Las Vegas, París…Calcula que, junto a su equipo, gana más de 300 millones limpios y…sucios: cárcel. Sueña con instalarse en Las Vegas. Se siente andaluz de Las Vegas. Allí le gustaría terminar su vida jugando al póquer, porque en Europa le ponen problemas y en cambio allí todo es muy legal. Los jubilados se dedican a jugar a las cartas en Las Vegas. Al principio en España, el pop el jazz y el rock estaban tan mal vistos como el juego. En cambio, esas músicas tienen ahora una gran estimación social. ¡Quién sabe si no pasará igual con el juego de aquí a unos años! ¿Qué te parece?

-No está nada mal, lo tendré en cuenta para mi próximo relato, y ya veremos qué piensa el puto programa -le dijo sin entusiasmo, y luego añadió desconcertado-: ¡Pero, esa es tu vida, tío, y en ella sólo aparece el dinero !

-¡No me seas hipócrita, joder! ¿Acaso no sabes que lo único que hoy tiene valor es el dinero y lo que produce dinero? Si supiera la técnica, yo mismo escribiría la novela o un guión cinematográfico. Tengo suficiente material para eso.

-Yo tampoco domino mucho la técnica y por eso recurro al CLT –le dijo-. Los guiones publicitarios los escribía todos mi ayudante, Félix Gonzáles: el tío pedante y parlanchín ése del que ya te he hablado, al que ojalá parta un rayo.

-Introduzca más datos del personaje –reclamó el programa de creación literaria.

-Durante esos años, Pesc simultánea una febril actividad militante por la autodeterminación de los pueblos del Estado español y la república federal, democrática y socialista, con el estudio entusiasta de cuantos textos ideológicos y políticos caen en sus manos, especialmente de aquellos surgidos a raíz de las experiencias y lecciones de mayo del 68.

-Introduzca ejemplos –reclamó el CLT.

-Los situacionistas, Herbert Marcuse, Wilhelm Reich, los freudo-marxistas, etcétera, forman parte del conjunto de heterodoxias que la heteropraxis del mayo francés iluminó con nueva luz, haciéndolas aparecer como proféticas. Descartado el proletariado, el nuevo e impersonal sujeto de la Revolución son las máquinas deseantes, cuyos productivos flujos son sometidos por el capitalismo a una descodificación que por medio del capital abstracto instaura a nivel general la esquizofrenia, al tiempo que rechaza el síndrome formal de alienación (al que luego volveremos), a la vez que rechaza y expulsa como lo otro que le niega a los esquizofrénicos individuales. La Historia deja de ser la historia de la lucha de clases cuyo subsuelo son las diferentes formas de relaciones sociales de producción para convertirse en la sucesión de diferentes formas de codificación de los flujos cualitativos del cuerpo que remiten a la producción de las máquinas deseantes (salvajismo, barbarie, civilización o capitalismo). El Mito del Progreso comparece disfrazado de Eterno Retorno selectivo. Repetición que selecciona, que salva, rechazando la nada del no-retorno lo reactivo y lo negativo. Creyentes en la omnipotencia del deseo, la voluntad de creer y la relativa inocencia del amo, las máquinas deseantes cifran sus esperanzas en la exacerbación de los flujos pulsionales y en su perversa multiformidad transgresora.

-¡Me has dejao apataputao –dijo Vito, que había estado curioseando el texto por encima del hombro de Pedro.

-Y eso no es nada, espérate a ver lo que sigue –le dijo Pedro, y continuó introduciendo datos en el programa CLT-: Con relación al síndrome formal de alienación antes aludido, ambos miembros de la escisión son igualmente hipostáticos, tanto el superior como el inferior; pues la unidad universal-abstracta sólo tiene sentido si se admite que, en efecto, la diversidad particular-concreta es unificable mediante semejante abstracción. Y a la inversa, la diversidad particular-concreta sólo tiene sentido si se admite que su discontinuidad viene determinada por la misma abstracción. Por tanto, se trata del círculo vicioso en que la pescadilla muerde su propia cola, es decir: la unidad universal-abstracta se obtiene mediante la abstracción generalizada a partir de la diversidad particular-concreta. Y la diversidad particular-concreta se obtiene mediante la concreción particularizada a partir de la unidad universal-abstracta. Y ello de acuerdo al anterior esquema.

-¡Qué alucine, qué alucine! –repitió sin parar Vito, leyendo el texto en la pantalla del ordenador-. El menda que escribió eso tuvo antes que haberse fumado por lo menos veinte canutos. ¡Qué alucine!

-Por favor, interrumpa temporalmente su narración. El programa CLT está colapsado –apareció escrito en rojo sobre la pantalla.

-Fíjate, hasta la máquina se ha rebelado –le dijo.

-No me extraña. ¡Hay que ver en lo que se entretenía ese Pesc!

-Pesc soy yo, ¿no te has dado cuenta?

-Claro, tronco: Pesc, Pedro Escobar, dos majaretas -dijo Vito soltando una carcajada, que no le hizo ninguna gracia a Pedro.

-Shiii –se oyó, desde un punto sombrío de la sala de lectura, y luego la misma garganta susurró-. Silencio, por favor, aunque estemos en una cárcel, esto es una sacra biblioteca.

La protesta enfervorizada provenía de un famoso escritor español arrestado en París por la Interpol, bajo la acusación de abandono de la prole y del domicilio conyugal. Se comentaba que el prohombre, de aquilatada paciencia y mansedumbre, había tomado tan drástica decisión harto de las continuas mofas de que era objeto por parte de su mujer, periodista y escritora mucho más famosa que él, quien lo ridiculizaba con insensible constancia en La Opinión, diario de Madrid del que había sido redactor en los años ochenta Pedro Escobar. Éste se puso a leer a Vito una de las columnas de la lindísima señora, publicada en la edición de Internet del citado periódico:

“Pichurri, orangutancita, pichurri”, me grita mi ángel desde el recibidor. Y yo que pienso: Qué querrá éste. Porque siempre que me llama de ese modo es que me va a pedir algo. Me enseña dos entradas: “Las conseguí, pichurri, no sabes lo que me ha costado”. Son dos entradas para Parfifal (Parsifal), esa ópera de Wagner que, dejando a un lado sus bondades musicales dura cinco horas. Esta semana no he parado de comer -gratis-. Con esta vida cultural que llevo, le digo a mi ángel: Estoy cada día más gorda. “No cariño”, me dice, “tú siempre tan exagerada”. Yo me reboto porque tengo la sospecha de que mmi ángel mme lo dice para que le deje tranquilo. Le cuento que el otro día me encontré a Jodarmás Marcel, que me sacó en su programa de propaganda de libros y guanchi va y me dice: “Pues hablaste muy fluidamente, y fíjate que me habían informado de que eras poco habladora”. Mi ángel se caga de risa y me dice: “Cuando vea a guanchi le diré que tiene que buscarse a otro asesor”. Tengo sentido del humor, pero, la verdad, sus ironías sobre mí, me sacan de mis umbrales. Decía que no he parado de asistir a comilonas. Fui a la comida del jurado del premio Agualfara, al Plaza. No es por nada, pero Parfifal me persigue. Llego a la rotonda inglesa y ¿a quién veo comiendo en la parrilla? a Parfifal en persona, o sea a Flácido Mondingo. Tontadita estuve de acercarme y decirle que me estaba tratando con lexatín y yogatxiquín de cara a mi inmersión wagneriana, pero que si ppor favor podría abreviar el próximo mondingo un poco la representación a fin de aligerar el asunto de cara a espíritus primarios. No tuve valor porque sé que mi ángel, que es como supermegadiscreto, le hubiera parecido una salida de tono. Me incorporo a la comida agualfareña y soy testigo de cómo el jurado llama a México a la Soniatowska y le comunica que su novela ha sido premiada en el concurso. A los postres, ya cagaditos de vino y pasados los nervios, el jurado se relaja y soy testigo (otra vess) de la siguiente conversación, que por su extraordinario interés cultural, paso a reproducir íntegramente: “Cuando deje el estresante mundo de la edición”, dice Juan Gozales, jefe de Agualfara, ” me gustaría retirarme al campo y vivir como una vaca”.

Se hace un pesado silencio que rompe finalmente el señor Polaco (el gran jefazo de jefes): “No te lo recomiendo, las vacas tienen mucho trabajo”. “No es por llevarle la contraria, pero me da igual”, dice Gozales, “yo sería como una vaca-perro”. “Una vaca no vive como un perro”, insiste jefajudamente el jefazo Polaco. “Yo te recomendaría vivir como un cerdo, tienen muchas más satisfacciones”. Entonces, mi ángel (ilustre escritor y académico, y un poquito cateto, todo hay que decirlo) interviene en su calidad de presidente del jurado: “Estoy de acuerdo con el gran jefe Atxús, en mi casa tuvimos vacas y cerdos, y los cerdos viven infinitamente mejor que las vacas”. Finalmente, Juan Cara, otro jefe, añade no sin cierta nostalgia: “Os confieso que desde que vi Babe, el Cerdito Pastor, siento deseos de convertirme en cerdo”.

Con esto quiero que ustedes intuyan que en dicha sobremesa no sólo había un nivelazo de cultura que te cagas, sino que se respiraba también un alto nivel de humanotoriedad. Después, todos nos fuimos eruptando a la Casa de América, donde se iba a dar a conocer el nombre de la agraciada, la condesita Soniatowska.”

-Pobre hombre -dijo Vito, aludiendo al escritor encarcelado-. No tiene más alternativa que volver con su linda parienta o pegarse dos años de Tensa, que es lo que le piden.

-¡Qué asco de sociedad! –exclamó Pedro, y luego trató de soltar una frase profunda-: Los charlatanes y las putas se sientan en las tribunas, y los profesores tienen que vivir en las catacumbas y las cloacas.

-No sé qué tienes tú contra las putas –dijo Vito protestando.

-Tres putas me han buscado la ruina.

-Ya lo sé. Esas, encima de putas, son zorras. Pero yo he conocido a putas a las que no se les puede llamar así sin insultarlas -dijo Vito.

-Sí, de acuerdo, de todo hay en la viña del señor, lo dice el evangelio. Hay ladrones buenos y malos, celadores buenos y malos, ricos buenos y malos. Pero los ladrones son ladrones, los celadores son celadores, los ricos son ricos, y las putas son putas.

-Y los tontos, tontos son –dijo Vito volviendo a dar una carcajada, nuevamente protestada por un shiiii más potente y prolongado del escarnecido escritor.

-En la ciudad de Sodoma, Lot se niega a abrir la puerta y a ser violado por sus vecinos. Los ángeles entonces deciden destruir la ciudad: llueve azufre y fuego –dijo Escobar, recordando una frase de la Biblia y aludiendo al profesor injustamente encarcelado.

El programa CLT volvió a reclamar su atención mediante destellos verdes y bips sonoros:

-Continúe con la narración de las actividades de Pesc.

-Tras muchos reveses y sufrimientos originados por apasionada militancia, nuestro protagonista, que no tiene alma de mártir, decide abandonar su célula de la LCUR y pasarse con armas y bagajes a una opción política más segura y rentable. Un antiguo compañero de colegio lo coopta para el PCe y le hace entrar en la redacción, aún clandestina, de Planeta Obrero. En su flamante misión, Pesc va dar pruebas de su larvado talento de publicista, participando activamente en la salida a la luz y consolidación del periódico comunista. A él se le debe, entre otros muchos, la redacción del modélico panfleto, La Universidad y los 500 millones: “El lanzamiento de una campaña con el fin de recoger 500 millones de pesetas que aseguren la publicación diaria de nuestro diario Planeta Obrero, no puede entenderse como un mero objetivo partidista. No se trata de conseguir dinero para el Partido, para su funcionamiento, sino de garantizar la presencia en la calle, desde el momento en que las libertades certifiquen el final de la dictadura, del portavoz de los intereses populares. Planeta Obrero no ha de ser únicamente el órgano de expresión de nuestro Partido, sino además, el periódico de los millones de mujeres y hombres decididos a construir una España democrática y socialista…”.

En este punto el programa CLT volvió a interrumpirle.

-Por favor, es aconsejable no abundar prolijamente en detalles, no es conveniente para el ritmo del relato. Introduzca más actividades de Pesc.

-Realiza entrevistas a diversos intelectuales. Viaja a Portugal que ha iniciado su revolución de los claveles.

-Introduzca primero una entrevista.

-Pesc charla distendidamente con uno de los máximos representantes españoles de la antisikiatría, que hacía furor en aquellos evanescentes días:           P. Se te puede acusar de infantilismo, de negarte a asumir la madurez.

  1. Me parece muy bien y aceptaré esa acusación. Hay que reivindicar al niño que somos, el niño que todos llevamos dentro. Por otra parte, ese supuesto adulto normal al que se nos quiere remitir siempre que se nos acusa de infantilismo o algo parecido, no puede decirse que sea realmente un adulto. Más bien es una especie de eterno adolescente en el sentido de que siempre se está preparando para algo futuro. Nunca vive el presente. Ni siquiera puede decirse que esté vivo, porque el aplazamiento continuo de la vida no recibe otro nombre más que el de Muerte. Si uno mira a su alrededor, no ve más que moribundos. Y la vida es algo más. Es algo así como un intento permanente de lucidez. Por ejemplo, con relación a los llamados locos. Vamos a ver, ¿por qué los internados no pueden comer en el mismo comedor que los médicos?, ¿por qué no pueden defecar en los mismos retretes? Oiga usted, vamos a desnudarnos y a mirarnos los culos, a ver si hay alguna diferencia entre un culo “cuerdo” y un culo “loco”.

         -Joder, ¿quién era ese tío tan listo? Es verdad -dijo en tono de coña Vito, que no dejaba de mirar a la pantalla-. ¿A ver qué diferencia hay entre el culo de un celador y el culo de un violador? Pues ninguna, ¡está claro!

Tentado estuvo Pedro Escobar de mandar a tomar por culo a Vito. Pero no se atrevió por miedo a que le impidiera el acceso a la sala de ordenadores, de la que el tahúr era el responsable de mañana. Vito Había aprendido a reparar ordenadores y toda clase de equipos informáticos, llevado de su pasión por estudiar el funcionamiento de las máquinas tragaperras y antiguamente de los juke-box. Había pasado su primera juventud metido en los billares de su ciudad jugando al futbolín y escuchando la nueva música que llegaba de los Estados Unidos.

-Qué tio tan muermo estabas hecho. ¿Tú no te divertías nunca?

-¿Cómo? -preguntó Pedro

-¡Cómo!, ¡cómo! -repitió Vito burlón-. Escuchando música, por ejemplo.

-No

-¿No?, no te gustaba la música.

-Sí que me gustaba, pero no la entendía.

-La música no se entiende, la música se siente.

-Pues no la sentiría entonces.

-Se siente a la manera de Rafael o a la manera de Billie Holiday.

-El primero me parecía un histrión y el segundo no sabía quién era.

-El segundo no es segundo sino segunda, y una maravilla.

-¡Ah! -dijo desconcertado Escobar.

– Y el primero es otra maravilla -continuó Vito, y luego, como cantando: Yo soy muy desmesurado. Sí, sí, sí, pero sin aspavientos, porque soy una persona muy etiética. Yo no he aprendido nunca nada: yo soy el que soy. I am what I am. Me he hecho a mí. ¿Pero quién hablará por mí?, ¿quién contará la historia de mi pequeño pueblo donde los duendes todavía caminan en libertad?, ¿quién calmará a los vientos y despertará los sonidos que laten en el fondo de sus almas? -concluyó enfático Vito, imitando a su ídolo.

-Cuando yo tenía tu edad sólo me interesaba por la política. Más tarde sí, me interesé por todo: cine, moda, y, también música -le dijo Pedro Escobar a punto de echarse a llorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 6

 

 

 

Carole acababa de salir a la calle por la puerta del numero 14 de la place Dauphine, el edificio donde vivía, catalogado histórico por la alcaldía de París. Se dirigía a su cita con Katheryn en la galería de arte que regentaba la hija de ésta, Alberta. Vestía pantalón negro y chaqueta negra de boa muy ajustados a sus formas, todavía seductoras. Rodeaba su cuello con un gran fular de seda rojo granate, bajo el que disimulaba unas imperceptibles cicatrices, testigos odiosos de un segundo lifting que le había producido una atroz rigidez a su mandíbula inferior. ¿Se considera ambiciosa? Le preguntó tras saludarla un impaciente paparazzi que la aguardaba desde primeras horas de la mañana en la terraza del contiguo café La Rose de France. Másh bien inquieta, creo que la ambición esh contraproducente. Por ejemplo, ¿dónde se ve dentro de cinco años? Vivo el momento. ¿Le gusta la aventura? Intento que cada día shea una aventura deshde que salgo de casa y shubo a mi coche, hoy iré andando, voy aquí al lado. Estupendo así podremos charlar todo el rato. Shí, no shé cómo acabará el día. Esho me fashina. Repasando sus declaraciones, usted parece una mujer segura y llena de contrastes. ¿Se definiría así? Yo creo que lash pershonas she definen por shus actosh. Mire, shiempre hay tresh pichones encima de Henri IV, ¡hay qué ver para lo que sirven lash eshtatuas! Sí, cagadero de palomas y meadero de perros y clochards. Prosigamos, ¿Se considera usted sensual o elegante?, me pregunta el joven y guapo reportero con su minúscula grabadora. Me paro a contemplar el turbulento Sena desde el Pont Neuf. Elegante, respondo mirando de soslayo una carrera en mis medias. ¿De qué colores viste? De negro. ¿Qué más? Grish marengo. ¿Otro? Amarillo. ¡Shocking!, exclama el periodista. Ya she lo decía yo. De repente empiezo a parlotear. Me gushta másh shentarme a leer un libro que acudir a fieshtas. Shí, una por shemana, ¿qué esh mucho?, shi yo le contara. El tráfico eshtá imposhible. El otro día un taxi cashi me pone perdida al pasar por encima de un charco, que un barrendero negro había formado con su eshcoba de baretash, mientrash cruzaba por este carrefour del Pont Neuf con el quai des Grands Augustins. Shí, aquí mismo. Un cura pasa pedaleando en su bicicleta. ¿Coger la rue Guénégaud? Es más directa. No, debo ir primero a comprar floresh para Katheryn al mercado de la rue de Buci, ademásh eshta tarde inaugura Alain su nueva colección para chuchosh en eshta calle. Shí, rue Dauphine, la “Taberna de Pepe”, unas paellas horribles. Mucho tráfico de bajada, aceras estrechas, casi no podemos andar. She lo va a cepillar un coche shi anda por la calzada. Requena artesanía de aquí y allá. Prefiero losh diamantesh a lash eshmeraldas. Me vishte Yves Saint Laurent. Deteshto a Christian Lacroix, esh un paleto du Midi. Morena Livres en gros. Prefiero el mar a la montaña y no soporto losh perfumesh ashfishiantes de ciertash floresh. ¿Lirios?, pregunta. No, susurro. Prefiero el vino tinto de Borgoña y me encantan losh retratosh de Reynolds. ¿Una fragancia que me alucine?: elegante, freshca y sofishticada. Jean Paul Langlois, mi marido, que en paz descanshe, creó una fantashía de mí: diamantesh, vino de Borgoña e Yves Saint Laurent. El perfume esh una promesa, esh una pashión encerrada en cristal. Lo deshtapash y somosh másh guapash, másh atractivash, másh ricash. ¿Más todavía? No shea vulgar, o hemosh terminado. No se enfade. Bueno…La industria llama a eshto anhelo ahspiracional. El perfume dice másh a nueshtra senshibilidad que a nuestra fuerza. Shi no, vea losh nombresh de lash fraganciash que adquirimosh: Passhión. Poishon, Tréshor, Eden, Paradis, Dolce vita, Beautiful, Farniente. Vendemosh amor y shueños. Y facturan euros, ¿cuantos millones al año? No lo shé, esho no esh de mi incumbencia, pregunte a mi director comercial. Lo mío esh negociar con mitosh. Gorda sanguínea se come un enorme bocadillo de salchichón rezumando mantequilla. El poder encantador del perfume esh tan antiguo como la reina de Saba y Cleopatra. Salomón y Marco Antonio cayeron rendidosh a losh piesh de esash dosh mujeresh no por shu belleza shino por shush aromash. Nerón she bañaba en agua de rosash. Si no me aparto, esa obesa me lleva por delante. ¡Cuánta grosería! Para Baudelaire el perfume she shumerge en losh profundosh pozosh de la memoria y el desheo. No inshishta, pregunte a mi empleado sobre eshe particular. Memoria y perfume she abrazan, afirman algunosh químicosh, porque el olfato transhmite su mensaje al shistema límbico donde reshide la emoción en el cerebro. Ningún otro shentido tiene un efecto tan inmediato. Rue Christine, el peor comedor universitario de París, bazofia pura. Y pensar que aquí vine de joven a comer tantas veces. Lo único bueno es que ahí conocí a Katheryn recién llegada de California. Shí, mi madre usaba L’heure verte. Cuando deshtapo esa eshencia, regreso a mi infancia. Perdone un momento, voy a comprar en Aquarelle un ramo de rosash para mi amiga. Hoy esh un día muy importante para ella. Shí, hombre, shí, la millonaria americana, pero no le voy a decir el porqué. No she ponga pesado. Bonjour, madame Létice. Allez-vous bien? Un bouquet de roshes omega, sh’il vous plaît. Sh’est vrai, il ne fait pas beau ce matin. treize degrés. Au revoir, madame. Merci et bonne journée à vous de même. Para mí el perfume esh un capricho. Tengo másh de treinta perfumesh que elijo shegún la eshtación, mi eshtado de ánimo o mi atuendo. Son un accesorio como lash joyash. Unosh son dishcretosh, otrosh febrilesh, como abrir una botella de Pommery del 70. Venga le invito a un café rapidito en La Palette. Yo era feminista, gauchiste, de izquierdash, Shiempre lo he shido y lo shigo shiendo a pesar de lash aparienciash. Al fin y al cabo, el dinero ha shido un accidente en mi vida. Yo no lo bushqué. Shoy rica y famosa consorte, digo riendo, graciash a Jean Paul, que en paz descanshe. Ya le he contado demashiado. Puede decirlo, no me avergüenzo: rica y famosa consorte. Comencé a frecuentar el gran mundo cuando era Shecretaria de Eshtado del Minishterio de Cultura. Fue entoncesh cuando conocí a Langlois. Un hombre charmant y bueno. Yo también tengo mi mérito. Luché mucho en mi juventud, pero la sociedad cambia. El mundo ha cambiado mucho, ¿usted no she ha dado cuenta? Esh muy joven para darshe cuenta. Ni shiquiera losh adultosh nosh damosh cuenta. Fui compañera de viaje del Partido Socialishta y creí en la Revolución con mayúshculash. ¿Que en qué creo ahora?, puesh ahora creo en el dinero, en el poder del fric y en la amishtad. He encontrado amigosh que me han hecho ver que la tolerancia esh necesaria. Me he dado cuenta de que no shiempre tienesh razón. He aprendido a oír y a eshcuchar. A callar también. A transhformarme lenta y profundamente. En una palabra, a sher inteligente. Ande, vamosh a shentarnos un momento y sheguiremosh hablando. Graciash. ¿En mi casa, otro día? No, nunca concedo entrevishtash en mi casa. Shiempre en la calle, en losh cafésh. Esh como másh vivo y eshpontáneo, ¿no le parece? Huela eshtash floresh. Relájeshe y dishfrute con losh aromash. ¿Ignora lash propiedadesh de la aromaterapia? Puesh esh una ciencia antigua que ha shido recientemente deshcubierta por el mundo de la coshmética. ¿No sabe que eshtá haciendo eshtragosh? Losh beneficiosh sobre el cuerpo y la mente, fíjeshe, la mente, de losh efluviosh de losh aromash de ciertash floresh recogidosh en aceitesh de eshencia cuentan cada día con másh clientesh. Lo que tiene que saber sobre la aromaterapia, entre otrash bondadesh, esh que tiene propiedadesh antishépticash y bactericidash. Regula y reeshtablece el equilibrio fishiológico, activa la circulación, alivia el dolor, rebaja la inflamación y elimina las toxinas. Bonjour, monsieur Dutronc! Quelle agréable shurprishe! Voilà, je shuis occupée en ce moment, mais, passez un coup de fil à ma shecrétaire la shemaine prochaine. Au revoir, monsieur Dutronc. ¿No le conoce?, bueno no pierda shu tiempo. A ushted sólo le interesa la gente muy muy importante como yo. ¿Qué le contaba yo? Ah, shí. Lo que tiene que saber de losh aceitesh eshencialesh esh que penetran en el cuerpo por dosh víash: la nariz y la piel. En el primer caso, lash fosas nasalesh y el nervio olfativo, conducen mensajesh hashta diversash partesh de nueshtro cerebro, principalmente hashta el centro de la producción de hormonash. ¿No le eshtaré fatigando? En absoluto. Sh’est bien. Dichosh mensajesh eshtimulan la liberación de shubshtanciash neuroquímicash que producen, entre otrosh beneficiosh, efectosh shedantes, eshtimulantesh y afrodishíacosh. Shí, afrodishíacosh. Ya le interesa, ¡eh! Y todavía no he terminado. Eshcuche lo que shigue: a travésh de la piel, losh aromash eshencialesh penetran con mucha facilidad y son un factor muy eficaz de rejuvenecimiento. Como me oye. Todo esh placer y shenshualidad. Empieza ushted a caerme shimpático. Graciash por pagarme el café. He salido a la calle shin un shou. Acompáñeme y sheguimosh hablando. Lo retendré sólo dosh minutosh másh. Voy a ordenar a mi oficina que le envíen once frashcosh de Langlois. Shí, hombre, once, verá como me lo agradecerá. Shi hay tantosh frashcosh esh porque exishten maticesh en el perfume como exishten en la intimidad. Cuando hay que hacer un regalo, conviene saber dishtinguir entre unosh y otrosh. En primer lugar el extracto. Esh el perfume en eshtado puro. El que puede ushted ofrecer shin vacilar a una mujer cuando ella le deshcubre, sonriendo, uno de losh encantosh de shu personalidad al confesar que prefiere Jeune o Madame Langlois. ¿Que eshtoy haciendo propaganda? Ya le he dicho que me cae ushted shimpático y quiero demostrárshelo. Verá: el perfume de toilette contiene todosh losh maticesh del extracto, pero losh refleja con menosh intenshidad. Con él debe comenzar shi deshea hacer deshcubrir hábilmente a una mujer un perfume que a ushted le gushta y que ella no usa todavía. El agua de colonia, shin embargo, she preshta, para cualquier regalo a mujeres con lash que le une una shencilla amishtad. En cuanto a losh atomizadoresh, esh muy fácil regalarlosh incluso a alguien que conocemosh muy poco, porque la alushión íntima al perfume she oculta en ellosh bajo la forma de un objeto atractivo. Shi a pesar de todo, ushted no sabe qué hacer con losh once frashcosh, le queda una solución másh: compórteshe como un príncipe. Regálelosh todosh. Al recibir de ushted toda una sherie de regalosh que llevan el nombre de un gran perfume como Langlois, ninguna mujer francesa, ninguna, le reprochará jamásh haber ido demasiado lejosh. Bien, ya hemosh llegado. Ha shido ushted muy amable. Le enviaré la foto para shu revishta. Adieu et merci. Appelez-moi un de shes jours. Ciao, Caro!

Carole entró en la galería de arte de Katheryn. Alberta la recibió estampándole cuatro besos en las mejillas.

-Mamá no tardará en llegar- le dijo-. Pasa a mi despacho mientras le doy instrucciones a mi secretaria acerca de un petit ennui de la exposición.

Por una vez ella era la primera en acudir a un rendez-vous con su amiga. Carole dejó el ramo de rosas sobre el bureau de trabajo de Alberta, se instaló en un extravagante sillón de diseño y encendió el primer cigarrillo del día: un Dunhill light, su marca favorita en los últimos tiempos. Un verano insinuante y muy sensual. Los reyes de la temporada estival y del otoño que vienen son, sin duda alguna, los corpiños sofisticados o insinuantes como las blusas ligeras y románticas, tops en puntos de seda y pequeñas piezas lisas bordadas o cuajadas de pedrerías. Son unos valiosos complementos a los que vas a sacar mucho partido, puesto que los podrás combinar de mil maneras. Cuerpos ultrafemeninos y coloristas: barrocos, picantes, ingeniosos o delicados, que no van a pasar de moda y con los cuales puedes ofrecer en todo momento una imagen chic y, además, imaginativa y con clase. Los escotes que triunfan son: el halter (muy metido de hombros y ajustado al cuello), el de pico, el bañera, así como el que descubre sensualmente un pecho o un hombro. Con la blusa de chiffon, gasa o seda no te vas a equivocar nunca, sobre todo, si la coges con lanzada en el cuello o algún volante, como las inspiradas en las que Yves Saint Laurent inventó en los años 80. Cuando conocí a Katheryn yo abominaba de la moda vistiéndome siempre con vaqueros y jersey negro hasta las rodillas. Darás en el clavo de la feminidad, palabra que sustituye hoy a feminismo. Feminidad versus feminismo. ¿Por qué? La puedes combinar con faldas rectas confeccionadas con tejidos de pana, algodones, cueros o sedas, así como con todo tipo de pantalones. Si lo que buscas es un look más sofisticado, entonces apuesta por los corpiños de encaje transparente o los de gasa bordados con apliques de lentejuelas, cuentas de cristal, o destellos de metal. Con estos tops lujosos puedes también lograr, si los combinas con pantalones vaqueros y faldas de lino, un estilo inconformista y vanguardista. Pero ¿buscas un estilo más depurado?, pues inclínate por las camisetas estampadas o lisas con un hombro al aire. Serán tus mejores aliados, así como el pequeño jersey de seda hábilmente drapeado, Max Mara, Valentino o Galliano. ¡Qué horror!

-Y mamá sin llegar –entró diciendo Alberta e interrumpiendo la lectura y las escasas observaciones de Carole-. ¿Sabes que aún duda si seguir adelante contra Pedro Escobar?

-¿De verash? ¡No me lo puedo creer!

-Sí, como lo oyes. Esta mañana no quería ni levantarse de la cama. ¡Qué le habrá dado ese español casposo! –exclamó Alberta.

-Tu madre no puede aceptar nunca un fracaso.

-¿Tú crees? Yo pienso más bien que es tonta y además debía de estar muy enamorada.

-Bueno shí. Según me cuenta, el español esh una máquina de follar.

-O sea que estaba encoñada.

-La verdad esh que, shegún ella, claro, el tío tiene una gran potencia erectiva, pero esh impotente orgáshticamente. Deshpreciaba y humillaba a tu madre, aunque ella lo desheaba (y creo que lo deshea aún) y soportaba todash shush putadash e infidelidadesh. Le gushtaba agredirla con la verga como shi tratara de vengarshe de algo. She la follaba continuamente para demoshtrarle su energía, tratando de deshgarrarla y deshtrozarla, como para degradarla.

-¡Pobre mamá! –.Con lo romántica que es.

Excepté mon Jean-Paul tous le shommes sont des cochons. Même ton père –dijo muy enrabiada Carole.

Y recordó los tiempos dichosos en que ella y Katheryn vivían juntas y cómo la aparición de Albert Mendès puso fin a su hermosa relación político-sentimental. Querida Katheryn. Te escribo esta carta para animarte a que os vengáis, Albert y tú, a vivir a nuestra comuna. Ya sabes que, como hemos hablado muchas veces, la opresión que la mujer sufre a nivel superestructural tanto económica como jurídica e ideológicamente se sustenta dentro del modo de producción familiar. Modo que tú comienzas a vivir en estos momentos. El rôle familiar que te van a imponer, no sólo incluye las tareas domésticas, sino una explotación ideológica y sexual que en la comuna no podría darse jamás. Donde sí se reproducen esas relaciones de explotación es en la unidad del modo de producción familiar. El hombre, “ton Albert”, como jefe de familia, se apropiará el excedente del producto social realizado por la mujer, o sea, por ti. Tú, a cambio de tu manutención, reproducirás y mantendrás la fuerza de trabajo creando valores de uso. “La inserción de la mujer en la contradicción burguesía/proletariado se ha considerado subordinada y dependiente de la contradicción principal…De aquí que, utilizando el término de la dialéctica marxista, consideremos que la mujer es una clase, porque la clase es el grupo que ocupa un lugar en la producción”. Respecto al tema de nuestra comuna, nosotras te planteamos modos de convivencia libres. Pueden darse formas de vida a dos, a cuatro, o, a tres, por ejemplo. Todo ello dentro de un clima de igualdad y libertad opuesto al que reproducen los esquemas típicos de la familia. Nosotras proponemos la destrucción de la familia como estructura económica y como institución social. Actualmente las contradicciones se agudizan y muchas relaciones se van desmontando. Así, a nivel sexual, no estamos cuestionando todo aquello que nos parece natural: la familia, la maternidad, porque nos ha sido impuesto para mantener determinadas formas de opresión.

Le shommes, Sh’est comme des cochons –repitió Carole.

-Incurablemente romántica –musitó Alberta con voz apenas audible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 7

 

 

Recordando su pasado, entrevió el negro futuro que le aguardaba si Katheryn no retiraba su denuncia contra él. Sin dinero y sin familia se veía abocado a… Finalmente, se sobrepuso a sus ganas de llorar y se animó un poco volviendo a introducir datos en el CLT sobre la época de Pesc como redactor de Planeta Obrero:

-Portugal: ¿qué está pasando? Una nueva crisis, la de mayor gravedad política ha vuelto a sacudir Portugal. Y nuevamente el Movimiento de las Fuerzas Armadas ha superado la situación, profundizando el carácter revolucionario del proceso. La derecha portuguesa ha vivido en el invernadero de la dictadura salazarista cuarenta años. Se ha decidido arrostar el riesgo de un golpe militar pactado con la izquierda, pero luego se ha visto superada por la situación. Y superada sobre todo porque no ha sabido “jugar” a la democracia. Al ver su poder totalitario parcializado, discutido, ha tratado de recoger velas, y ha tratado de hacerlo con la torpeza que dan cuarenta años de no tener que hacer política (sólo represión). Se ha precipitado sin valorar la realidad velozmente cambiante del país, sin valorar la asimisma transformada correlación de fuerzas. Y ha perdido, agudizando el proceso revolucionario, con similitudes a Cuba cada vez más patentes. Hagamos balance de la situación portuguesa cuando se cumple el primer aniversario de la revolución del 25-A (yo viajé ilusionado de Madrid a Lisboa para vivir en libertad el Primero de mayo del 75). El régimen de Caetano se hunde. Los oficiales que han efectuado el golpe de Estado forman una Junta de Salvación Nacional dirigida por el general Spinola…

-Bueno, te dejo con tu royo. Me voy a hacer mi chacachatatomil tour por La Tensa – le cortó Vito con guasa, y comenzó a dar una vuelta por la sala de lectura de la biblioteca, mientras Pedro prosiguió con su programa.

…Éste es nombrado presidente de la República. Formación de un gobierno de coalilición que reúne a socialistas, comunistas, centristas y un solo militar. Apertura de negociaciones con el PAIGC para la independencia de Guinea-Bissau. Spinola fracasa en su intento de aumentar sus poderes. Cuatro militares entran en el gobierno, uno de ellos, Vasco Gonçalvez, es el primer ministro. Se abren negociaciones con el FRELIMO para la independencia de Mozambique. El general Spinola dimite tras haber intentado vanamente de movilizar a la mayoría silenciosa. El general Costa Gomes es nombrado presidente de la República. Se abren conversaciones en Algor para la independencia de Angola. Por primera vez, el PC portugués es atacado inicuamente por el Partido Socialista durante un meeting. El gobierno aprueba la ley de unicidad sindical oponiéndose a los pérfidos designios sectarios de los socialistas. Dos aviones y unidades de paracaidistas atacan, sin éxito, un heroico cuartel revolucionario en los alrededores de Lisboa. “El putrefacto general del monóculo” huye a Brasil. el M.F.A. crea el Consejo de la Revolución. Quince bancos son nacionalizados, varias personalidades de derechas son detenidas. Se establece un nuevo gobierno en el que los comunistas acentuamos nuestra influencia. Siete partidos políticos que participan en la campaña electoral por el voto del 25 de abril, firman la plataforma de acuerdo constitucional propuesta por los militares, con el fin de institucionalizar el glorioso M.F.A. Alvaro Cunhal, el heroico líder de los comunistas portugueses, agita su noble cabellera blanca al viento de todas las esquinas de Portugal. El 25 de abril de 1975. Se celebran las primeras elecciones libres en Portugal después de más de cuarenta años, a las que concurren los siguientes partidos políticos y coaliciones: PCP, PSP, MDP, MES, FSP, PDP, FEC, LCI, PUP-UDP, PDC, UCDC, AOC, MRP, LUAR, PRP-BR, PCP-MC, LCUR, FET, PUT, PIT, PTP, PAP…

-El programa CLT está saturado. Espere.

Pedro aprovechó el nuevo bloqueo del programa para encender un gauloises y echar una ojeada a su alrededor. En frente suya, sentado ante otro ordenador, en una mesa pegada al muro norte de la dependencia, se encontraba nada menos que el ex director de la Gendarmeríe, el estafador de varias decenas de millones de francos, por quien él sentía una admiración ilimitada. Lo saludó con una enérgica elevación de cabeza, enarcando sus caídos párpados hasta hacerse daño, logrando a cambio una mirada ausente del ilustrísimo interno.

-Introduzca el perfil sicológico de su protagonista -reclamó la máquina con su verde destello.

-Pesc es el elegante, el misterioso, el imaginativo y el más funámbulo de los hombres. Sueña su vida sin tener ningún remordimiento del ayer pasado y sin pensar demasiado en el mañana futuro. Pesc se instala a cada instante en un universo donde todos aquellos que lo conocen sienten deseos de venir a acompañarlo. Hay un lado ignoto-clandestino en su personalidad, porque sabe esconder sus emociones, su sensibilidad y su afectividad bajo máscaras hechiceras de independencia, de singularidad y de optimismo. Pesc parte todos los días a la conquista de sus sueños. Hay, sí, una parte de fidelidad en su búsqueda, puesto que él persigue perpetuamente sus ficciones y sus ilusiones con el fin de hacerlas realidad. Está lleno de una capacidad de encantamiento, que sabe satisfacer por medio de placeres cotidianos, de gozos sencillos y a menudo ingenuos, y de creaciones aparentemente frívolas, que pueden llegar a veces a ser geniales. Pesc es el cómplice de los poetas, de los idealistas y los magos, de los soñadores y los visionarios. No es extraño pues que lo consideren como la reencarnación de algún personaje de cuento de hadas. Posee una enorme facultad de perseverancia que raya a veces en la inocencia. Es por consiguiente incorruptible…., ya que la vivacidad de su imaginación, la pureza de su espíritu y de su corazón no le permiten ninguna mentira. Es asombroso verlo pasar a través de los problemas de la existencia sin que le influyan sentimientos “negativos” tales como el desprecio, la vanidad, la desidia, el orgullo, el oportunismo o la rapiña. Hay en él algo de maravilloso y de angelical, pues elevados son igualmente su ingenio y su confianza en la vida. Pesc está lleno de fe inocente sobre la sinceridad de los sentimientos humanos, pero este candor de espíritu y de corazón no le protege de los sufrimientos de su sensibilidad. La suya es aguda y vulnerable y le aísla moralmente e incluso sentimentalmente del resto de la sociedad. Además, es capaz de inspirar en su entorno pensamientos exaltantes. Hace surgir la esperanza gracias a la riqueza de su “fuego interno”, de su emotividad y de sus aptitudes para transformar lo banal en superior. Pesc hace soñar con esperanzas de progreso, de paz, de inmensas certezas de independencia y de liberación de todas las cadenas. Es entonces cuando el mundo “normal” aparece, por contraste, contaminado. ¡En eso consiste su inmenso genio! Desgraciadamente también, Pesc no proporciona respuestas ni resultados eficaces a pesar de su buena voluntad, y es así como sus esperanzas pueden parecer desesperanzas. Gusta de los viajes y de las aventuras sin horizonte, sabe correr riesgos con ocasión de situaciones imposibles y prefiere a los proyectos concretos y bien estructurados otros proyectos más imaginarios, que permiten dar rienda suelta a su fantasía y a sus dotes de improvisación. Sus empresas y sus sentimientos son tan variados y fecundos porque en ellos sabe mezclar dosis de raciocinio y de fabulación, de fantasía y de previsión. Pero ser un hombre de situaciones imposibles y de compromisos absolutos, no resulta siempre fácil de asumir. Pesc es, a pesar de todo, muy capaz de desarrollar cantidades de energía tan excesivas y de atreverse por caminos de pendiente tan elevada que puede volverse peligroso. Peligroso para su propio equilibrio, y peligroso de frecuentar por las influencias que ejerce a su alrededor. Gusta de comprometerse en acciones, misiones y obras que conciernen a lo humano, y se interesa por todos los problemas de los que depende la vida de sus contemporáneos. Pesc puede convertirse en detonador de las energías de los demás, en amplificador de las que ya poseen, en descubridor de ideas y en animador de corazones. Gusta de participar en los problemas de su tiempo y en ser útil generosamente y sin ánimo de lucro o de recompensa. ¡Pesc no es unitario sino universal! ¡Es polivalente y multicultural! Estas disposiciones acentúan su carisma y hacen estremecerse de júbilo y de independencia a todos los que esperan conocerlo para finalmente ser o sentirse libres. Es difícil mandarle, hacerle obedecer o conseguir de él citas puntuales. Pesc es un improvisador perpetuo, de manera que no puede plegarse a ningún convencionalismo, ni a ningún principio de “vida moral y buenas costumbres”. Él va siempre por delante, incluso cuando obstáculos infranqueables cierran su camino. Sabe encontrar soluciones ingeniosas cuando es preciso, dar pruebas de decisiones rápidas y de una agilidad de comportamiento que le permite dominar todas las dificultades. No obstante hay en Pesc una ligera inclinación a “dormirse en sus laureles” antes de haberlos cortado…Aunque se trata de una elegante tendencia al farniente que se corresponde perfectamente con su optimismo y su alegría de vivir. Sin embargo, él siempre continuará entregándose con desvelo y sentido de la fraternidad humana a los demás, a los que sufren toda clase de desgracias, tristezas y frustración. A Pesc le atrae el futuro del hombre, el progreso de la humanidad entera y persigue ardientemente hacer “algo” que pueda servir al bien universal. Su independencia no es un signo de egoísmo. No alimenta el culto de su personalidad, su intenso amor a todas las libertades le permite estar disponible para los hombres en detrimento de su tranquilidad y ambiciones personales. Pesc atrae a los poetas y soñadores, a los marginados y niños, a los idealistas y revolucionarios…

-Introduzca el perfil afectivo del protagonista –interrumpió el CLT.

-Traumatizado por su madre, Pesc intenta considerar al amor como un acto de libertad y no como un objeto de posesión. Es tolerante, comprensivo e indulgente con los seres que ama, y es evidente que él exige la misma tolerancia para consigo, lo que no gustará siempre a compañeros menos liberales que él. Esta tolerancia que le es sagrada puede llegar a ser objeto de malentendidos, y de hecho así le ocurre en más de una ocasión. En efecto, su respeto por la libertad de su pareja, puede ser interpretada por el otro como desinterés hacia él. Pesc posee una fórmula: “Hay que reinventar el amor”.

-Introduzca el perfil sexual del protagonista -reclamó el CLT.

-Pesc da a su sexualidad componentes múltiples y formales. Sus ansias de estremecimiento y de fiebre sensual son más imaginativas que carnales. Él imagina sus sensaciones en lugar de vivirlas. Y como Pesc tiene el don de concebir imágenes y figuras que le permiten evadirse de la realidad, le ocurrirá lo mismo con su sexualidad. Sus experiencias amorosas tienen que ser picantes, fértiles y originales para avivar el deseo. Y por eso recurre a la inventiva y a los fantasmas de su imaginación. Y como existe un divorcio entre los sueños y la realidad, se ve enfrentado a adoptar dos soluciones: la primera es una búsqueda intensa de satisfacciones sexuales. Esto le llevará a perseguir fatigosamente nuevas aventuras que lo pondrán al borde de la extenuación. La segunda solución -la que adopta finalmente- es más cerebral, más creadora y más conforme a su pureza de corazón: la sublimación. Pesc transformará sus deseos en virtudes. ¡Pero no hay que confundirse con esta palabra! No se trata de moralidad o religiosidad sino de mucha más humanidad. Transformará sus pulsiones y sus instintos en generosidad más allá del bien y del mal. En lugar de ser un insatisfecho o un torpe sexual, Pesc utilizará sus fuerzas vivas en obras humanitarias. Ya no amará apasionadamente a una sola persona sino a la tierra entera, ya no amará solamente a una mujer, sino a todas las mujeres. Su sexualidad purificada le permitirá entregarse sin ambigüedad a amistades extraordinarias. Sin temor al ridículo o al desprecio, Pesc dominará sus pasiones, espiritualizándolas y transformándolas en obras de arte, abrazando elevados ideales o adquiriendo compromisos ideológicos y políticos.

-Introduzca una profesión para el protagonista: profesor, periodista, sociólogo, sacerdote, abogado, opinador mediático, político, otra -reclamó el CLT.

-Pesc ejercerá como sociólogo y periodista a lo largo de los años ochenta. Deja la política a finales de la década anterior, cuando los políticos profesionales comienzan a hacerse con las direcciones de los partidos y a eliminar de los puestos de responsabilidad a todos los “aficionadillos” e idealistas que los ocupan y les han servido de forma abnegada, aunque también peligrosa, de “compañeros de viaje o tontos útiles”. Pesc se va de la política sin nostalgia ni lamentos. No quiere acabar un día como sus venerados Che Guevara y Salvador Allende, traicionados, escarnecidos, humillados masacrados. Pesc dejará absolutamente de creer en la política el día que cayeron en sus manos las declaraciones a un periodista chileno del presidente Allende, poco tiempo antes de ser asesinado en su Palacio de la Moneda por los “dignos” militares de su país:

Periodista.- El ejército chileno que ha defendido siempre la integridad de la Patria con ejemplar abnegación y valor heroico, ¿se halla psicológicamente preparado para enfrentar las agresiones en el área interna si potencias extranjeras y desertores del país atentaran -mediante subversión, coacción, extorsión u otros medios- contra el nivel de independencia que Chile está alcanzando, el más alto de su Historia?

Salvador Allende.- Las Fuerzas Armadas chilenas son esencial y fundamentalmente profesionales. Su mayor orgullo y el orgullo del mismo pueblo chileno lo constituyen su elevado sentido del patriotismo, de la eficiencia profesional, de la disciplina, del sentido del deber; es decir de los valores verdaderos que integran el concepto de auténtica dignidad. La defensa y la garantía del mantenimiento de la independencia nacional, en su más amplio sentido, tienen en las Fuerzas Armadas Chilenas su más celoso guardián y decidido defensor.

Apenas terminó de introducir estos datos cuando el ordenador se bloqueó, y Pedro volvió a echar una ojeada por la dependencia. El ex director de la Gendarmería se acababa de levantar de su puesto, se estiró indecorosamente, luego encendió su pipa, y por último se dirigió hacia la sala de lectura sin pararse en saludar a Pedro, que continuó sentado en su silla y comenzó a tener extrañas alucinaciones. Presencio en el palco de honor la ejecución del anarquista Antonio Abad por delitos de terrorismo que provoca una fuerte reacción internacional contra el régimen de Franco ordeno el pelotón de ejecución en el campo de tiro de Carabanchel y doy el tiro de gracia a Julián Grimau de cincuenta y dos años miembro del Comité Central del Partido Comunista de España la ola de protesta en Europa alcanza una gran resonancia nombro presidente del Tribunal de Orden Público el top top model de tribunales corredacto la ley de prensa de Fraga que sustituye las consignas de milnovencientostreintayocho me baño con Fraga en las aguas de Palomares Almería donde habían caído diez bombas atómicas de un avión norteamericano hago de intérprete en su visita a la España fascista del presidente de los estadosunidosdenorteamerica Dwight Eisenhower vencedor de los nazis que saluda a Franco con un abrazo entrañable y mirándole a los ojos recito todas las mañanas Franco Franco el excelentísimo señor don Francisco Franco Bahamonde Jefe del Estado Español Caudillo y Generalísimo de los ejércitos de tierramaryaire clara y serena inteligencia guía y padre de la patria estadista ejemplar y militar invicto forjador de juventudes enardecidas que en él admiramos el ideal del héroe es su lábaro esperanza de triunfo contra los enemigos de Dios y de España la patria le aclama por Caudillo rindámosle tributo de fidelidad obediencia gratitud pidamos a Dios que le conceda el logro de sus ideales y que bendiga su persona y sabio gobierno en la España unagrandeylibre con ferviente patriotismo gritemos Franco Franco Franco viva España y arriba España colegio de huérfanos militares antes del desayuno nuestro de cada día a las afueras de Madrid.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 8

 

 

 

Good morning, madame –saludó el chófer de Katheryn, abriendo la puerta trasera derecha y añadiendo la pregunta habitual-. Did you sleep well, madame?

Pas tellement, merci. Emmenez-moi à la galerie d’ Alberta, s’il vous plaît –respondió Katheryn y en tono especialmente amable. Esta mañana tenía ganas de charlar con su chófer.

Maurice Leroy, parisino, a punto de jubilarse, había vivido gran parte de su vida en California (Hollywood, principalmente), trabajando siempre en la industria del cine después de haber agotado sus ilusiones intentando vender guiones para películas dramáticas. Estaba a su servicio desde hacía más de cinco años y era su confidente intelectual (y en algún modo, sentimental) con relación a temas referentes a los Estados Unidos, de los que el hombre era un buen conocedor y en gran medida sumamente crítico. Este aspecto agradaba mucho a Katheryn, que mantenía largas conversaciones con él sobre temas sociales, económicos, políticos e incluso personales, sobre los que adoptaba una posición de gauche exceptique que le permitía lavar hasta cierto punto su mala conciencia de grand-bourgeoise adquirida a lo largo de los últimos años como heredera y usufructuaria de la gran fortuna de su tía, Norah Steiner.

La rue de Vaugirard que tomaron a la derecha para poder bajar después por la de Tournon hasta la rue de Seine, estaba colapsada como tantas otras veces por culpa del palacio del Senado y de las ceremonias oficiales que allí tenían lugar con frecuencia y, a veces, con gran pompa y aparato. El coche de Katheryn se detuvo en la esquina de la rue Garancière para dejar paso esta vez a un destacamento ecuestre de la Guardia Republicana escoltando una comitiva de vehículos de gran cilindrada, todos negros, y de cristales opacos que no permitían ver quién había o qué sucedía en sus interiores.

Voilà los corneteros de la República –dijo Maurice refiriéndose a la escolta engalanada que comenzó a hacer sonar sus estridentes instrumentos-. Imagen y sonido del poder, madame, que nos anula y apabulla a los ciudadanos de a pie con sus manifestaciones ostentosas, demostrando así su naturaleza opresiva y ejemplarizante.

-¿Por qué dice ejemplarizante, Maurice?, ¿qué ve usted de ejemplar en el poder? –preguntó Katheryn.

-No lo digo en sentido moral, sino paradigmático –aclaró el chófer-. Los poderosos son el espejo donde se mira la masa del pueblo y ¿qué ven en ese espejo?, sólo prepotencia y arbitrariedad. De ahí que la masa también se haya vuelto prepotente y arbitraria.

-Y no cree que también la masa es responsable de su conducta?

-No, madame, no lo creo. Ce sont des naïfs! –respondió Maurice categórico-. El pueblo es crédulo y obediente y se deja guiar y modelar por sus gobernantes, por sus modelos triunfadores, sean del tipo que sean. Si ve piedad, el pueblo es piadoso. Si ve respeto, respetuoso, y si ve nobleza, el pueblo es noble. Pero hoy no hay piedad, ni respeto, ni nobleza, porque el poder y los poderosos son corruptos.

-¿Y cuándo no lo han sido, hombre? –preguntó Katheryn en tono contrariado.

-Hubo épocas mejores, madame –dijo Maurice.

-Nunca hay épocas mejores, sino menos malas- replicó Katheryn, con la pretensión de ser profunda.

-Entonces, ninguna tan mala como ésta, porque hoy la corrupción está a la vista de todos, es pública y no se oculta, no madame. Por el contrario, se exhibe y se alienta. Casi nadie se avergüenza de ser corrupto. Ni siquiera se persigue a los corruptos, más bien se les admira, y, por lo tanto, se les imita. Ahora hay mucha gente que aspira a ser corrupta, y las elites son culpables del extravío y desvarío actual del pueblo –concluyó el chófer en un arrebato de inspiración.

-Me parece, mon ami, que el naïf es usted. La masa admira a los triunfadores mediocres porque se siente adulada por ellos y desprecia la excelencia y a todos aquellos que le son moralmente superiores –dijo Katheryn, repintándose los labios de púrpura intenso.

Oui, madame, reconozco que soy bastante ingenuo, porque a pesar de todo, aún hoy, sigo respetando las leyes y las normas, y creyendo en la honradez de nuestros gobernantes y próceres –dijo su empleado, que prefirió callar por el momento y volvió a pisar el acelerador del coche, después que las grupas de los dos últimos caballos de la Guardia Republicana desapareciesen bajo la monumental puerta del palacio del Senado, y la circulación comenzara a normalizarse.

Pocos metros antes de llegar a la rue de Tournon, Maurice tuvo que dar un volantazo a la derecha para no obstaculizar la carrera de un caballero de melena y bigote blancos, como de unos setenta años, en atuendo deportivo juvenil, que invadía por delante del coche la estrecha calzada de la rue de Vaugirard, tratando de avanzar torpemente sobre unos relucientes patines de ruedas.

-Ve, mire, fíjese en ese anciano –insistió Maurice, antes de que el viejo patinador quedase detrás del vehículo-. Ese señor ha visto en el cine o en la televisión a los espléndidos patinadores o patinadoras que aparecen en casi todas las películas norteamericanas que se hacen en California, y se cree que, a su edad, puede imitarles. ¡Es sencillamente ridículo!

-Yo diría que hasta patético. También la publicidad tiene su parte de culpa en el extravío del que usted habla –dijo Katheryn, y pensó en Pedro Escobar, de quien se había olvidado desde que salió de su casa.

-Naturalmente que sí –aseveró Maurice, y mucha-. La publicidad es el opio del pueblo de hoy -y añadió-. La publicidad es el altavoz privilegiado por el que se difunden las consignas del nuevo y triunfante capitalismo.

-La publicidad es la ideología, la filosofía, la ética y la estética de nuestro tiempo –agregó Katheryn recordando lo que le decía su ex amante sobre la preeminencia de su profesión.

-La publicidad es el canto de sirena que lleva a los incautos a territorios procelosos de los que difícilmente podrán regresar –dijo el chófer esperando que su señora reparase en su clara referencia a la mitología griega. Pero Katheryn no reparó en Ulises sino en su Pedro Escobar, de cuyo destino iba a ser dueña y señora. Le bastaba con decir un para que la pesada rueda de la justicia francesa siguiera girando y triturara al español. Y Katheryn arrastraba en el fondo de su corazón una ligerísima carga de remordimiento que ni siquiera la noticia que le había dado Brigitte la mignonnette había podido liberar.

-Maurice, ¿puedo hacerle una pregunta muy comprometida? –dijo impaciente y nerviosa, y sin esperar la respuesta de su empleado, continuó-: ¿Qué opinión le merece el señor Pedro Escobar? ¡Dígamelo sin reservas, por favor!

-Antes de responderle a eso, ¿puedo decirle algo que tal vez le disguste, pero que deseaba decírselo desde hace tiempo, madame?

-¡Hágalo, Maurice!

-Pues bien, madame –dijo el chófer tras aclararse la garganta-, con todos los respetos, yo creo que usted y ese señor formaban una pareja de deshecho. Do you know what I mean?

Not exactly –respondió Katheryn, que se sintió bastante molesta con la cruel e ingeniosa calificación de su chófer-. ¿Le importaría explicarme por qué razón?

-Pues, porque pienso que existía un profundo desequilibrio en su relación. Usted tenía idealizado a ese señor en el que veía, creo yo, a un hombre espiritual y singular. Y a mí siempre me dio la impresión de que era un personaje vulgar y cínico –dijo Maurice de un tirón, olvidando ser un poco más moderado en la exposición de sus apreciaciones.

-¿En qué se basa para ser tan duro con Pedro Escobar? –preguntó Katheryn.

Voilà, madame – comenzó Maurice, dispuesto a no dejarse nada en el tintero-. Como no soy sordo. Yo oía, sin querer naturalmente, las conversaciones entre ustedes dos en el coche durante los trayectos que hacían juntos. Usted era la que hablaba casi siempre y él se limitaba siempre a decir: “Oui, mon amour, oui, montchou’ “. Jamás le escuché contradecirla u oponerse a nada de lo que la señora dijera. También veía por el retrovisor, sin que fuera a propósito naturalmente, las expresiones de sus rostros. La de usted era franca, distendida, y la de él, como la de un perrillo faldero con ojos de petit veau. Entonces, yo me decía para mí, y perdón por la expresión: “¡Qué tío tan huevón!, ¿Qué andará buscando éste?”. Y es que luego, señora, y espero que usted me perdone por lo que voy a confesarle ahora y no antes, en las ocasiones en que yo iba a buscarlo o a llevarlo en alguno de sus coches de usted, ese señor se transformaba. Era grosero en sus juicios sobre las mujeres. Decía que todas eran unas zorras a las que sólo les gustaba baiser, y otras obscenidades más que no le cuento por respeto a la señora. De usted nunca me habló mal, no madame: ¡no iba a ser tan tonto!, pero a mí no me gustaba nada lo que opinaba sobre el género femenino en particular, como ya he dicho, y sobre las cosas, en general: me parecía un auténtico fascista. No me gustaba, además, que intentase buscar mi complicidad, tomando por aquiescencia mi obligada cortesía para con él.

Katheryn no hizo ningún comentario. Permaneció largo tiempo callada, con la mente en blanco y como mareada: sentía mal au coeur. La rue de Tournon estaba cortada por un camión-hormigonera y el coche tomó a la izquierda por la rue de Condé. Maurice se detuvo con el semáforo en rojo ante la plaza del Odeón frente al cine Cinoche que anunciaba los títulos de sus diferentes salas por medio de rótulos luminosos en rojo. Bimbo Land, con Gerard Depardieu, Judith Godreche y Aure Atka: ¡1h30 de BIMBOdicha! Halloween, 20 años después, regresa: ¡Te podrás esconder, pero no podrás escaparte! La vida es bella: Una fábula de Roberto Benigni: ¡Sólo el silencio es criminal! Victor: Un film de Sandrine Veysset: El singular talento de Sandrine Veysset continúa brillando a raudales. Los Poderosos: Sharon Stone: ¡La amistad es la más bella de las armas! -Sharon Stone: ¡Qué mal me cae! ¿Qué tendrá que ver el poder con la amistad?-. El ladrón y el niño: Un film de Pavel Tchoukhraï: Se sale enternecido y a la vez encantado de esta comedia dramática, que gustará sin duda a toda la familia: ¡Vayan a ver esta película, es verdaderamente extraordinaria! -¡Una comedia dramática!, ¿qué será eso?-. El Príncipe de Egipto: Una maravilla. El dibujo animado adquiere una perfección de expresión como nunca antes alcanzara (Le Figaro). Escenas de una potencia que cortan la respiración. En resumen, arte con mayúsculas (BIBA). Homenaje a la gran tradición de Hollywood. –¡Pues sí, porque lo que es el presente!-. El Príncipe de Egipto es un logro suntuoso (Le Nouvel Observateur). En Cinoche, beba Coca-Cola y viaje a precios de ensueño con Air-Liberté -¡Qué barbaridad!-. El aburrimiento: Un film de Cédric Kahn. La prensa y el público son unánimes: ¡El aburrimiento es mucho más que eso! –Mienten ingeniosamente-. Central do Brasil: Un film de Walter Salles. Una maravilla (Le Figaro). Un relato conmovedor, un valor universal (Le Monde). Perturba su ternura, un film que hiere el corazón (L’Express). La sorpresa del año (Le Parisien). Obra maestra de la emoción (Le Figaroscope). Un gran film (El Pato Encadenado). Un film de amor (Aden).

-La amistad es el arma más bella–dijo Maurice para que lo escuchara su señora, a la vez que el semáforo se abría.

-Sí, la amistad es la cosa más bella que existe, y con ella se puede ser potente, pero los poderosos no la conocen –sentenció Katheryn.

-Usted sabrá –dijo en tono de veladísimo reproche el chófer, que acababa de cruzar Saint Germain des Près y bajaba por la rue de Seine a marcha lenta para evitar a todos los transeúntes que la ocupaban de manera anárquica.

-Maurice, le llamaremos por el móvil para que venga a buscarnos –dijo Katheryn cuando el Renault Laguna se inmovilizó delante de la galería de arte de su propiedad, y ella se apeó precipitadamente sin aguardar a que el chófer le abriese la puerta, como siempre solía hacer.

-No se moleste. Siga con sus asuntos –dijo Katheryn al entrar, a la secretaria de la galería, que había parado de escribir en el ordenador e intentó anunciar su llegada por el interfono a Alberta.

Su hija estaba sentada en el sofá de cuero conversando con Carole. Las dos se callaron al verla y se levantaron para besarle las mejillas. Carole le tendió el ramo de rosas omega que le acababa de comprar en el mercado de Buci.

-Te lo agradezco, aunque no tenías que haberte molestado –dijo Katheryn fríamente volviendo a dejar el ramo sobre la mesa y yendo a sentarse, en contra de su costumbre, en la silla giratoria de Alberta desde la que ocupó una posición en un plano más elevado al de ellas.

Iba a necesitar sentirse superior, y demostrarles que controlaba la situación. A pesar de todo, no tenía nada claro aún cuál sería su decisión definitiva sobre Pedro Escobar. Por qué hacerle daño si finalmente no ha logrado su propósito. Con no volver a verlo y lograr que lo destierren de París me doy por satisfecha. Además, está el escándalo, ¡voy a ser el hazmerreír de todo el mundillo! Será cuestión de modificar el contenido de la denuncia para que se quede en un juicio de faltas y lesiones, que no trascendería a la prensa, lo que conllevará la expulsión del país o la obligación legal de no acercarse a mí a menos de cincuenta kilómetros. Pero no me gusta la mirada ansiosa de mi hija. La veo impaciente y aguardando a que le diga: “Adelante, vamos a por él”. Se ha empeñado en hundir a mi amante y no sé como puedo defraudarla sin tener una ruptura con ella, y eso no podría yo soportarlo en los momentos actuales. Sin hija, sin Pedro, y sin amiga, porque la cerdita Peggy es capaz de morderme si me retracto ahora y no nos lo cargamos: Está tan celosa de él que sería capaz de envenenarlo a su vez, pero que de una sola vez, si pudiera.

-Mamá, las dos queremos contarte algo muy, muy importante con relación a Pedro Escobar que es absolutamente necesario que tú sepas –dijo gravemente Alberta, y, dirigiéndose a la amiga de su madre, le preguntó -. ¿Quieres empezar tú, tía Carole, o empiezo yo? –preguntó con voz carraspeante.

-Empieza tú, ma fille –dijo Carole en tono y aire de retranca -. No shea que tu madre pienshe que te dejash influir por mí.

-Iré directa al grano, mamá. Durante estos últimos meses, Pedro vino solo varias veces a la galería, y mademoiselle Arlette en est temoin –dijo aclarándose la garganta y señalando a su secretaria que acababa de entrar en el despacho sigilosamente e hizo un gesto afirmativo con la cabeza-. Siempre preguntaba por ti, fingiéndose el sorprendido si no te encontraba, aunque en el fondo no parecía importarle mucho, ya que luego se quedaba un rato largo charlando con Arlette cuando estaba sola, n’est-ce pas, (mademoiselle Arlette volvió a asentir con la cabeza) o conmigo. Al principio me hablaba de literatura, de música, de pintura; parecía interesarle el arte y se detenía atentamente ante las diferentes obras de nuestras exposiciones, n’est-ce pas. Más tarde cambió radicalmente sus temas de conversación. Decía que era difícil guardar fidelidad a una mujer, porque entonces sería infiel a todas las demás, y que si llevaba un toro dentro como buen español que era…, a la vez que comenzó a hacer toda clase de elogios sobre mi, según él, perturbador encanto. Me repetía que yo tenía la sonrisa más salvaje que nunca había visto, que la contemplación de mi piel le producía vértigo, y cosas así. Por último, de las palabras quiso pasar a los actos, y una tarde, en la que se presentó con un precioso ramo de orquídeas, comenzó a abrazarme y a besarme y trató de tumbarme sobre el sofá. Naturalmente, yo me resistí y lo puse en su sitio. Si no te conté nada de esto, mamá, fue para que no creyeras que quería humillarte, como me decías, y porque además, tú no me hubieras creído entonces.

Le Voyou –dijo Katheryn, tras la inesperada confesión de su hija.

-Pues a mí, ce monsieur –comenzó diciendo Arlette, que se había sumado a la reunión por indicación previa de Alberta-, debió de confundirme con una puta, y desde el principio no dejó de aturdirme con toda clase de obscenidades. Decía que un estudio cifraba la longitud media del pene erecto en 14,58 centímetros, y que el suyo medía 21; que con eso podía producirme un orgasmo eléctrico e instantáneo. Una tarde, a punto de cerrar la galería, se presentó también con otro ramo de flores, rosas rojas, y me hizo comprender que quería hacerme el amor in situ y comenzó a soltarme toda clase de despropósitos y cochonneries: “ No podrás escapar del toro que llevo dentro. Curva, curva, curva, curva. De rodillas ante ti es como más me gusta a mí, de rodillas por detrás es como a mí me gusta más. Te hago absolutamente de todo, con vicio máximo, no te niego nada y no me niegues nada, chérie”.

-¡Salaud! –exclamó Katheryn al oír el bochornoso testimonio de la madura secretaria, que se había ruborizado intensamente e intentó inútilmente bajar su corta minifalda que dejaba al descubierto unos espléndidos ejemplares de piernas Marie Claire. Esta pansexualidad de Pedro Escobar permea sus memorias y la película de sus memorias, pensó Katheryn, poniendo los ojos en blanco sin que fuera consciente de ello. Así que el cerdo también había intentado tirarse a mi hija, a su secretaria, que ya no era ninguna chiquilla, aunque es cierto que aún estaba de muy buen ver, y a Brigitte la migonnette. Y luego estaban las tres putas del Crazy Fox, según supe por el detective privado que contraté. Katia, fue la primera, una rusa rubia de piel blanquísima y suaves redondeces, madre a sus 21 años de un niñito de 2 llamado Mathieu. Después vino la pelirroja despampanante, Io, pícara y hermosa. A continuación, Cleo, la morena, y más bribona, según Pedro; que había hecho un matrimonio en blanco con un chino a cambio de dinero, y pretendía montar una agencia matrimonial venal y clandestina. Las tres vendían ilusiones a trío en el número del Crazy. Surgían a la vez en cueros de las sombras a una cálida luz rosada, manteniendo sólo unas medias negras a mitad de los muslos, con sus pubis rasurados en forma perfecta de triángulo e interpretaban lascivamente sus bailes al ritmo de una música sensual y sofisticada. Con sus contorsiones, grititos y jadeos hacían correrse a Pedro Escobar. Éste las cortejó sucesivamente con los nombres de Luis, Pedro y Pablo, bajo el irresistible señuelo profesional de director artístico de publicidad, director de cine, y empresario de variètés. Con las tres empleó la misma táctica, bombardeándolas con flores, joyas y perfumes. Se gastó varios miles de francos solamente en camelias, rosas y orquídeas. Y para ennoblecer su desbordada concupiscencia las llevaba a visitar el Louvre o el Jeu de Paume: quería instruir a las putitas. Lo único que falta es que Peggy lo acuse también de haber querido violarla.

Shet eshpagnol est odieux –comenzó afirmando Carole-, y merece pudrirshe en la cárcel, que esh donde mejor eshtará, puesh allí no le faltarán ocashiones para dar rienda shuelta a shush inshtintosh grosherosh. Esh una beshtia y no tiene eshcrúpulosh. A mi me contaba que en shu agencia publicitaria de Madrid filmaba en shecreto películash indecentesh con jóvenesh de ambosh shexhos, y en lash que él a vecesh participaba enmashcarado con cabeza de macho cabrío o de toro, copiada de lash pinturash de Picasho. Le daba lo mismo un coño que un culo y me confeshó que losh momentosh másh fulgurantesh de shu existencia eran losh que había vivido en la cama con muchachosh. Pagando o no pagando: “El hombre esh una máquina biológica programada para eyacular, y todo lo demásh esh hipocreshía, palabrería y cuentosh”, me asheguró, en la primera fieshta de época a la que tú, mon amie, tuvishte la fâcheushe idea de invitarlo.

-Y todas, todas os habéis callado hasta hoy. Ya podíais haberme prevenido antes –dijo Katheryn angustiada y rompiendo a llorar.

-¡Yo, madame, qué sabía!, pero ¡olvide a ese machista! –dijo compungida la secretaria

-Ya te he dicho que no me habrías creído, mamá. ¡Encerremos a ese falócrata! –exclamó vengativa la hija.

-¿Para qué?, me habríash acusado de eshtar celosa -. ¡Hundamosh a eshe pornócrata! –tronó iracunda la amiga.

-De acuerdo. Castiguemos a ese criminal –dijo Katheryn sin cesar de llorar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 9

 

 

 

El rojo está servido, Katheryn, bebamos por nuestros amores. Le tiendo el vaso sin dejar de mirarla y añado: ¿Te gustan los rubíes? Un pequeño resplandor se enciende en su mirada. Ella no sabe tal vez todavía que los rubíes de los que le hablo, son los del vermut (que yo preparo tan bien). Agarro un sifón y hago estallar un torrente de burbujas frescas y felices en su vaso. Bebemos y qué sencillo es todo, y cómo todo se vuelve diferente: Pedro, eres tan espiritual, me dice sonriente.

El ordenador seguía bloqueado y Escobar se resignó a esperar, impaciente y febril, el tiempo que fuese necesario. No disponía de mucho y estaba empeñado en contar la vida de su heterónimo Pesc para contrarrestar la opinión falsamente calumniosa que su amante despechada no dejaría de verter contra él. Aunque creía que Katheryn no podría dejar de pensar con nostalgia en los dulces momentos que habían conocido juntos, como el que acababa de recordar, cuando se servía de viejos y románticos anuncios para seducirla. Cuánto habían cambiado los tiempos, pensó, al comparar la publicidad antigua con la que había visionado y realizado él mismo. Hangar de yates. Meliflua voz femenina en off: Si es usted amante de tranquilidad, ponga rumbo a una nueva vida (hombre de sesenta años firmando un documento y luego pescando en la popa del barco). Yates América le ofrece la oportunidad de disfrutar de su propio barco (tíos y tías tipo pay-boy en bañador suben y bajan a cubierta). Practique la pesca del pez espada como Hemingway. Disfrute del sol en las costas del Caribe. Camarotes con vistas al mar (los mismos tíos y tías vestidos elegantemente para un cóctel: whisky, canapés, bebidas tropicales, etc.). Mil caballos de potencia…Se interrumpe y le sigue otra voz en off masculina y persuasiva: sorteo extraordinario el 15 de agosto, por mil pesetas puedes ganar mil millones. Rubia sonriente de senos opulentos (con la cara de Brigitte la migonnette) y con visera lleva el timón bajo la mirada complaciente del hombre de sesenta años (¿Es usted el nuevo milmillonario?). La misma rubia (pero con la cara de Alberta, que es morena) sentada con las piernas cruzadas sobre un colchón: A todas aquellas personas que ahora ven cómo se agravan sus problemas de alergia, les recomendamos el colchón Natural de Lo Monaco porque es analérgico y transpirable, está aireándose continuamente, y así evita que ( la rubia desliza el dedo índice de su mano izquierda sobre las estrías del colchón) la humedad, el polvo y los ácaros se depositen en su interior (el mismo dedo se clava en medio del colchón). Además es ecológico y cumple con las normas más estrictas de seguridad y confort de la UE. Así que mientras usted duerme plácidamente, su cuerpo descansa a ídem de rey. Pero este magnífico colchón no lo va a encontrar en ninguna tienda (la rubia se levanta y camina lascivamente). Tan sólo llamando al 902451143, y podrá disfrutar del colchón Natural de Lo Monaco, más un estupendo sommier de láminas de madera, más una almohada lavable muy suave, más un juego de sábanas de Holanda, más un equipo de música Daewo con reproductor de CDs. Y todo esto por tan sólo 5.200 ( 31,50 euros) al mes, sin intereses ni gastos de envío (plano final de la rubia, que en realidad es una morena, rodeada del colchón y todos los productos ofrecidos). ¿Cómo se alimenta un campeón? Voz en off infantil repite la frase escrita en la pantalla, pero diciendo: Como se alimenta un campéon. Un empleado de Ganone (con la cara de Félix Gonzáles) corre con una carretilla cargada de productos de la marca por los estrechos pasillos de un gran supermercado. Choca violentamente con dos afamados futbolistas que corren igualito que niños por el establecimiento buscando natillas. Cogen varios recipientes de natillas Ganone, las enseñan a la cámara y gritan: ¡Repetimos! Mujer joven (parecida a la pelirroja Io): A mi padre (guapo hombre al fondo que se parece a Pesc) le gusta disfrutar de su tiempo libre. Para tratar su diarrea tiene Impodium plus en comprimidos masticables. Voz en off de Pesc (muy masculina): Diarrea, retortijones, flatulencias, gases…El nuevo Impodium plus ayuda a cortar la diarrea aguda y los gases rápidamente. Nuevo Impodium plus. ¡Para seguir con tu vida! La misma voz masculina en off: “Femoal alivia el dolor, alivia el picor, a la vez que por su acción vaso constrictora reduce las hemorroides. Mujer madura premenopausica (parecida a la secretaria de Alberta) dice suavemente mirando a la cámara: Es como si encogieran. La misma voz masculina en off: Femoal ¡Un gran alivio del dolor y el picor! Decorado empalagoso a lo Hamiltonphotograf. Dos chicas jóvenes y empalagosas (no se parecen a nadie conocido) riendo empalagosamente encima de una cama. La más empalagosa tiene una muñequita empalagosa en las manos.

Empalagosa segunda: ¿En un anticuario?

Empalagosa primera: ¡Noo!

Empalagosa segunda: ¿En un mercadillo de Londres?

Empalagosa primera: ¡Qué vaa!

Empalagosa segunda: Ya sé, lo has heredado.Ríen y sonríen empalagosamente las dos mientras se oye la voz (fingidamente afeminada) de Pesc que dice: Ahora, la colección Muñequitas de porcelana de Satélite-Julini vuelve a estar en Tu quiosco: Exclusivas muñequitas y miniaturas de época. Primera muñeca, cochecito y fascículito: 400 pesetas o 2,50 euros. Pareja estúpida. Él (se parece vagamente a Pesc con veinte años menos), moreno, más alto que ella. Ella, rubia, más bajita que él. Lo mira entre guasona y admirativa. Él (mostrando un pliego, donde puede leerse sólo OSO): Yo soy Pablo, el primero que hizo la primera llamada local totalmente gratis. Ella (mirando a la cámara y arrebatándole el pliego): Él fue el primero de la primera, sí (deposita el pliego sobre un mostrador), pero yo fui la primera que contrató OSO en casa…Si yo no digo que tú no seas el primero; tú has sido el primero, has llamado gratis, has sido el primero, de acuerdo, sí. Pero yo contraté la primera OSO. Mostrador y dependiente (se parece a Paul). Se le acerca Pesc con pintachulodemodé y le espeta: Oyes, ¿sabes la de tuturú tur turú? Le sigue joven vestida de helado tuttifrutti (es Brigitte la mignonnette moviéndose provocativa): Tirú tir tirú. Le sigue joven adolescente con camisa verde abierta: Titu tú tirú. Vuelve Pesc (moviendo obscenamente el culo y el vientre): Turutú, turutú. Aparece mujer moderna (oculta su parecido) con gafas enormes y falda de cuero: Tirurú, turú. Le sigue hombre en torno a los cincuenta (lleva una máscara a lo Dalí), cuatro pelos lacios y gafas de sol. Se ayuda con un movimiento ridículo de las manos: Tutú. La mujer moderna anterior, pegada al objetivo: Siempre llevaba gafas de sol. Dependiente (sonriendo pícaramente y meneando la cabeza a derecha e izquierda): ¿Qué, es colega de Warhol? Pesc (ha conservado la misma pinta de antes, y ahora se mueve salomónicamente): Tutu tu ru rutú. A continuación, voz de Pesc (disimulándola) en off: ¡En la CNAF sabemos lo que queremos! Jubilado con gafas de vista cansada, vestido de verano, vulgarmente: De pronto veo un aparato en el cielo, algo raro, no sé lo que es, un resplandor ¡Fun!, y un fogonazo: ¡Y que han abducido a mi parienta (señala al suelo y hay un par de zapatos negros vulgares). Pero lo raro es que se han dejado aquí los zapatos. Voz de Pesc en off (timbre juvenil): ¿Oiga, para qué sirve la fibra? Terso vientre femenino desnudo y una mano de Pesc que lo recorre lentamente de arriba hasta muy abajo: ¿La fibra? La fibra limpia y regula mi organismo. Misma voz en fofa: ¿Y a qué sabe la fibra? Vientre femenino desnudo y humeante: ¿Ésta?, a Cola-Coa. Voz de Pesc en off: Para desestreñir. Una alimentación con poca fibra puede estreñir. La falta de ejercicio puede estreñir. El estrés también puede estresñir. En cambio con Cola-Coa aumentan el volumen y esponjosidad de las heces y sus frutos de sen estimulan el intestino. Si en ocasiones sufres el estreñimiento, recuerda que Cola-Coa ayuda a…desestreñir.

         Al cabo de cinco minutos, volvió a estar operativo el ordenador de Pedro Escobar, y éste prosiguió proporcionando datos al CLT sobre las actividades de Pesc:

-Termina la carrera de sociología a la vez que trabaja en la flamante y flamígera empresa editorial del sociólogo más prestigioso del reino para el que traduce textos del francés por los que ni se pagan derechos de autor ni se solicita legalmente la autorización a las editoriales del país galo. Sobrevive y malvive durante unos meses con la infra paga del sociólogo famoso y decide abandonarlo para entrar como periodista en el influyente diario nacional La Opinión. Pesc cae en el sitio adecuado en el momento adecuado y se entrega las veinticuatro horas del día y la noche a seguir (y vivir) la vibrante y febril actualidad de una ciudad, Madrid, que, con la libertad recuperada, se abre ilusionada a la modernidad. Atrás quedan los días grises, negros, del post franquismo con su cadena trágica de atentados y ríos de sangre que parecían querer retrotraernos a los días más funestos de la dictadura: asesinatos de estudiantes, obreros, y de los abogados laboralistas de la calle Atocha, bombas en la Vaquería de la calle Libertad, secuestros de los GRAPO, barbarie de los Guerrilleros de Cristo Rey, etc…

-Continúe con las actividades de Pesc durante los setenta. Continúe con las actividades de Pesc durante los setenta. Continúe con las actividades de Pesc durante los setenta. Continúe con las actividades de Pesc durante los setenta. Continúe con las actividades de Pesc durante los setenta. Continúe con las actividades de Pesc durante los setenta. Continúe………………………………

-¡Me cago en el jodido programa, coño, ya me he dado cuenta! ¡Otra vez se me ha bloqueado!

¿Qué tienen los presos en común? El delito. Por lo demás, sus personalidades y categorías son radicalmente distintas. Hay que hacer cárceles para violadores, otras para atracadores, otras para parricidas, otras para estafadores, policías, políticos, jueces y periodistas corruptos, etc. O al menos, secciones completamente separadas. ¿Qué tienen los internos por razones de peligrosidad social en común? El violador del pepino. Serge C.F. Conocido en Caen como el violador del pepino por las vejaciones a las que somete a su novia. Según quedó probado ante un tribunal de esa ciudad, introduce un cucurbitáceo de grandes dimensiones en la vagina de su compañera sentimental después de que ésta se negara a hacerle una gallarda. La Audiencia le condena a ocho años de prisión, pero sólo cumple tres meses por buena conducta y aplicación en la fabricación de muñequitos para tartas de boda en la cárcel modelo de Alençon. En el año 2000 es finalmente detenido en París y acusado de más de dieciséis violaciones. Se cree muy guapo, un verdadero seductor, y piensa que las chicas, todas adolescentes, consentían. El anciano de 75 años que quema viva a su esposa rociándola con alcohol y prendiéndole fuego. Es la segunda vez que el vejete agredía a su mujer en lo que va de año. El hombre, con el rostro cubierto por un pasamontañas con dos agujeros en la cara, se le acerca y la rocía con alcohol. Acto seguido, el criminal saca una cerilla y la arroja encendida a su mujer. La víctima, de 70 años, convertida en tea a lo bonzo, aún tiene tiempo de reaccionar y de asestar una fenomenal patada en los cojones a su marido. Posteriormente corrió gritando despavorida y luego cayó al suelo inconsciente. Los servicios del SAMUR que acudieron hasta el lugar, sólo pudieron certificar que la anciana “presentaba lesiones incompatibles con la vida” (osease, que acababa de estirar la pata). El estafador que se hace pasar por teniente de la Gendarmería para desplumar a sus novias. Les ofrece vehículos todo terreno y viviendas procedentes de falsas subastas. Jules Dupont, dit Montelimar, de 30 años de edad, contaba con dieciséis órdenes de búsqueda y captura por estafa antes de su detención. Su modus operandi se basa en embaucar a sus compañeras sentimentales, que le creen capitán de gendarmes, con tentadores ofrecimientos de vehículos de gran cilindrada y lujosas casas a muy bajo precio, procedentes de supuestas subastas del Ministère de l’Intérieur. Los dos vagabundos que asesinan al conocido presentador del programa de televisión El vagainfierno, del que eran protagonistas. Dos hermanos clochards de Marsella, Jean y Paul Maccaroni, escuálidos, desdentados y con graves deficiencias mentales, deciden matar a Jesufou de la Colline, el popular periodista y poeta, que los ha lanzado al estrellato, porque no les paga lo pactado y con el fin de hacerse todavía más famosos. El juez encarcelado por cohecho. Un magistrado de Córcega, Emile Calasparri, que ha posibilitado la huída de un destacado capo de la mafia corsa, procesado por contrabando de hachís y cocaína por valor de varios cientos de millones de francos. El juez va y lo deja en libertad condicional pocos días antes al de la celebración del juicio, amparándose en un informe médico que certifica que el presunto malhechor siente terrores infantiles nocturnos en su celda de la prisión. El abogado argelino que ha estafado a más de mil inmigrantes magrebíes prometiéndoles los papeles de la regularización…

-¡Tienes visita! – Vino a gritarle Vito por la espalda, interrumpiendo la inactividad y los pensamientos de Escobar acerca de la irracional promiscuidad carcelaria.

-¿Una visita, yo, ahora? –preguntó sorprendido.

-Sí tronco, una visita, you, now –respondió el tahúr, mitad en serio, mitad en broma.

-Apago el ordenador y voy corriendo –dijo Pedro, que se preguntó si sería cierto, pues no esperaba la visita de su abogado hasta la tarde.

De repente, comienzo a llenarme de optimismo. El adelanto del picapleitos (ya que no puede tratarse de nadie más que él), sobre la hora prevista tiene que deberse a circunstancias favorables para mi caso.   Un celador viene a mi encuentro y le sigo de cerca. Pasamos por el patio de honor, en el que se instalaba antiguamente la guillotina. Recorremos 273 metros de pasillos, subo 50 escalones, bajo 75, cruzo cinco rejas de acero consecutivas (todo lo he contado desde la primera entrevista que tuve) para desembocar en… el locutorio, una sala de 4 metros de ancha por 30 de larga, dividida en dos mitades casi exactas por una red metálica tupida, donde los reclusos hablan a voces con sus visitantes exteriores, mayormente mujeres y algunas muy deseables. No comprendo por qué estará aquí mi abogado y no en la dependencia jurídica reglamentaria. El único asiento libre de internos tiene por interlocutor exterior a un individuo en atuendo deportivo que no reconozco. No, no es el joven maître López, mi vista se nubla, me detengo, no puedo seguir, el celador me arrastra y me sienta a la fuerza en la silla.

-Hola, ¿qué tal? – pregunta Félix Gonzáles.

El tío que más detesto, como dicen los franceses, delante de mí y no debe de ser para nada bueno. Pronto lo voy a saber.

-Qué gran sorpresa. ¿Cómo tú por aquí? En la Tensa los cisnes mueren lentamente –le digo intentando esbozar una sonrisa, y mientras levanto incompleto el brazo derecho a modo de saludo, pienso que las personas en lo primero que se fijan es en las manos y en que definitivamente la duda no entra en los cálculos de Félix Gonzáles, Tan seguro parece estar de su autoridad intelectual que las ideas fluyen de su cerebro a borbotones, casi sin pensar, con brillantez instantánea y automática. Una actitud bien distinta a la que había mostrado la vez anterior al frente de un grupo de la agencia rebosante de espíritu digamos camerístico y vocación galante, ideal para una plácida tarde de abanico y limonada. Se me va el tarro. Pero así es como habla este pedante. Lo recuerdo alto como una vieja gloria del baloncesto, cuando el publiartista supo afianzarse en la persuasión moderada de su diminuto compañero, un hombre de la envergadura aproximada de un yoquey de caballitos de cartón para realizar un didáctico repaso a la historia de la publicidad americana en su genuina versión neoyorquina. El hombre tuvo las dudas naturales de quien ve más de una fecunda solución al mismo tiempo, pero no dijo ni una palabra de más ni añadió una frase sin justificar. Le agradecí que ante las ínfulas omnipotentes de los más bisoños defendiera la filosofía del pasito sobre la zancada…

-¿De verdad que no me esperabas? –pregunta socarrón-. Pues ya podías esperarlo, o te figurabas que ante tu alarde de truhanería metódica no se notaría tu ausencia. ¡Vas a llorar lágrimas negras!, me lo aseguran.

Como ya me sospechaba, la aparición de Félix tiene visos más trepidantes: visto y no visto, como si se hubiera calzado las botas de siete leguas, se lanza a tumba abierta sobre unos temas cortados a la medida de su remilgado perfil técnico….cosmopolita hasta lo mundano, juega a zamparse todo el orbe publicista hispano. Quiere mi cabeza y triunfa en su función de realzar sus pasmosas cualidades: perfección impoluta. Estilo depuradísimo y sutilidad portentosa. Contundentes razones a su favor que no logran disimular otros rasgos no tan halagüeños. No parece muy original al basar la mitad de sus argumentos sólo en citas tirando a tópicas o buscando mi confesión fácil con piruetas caprichosas en el borde de su fingimiento: dos constantes de su carácter que a la larga, terminan embotando el pensamiento más discriminador con su pertinaz cliché.

-¿A qué has venido? –le pregunto sin más, tratando de que vaya al grano y no base sus alegaciones en agilidades más o menos vistosas, pero tirando a truculentas, de pertinencia dudosa y significado más bien turbio. El veterano publicista, yo, y el joven publicista, él, establecemos un pulso dialéctico quizás distinto al de un combate pero no ajeno a una cierta intensidad flexible y razonada. La diferencia está en que mientras la voz de Félix Gonzáles puede poner sonoridad a la escena del crimen más sórdido y misterioso, la mía apenas puede utilizarse para poner fondo a las diligencias de un forense.

         –A exigirte que restituyas illico presto el dinero que has robado a la agencia –dice Félix dejando escapar su embrujo elegiaco por el desagüe de una solemnidad trivial. Su voz empieza en tono de balada arrullante para acabar como un bólido rugiente. Se comporta como una persona árida y entrecortada, sin dirección definida y errante sobre criterios libres y estructuras difusas o directamente inexistentes. Detrás de la reja se puede escuchar a un maravilloso recitador de espots, dueño de una dicción neta y timbrada y de una entonación erudita capaz de descubrir mil matices sutiles que, a la hora de la invención espontánea, se pierde en explicaciones parciales y dispersas.

-Sin mofa ni menoscabo puntuales, te diré, en tu jerga que tus palabras son inexpugnables e inclementes como búnqueres de hormigón, cargados de intención pero huecos de significado. La suerte premia a las personas emprendedoras y con espíritu audaz, que además demuestren una actitud tenaz y perseverante –le digo para burlarme de él.

-Pedro –me invoca con voz conciliadora-. No practiques estrategias insistentemente repetidas, con subidas y bajadas en agónico desdén. Devuelve la guita a la agencia y retiraremos la denuncia contra ti. No te inspires en cuestiones tan enjundiosas como el concepto de reciprocidad o los movimientos planetarios, por poner un ejemplo.

Su respuesta basada en elementos intrincados y concluyentes me invitan a improvisar con otro pulso vital. Desde su arranque el publicista plantea una táctica que se resiste a crecer a partir de una sola raíz, atenta al momento, pero con el futuro en su punto de mira.

-Bella nórdica rubia con túnica blanca montada sobre caballo blanco, orgullo de la raza cartujana, con la Tour Eiffel al fondo –le digo con toda mi mala leche.

-¡Qué te ocurre!, ¿sientes nostalgia de los tiempos pasados? –pregunta con frialdad de acero –. No vertebres tus argumentos en el fondo inconexos y quebradizos sobre la lógica inapelable de la sinceridad radical y el desprecio absoluto por las soluciones diplomáticas.

-La inspiración es el primer paso hacia la grandeza. La inspiración es el motor de nuestro potencial. La fuerza que nos lleva de lo sistemático a lo espontáneo –le respondo para provocarlo, y añado-. Tus pantalones de doble costura refuerzan la teoría que afirma que la fuerza de la alegría supera cualquier decepción.

-No eres más que un buscavidas trapisondista y te encuentras en un laberinto borgiano sin salida. Sólo yo puedo ayudarte y tú te estás cachondeando de mí. No todo es cuestión de tetosterona –dijo impertérrito tras sus aerodinámicas gafas.

-Tienes un hermoso chalet, una segunda vivienda en el campo, posees un coche de lujo, y un cuatro por cuatro gigantesco. Tienes una mujer maravillosa que te ama. ¿No crees que ya es hora de que dejes de joderme?

-¿No estarás buscando excusas allí donde no hay? Devuélvenos la pasta y déjate de efectos atmosféricos de vértigos y pasión –dice echándose para atrás en su silla.

-One whisky, please, …clic…Drip, drip, drip. Drip, drip, drip. Thank you very much. ¿Te acuerdas de los Buenos ratos que echábamos juntos –le digo, tratando de ganar tiempo.

-No me salgas ahora con ese susurro deliciosamente invernal, endémico de Escocia –dice con rostro pálido algo desganado-. No tendrás ningún éxito.

-Hubo un tiempo en el que todos éramos libres. El bosque, las montañas y los océanos eran nuestro hogar. Pero algo ocurrió. Nos convertimos en personas de ciudad, empleados de oficina, telespectadores, clientes de bares, agentes de bolsa. Algo de nosotros todavía sigue dentro de nosotros. Busca en tu interior y ve donde quieras sin preocuparte de lo externo –le digo en tono capellán Didier, y añado en idéntico tono-. Si amas a alguien, déjale ser libre. ¿No te gustaría regalar libertad de movimiento a un ser querido?

-No busques el resorte de la emoción incluso en la maraña de la complejidad más despiadada. No compitas con añoranza contable. No profeses un inconformismo riguroso. No busques sustento moral en la combinatoria libre de diversas argucias, ni siquiera en sus variantes psicodélicas. No pretendas huir a lomos de caballo jerezano sobre una pelada loma almeriense. No esperes encontrar una cabra equilibrista en un gran salón de baile cargado de oropeles y mullidas alfombras. Estás traicionando tu vocación de acróbata con cierta tendencia al esperpento y a las potencias telúricas – dice impulsado por auténticos soplos de inspiración. Luego cambia de estilo y brama-. Suelta la mosca, suelta la tela, suelta la viruta, suelta la manteca, suelta el money, suelta los jurdós, suelta el flus, y suelta el acatús.

Me quedo flipando y trato de redimir parte de mis disgresiones anteriores con una conciliadora serie de improvisaciones. Pero Félix Gonzáles no quiere escucharme y a mi primera palabra erudita y meditabunda me interrumpe categórico:

-Eres un subversivo en toda regla, eres un inexorable aniquilador de clichés. Tu técnica de tramposo te permite promover ideas elaboradas con apabullante destreza que luego se quedan en una marejadilla de palabras estériles. Tu corazón de estafador te permite eludir tremebundos castigos del más allá y del más acá –dice poniéndose algo místico, pero al final rectifica y se lanza a fondo-. Has agotado tus aptitudes de saltimbanqui con proyección a la caricatura, te lo repito. Has agotado todos tus efectos atmosféricos y te has quedado sin misión en la vida. Te lo aseguro: te has quedado sin misión en la vida, sin misión en, sin…

La voz tronante de Félix Gonzáles retumbó en todo el locutorio, y atrajo la atención de una bella carcelera que acudió presurosa a inquirir la causa de semejante furor que había acabado provocando el llanto desconsolado de Pedro Escobar, al que encontró sumergido en un mar de lágrimas.

-Caballero, debería tener usted una mayor consideración a nuestros internos. No se le tolera que le hable de ese modo a este pobre hombre. Su tiempo se ha acabado y es hora de que se marche, caballero -dijo la funcionaria con pasmosa autoridad al joven y moderno publicista, que ya se había levantado de su silla y se encaminó hacia la salida de la sala de visitas de los presos, enjuto y erguido, con andares triunfantes de matador que ha cortado todos los trofeos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 10

 

 

Fue a raíz de la traumática violación de Katheryn por el joven negro africano cuando ella y Carole decidieron afiliarse al M.L.F. (Movimiento de Liberación Feminista), para combatir tanto el sexismo como el racismo, para hacer valer sus derechos frente a las gentes de extrema derecha como de extrema izquierda. Se convencieron de que para defenderse y tener su propia justicia había que hacer la revolución feminista: “La única revolución que atraviesa las clases, las razas y las nacionalidades, para liberar a las más oprimidas”, afirmaba Katheryn levantando amenazante su blanco y delicado puño, ante la mirada siempre atenta de Carole a su lado. Comenzaron a intervenir como propagandistas del Movimiento en mítines y conferencias por los barrios de París, primero en colectivos feministas y, posteriormente, también en círculos de lesbianas. Al principio, los blancos favoritos de los ataques de las dos amigas agitadoras fueron los progres marxistas que se habían adherido a las teorías sexuales de Wilhem Reich (el falso profeta de la revolución sexual, como ellas lo llamaban), y a los que trataban de ridiculizar en sus intervenciones casi siempre a dúo:

Katheryn: La función del orgasmo, cimiento de la ideología sexual progresista, no ha podido tener resultados más reaccionarios.

Carole: La pretendida liberación sexual de nuestros días no significa otra cosa más que un cambio en la ideología sobre el sexo.

Katheryn: Lo único que ha variado es el contenido de las órdenes que constituyen la moral, pero la estructura del comportamiento sexual masculino permanece inmodificada.

Carole: Hay una estrecha homología entre los principios que cimentaban la ideología puritana de nuestros padres y los que sostienen el actual progresismo sexual.

Katheryn: Para nuestros progenitores el sexo significaba un sometimiento como medio a los fines de la procreación, prescribiendo una técnica paupérrima que excluía como ilícitos y perversos aquellos juegos de amor más imaginativos y preñados de jolgorio y de estéril bienestar.

Carole: Pues bien, a pesar del aparente antagonismo de sus comportamientos, lo cierto es que la imagen estructural de la ideología sexual “progre”, su esqueleto formal, es tan igual a aquel que aparentemente pretende combatir, que se diría que es su burdo disfraz modernizado.

Katheryn: Sustituid la trilogía: procreación –ética puritana- Dios, por la trinidad: orgasmo –técnicas sexuales- ciencia, manteniendo el mismo tipo de concatenación y dependencia entre los vértices del nuevo triángulo, y obtendréis el campo conceptual y normativo en el que se apoyan todas las proposiciones ideológicas de las nuevas tribus de “liberados sexuales”.

Carole: El Orgasmo es el objetivo, la culminación y el evento otorgador de sentido a la totalidad de los procesos eróticos.

Katheryn: Las técnicas sexuales, uniformes y objetivas y enseñables en los libros, como si cada hombre concreto fuera un mero paradigma del mapa universal de las zonas erógenas, determinan el ritual exigido para llegar al anhelado Orgasmo.

Carole: Y la triple faz fisiológica, psicológica y sexológica de la desapasionada ciencia fundamenta con su frío rigor el carácter objetivo e inexcusable del orgasmo y la probada eficacia de las rutinarias técnicas que lo garantizan.

Katheryn: Y así como antes, el resultado del montaje era una legión de matrimonios histéricos incrementado mediante un procedimiento tosco y artesanal el contingente de futuros hijos para el cielo y el numero de pobladores de este valle de lágrimas o infierno terrestre.

Carole: Así ahora el desenlace es una monótona combinatoria de obsesos despersonalizados y solitarios persiguiendo neuróticamente con una tecnología sexual sutilizada la inagotable acumulación de míticos orgasmos previamente programados para solaz de la ciencia y tranquilidad del Estado (con el rostro congestionado y morado, cedía la palabra a su compañera, que concluía casi en trance).

Katheryn: La Revolución Sexual no es otra cosa que una religión del sexo que tiene en el Coito su eucaristía y en el Orgasmo el momento de transustanciación del hombre en Dios. Su prestigio revolucionario le viene de su presunta oposición al Poder: siendo la burguesía y el capitalismo los que impiden a los “oprimidos” llegar al Orgasmo, su abolición es necesaria para conseguir una Redención que se presenta como la felicidad sexual. Así razona el “progre sexual”.

Hasta la aparición del judío errante, fugaz, y flautista, Albert Mendes, Katheryn y Carole fueron amantes por un tiempo (como ya se ha señalado anteriormente), durante el cual radicalizaron sus postulados en asambleas y foros no ya sólo de París, sino de muchos otros lugares a lo largo y ancho de la superficie total del Exágono (sinónimo de Francia para los franceses). Sus embestidas dialécticas se orientaron principalmente contra el matrimonio y la familia y los maridos y la condición femenina y el capitalismo y el Estado.

Katheryn: Según nuestra teoría, el matrimonio se presenta como la institución mediante la cual un trabajo gratuito es extraído de una categoría de las población, las mujeres-esposas.

Carole: Un trabajo gratuito debido a que no da derecho a un salario, sino solamente al mantenimiento de la esposa.

Katheryn: Así pues, debemos afirmar que la no valoración de este trabajo se origina institucionalmente con el contrato del matrimonio, que es en definitiva un contrato de trabajo. Un contrato de trabajo que estipula que la fuerza de trabajo de la mujer es propiedad del marido.

Carole: La ley que dictaba la autorización del esposo para que la mujer pudiera trabajar fuera del hogar, fue abolida en Francia hace sólo diez años, en 1962.

Katheryn: Queda muy claro que la situación de inferioridad de las mujeres en el mercado de trabajo y la discriminación de que son objeto, constituye la consecuencia, y no la causa como algunos pretenden hacérnoslo creer, del contrato del matrimonio tal como lo conocemos (aquí, las dos amigas imprimían un quiebro electrizante a su discurso):

Carole: Pero ¿existe una naturaleza femenina inmutable?

Katheryn: No, sólo la alineación.

Carole: Pero ¿existe un instinto materno inmutable?

Katheryn: No, sólo mixtificación (las audiencias las aplaudían enfervorizadas).

Carole: Me comentaba una joven madre casada: “Yo soy de las que aman con pasión a los bebés, y esos pocos años de la infancia de mis hijos permanecen excepcionales e inmersos en mi meoria” (carcajadas de las audiencias) –perdón: “memoria”- rectificaba Carole (más carcajadas). “Esos años llenos de alegrías y fatigas, esos años que huelen a carne y leche, esos años animales y poéticos llenos hasta el borde, justificadores: esos años cuya sola evocación hacen que se me salten lágrimas de emoción” (se oían fuertes pataleos, abucheos y gritos de protesta).

Katheryn (levantando la mano para imponer calma): En efecto, en las condiciones actuales, la maternidad representa, en el sentido estricto del término, una esclavitud y refuerza el sometimiento al marido.

Carole: Además, todo deseo de maternidad es sospechoso de ser un intento de compensar frustraciones afectivas o de ausencia de identidad, puesto que lo vivimos en un contexto de opresión. Trampa sutil: es la misma maternidad la piedra de toque de la opresión (regresaban los aplausos).

Katheryn: Aunque se hiciese posible un deseo de procreación no alienado, no dejaría por eso de ser menos alienado en sus consecuencias actuales.

Carole: Ni siquiera a los pseudo-marxistas se les ocurre poner en discusión el significado de conceptos tales como familia, niños, hogar, etc.

Katheryn: lo mismo sucede en política: la infelicidad social se presenta como natural, no como resultado de la existencia de clases y del dominio de una sobre otra.

Carole: Por ejemplo, el sadomasoquismo que es algo inherente al matrimonio, se considera como sadomasoquismo sustancial, eterno y necesario, por lo que se sanciona implícitamente la ineliminabilidad del mismo (pitos y gritos).

Katheryn: Y el sistema sexual refleja precisamente este sistema de dominio, que se pone en marcha en el mismo instante en que la mujer halla seductor a un hombre (más pitos y gritos).

Katheryn: En cierto sentido podemos asegurar que la vida sentimental de los seres humanos no es más que una doble alineación:

Carole: La del filisteísmo natural, agravado por una mala educación sexual.

Katheryn: Y la derivada de la ignorancia del mecanismo real de la correspondencia amorosa, que los burgueses atribuyen caprichosamente a una extraña mezcla de determinismo biológico y de misterio.

Carole: La gente de izquierdas sabe que la familia es una institución represiva (aplausos y bravos). La asocian –a veces con innecesario esquematismo- a la propiedad privada.

Katheryn: Si se les pregunta al respecto, señalarían cómo reproduce y alecciona la fuerza de trabajo, cómo propicia el consumo, cómo se tejen sutiles y efectivas cadenas de control entre sus miembros, cómo transmiten los padres la ideología de la clase dominante.

Carole: Por ello es preciso trascender la procreación. El ser humano no es un ser natural, es un ser social (aplausos y pataleo ensordecedores).

Katheryn: Del mismo modo que era difícil volar hace un tiempo, ahora se nos plantea que no será difícil fabricar seres humanos de otra manera a la biológica y natural.

Carole: Pero aunque esto no sea una realidad y quizás pueda parecer algo de ciencia-ficción, es un planteamiento que algún día se resolverá.

Katheryn: La mujer tiene la mitad de hembra, de animal sujeto a esas tareas biológicas que tienen las hembras mamíferas y la mitad de ser social. Y solamente cuando de verdad trascienda esta condena bíblica, podrá liberarse de su destino animal.

Carole: Hoy podemos ya trascenderla un poco porque los anticonceptivos eran insospechados hace cien años, y el aborto sin riesgos también, puesto que el aborto se ha practicado siempre, pero con altísimos riesgos.

Katheryn: El problema estaría en ver si la supresión de la píldora abriría paso a un sistema de relaciones más deseable o nos devolvería a la situación odiosa anterior de maternidad salvaje (abucheo aislado).

Carole: Las relaciones sexuales están a caballo entre la opresión y la explotación. La mujer a través de las relaciones sexuales, establece relaciones económicas.

Katheryn: La diferenciación sexual es la base sobre la que se produce la división del trabajo y la explotación, porque la reproducción de la fuerza de trabajo, implícita en la procreación, puede analizarse como producción de mercancías.

Carole y Katheryn a dúo: Actualmente, las contradicciones se agudizan y muchas relaciones se van desmontando. Así, a nivel sexual, nos tendremos que rebelar contra todo aquello que nos parece natural, puesto que ha sido impuesto para mantener formas intolerables de opresión y control (aplausos y ovaciones estruendosas con toda la sala de mujeres puesta en pie).

La extraordinaria capacidad dialéctica de las dos compañeras militantes, la habían aprendido en gran parte de los textos y enseñanzas de un proto-feminista español o latino americano (Katheryn confundía entonces a unos y otros), a quien no llegaron nunca a conocer personalmente. El intelectual progresista de incierta nacionalidad se amparaba en el anonimato y seudónimos para no levantar suspicacias entre las feministas más virulentas, y de ese modo tampoco buscarse complicaciones con la policía de su país, sometido a una férrea dictadura política. Por eso, Katheryn y Carole estaban convencidas de que el autor de muchos de los escritos que conocían, defendían y difundían era el mismísimo de uno de los opúsculos que más les había impresionado e influido para su toma de conciencia feminista y su compromiso militante: “Sexo y Marxismo”. La genitalidad fisiológica siempre aparece mediada y mediatizada por las relaciones sociales de sexualidad: hasta tal punto que son precisamente éstas las que definen la realidad de aquéllas: las que al mismo tiempo las objetifican y objetivan. Hablaré de dos tipos de relaciones de sexualidad. Por un lado las relaciones sociales “uterino-domésticas”: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas, y cuya productividad es la reproducción de la fuerza de trabajo. Y por otro lado, las deseativas: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas y cuya productividad son los desideremas o signos de deseabilidad. Pero, vayamos por partes.

         Se puede analizar la productividad uterino-doméstica por analogía con la “renta de la tierra” analizada por Marx en El Capital. Imaginemos que úteros y domus son fincas cultivables. Como tales, cada unidad (cada útero, cada domus) produce diferente rendimiento a las demás: esa diferencialidad es esencial. Cada finca (cada útero, cada domus) es singular: esencialmente distinta a las demás, única e irrepetible. Por ello la situación que cada finca (cada útero, cada domus) ocupa respecto a las demás, goza de capacidad monopólica: no se puede competir con su productividad puesto que su situación diferencial es única, irrepetible. Siendo esto así, el reparto de la tierra, es decir la vinculación de cada finca (cada útero, cada domus) a un titular social adopta la fórmula de privilegio.

         Para que no sólo se cultiven las tierras cuyo rendimiento sea superior a la media, sino que se cultiven todas aquellas cuyo global rendimiento satisfaga todas las necesidades sociales, se hace preciso la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de la tierra: “es la renta absoluta” de carácter tributario y precapitalista que marca los límites inferiores de cultivabilidad de la tierra. De igual forma que no sólo se cultivan las fincas (úteros y domus) cuyo rendimiento sea superor a la media, sino que se cultiven aquellas fincas (úteros y domus) cuyo global rendimiento satisfaga las necesidades sociales, se hace precisa la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de úteros y domus: “es la renta del útero” y el “tributo doméstico” que marca los límites inferiores de cultivabilidad femenina, límites por debajo de los cuales ya no se establecen relaciones sociales uterino-domésticas (y las solteronas y las putas se ven excluidas de la sumisa irresponsabilidad uterino-doméstica).

         Pero al margen del modo uterino-doméstico de relación social de sexualidad (modos cuyos elementos fundamentales acabo de esbozar con forzosa simplificación), existe otro modo, el “deseativo”, cuya vigencia es predominante en la actualidad. Así como en el modo anterior, la mujer aparecía ineluctablemente vinculada a la tierra uterino-doméstica (más que vinculada, emparedada entre los límites infranqueables: su útero y su domus, por un lado, y su varón y titular vinculante, por el otro), en el modo deseativo, por el contrario, la mujer aparece totalmente desvinculada, libre, desnuda, exenta, desembarazada, dispensada, desconectada. Su actividad práctica se reduce a la constante y rutinaria exteriorización de los desideremas: partículas elementales constitutivas de los signos de deseabilidad: indiferenciados, sustitutivos, repetibles, universales: intercambiables, genéricos, transferibles y comunicables de forma codificada.

         La actividad crítica de su “partenaire” en la relación social (el hombre) consiste, por el contrario en la interiorización problematizada de los desideremas que percibe: desideremas que flotan en el ambiente, desvinculados de toda mujer real, disponibles. En resumen, la tarea exclusivamente crítica del varón consiste en el descuartizamiento de la imagen corporal de la mujer, en su reducción a un “stock” de desquiciados desideremas desconectados entre sí, y en la posterior construcción intelectual fuertemente problematizada y llena de contradictoriedad, de un “objeto cognoscitivo y obscuro de deseo”. Construcción cognoscitiva que es objetificada de acuerdo con las reglas fundamentales, las del “desafío invencible” y la del “enigma sin solución de continuidad”, cuya enorme carga de problematicidad y contradictoriedad sólo puede resolverse (en lo que constituye la llamada “realización del deseo”) mediante la destrucción del objeto cognoscitivo de deseo reconstruido. Pero la contradictoriedad dialéctica que se establece en la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo constituye un tema que desborda las intenciones modestas del presente opúsculo.

         Por ahora baste con decir que gracias al monopolio de actividad crítico-deseante, el varón logra imponer una masiva y aplastante superioricidad intelectual. Superioricidad derivada precisamente del ejercicio de la deseación, es decir de la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo, contradictorios, dialécticos, paradójicos, incoherentes y problematemáticos. Ambos tipos de relación social de sexualidad, el uterino-doméstico y el deseativo coexisten y coexistirán para siempre. El primero, a modo de residuo de carácter tributario, primario, precapitalista; el segundo, en perfecta coherencia y armonía con el reinado del márquetin. Pero uno y otro se excluyen mutuamente: la deseación exige anonimato, distancia social, y no se puede desear a la propia madre, abuela, tías, esposa vieja o hijas, pues el deseo es incompatible con la convivencia uterino-doméstica.

         ¿Podemos pues deducir también la necesariedad objetiva de la revolución feminista a partir de la intercambiabilidad universal de la mercancía cognoscitivo-deseativa? Obviamente sí. La socialización de la producción femenina de desideremas entra en contradicción con su interiorización individual-masculina: y la productora del deseo, por serlo, puede llegar a apropiarse de su propio producto interiorizándole de forma recreativa. Aunque no es fácil que dejase de ser irresponsable y se responsabilizara. Que dejara de ser una mera deseada-deseable y pasase a ser una auténtica deseante, ejerciendo con decisión su voluntad crítica. Pero lo que sí puede hacer la mujer, si quiere llegar a ser una deseante activa, creadora, responsable y militante es ponerse a desear a la misma mujer, ya que la vigente deseabilidad es de naturaleza femenina. Se trata de aprovechar el vigente código de deseabilidad pero reactualizándole (exteriorizándole e interiorizándole, objetivándole y objetificándole) en el marco de unas relaciones sociales distintas y nuevas: ya no de hombre a mujer, sino de hembra a hembra, ya no de varón deseante a hembra deseada, sino de mujer a mujer: ambas deseantes y deseadas, ambas dominantes y dominadas, ambas responsables y poderosas afroditas, ambas libres y reinas soberanas.

Post scriptum:

Si el actual proletario es un mero productor de trabajemas (aquellas partículas elementales mediante cuya combinatoriedad calculada el capitalista realiza sus mercancías), la mujer actual es una mera productora de desideremas: aquellas partículas elementales de deseabilidad mediante cuya combinatoriedad aleativa el varón deseante realiza su deseo, realizando la mercancía deseativa.

Fue decisiva la influencia de los párrafos finales del clarividente escrito en la consolidación de la pareja Carole-Katheryn. Ésta última, con su gran belleza y personalidad, producía desideremas subjetivos-objetivos que fueron percibidos por Carole que se comportó como hembra deseante-deseada para realizar su deseabilidad subjetiva, extrayendo la mercancía deseativa de su amiga americana. Pero la estabilidad de las partículas elementales de deseación se fue al garete el mismo día que en la vida de las dos jóvenes amantes apareció el judío errante Albert Mendes.

Pertenecía a una familia de judíos sefardíes de Transilvania, procedente de Salónica, que se vio obligada a emigrar a Suiza durante la II Guerra Mundial y acabó instalándose a su término en Marsella, donde él nació. Su espíritu de apátrida le impulsó a estudiar música para la que poseía aptitudes sobresalientes llegando a interpretar con igual maestría cuantos instrumentos de viento y cuerda existían. Se ganaba la vida pobremente tocando en cafetines, el metro o la calle y se había negado a formar parte de grupos, bandas u orquestas estables a pesar de las numerosas ofertas recibidas. Se dejaba llevar por su naturaleza anárquica y pasiva, por su lentitud sublime, que no soportaba ninguna obligación ni disciplina exteriores.

La personalidad de Albert era muy diferente de las Katheryn y Carole, y tal vez por eso fue que se avino a formar trío, ménage à trois, o comuna, como ellas decían, las cuales comenzaron a cuidarlo en todos los detalles y asuntos materiales para los que era como un crío desvalido y muy poco diligente. Y Albert, para agradecerles sus atenciones y protección, les pagaba con mucho arte y amor. Además de ser encantador en todos los sentidos, estaba dotado por la naturaleza con unos extraordinarios atributos varoniles que le permitían satisfacerlas sexualmente a las dos: en la pequeña buhardilla de la rue de Saint André des Arts, donde vivían, flotaba un fuerte olor a esperma tanto de día como de noche. El músico era un fenómeno capaz de alcanzar veinticuatro orgasmos en una jornada, y el fluido de la vida inundó abundantemente las entrañas de las dos mujeres y fructificó en el vientre de Katheryn, quien concibió a una hembra desde el primer embate amoroso, a la que pondrían el nombre de Alberta. Carole, en cambio, permaneció estéril y lo iba a permanecer toda su existencia a causa de las graves disfunciones hormonales que no deseó nunca conocer ni remediar, suponiendo que hubiesen podido tener remedio, pues había decidido rechazar la maternidad para ser fiel a sus inquebrantables principios ideológicos. Durante los primeros meses del embarazo no se alteraron significativamente las relaciones de la pequeña comuna, y Albert siguió cumpliendo con el mismo ardor constante con las dos mujeres. Fue, sin embargo a partir del octavo mes, cuando obligado no sólo por la abultada redondez del vientre de Katheryn, sino también por su incipiente laxitud amorosa, el flautista se volcó de manera casi exclusiva en Carole, que se mostraba insaciable y monopolizó encantada su inagotable energía varonil.

Katheryn se sentía triste pero no decepcionada ante la nueva situación del trío, y se mantenía firme en su intención de continuar con su gestación y de traer al mundo a su hija, a pesar de que tanto Albert como Carole le insinuaron abiertamente en varias ocasiones la conveniencia de poner solución de continuidad al embarazo, temiendo que, de no hacerlo, pudiera romperse el círculo verdaderamente mágico de sus relaciones, en el interior del cual se había instalado la felicidad, sí, la felicidad. Katheryn no comprendía en absoluto la enorme transformación que se había producido en ella, pasando del rechazo vehemente de la maternidad o de cualquier forma de vida en pareja con hombre, a desear ardientemente ser madre y gozar de Albert para ella sola. No comprendía las razones del cambio tan brusco operado que la había alejado súbitamente de la militancia activa de la revolución feminista, y la animaba a tejer prendas de lana, perlé y algodón para su futuro bebé. Sospechaba que lo real eran sus sentimientos actuales alentados por la llama de la vida que albergaba en su interior, y que la dialéctica y praxis revolucionarias que predicó durante los últimos años, amén de su circunstancial lesbianismo, no fueron sino una tabla de salvación para sobreponerse al zarpazo brutal del la violación, que había congelado sus verdaderos e íntimos anhelos de mujer corriente.

Tras el nacimiento del bebé Alberta, Katheryn fue presa de una violenta e incontrolable crisis de agresividad contra la otra hembra que compartía su domus, la cual se vio obligada a batirse en retirada y a buscarse otro hogar, pero sin renunciar al macho que tanto la colmaba, y sin olvidar nunca su ideal de comuna ni dejar de proponérselo y reiterárselo en cuantas ocasiones le fue posible a la que, a pesar de su infidelidad, seguía considerando su mejor amiga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 11

 

 

A Pedro vino a llevárselo del locutorio el mismo celador, alto y cuadrado que lo había acompañado anteriormente. Le hizo entrar en una dependencia contigua, rectangular y completamente vacía de muebles, donde registraban a los internos que habían estado en el parloir o habían tenido relaciones íntimas con sus compañeras o esposas. A estos últimos les introducían un dedo enguantado en el ano para verificar que no se habían escondido droga. A Pedro Escobar le evitaron semejante humillación, pero no pudo librarse del cacheo reglamentario con la obligatoriedad de despojarse de toda su ropa que fue examinada con detalle hasta en el interior de cada bolsillo, costuras, forros y pliegues. Era mejor vivir arruinado y libre que rico y preso, pero él estaba preso y arruinado y no tenía horizonte ni futuro. Ya casi no le quedaba dinero para cantinar y no podía tampoco comprar los favores de los matones de la prisión que imponían sus leyes en la Tensa. Con el fin de no derrumbarse del todo volvió a la biblioteca para seguir contando al ordenador la historia de Pesc. ¡Quién sabe si no la puedo vender luego a una editorial y se convierte en un best-seller que me hará rico y famoso y me ayudará a reducir mi pena en el caso de que Katheryn no retire su denuncia y me condenen!

Confortado por esa idea repentina encendió el ordenador y se dispuso a introducir datos en su programa CLT, que se había desbloqueado mientras tanto, cuando fue interrumpido por el padre Didier, joven capellán de la Tensa:

Bonjour, hermano –dijo Didier jovialmente, y añadió su eslogan pastoral-. Es cierto: Cristo te ama como eres.

-Buenos días, mon frère –respondió Pedro, y añadió con confianza-. No me vengas otra vez con esas, que hoy no estoy para monsergas. A Pedro Escobar le resultaba simpático el curita. Limpio, vestido con traje y camisa gris y cuello blanco duro, rostro redondo de tez blanquísima y tersa como la de un bebé: todo él parecía siempre como recién levantado y oliendo a lavandería. Cuando comenzó su labor apostólica en la prisión iba celda por celda a visitar a los internos saludándolos con su famoso eslogan: Es cierto: Cristo te ama como eres. Algunos se lo tomaron al pie de la letra y quisieron devolverle el “amor” tratando de violarlo. A partir de varias y bochornosas experiencias, el director de la Tensa le prohibió sus rondas pastorales y le redujo su campo de acción, salvo en los casos de fallecimiento o suicidio de internos, al ámbito de la capilla y de la biblioteca. Allí estaba siempre vigilante, como un médico de campaña, para lanzarse sobre algún alma herida o en pena que necesitara de su buena palabra y aliento. Se había olido que Pedro no andaba bien nada más verlo aparecer por la puerta de la biblioteca.

-Hoy no podemos soportar la cruz. ¿No es cierto, mi hermano?

-Mira, padre Didier, reconozco tu eficacia profesional, pero yo no necesito tus palabras ni tu compasión, ni tu Dios. Tú personalmente, me caes bien, pero la iglesia a la que representas, no.

Pedro sentía un fuerte cabreo después de la visita de Félix Gonzáles y necesitaba descargarlo contra alguien.

-Tu iglesia es el partido más oportunista que ha existido. Ha estado durante siglos humillando a la gente y gritando: “Arrepiéntete, miserable”.Y ahora que ya no tiene el enorme poder de antes, utiliza las tácticas de la publicidad, de lo cual yo sé un rato, para halagar al ciudadano y ganárselo. Es cierto: Dios te ama como eres, que es lo mismo que decirle: “Nuestras lavadoras son las mejores, tú te mereces lo mejor”. ¡Cómo va amarnos Dios tal como somos, si no podemos aguantarnos ni a nosotros mismos!

-Dios es un padre misericordioso que quiere a todos sus hijos a pesar de sus defectillos –dijo Didier conciliador.

-Esa sí que es buena. Habláis de Dios como si fuerais Darue o tuvierais línea directa con el cielo. ¡Quién sabe lo que quiere vuestro Dios y si existe!

-¡Qué Darue ni qué ocho cuartos! Tú problema es que no crees en Él –dijo el cura en tono bondadoso, que no hizo sino exasperar más a Pedro Escobar.

-Claro que no creo en él, porque aunque exista, de lo único que se ocupa es de las galaxias, del cosmos, de los grandes asuntos del universo. Pero los hombres, le importamos tanto como a nosotros las hormigas: cuando podemos aplastamos sus hormigueros.

-No sé en que te basas para hablar así –dijo Didier, ahora visiblemente nervioso.

-¿Que en qué me baso? Pues en la fisura de toda lógica y en lo ondulatorio de las alianzas, como dice Darue. ¿Acaso acude alguna vez cuando se le necesita? ¿No te das cuenta de que el mundo, la sociedad, es un circo romano y que solo triunfan y mandan los fuertes, los poderosos, y que los pobres y los débiles son siempre las víctimas?

-Dios ama a los humildes –dijo el cura entrando en contradicción con su eslogan, lo que fue aprovechado por Pedro para preguntar triunfante.

– ¡Ah, sí! ¿En qué quedamos?, ¿nos ama a todos tal como somos, o ama sólo a los humildes?

Va de retro, curica de mierda! –gritó Vito, que disfrutaba asustando al capellán y siempre lo imprecaba de ese modo.

-Reza por mí, por favor, reza mucho por…-dijo Didier saliendo a escape.

-¡Qué!, ¿convirtiéndote? –preguntó el tahúr.

-Lo intenta, lo intenta –respondió Pedro-. Se ha dado cuenta de que venía depre del locutorio, y ha debido pensar que era la suya.

-¡Este cura…siempre aumentando el nivel valórico de sus ovejas! –dijo despectivamente Vito-. ¿Has visto cómo ha salido disparado en cuanto me vio acercarme?

-Sí, como si fueras el diablo –dijo Pedro, comenzando a introducir datos en su programa CLT.

-Bueno, te dejo con tu royo. A ver cuándo me escribes el mío. Estoy dispuesto a hacerte algún favor a cambio –dijo Vito alejándose y yendo al encuentro de un celador que lo reclamaba.

-Pesc escribe crónicas para Planeta Obrero acerca de los sucesos que conmueven Madrid en los años setenta: “La madrileña calle de la Libertad (también existen en Madrid nombres de ese tipo: la de la Amnistía), hay, había una serie de locales que variaban desde el elegante Libertad 8, envuelto siempre en música clásica y decorado con tallas antiguas de santos, hasta el más asequible de perritos calientes con cebollita y música de juke-box a duro (5 pesetas), hasta desembocar en el más insólito, entrañable y peculiar de La Vaquería. Si algunos periódicos han comentado lo extraño del público (gente joven y progre, según dicen), olvidan que los precios de las consumiciones de La Vaquería eran de los más asequibles de Madrid, y que alrededor de una exposición de pintura, de unos carteles murales espontáneos, de una música gratuita y bien escogida, se reunían todos aquellos que no tienen dinero para elegir lugares exquisitos donde a lo mejor se discute y se paga la preparación de las bombas que luego van a poner donde les venga en gana. Estudiantes, trashumantes ociosos, trabajadores de lugares cercanos (cerca está la redacción de Planeta Obrero y una academia de baile y arte dramático con chicas y chicos modernísimos), encontraban en La Vaquería, por el ambiente diario que determinan unos precios legales, una familiaridad democrática que, de verdad, hacía pensar en lo que podía ser Europa…Y esto, claro, ha cabreado a los desconocidos habituales que colocaron a las cuatro de la madrugada una bomba eficacísima que destrozó absolutamente La Vaquería, con tal exactitud que ninguna de las viviendas vecinas (se trata de un barrio antiguo) quedó afectada por la onda expansiva. Sus dueños eran doce amigos que habían reunido sus escasos ahorros y no pueden volver a abrir ningún bar y su Vaquería desaparecerá. La policía dice buscar pistas pero por el momento carece de resultados así como de sospechosos, aunque “no descartamos que se trate de un ajuste de cuentas”, afirmó el cutrísimo portavoz de la social.

El ex director de gendarmes volvió a ocupar su sitio de esta mañana y no paraba de hablar por su móvil. ¡Qué maravilla que pudiera disponer de teléfono privado en la cárcel un tipo que había robado varios cientos de millones al Estado! Con su móvil se ocupaba de dar órdenes a sus agentes y abogados repartidos en el exterior que gestionaban su dinero a través de las múltiples operaciones que la libertad de movimientos del capital permitía a todos los grandes genios especuladores del mundo global.

-¿Conoce usted a la viuda Hurtig? –gritó a Pedro por encima de su aparato.

Pedro se quedó helado ¿Me está hablando a mí? Miró detrás de él y a ambos lados de su mesa. Sí me está hablando a mí

-No estoy seguro –respondió intimidado y complaciente-, es probable que la haya conocido, aunque no puedo decir cuándo ni cómo.

No tenía puñetera idea de quién podía ser la viuda Hurtig, pero era la primera vez que el Director de la Gendarmería se dirigía a él, y no quería pasar por un pobre tipo. Posiblemente la mencionada señora era alguien muy importante en la sociedad parisina y tenía que ser conocida por cualquiera que se preciara de frecuentarla.

-Algún día se la presentaré –gritó el gran timador a Pedro, antes de seguir con sus interminables conversaciones a distancia.

-A su entera disposición, señor –respondió en tono servil aunque contrariado, viendo cómo el director se olvidaba de él, quién sabía si ya para siempre, y Pedro Escobar buscó consuelo en las ocupaciones (inconfesadas) periodísticas, esta vez radiofónicas, de su alter ego que, creía, habría de sobrevivirle y redimirle.

-Era 1966 y el niño de Linares, Raphael, tras triunfar cuatro años antes en el Festival de Benidorm, provincia de Alicante, se apresta a conquistar el Festival de Eurovisión con un tema –quintaesencia de la canción melódica- que se convierte en enseña personal y le acompañará hasta hoy, cuando varias generaciones de españoles continúan aplaudiéndole y manifestando que sigue siendo aquél… El fútbol se perdió un portero mediocre, pero la canción ganó un lábaro de españolidad, glamour, rayos uva y fama internacional. La leyenda comenzó en en 1968 cuando un chico introvertido y tímido de voz corderitil y muy trémula ganaba el Festival de Benidorm con una pieza La vida sigue igual, que suponía un canto a la continuidad de la España imperial y franquista, frente a lo que estaba sucediendo en París, donde miles y miles de jóvenes, entre ellos Pesc (protagonista de estas historias), se batían el cobre con la policía… Otro hito de aquellos años fue el La, la, la de la M’ssiel que sirvió para ganar Eurovisión, dejando en la cuneta nada menos que a Cliff Richards y sus muchachos. El asunto La, la, la pudo constituirse en un problema de orden público, ya que el primer intérprete propuesto para cantar este tema compuesto por el Dúo Dinámico era Joan Manuel Serrat el de La tieta, al que quitaron de en medio cuando quiso interpretarla en catalán… Al cantante valenciano de protesta Raimón le parten una ceja los grises en un recital en la ciudad universitaria de Madrid, y Manolillo, del grupo Los Bravos, se suicida por amor, al no poder superar la muerte de su joven y bella esposa…Al cantaor Manuel Gerena le suspenden recital tras recital.

-¡Oiga! –volvió a gritar el gran estafador a Pedro-. ¿Qué es más sabio, vivir como si nos fuésemos a quedar siempre, o como si nos fuésemos a ir en cualquier momento?

-Perdone, no le he oído bien. ¿Puede usted repetirme la pregunta? –gritó Pedro, que sí la había oído perfectamente, pero que trataba de ganar tiempo al no saber qué responder.

-¡Déjelo!, no tiene importancia alguna –dijo el truhán haciendo una mueca de burla con los labios y poniéndose unas enormes gafa negras que le ocultaron su cara.

Tenía que pensar en la pregunta del gran jefe y hallar una respuesta inteligente para proporcionársela. De ese modo podría establecer con él el inicio de una buena relación. Lo primero era determinar el ámbito al que se refería el enigma y no errar en ello porque entonces quedaría como un estúpido, y sería la segunda vez en pocos minutos, pues aún no había respondido satisfactoriamente a la pregunta de si conocía o no a la viuda Hurtig. “¿Cómo si nos fuéramos a quedar siempre…o a ir en cualquier momento?”. Dónde, a dónde?, ¿ la Tensa, el mundo? Seguro que se refería a la cárcel. Entonces, la respuesta era…

-Señor –gritó Pedro mientras levantaba tímidamente su mano derecha para llamar la atención del gran estafador-. Es más sabio vivir como si nos fuéramos a ir en cualquier momento.

-¡Usted cree eso! –dijo con displicencia el ex director y continuó hablando a su móvil.

Pedro Escobar notó la absoluta indiferencia que su precipitada respuesta dejó en su admirado granuja. Agachó su cabecita y continuó dando datos frívolos (él también lo había sido durante un tiempo) sobre algunas de las tareas ocultas del joven Pesc

-Anduriña supone el inicio de la problemática aventura en dúo de dos miembros de Los Brincos: Juan Pardo y Antonio Morales (Junior). El tema cuya portada iba ilustrada con una golondrina pintada por Picasso, hablaba de una joven gallega que decidía irse de casa, una conducta que comenzaba a imponerse en los hogares españoles: las jóvenes se iban de los pueblos a la capital buscando ampliar horizontes o porque no estaban de acuerdo con sus mayores que preferían escuchar a Mari Trini cantando Cuando me acaricias, que supuso para su intérprete la antesala triunfal de su apoteósico éxito posterior, Amores. Mari Trini, que se había educado musicalmente a la sombra de la Tour Eiffel, aportó su especial voz y personalidad a un tema diferente, lento, lleno de tonos grises y acentos poéticos: Cuando la lluvia cae, se funde el cielo, que le venía de perlas a la nueva década. En la que Miguel (Mike) Ríos con sus deseos de paz y felicidad irrumpió atreviéndose nada menos que con el Himno a la Alegría de la novena sinfonía de Beethoven para encandilar a los oyentes con esta versión en castellano que data de 1970. El resultado fue millones de ventas y la llegada de los primeros puestos en las listas extranjeras aparte de la creación de un clásico. Opuesto a esto será El Garrotín, único éxito de Smash, una banda informal sevillana…

-¡Ajá! ¡Qué sorpresa! El señor Pesc hablando de mis colegas –saltó Vito que estaba leyendo sigilosamente por la espalda (como era su costumbre) los últimos párrafos que Pedro introducía en su programa CLT-. Conque también sabemos de música enrollada, ¿no quedamos en que no te iba la música?

-Bueno, en realidad presenté durante unos meses bajo seudónimo el programa musical de una radio pirata o semi pirata de Vallecas, –dijo Pedro muy orgulloso.

-Claro, tronco. Ya me parecía a mí que tú habías sido un tío muy puesto. Pero seguro que no sabes tanto de los Smash como yo, que fui como su manager y también de los Triana. Así que te dicto –ordenó a Pedro que se vio obligado a añadir en su CLT.

-En esta banda informal sevillana se dieron cita algunos de los mayores talentos de la contracultura musical andaluza (entre los que me incluyo yo, Álvaro González-Cid, Vito). Smash comenzó ya en 1971 a anunciar, con esta psicodélica visión de El Garrotín, que era posible tocar rock progresivo con arte flamenco. Gracias a esta canción nos asomamos dos veces a la televisión, aunque siempre trataban de disimularnos las melenas con coletas, y el olor a canutos con ambientadores Ambipur . Pero Smash no fue nada en comparación con la que montamos con los Triana, tal vez porque los Smash se adelantaron demasiado a su tiempo. Sin embargo los Triana, hijos del agobio y del dolor, llegaron justo en el momento adecuado, ¡y la que formamos! Miles de discos, giras interminables, públicos líricos y oliendo a maría. Pero, el destino, macho, se mosqueó de tanta alegría y cortó nuestra triunfal carrera de fantasía, llevándose de golpe y porrazo al mejor cantante y teclista, el mejor tío del mundo, Jesús de la Rosa. ¡Qué pena, joder, qué pena!

-Sí, Vito, llevas razón: ¡qué pena! –dijo Pedro interrumpiendo su escritura y a punto de nuevo de echarse a llorar.

-No, tío, lloros no –dijo bruscamente Vito viendo la patética expresión de Pedro Escobar-. ¡Venga, sigue con tu rollo y alégrate!

-En 1973, fallece el cantador Caracol en un accidente de tráfico –prosiguió Pedro solo y tras haber borrado el párrafo de Vito-. Fue, con la llamada faraona, Lola Flores, uno de los amantes más bravíos de España, y mito, y leyenda inmortal para las gentes del flamenco…De apellido Ferris, también se llamaba Manuel: Nino Bravo aportaba toda la sabiduría musical de su tierra, Valencia, y además, un cañón de voz atiplada y afinadísima que entró profundamente en el oído de los españoles. Un beso y una flor fue uno de sus mayores éxitos. La carretera se cobró igualmente su cadáver. Siempre se van los mejores…Pero ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este? ¡Menudo título!, ¿quién conoce el contenido?: Johnny, Pepe, Risi y Toño, los tres músicos inadaptados de La Elipa (barrio semiperiférico de Madrid y allende la M.30), daban en 1978 con uno de esos temas que valen millones de duros. Grabada de noche, con el grupo tirado por los suelos y tocando en directo y con ambiente musical a lo Lou Reed, esta canción acabó dando nombre a una película dirigida por Fernando Colomo y que fue precursora de la movida que tendría lugar poco después en Madrid, y en la que yo participé de forma gloriosa, y que a continuación trataré de …

Pedro Escobar tuvo que interrumpir su narración al oír un tremendo alboroto de gritos y carreras procedente de la entrada de la biblioteca que él no podía ver desde su posición. Se levantó de su pupitre y fue a comprobar qué ocurría. Darue había tratado de entrar a la fuerza en la biblioteca, y fue expulsado por Vito y un celador, cumpliendo órdenes terminantes del director de la Tensa que había prohibido el acceso y uso del lugar al viejo periodista. El escritor detenido por abandono del domicilio conyugal había dejado su lectura, y había salido de la sala para intentar convencer a Darue de que desistiera de su empeño. Pedro levantó los hombros en un gesto de indiferencia y regresó a su mesa y ordenador.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 12

 

 

Antes de adherirse al movimiento feminista, Carole y Ketheryn habían sido admiradoras y colaboradoras principales de la actriz norteamericana Jane Fonda, líder y propagandista del Movimiento de ex combatientes contra la guerra del Vietnam, que agrupaba a 8000 soldados participantes en los combates y que confesaron haber cometido crímenes y practicado torturas, a fin de denunciar a los que les ordenaron esos actos cuando todavía no tenían la edad legal para votar. Katheryn y Carole intervinieron en actividades consideradas de carácter subversivo, y sus nombres entraron en los archivos de la C.I.A. y el F.B.I por difundir ideas marxistas y propagar calumnias antinorteamericanas: “Detroit es un centro industrial donde se fabrican las armas utilizadas en Vietnam, como el fusil M-16, los productos químicos, los tanques, y donde trabaja la clase obrera de Norteamérica que más sufre en esta guerra. En el campo de Maryland enseñan a los soldados a torturar, les explican que no hay que contar a los prisioneros al subirlos a los helicópteros, sino al bajarlos, pues durante el vuelo se han de arrojar a dos o tres para hacer hablar a sus compañeros. Los crímenes de guerra cometidos en Vietnam no son la acción de un hombre o dos, o tres, que se han vuelto locos. Es una política sistemática decidida en Washington. Los veteranos de Vietnam han querido demostrar al pueblo americano que la matanza de Song My, no fue un hecho aislado: sucede todos los días, y los verdaderos criminales de guerra se encuentran en Washington.”

“Montar un proceso al teniente Calley sin hablar de las responsabilidades de Nixon, Johnson, Mac Namara, Westmoreland, Henry Ford y Rockefeller, es como si en el proceso de Nuremberg se hubiese acusado al oficial Fritsz, Schaub, Schmidt, etcétera, sin molestar a Hitler, Himler, Goering, Goebbels, etcétera, que fueron los verdaderos artífices del genocidio de judíos. La deserción entre los soldados norteamericanos en Vietnam ha aumentado de tal forma en los últimos años que ahora es casi igual a las deserciones que se producen en el ejército sur vietnamita. Hemos llegado a una especie de vietnamización del ejército americano. No hay que subestimar la importancia del descontento de los soldados, pero hay que tener en cuenta que eso no impide la escalada tecnológica masiva en Vietnam y el biocidio y genocidio que se están practicando. En el verano pasado, los marines de Da Nang empezaron a utilizar un nuevo artefacto bélico. Disponían de cinco de esos aparatos que consisten en una especie de periscopio por el cual divisaban y observaban todo lo que sucedía a trece kilómetros a la redonda, aunque no podían distinguir si los seres vivos eran hombres, mujeres o niños. Junto con el periscopio disponen de un lanzador de rayos láser que puede acertar en esos trece kilómetros con una exactitud de dos o tres centímetros. Para cada aparato hay un pelotón de cinco hombres. Detrás del láser hay un panel con el número del pelotón, donde se anota el número de enemigos abatidos. Cada vez que se mata a alguien, se registra en el panel. En agosto, cuando se inició el juego, se estableció que por cada quince dianas, el oficial jefe del pelotón sería propuesto para la medalla de bronce, que se otorga por el valor y coraje demostrados ante el enemigo. Pero un mes después de la instalación de estos aparatos, los equipos alcanzaron resultados tales que tuvo que cambiarse el reglamento: en lugar de quince muertos, se necesitaban cuatrocientos para obtener la medalla de bronce. Existen en Vietnam “free fire zones” –zonas libres-, donde se puede torturar, violar y matar, sin rendir cuenta alguna a los superiores. My Lai era una de esa zonas; los responsables norteamericanos permiten la práctica de los “mad minutes”, que consiste en decretar cinco, diez o más minutos “locos”, durante los que los soldados pueden hacer todas las bestialidades que se les antoje.”

“Mucha gente cree que la guerra de Vietnam es un accidente, un hecho aislado. Para nosotros está muy claro, después de las declaraciones de los ex combatientes, que un país que realiza una guerra imperialista y de genocidio es porque tiene un pasado (y tendrá un futuro) lleno de guerras imperialistas y de genocidio. Los Estados Unidos mantienen más de un millón y medio de norteamericanos uniformados allende los mares y océanos en más de 119 países. La fuerza militar de los EEUU en el exterior, aparte de la que concentra en Vietnam, se extiende sobre 430 bases militares mayores y 2970 menores. Estas bases ocupan 4000 millas cuadradas en 30 países extranjeros. Buena parte de su estrategia mundial se apoya en el portaviones californiano. Allí está la base del armamento balístico, bioquímico, y del adiestramiento de las fuerzas de infantería de marina, y la retaguardia del control norteamericano de todo el Pacífico.”

“Somos contestatarias, cometemos actos de desobediencia civil para derribar las estructuras del poder. Tratamos de provocar la represión, para denunciar así la violencia que se disimula bajo la máscara del imperialismo corrompido. De este modo sensibilizamos a la burguesía, a la que hacemos ver la auténtica naturaleza opresiva del sistema y el Estado. Así obligamos a la burguesía a elegir entre la revolución y la alineación.”

¿Qué percepción tenía Alberta del pasado de su madre y de tante Caro, firmantes también de esta última proclama? Pues la misma que la totalidad de los jóvenes, que no suelen tener ninguna imaginación con relación a la vida de sus mayores anterior a su propia experiencia y recuerdos –Alberta no era una excepción-, y sólo perciben lo que han visto y sentido. Las dos viajaban constantemente, juntas o separadas, aunque casi siempre juntas, y habían dado ya varias vueltas al mundo, muchas vueltas al mundo, acompañadas a menudo por hermosos modelos masculinos. Katheryn, en ataques de generosidad, prestaba a sus amigos con menos fortuna su mansión de San Rafael, cerca de San Francisco, que había heredado de la diamantina tía Norah. Se quejaba de que no era fácil ser rico en Francia. Se había visto obligada a vender sus limusina Cadillac de 7,10 metros de eslora, porque cuando paseaba en su interior, le escupían o se la rayaban. Tenía miedo a ser secuestrada, agredida o robada, y era bastante paranoica. Carole lo era en menor grado ya que no tenía tanto dinero y no estaba realmente obsesionada más que por su apariencia física: se había hecho operaciones de cirugía estética en todo el cuerpo, y no siempre fueron una réussite, según Katheryn, que la llamaba a veces con muy mala leche Peggy, y eso disgustaba a Alberta. Mamá colgaba de las paredes auténticos Warhols y Picassos en lugar de litografías. Y Jean Guyon, el más célebre decorador parisino, le vestía su casa del Luxembourg a 10.000 o 15.000 francos el metro cuadrado. Katheryn y Carole eran socias del Jockey Club y del Polo Club, los dos más caros y exclusivos de París. Katheryn era discreta en la exhibición de su riqueza, y por eso detestaba a los nuevos ricos, sobre todo a algunos modistos como Lagerfeld y Armani, que invitaban a la prensa a hacer reportajes de sus respectivos palacios en Montecarlo y en la isla volcánica de Pantelería. Carole era omnipresente en todas las convocatorias sociales y culturales parisinas de relieve, especialmente a partir y después de haber ostentado durante cuatro años su alto cargo del Ministerio de Cultura. Las dos asistían a todas las citas anuales de la Fiesta de la Rosa de Mónaco, y no faltaron a ninguna inauguración de las exposiciones más elegantes del momento: Beaubourg, el Grand Palais o la Très Grande Bibliothèque Nationale de France. Financiaban y animaban obras caritativas en parroquias y sinagogas: ¡es increíble el dinero que se gastaban para los niños desheredados! Tenían amigos pintores y fotógrafos del gran mundo, Marina Karella, la esposa de Michel de Grecia y fotógrafa de la gente guapa, había hecho un carísimo retrato a mamá en el cual ella decía que se encontraba sublimada. Escritores y editores de lujo las invitaban a presentaciones de libros como el Sexo en la jet-set, o Chic et chien, consagrado a la gloria de las estrellas caninas. Eran célebres los bailes de disfraces de mamá, aunque habían dejado de estar de moda en París y le costaban una pasta gansa. Para el XXI aniversario de mi nacimiento tuvo la extravagante ocurrencia de festejarlo en Clacquesin, en Malakoff, con todo el servicio vestido de gánsteres.

¿Qué pensamiento político atribuía Alberta a su madre? El espiritismo y el chamanismo entreverados con la angelología.

¿Eran conscientes Carole y Katheryn de las transformaciones radicales operadas en la sociedad y en ellas mismas? Sí y no.

Sí, porque estaban plenamente satisfechas con sus vidas de adultas aun sin sentirse perfectamente felices como se habían sentido en algunas etapas de su juventud, sino por intuir que habían arribado al final de la historia y entrado en el reino de la estabilidad, y se sabían realmente fuertes y poderosas ante los demás. Habían desaparecido las contradicciones que las oponían a los grandes de este mundo, y accedido a la elite superior por encima de la cual no existía nada más. Creían ser merecedoras de las ventajas y privilegios de su elevada posición social, sin albergar dudas acerca de la naturalidad y legitimidad que habían impregnado todo el proceso de cambios.

No, porque habían borrado de su memoria (o al menos lo creían) todos los recuerdos de las vivencias y circunstancias de su pasado, vinculados a una sociedad y a una época histórica que se habían disuelto aceleradamente -como cuando se disuelve de repente la bruma y deja ver un paisaje inédito- y habían dado paso a un mundo distinto e insospechado. Habían eliminado de su conciencia cualquier atisbo de autocrítica, y el sentido crítico sólo lo ejercitaban con relación a los competidores de su misma clase, o para negar el derecho a la existencia de todos los que no pertenecían a ella.

¿Cuál era la percepción que Alberta tenía de su padre Albert? A nivel sensible, ninguna. Papá murió cuando tenía un año y por más que lo procuraba no podía hilvanar un solo recuerdo de él. Mamá siempre habló maravillas: sensible, elegante, divertido, espiritual: en una palabra, angelical. De tía Caro, en cambio, le llegó una opinión –indirectamente- algo diferente: sensual, negligente, burlón, obseso: en resumen, un hippy. Alberta pensaba que la disparidad de criterios se debía al papel que su padre representó ante cada una de las dos mujeres: “De alma de lira, nada, honey”, oyó decir a Carole en alguna ocasión cuando discutían, o, simplemente, recordaban al joven que había surgido en la época más frágil de sus existencias, dejándoles a las dos a la pequeña Alberta a la que, por cierto, siempre llamaron así, y nunca con el más apropiado y dulce diminutivo de Albertine.

Esta disparidad de criterios se mantuvo también para explicar las circunstancias de la trágica y prematura muerte de Albert, sucedida en una carretera costera de los alrededores de Antibes. Con el fin de celebrar la reconstitución de su ménage à trois, o petite comuna, como la llamaba Carole, decidieron ir a pasar un fin de semana en la Costa Azul. Katheryn, nostálgica, deseaba bautizar al bebé, de apenas un año, en las aguas del mar Mediterráneo, que, según ella, eran las que más se parecían a las de su California natal. Se instalaron en un camping, Les Genêts, se bañaron, bailaron, y bebieron sin control durante la primera tarde y noche de su llegada. Cuando se les terminó la bebida, Albert se subió en el Citroën 2 CV en el que habían viajado, prestado por un colega de París, para ir al pueblo más cercano a comprar vino y cervezas. Nunca regresó: en el camino de ida chocó frontalmente con un camión. El atestado de la Gendarmería no fue concluyente acerca de la responsabilidad del accidente. Pero según Carole, Albert iba bastante borracho y se empotró literalmente bajo las ruedas del camión cuando trataba de adelantar a un motorista. Katheryn, por el contrario, siempre sostuvo que fue el camionero quien conducía en estado de embriaguez, y el culpable de la muerte de su flautista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 13

 

 

Pedro Escobar no tuvo tiempo de reposar sus posaderas (por cierto más voluminosas desde que estaba en la Tensa) sobre la silla ante el ordenador, cuando se vio obligado a incorporarse por el renovado escándalo procedente de la entrada de la biblioteca, convertida en el escenario de una desigual refriega. Darue había simulado renunciar a su empeño y había salido del recinto pero su aparente retirada sólo fue una ingenua estratagema de distracción con el fin de engañar al celador y a Vito que acababan de prohibirle el acceso al mismo. El anciano periodista se debatía iracundo entre los dos con una energía descomunal, sorprendente en un hombre de su elevada edad. Sus gritos y agitación recordaron a Pedro la escena que había presenciado en Madrid con varios policías municipales que trataban de reducir a un joven drogadicto, sorprendido in fraganti robando estupefacientes de una farmacia. Vito y el celador tuvieron que hacer uso de todas su fuerzas y mañas para conseguir inmovilizar finalmente a Darue, que yacía bocabajo con los dos hombres sentados encima de él: Vito lo tenía agarrado por el cabello y el celador le aprisionaba las piernas. El escritor detenido por abandono de la prole y domicilio conyugal acudió nuevamente para intentar ayudar al viejo periodista que echaba espumarajos por la boca, abría sus ojos desmesuradamente, y lo miraba espantado en petición de auxilio.

-¡Suelten a este pobre anciano, por el amor de Dios! – suplicó el escritor detenido por abandono de domicilio conyugal-. ¿No ven que lo van a matar?

-No te preocupes, colega, que ya está acostumbrado –dijo Vito.

-¡Qué!, ¿otra vez has vuelto a encularte el supositorio para estimularte? –preguntó el celador a Darue, que empezaba a serenarse y pedía que lo dejaran sentarse.

-¿Qué es eso del supositorio? –preguntó el escritor después de acercar una silla de la mesa grande.

-Sí, se pone supositorios para animarse a escribir –dijo Vito.

-Cuando sabe que lo tiene prohibido tajantemente –añadió el celador en tono indignado.

-Y que no puede entrar en la biblioteca ni en la sala de ordenadores para que no le mande artículos al director de su periódico vía imeil –añadió Vito.

-Son inhumanos –dijo el periodista Darue, que daba muestras de haberse calmado un poco-. Como no me dejan escribir, me pongo enfermo y como me pongo enfermo, piensan que estoy loco.

-Entonces, ¿por qué se mete esos supositorios estimulantes? –preguntó Vito.

-No es cierto que a día de hoy me haya enculado ningún supositorio –respondió Darue-, hace más de un mes que no lo hago.

-Pues se diría que te acababas de enchufar un petardo, a juzgar por cómo te has puesto –dijo el celador.

-Sin duda, es así como, no obstante, si bien, por lo que debido a, y a la vista de, puedo aseguraros que ya se me ha pasado todo y que me voy a portar como un niño obediente.

-Eso está mejor, hombre. No debe excitarse de ese modo. Usted ya no tiene edad para ponerse así – dijo Vito.

-Además, seguro que aunque pudiera enviar su artículo, no se lo iban a publicar –dijo Pedro Escobar, que se había acercado y había estado observando la escena.

-¿Y eso? –preguntó el escritor detenido por abandono de domicilio conyugal.

-Está aquí por clavarle un cuchillo al director de su periódico –dijo el celador.

-Se puso furioso porque lo querían jubilar al cumplir la edad de ochenta años –aclaró Pedro.

-Después de sesenta años escribiendo dos y tres artículos diarios, y sin haber descansado un solo día, me quería mandar de vacaciones a Tahití. Es decir, pretendía quitarme de en medio –dijo sollozando Darue al escritor.

-¡Pero, hombre!, ¡hay que saber retirarse a tiempo! –exclamó el escritor-. Hay que saber callarse. El silencio es también una manera de expresarse, ¿no cree?

-Si yo me callo, el mundo dejará de girar –dijo Darue, que hizo un gesto al escritor para que se le acercara-. Porque yo soy Dios –le susurró a la oreja-, ¿no se ha dado cuenta?

-Estos periodistas de la época de Franco se le parecen todos. Ninguno quiere retirarse de su propia voluntad y se vuelven completamente chochos. Escuchad lo que le he sacado de uno de los bolsillos del pantalón –dijo Vito poniéndose a leer el texto que Darue había escrito en un trozo de papel higiénico-: “¿Creéis que llegará el día en que los hombres renuncien a la violencia?, ¿Que a qué violencia? A toda. Al terrorismo criminal y a la guerra gloriosa. Un día que los diplomáticos sustituyan a los diplodocus. Pero no sé. El cerebro de los estrategas, de los patriotas y de los héroes tendría que disociar fines poéticos y medios carniceros. Quizá en el siglo VII después de Darwin…

-Jo, tío –qué gilipollez – interrumpió el celador, que era de Burgos-. ¿A saber qué querrá decir?

-Pues nada –dijo Vito-. Es que no dice nada.

-Lo que pasa es que ellos y muchos como ellos, no tienen sensibilidad para entender lo que yo escribo y se interponen en la azarosa vida del periodista –dijo en voz alta Darue al escritor.

-No nos provoque porque igual todavía lo encerramos en la celda de castigo –dijo el celador amenazante esgrimiendo en la mano el texto que Vito había leído.

-¿No cree que ya le han dado lo suyo? –preguntó el escritor al funcionario-. Y usted, señor Darue, véngase conmigo a dar unos paseos por el patio y charlamos tranquilamente.

Pedro Escobar, que no había querido intervenir en ayuda de Darue por temor a ganarse la antipatía del celador, regresó al ordenador y prosiguió con el relato de la vida de su doble:

-En la Feria del Libro de Madrid de ¿197…?, predominan los libros de ensayo: política, historia, filosofía, sociología, psikiatría, praxilogía, etc., en detrimento de la literatura narrativa que daba la impresión de haber desaparecido, o de que no vivía buenos tiempos. Pesc compró en una misma mañana (lluviosa mañana de junio) los siguientes títulos: Filosofía, ciencia, sociedad, de Carlos Paris). Breviario de podredumbre, de E. M. Cioran (fallecidos posteriormente). Economía del bienestar y economía del socialismo, de Maurice Dobb. Persona, sociedad y Estado, de Gregorio Peces-Barba. Estructura y función en la sociedad primitiva, de A. R. Radcliff Brown. Sociología y religión, de Henry de Roches. El jovencito Marx, de Mario Rossi. La Planificación soviética, de varios autores. El anticolonialismo europeo desde Las Casas a Marx, de Marcel Merle y Roberto Mesa. La triple escisión del marxismo, Volfgang Leonhard. La revolución bolchevique, de E. H. Carr. Documentos secretos de la ITT sobre el caso Allende, editorial Fundamentos. El informe secreto sobre Stalin, traducido por Balbino Gutiérrez, Taller de Sociología. La Opresión de las mujeres, prologado y traducido por Balbino Gutiérrez, Taller de Sociología. Hablan las Women’s lib, recopilación de María José Ragué. Antología de cartas de condenados a muerte, editorial Laia. El poema cosmogónico de E. A, Poe, en traducción de Julio Cortázar. También, en un detalle de humor, se compró el libro de Groucho Marx, Marx, Groucho y yo.

-¿Le gustan las ensaladas de cogotes? –preguntó el CLT sin que viniera a cuento, y Pedro Escobar obvió la respuesta.

-Pesc fue cronista de anécdotas durante esa Feria con especial mención a la presencia en la misma, como autor, del esforzado sindicalista y comunista Marcelino Camacho (y sus saquitos): Diez quince minutos de la noche del domingo 12 de junio. Mientras todas las demás casetas de la Feria del Libro madrileña hace rato que han apagado sus luces y cerrado sus puertas, una sola permanece abierta, iluminada por la débil luz de un camping-gas de butano. Ante ella, un numerosísimo grupo de gente hace cola y aguarda. ¿A qué aguarda? Aguarda a que Marcelino Camacho (al que posteriormente se le otorgará el título de “don”) les firme un ejemplar o varios de sus Charlas en la prisión (editorial Laia). La escena no es nueva en la Feria, pues se ha repetido cada vez que el dirigente máximo de Comisiones Obreras ha estado en ella. Camacho firma no con las breves palabras de rigor de un escritor profesional, sino extendiéndose largamente en cada dedicatoria con letra de estudiante aplicado. Por encima del enjambre de cabezas melenudas y barbas, únicamente se alcanza a distinguir el cabello blanco, las gafas y el cuello del jersey del emblemático líder obrero, máximo foco de atención de la presente edición de la Feria. Una Feria monopolizada por los libros políticos o ideológicos.

-¿Saltó a pies juntitos? –Preguntó esta vez el CLT sin que Pedro le prestara excesiva atención

-Pesc se convirtió en la pluma escribelotodo de Planeta Obrero y opinaba sobre cualquier clase de asunto político y cultural, como por ejemplo este clarividente artículo (uno de tantos) del que destaco el siguiente párrafo: …El señor Fraga que hirió de muerte al diario Madrid con sus cuatro meses de suspensión, nada por España pregonando una política nueva ufanándose de que la actual libertad de prensa la propició él con su ley, ley que permitió una serie de tropelías. Aunque lo veamos carbonizado, el político de la gran derecha es siempre un ave Fénix….

-¡No vaya pisando huevas! –ordenó el CLT comenzando a mosquear seriamente a Pedro.

-Pesc fue delegado por su partido para formar parte de la comisión informativa de la Junta Democrática de España contribuyendo activamente a la elaboración de esta otra preclara declaración pública del alto órgano político: “El régimen político del Estado Español, fundado sobre el resultado de una lejana Guerra Civil, y sostenido hasta ahora como una dictadura personal del General Franco –mediante la sistemática aplicación de una política que en realidad ha sido la continuación de la guerra civil por otros medios- toca a su fin. La desaparición de los factores históricos, ideológicos, económicos y estratégicos, sobre los que se ha basado la duración del poder excepcional de Franco, y la moderna convergencia en la libertad de las aspiraciones morales y materiales de las clases trabajadoras, de la alta burguesía neocapitalista, de las burguesías regionales, de los profesionales y de los intelectuales, impiden la prolongación de la dictadura a través de la Monarquía del Régimen…Por ello, el sector político de la burocracia del Estado, hoy gobernante, y ciertos círculos de negocios que se alimentan de él por la corrupción, teniendo el control de la policía política y de los medios de información, confían la continuidad del Régimen, que Franco pretende haber dejado atado y bien atado, a la fidelidad del príncipe Juan Carlos, a su juramento, y a la función de represión interior que ciertos militares atribuyen a las Fuerzas Armadas, con una interpretación abusiva del concepto de defensa de un orden institucional que no inspira confianza al país. Las últimas medidas del Gobierno de Arias, como la ley antiterrorista, han demostrado que la Junta Democrática de España tenía razón al sostener que jamás la dictadura podría evolucionar hacia la democracia, y que el establecimiento de un sistema democrático sólo es posible a través de la total ruptura con el Régimen y con todo tipo de continuismo, en primer lugar con la monarquía juancarlista que es la heredera directa de aquélla”.

-Su personaje está echando pinitos, ¿eh? –escribió esta vez el CLT y a punto estuvo de agotar la paciencia de Pedro.

-En medio de sus esporádicas y pesadas tareas políticas, Pesc practicaba el ensayo sesudo: Se puede constatar que las “máquinas deseantes” al estilo deleuziano son máquinas binarias de regla binaria o de régimen asociativo, de acoplamiento, que poseen formas conectivas. Pero se puede concluir también que en este flujo y reflujo de máquinas deseantes tal acoplamiento máquina-máquina modifica la propia estructura de máquina-órgano y su posible conexión con nuevas máquinas deseantes….

-¡Ajá, te pillé! ¡Así que escribiendo historias eróticas, eh pillín! –dijo Vito, que de nuevo cogía por sorpresa y la espalda a Pedro, completamente absorto en sus escritos sobre Pesc.

-No, es una historia erótica sino una…

-No hay de qué avergonzarse, hombre. Si hasta la televisión de Marbella pone películas pornográficas para niños –dijo Vito interrumpiendo la explicación de Pedro.

-Estaba escribiendo una crítica…

-Te repito que no tienes por qué avergonzarte –volvió a interrumpir Vito a Pedro, y sin dejarle continuar comenzó a hacer el payaso-. Gracias amol, dijo el poeta. ¡Cuántas cosas te debo, mi amol! Me has hecho un hombre. De verdad que estoy contigo. Cuenta conmigo para lo que quieras.

-Déjate de chorradas –se atrevió a decirle Pedro.

-Sí, pero les hemos ganado. Tu victoria es la de la modernidad. Lo rompedor ha brillado sobre lo putrefacto. Un triunfo sobre la España del pasado. Se trata del tema del hombre contra las instituciones. TÚ contra la academia –continuó Vito histriónico, y luego comenzó a cantar el himno de Rafael, su cantante predilecto:

Cuando llega en las tardes el crepúsculo

Y el sol al ocultarse invita a meditar

A mi alma llega la melancolía

Y ante mí desfilan las sombras vagas

De amores tristes, de sueños idos

Que cual marchitas pálidas hojas

Que el viento arrastra en el vendavaaal.

-¡Por favor, un poco de respeto! –gritó el escritor detenido por abandono del domicilio conyugal, que había regresado a la biblioteca después de consolar a Darue.

-¡Respeto, eso, ¿acaso se respeta a los poetas? –gritó a su vez Vito, que siguió con su himno-:

Tu voz…en fin, me alegra, me entristece

Me apasiona y me estremece,

Hay un raudal de ternura y sentimiento

Que a mi alma llega al escuchar tu canto

Y que dulcemente se desborda en llanto.

-Eh, oh, ces espagnols. Ça suffit comme ça! –gritó esta vez el jefe estafador de la Gendarmería, que había vuelto a ocupar su sitio desde el que continuaba hablando con su móvil.

Merde alors! –le respondió Vito, que estaba dispuesto a cantar su himno hasta el final-:

Somos bandera roja y negra

Que a los vientos ondean su ideal

Somos palomas mensajeras

Que ofrecemos cariño y amistad

Al cantar con ilusión

Nuestro canto alegre y juvenil

Nuestras voces se hacen canción

Que a los ecos repiten así:

Rafael

Es tu sonrisa nuestra alegría

Rafael

Son tus canciones admiración

Rafaeeel.

-¿Qué te parece? –preguntó Vito cuando acabó de cantar.

-Me has dejao apataputao –respondió Pedro buscando su complicidad para ver si Vito lo dejaba en paz.

-¿En serio?, pues otro día te cantaré el número del doctor Jeckyll y mister Hyde –dijo Vito complacido-. ¿Te cuento el cuento del hippy que corría dando gritos tras el carrito del barrendero donde habían ido a parar los dibujos con los que pasaba el bote?, ¿o prefieres que te cuente el cuento de aquella pareja de jubilados que habían superado el cáncer y murieron en el accidente del Concorde? ¿O quizá quieres que te cuente el cuento de que nuestro cuerpo está integrado por billones de células que se mantienen unidas entre sí gracias a la integrina?

Vito parecía haber perdido el juicio, pero en realidad, lo único que le sucedía era que se había fumado dos enormes canutos con el celador, su mejor amigo en la Tensa. Pedro Escobar lo sospechaba, y se dijo que en lugar de enfadarse era mejor aguantar el chaparrón y contemporizar.

-Si te parece, podemos empezar a contar tu historia. Me he atrancado con la mía y no sé por dónde seguir – le dijo en tono servil.

-Yo, Álvaro González-Cid, fui confidente de los servicios secretos españoles durante la transición, mamón, ¿qué te creías tú? –dijo Vito soltando una carcajada y alejándose de la mesa de Pedro-. Más tarde te contaré todo eso, ahora voy a que me la chupen. Ciao.

-Pesc también escribía críticas cinematográficas: La Salamandra de Alain Tanner se nos muestra como un canto a la libertad, una búsqueda fatigosa de la justicia, y una constante interrogación al porqué de lo cotidiano.. Queda plasmada en ella la negación, minuto a minuto, de esa palabra misteriosa llamada libertad. Libertad negada totalmente en los países fascistas y parafascistas, y, cómo no, también en los países capitalistas y socialdemócratas con sus ventajillas de consumo alienador. La película es clara muestra del sistema opresor, cuya base creadora es la familia con sus reglas “intocables”, catalizando el sistema de producción en el contexto del capital. Los personajes se nos presentan susceptibles de juicios variables, pero realmente enmarcados en el entorno de comunicación y profundización sobre el cual giran constantemente los contrastes de la existencia. Pesc iba mucho al cine durante esos años y veía todas las películas para progres : Mamá cumple 100 años,de Carlos Saura. Apocalypse Now,de John. F. Coppola. Salo o los 120 días de Sodoma y Gomorra, de Pier Paolo Passolini. El Imperio de los sentidos, de Nagisha Oshima. Operación Ogro, de Gillo Pontecorvo. Furtivos, de José Luis Borau. Pepi, Luci y Bom, y otras chicas del montón, de Pedro Almodóvar. Opera Prima, de Fernando Trueba. El amigo americano, de Wim Wender. ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste, de Fernando Colomo. Cortos en super ocho de Pedro Almodóvar: Dos putas, La Caída de Sodoma, sexo va, sexo viene, y el largo en super ocho, Folle, folle, fólleme Tim… Pero abundemos en la crónica política, que era la gran especialidad de Pesc: Se fundieron la Liga socialista Revolucionaria y la Liga Comunista producto de la escisión en la vieja LCR que, ahora reconocen, fue un error. En Moratalaz: cien mil personas contra la carestía de la vida, convocada por la Federación de Asociaciones de Vecinos. La muerte de Mao Tse Tung pone punto final a una etapa excepcional, a los cincuenta años más intensos, dramáticos, fecundos y dolorosos en la historia de la humanidad. El 2 de marzo son ejecutados los anarquistas Salvador Puig Antich y Heinz Cehz. El 27 de septiembre son fusilados dos miembros de ETA y tres del FRAP. Arrecia la protesta contra el Régimen. El 20 de noviembre muere el dictador Franco…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 14

 

 

 

 

 

-Mamá, tante Caro, necesito un petit quart d’heure. Antes de irnos, Arlette y yo tenemos que dejar listo un pequeño asunto relacionado con la próxima exposición. Maître Lenôtre puede bien esperar un poco –dijo Alberta a las dos mujeres-. ¿Tienes ya preparados los textos del programa de mano? –preguntó a su secretaria mientras salían del despacho.

Me gustaría contarle ahora a Alberta la horrible decepción que tuve ayer tarde, al recibir la carta de la ONG Niños sin fronteras, comunicándome la suspensión sine die del proceso de adopción de una niñita rumana que debían entregarnos de forma inmediata. Pero creo que no es el momento ni día para desahogos ni confidencias.

-Aquí los tienes –dijo Arlette sobreponiéndose a su tristeza-. Dime qué te parecen.

Ha costado trabajo convencerla. Hemos tenido que emplearnos a fondo, pero al fin lo hemos conseguido. Cuando termine de leer el texto que ha preparado Arlette (que por cierto, la veo muy rara), nos llegaremos hasta el bufete del abogado en la rue Gay Lussac, al lado del Panteón. No sé si mamá quiere que vayamos andando o en coche, porque últimamente no quiere dar un paso sin recurrir a Maurice, ¿se estará empezando a enamorar de él?. La pintura y la historia: Frente a Hitler, Stalin y la historia en general, los artistas plásticos se han posicionado y comprometido a menudo. La Galería Du Berry tiene el honor de presentar y exponer por primera vez juntos en París, algunos de los cuadros más representativos de esa corriente del arte que no ha permanecido indiferente ante los horrores de la guerra o la locura genocida de los líderes políticos. ¿Pueden los artistas enseñarnos a leer la historia de otra manera? ¿Se trata de militantes o soñadores? ¿Provocadores o cómplices? Las obras expuestas en nuestras salas permitirán, sin duda, a sus visitantes responder a estas preguntas. Max Beckmann. “Partida”, 1932-1933. Cuando Max Beckmann pintó ese tríptico, ¿acaso presentía el exilio que le aguardaba por el ascenso del nazismo? Compuso de ese modo un “Autorretrato con bola de cristal” impregnado de inquietud. En 1933 fue despedido de su puesto de profesor en Francfort y partió para Berlín. Pero la sala que le había destinado la Nationalgalerie fue cerrada y le prohibieron vender o exponer. Fue uno de los artistas malditos de la exposición “Arte degenerado” presentada en Munich. Sus obras, junto a las de Grosz, Klee, Kandinsky y muchos más, fueron quemadas. En el verano de 1937 emigró a Ámsterdam donde vivió clandestinamente. Sin embargo, aunque en “La partida” haga alusión a la crueldad y la violencia, Beckmann pretendió superar el contexto histórico: él mismo lo explicaba, confiriendo un papel de guía moral a la pintura que pretendía hacer visible lo invisible. “Se trata de una ‘Partida’ hacia realidades esenciales para descubrir cosas más allá de las ilusiones de la vida. El Rey y la Reina se han liberado, y la reina lleva en sus brazos, como si fuera su hijo, un tesoro: la Libertad”. Mamá se liberará para siempre de ese sinvergüenza de Escobar que quería su dinero y el mío después de envenenarla. Supongamos que lo consigue y un día me entero de que ese tío casposo se lleva por la cara seis millones de francos que mamá le ha dejado de propina, mientras que a mí sólo me corresponden cuatro más los intereses. ¿Qué hago, con ella enterrada y él gastándose su dinero? Voy y me lo como, voy y lo mato, voy y le saco las dos orejas a mordiscos. Victor Brauner“Sin título (Hitler)”, 1934 Victor Brauner nació en los Cárpatos en 1903 y se estableció en París en 1930, el año en el que la “Revolución surrealista” se transformó en “el Surrealismo al servicio de la revolución”. Brauner vivía en el mismo edificio que Giacometti y Tanguy. Este último fue el que lo llevó al café de la place Blanche, donde se daba cita el grupo surrealista. André Breton escribió el prefacio de la exposición de Brauner en 1934, elogiando su imaginación “violentamente desmelenada, el trueno de la gran marmita nocturna e inmemorial”. En este cuadro, intitulado irónicamente “Sin título”, Brauner ridiculiza a Hitler. Impregnado de esoterismo (como mamá y Carole. ¡También hay gente inteligente que…!) el pintor satiriza al dictador infligiéndole tormentos a la manera de las brujas que clavaban agujas en sus muñecos o retratos (se me olvidó desclavar las que tenía en el retrato del español, aunque es mejor que las mantenga, no sea que el tipo se escape todavía…). Ese mismo año de 1934, Brauner fue convocado, junto a todos los demás surrealistas, a la casa de Breton en la calle Fontaine. Dalí fue acusado de ser culpable de “actos contrarrevolucionarios para la glorificación del fascismo hitleriano”. Dalí se defendió con payasadas, asegurando que el hitlerismo era un fenómeno paranoico. Un payaso es Escobar. Escobar es también un paranoico. No deja de acosarme la misma pregunta: ¿qué vería mamá en ese sapo?

-Arlette, no están nada mal los dos textos que he leído hasta ahora, pero me gustaría que suprimieras el verbo “posicionar” del párrafo de Max Beckmann y lo remplazaras por “tomar posición” o algo parecido –dijo Alberta interrumpiendo su lectura.

-Como tú prefieras, pero no es del párrafo de Beckmann sino de la introducción – dijo Arlette mostrando que conocía de memoria cada una de las palabras que había preparado para el programa. Luego, permaneció en silencio mientras Alberta continuaba leyendo sus textos.

No comprendo qué importancia puede tener un término u otro si al fin y al cabo expresan exactamente la misma idea. ¡Si ésta supiera cómo me importa a mí en este preciso instante lo de posicionar y visionar o revisionar y reposicionar en lugar de lo que rayos sea! Me quedo sin mi niña, me quedo sin mi parejita de rumanos que tanto anhelamos mi compañero y yo, y no podemos adoptar un bebé de otro país. No nos dejan solicitarlo hasta que no pasen por lo menos tres años. Además Philippe no quiere saber nada de bebés que no sean blancos. Dice que entre los inmigrantes y las adopciones de chinitos, inditos y negritos, desaparecerá la raza francesa, la auténtica, de aquí a unos pocos lustros. Claro qu’il exagère un peu. Aunque es verdad que en París ya no quedan muchos franceses de pura cepa como nosotros, y al ritmo que vamos…

Se oyeron risas procedentes del otro lado de la mampara que separaba la gran sala de exposiciones del despacho de Alberta. Carole y Katheryn, influidas sin dudas por el ambiente pictórico que les rodeaba, comentaban de manera jocosa la última exposición Picasso y el erotismo que habían visitado juntas.

-Picassho era un vaginócrata y un perversho –dijo Carole riendo.

-En absoluto, creo que era un espíritu libre, un hombre sano con un gran apetito de vivir y disfrutar –dijo Katheryn sin sonreír.

-Shí claro, dishfrutaba shobre todo pintando rabosh, vergash, falosh, vulvash, vaginash –dijo Carole

-Es cierto que era un devorador de mujeres –dijo Katheryn.

-Igual que tu eshpañolito –dijo Carole.

-No sé qué tendrá que ver “mi eshpañolito” con Picasso –dijo malévolamente Katheryn.

-Pues tiene que ver que losh dosh son eshpañolesh y muy machosh, por lo que she comenta –dijo Carole levantando el tono.

-Ah, sí. No sabía que Picasso fuera español. Yo creía que era italiano –dijo Katheryn.

-Por lo menosh nació en Málaga –dijo Carole.

-Ah, nació en Málaga –repitió Katheryn sin comprender.

-Y Málaga esh de Eshpaña, L’Andaloushie –aclaró Carole.

-¿Y no hemos estado allí nunca? –preguntó Katheryn.

-No nunca –respondió Carole.

-Pues tendremos que ir a conocer la tierra de Picasso –dijo Katheryn y añadió-. Bueno, lo que importa es que se trata de uno de los pintores más estimulantes que existen. Después de ver su exposición, me habría ido a la cama con el primero que se hubiera puesto a tiro.

-O con la primera –dijo Carole devolviéndole la puya anterior.

-No, eso, ya, no –dijo Katheryn recalcando cada palabra.

-Esh la exposhición de un genio cochon que refleja también shu impotencia shenil –dijo Carole.

-Es una exposición llena de sensualidad ondulante y alegre –afirmó Katheryn elevando el tono de voz.

-Esh la exposhición de un obshesho y voyeur de burdel –replicó Carole casi a gritos.

-Por favor, mamá, tante Caro, ¿queréis parar de discutir? No nos dejáis trabajar –gritó Alberta, que se dispuso a seguir leyendo después de que las dos mujeres se callaran y continuaran su disputa en voz apenas audible.

John Heartfield. “Monumento a la gloria del fascismo”, 1936 (fotomontaje)... No sé por qué se empeñarán en seguir viéndose cuando no hacen otra cosa más que chillarse. En fin…En realidad se llamaba Helmut Herzfelde, pero en 1916 anglicanizó su nombre para manifestar su rechazo al nacionalismo alemán. Junto a su amigo George Grosz (que también añadió una “e” a su nombre), fue uno de los miembros más virulentos del grupo Dada-Berlín. A partir de 1918 se adhirió al Partido comunista alemán (KPD), y puso la técnica del fotomontaje al servicio de sus ideales. Como si fuera obrero montador de una fábrica, lejos de lo que él llamaba “la canalla artística”, Heartfield reunía imágenes para denunciar los valores burgueses y ajustar los engranajes de un mundo que sería sensible a las reivindicaciones sociales. Conforme iba avanzando el fascismo, Heartfield se dedicó a ridiculizar el régimen y la situación política. Cuando nombraron canciller a Hitler, fue uno de los primeros artistas en estigmatizar los peligros del nazismo. La violencia de sus fotomontajes los vuelve a menudo premonitorios, como sucede con éste. Yuxtaponiendo elementos tomados de géneros diferentes, unifica a menudo el espacio, como si sólo hubiera una única toma de vista, con el fin de que la escena percibida parezca el reflejo mismo de la realidad. De este modo hace caer a menudo en su propia trampa las imágenes fabricadas por la propaganda nazi.                                                                          -Arlette, has escrito tres a menudo seguidos. Suprime uno al menos, por favor.

-Disculpa, Alberta. Es que esta mañana no me encuentro nada bien, disculpa.

-¿Qué te ocurre?, ¿te sientes mal?, ¿quieres que lo dejemos para otro momento?

-Nada, de eso, vamos a seguir. Ya te contaré más tarde –dijo Arlette resueltamente, tendiendo a Alberta los últimos folios que acababa de escupir la impresora.

Jean Fautrier. “Cabeza de rehén”, 1944

“Un jeroglífico del dolor, ideogramas patéticos”, escribió André Malraux para presentar la serie de “Rehenes” en 1945 en la galería René Drouin. A principios de 1943, conmovido por las ejecuciones de las que él había sido testigo en el bulevar Raspail de París, Fautrier había comenzado a pintar “Rehenes”. Detenido y soltado por la Gestapo, se escondió en una dependencia de la clínica psiquiátrica de la Vallée-aux-Loups. Allí vio pasar camiones cargados de prisioneros que los alemanes iban a fusilar en los bosques. El grito de agonía de aquellos muertos anónimos, sus sufrimientos, los cadáveres cubiertos de barro, los evoca a través de esas paletadas de pintura rayada, arañada, de colores empalidecidos y contornos borrosos. Nacía el arte informal como para testimoniar de que frente a los horrores de este mundo, desaparecía cualquier intento de individualidad.

         -¿Os queda mucho todavía? –preguntó Katheryn asomando la cabeza por detrás de la puerta del despacho-. Ya sabes que maître Lenôtre nos espera dentro de veinte minutos.

         -Enseguida terminamos mamá. Nos falta revisar el último texto.

         Roman Cieslewicz. “Superman”, 1968

Nacido en Polonia en 1930, este grafista llegó a París en 1963 deseoso de ver cómo se comportaban sus “affiches” a la luz de los neones de Occidente. En Cracovia recibió la influencia del grupo “Blok”, asociación revolucionaria de poetas, fotógrafos y fotomontadores polacos. En Francia se unió al movimiento “Pánico”, al lado de Topor, del clown Arrabal, y del cineasta Jodorowsky. Desprovisto de prejuicios, utilizaba todos los soportes y trabajaba igualmente para los grandes almacenes y la prensa como para los museos. ¿Cuál era su terreno predilecto? La calle y las imágenes mediáticas, los sucesos, la actualidad. Tijeras en ristre se servía de periódicos viejos, tarjetas postales y prospectos. Sus fotomontajes constituyen, según sus propias palabras: “Un trabajo de higiene”. “La vida es en sí misma un collage extraño…y espantoso. ¿Cómo comprenderla de otro modo que en forma de esa curiosa mezcla en mi cabeza, que produce formas diferentes? De ese modo puedo hacer lo mismo un fotomontaje que un cartel”. En él, la sátira y la fantasía, el humor y la angustia se dan la mano para “reactivar” nuestra percepción y luchar contra “la contaminación del ojo”, e inquietar a las buenas conciencias. Sus imágenes lo mismo que su tipografía reflejan los acontecimientos o hablan del malestar, el horror, la vergüenza, los sueños: decididamente, este arte asume lo que se llama el arte de nuestro tiempo.

         -Muy bien, Arlette. Mándalo a la imprenta y dile a monsieur Pilet que se dé mucha prisa –dijo Alberta, satisfecha con el trabajo de su secretaria-. Mamá, tante Carole –gritó-: podemos irnos cuando queráis.

         -Vale –dijo Katheryn saliendo del despacho-, llama a Maurice y que pase a recogernos para llevarnos chez maître Lenôtre.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            Capítulo 15

 

 

Desde que dejó a la señora a la puerta de la galería y estacionó el Laguna en el aparcamiento público de Saint Germain des Pres, hasta recibir en su móvil (que Katheryn le había proporcionado como útil de trabajo) la llamada de Alberta pidiéndole que volviera a buscarlas, el chófer se había tomado la primera copa de tinto de bourgogne del día, en Chez Georges, un BarTabac-Presse de la estrecha rue Visconti, próximo a la rue de Seine. Allí había comprado un paquete de Gitanes, su periódico predilecto y una revista, a la vez que había mantenido su conversación habitual con Georges Duratti, el dueño del local, instalado en permanencia detrás de la caja, y madame Duratti, Nadine, que servía a los clientes. Cuando Maurice entró en el local, ésta acababa de poner un demi de cerveza a una danesa loca, llamada Greta, de edad indefinida, que vivía desde hacía varios años en un sótano abandonado, húmedo e insalubre del Quai de Conti. Los dueños del bar la admitían un rato todas las mañanas en la barra, a pesar de que la presencia de la vagabunda molestaba a los clientes por el olor que desprendía, y la turbación que producía su inocente mirada azul y su constante sonrisa transparente.

Quel temps dégueulasse –dijo Maurice Leroy por todo saludo, sentándose en un taburete, a dos de Greta, mientras daba la mano al dueño, de su misma edad pero bastante grueso y de cabello blanco pegado a la parte superior de la frente, que le daba un aspecto de senador romano.

C’est pas vrai, il n’y a plus de saisons –dijo Georges.

C’est un printemps pourri –replicó Maurice, abriendo Combat Nouveau, un diario de izquierdas:

“A menudo, se acusa a la Justicia de clasificar sin mirar los asuntos que la policía le transmite. Los tribunales de la región parisina conocen una tasa de respuesta cercana al 70% . Más de 2 de cada 3 infracciones son perseguidas ante los tribunales, o bien sometidas a procedimientos alternativos como la mediación, la reparación o el recurso a la ley. Un 30% de los asuntos considerados punibles son sin embargo archivados sin consecuencias. El tribunal de Fontenebleau se lleva la palma de la severidad. Encarna sobre todo una práctica penal tradicional que consiste en utilizar la maquinaria pesada del proceso penal para toda clase de infracciones, incluso las menores”. Estos siguen la senda de California donde se castiga con cadena perpetua a los reincidentes aunque sea por delitos de poca monta. “En París todo es desmesurado. Hay dos veces más casos por 1000 habitantes que la media nacional y tres veces más magistrados y funcionarios para tratarlos. En París se encuentra un tercio de todos los abogados de Francia”.

Tras los cristales semi empañados del bar, Maurice vio desplazarse la figura de una señora alta y delgada, enfundada en un abrigo negro de pieles que iba barriendo el suelo. Se cubría con un enorme gorro de astracán que sólo dejaba ver unas gafas grandes y un trozo de cara cadavérica de piel apergaminada y carbonizada, seguramente a causa de los rayos UVA. Parecía una representación de la parca, pensó.

-¿La has visto? –preguntó.

– ¿Qué? –preguntó Georges.

-No, nada, une dame…-dijo Maurice sin terminar la frase y pasando una página de Combat Nouveau.

“Entre la imagen feliz de la sociedad consumista que pretende dar el sistema neoliberal que nos domina y la dura realidad cotidiana de la inmensa mayoría de los ciudadanos, se genera una enorme ola de frustración que es causa de un gran estrés y una gran agresividad. Del lado de las apariencias, el espacio lleno de objetos atractivos, mensajes complacientes y cómplices con el individuo tomado como sujeto consumidor. Del lado de lo real, trabajo duro, inestable, sueldos escasos, deudas de casa, coche, tarjetas de crédito, etc. El resultado es un conjunto de seres frustrados y agobiados que pretenden liberarse en los espacios públicos que…”.

-¿Qué cuenta el periódico? –preguntó Georges sin excesivo interés.

-La crónica política nuestra de cada día –respondió Maurice, y sin levantar la vista de la página que estaba leyendo, añadió-. Escucha lo que dice un sindicalista de la CFSA: “Si la empresa persiste en su actitud, aumentaremos tanto la cantidad como la calidad de las huelgas”. ¡Qué te parece!

-Habla igual que los empresarios –dijo Georges.

-Efectivamente –convino Maurice -. Y hablando de empresarios, ¿sabías que tres multimillonarios poseen más riqueza que 600 millones de personas?

C’est pas vrai –dijo Georges que se puso a atender a un cliente del estanco.

-Montesquieu habló de los tres poderes del sistema democrático: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, pero no habló del poder escondido, del poder oscuro de la sociedad: el poder económico, que hoy domina a todos los demás poderes – dijo el chófer.

-No hay que exacerbar ningún tipo de elemento sobre todas estas cuestiones. Vamos a crear un dotacional sanitario para nuestro barrio, me decía el concejal del distrito el otro día –dijo Georges después de despachar al cliente.

-Las palabras se han pervertido, patrón – afirmó Maurice-, porque no se quiere llamar a las cosas por su nombre y se dicen memeces como que los niños autistas o con síndrome de Down no son niños con deficiencias mentales, sino niños con habilidades diferentes. ¡Escuche, Georges! –prosiguió con énfasis-: Hace poco, leí una noticia sobre los problemas de los inmigrantes en Collioure. El periodista llamaba a los extranjeros “visitantes irregulares” y “pobladores de fuera”, en tanto que a los habitantes del pueblo los llamaba “vecinos indígenas”

-Cualquier tiempo presente es peor y a cada tiempo su propio lenguaje. Ésta es la conclusión que puede extraerse de las lamentaciones constantes de escritores y pensadores de diferentes siglos, acerca de la época en la que vivieron: muerte de la espiritualidad y de los valores, predominio del materialismo, zafiedad humana, traiciones, mentiras, etc. Por sus testimonios podemos saber que nunca existió una edad de oro, sino una energía perversa y destructiva que va evolucionando de forma continua –replicó Georges que presumía de haber asistido durante su juventud a cursos de Filosofía en Vincennes, para alumnos que no tenían el bachillerato.

-Esto es lo que más o menos piensa Katheryn, mi jefa, cuando dice que no hay tiempos mejores sino menos malos que otros –dijo Maurice que se puso a leer su periódico en voz alta.

-Vivimos en una sociedad violada y prostituida –dijo la danesa loca sin perder su sonrisa inocente

-“Un sistema genético universal dibuja bocetos en las alas de las mariposas” -¡Qué noticias más curiosas! –exclamó Maurice que no prestó atención a Greta-. “La policía romana irá equipada con pulverizadores de pimentón picante llamado peperoncino”.

-¿Con pepero qué? –preguntó Georges divertido.

-Con Peperoncino. ¡Qué graciosos son estos italianos, verdad! –dijo Maurice.

-Qué quieres que te responda, ya sabes que soy de origen italiano, de Niza –dijo Georges.

-Niza no es italiana que yo sepa –dijo Maurice.

-No, ahora es francesa, pero sólo desde 1860 en que Francia se anexionó parte del Piamonte –dijo Georges.

-¿Sólo eres francés desde 1860? Si llego a saberlo, no me caso contigo –dijo en tono de burla madame Duratti, que era Desbois por su apellido de soltera.

-“Un psicópata colombiano viola y mata a más de 140 niños de la calle”–comentó Maurice horrorizado.

-¿Dónde? –preguntó Georges.

-En Colombia, naturalmente –respondió Maurice.

-¡Qué vergüenza! Está visto que no todos los niños son iguales –dijo Georges.

-¡Cómo que todos los niños no son iguales! –exclamó Nadine indignada, unos diez años menor que su marido y con unos pechos puntiagudos que hacían suspirar a Maurice-. Ya lo creo que son todos iguales. Los que no lo son es los hombres, porque los hay que son auténticas alimañas.

-Bueno, los hombres también son todos iguales –dijo tímidamente Maurice-, las diferencias están en los países, en los Estados. Los hay de primera, de segunda y de tercera. Y si naces en uno de tercera, eres un hombre o un niño de tercera.

-Sobre todo si eres pobre –añadió Nadine.

-Desde luego –asintió su marido.

-Los gendarmes andan buscando a dos cazadores de La Camargue por haber disparado por la espalda a un inmigrante argelino. El inmigrante, perdido, transitaba por la marisma y los cazadores lo dejaron malherido creyendo que había muerto. Lo trataron como a un animal –contó Maurice recordando la noticia espantosa que había leído en Combat Nouveau.

-Pues el ayuntamiento de Marsella edita una guía para inmigrantes en la que les aconseja no tener relaciones sexuales para evitar contagios. La mejor manera de no contagiarse es no mantener relaciones sexuales, eso elimina totalmente el riesgo, dice el folleto, ¿qué os parece? –dijo Georges.

-Verdad de La Palisse, querido Watson –dijo pedante Maurice.

-¿Quién será el talento al que se le ha ocurrido una simpleza semejante? –se preguntó Georges.

El local se llenó repentinamente de clientes. La vagabunda danesa pagó céntimo a céntimo su cerveza y se marchó discretamente. Maurice se puso a leer su periódico sin poder responder a la pregunta que el propietario del bar había dejado en el aire.

“¿Quién delató al Che? Un documental sueco reaviva la polémica sobre si alguien traicionó al mítico guerrillero argentino-cubano: Ernesto “Che” Guevara. Acusan al sociólogo y escritor francés Regis Debray de ser él quien señaló al ejército boliviano el lugar donde el Che se escondía”. Calumnias, pensó Maurice. “El 8 de octubre de 1967 el Che caía en una emboscada del ejército boliviano en el valle del Churo. Era el fin del foco guerrillero de Bolivia y de la aventura revolucionaria de Ernesto Guevara de la Serna, cuyo nombre iba a convertirse en todo el mundo en símbolo de la lucha armada contra la injusticia. Compañero de Fidel Castro, el Che había dicho el mismo día de su entrada en la Habana: Para mí el combate continúa en otra parte. En 1965 desaparece: durante dos años no se sabrá dónde milita, qué prepara, si sigue vivo. Regis Debray sí lo sabía. Fascinado por la experiencia castrista, este catedrático de Filosofía de veinticuatro años , que estaba en ese momento ocupado en escribir su Revolución en la revolución, se dirige a Bolivia para colaborar en los preparativos de la guerrilla del Che. Al regresar del campamento central en Nancahuazu, en abril de 1967, Debray es detenido junto con dos de sus camaradas: condenado a 30 años de cárcel, será, sin embargo, liberado antes de terminar su cuarto año de prisión…”. ¿Por qué? Sin duda el Che Guevara es el tío más íntegro y consecuente del último siglo. “Dolores, 19. Particular, estudiante de fotografía. Ninfómana. Acabo de alquilar un piso en Montparnasse para empezar en esto. Lo hago por vicio. Hago de todo, completo con francés en mi boca y beso negro. Puedes repetir. Pamela. Te recibo desnuda, 19 años, cuerpo precioso, pechos erguidos, sexo arregladito. Te haré un francés profundo hasta el final, luego te comeré por detrás para reanimarte otra vez, para que me penetres, luego en la cocina me volverás a penetrar y me penetrarás en mi jacuzzi, y volverás a penetrarme en la cama: soy un caliente agujero húmedo. Nancy, particular. Rubia espectacular, recién llegada de vacaciones de Saint Tropez. Penetración salvaje, oral tragándomelo; beso negro, sucio y limpio; lluvia en mi boca, coprofilia. Al llegar, si quieres, me arrodillo y terminas en mi boca. Luego seguimos hasta que no puedas más. Repite las veces que quieras. Si me avisas, puedo recibirte completamente desnuda, bronceada y rasurada. Karen, 22 años. Universitaria muy culta. Me gustaría compartir mis inquietudes sexuales con hombres que sepan enriquecerme en la cultura erótica. Tengo un cuerpo 10 y un apartamento de ensueño. Isadore: clínica especializada. Impotencia, alargamiento y curvatura del pene, cambio de sexo. Profesionales titulados. Larga experiencia… Magali. 18 años recién cumpliditos. Rubia despampanante, cuerpo sensacional, pelo largo, labios sensuales. Soy muy viviosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y veas que no llevo nada debajo. Que me hagas el griego profundísimo, tragarme toda la leche, hacer el amor varias veces, besarnos (relación amante). En fin, todo sin límites… Soy muy viciosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y…”.

-¿Estás buscando piso? –preguntó con sorna madame Duratti, que se había acercado al chófer después de atender a la clientela.

-Pues sí –respondió Maurice cerrando su periódico, y avergonzado de que la atractiva mujer lo sorprendiera leyendo la sección de masajes.

-¿No te encuentras a gusto en el de ahora? –preguntó Georges, que había vuelto a instalarse detrás de la caja.

-Bueno, en realidad no tengo ninguna prisa por cambiarme, pero, me gustaría hacerlo dentro de un tiempo –dijo Maurice mintiendo para zanjar el tema.

-Los pisos están por las nubes –dijo el patrón del bar-, así que piénsatelo bien antes de buscarte otra cosa.

-Todo está por las nubes –dijo su mujer sonriendo de manera equívoca.

-Sí, es cierto. Vivir es hoy todo un lujo –concluyó Maurice, que volvió a la lectura del reportaje sobre el Che y Regis Debray, para evitar la sonrisa irónica de Nadine.

“Tal vez resulte superfluo poner de relieve, como acabamos de hacer, que a la guerrilla le faltaban los medios y los instrumentos necesarios para atraer a las masas, pues habríamos tenido que empezar por el principio: a saber, por la ausencia física de las masas. Es decir, era tal el estado de dispersión del habitat de la selva boliviana, tal la despoblación, que las masas prácticamente no existían. En dos semanas de marcha por la jungla, en el mes de febrero, la columna del Che no se topó más que con una familia, un machetero, y no precisamente con cualquiera: Honorato Rojas, el hombre que, según Debray, condujo al ejército al Vado de Yeso, y que vendió a toda la retaguardia de la guerrilla (después sería ejecutado por el ELN). La extrema diseminación de las explotaciones corría pareja con el atraso político de los campesinos. Allí sobraban tierras cultivables y faltaban brazos. En el campamento, el Che impartía por la tarde clases de francés…”.

Una anciana piruja vestida de beige claro y rosa caramelo entró como un soplo de aire y pidió a Georges un paquete de Craven “A”. Venía acompañada por un anciano alto y delgado, enfundado en una gabardina raída, que se quedó rezagado en la puerta del local. Maurice observó las espesas cejas, semejantes a ilustres bigotes, del viejo que casi ocultaban la estrecha raja de sus ojillos, intensamente azules.

Au revoir messieurs, dames – gritó la anciana con sorprendente potencia vocal después de pagar, abrir su paquete y encender un cigarrillo, todo ello con una gran viveza de movimientos que contrastaba con la torpe parsimonia de su tímido acompañante.

-Extraña pareja. Es la primera vez que los veo por aquí –dijo Nadine, cuando ya se habían marchado.

-No son del barrio –aclaró ociosamente su marido.

-Parecería que la señora fuera la hija del viejo, y sin embargo debe de ser mayor que él, a juzgar por las arrugas de su cara. –dijo Maurice, que había apurado su vaso hasta no dejar el más mínimo residuo del Bourgogne.

         -Me gustaría a su edad tener su energía –dijo Nadine.

-¿Te refieres a la señora? –preguntó Georges.

-Pero, hay que ver cómo va vestida –añadió Nadine sin responder a su marido.

-Parece una tarta de crema y fresa –dijo Maurice.

-Con los años que tendrá –dijo Georges.

-Puede que sea americana –dijo el chófer -. En California es frecuente ver a muchas viejas de su estilo.

-En todo caso no tenía acento extranjero –dijo el patrón del bar.

-Pero si sólo ha dicho dos palabras –protestó Nadine para apoyar a Maurice. Y añadió suspirando-: ¡ Cómo me gustaría conocer Hollywood!

-¡Qué ibas a hacer tú allí!, du cinéma? –dijo Georges soltando una risotada.

-¡Quién sabe! –exclamó Nadine al tiempo que erguía su generoso busto.

-Podíamos hacer un viaje los tres juntos –dijo Maurice que sentía desde hacía tiempo un intenso deseo de poseer a la mujer del patrón-. Ya sabéis que yo viví allí varios años y sería un buen guía. California. El Estado de los superlativos. El Estado en el que se encuentran muy próximas las altitudes mínimas y máximas de los Estados Unidos: el Valle de la Muerte, más bajo que el mar, y el monte Whitney a cuatro mil y pico metros. Al norte de San Francisco hay un fuerte que se llama Presidio. Lo construyeron los españoles en 1776 y aún era usado por el ejército de los Estados Unidos en 1954. El puente de Oakland que une esa ciudad con San Francisco se convierte en su tramo central en un túnel que cruza la isla de Yerba Buena. En Coloma, al noreste de Sacramento, se encuentra el lugar donde James Marshall encontró oro por primera vez. Con la horda de los buscadores, llegaron médicos, abogados, carpinteros, vaqueros, granjeros, profesores, y granujas de todo pelo. Esa fue la primera oleada de inmigrantes, desde entonces no ha parado la marea. La misión franciscana de Carmel se fundó antes de que existieran los Estados Unidos. Sebastián Vizcaíno exploró esa costa en 1602 y echó el ancla en la ancha y circular bahía de Monterey. Escribió sobre las playas y costas en términos tan elogiosos que desde entonces nadie ha podido identificar el lugar. Aunque se puede entender fácilmente el entusiasmo del marino español, pues la costa siempre verde de la península de Monterey es un lugar de una incomparable belleza, con una naturaleza esplendorosa, con playas pobladas por leones marinos. Monterey fue la capital de la California española muchos años antes de que Washington D.C. se fundase. En sus mejores días, en el puerto de Monterey atracaban grandes veleros de la costa Este y de muchos puntos del Pacífico, y la vida era próspera y alegre con numerosas fiestas, entre las cuales, carreras de caballos y corridas de toros.

-Como en España –dijo Nadine que escuchaba soñadora, vigilada con el rabillo del ojo izquierdo por su marido.

-Como en España y también en Francia –dijo el chófer que continuó con su exhibición, confiado en el efecto de enbelesamiento que había producido en la bella camarera-. La misión de Santa Bárbara es la única que permaneció sin interrupción en manos de los franciscanos a lo largo de su historia. Posee una fachada del más puro estilo neoclásico. Sus rezos y cánticos se hacen siempre en latín. Alrededor de Santa Bárbara comienza California sur. El contraste con el norte es sorprendente, porque allí en verano la temperatura es muy elevada, las colinas están peladas y amarillas. Los desiertos cubren grandes áreas y las palmeras reemplazan a los pinos. La costa es totalmente como la del Mediterráneo. Las aguas de la isla Santa Catalina fueron surcadas por los marinos españoles mucho antes de que el este de los Estados Unidos fuera colonizado. Cabrillo fue el primer explorador español que descubrió California y que desembarcó en las playas de Santa Catalina. Pero los españoles no se dieron mucha prisa en colonizar su nuevo descubrimiento. Pasaron más de 200 años hasta que Gaspar de Portolá fundó el primer establecimiento en una bahía a la que llamó San Diego. El español no podía haber elegido un sitio mejor. En la parte de San Diego llamada Old Town tuvo lugar el nacimiento de California en 1769. Alrededor de una tranquila plaza se levantan todavía media docena de muros que llevan los nombres de las familias que los construyeron en el pasado. Nombres como Machado, Pico, Bandini, Estudillo, Carrillo, Pedrorena, y también un Stewart.

-Háblame de Los Ángeles –pidió Nadine que no tenía la más remota idea de dónde podía encontrarse San Diego y no había entendido ni uno solo de los nombres españoles, pronunciados por Maurice con su acento americano de California.

-Los Ángeles se extiende a través de más de 500 millas cuadradas. Es la ciudad más grande de América, con veinte barrios prácticamente autónomos con grandes superficies comerciales. Ciudad sobre ruedas. La gente recorre al día en automóvil cientos de kilómetros para hacer su vida normal, trabajar o divertirse. Hay más coches que familias en Los Ángeles: más de veinte millones de coches particulares. Mil millas de autopistas y una extensa red de autobuses urbanos en los que se desplazan los indocumentados y los ancianos.

-¿Y Hollywood, cómo es Hollywood? –preguntó impaciente madame Duratti, a la que no le interesaban mucho las cifras y datos objetivos que le proporcionaba Maurice.

-¿Hollywood?, Hollywood es un lujoso cementerio temático, lleno de muertos vivientes –respondió el chófer, dejando traslucir el resentimiento que aún albergaba en su pecho contra la meca del cine, que no lo había tratado bien.

-Bueno, bueno, bueno. ¡A trabajar! –cortó Georges dirigiéndose a su mujer y aprovechando la entrada de dos nuevos clientes, asiduos de su negocio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 16

 

-Allí donde haya una mierda, alguien irá a pisarla –gritó, interrumpiendo a Pedro Escobar, el jefe estafador de la Gendarmería.

-Tiene usted toda la razón –gritó Pedro a su vez en dirección al gran jefe-. Nunca he visto una mierda en la calle que no lleve la huella de un zapato.

Y prosiguió con su programa CLT que le solicitaba más datos sobre el periodo en curso.

-“Hace unos días, después del discurso del presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, un conocido periodista me preguntó que qué me había parecido: Arias rejuvenecido, fue mi ingeniosa respuesta”. –decía el catedrático Tamames. “Se escucha ya el rumor sordo del revanchismo, la agitación de un mar oscuro y profundo a punto de embravecerse. La clase gobernante española está enferma de miedo en no pocos sectores. Si no se la resana a tiempo volveremos a contemplar, quizá en este otoño tan próximo, cómo caen otra vez ensangrentadas las hojas de la Historia de España” –escribía por su parte Luis María Ansón. La LCR sale a escena. Negociar con el gobierno de Juan Carlos es atar a toda la clase obrera al carro de la reforma. Con semejantes argumentos expresaron portavoces de LCR su rechazo a la política seguida por el Partido Comunista Español, al tiempo que invitaban al resto de partidos obreros encuadrados en el organismo de Coordinación Democrática a formar con ellos un frente único. Jordi Jaumandreu, Jaime Pastor y José María Mendidulce, y una bonita (sic) responsable del movimiento de la mujer que prefirió no dar su nombre, hicieron el viernes la presentación pública de la nueva Liga Comunista Revolucionaria de inspiración troskista. Creada hace seis años por militantes procedentes del FLIP-FLOP, la Liga decidió en 1973 su unión con ETA (VI) Asamblea. La nueva organización, autorizada LCR-ETA (VI), celebraría el pasado agosto su primer congreso. En él se sancionó definitivamente la fusión a la vez que se estableció que, en el futuro, aquella llevase el nombre único de Liga Comunista Revolucionaria, salvo en Euzkadi, donde el próximo congreso nacional vasco deberá pronunciarse formalmente sobre si se desea mantener la denominación de ETA (VI) Asamblea o ETA Asamblea (VI).

-¿A QUIÉN CREE QUE PUEDA INTERESAR EL ÚLTIMO PÁRRAFO? – escribió el CLT en color rojo-. Cuente historias más divertidas de su personaje.

-Termino con la etapa de periodismo político, pero antes es preciso que añada lo que Pesc escribió sobre los postulados políticos e ideológicos del partido que codirigía entonces el señor Joseph María Mendidulce, gran amigo suyo durante un tiempo, y posteriormente militante del PSOE y alto representante de la ONU en un remoto lugar de la Europa del Este: “Con más de 35.000 militantes (la mayoría obreros), la LCR es partidaria del derecho a la autodeterminación de todos los pueblos del Estado Español. La liga propugna la elección por sufragio universal, en el seno de cada uno de ellos, de Asambleas Nacionales que puedan decidir libremente sobre su integración en la República Federal del Estado Español o de los Pueblos del Estado Español, que la LCR propugna como forma de organización del Estado. A esa República Federal habría de llegarse a través de la convocatoria inmediata de elecciones a una Asamblea Constituyente, por sufragio universal y con derecho al voto desde los dieciséis años”.

-¡Qué! ¿Sabe ya dónde encontrar a la viuda Hurtig? –preguntó el gran truhán, volviendo a sorprender a Pedro.

-¿En París, tal vez? –le gritó éste, un poco cansado del juego.

-Le voy a dar una pista –dijo el gran estafador-: En las páginas de un libro capital devaluado.

-Muchas gracias. Lo pensaré –respondió Pedro sin alzar apenas la voz y continuando con su programa CLT, ávido de datos pertinentes del protagonista.

-En esos días, Pesc había dejado de ser un tipo barbudo con el libro de Nikos Poulantzas bajo el brazo, y presentaba un convencional aspecto exterior: traje de Galerías Preciados, ancha corbata roja muy a la moda, camisa a tono, pelo corto y bien repeinado. En calidad de intelectual orgánico era, a menudo, el orador invitado a muchos de los actos y mítines del PCe: Se trata de que los centenares de hombres y mujeres que se plantean una perspectiva revolucionaria para nuestro país, que luchan por transformar la realidad al servicio de los intereses del pueblo, encuentren su puesto de combate en nuestro gran Partido. La atención que prestamos a ellos es muy insuficiente y explica que los problemas de crecimiento sean poco y mal discutidos en el Partido. Creemos llegado el momento de lanzar una auténtica ofensiva en tal sentido. Hemos pensado ponerle el nombre de PROMOCIÓN I DE MAYO, y llevar la discusión por todas las células y comités, de los criterios que hagan de esta campaña un esfuerzo coordinado –decía Pesc a los militantes de base reunidos clandestinamente en hermoso chalet de Valdelatas a las afueras de Madrid. El final de su etapa política fue un episodio muy repentino y moralmente traumático. Una tarde, Pesc explicaba, según su interpretación personal, a los militantes de base de las distintas células madrileñas del distrito norte, la ideología y la praxis del Partido: Que si hemos de tener capacidad de investigar lo nuevo desde un punto de vista proletario…Nuestra estrategia es un amplio frente contra el capitalismo monopolista de Estado y contra el imperialismo norteamericano para proclamar una república popular…Necesitamos un sindicato que combata el burocratismo y la manipulación partidista…Los cristianos lo tienen difícil en nuestra organización, porque el materialismo histórico es incompatible con el idealismo de la religión…Tenemos que prepararnos para provocar el choque frontal entre la burocracia y las masas…Debemos garantizar que la línea que triunfa es la línea auténticamente proletaria…Es preciso terminar con los revisionistas, entonces, la metafísica del hombre no será más que un recuerdo. En fin, que este discurso incendiario procedente del fondo gauchiste que había permanecido incólume y refoulé en el corazón de Pesc, disgustaba profundamente al eurocomunista dirigente del Comité Central que presidía el acto, quien, sin cortarse un pelo, arrebató el micrófono al integrista orador y dio por concluido el mitin. Al día siguiente Pesc recibió por motorista una carta del propio secretario general del citado comité anunciándole su exclusión inmediata del Partido Comunista español.

-Está usted contradiciéndose gravemente, está usted contradiciéndose gravemente –repitió por dos veces el CLT-. ¿No recuerda que anteriormente, usted ha relatado que el protagonista dejó la vida política cuando leyó aquella entrevista del presidente de Chile, Salvador Allende?

En lo tocante a este punto y en honor a la verdad se hace necesaria una puntualización escueta del inventor de este libro al objeto de poner las cosas en su sitio, a saber: Pedro Escobar (Pesc)- no fue expulsado por izquierdoso y sectario del Partido Comunista español. La realidad es muy distinta. Pedro Escobar fue militante ortodoxo, y de la corriente Parrillista en el PCe, hasta las primeras elecciones generales que hubo en España después de la dictadura de Franco. Luego, tras las mismas, y a la vista de los decepcionantes resultados de su formación política, Escobar solicitó el ingreso en el PSOE, donde fue recibido, como tantos otros tránsfugas y pícaros, con los brazos abiertos. Es posible que la mencionada entrevista influyera de algún modo en su decisión de abandonar la política, o es posible que no.

-Hable de la actividad del personaje posterior a su etapa de militancia política- reclamó el CLT.

-Para figurar en sociedad no es preciso ser poderoso o haber hecho méritos recientes, y ni siquiera remotos; basta con querer estar. Hay que aparecer en todas las fiestas o actos sociales de relieve que ocurren en la ciudad, día tras día, noche tras noche, sin desmayo ni ausencia. Esta será la filosofía que inspirará en el futuro la conducta de Pesc, después de superar lentamente el gran trauma que supuso para él la expulsión de su Partido. Además, contaba con la ventaja de haber entrado como redactor del prestigiosísimo e influyente, por entonces, La Opinión, que le abría todas las puertas cerradas. Se entregó por entero a vivir la movida madrileña: un polémico periodo de libertad y creatividad artística juvenil, glosado y alentado por un anciano profesor, elegido alcalde socialista de Madrid, que lanzaba a los jóvenes consignas sabias y marchosas para canalizar su energía por senderos alejados de la pérfida política: “El que no esté colocado, que se coloque y al loro”. La movida soy yo, dirá Pesc en plan de broma, aunque él se lo tomaba muy en serio. Quiso ser joven y moderno. Frecuentaba todos los lugares emblemáticos, el Vía Láctea, El Sol, Rock-Ola, y todos los locales de Malasaña. Tarareaba todas las canciones: Cuatro Rosas, Marta tiene un marcapasos, Deseo Carnal y las demás de Alaska. Bailaba en las actuaciones de todos los grupos, Nacha Pop, las Chinas, Elegantes, Derribos Arias, Golpes Bajos, Radio Futura, impregnados de un ambiente cultista. Pero como la movida no era sólo música, Pesc hizo entrevistas a sus pintores y fotógrafos: Pérez Villalta, Vijande, Cesepe y Ouka Lele. Pesc se jactaba de ser uno de la banda de los inventores de la palabra y de la expresión: Tengo una movida y luego te veo. La empleaba cada vez que se dirigía a un baño a esnifar coca, de la que se hizo adicto por esos años, aunque más tarde consiguió dejarla casi completamente. Pesc narró en crónicas sabrosísimas la visita que Andy Warhol ( ex Andreas Warhola) hizo a Madrid con motivo de la exposición de algunas de sus obras en la galería del pintor Vijande ya citado. Pesc decía que había un antes y un después en la historia de Madrid a partir de la venida del pintor checo-norteamericano. “Antes” era un pueblo ensimismado en su provincianismo. “Después”, una metrópoli conectada con la modernidad y con la capital del mundo: New York, donde él había estado brevemente en su época de comunista y se había dado el gusto de hacerse fotos con el puño derecho levantado al pie de la estatua de la Libertad y de las Torres Gemelas. Pero de esto guardaba un bochornoso recuerdo y lo consideraba la provocación de un cateto. Pesc fue uno de los escasos periodistas que tuvo el privilegio de acompañar a Andy, como el artista le pidió que lo llamara, en su meteórica vista al museo de El Prado que duró sólo diez minutos (cronometrados). El tiempo de recorrer a toda velocidad las salas de las dos plantas sin detenerse a contemplar un solo cuadro de los allí colgados. Ni Veláquez, ni Goya, ni siquiera el Bosco o Tiziano merecieron un segundo de atención del simpático genio neoyorquino, quien solamente se paró unos instantes para mirar y celebrar el trabajo de un copista de uno de los lienzos de Murillo, cuyo título Pesc no pudo retener, y que era una de las tantas vírgenes del pintor sevillano. Pesc publicó un relato pormenorizado de la primera aparición de Andy Warhol ante el todo Madrid, congregado en masa en la galería de la exposición, para rendir pleitesía al cónsul artístico del Imperio que se dignaba visitar la ignota e insignificante provincia, a medio civilizar, y de la que sólo había oído contar que era tierra de bellotas, toreros y cantaores y bailaores de flamenco. Durante el exquisito acontecimiento multitudinario, Pesc tuvo que emplearse a fondo para hacerse un hueco entre la nube de periodistas que rodeaban al ídolo pelo-paja y no perderse ninguna de sus graciosísimas ocurrencias en respuesta a las infinitas preguntas de los colegas de la prensa e invitados en general, que además no dejaban de solicitarle autógrafos y dedicatorias en los soportes más peregrinos tales como papelinas de chocolate o papel higiénico. A pesar de todo, contaba Pesc, Warhol reaccionó como un tipo de temple, ingenioso y con un gran sentido del humor, incluso ante insinuaciones impertinentes acerca de sus inclinaciones sexuales, de su afición a los experimentos de cirugía plástica en propias carnes, o de su pasión por la fama: Es una paradoja. Me gusta que la gente me reconozca, no lo niego, pero no soporto la fama. Si pudiera, saldría cada día con una cara distinta. Abomino de la fama y en los últimos tres años me he visto expuesto a una persecución tan espantosa, que me ha hecho ver las miserias de los famosos, dijo (a modo de boutade) el artista más famoso de New York.

El trabajo bien hecho de Pedro Escobar con “Andy”, cuando los dos solos se pasearon en el Rolls Royce blanco de éste por el Madrid la nuit, le valió convertirse en el redactor 4 x 4 de su diario. A él le encomendaban los artículos y reportajes de los temas importantes y las entrevistas con las personalidades más famosas del arte y los espectáculos. Parecía que fuese el único periodista con que contaba la sección de cultura de tan preeminente institución. Al final, la empresa privada acabó echándole el ojo, y Pedro Escobar abandonó con gran sentimiento a principios de los noventa el proceloso mundo de la prensa. La publicidad, para la que estaba predestinado, lo reclamaba: corrían nuevos tiempos.

El capellán Didier entró como una tromba en la biblioteca y vino a detenerse ante Pedro Escobar sin dirigirle el acostumbrado saludo de “Dios te ama como eres”.

-Darue se está muriendo –dijo con voz trémula y agitada-. Ha pedido que vayas a verlo.

-¡Cómo que se está muriendo, si no hace ni media hora que ha formado aquí un escándalo! –dijo Pedro extrañado.

-Precisamente por eso –dijo el capellán-. Se ve que se quedó muy afectado y decidió acabar con sus días, y sin que nadie lo advirtiese se ha colado en la imprenta y se ha bebido un bote entero de la tinta que ponen a las multicopistas Gestetner.

-¡Un bote entero de tinta! –exclamó Pedro.

-Eso afirma el celador responsable de la imprenta –dijo el joven padre Didier-. Yo he tratado de confesar a Darue, que está siendo atendido en la enfermería, pero no quiere saber nada de mí y sólo repite en voz apenas audible: “Pedro, papel, lápiz, abogado, Pedro…”. De manera que he venido a buscarte.

En la sala cerrada Vito ataca con lanzas. Este cobra el cetro y la corona y cambia a oros. Pesc gana el cetro y juega dos golpes de triunfo con cetro y corona. Al comprobar el reparto desfavorable del triunfo, entró en el sur mediante el cetro y siguió jugando con demasiado corazón esperando a que Vito le sirviera. Vio que estaba ardiendo los muebles de dicho piso, lo que cual fueron sofocados el fuego.

-Bien, vamos allá –dijo Pedro Escobar tras sus titubeos y en un gesto de inusual generosidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 17

 

Family first”, la familia lo primero. Apenas acaba de oír el coche de su madre en el jardín, Laura pide ayuda con voz desfallecida: “¡Maaami!”. Luego vuelve a marcar bajando por las escaleras: “Espera”, dice en el inalámbrico, “voy a preguntarlo”. Rachy abre la puerta, lleva un bermudas floreado y polo verde, aunque también suele ir a trabajar con falda larga y camisa sin mangas. Laura tapa el micrófono: “Mamá, ¿puedo?”. En ese momento el perro se pone a ladrar, contento de verlas. Es un chihuahua muy mono, pero su ladrido es un poco molesto. “Espera”, ordena Laura al teléfono. Con un pie abre la puerta-ventana y empuja al chucho ladrador poco mordedor, a la vez que cierra el postigo. En la penumbra, Laura vuelve a preguntar: “Mami, ¿puedo ir a clase de tenis con Allice?”. Rachy cierra la puerta con un golpe certero de su generoso culo y deja la bolsa-papel de provisiones encima de una consola. Mentalmente pasa revista al tablón donde cada uno inscribe sus actividades bajo las fotos familiares, y replica sin enfado: “Ya tienes tu clases de natación, pelota vasca, kárate y hockey sobre hierba”. “No es lo mismo”, responde Laura, parando en seco su subida de escaleras. “Espera, te vuelvo a llamar”, dice a Allice. Laura se viste también con un bermudas y una camiseta bastante sicodélica, azul por delante, rosa añejo por la espalda, y pájaros dibujados en las mangas. De pronto se rebela: “¡Yo pagaré mis clases!”, exclama. “Limpiaré la casa durante un mes, comeré menos!”. Rachy suspira, Laura y ella se entienden bien. “No sería igual que si quisiera perforarme el ombligo”, dice Laura. Con cierta frecuencia, Rachy lleva a su hija a Starbucks (la cadena de cafeterías) para pasar un rato charlando con ella. Lo llaman quality time, y lo recomiendan todos los psicólogos escolares. Laura es muy buena hija y muy buena chica. Suele tomar regularmente un “chocolate chip frappuchino” en una copa tan grande como un jarrón de flores. Tranquiliza a su mamá. Todo va bien a pesar de la lucha y el estrés del instituto (3600 alumnos). “Puedo competir con quien sea”, dice. La gente se siente perdida si no son buenos en algún terreno”. Lo que no es su caso. Está en segundo de bachillerato con asignaturas difíciles. Y también aventura, una clase que estimula el proceso de reflexión. Katehryn, como un sandwich entre Carole y Alberta pensaba en su única amiga norteamericana: Rachel Cohen, maestra, casada con un goy de clase media, Adam Adams, abogado. Casa no muy grande pero perfectamente equipada. Buenos sueldos, aunque invierten todo su dinero en plan de pensiones y cuenta para financiar la universidad de sus dos hijos. Dos coches, uno es una ranchera, imponente como un tanque, para toda la familia. Con tantos equipamientos deportivos que “podríamos abrir una tienda”, dice Rachy. Barrio residencial, bien cuidado, instituto público magnífico (el edificio de ciencias con una charca en la que se puede cazar su propia rana antes de practicarle la vivisección). La última vez que Katheryn los visitó, los Adams habían decidido hacer menos cosas. Menos coral, menos clases, menos salidas con los escauts, menos club de montaña, menos club del libro. En resumen, menos actividades. Es Rachy quien toma la iniciativa: “Es preciso que simplifiquemos nuestra vida”, insiste. En un país de consumo desenfrenado, simplificar se convierte en el concepto de moda: simplifique su vida, simplifique su vida con los hijos, simplifique la Navidad. Laura y su hermano Samy renuncian a sus clases de piano (bisemanales). Adam Adams dimite de la presidencia de su asociación caritativa. Rachy la de la asociación de amas de casa. “El otro día, en lugar de ir a clase de piano, nos hemos puesto a hablar con Samy”, cuenta Rachy, “Y nos preguntamos si eso no era formidable”. Los Adams no son partidarios de las armas ni han votado a Bush. Tienen un viejo rifle de caza, pero desmontado. Los Adams tratan de cenar en familia, cosa que se ha vuelto rarísima. A veces cenan en un restaurante de carretera como el Salad Bar, en la Arapahoe Road. Una sopa con pan de maíz. Laura que no tiene hambre, elige una patata al horno regada con chile, mantequilla de cacahuete y queso fundido. Maurice había venido con el automóvil a buscar a las tres mujeres a la puerta de la galería. Bajaron por la rue de Seine dando un rodeo para dirigirse a la rue Gay Lussac, donde se encontraba el bufete de maître Lenôtre. Katheryn se sentía como prisionera. Cuánto hubiera dado en ese momento por llevar una vida ordenada y familiar como la de su amiga de infancia Rachy. Más le habría valido casarse con un hombre bueno y trabajador. Tener hijos sanos y deportivos. Padres normales en lugar de los dos saltimbanquis que le habían tocado en suerte, rodeados de bohemios e intelectuales. ¡Amenazar con segregar Carmel de California porque las autoridades del Estado querían poner números a las cabañas! Con eso se dice todo sobre la clase de personajes que estaban hechos. Sin gas ni electricidad, las calles sin asfaltar, sin correos y sin cárcel. Katheryn se sentía también humillada. Hubiera preferido darle a Pedro su dinero y que desapareciera de su vida para siempre, con tal de no tener que ser actor o la parte demandante de un juicio vergonzoso, que la convertiría en el hazmerreír del tout París. La justicia primero, había dicho Alberta. La justicia, la justicia. ¡Le importaba un pimiento la justicia! Lo que quería su hija era darle a ella un escarmiento. El coche dejó el Quai Malaquais y giró a la izquierda para subir por la rue des Saints Pères. Union Square: corazón del barrio comercial. Le encantan las exposiciones de pintura al aire libre. La multitud llena el pequeño parque, admirando y comprando los cuadros expuestos. Le encanta también la artesanía: cerámica y bisutería, con artistas barbudos sentados y expectantes. Una charanga interpreta un nostálgico vals vienés. En Powell Street ayuda a otros pasajeros a remover las plataformas circulares en las que se cambia el sentido de la marcha a los tranvías de cremallera. Le gusta ir andando por Nob Hill y subir a la terraza del Mark Hopkins Hotel desde donde se divisa la mejor panorámica de la ciudad y la bahía, y tomarse el maravilloso helado en forma de cisne de aquel restaurant francés cuyo nombre ha olvidado.

Alberta miraba con el rabillo del ojo izquierdo a Katheryn en completo silencio creyendo adivinar sus pensamientos. Sabía que estaba asustada y que dudaba de nuevo si mantenerse firme con la celebración de la vista oral del proceso contra el español. Pensaba que su madre formaba parte de esa clase de personas que continuaban confiando en el amante traidor con el fin de no destruir la imagen ideal que se había forjado de sus relaciones. Me recuerda a la Jane de Reynolds y a Pinkie, al mismo tiempo. ¡Mira que enamorarse de un retrato! Porque en el fondo eso es lo que le ocurrió. El tío no valía ya un rábano cuando lo conoció en persona. Pero ella estaba enamorada de su representación idealizada. Siempre ha sido una romántica, incurablemente romántica. Ve sólo la superficie del lienzo y ahí está. ¡No hay nada más detrás! Saca su energía de las contradicciones, de una irresistible atracción por el abismo, pero es su frecuentación de los límites lo que la hace fascinante. Es un personaje profundamente visceral (carroza visceral) en una época en que todo reposa sobre grandes certidumbres positivistas y cálculos. Sus riesgos, su gasto sin premeditación es saludable. A veces se lo juega todo a una carta. Es capaz de arriesgarlo todo y perder el alma. ¡Me parece sublime! Sentada en un sillón, con las piernas abiertas y dos huevos fritos estampados sobre sus generosos pechos. Retrato y más sexo. Todo el mundo con quien se ha acostado. Cama sudada y manchada de excrementos líquidos y sólidos a cuyo alrededor se amontonan colillas compresas y condones usados. En lugar de calentarnos la cabeza con el cuento de que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, habría que advertirnos de que el hombre es capaz también de las mayores indignidades. Pedro Escobar es capaz de las mayores indignidades y tiene que pagar. ¡Vaya si tiene que pagar!

-¡Ánimo, Katheryn! –dijo Alberta a su madre, a la que muy raras veces llamaba por su nombre.

Carole, que vigilaba con el rabillo del ojo derecho las reacciones de su amiga, giró su cabeza para mirar abiertamente a madre e hija, sorprendida por la denominación inusual de su sobrina, luego puso su mano suavemente en la espalda del chófer que conducía el Laguna por el bulevar Saint Germain a la altura del café Les Deux Magots, y le dijo amablemente:

-Tenga cuidado con el tráfico, Maurice, ya sabe que le tengo pánico a losh cochesh.

Carole no podía olvidar la muerte de Albert al volante del Dos caballos, ni la de su marido Jean Paul Langlois conduciendo a 200 por hora un flamante Bugatti plateado por las endiabladas carreteras de Mónaco. L.H.O.O.Q., pensó de su amiga. En el fondo tiene miedo a quedarse sin hombre, sabe que ya sólo le queda el recurso de pagarse un jovencito de vez en cuando: Elle a chaud au cul, ¡eso es lo que le pasa! El sexo activa el cortex prefrontal ventro-mediano, el hipotálamo y el tronco cerebral. La abstinencia desactiva las partes anteriores. El miedo afecta a la amígdala cerebral. Plácido Domingo está muy disgustado por el desnudo de su nieta. El famoso tenor español Plácido Domingo está muy disgustado ante el desnudo que su querida nieta Ivonne protagonizó para la revista Payboy. Domingo dice que está muy dolido por su familia que no le hace muy feliz. Los sentimientos, la experiencia mental e íntima de una emoción, ocurren en el mismo umbral que separa al ser del conocer, y forman parte de un lugar privilegiado junto a la conciencia. Katheryne L.H.O.O.Q. Caroline y Stéphanie de Mónaco unidas sólo por su padre. Las hermanas Grimaldi han mejorado sus relaciones por cariño a su padre. Caroline y Stéphanie se saludan diplomáticamente en el Baile de la Cruz Roja. Distendida imagen de Caroline y Stéphanie a su llegada al Sporting Club de Mónaco, donde se celebra la gala. La belleza y elegancia de Caroline vuelve de nuevo a brillar. Stéphanie, coqueta y moderna, lleva adornos rutilantes en el cabello, en la espalda y hasta en la venda de la muñeca dislocada. Al igual que le sucede a la reina madre de Inglaterra, la princesa Antoinette, hermana del príncipe Rainiero, es fiel a su estilo para los trajes de gala. Fidelidad que llega al punto de elegir prácticamente el mismo modelo, aunque en diferentes colores, normalmente en tonos pastel. Es evidente lo cómoda que la princesa Antoinette se encuentra en los bailes en que la veo y saludo (era muy amiga de mi marido al que adoraba): gala de la Cruz Roja en el dosmil (azul pálido), Baile de la Rosa en milnovecientosnoventayocho (azul fucsia). Gala de la Cruz Roja en milnovescientosnoventaynueve (amarillo). Las malas lenguas dicen que se trata del mismo vestido y que se lo tiñe. Antes de asistir al baile de la Cruz Roja, Caroline y Ernest disfrutan de unas magníficas vacaciones en un crucero por la Côte d’Azur con sus respectivas proles. Caroline utiliza el Pacha III, el lujoso yate que el fallecido Stefano Casigari le regaló en milnovescientosnoventa, poco antes de su trágica muerte y que ahora disfrutan todos. Caroline y Ernest observan felices cómo sus adorados hijos se doran al sol como langostinos cocidos en la cubierta del yate. André-Albert ha heredado de la madre su compulsiva afición por el tabaco. Charlotte le hace quiliquilí a su hermanita Alexandra. Katheryne, furor uterino, elle a chaud au cul. L.H.O.O.Q., y el español la refrescaba con su pichasempertiesa, y ahora no puede vivir sin él. ¡Hasta se había hecho implantes de testosterona!, como si no le bastara con la que ya tenía.

Katheryn no respondió a la exhortación optimista de su hija y se limitó a mirar hacia su izquierda. Al pasar ante la terraza semicubierta y semivacía (a causa del mal tiempo primaveral) de Les Deux Magots vio sentada a una joven de cabellos negros recién salida de los años cuarenta, de rostro bello y enérgico, con un vestido negro con encajes en las mangas cortas y en el escote en forma de cuadrado. Estaba sola y su mirada era penetrante, expectante e inquieta. Se vio con siete años vestida de Shirley Temple: pelo rubio rizado con lacito blanco, vestidito azul marino una cuarta por encima de las rodillas con puños y cuello blancos, y calcetines y zapatos blancos con correa y hebillas blancas. La justicia es una mierda, decidió. Después de siete semanas detenido en un centro de menores, del que sólo salía para acudir al tribunal, con esposas en las manos y grilletes en los pies, un juez de mi país deja en libertad a un niño austriaco de diez años acusado de incesto. La familia que residía temporalmente en Denver, Colorado, recibe un día en su domicilio la visita de una vecina que vive en el chalet de al lado. La mujer, tremendamente indignada, asegura a los padres que desde su ventana ha visto cómo uno de los hijos del matrimonio ha “tocado” a su hermanita de cinco años. Los padres quitan cualquier trascendencia al asunto y explican que lo que ella ha visto es, probablemente, un juego infantil malinterpretado. Hablan con el pequeño Saoul, el “monstruo”, y éste les explica que tan sólo ha ayudado a su hermanita a desabrocharse los pantalones porque la pequeña no lograba quitárselos para ir al baño. Están lejos de imaginar que tres meses después, cuando toda la familia está durmiendo por la noche, varios policías van a entrar en su casa a las órdenes de un fiscal, abrirán el cuarto en el que duerme Saoul y lo sacarán esposado de pies y manos para encerrarlo en el calabozo de una comisaría de policía. La vecina ha denunciado a los agentes lo que para ella es una atrocidad que deber ser castigada. En función de su testimonio exclusivo, la fiscalía procede contra Saoul por supuestos delitos de incesto y abuso sexual. El pequeño pasa de los calabozos a un centro de detención de menores. A los pocos días es llevado ante el juez para una visita preliminar. El niño lleva esposas en las manos y cadenas en los pies, y apenas si puede andar. Se declara inocente y explica que tan sólo ha pretendido ayudar a su hermanita a quitarse los pantaloncitos para que pudiera hacer pipí. El fiscal convence al juez de la supuesta gravedad de los hechos y dicta su ingreso provisional en un centro de menores, a la espera de una nueva vista en la que puede ser condenado a pasar hasta dos años en el mismo lugar. Tras siete semanas de internamiento, el niño queda finalmente en libertad cuando el juez decide desestimar el caso. Sin embargo, el magistrado no reconoce en ningún momento la desproporción de las actuaciones judiciales, sino que anula el proceso en función de un error de procedimiento: la violación del derecho del niño a un juicio rápido. Con Saoul ya en libertad y en Austria, donde sus padres se han refugiado, el juez recalca que “teníamos razones legítimas para intervenir, y proteger a la víctima y a la comunidad de los presuntos actos delictivos e inmorales cometidos por este menor”. “Tenemos razones legítimas para intervenir y proteger a la vícitma, Katheryn Mendes-Steiner, y a la comunidad, de los presuntos actos criminales cometidos por Pedro Escobar”, dictaminó el Fiscal de la République Française para procesar al español. La calle fue mi casa y mi escuela. No me salvaron ni mi abuela, con la que me confiaron a la edad de 12 años, ni unos pocos meses de colegio. A los 17 me reclutó una banda que vendía drogas y aquel mundo se convirtió en el mío. ¿El proceso? Tenía un abogado de oficio que se ocupaba de cincuenta casos a la vez, y que nunca encontró el tiempo suficiente para seguir una sesión entera, ni presentar un solo testigo: me condenaron a muerte.

Maurice, que no había dicho una sola palabra (ni diría a lo largo del trayecto) pensando en los pechos de Nadine e intimidado por Carole, se detuvo ante un semáforo en rojo en el cruce del bulevar Saint Germain con Saint Michel. Katheryn estuvo tentada de saltar del Laguna. Para hacerlo tenía que pasar por encima de su hija o de su amiga, que la escoltaban tiernamente, y no tenía fuerzas para conseguirlo. El coche reemprendió su marcha Boul’Mich arriba y Katheryn se dejó llevar. No le quedaba otra opción. En el quiosco de prensa junto a la rue de Vaugirard, la segunda edición de tarde del France-Soir anunciaba en grandes titulares: “El cadáver de la viuda Hurtig aparece en Berlín”. Pasó en sentido contrario a la marcha del Laguna señora de unos cuarenta años, bajita, barriguda, tetona con una minúscula minifalda, sandalias de tacones altísimos, y un gorrito verde de perlé. Encima del capot de un vehículo aparcado junto a la acera derecha ascendente había pareja de enamorados enlazados estrechamente como si estuvieran solos en el polo norte. La chica con gafas de miope y expresión de retrasada mental hacía gala de una refinada sensualidad, lamiendo, sorbiendo y besando cada milímetro de la oreja y mejilla de su amante (al que aprisionaba entre sus muslos) esmirriado y con gafas de culo de vaso gordo, para terminar por succionarle los labios como una ventosa. Familia de edad media al completo, padre, madre y dos hijos varones, toda equipada deportivamente y con cascos aerodinámicos, subía pedaleando penosamente a cuatro kilómetros por hora entre el tráfico hacia el Luxembourg. Si un día me pierdo que no me busquen en Los Ángeles, es una ciudad de fontaneros y contables. Un amigo de mis padres, un pobre actorucho de Hollywood elige mal su disfraz de vaquero. Un policía de verdad, que acude a la llamada de un vecino al piso donde se celebra una fiesta ruidosa de Halloween, le dispara de verdad viéndose apuntado con una pistola de mentira que él creía de verdad. Simone Weil me fascina, ¿cómo podría encontrarse una mujer parecida en Los Ángeles? Trabaja en las fábricas, lucha contra el fascismo en España, rechaza el estalinismo. Está con Dios y actúa libremente porque dice que lo único que creó Dios fue el amor y los medios para el amor: “Dios existe porque mi amor no es ilusorio”. ¿Mi amor por Pedro Escobar es ilusorio?, luego Pedro no existe. Joyerías Pelletier, boulevard Saint Michel. Plinio el Antiguo llamó a los diamantes la más bella de las posesiones del hombre. Esta piedra mítica es puro carbón, uno de los elementos que más abundan en la tierra. Un diamante sin color es realmente simple carbón, con los mismos átomos exactamente que el grafito o el carbón para quemar. Lo que hace del diamante un carbón único es la manera en que se formó hace millones de años. Bajo intenso calor y presión del magma líquido de la tierra, los átomos del carbón cristalizaron en una sólida forma cúbica, que le dan a este material su insuperable dureza. El valor de los diamantes viene dado por cuatro cualidades: quilates, corte, limpieza y color. Un quilate equivale a 1,5 gramos. Los diamantes pueden ser rojos, verdes, azules, naranja e incluso de otros colores más extraños. Los diamantes comenzaron a usarse en la India. El más pesado de los diamantes conocidos tiene 616 quilates, pero la impurezas rebajan su precio. La corona del sha de Irán tiene 3380 diamantes. Uno de los mercados de diamantes más importantes está en Tel Aviv. Las exportaciones de diamantes de Israel generan más de un billón de dólares al año. Tía Norah dixit, y también lo decía Marilyn y los joyeros: “Los diamantes son el mejor amigo de las chicas”. Los últimos días he vuelto a tener síntomas variados que el doctor Leclerc achaca al estrés y a mi ansiedad: irritabilidad, agresividad, labilidad emocional, inhibición del deseo sexual, alteraciones gastrointestinales, insomnio, cefaleas, consumo y abuso de alcohol y tabaco, y agotamiento. Incluso ha aumentado mi presión arterial, el colesterol, la glucemia y hasta el ácido úrico. El doctor Leclerc, mi médico, me ha puesto un tratamiento de psicoterapia y una medicación basada en psicorelajantes y estimuladores de los sistemas dopaminérgico y noradrenérgico para ayudarme a reestablecer mi energía, y advirtiéndome de que no me convenía en absoluto actuar sobre mi sistema serotoninérgico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 18

 

 

Cuando Pedro Escobar acompañado del capellán y Vito que lo siguieron como su sombra llegaron a la enfermería, Darue acababa de expirar. Antes de exhalar su último hálito entre espasmos, diarreas y vomitonas de tinta Gestetner, el periodista tuvo ánimo para garrapatear en los azulejos blancos de la pared con la propia tinta que había salido de su boca y de otros orificios de su cuerpo, las siguientes palabras: “Pedro, bolígrafo, papel, direct”.

-Ahí lo tienen de cuejpo pjesente. El que a hiejo mata a hiejo mueje –dijo el enfermero de guardia, que era de Valladolid aunque llevaba más de treinta años en París y estaba a punto de jubilarse.

-Murió con las botas puestas –dijo Vito sin mucha lógica.

-Querrás decir que murió porque no le dejaban seguir calzándose las botas –se atrevió a replicarle el capellán envalentonado, sabiéndose en su terreno.

-¿No va a rezar una oración por su espíritu? –preguntó Pedro, deseoso de huir de la enfermería lo antes posible. La vista del cadáver de Darue había comenzado a producirle una tiritera incontenible.

-Lo suyo es que cada uno de nosotros le eche también un párrafo al muerto. ¿Por qué van a ser los curas los que siempre digan la última palabra? Cuando salga de aquí montaré una empresa de funerales laicos –dijo Vito seriamente.

-Estoy de acuejdo con éste –dijo el enfermero que era un anticlerical beligerante-. Yo sejé tu socio. La Iglesia acaba metiéndonosla al final y Darue no eja católico. Él me lo confesó en vajias ocasiones. La jepública de las letras ha pejdido a uno de sus más ilustres tribunos.

-No se trata de que este pobre hombre fuese o no fuese creyente sino de que es un ser humano y no se le puede dejar morir como a un perro –dijo el capellán Didier.

-A los perros muertos también se le rezan oraciones hoy día, e incluso les dejan fortunas –dijo Vito-. Practicó el ejercicio de las letras como noble escuela de vida.

-Eja un franco tijadoj del pejiodismo –dijo el enfermero-. Su gran enemigo eja el tiempo y el jodido dijectoj de su pejiódico.

-Sociedad pueblerina, mi contemporánea, te odio –parafraseó Vito escupiendo-. Escribía como si ya no perteneciera a la cultura de los vivos, con sinceridad, con libertad, con crueldad.

-Tenía el encanto del actor que asume diferentes papeles y acierta a convertir el monólogo en una rica discusión coral –dijo el capellán tratando de no quedarse desplazado en la ofrenda de elogios fúnebres.

-Eja pajtidajio de la emigración libre y del bajullo tangencial –dijo el enfermero, y luego sentenció-: Lo hiciejon preso sus amigos y lo honjajon sus enemigos.

-No escribir para él era espantoso, le parecía que el orden del universo dependía de que escribiera o no. Y seguramente dependía. Estaba seguro de que si no escribía, se aceleraría la rotación de la tierra, y se iban a producir catástrofes humanitarias de todo tipo –dijo Vito de un tirón tratando de que el cura no pudiera meter baza. Pero fue en vano.

-Has abierto un camino. Está más lejos que el horizonte y que el punto de partida –dijo severo el capellán, y antes de que pudieran interrumpirle prosiguió-. Y es el que te lleva donde quieres estar. Está lleno de luz y posibilidades. Las que tú quieras inventar. Sigue escribiendo en el más allá. Seguro que hay más. Porque Dios te ama como eres. Requiéscat in pace. Amén.

-Amén, leches –dijo Vito

-Amén, coño –dijo el enfermero.

-Amén –dijo tiritando Pedro Escobar, que salió disparado hacia la biblioteca para seguir escribiendo la vida de Pesc, porque presentía que a él también se le iba a acabar el tiempo.

-Narre la actividad del protagonista durante la década de los noventa –reclamaba insistentemente el programa CLT, que Pedro había dejado encendido con la prisa de ir a ver a Darue.

-Pesc deviene el redactor cultural más influyente de La Opinión, que era en los años ochenta el periódico por antonomasia de España, el de mayor prestigio indiscutido e indiscutible. La fertilidad y versatilidad de Pesc…

-Por favor, no es conveniente repetir los mismos datos. Esto ya lo ha escrito anteriormente –interrumpió el CLT.

-Bueno, lo que pretendo decir es que la excelsa brillantez de Pesc no pasó desapercibida para los cazadores de talentos de la empresa privada que le lanzó sustanciosas ofertas profesionales con el fin de tentarlo y ficharlo. Pesc no pudo resistirse a la suntuosa esplendidez de una multinacional publicitaria con sede en España: Publi Espain Company, y tras despedirse sin remordimientos de sus compañeros y jefes de La Opinión, porque es preciso remarcar que Pesc nunca se arrepentía de lo que hacía, se entregó con sus cinco sentidos, alma, vida, corazón y apasionamiento, al mundo y negocio de la publicidad: como si fuese la prima cosa que hacía en su vida. Con el objeto de adquirir la formación profesional necesaria para llegar a convertirse en uno de los mejores publicitarios españoles, si no en el mejor de los publicistas españoles, Pesc realizó los siguientes cursos y másteres: Capacidad personal. Capacidad afectiva. Capacidad de decisión. Capacidad motival y actitudinal. Capacidad perceptiva y cognoscitiva. Capacidad comunicativa y negociadora. Capacidad integradora y plurívoca. Previsión y prospectiva. Planificación general. El conocimiento humano. El sistema de marketing. Marketing internacional. El estudio del Mercado. Plan de marketing. Marketing del producto. La imagen comercial. La Publicidad. Publicidad y comercio. Publicidad y consumo. Publicidad y sociedad. Publicidad y arte. A la finalización de sus interminables estudios Pesc sacó en claro y sin confusión la doctrina de que la publicidad inculca la filosofía social e individual de nuestro tiempo, marcando la ética y la estética dominantes. Doctrina que se iba a convertir en la cruz y guía de su existencia, la cual le consagró por entero.

-Vuelve a repetirse, su texto es reiterativo –reprochó el CLT.

Pedro Escobar observó que el ex jefe de la Gendarmería acababa de sentarse de nuevo poniéndose a leer un taco de periódicos que había traído bajo el brazo. De pronto levantó la cabeza y le gritó:

-Han encontrado muerta a la viuda Hurtig en Berlín, ¿lo sabía?

No lo sabía ni le importaba un carajo. La única viuda que le interesaba era la viuda Katheryn, que probablemente en ese momento habría ya decidido sobre su destino.

-¿De qué ha muerto? –preguntó Pedro para no ser grosero con su admirado personaje.

-Al parecer ha sido asesinada por su amante –dijo el gran truhán.

-Ah –se limitó a responderle Pedro al sentirse aludido y, sonrojándose, continuó con su programa CLT.

-Al principio de su fulgurante carrera, a Pesc le encantaba la publicidad que él denominaba romántica y conoció y estudió auténticas joyas de la misma. El encendedor del Maharajá. Hace tiempo los valores eran diferentes. Las cosas pequeñas tenían a veces más importancia que las grandes. En París, S. T. Dupont fabricaba precisamente alguna de estas cosas pequeñas: preciosas valijas de viaje destinadas a los ricos de este mundo. Trabajadas a mano con los cueros de mejor calidad, dejaban al descubierto, cuando se las abría, pastilleros de oro, frascos de perfumes de cristal tallado, y peines y cepillos de nácar y marfil. Hasta que un día, el Maharajá de Patiala quiso también una para él. Pero la quería más grande, más costosa y más completa aun que todas las que S. T. Dupont había fabricado nunca. Y entre la lista de cosas que debía contener su valija, figuraba un objeto en el que jamás había pensado S. T. Dupont: un encendedor. Los orfebres de S. T. Dupont se pusieron manos a la obra sin descanso, y realizaron un maravilloso encendedor, digno de la valija del fabuloso Maharajá de Patiala. El primer secreto de Schhh. Ahí está uno de los secretos de tónica Schhh. Su fuerza. A través de la botella sólo se insinúa un grácil movimiento de burbujas. Pero destape, sirva y ¡escuche! ¡y vea! Schhhhhhhh. La fuerza de la tónica se abalanza hasta el borde de la copa estremeciéndola de vida, y en el aire vibra insinuante y levemente agresiva la melodía Schhh. Mi próximo viaje de negocios, también lo haré con mi marido. La verdad es que los negocios son suyos, Pero los aprovechamos para hacer turismo juntos. Siempre hay ratos perdidos en un viaje de negocios. Desde que tuve el desenfado de convertirme en “una mujer de negocios”, estos momentos son los mejores para los dos. Recuerdo nuestro último viaje a Bruselas… “Es un viaje relámpago. Casi no vamos a tener tiempo de nada”, me dijo. Pero me mantuve firme: “dicen que Sabena facilita mucho las cosas”, insinué… Volamos con Sabena. Magnífico el viaje. Magnífico y eficaz el intérprete de español en la Recepción comercial de Sabena en el aeropuerto de Bruselas. En unos minutos proporcionó a mi marido una serie de datos comerciales que le hubieran tomado toda una mañana. Y a mí, toda la información necesaria para ser una perfecta turista en la Capital de Europa: monumentos, hoteles, restaurantes, los famosos almacenes de encajes. Su conferencia duró menos de lo previsto. Las tiendas habían ya cerrado y era hora de ir a cenar. “¿Probamos aquí?”. Era un delicioso restaurante típico. La noche comenzaba. “¿Te has acordado de cambiar el vuelo?”. “Sí, pasé por Sabena esta mañana”. Perfecto. Luego podíamos…He aquí por qué los señores Cortés prefieren ir a Bruselas por Sabena. El segundo secreto de Schhh. Una copa. Y en la copa, tónica pura, sola, opalescente y, sobre todo, viva. Escuche. Usted entiende el lenguaje de su tónica: Schhhhhhhhhh. Cantan las burbujas en el borde del vaso anticipando su sabor seco, agudo, vigoroso, sutil y refrescante. Un secreto que guarda para usted Tónica Schhh…El banco del señor López. Don Antón López Herrero es el representante comercial de una importante firma de calzados. En sus desplazamientos va de Banesto en Banesto, como dice él. Y en todas nuestras oficinas le tratan como a un viejo amigo. Tiene tanta confianza en nosotros que considera a Banesto como su banco particular. Incluso nos pedía que le pusiéramos una oficina en Alcorcón, y al final se la hemos puesto. La verdad es que en Banesto reciben la mayor atención sus problemas particulares. En Banesto, cada uno de nuestros clientes, cualquiera que sea su edad y profesión, es un amigo particular a quien se estima y conoce perfectamente, y no un número…

-¡Ajá! –saltó Vito a la espalda de Pedro-. Conque coqueteando con los corruptos de la era socialista, ¿eh? –Añadió sin mucho sentido. Y antes de que Pedro Escobar pudiera explicarle, se lanzó en picado-: Los socialistas se presentaron como los guardianes y detentores de la ética republicana del 36 y han sido los alcahuetos de una de las mayores época de corrupción de la historia de España.

-¡Pero qué me dice, hombre! –replicó Pedro cabreado y sin miramientos-. ¡Si estoy escribiendo sobre la publicidad que se hacía en los años setenta!

-Justo, ahí fue donde empezó a joderse todo. Si hubiera habido una auténtica ruptura a la muerte de Franco, habríamos acabado con todos los fascistas y sinvergüenzas del país, y no tendríamos la democracia formal y descafeinada que tenemos.

-Mira, Vito. No me apetece nada hablar de política en este momento. Me aburre el tema.

-Me aburre el tema, me aburre el tema –repitió burlón-. Te aburre el tema porque tú has sido uno de esos chaqueteros que cambian más de color que los camaleones.

-El mundo lo ha inventado la estúpida naturaleza, perdona –respondió Pedro sin importarle las represalias que Vito podía tomar en contra suya.

-La falta de coherencia puede darse en varios sentidos: de izquierda a derecha, como de derecha a izquierda. Yo nunca he sido rojo ni hipócrita. Y siempre he ido por derecho. No como otros.

-Oye, Vito, ahora no tengo ganas de discutir contigo –dijo Pedro en tono más conciliador-. Espero la visita trascendental de mi abogado, y antes me gustaría terminar esta historia que estoy escribiendo.

-Vale, vale, te dejo como a Landeiro con su pandeiro. Hay gente que cuenta todo lo que sabe y gente que sabe más de lo que cuenta. Algún día te hablaré del folclorio, el jubilorio y la estupidera española, y te contaré toda la basura que yo he visto debajo de las alfombras de la transición y de la democrassía. Ahora me voy a resolver algunos flequillos pendientes – concluyó Vito alejándose de la mesa de Pedro y yendo hacia la del ex jefe de la Gendarmería, que había hecho un gesto para llamar su atención.

Pedro Escobar pensó que el conocimiento del entorno en que se hallaba era necesario para crear una respuesta a las provocaciones del medio. En La Tensa no me interesa nada de lo que sucede fuera de mí. Yo sólo me intereso por mí mismo. Es aburrido ganar siempre. Nadia anuncia emocionada que su tío Raoul viene para cuidar de ella mientras sus padres se van de viaje. Cuando Raoul visita el colegio se produce el encuentro con Alba, la hermana mayor que no quiere saber nada y se niega a que Nadia se quede a solas con su tío, ya que ella sufrió sus abusos sexuales cuando tenía siete añitos. Holly Fallagher es una enfermera con mucho futuro que trabaja en el hospital donde murió la madre de Kaleb. La misteriosa y repentina muerte de Holly, cuyo coche cayó al río Hudson, es investigada ahora por Gail, que acusa a Lucas Bucks de haber intervenido, ya que fue la última persona que estuvo con ella antes del accidente. Cristina basa su vida en el éxito profesional, donde se refugia y esconde sus relaciones íntimas, solitaria y angustiada, se encierra en la autocompasión o se enreda en vías absurdas de escape. Cuando entra en la consulta no es consciente de la profundidad de su problema y, por lo tanto, no habla de ello. Julito es un prestigioso informático que desde el principio provoca las antipatías de todos y, ¿por qué no decirlo?, de la mayoría de los espectadores. Es prepotente y oculta su impotencia (se masturba con rabillos de ternera) tras una actitud de listillo. A Rosa es una muchacha escuálida de una aldea de la A Coruña profunda. Aunque es semi analfabeta y no se le entiende muy bien cuando habla castellano, posee una voz portentosa y puede cantar hasta Gospel y negros spirituals en americano. Va de triunfo en triunfo y es designada representate española para el festival de Eurokakatelevisión 2002 de Tachin-Tachin en la República Hanseática. Catorce millones de espectadores contemplan la gala convencidos de que A Rosa ganará el primer premio porque es pañola y no hay otra mejor. Pero la de la A Coruña sólo conseguirá el séptimo puesto por la envidia y la manía que le tienen a España en todo el mundo. Paco opina que Raquel, la vecina con la que ha iniciado una relación sentimental, dedica demasiado tiempo a su hijo. Aunque el niño está encantado con él, Paco no acepta bien la presencia del pequeño. Los dos tendrán que pasar un rato juntos cuando Raquel deja al irresponsable de Paco al cuidado de su hijo. Ni corto ni perezoso, Paco degüella con un cuchillo de cocina al pequeño. Nerea está obsesionada por la investigación del asesino en serie. Hay ciertos aspectos que no concuerdan entre unos asesinos y otros. También se siente observada y cuando sale de visitar a su madre del asilo, alguien la graba con una cámara de vídeo digital…Paula sospecha de Alicia, la canguro que cuida a la niña. Cree que tiene que ver algo con la madre o con las personas que dejaron a la pequeña en casa de Jorge. Tan convencida está de ello que idea una estratagema para desenmascararla. Jorge y Paula le dicen que se van de viaje de boda con un amigo común, pero en realidad, los dos se esconden tras las cortinas del apartamento de Paula para espiarla. Marga cree que la ruptura entre su marido Felipe y su compañero sentimental, Marco, está cerca. Su ilusión aumenta cuando su esposo llama para quedar con ella. Tras la cena íntima se siente feliz al despertar y ver que Felipe está atendiendo a las niñas. Pero cuando todo parece estar arreglándose, Felipe le enseña un sobre que contiene el preacuerdo de separación de mutuo acuerdo. Bárbara es la tímida adolescente. Adolece de infantilismo, dependencia paternal y todo eso. A medida que madura, los síntomas de su trastorno disminuyen, pero entonces será el padre quien acudirá preocupado al fisicoterapéuta ya que su hija empieza a tomar sus propias decisiones. Ernesto es un joven que ni estudia ni trabaja ni diseña e hipoteca su apatía social a la falta de identidad que acusa. En el grupo tiende a callar y a observar desde la insolencia y un sentido del humor fuera de contexto.

-¿Desea salir ahora del programa? –preguntó el CLT a Pedro, cortando las ideas mediáticas que pensaba desarrollar en el D.R.V. (departamento de realidad virtual) de Publi Espain Co. cuando abandonara La Tensa. De repente y sin ninguna razón que lo justificara, se sintió optimista en cuanto a la inminente resolución de su caso.

-Pesc se comportaba como un genio en todo lo que acometía. Su estilo publicitario se hizo inconfundible. Mezclaba las ideas, los códigos, los mensajes. Recuérdense sus anuncios sirviéndose de las consignas de mayo del 68, por ejemplo, aquel que decía bajo los adoquines está la playa…

-La frase bajo los adoquines está la playa  aparece con anterioridad en su relato –volvió a interrumpir el CLT.

Pedro Escobar habría jurado que nunca había escrito la frase subrayada por el CLT., pero le parecía grotesco ponerse a discutir con el programa y modificó su información.

-La pub me permite estar en contacto permanente con la juventud, conocer siempre a gente nueva, viajar…, decía Pesc, viajar a siete capitales distintas en una semana y no saber en qué lugar me encuentro. Por otro lado, antes no me gustaba la prensa rosa. Jamás leía una revista del c., las despreciaba, en cambio, ahora me divierto haciéndolo. Más tarde Pesc dirá: Hay que tener pudor a ser pudoroso. No admito ningún tipo de censura. La finalidad de un anuncio es vender. El erotismo y el sexo se están mostrando de forma más explícita que nunca, y si es así, es porque se cuenta con que nadie se va a escandalizar. La agencia de publicidad de Pesc, Publi Espain Company, esponsorizó un programa televisivo dirigido a las jóvenes, en que la famosa y polémica presentadora de televisión Belén Ballesta hacía una demostración práctica de cómo se tenía que colocar un tampón vaginal de una conocida marca comercial del género..

Lo que Pedro Escobar no contó al CLT es que él mismo acabó por disfrutar “visionando” programas (todos los cuales batían récords de audiencia) como Crónicas Marranas, Túmbala, El Gran Hortera, La Isla Casposa, T. de Tarados, el Inframundo, y otros de igual cariz, frecuentados por proxenetas, alcahuetas, charlatanes, locas, enanos morales, disminuidos mentales, famosos delincuentes famosos, ninfómanas, hombrespolla, hombrestetas, hembrastetas, y pícaros miserables, y ello, a pesar de que el propio Pedro hubiera enviado en sus tiempos de periodista una airada carta de protesta a su propio diario contra una cadena de televisión hermana: Mientras más aumenta la potencia de los ordenadores, más se reduce la capacidad de los cerebros: No hay sino echar una mirada a nuestro alrededor para comprobar el aumento de la miseria moral y cultural de nuestra sociedad y en especial de nuestra televisión. Estoy ofendido, me ofenden todos esos programas que se empeñan en darnos y ocupan una parte muy importante de su tiempo de emisión con chismorreos sobre otras personas, espectáculos tan denigrantes como “Tamara & Company”, calumnias, insultos, etc. Como periodista, me imagino que todos los que trabajamos en la información nos hemos olvidado de algo tan elemental que aprendimos en la Universidad, como es el de que toda información debe contener una mínima carga educativa. ¡Qué es lo que estamos haciendo! Basura les damos, basura, para que se rían de sus semejantes, para subir las audiencias, para ganar más dinero… Pedro Escobar tampoco quiso recordar que había escrito en una ocasión algo así como que “en la cápsula del tiempo que ha construido el arquitecto Santiago Calatrava y que va a permanecer cerrada en Nueva York hasta dentro de mil años, deberían meter también a la mayoría de nuestros famosos actuales”. Paradojas de la vida. Pedro acabó convirtiéndose en amigo íntimo de muchas de nuestras celebridades españolas y fue invitado frecuentemente a la fiestas de la Jet en Marbella y a inauguraciones de negocios o incluso a la colocación de la primera piedra del restaurante de la archifamosa tonadillera María Isabel Jurado, cuya ceremonia Pedro Escobar sí contó al CLT con todo lujo de detalles.

-María Isabel Jurado, ahora empresaria, cumplió 40 añis (como dice ella). Feliz y enamorada con el alcalde de Puerto Banús en el acto que dio el pistoletazo de salida a las obras del complejo de la folclórica. La artista, con los objetos personales que metió en una urna, junto a la primera piedra, entre ellos, un babero de su hija Chabela. En el tradicional cofre que se suele enterrar al inicio de las construcciones, María Isabel introdujo algunos objetos personales, todos ellos con gran valor sentimental para ella: “Son cosas muy significativas para mí. El juguete más preciado de mi hijo cuando era chiquitito, un llavero, los primeros zapatos de fútbol de Curro, que es un forofo de este deporte. Un mantoncillo mío al que le tengo mucho cariño especial. Una estampa del Cristo de las siete caídas. Una parte de un traje de torear de mi Manolo que está en Colombia toreando, y que quiero que esté presente en esto, aunque no puede ser físicamente, pero sí en mi interior. Sor Ángela de la Cruz también estará presente con nosotros para que nos ayude. No, no me ha dado pena desprenderme de cosas tan personales, porque esto va a ser nuestro, de la familia, y qué mejor que nuestras cosas personales. He puesto mi corazón en este proyecto y en esa caja va también mi corazón. Cada uno ha dado lo que ha querido. Mi hija Chabela, que es muy pequeña, al ver su nombre en un babero, me lo ha entregado. Curro ha pensado muy bien lo que quería entregarme, que era su estampa del Cristo, sus botitas, y estampas de algunos futbolistas del Real Madrid y del Sevilla…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 19

 

 

 

El Laguna rodeó la rotonda de la plaza Edmond Rostand y enfiló a velocidad media la Rue Gay Lussac, otrora devastada por los jovencitos del sesentayocho, entre los que se encontraba, según propia confesión, Pedro Escobar.

-Mamá, ¿te sientes bien? –preguntó Alberta viendo el abundante sudor que perlaba la frente de su madre.

No adoptes actitudes excesivamente serias ante tus problemas diarios. Despreocúpate del prestigio y estatus. Combate la autocontemplación y cultiva el olvido de ti misma. Riéte de ti misma. Acepta tus propios defectos y cualidades. Cuando un problema tiene solución, piensa en todas las soluciones posibles. Si no lo tiene, olvídalo e intenta aceptarlo de la mejor manera. Recuerda que sonreír consume menos energía que fruncir el ceño. Trata de interpretar de forma humorística algunas situaciones difíciles. Recuerda que una clave para ser socialmente aceptada es que hables y pienses siempre en positivo. Bebé amarillo y blanco. Los dos bebés son gordísimos y con carrillos de hamsters, pero no hay ningún bebé rojo sino blanco. Ello se presta a toda clase de bromas: que si el pintor es daltónico, que si se ha vuelto así el espectador, etc. X-Face-men, escultura en bronce con pene descomunal (¿cómo el de Pedro Escobar?). Mono sobre moto. Dos chimpancés, uno conduciendo y otro en sidecar, salen disparados de una cocina repleta de cacharros de cocina. Pizarras. Tres pizarras enmarcadas y acristaladas: una está cruzada por una raya horizontal de tiza, otra por raya en forma de arco, la tercera, llena de explicaciones como las de los maestros. (Belleza y horror en el arte contemporáneo, apocalipsis ahora). El Pastor. Está vestido con pieles de diferentes piezas y colores que dejan el torso desnudo hasta sus órganos sexuales enormes (¿como los de Pedro Escobar?).

-A tu madre no le pasa nada. She encuentra perfectamente bien –dijo tía Carole, dando una palmadita en el muslo izquierdo de Katheryn-. Lo que neceshita son ondash de choque. Un verdadero rojo para parecer sexy, una pincelada de oro para mirada deshtellante, tonosh pashtel para regalarshe un flash de luz. Tiene que darshe coloresh que shiempre reshultan. Mirada vibrante: pepitash de oro en lash peshtañash, la mejor manera de clarear shush pupilash (lo único infantil que le queda). Ademásh, luz shutil, blanco lechoso o grish nuboso. Afeitesh con efecto, rosa irisado, nácar con reflejosh, polvosh de luna, y una she deja llevar por la ternura. La piel que neceshita. Deja que tu piel te hable. Aunque no tengash un 90 como la top modelo Inésh de la Fresshange. Lo primero esh una piel tónica y shin mácula. Lo eshencial esh que brille. Corto, largo, rizado, tieso, ¡qué importa la forma del cabello!, lo importante esh que brille. Para calmar todash lash pequeñash anshiash del cuerpo, lash aguash revientan el verano. Ligerash como velosh, refreshcantesh como limonada helada, hidratantesh como savia, y tónicash como un cóctel: son fórmulash mágicash para vestirshe con un soplo de perfume. El gran eshcalofrío. Aguash tónicash: cashcadash de energía. Aguash shuavesh: ganash en perfume, pierdesh en alcohol. Juegosh acuáticosh : fluidosh con shenshacionesh. Aguash de eshmero: lluvia de bienesh. Y mantente ligeramente bronceada: para calzarte shin mediash lash sandaliash de tirash finash, y coordinar tu cuerpo en un tono beige dorado. Practica losh eshpraysh: vaporiza, extiende, cubre. Su textura (obviamente fina para ser vaporizada) acelera a la vez shu tiempo de penetración y shecado. Un agua ambarina que she sheca Illico preshto: esh el Flash Bronzer de Langlois. 45 minutosh trash shu aplicación y el color comienza a shubir. Shu shishtema de enfrashcamiento permite pchishtarlo incluso cabeza abajo, para no olvidar ninguna parcela de tu cuerpo. Shol: regreso del placer. Protegershe de losh rayosh del shol esh una obligación. Pero a día de hoy, shi aumentan losh índicesh, también aumenta el placer. Texturash acariciantesh, fluidosh embellecedoresh y aceitesh inteligentesh: toma el shol correctamente para broncear verdaderamente bien. Losh pequeñosh placeresh de la sombra. Promenade en un jardín inglésh: el Boshque de la Reina en Rambouillet, un auténtico dédalo de pétalosh, de vida privada. Todo lo anterior te permitirá llegar zen al día del proceso.

¡Qué tía más cursi y pesada! y mi patrona sin reaccionar, según veo subrepticimiante en el retrovisor. Todavía no ha dicho una sola palabra desde que se ha subido en el coche. De las mundanidades marranas a los sentimientos más oscuros sólo hay un paso que Pedro Escobar se atrevió a dar. El plan lo trazó con habilidad diabólica y lo llevó a cabo con locura asesina en un ambiente fantasmal, impulsado por la codicia. Pero en el fondo es un vagabundo, un bricolador y un linguëro aturdidor. Está aterrada. La conozco y sé que está aterrada. Daría millones por poder librarse del día del juicio. Pero ya no puede evitarlo. Ciento cincuenta millones de dólares al año se gastan sus compatriotas en sus chuchos. Ella adora los chuchos, pero no puede tener uno en casa porque se lo prohíbe su religión. Después del abogado, iremos a ver una bonita exposición canina. Parece más el verdugo que la víctima. Otro tema de guión sería que todo lo hubiera ideado la tía cursi con el fin de eliminar a su rival, y aunque los hechos y las pruebas no encajan, no deja de ser verosímil. Ella odiaba al “eshpañol” y ahora está feliz por verle quitado de en medio y en chirona. Podía haber sido la instigadora del intento de asesinato y haber fingido ser cómplice de Pedro, y luego tenderle una trampa para tenerle pillado y que no pudiera acusarla, o incluso si lo hacía, quién iba a creer a ese pobre diablo. Su vida disoluta y el móvil del dinero lo señalan como culpable. En realidad, mi hipótesis es bastante tarabiscotée. Ni más ni menos que los guiones de las películas de La Universal o de la Warner, en los que siempre hay algo que queda descolgado, algo qui cloche, como el gánster duro que se enamora locamente de la mosquita muerta tullida que luego resulta una lagarta. Hay que ser serio sin tomarse nada en serio. Madame Mendes-Steiner no es seria, pero se lo toma todo en serio, y al final hace despropósitos de enmienda. ¡Hijo de puta de viejo! Se empeñan siempre en cruzar con el semáforo en rojo. Por poco se mete debajo de las ruedas y me busca la ruina. Otra posibilidad que tiene madame es la de hacer que le eliminen al español. No sería difícil por una cantidad razonable de dinero, y sin riesgos de delación o chantaje, porque ningún funcionario ni ningún preso va a autoinculparse. ¡Un rutinario suicidio y carpetazo!

Fiscal de la República: Usted, con un lenguaje que me parece apropiado para los tiempos en que vivimos, ha dicho un taco y me parece perfecto, y ha dicho que el alcalde le tocaba las tetas y el coño, de vez en cuando, en su despacho. ¿Una persona en esa situación no pide auxilio?

Víctima: Al principio tú te defiendes. Yo me volvía, y le decía: “¡Qué haces¡”. Él me contestaba: “Te estoy tocando el coño. ¿Te molesta, qué vas a hacer, me vas a pegar? Yo te toco el coño cuando me sale de la polla”. Al principio, no le doy importancia, pero cuando me doy cuenta de lo que está pasando, le digo que me voy. Pero él no quiere, no me deja que me vaya, y me dice que lo estoy haciendo muy bien mi trabajo y que no me va a molestar más. Yo no digo que le creyera del todo, pero pensé que me iba a dejar en paz.

Fiscal de la República (en plan borde): Usted aguanta todo esto y cuando usted lo estima oportuno se marcha. Ésa es su contestación, yo la respeto. Pero ¿por qué, en otra ocasión, usted no echó el cerrojo de la puerta de la habitación del hotel de Reims donde el acusado la sometió a presuntas vejaciones?

Víctima: No me fijé si había cerrojo o no.

Fiscal de la República (en tono sarcástico): No se fijó si había cerrojo, ¿No le parece contradictorio?

Víctima: Le repito que no me fijé.

Fiscal de la República: Usted, con 24 años (cuando ocurrieron los hechos) tenía encauzada su vida profesional y no precisamente en la peluquería de la esquina, y yo le pregunto: ¿por qué cambia ese trabajo de futuro en París por una cosa incierta, aleatoria, pasajera, como puede ser la de ir en unas listas del EDF para las elecciones cantonales?¡Dígame por qué! (Clama el Fiscal de la República, y luego prosigue en el mismo tono airado): ¿Por qué, usted que ha pasado ese calvario, usted que no es la empleada de Carrefour a la que le tocan el trasero y tiene que aguantarse porque es el pan de sus hijos. Usted que no tenía por qué aguantar eso, por qué ante ese terrible pavor que le producía la presencia del inculpado, por qué no dice basta, se acabó, me marcho, y ahí se queda el puesto de concejal?

Víctima (llorosa y sollozante): Me estaba jugando mi dignidad.

Fiscal de la República (despreciativo): Su dignidad, su dignidad. Uno se marcha si se tiene dignidad y después denuncia.

La justicia es una mierda, pensó Katheryn.

Cuando mi padre fue llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara, su situación no era muy envidiable. En el verano de 1955, Joe McCarthy había desaparecido, pero sus discípulos y sus métodos seguían reinando en Washington. Previamente, Oscar White, Josh Brand y Paul McCarny habían pasado por el sillón de los testigos dándose golpes de pecho, citando nombres y hechos que acreditaban La infiltración comunista en los círculos del espectáculo de Frisco. Otros testigos se mostraron más reticentes o altivos y su “falta de cooperación” había sido castigada con periodos de cárcel y puestos de “honor” en listas negras, cuya existencia se negaba, pero que habían destrozado las carreras de infinidad de artistas e intelectuales. Tras una década de guerra fría, la izquierda norteamericana había sido aniquilada o desmantelada. Pero mi padre (con el apoyo incondicional de mamá) no se dejó achantar. Ni siquiera recurrió a la Primera Enmienda, la Quinta Enmienda u otros recursos judiciales invocados por algunos testigos que se negaron a contestar a las repugnantes preguntas de los cazadores de brujas. Él vio toda la situación como un atropello de todas las libertades en las que había sido educado y había creído. De manera que impugnó la legalidad del Comité manifestando su desprecio por los inquisidores: Estas preguntas son inmorales, yo no voy a responder a cualquier cuestión que se refiera a mis relaciones personales, mis creencias religiosas o filosóficas, mis creencias políticas o cualquier otro asunto de mi vida privada. Pienso que es muy impropio que a un norteamericano se le hagan esas preguntas, especialmente bajo coacciones como estas. El fascismo ya había penetrado en mi país. No se lo perdonaron y lo persiguieron implacablemente. Sí, pero Pedro Escobar no es mi padre. El español es el fascista, el delincuente, y tiene que pagar. La justicia es necesaria, si no, es la jungla. Mi padre era todo un hombre, Pedro es un hombrecillo. Mi padre creía en el Dios de Moisés, Pedro, en ninguno, mi padre creía en la Libertad, Pedro: “Hago lo que quiero”. Mi padre amaba a su prójimo, Pedro lo teme y lo adula. Mi padre tenía palabra, Pedro hace compromisos sin principios. Mi padre creía en la libre empresa, Pedro en el robo y la trampa. Mi padre practicaba las relaciones humanas, Pedro, el politiqueo y el poder sobre los hombres. Mi padre era sabio, Pedro, un especialista. Mi padre buscaba la unión sexual, Pedro, la posesión de la mujer. Mi padre respetaba la Ley, Pedro es un burócrata. Mi padre era un activista revolucionario, Pedro, un camaleón.

Cuando el Laguna se detuvo ante el número 38 de la rue Gay Lussac, Katheryn había tomado ya su decisión inquebrantable. En el elegante bufete de maître Lenôtre: alfombras, cuadros impresionantes, maderas y cuero por doquier, aguardaba también el abogado de oficio de su ex amante. El joven e inexperto licenciado, que fue becario del despacho en los últimos años de su carrera, había recibido de su antiguo patrón la promesa de un contrato de trabajo y llegó a un acuerdo “entre colegas” con él. “No utilizaré argucias de leguleyo, no presentaré testigos ni recursos en favor del demandado o reo, y me limitaré a plantear una defensa pasiva y breve”, le aseguró a su antiguo y futuro jefe. La vista oral de la causa, demostración o periodo probatorio contra Pedro Escobar se celebraría en la fecha prevista y fijada por el juez. A Katheryn no le tembló el pulso al poner su firma en los documentos oficiales, tras las garantías personales que maître Lenôtre le ofreció de que el “trámite” –así lo calificó- duraría a lo sumo un par de horas, sería a puerta cerrada y sin presencia alguna de periodistas en la sala y sus alrededores. No cabía duda de que el español sería declarado culpable y no podría librarse de pasar los próximos diez años de su vida en prisión: la Justicia francesa no contemplaba ningún tipo de reducción de condena para individuos de la clase de Pedro Escobar.

Alberta y Carole habían permanecido por imperativos legales en la sala de espera aguardando impacientes la salida de su madre y amiga respectivamente. París se estira: La Biblioteca nacional de Francia, el Estadio de Francia, la nueva línea de metro Météor, y la creación de diversos parques y jardines en lugares claves de la vida cotidiana son algunas de las últimas aportaciones de la era Mitterrand, que anunció en 1988 que quería promover: Une Très Grande Bibliothèque d’un Type Entièrement Nouveau. El metro Météor une la estación de Tolbiac con el centro de París. Es una línea muy rápida y automática, que entronca con el deseo de modernidad de los nuevos urbanistas. Como orugas veloces, los vagones no están separados entre sí y serpentean a toda velocidad por los túneles subterráneos. Espacios verdes: hay 450 espacios verdes con 3800 personas trabajando para su mantenimiento. Le Jardín Atlantique tiene sólo 6 años de vida. Es un prodigio de ingeniería. Está enteramente construido en elevación cubriendo las vías férreas de la estación de Montparnasse. Su paisaje rememora el del Atlántico, formado por una gran pradera central llena de ondulaciones y pasarelas, una elegante pérgola de madera a modo de la cubierta de un barco, para tomar el sol, y en medio, la Fuente de las Hespérides, con un mecanismo que imita el oleaje marino. El conjunto logra atrapar la imaginación y crear distintas atmósferas llenas de intimidad. Una creación finisecular de los jardines colgantes de Babilonia en el núcleo más duro de la ciudad. François Nourrissier, Angelo Rinaldi y Jean Didier Wolfromm, son críticos literarios de grandes periódicos parisinos, pero son también miembros de comités de lectura de grandes editoriales. El hundimiento del sueño americano: la democracia se ha convertido en la formación de una capa de políticos que gobiernan para los poderes económicos y que son a la vez unas figuras de la fachada puramente simbólicas. Con la libertad de expresión casi todo puede decirse y publicarse, pero las grandes imprentas están en manos de los intereses más poderosos y sólo se publican las opiniones afectas y seguras, mientras que las demás voces son ahogadas y aplastadas, a excepción de las de algún intelectual de prestigio universal que les sirva de alibi. Hundimiento del sueño americano y del sueño de la Humanidad surgida a partir de la Revolución Francesa. Vuelve el ancien régime. Los jóvenes son mejores que sus detractores, pero el tiempo acabará poniendo las cosas en su sitio. Alberta reprimió un bostezo.

Cuestión personal. La sabiduría de la ciencia oriental. Calma en tu baño. La sexualidad en verano. En vacaciones la vida sexual de las parejas se intensifica. No es difícil entender que esto ocurra. La reina madre de Inglaterra celebró su centenario con una gala en la Ópera de Londres. Fue el último acto oficial para festejar su aniversario. Sin su habitual pamela verde vemos a la reina madre (de verde) a su llegada al Covent Garden con su hija Margaret (de rojo). La reina madre camino de Buckingham con su nieto Charles (de azul marino). A Charles ya le han pasado en altura sus hijos. Siempre ahorrativa, la reina hija Elizabeth acortó el traje que llevó a la boda de Edward para asistir a la gala del ballet. En el Palacio de Justicia de París hay una estatua de la Justicia con un pie sobre una tortuga. El 8 de junio de 1794 se celebra en el parque de las Tullerías la fiesta del Ser Supremo, dirigida por el pintor David. Un carro rojo, arrastrado por ocho bueyes, transporta una Libertad que protege a un arado y a una prensa de imprenta. Un cortejo inmenso le sigue: padres e hijos de un lado, madres e hijas de otro, coronados todos con flores y ramitas. 2400 tambores y músicos participan en la ceremonia. En el estanque redondo levantan la estatua de la Sabiduría recubierta con oropeles negros que representan el ateísmo. Robespedro, tras su discurso, prende fuego al pebetero con gesto simbólico. Muerte de Hasan II. Homenaje a un rey absoluto. 38 años de un reino de hierro y terciopelo. “El adiós a mi colega”, dice consternado el ex presidente de la República y Padre de la futura Patria Europea, Valery Chimpun d’Espaing. Para este musulmán defensor de la causa de las mujeres, los grandes de este mundo (y del universo) llegaron con sus esposas. Fotos en el interior del harén de Hasan II con 37 bellas mujeres rodeando al monarca. Se le calcula una fortuna de 10.000 millones de francos. Su pueblo es analfabeto al 70% y el paro supera el 40%. Ted Turner y Jane Fonda durante su última estancia en España, donde fueron recibidos por el rey Juan Carlos. Con motivo de la entrevista que nos concedió recientemente en su casa de Atlanta, Jane Fonda afirmaba que no se había separado del magnate Ted Turner: “Siempre amaré a Ted, mi marido. El amor verdadero nunca muere.”. Unas semanas más tarde Jane Fonda presentaba su demanda de divorcio ante el tribunal de Fulton County, en el Estado de Georgia. Allí declaró que su matrimonio se había roto de manera irreparable, y que no había ninguna esperanza de reconciliación. Al día de hoy, Ted Turner revela las razones que precipitaron la ruptura de su matrimonio con la ex-actriz y ex-revolucionaria: “Un buen día vino a verme diciéndome que se había hecho católica y se había bautizado. Antes no era nada religiosa: es un cambio enorme y un gran trauma para mí.”. Y Jane replicaba: “Si mi decisión ha perturbado tanto a mi esposo, es porque no se la esperaba. Y ello por una buena razón. Si se la hubiera anunciado, Ted me habría disuadido. Es un campeón discutiendo”. Carole compuso su cabello.

-Dios está siempre con los americanos. Yo no me arrepiento en absoluto de haber corrido todos los riesgos por aquello que me importaba –salió Katheryn diciendo del despacho personal de maître Lenôtre, y añadió parafraseando a Simone Weil, su admirada judía conversa-: Nada está a salvo del destino. Nunca admires el poder y apiádate del que sufre.

Carole y Alberta, dieron un suspiro de alivio a la vez que depositaron sus respectivas revistas sobre la mesa de cristal de bohemia de la que las habían tomado. Las tres mujeres abandonaron el despacho de monsieur Lenôtre, que salió a despedirlas al rellano, y bajaron en ascensor a la calle donde las esperaba el Renault Laguna y Maurice, que les abrió la puerta de forma más ceremoniosa de la acostumbrada.

-Llévenosh a la exposhición canina, rue Dauphine –ordenó Carole al chófer.

Tops Models. Alain Billy es el más famoso modisto de perros de París. Sus modelos más apreciados son Fay, Battina, Chip y Chop, de la raza Weimaraner. Pase número uno: Evolution of a bottle in Space. Perrita Fay envuelta en tejido brillante de seda a rayas verticales y horizontales, negras y beiges, dejando ver sólo los ojos asustados, la frente y parte de las orejas. Pase número dos: Cockleshell. Perrita Battina cubierta con una falda de seda eléctrica, de la que sólo sobresale una enorme oreja caída. Pase número tres: Lyon King. Perrito Chip con sus ojitos muy rojos y crines simuladas de león, patucos y cola, todo confeccionado en lana de angora. Pase número cuatro: Midsummer’s night. Perrito Chop, pelo negro envuelto en tejidos estampados con flores y hojas de todos los colores del arco iris, con alas y antenas en la cabeza, imitando a una bella mariposa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 20

 

 

Pedro Escobar vio venir a Vito (esta vez de frente) hacia su mesa, e interrumpió su banal relato.

-Toma esta corbata de parte del gran ex Jefe de la Gendarmería. Dice que es un regalo personal que quiere hacerte por toda la lata que te ha estado dando –dijo Vito con media sonrisa burlona.

-Una corbata bleu, blanc, rouge, con un nudo Wilson super deslizante –murmuró entre dientes Pedro -. ¿Por qué se le habrá ocurrido regalarme esto?

-¿No te lo imaginas? –preguntó Vito ahora con plena sonrisa burlona -. Para que estés elegante el día del juicio e impresiones al personal con tu corbata patriótica.

-Si hay juicio, nadie verá ese día –dijo Pedro sombrío.

-¿Estás proponiendo un enigma? –pregunto Vito.

-Estoy leyendo el futuro –respondió Pedro con gravedad.

Desde el otro extremo de la sala, un jocoso ex Director de la Gendarmería simulaba ostensiblemente la colocación imaginaria de una corbata en el cuello de su camisa: con la mano izquierda agarraba el nudo y con la derecha tiraba con fuerza del pico de la tela, en un gesto que parecía más bien un estrangulamiento.

Pedro Escobar se percató del extraño mimo del gran truhán. Se guardó precipitadamente la corbata en el bolsillo de su pantalón, al ver dirigirse hacia su posición al celador encargado de la biblioteca, que acababa de entrar en la misma procedente de los despachos jurídicos de la Tensa.

-Que me sigas –dijo indiferente al interno-, tienes ahí a tu abogado esperándote.

Un vuelco alado de trapecista sintió Pedro que el corazón le daba en su pecho, henchido de ilusión, esperanza e incluso de alegre optimismo. Si una de esas tres funciones falla, el sentimiento es anormal. Un ejemplo sería desear algo sin lograr proyectar ese deseo. Los demás no saben que deseo, y por tanto, no puedo obtener respuesta. ¡Andalucía, chubascos locamente moderados! Los memes son a la herencia cultural lo que los genes a la biológica.

-¡Bueno qué! –gritó el celador ante la parálisis de Pedro-, ¡vienes o le digo que se vaya!

-Claro que voy –gritó Pedro muy eufórico por la noticia del funcionario, y escribió su última frase en el CLT-: ¿Inyección? Sí, de optimismo. ¡Marchando una de libertad!

Se levantó de un salto y comenzó a seguir al carcelero mientras repasaba calenturientamente sus asuntos del ayer pasado y del mañana futuro: Sé tú mismo. Lacoste. El 70% del cuerpo es agua. Ya está bien, ¿no? (whisky Dewar’s). Dyane 6. Para gente encantadora. Las cadenas de televisión emitieron el año pasado un millón y medio de anuncios. La avalancha publicitaria marcó en dosmiluno un nuevo récord en la televisión española. En su conjunto, las cadenas públicas y privadas emitieron unmillonquinientosveintitresmil anuncios. AntenaTrés y TeleCinco se llevaron la mayor parte de la tarta superando cada una de ellas los doscientosmil espots. Ya es posible hacer realidad sus sueños. Descubra las posibilidades de la Tarjetasupernova BBBB y entre en un mundo de facilidades tanto para comprar como para pagar. Ahora no tendrá que renunciar a nada por no saber cómo pagarlo. Esta riada se produce en un año en el que ha disminuido el consumo de televisión (doscientosocho minutos al día). La pugna por la captación publicitaria –la principal fuente de ingresos de las televisiones españolas- se decantó por AntenaTrés, que engulló un total de doscientosdieciochomilseicientosseis anuncios, seguida por TeleCinco (doscientosochomilquinientosnoventaydós) y de TelevisionUno (cientosesentaynuevemilquinientosnoventaynueve). Respecto a las autonómicas, la más agresiva, grr., desde el punto de vista publicitario fue TeleMadrid al superar los cientotreintaysietemil anuncios. El Dyane 6 se deja mirar a través de su techo descapotable desde dentro, o por debajo o a través de sus cinco amplias puertas. Pero no crea que es un coche presumido. Como usted tampoco presumirá de él. Porque sólo presumen los que no están seguros. Y usted lo estará de su Dyane 6. Seguro. En comparación con su audiencia, la autonómica de Madrid presenta un perfil sobredimensionado. Albergó más minutos de publicidad que TelevisionTrés, pese a que la cadena de Cataluña registró mayor share de pantalla. Brut de Fabergé: after shave, after shower…after anything. Elthon John, homosexual y cantante británico es un despilfarrrador compulsivo. Se le calcula una fortuna de cincuentamilmillones de pesetas, confiesa haber gastado ochomilmillones en dos años: “No tengo a quien dejar el dinero, soy soltero y me gusta gastar”, contestó el pobre agobiado por los periodistas. Además compró flores por valor de setentaysietemillones de pesetas: “Sí, me gustan las flores”, dijo en tono mimosa. Soy copaz de encontrar una tienda en el desierto del Sahara”, afirmó orgulloso de su ingenio. Desde milnovecientosnoventaycuatro, la publicidad, apoyada en una política de bajada de precios por algunos operadores publicistas (mal rayo los parta) ha experimentado un enorme salto hasta casi duplicar el número de anuncios. De los ochocientocincuentayochomildieciséis de aquel año, se ha pasado a unmillónquinientosochentayochomilveintitrés.. La televisión estatal dio un paso de gigante. TelevisionUno pasó de setentayochomil a más de cientosesentaynuevemil, y su crecimiento fue continuo año tras año. Títulos de libros: “El secreto de la lejía. El poder erótico de tu saliva (poesía). Rabos de lagartija. ¿Mande? Mis locas conversaciones con doña Rogelia. Un libro divertidísimo en el que el archifamosísimo muñeco doña Rogelia, la vieja verdipícara, opina de todo lo humano y lo divino con su gracia inigualimitable. El espote convencional es la fórmula publicitaria más extendida, aunque el patrocinio se expande a toda velocidad. Algunas cadenas, especialmente TeleCinco, TelevisionUno y CanalSur, son las que más publireportajes emitieron. AntenaTrés y TeleCinco dedican una cuarta parte de su emisión a espacios publicitarios y promociones. Un poco de mucho, representa mucho. ¿Cómo le decimo sal médico que tenemos problemas de erección? Bragas Penetra. Duchas Badedas: vida a flor de piel. Monchito Pérez es el niño más famoso de su clase. Ha logrado un patinete atómico gracias al diario La Razón de Madrid ¿Y tú qué esperas de tu chica? Que me abrace con suavidad y me haga sentir cómodo. Lo mismo que espero de un preservativo.

Lo que Pedro Escobar esperaba de su abogado era que le comunicara que: su chica, Katheryn, le perdonaba y había retirado la denuncia contra él. Había sobreseído el caso el Fiscal de la República. Sin embargo, el abogado de oficio le comunicó:

-Cuando dos personas se atan a una misma cuerda, comparten su destino. Pero la cuerda siempre se rompe por la parte más débil, y esa parte más débil le ha correspondido a usted…

-Por favor, déjese de rodeos –interrumpió bruscamente Pedro Escobar.

-Sólo trataba de quitarle hierro al asunto –dijo el abogado de oficio, el ex becario joven y guapo, vestido con un traje adquirido en unos grandes almacenes populares-. Pero si usted lo prefiere, seré breve, conciso, e iré directamente al grano sin disgresiones ni detalles, minucias o zarandajas. Mañana, a las nueve de la mañana, Dios mediante, comienza la vista oral del sumario criminal número 2001 de la República Francesa contra el ciudadano español Pedro Escobar. He de serle sincero y no quiero ocultarle la dificultad de prever una salida positiva para sus legítimos intereses y lógicas expectativas. Me ha sido imposible contar con la conformidad o anuencia no de tres ni de dos, sino ni siquiera de un solo o único testigo dispuesto voluntariamente a acudir a la sala a declarar en su favor y de forma espontánea…

El resto del discurso del bisoño abogado se perdió en la inmensidad de la altura del techo de la habitación donde tenía lugar la entrevista. Pedro Escobar vio en el cristalino de sus ojos un enjambre de insectos estrellados: Hippobosca equina, Camargue. Culex, culex, Cantabria. Pieris brassicae, costa del Algarve. Colopteryx virgo, Mongolia. Vespa Crabro, desierto de Rajajstan. Mosca Tse-Tse, Kampala. Cimice degli alberi, Roma. Pompilus capensis, Borneo. Falena eriocranide, Berlín. Lygaeus furatus, Noruega. Thryps cerealium, Rumania. Vio en los ojos de su madre que observaba horrorizada cómo su marido montaba por detrás al afeminado asistente que se parecía muchísimo al abogado de oficio bisoño que lo miraba interrogante mientras seguía hablando y dándole instrucciones técnicas sobre el comportamiento que debía mantener durante el desarrollo de la vista. Sí la verdad, es que tenía muy claro desde pequeño que quería dedicarme a esto. De hecho siempre era la guinda del pastel en las reuniones familiares. Llevo estudiando Derecho desde los cuatro años y he intervenido en multitud de juicios. Me encanta que la gente de la calle se me acerque para decirme que me apoya. El otro día, sin ir más lejos, un punky me dijo que era cojonudo. La inteligencia y la espontaneidad son los valores que más me caracterizan. Muchas veces improviso sobre la marcha, aunque eso no quiere decir que no sea un perfeccionista. En realidad soy muy severo conmigo mismo y me gusta visionar y audicionar mis plaidoiries para detectar mis fallos. Empero, nunca me arrepiento de lo que digo o hago, porque pienso que estamos en este mundo para aprender. Soy totalmente optimista, siempre digo que tenemos que reírnos mucho y ser felices, porque la vida es mágica. Por eso cuando estés pasando una mala racha, canta aquello de Always look on the bright side o life.

Pedro Escobar vio en los enchufes trifásicos espías que lo miraban burlones desde la pared. El cantante y gay Elthon John se justificaba afirmando que no era el único que sentía esa pasión por las flores: “Pedro Escobar, el genio de la publicidad, se ha gastado también una fortuna en comprar flores a esas tres putonas”. Las chicas lo corroboraban con melancólica nostalgia. Katia la rubia: “A mí me compraba orquídeas, miles de orquídeas”. Io la pelirroja: “Mi flor preferida es la rosa de Castilla, y Pedro me las ha regalado por miles”. Cleo la morena: “Todas las noches me inundaba el camerino de camelias: ¡era tan romántico!”. Sintió en su boca el sabor del primer cruasán que se tomó en París en la Source de Saint Michel. Recorrió presuroso las salas del museo de El Prado en compañía de Andy Warhol, que llevaba un humilde clavel en la solapa. Las asambleas de militantes del Partido Comunista Español lo acribillaron a preguntas sobre la Revolución, pero él siempre tenía respuestas a todo y para todos. Camarada, ¿en qué consiste el concepto de eurocomunismo, quieres explicárnoslo? Se dio media vuelta sin despedirse del joven letrado, que no dejó de darle consejos en ningún momento, y golpeó tres veces a la puerta para llamar al celador que acudió presuroso a la señal convenida. Le pidió que le condujera a su celda mientras comenzó a acariciar con los dedos de su mano derecha la satinada corbata de seda que le había regalado poco antes el ex Director de Gendarmes y guardaba en el fondo de uno de los amplios bolsillos de su pantalón. Los amigos se obtienen, se degustan y se esfuman sin que haya tiempo de incorporarlos a nuestra identidad. ¿Por qué? Recordó la reconvención del guarda del Luxembourg, Gens gens, je vous rappelle qu’il est toujours interdit de s’embrasser sur la bouche, en aquella hermosa mañana de mayo con Fouillou. Lucía un conjunto de camisa rosa con gran escote que dejaba ver las grandes tetas blanquísimas y una falda negra de tergal que ocultaba sus generosas pantorrillas. La mayoría de la gente sólo se fija en las apariencias. El falso glamur no siempre es buen compañero de viaje. Bajar y subir y bajar y subir y bajar. El patio de honor. Un ángel mujer se inclina con las manos cruzadas en el pecho ante otra mujer sentada envuelta en una túnica fucsia. Una hermosa mujer desnuda corre perseguida por el violador del pepino que le muerde la nalga izquierda y es azuzado por un jinete que enarbola una espada de fuego. Las dependencias administrativas. Dos orejas humanas de los hermanos Maccaroni ensartadas por una flecha, una gaita rosada sobre el rostro de un fantasma. La contabilidad. Dos ajusticiados desnudos con los penes erectos cubiertos por caperuzas de hojalata. Más allá de las primeras rejas de detención, los muros manchados de grafittis. Un joven cardenal de rojo con ojos lujuriosos. El rostro blanco de un niño gordinflón. Un caballero impresionante sobre un soberbio caballo negro con penacho de plumas rojas. Hermosa mujer desnuda descansando en su lecho junto a Jules Dupont, dit Montelimar. Más allá todavía, la planta baja en forma de estrella de cuatro puntas, con el centro médico y psicológico donde ha muerto Darue vomitando tinta. Hermosa mujer vestida ricamente, de ojos azules, y melancólica palidez posa junto al bolero bogotano en silla de ruedas. Dos viejos amonestando a mujer que oculta sus pechos desnudos. Joven hermoso de largos cabellos ondulados mirando de través. El juez Calasparri vestido de negro con gorguera blanca y mano en el pecho. Y más allá aún, la sexta división, vacía, reservada a los políticos. Tres mujeres de exuberante desnudez formando un corro en torno al gigante diplomático negro. Un niño con escopeta de caza junto a un gran perro echado. Un maravilloso Cristo crucificado con fondo negro. Los colores, si alguna vez los hubo, se han marchitado y todo es gris. El día está excluido, las bombillas eléctricas dan una luz tímida sobre las pasarelas metálicas. Tres mujeres y dos hombres caminan por un paisaje nevado, seguidos por un can escuálido y una mula que carga con un marrano sacrificado. Una mujer desnuda y una mujer vestida, las dos tumbadas sobre almohadones. Un enorme macho cabrío negro montado por el anciano pirómano preside una asamblea de seres repulsivos. Las puertas se suceden todas iguales. De repente, una se abre y aparece el abogado argelino charlando con seis marroquíes. Viven en una zahúrda, se levantan avergonzados. Al pasar delante de su madriguera, oyó cantar con gran afinamiento al violador-asesino de niños:

Quand nous chanterons le temps des cerises

Les belles auront la folie en tête

Et les amoureux du soleil au coeur.

Quand vous en serez au temps de cerises

Si vous avez peur des chagrins d’amour

Evitez les belles.

Mais il vient court le temps de cerises

Moi qui ne crains pas les peines cruelles

Je ne vivrai point sans souffrir un jour.

Se introdujo en su celda y la puerta de hierro se cerró con un golpe seco. Cuando llegó se encontró con un día perfecto. Al frío le acompañaba una ligera brisa, un cielo azul puro y un sol resplandeciente, más bien cegador. De hecho, su ojo fue incapaz de mirar directamente la escena. El nudo Wilson le permitía una gran modularidad. Solo. De él sólo quedaban partículas volátiles, objetos también de un collage montable y desmontable. Dejaría de vivir realmente durante diez años y cuando volviera a hacerlo ya no entendería nada de la realidad virtual existente. No había necesidad de un paréntesis tan grande. El nudo Wilson le permitía una gran modularidad. Había llegado la hora.

 

 

 

 

 

 

 

 

AGRADECIMIENTOS:

Deseo expresar mi más sincero agradecimiento a todas las fuentes de aprovisionamento que tan generosa substancia han aportado al producto final:

Radio 1, Radio 5, TVE, Antena 3, Tele Madrid, TV 5, Canal +, Arte, El País, Triunfo, El viejo topo, y Taller de sociología, así como a glamorosas revistas de moda, del culo y del corazón de cuyo nombre no puedo acordarme.

Vale.

 

Madrid 8 de diciembre de 2002

 

La desventura de un publicista está depositada en el Registro de la Propiedad Intelectual de La Comunidad de Madrid con el siguiente número:

 

12/RTPI 000339/03

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos Flamencos. Maestro Pepe Habichuela

Gran homenaje a un artista por sus 60 años de vida profesional

Los días 11,12 y 13 del mes de octubre de 2017 y en el recinto del Circo Price, la música y el flamenco de Madrid y de gran parte de España, se ha congregado generosamente para rendir un magno tributo de arte y afecto al gran guitarrista José Carmona Carmona, maestro Pepe Habichuela.

 

 

Pepe Habichuela. Leyenda y esencia de la guitarra flamenca

El maestro Pepe Habichuela está considerado como un guitarrista de esencias flamencas, y lo es por su tradición, afición y atributos de su obra. Pertenece a Los Habichuela, una importante saga gitana de artistas flamencos. Su fundador, Habichuela el Viejo, de apellido Carmona, fue un cantaor de Granada que vivió a caballo entre el siglo XIX y XX; su hija, la singular Tía Marina, lo acompañaba a la guitarra por las tabernas, las calles y los rincones de la ciudad. Su segundo hijo, Tío José Habichuela, un estimable cantaor, fue el padre de Pepe y sus hermanos, Juan, Luis y Carlos, todos guitarristas y progenitores a su vez de más jóvenes artistas, entre los cuales tres de los componentes del influyente y extinto grupo Ketama: Juan, Antonio y Josemi.

El guitarrista José Antonio Carmona Carmona, conocido en el mundo flamenco y de la música como Pepe Habichuela, nació y se crió en el barrio granadino de El Camino del Monte, un ámbito mágico donde convivían el arte y las penurias. Pertenece a esa generación prodigiosa que ha dado nombres de la talla de Camarón, Manolo Sanlúcar, Paco de Lucía o Morente. Ha sido testigo y protagonista de una de las épocas más brillantes del flamenco, y a su edad y tras casi cincuenta años de carrera profesional mantiene intactos la afición y vitalidad que impulsaron sus comienzos.

Conserva recuerdos respetuosos y afectuosos de sus primeros maestros y en especial de la Pitirila, en cuya zambra empezó a trabajar con mucha ilusión. Aprendió con Chispitas, que tenía un pulgar muy bueno, y luego con Juanillo Pocobarro, un guitarrista clásico, mayor, de Granada, del Camino el Monte, que no era gitano; “pero tocaba con una dulzura y con alma”. Fue de cueva en cueva, escuchando, a ver cómo hacían el rasgueado y las falsetas. Era la gran afición por tocar la guitarra… Tenía como doce o trece años y quería aprender los cantes y los bailes tradicionales de Granada: la cachucha, la mosca, tangos, tangos paraos…

 

Todo un joven profesional

Después de iniciarse en el acompañamiento del baile, lo llamaron a un local muy especial, los Jardines Alberto, situados en el corazón del bosque de la Alhambra. Y después lo llamó la bailaora Mariquilla para tocarle a ella, al cantaor Pepe Albaicín, y a una pareja de baile de Sevilla, las hermanas Coral. Trabajó con un guitarrista muy mayor, que se llamaba Miguel el Santos, y luego de ahí, al Rey Chico (famoso “Night Club” de Granada junto a las murallas de la Alhambra). Allí había un cuadro formado por Guzmán Albea, un cantaor, y Gracita del Sacromonte y su marido. Aprendió todo lo que había en el baile en esa época en Granada. Y de Granada a la Venta Manzanilla de Almería. Se fue con su padre, sus dos hermanas y su hermano Luis, Y estuvo allí como un par de meses, hasta que lo reclamó Juan que trabajaba ya en Madrid, en Torres Bermejas. Y Juan le dijo que se iba a la Feria Mundial de Nueva York (año 64) y quería que él le sustituyera en el tablao, otro mundo. Y sin pensárselo dos veces Pepe cogió el tren, y, no tenía dinero ni para la maleta. “Pues eché el traje en una bolsa de plástico, una tortilla de papas y una hogaza, ¡y para Madrid!”. Y se vino ‘pa` Madrid. En la estación lo esperaba una alta representación de flamencos junto a su hermano Juan: el bailaor Mario Maya y el cantaor Jarrito. Y pasmado, comenzó a tocar en Torres Bermejas. Y permaneció allí cuatro o cinco años, donde trabajaban ya Camarón, Porrinas de Badajoz, La Paquera, Mario Maya. Y por el tablao pasaban los Mairena, Caracol o el Niño Ricardo. ¡Todo un sueño hecho realidad!

 

 

Comienza a recorrer el mundo y se afinca en Madrid. Ídolos de la guitarra

Y de Torres Bermejas, se fue con los espectáculos a Holanda, con la compañía de Curro Vélez. Luego fue a Venezuela con Amparo Bengala, su mujer, bailaora. Que allí estuvo también Camarón cantando un mes en un tablao de Caracas que se llamaba Los Tarantos. Su hermano Juan le ayudaba y lo llamó para grabar con Valderrama, tocaba para Fosforito, en festivales. Y luego entró en Las Brujas. Aquí tocaba a dúo con Manolo Sanlúcar, corría el año 72. Y también estaban Terremoto, Sernita de Jerez, los Hermanos Reyes. Y conoció a Morente que iba al tablao como aficionao y amigo de Manolo. El otro ídolo de toda la vida de Pepe ha sido Sabicas, y además, Niño Ricardo, Paco, el gran Paco de Lucía, Mario Escudero; pero su inclinación fue principalmente hacia Sabicas. Lo conoció y tocaron juntos en Nueva York en el 86. Figuraban en un espectáculo, Flamenco Puro, y todas las noches se juntaban, tocaban y hablaban de arte y de la vida. Y ahí estaba también Josemi, el hijo de Pepe y Amparo, con quince años, que lo llevó con él a América.

 

Tocaor de grandes cantaores y cantaoras, y siempre atento a los jóvenes talentos y a nuevas empresas

Pepe acompañó a muchos que ya se fueron. Pepe ha tocado para Marchena, Valderrama, Juan Varea, Pepe el Culata, Sernita, Jarrito, La Paquera, la Sayago, con Fernanda y Bernarda. También estuvo de gira con Beni de Cádiz, con El Lebrijano, con Carmen Linares. Con toda la crema de los años sesenta, setenta, ochenta, tan trascendental. Incluso en una época lejana llegó a tocar para el mítico bailaor vallisoletano Vicente Escudero (en declaraciones a mí). Y su afición e inquietud le ha mantenido en contacto permanente con los jóvenes valores como Estrella Morente, Arcángel, Poveda, Montse Cortés, Rocío Márquez, José Enrique Morente…y estuvo embarcado en el proyecto Flamenco Universal con Josemi, Bandolero y el gran Jorge Pardo, y recorrieron España y Europa y dieron conciertos tan importantes como el ofrecido en la sede de la Unesco de París, en noviembre de 2014.

 

Discos propios contados pero todos trascendentes. Siempre con el cante por norte y la colaboración con otros sonidos.

Ha hecho pocos discos en solitario. Dice que no le gusta publicar muchos porque tiene una forma de tocar muy personal y sólo le gusta hacer lo que quiere, no acepta imposiciones. Entre A Mandeli y Habichuela en rama pasaron 14 años, Mientras tanto ha estado tocando para el cante y espectáculos, que su carrera es de cante, y es un guitarrista que sabe todos los cantes y todos los toques. El primer disco de guitarra que hizo Mario Pacheco en Nuevos Medios fue el de Pepe, A Mandeli, (1983). Mario estuvo mucho tiempo detrás de él para que grabara y gracias a eso hoy día lo consideramos como un trabajo antológico, clásico e innovador a la vez, es un disco muy flamenco, con mucho corazón y con mano. Sus discos son flamencos, flamencos como Habichuela en rama (1997) y actuales y abiertos a otras músicas: jazz o música Hindú: Yerbagüena (2001), Hands (2010). El gran contrabajista DaveHolland preguntó cómo podía conseguir a Pepe Habichuela, y Mario Pacheco hizo de intermediario, y conectaron, porque Dave Holland quería hacer un disco con un guitarrista flamenco como Pepe Habichuela. Para Yerbagüena grabaron en Madrid, Barcelona y en la India, en Bengalore, con el BollywoodStrings. Con el maestro Chandru de este conjunto, fusionó Pepe su guitarra en el Grec, en Barcelona. En la grabación de Yerbagüena participó también Enrique Morente cantando la malagueña de El Mellizo : “Mi otro yo”, en palabras de Pepe. Habichuela ha dialogado también con músicos de la talla de Jaco Pastorius, Don Cherry y el senegalés Baaba Maal. Su guitarra “baila y canta”, dice José Manuel Gamboa. El crítico de jazz fallecido hace pocos años, Javier Cambra, contaba que cuando le presentaron en Nueva York a Chick Corea, este le preguntó inmediatamente en palabras textuales “¿Where is Pipi?”, ¿Dónde está Pepe?

Pepe Habichuela es un guitarrista ya consagrado, una leyenda del flamenco y así se le reconoce, como prueba el homenaje que se le ha tributado al inicio de la presente edición (2015) de Flamenco on fire, por sus méritos artísticos propios y su devoción a la figura genial de Sabicas, nacido en Pamplona. Parece que el tiempo no pasa por Pepe Habichuela más que para ganar en maestría. Pero sigue siendo un espíritu joven, un artista joven, un maestro joven.

 

Tocaor y solista

La personalidad de Pepe Habichuela se destaca de la mayoría de los de su generación por el cultivo y desarrollo de armonías puramente flamencas, “pero él no es un músico que busque exhibir técnica y velocidad, su forma de tocar es detallista y llena de matices, muy expresiva y poco efectista”. Eso no significa que sea arcaico pues se codea con primeras figuras internacionales y su sonido fluye clásico y actual a la vez. Ese es su secreto. Secreto que se descubre tras escucharlo interpretar en un concierto, nada menos que once palos diferentes como solista o al acompañamiento del cante; palos rítmicos como las bulerías o alegrías, y melódicos como las tarantas o granaínas. Habichuela domina su técnica de concertista y tocaor. Manos a la par en su capacidad de arrancar notas y falsetas, la izquierda es tan poderosa como la derecha. Cuerdas al aire o con cejilla en los trastes superiores (por arriba) ofreciendo tonos graves o medios, puros y naturales. Por soleares, siguiriyas, fandangos y resto de palos brilla con personalidad, elegancia y sobriedad. “Pepe Habichuela trata a su guitarra con la templanza y la sabiduría de los maestros, cercano a la tradición por escuela y experiencia, pero totalmente actual”. (J.M. Gamboa)

 

El flamenco se hace en el camino, no nació hecho de una vez para siempre

Pepe Habichuela es un clásico, ya lo hemos dicho, pero nunca se ha quedado parado, ya lo hemos visto. Claro, él aprendió falsetas de gente, de guitarristas, y después los interpretó a su forma también. Admiraba y admira a Sabicas pero no tocó exactamente como Sabicas, ha movido sus cosas, y hasta el propio Sabicas fue innovador. Era muy admirador de Ramón Montoya y Montoya era el papa, pero Pepe ha declarado que a él le gustaba más Sabicas, aunque este hubiera aprendido del primero. Y Sabicas tocaba de una manera que era un manantial de música y su forma de picar las cuerdas, y Pepe Habichuela no ha olvidado todas esas cosas.

 

Pepe Habichuela- Enrique Morente, hermanos en el arte

Mención especial justifica el breve relato de la relación de hermandad que ha existido entre los dos artistas granadinos. Cante y guitarra fue una pasión de siempre, pues en la historia del arte flamenco existieron ejemplos parecidos de parejas artísticas y fraternales como las que formaron Montoya y Chacón, La Niña de los Peines y Ricardo o más recientemente Paco de Lucía y Camarón o Tomatito y Camarón. La relación de Morente y Habichuela fue ante todo una relación de respeto mutuo, nunca de sumisión del uno al otro.

Pepe y Enrique se conocieron en Madrid a principios de los años setenta en el tablao Las Brujas donde trabajaba el primero. Pronto comenzaron a preparar material para dos discos que iban a ser fundamentales para la carrera del cantaor y del guitarrista. Despegando y Homenaje a Don Antonio Chacón, este último en doble elepé, y que fueron editados por la casa Hispavox en el año 1977. Este segundo álbum obtuvo el premio nacional de música otorgado por el Ministerio de Cultura, que venía a reconocer la importancia del trabajo realizado por los dos artistas, sobre todo teniendo en cuenta que no corrían tiempos favorables hacia la figura del cantaor Antonio Chacón. A partir de entonces se iba a fraguar una relación de trabajo y amistad ente Pepe Habichuela y Enrique Morente que, aunque con interrupciones y reencuentros sucesivos, ha dado al flamenco de los últimos 40 años algunos de sus mejores días y obras.

 

 

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Crónicas Urbanas

 

 

 

 

 

 

CRÓNICAS URBANAS

 

 

BALBINO GUTIÉRREZ

 

 

Antología de 14 relatos que abarca una gran variedad de personajes y situaciones urbanas en diversas ciudades y épocas. Algunos relatos fueron publicados en revistas, otros son inéditos. Intenté publicarla sin éxito en editoriales. Hoy la lanzo al universo cibernético sin más pretensiones que la de ejemplarizar y entretener.

 

(RGPI: M-66332 10/3/1998)

 

 

 

 

ÍNDICE:

  1. Ana la Condesita págs.       3

(Madrid)

  1. Delirios feministas        “           7

(París)

  1. El borracho inglés     “         21         

(Granada)

  1. El chófer de Katheryn “         27

(París)

  1. El L.E.M.        “         40

(Estocolmo)

  1. El obsequio        “     45

(Madrid)

  1. El optimista    “       49

(Berlín)

  1. El piso    “    66

(Madrid)

  1. Julio Moreira    “    73

(Lima)

  1. La cartera “       78

(Madrid)

  1. La Exposición “    84

(Madrid)

  1. ¿Tienes un cigarro rubio, colega? “  90

(Madrid)

  1. Matar al tenor “     95

(Crónica censurada por el autor)

  1. La cartulina mágica “  104

(Madrid)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 ANA “LA CONDESITA”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apareció en el escenario y fue para él como la salida de la luna llena, el principio del alba, la sangre de un campo de amapolas, el murmullo del mar, el aroma de las rosas, el fulgor de las estrellas, la revelación de la verdad que andaba buscando. Ana la Condesita –vestida de rojo hasta los pies, pelo de azabache y seda, ojos de oscura almendra, tez blanca y pura como los pétalos de lirio- inició su baile en un movimiento estático, la mano izquierda a la altura de la frente y la mano derecha sobre la parte baja de la cadera, presionando ligeramente sus carnes turgentes que se adivinaban prietas, en la postura más seductora que él viera jamás. Los pliegues del vestido, a modo de túnica griega, se ceñían a su cuerpo dibujando formas sensuales, coronadas por un rostro encendido del que surgían dos intensas llamaradas negras.

La fascinante figura, graciosa y provocadora a la vez, comenzó a evolucionar sobre el pequeño tablado ejecutando un baile por tarantos y acompañada por tres guitarras bastante mediocres y por un cantaor que conocía bien su oficio, aunque sin grandes recursos vocales. Pero ninguna de estas limitaciones adyacentes importó mucho al espectador –un fino aficionado madrileño-, que puso sus cinco sentidos en contemplar a la joven bailaora, cuya edad no debía de sobrepasar los dieciocho años, sin perderse uno solo de sus movimientos, gestos, taconeos, desplantes, llamadas, contoneos, balanceos, respiración de orgasmo; y mirándola con tal intensidad que tuvo la fuerte impresión de que se había establecido una corriente magnética entre el cuerpo de la joven y sus propios ojos, por los que se volcaba su alma trastornada.

Ana la Condesita no era la estrella de la noche, su nombre ni siquiera figuraba en el rudimentario programa del local. Tras su intervención, la siguió un bailaor adolescente, casi un niño*, el protagonista, y ella no volvió a salir sino para jalear y tocar las palmas, pero aun así, mostraba un ángel y un temperamento que no la hacían pasar desapercibida en el conjunto del cuadro flamenco. Y él continuó observando únicamente a la Condesita, ajeno al virtuosismo del precoz artista o al desarrollo general del espectáculo, y temblando de impaciencia por conocer a la hermosa muchacha.

Cuando terminó la actuación del grupo, se acercó para felicitar a Ana la Condesita, que estaba acodada a la barra del restaurante con el resto de sus compañeros. Afortunadamente no parecía estar ligada a ninguno de ellos, y así pudo manifestarle con entusiasmo la emoción que le había causado. La bailaora se sintió muy halagada por los apasionados elogios del desconocido capitalino, porque además de agradecérselo con un beso en la mejilla, le tendió una fuente llena de jamón y queso, de la que él se sirvió con nerviosa torpeza.

Volvieron a encontrarse en Candela después de que la Condesita –junto a “La Chabuca”, otra bailaora algo mayor que ella- pasara por la pensión, cercana al popular establecimiento, con el fin de desmaquillarse y cambiarse de atuendo. Él se instaló en la banqueta pegada al muro, al lado de su amiga Antonia, una asidua del local, más aburrida que un nabo, y justo enfrente de Ana la Condesita. La mesa y ocho personas a su alrededor los separaban, y él sentía la absoluta necesidad de decirle que lo había vuelto completamente loco.

Se sumergió entonces en una aventura favorecida por los numerosos canutos en los que había participado activamente hasta ese momento, abstrayéndose de la charla del grupo que le llegaba con un sordo ronroneo. Se colocó junto a la Condesita y le dijo que se había enamorado perdidamente de ella desde el primer instante de verla. Ana la Condesita le respondió que ella también había comenzado a sentir algo muy especial e inefable, que había notado la intensidad de su mirada y que lo había identificado entre el público a pesar de la oscuridad de la sala.

Alguien anunció en voz baja que había fiesta abajo y todos se levantaron de las sillas y fueron desfilando hacia la cueva. Ana y él volvieron a tomar asientos separados, cada uno en un extremo del salón. Jaime tocaba la guitarra, acompañado por su tío; pero él no prestó atención a la insólita garra del niño prodigio. Se marchó con Ana enlazándola por la cintura y besándose apasionadamente por las esquinas. Se encerraron en un hotel para vivir la noche de amor más intensa que nunca conocieron los amantes pretéritos ni los futuros. El cuerpo de la Condesita era más bello que todo lo que había podido imaginar: estrecho busto de pechos grandes, firmes, redondos y con pezones en punta; cintura de cristal, caderas de Venus, nalgas y muslos de coral torneados en el taller de un orfebre sensual. Se juraron amor imperecedero y decidieron vivir juntos por toda la eternidad. Ella olvidó al novio de Sevilla, y él se separó de la mujer con la que estaba malcasado. Huyeron al fin del mundo y evitaron la venganza de la ley gitana.

La fiesta decaía después de no haber acabado de despegar, y los presentes comenzaron a abandonar la cueva… De repente, él se dio cuenta de que la Condesita ya no se encontraba allí, ni las tres personas que la habían acompañado. Subió al bar, repleto de gente, pero ella tampoco estaba. Resignado e indiferente, se sentó en una mesa con los conocidos habituales que pasaban en Candela noche tras noche buscando no se sabe qué, o quizás ocultándose de algo. Pensó que los únicos ciudadanos románticos que quedaban en los tiempos que corrían eran los chorizos y los marginados; él, como los de su clase, no tenía valor para dejarse arrastrar por otras pasiones que no fueran las inspiradas por la vanidad, el dinero o las drogas. Y continuó bebiendo metódicamente, resuelto a emborracharse

a muerte.

*Israel Galván

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DELIRIOS FEMINISTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue a raíz de la traumática violación de Katheryn por el joven negro africano cuando ella y Carole decidieron afiliarse al M.L.F. (Movimiento de Liberación Feminista), para combatir tanto el sexismo como el racismo, para hacer valer sus derechos frente a las gentes de extrema derecha como de extrema izquierda. Se convencieron de que para defenderse y tener su propia justicia había que hacer la revolución feminista: “La única revolución que atraviesa las clases, las razas y las nacionalidades, para liberar a las más oprimidas”, afirmaba Katheryn levantando amenazante su blanco y delicado puño, ante la mirada siempre atenta de Carole a su lado. Comenzaron a intervenir como propagandistas del Movimiento en mítines y conferencias por los barrios de París, primero en colectivos feministas y, posteriormente, también en círculos de lesbianas. Al principio, los blancos favoritos de los ataques de las dos amigas agitadoras fueron los progres marxistas que se habían adherido a las teorías sexuales de Wilhem Reich (el falso profeta de la revolución sexual, como ellas lo llamaban), y a los que trataban de ridiculizar en sus intervenciones casi siempre a dúo:

Katheryn: La función del orgasmo, cimiento de la ideología sexual progresista, no ha podido tener resultados más reaccionarios.

Carole: La pretendida liberación sexual de nuestros días no significa otra cosa más que un cambio en la ideología sobre el sexo.

Katheryn: Lo único que ha variado es el contenido de las órdenes que constituyen la moral, pero la estructura del comportamiento sexual masculino permanece inmodificada.

Carole: Hay una estrecha homología entre los principios que cimentaban la ideología puritana de nuestros padres y los que sostienen el actual progresismo sexual.

Katheryn: Para nuestros progenitores el sexo significaba un sometimiento como medio a los fines de la procreación, prescribiendo una técnica paupérrima que excluía como ilícitos y perversos aquellos juegos de amor más imaginativos y preñados de jolgorio y de estéril bienestar.

Carole: Pues bien, a pesar del aparente antagonismo de sus comportamientos, lo cierto es que la imagen estructural de la ideología sexual “progre”, su esqueleto formal, es tan igual a aquel que aparentemente pretende combatir, que se diría que es su burdo disfraz modernizado.

Katheryn: Sustituid la trilogía: procreación –ética puritana- Dios, por la trinidad: orgasmo –técnicas sexuales- ciencia, manteniendo el mismo tipo de concatenación y dependencia entre los vértices del nuevo triángulo, y obtendréis el campo conceptual y normativo en el que se apoyan todas las proposiciones ideológicas de las nuevas tribus de “liberados sexuales”.

Carole: El Orgasmo es el objetivo, la culminación y el evento otorgador de sentido a la totalidad de los procesos eróticos.

Katheryn: Las técnicas sexuales, uniformes y objetivas y enseñables en los libros, como si cada hombre concreto fuera un mero paradigma del mapa universal de las zonas erógenas, determinan el ritual exigido para llegar al anhelado Orgasmo.

Carole: Y la triple faz fisiológica, psicológica y sexológica de la desapasionada ciencia fundamenta con su frío rigor el carácter objetivo e inexcusable del orgasmo y la probada eficacia de las rutinarias técnicas que lo garantizan.

Katheryn: Y así como antes, el resultado del montaje era una legión de matrimonios histéricos incrementado mediante un procedimiento tosco y artesanal el contingente de futuros hijos para el cielo y el número de pobladores de este valle de lágrimas o infierno terrestre.

Carole: Así ahora el desenlace es una monótona combinatoria de obsesos despersonalizados y solitarios persiguiendo neuróticamente con una tecnología sexual sutilizada la inagotable acumulación de míticos orgasmos previamente programados para solaz de la ciencia y tranquilidad del Estado (con el rostro congestionado y morado, cedía la palabra a su compañera, que concluía casi en trance).

Katheryn: La Revolución Sexual no es otra cosa que una religión del sexo que tiene en el Coito su eucaristía y en el Orgasmo el momento de transustanciación del hombre en Dios. Su prestigio revolucionario le viene de su presunta oposición al Poder: siendo la burguesía y el capitalismo los que impiden a los “oprimidos” llegar al Orgasmo, su abolición es necesaria para conseguir una Redención que se presenta como la felicidad sexual. Así razona el “progre sexual”.

***

Hasta la aparición del judío errante, fugaz, y flautista, Albert Mendes, Katheryn y Carole fueron amantes por un tiempo (como ya se ha señalado anteriormente), durante el cual radicalizaron sus postulados en asambleas y foros no ya sólo de París, sino de muchos otros lugares a lo largo y ancho de la superficie total del Exágono (sinónimo de Francia para los franceses). Sus embestidas dialécticas se orientaron principalmente contra el matrimonio y la familia y los maridos y la condición femenina y el capitalismo y el Estado.

Katheryn: Según nuestra teoría, el matrimonio se presenta como la institución mediante la cual un trabajo gratuito es extraído de una categoría de las población, las mujeres-esposas.

Carole: Un trabajo gratuito debido a que no da derecho a un salario, sino solamente al mantenimiento de la esposa.

Katheryn: Así pues, debemos afirmar que la no valoración de este trabajo se origina institucionalmente con el contrato del matrimonio, que es en definitiva un contrato de trabajo. Un contrato de trabajo que estipula que la fuerza de trabajo de la mujer es propiedad del marido.

Carole: La ley que dictaba la autorización del esposo para que la mujer pudiera trabajar fuera del hogar, fue abolida en Francia hace sólo diez años, en 1962.

Katheryn: Queda muy claro que la situación de inferioridad de las mujeres en el mercado de trabajo y la discriminación de que son objeto, constituye la consecuencia, y no la causa como algunos pretenden hacérnoslo creer, del contrato del matrimonio tal como lo conocemos (aquí, las dos amigas imprimían un quiebro electrizante a su discurso):

Carole: Pero ¿existe una naturaleza femenina inmutable?

Katheryn: No, sólo la alineación.

Carole: Pero ¿existe un instinto materno inmutable?

Katheryn: No, sólo mixtificación (las audiencias las aplaudían enfervorizadas).

Carole: Me comentaba una joven madre casada: “Yo soy de las que aman con pasión a los bebés, y esos pocos años de la infancia de mis hijos permanecen excepcionales e inmersos en mi meoria” (carcajadas de las audiencias) –perdón: “memoria”- rectificaba Carole (más carcajadas). “Esos años llenos de alegrías y fatigas, esos años que huelen a carne y leche, esos años animales y poéticos llenos hasta el borde, justificadores: esos años cuya sola evocación hacen que se me salten lágrimas de emoción” (se oían fuertes pataleos, abucheos y gritos de protesta).

Katheryn (levantando la mano para imponer calma): En efecto, en las condiciones actuales, la maternidad representa, en el sentido estricto del término, una esclavitud y refuerza el sometimiento al marido.

Carole: Además, todo deseo de maternidad es sospechoso de ser un intento de compensar frustraciones afectivas o de ausencia de identidad, puesto que lo vivimos en un contexto de opresión. Trampa sutil: es la misma maternidad la piedra de toque de la opresión (regresaban los aplausos).

Katheryn: Aunque se hiciese posible un deseo de procreación no alienado, no dejaría por eso de ser menos alienado en sus consecuencias actuales.

Carole: Ni siquiera a los pseudo-marxistas se les ocurre poner en discusión el significado de conceptos tales como familia, niños, hogar, etc.

Katheryn: lo mismo sucede en política: la infelicidad social se presenta como natural, no como resultado de la existencia de clases y del dominio de una sobre otra.

Carole: Por ejemplo, el sadomasoquismo que es algo inherente al matrimonio, se considera como sadomasoquismo sustancial, eterno y necesario, por lo que se sanciona implícitamente la ineliminabilidad del mismo (pitos y gritos).

Katheryn: Y el sistema sexual refleja precisamente este sistema de dominio, que se pone en marcha en el mismo instante en que la mujer halla seductor a un hombre (más pitos y gritos).

Katheryn: En cierto sentido podemos asegurar que la vida sentimental de los seres humanos no es más que una doble alineación:

Carole: La del filisteísmo natural, agravado por una mala educación sexual.

Katheryn: Y la derivada de la ignorancia del mecanismo real de la correspondencia amorosa, que los burgueses atribuyen caprichosamente a una extraña mezcla de determinismo biológico y de misterio.

Carole: La gente de izquierdas sabe que la familia es una institución represiva (aplausos y bravos). La asocian –a veces con innecesario esquematismo- a la propiedad privada.

Katheryn: Si se les pregunta al respecto, señalarían cómo reproduce y alecciona la fuerza de trabajo, cómo propicia el consumo, cómo se tejen sutiles y efectivas cadenas de control entre sus miembros, cómo transmiten los padres la ideología de la clase dominante.

Carole: Por ello es preciso trascender la procreación. El ser humano no es un ser natural, es un ser social (aplausos y pataleo ensordecedores).

Katheryn: Del mismo modo que era difícil volar hace un tiempo, ahora se nos plantea que no será difícil fabricar seres humanos de otra manera a la biológica y natural.

Carole: Pero aunque esto no sea una realidad y quizás pueda parecer algo de ciencia-ficción, es un planteamiento que algún día se resolverá.

Katheryn: La mujer tiene la mitad de hembra, de animal sujeto a esas tareas biológicas que tienen las hembras mamíferas y la mitad de ser social. Y solamente cuando de verdad trascienda esta condena bíblica, podrá liberarse de su destino animal.

Carole: Hoy podemos ya trascenderla un poco porque los anticonceptivos eran insospechados hace cien años, y el aborto sin riesgos también, puesto que el aborto se ha practicado siempre, pero con altísimos riesgos.

Katheryn: El problema estaría en ver si la supresión de la píldora abriría paso a un sistema de relaciones más deseable o nos devolvería a la situación odiosa anterior de maternidad salvaje (abucheo aislado).

Carole: Las relaciones sexuales están a caballo entre la opresión y la explotación. La mujer a través de las relaciones sexuales, establece relaciones económicas.

Katheryn: La diferenciación sexual es la base sobre la que se produce la división del trabajo y la explotación, porque la reproducción de la fuerza de trabajo, implícita en la procreación, puede analizarse como producción de mercancías.

Carole y Katheryn a dúo: Actualmente, las contradicciones se agudizan y muchas relaciones se van desmontando. Así, a nivel sexual, nos tendremos que rebelar contra todo aquello que nos parece natural, puesto que ha sido impuesto para mantener formas intolerables de opresión y control (aplausos y ovaciones estruendosas con toda la sala de mujeres puesta en pie).

La extraordinaria capacidad dialéctica de las dos compañeras militantes, la habían aprendido en gran parte de los textos y enseñanzas de un proto-feminista español o latino americano (Katheryn confundía entonces a unos y otros), a quien no llegaron nunca a conocer personalmente. El intelectual progresista de incierta nacionalidad se amparaba en el anonimato y seudónimos para no levantar suspicacias entre las feministas más virulentas, y de ese modo tampoco buscarse complicaciones con la policía de su país, sometido a una férrea dictadura política. Por eso, Katheryn y Carole estaban convencidas de que el autor de muchos de los escritos que conocían, defendían y difundían era el mismísimo de uno de los opúsculos que más les había impresionado e influido para su toma de conciencia feminista y su compromiso militante: “Sexo y Marxismo”. La genitalidad fisiológica siempre aparece mediada y mediatizada por las relaciones sociales de sexualidad: hasta tal punto que son precisamente éstas las que definen la realidad de aquéllas: las que al mismo tiempo las objetifican y objetivan. Hablaré de dos tipos de relaciones de sexualidad. Por un lado las relaciones sociales “uterino-domésticas”: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas, y cuya productividad es la reproducción de la fuerza de trabajo. Y por otro lado, las deseativas: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas y cuya productividad son los desideremas o signos de deseabilidad. Pero, vayamos por partes.

         Se puede analizar la productividad uterino-doméstica por analogía con la “renta de la tierra” analizada por Marx en El Capital. Imaginemos que úteros y domus son fincas cultivables. Como tales, cada unidad (cada útero, cada domus) produce diferente rendimiento a las demás: esa diferencialidad es esencial. Cada finca (cada útero, cada domus) es singular: esencialmente distinta a las demás, única e irrepetible. Por ello la situación que cada finca (cada útero, cada domus) ocupa respecto a las demás, goza de capacidad monopólica: no se puede competir con su productividad puesto que su situación diferencial es única, irrepetible. Siendo esto así, el reparto de la tierra, es decir la vinculación de cada finca (cada útero, cada domus) a un titular social adopta la fórmula de privilegio.

         Para que no sólo se cultiven las tierras cuyo rendimiento sea superior a la media, sino que se cultiven todas aquellas cuyo global rendimiento satisfaga todas las necesidades sociales, se hace preciso la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de la tierra: “es la renta absoluta” de carácter tributario y precapitalista que marca los límites inferiores de cultivabilidad de la tierra. De igual forma que no sólo se cultivan las fincas (úteros y domus) cuyo rendimiento sea superor a la media, sino que se cultiven aquellas fincas (úteros y domus) cuyo global rendimiento satisfaga las necesidades sociales, se hace precisa la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de úteros y domus: “es la renta del útero” y el “tributo doméstico” que marca los límites inferiores de cultivabilidad femenina, límites por debajo de los cuales ya no se establecen relaciones sociales uterino-domésticas (y las solteronas y las putas se ven excluidas de la sumisa irresponsabilidad uterino-doméstica).

         Pero al margen del modo uterino-doméstico de relación social de sexualidad (modos cuyos elementos fundamentales acabo de esbozar con forzosa simplificación), existe otro modo, el “deseativo”, cuya vigencia es predominante en la actualidad. Así como en el modo anterior, la mujer aparecía ineluctablemente vinculada a la tierra uterino-doméstica (más que vinculada, emparedada entre los límites infranqueables: su útero y su domus, por un lado, y su varón y titular vinculante, por el otro), en el modo deseativo, por el contrario, la mujer aparece totalmente desvinculada, libre, desnuda, exenta, desembarazada, dispensada, desconectada. Su actividad práctica se reduce a la constante y rutinaria exteriorización de los desideremas: partículas elementales constitutivas de los signos de deseabilidad: indiferenciados, sustitutivos, repetibles, universales: intercambiables, genéricos, transferibles y comunicables de forma codificada.

         La actividad crítica de su “partenaire” en la relación social (el hombre) consiste, por el contrario en la interiorización problematizada de los desideremas que percibe: desideremas que flotan en el ambiente, desvinculados de toda mujer real, disponibles. En resumen, la tarea exclusivamente crítica del varón consiste en el descuartizamiento de la imagen corporal de la mujer, en su reducción a un “stock” de desquiciados desideremas desconectados entre sí, y en la posterior construcción intelectual fuertemente problematizada y llena de contradictoriedad, de un “objeto cognoscitivo y obscuro de deseo”. Construcción cognoscitiva que es objetificada de acuerdo con las reglas fundamentales, las del “desafío invencible” y la del “enigma sin solución de continuidad”, cuya enorme carga de problematicidad y contradictoriedad sólo puede resolverse (en lo que constituye la llamada “realización del deseo”) mediante la destrucción del objeto cognoscitivo de deseo reconstruido. Pero la contradictoriedad dialéctica que se establece en la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo constituye un tema que desborda las intenciones modestas del presente opúsculo.

         Por ahora baste con decir que gracias al monopolio de actividad crítico-deseante, el varón logra imponer una masiva y aplastante superioricidad intelectual. Superioricidad derivada precisamente del ejercicio de la deseación, es decir de la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo, contradictorios, dialécticos, paradójicos, incoherentes y problematemáticos. Ambos tipos de relación social de sexualidad, el uterino-doméstico y el deseativo coexisten y coexistirán para siempre. El primero, a modo de residuo de carácter tributario, primario, precapitalista; el segundo, en perfecta coherencia y armonía con el reinado del márquetin. Pero uno y otro se excluyen mutuamente: la deseación exige anonimato, distancia social, y no se puede desear a la propia madre, abuela, tías, esposa vieja o hijas, pues el deseo es incompatible con la convivencia uterino-doméstica.

         ¿Podemos pues deducir también la necesariedad objetiva de la revolución feminista a partir de la intercambiabilidad universal de la mercancía cognoscitivo-deseativa? Obviamente sí. La socialización de la producción femenina de desideremas entra en contradicción con su interiorización individual-masculina: y la productora del deseo, por serlo, puede llegar a apropiarse de su propio producto interiorizándole de forma recreativa. Aunque no es fácil que dejase de ser irresponsable y se responsabilizara. Que dejara de ser una mera deseada-deseable y pasase a ser una auténtica deseante, ejerciendo con decisión su voluntad crítica. Pero lo que sí puede hacer la mujer, si quiere llegar a ser una deseante activa, creadora, responsable y militante es ponerse a desear a la misma mujer, ya que la vigente deseabilidad es de naturaleza femenina. Se trata de aprovechar el vigente código de deseabilidad pero reactualizándole (exteriorizándole e interiorizándole, objetivándole y objetificándole) en el marco de unas relaciones sociales distintas y nuevas: ya no de hombre a mujer, sino de hembra a hembra, ya no de varón deseante a hembra deseada, sino de mujer a mujer: ambas deseantes y deseadas, ambas dominantes y dominadas, ambas responsables y poderosas afroditas, ambas libres y reinas soberanas.

Post scriptum:

Si el actual proletario es un mero productor de trabajemas (aquellas partículas elementales mediante cuya combinatoriedad calculada el capitalista realiza sus mercancías), la mujer actual es una mera productora de desideremas: aquellas partículas elementales de deseabilidad mediante cuya combinatoriedad aleativa el varón deseante realiza su deseo, realizando la mercancía deseativa.

         Fue decisiva la influencia de los párrafos finales del clarividente escrito en la consolidación de la pareja Carole-Katheryn. Ésta última, con su gran belleza y personalidad, producía desideremas subjetivos-objetivos que fueron percibidos por Carole que se comportó como hembra deseante-deseada para realizar su deseabilidad subjetiva, extrayendo la mercancía deseativa de su amiga americana. Pero la estabilidad de las partículas elementales de deseación se fue al garete el mismo día que en la vida de las dos jóvenes amantes apareció el judío errante Albert Mendes.

Pertenecía a una familia de judíos sefardíes de Transilvania, procedente de Salónica, que se vio obligada a emigrar a Suiza durante la II Guerra Mundial y acabó instalándose a su término en Marsella, donde él nació. Su espíritu de apátrida le impulsó a estudiar música para la que poseía aptitudes sobresalientes llegando a interpretar con igual maestría cuantos instrumentos de viento y cuerda existían. Se ganaba la vida pobremente tocando en cafetines, el metro o la calle y se había negado a formar parte de grupos, bandas u orquestas estables a pesar de las numerosas ofertas recibidas. Se dejaba llevar por su naturaleza anárquica y pasiva, por su lentitud sublime, que no soportaba ninguna obligación ni disciplina exteriores.

La personalidad de Albert era muy diferente de las Katheryn y Carole, y tal vez por eso fue que se avino a formar trío, ménage à trois, o comuna, como ellas decían, las cuales comenzaron a cuidarlo en todos los detalles y asuntos materiales para los que era como un crío desvalido y muy poco diligente. Y Albert, para agradecerles sus atenciones y protección, les pagaba con mucho arte y amor. Además de ser encantador en todos los sentidos, estaba dotado por la naturaleza con unos extraordinarios atributos varoniles que le permitían satisfacerlas sexualmente a las dos: en la pequeña buhardilla de la rue de Saint André des Arts, donde vivían, flotaba un fuerte olor a esperma tanto de día como de noche. El músico era un fenómeno capaz de alcanzar veinticuatro orgasmos en una jornada, y el fluido de la vida inundó abundantemente las entrañas de las dos mujeres y fructificó en el vientre de Katheryn, quien concibió a una hembra desde el primer embate amoroso, a la que pondrían el nombre de Alberta. Carole, en cambio, permaneció estéril y lo iba a permanecer toda su existencia a causa de las graves disfunciones hormonales que no deseó nunca conocer ni remediar, suponiendo que hubiesen podido tener remedio, pues había decidido rechazar la maternidad para ser fiel a sus inquebrantables principios ideológicos. Durante los primeros meses del embarazo no se alteraron significativamente las relaciones de la pequeña comuna, y Albert siguió cumpliendo con el mismo ardor constante con las dos mujeres. Fue, sin embargo a partir del octavo mes, cuando obligado no sólo por la abultada redondez del vientre de Katheryn, sino también por su incipiente laxitud amorosa, el flautista se volcó de manera casi exclusiva en Carole, que se mostraba insaciable y monopolizó encantada su inagotable energía varonil.

         Katheryn se sentía triste pero no decepcionada ante la nueva situación del trío, y se mantenía firme en su intención de continuar con su gestación y de traer al mundo a su hija, a pesar de que tanto Albert como Carole le insinuaron abiertamente en varias ocasiones la conveniencia de poner solución de continuidad al embarazo, temiendo que, de no hacerlo, pudiera romperse el círculo verdaderamente mágico de sus relaciones, en el interior del cual se había instalado la felicidad, sí, la felicidad. Katheryn no comprendía en absoluto la enorme transformación que se había producido en ella, pasando del rechazo vehemente de la maternidad o de cualquier forma de vida en pareja con hombre, a desear ardientemente ser madre y gozar de Albert para ella sola. No comprendía las razones del cambio tan brusco operado que la había alejado súbitamente de la militancia activa de la revolución feminista, y la animaba a tejer prendas de lana, perlé y algodón para su futuro bebé. Sospechaba que lo real eran sus sentimientos actuales alentados por la llama de la vida que albergaba en su interior, y que la dialéctica y praxis revolucionarias que predicó durante los últimos años, amén de su circunstancial lesbianismo, no fueron sino una tabla de salvación para sobreponerse al zarpazo brutal del la violación, que había congelado sus verdaderos e íntimos anhelos de mujer corriente.

Tras el nacimiento del bebé Alberta, Katheryn fue presa de una violenta e incontrolable crisis de agresividad contra la otra hembra que compartía su domus, la cual se vio obligada a batirse en retirada y a buscarse otro hogar, pero sin renunciar al macho que tanto la colmaba, y sin olvidar nunca su ideal de comuna ni dejar de proponérselo y reiterárselo en cuantas ocasiones le fue posible a la que, a pesar de su infidelidad, seguía considerando su mejor amiga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL BORRACHO INGLÉS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la mañana siguiente de su llegada a Granada, el 19 de abril de 1932, se produjo un temblor de tierra de grado 4,4 en la escala de Richter. El terremoto, acompañado por un terrorífico ruido subterráneo, sembró el pánico entre los granadinos; sin embargo, Clarence Malcolm Osborne no se enteró de nada porque, en ese preciso momento, estaba durmiendo pesadamente su primera y descomunal borrachera en esa incomparable ciudad.

El joven Clarence, de 22 años, había hecho el viaje desde Liverpool, escoltado por el matrimonio Aiken, Clarissa y Conrad, un poeta de cierto renombre y su tutor circunstancial, contratado por sir Arthur Osborne, padre del muchacho. Viajaron en barco a Gibraltar, y desde allí en tren hasta Granada con parada en Ronda: en la ciudad del tajo, tanto pupilo como tutor tuvieron ocasión de pasmar a los clientes y camareros de innumerables bares y tabernas con el consumo pródigo de mortíferos brandies triples.

El trío fue a alojarse en la pensión Carmona, situada en la Antequeruela Baja, a pocos metros del imponente hotel Alhambra Palace. Blanca y pulcra, la modesta residencia ocupaba el espacio de un carmen construido a mediados del siglo anterior, desde cuyos balcones, torre y jardín, podía contemplarse el soberbio panorama de la ciudad, la Vega y Sierra Nevada. El lugar sedujo inmediatamente a los viajeros; además, doña Angustias, una mujer de 50 años, menuda y diligente, trataba a todos sus huéspedes con afecto y eficacia, cualidades juntas poco frecuentes de encontrar en el Reino Unido.

Habían dejado Inglaterra bajo un cielo plomizo y amenazante, y encontraron una Andalucía cegadora y en plena eclosión de primavera. Clarence Malcolm recordaba a duras penas, que existieran paisajes y atmósferas tan saturados de vital esplendor como los que encontró en Granada. Su profunda sensibilidad de artista –el joven quería consagrarse a la literatura, y ya había escrito una novela todavía inédita- recibió como una especie de descarga eléctrica, y, desde los primeros momentos, experimentó una lancinante sensación, mezcla de felicidad y congoja, difícil de soportar.

Su temprana afición al alcohol, interrumpida brevemente, comenzó a acentuarse: la extraordinaria facilidad de encontrarlo y el bajo precio de la bebida en España no eran precisamente las condiciones idóneas para frenar a un alcohólico incipiente. Los consejos y cuidados de sus amigos no servían de nada; Malcolm desaparecía todos los días durante varias horas y volvía a aparecer invariablemente borracho como una cuba. Otras veces tenían que salir a buscarlo por toda la ciudad, y lo encontraban durmiendo tirado en cualquier rincón, o armando broncas vociferantes en alguna tabernucha de mala muerte.

Se paseaba continuamente con un gran sombrero mejicano que había comprado en Ronda: estaba convencido de que esa era una prenda típica del atuendo diario de los andaluces, y no había manera de persuadirlo de que su uso le daba un aspecto ridículo y extemporáneo. Pronto empezó a ser conocido por todos los barrios de la ciudad: la gente se volvía y se burlaba a su paso, y los chiquillos lo seguían dando grandes risotadas y le tiraban de la ropa, o intentaban quitarle el sombrero de un manotazo. En algunas ocasiones se ponía a tocar su también inseparable ukelele a altas horas de la noche, y las parejas de la guardia civil que patrullaban por la ciudad se veían obligadas, por deferencia al británico, a llevarlo a rastras hasta la pensión.

En momentos de serenidad, Clarence Malcolm reconocía que estaba dando una imagen impropia de un gentleman, pero no podía hacer nada para evitar seguir bebiendo y emborrachándose. En sus conversaciones con el matrimonio Aiken, declaraba que la única causa de su incontinencia alcohólica era el embrujo mágico de Granada; sus paseos por las callejas del Albaicín, o sus rondas por las estancias de la Alhambra, en lugar de apaciguarlo, alimentaban su ansiedad. El sentimiento de la extraordinaria belleza de esos lugares encendía en su pecho una hoguera de exaltación y desconsuelo que no se podía apagar más que bebiendo sin cesar anís del Mono.

Llevaban ya dos meses viviendo en Granada y el estado del joven no hacía sino empeorar. No se lavaba ni cambiaba de ropa, su aspecto desastrado y con barba de varias semanas parecía el de un vagabundo: le llamaban “el borracho inglés”. Los guardias civiles empezaron a hartarse de su presencia, y, tras retenerlo en el cuartelillo en varias ocasiones, comunicaron a los Aiken que si no lo alejaban de Granada, se verían obligados a encerrarlo en la cárcel durante una buena temporada o a expulsarlo de la ciudad, e incluso las dos cosas de manera sucesiva.

Una mañana espléndidamente azul de junio, cuando desayunaba con sus amigos en el jardín de la pensión, Malcolm notó a través de sus párpados semi cerrados, en parte por la agresiva luminosidad, en parte por los efectos de la resaca, la presencia en una mesa contigua de unos nuevos huéspedes de doña Angustias. A intervalos, pudo observar la gran hermosura de una mujer joven, acompañada de un hombre que, aunque vestido con informal ropa deportiva, no podía ocultar que le doblaba la edad. Conrad Aiken, a su lado, con voz queda, estaba dándole un ultimátum, y le advertía que de no corregirse inmediatamente, regresarían a Inglaterra en el primer barco que zarpara de Gibraltar. Malcolm se dio cuenta de que la muchacha los miraba interesada de vez en cuando, y, sintiendo vergüenza de que ella lo viese en el estado de suciedad y abandono en que se encontraba, dejó su taza de té con leche a medio beber, y subió apresuradamente a su habitación.

Ese día, Malcolm no probó una sola gota de anís, y permaneció durante horas en su cuarto, tumbado en la cama. No podía alejar de su mente el hermoso rostro de la muchacha, mientras se hacía miles de preguntas sobre su identidad y la de su acompañante. Deseaba vehementemente volver a verla y se llevó una enorme decepción al no encontrarla en el jardín-comedor a la hora del almuerzo. Anduvo paseando toda la tarde por el bosque del Carmen de los Mártires, uno de los espacios más románticos y ensoñadores que había conocido jamás; esperaba con impaciente emoción que llegase el momento de la cena, pues tenía la certeza absoluta de que volvería a encontrarse con la maravillosa desconocida.

Cuando regresó al anochecer a la pensión, Malcolm sintió que una oleada de sangre caliente inundaba su cuerpo: la pareja de nuevos viajeros estaba sentada a la mesa de los Aiken con quienes mantenían una animada conversación. Se sentó con el grupo en una silla vacía, entre Conrad y la joven. Se llamaba Jane Galbraith, era americana y se ganaba la vida como modelo artístico. Residía en París donde había conocido al hombre maduro que la acompañaba y que no era su marido, tal como Malcolm se había temido.

Entre los jóvenes se estableció una inmediata y fluida corriente de simpatía. Malcolm se ofreció para hacer de guía de la ciudad y Jane aceptó encantada. Esa misma noche, después de la cena, estuvieron recorriendo solos el Albaicín y el Sacromonte; el caballero francés se quedó en la pensión con el pretexto de estar muy cansado. Todos se dieron cuenta de la fuerte atracción espontánea que habían comenzado a sentir.

A partir de ese momento, Jane y Clarence Malcolm no iban a separarse durante muchos años; el amor los invadió como una marea repentina, y se dejaron arrastrar por el ímpetu irresistible de su corriente. Permanecieron juntos un mes en Granada, embriagándose de caricias y sueños. Malcolm dejó, como por encanto, de sentirse angustiado y ya no tuvo más necesidad de emborracharse con alcohol; su tensión interna acabó por sintonizar en armonía con las vibraciones mágicas de la ciudad y supo, para siempre, “que no se puede vivir sin amar”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                  EL CHÓFER DE KATHERYN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde que dejó a la señora a la puerta de la galería y estacionó el Laguna en el aparcamiento público de Saint Germain des Pres, hasta recibir en su móvil (que Katheryn le había proporcionado como útil de trabajo) la llamada de Alberta pidiéndole que volviera a buscarlas, el chófer se había tomado la primera copa de tinto de bourgogne del día, en Chez Georges, un BarTabac-Presse de la estrecha rue Visconti, próximo a la rue de Seine. Allí había comprado un paquete de Gitanes, su periódico predilecto y una revista, a la vez que había mantenido su conversación habitual con Georges Duratti, el dueño del local, instalado en permanencia detrás de la caja, y madame Duratti, Nadine, que servía a los clientes. Cuando Maurice entró en el local, ésta acababa de poner un demi de cerveza a una danesa loca, llamada Greta, de edad indefinida, que vivía desde hacía varios años en un sótano abandonado, húmedo e insalubre del Quai de Conti. Los dueños del bar la admitían un rato todas las mañanas en la barra, a pesar de que la presencia de la vagabunda molestaba a los clientes por el olor que desprendía, y la turbación que producía su inocente mirada azul y su constante sonrisa transparente.

 Quel temps dégueulasse –dijo Maurice Leroy por todo saludo, sentándose en un taburete, a dos de Greta, mientras daba la mano al dueño, de su misma edad pero bastante grueso y de cabello blanco pegado a la parte superior de la frente, que le daba un aspecto de senador romano.

        —C’est pas vrai, il n’y a plus de saisons –dijo Georges.

         –C’est un printemps pourri –replicó Maurice, abriendo Combat Nouveau, un diario de izquierdas:

         “A menudo, se acusa a la Justicia de clasificar sin mirar los asuntos que la policía le transmite. Los tribunales de la región parisina conocen una tasa de respuesta cercana al 70% . Más de 2 de cada 3 infracciones son perseguidas ante los tribunales, o bien sometidas a procedimientos alternativos como la mediación, la reparación o el recurso a la ley. Un 30% de los asuntos considerados punibles son sin embargo archivados sin consecuencias. El tribunal de Fontenebleau se lleva la palma de la severidad. Encarna sobre todo una práctica penal tradicional que consiste en utilizar la maquinaria pesada del proceso penal para toda clase de infracciones, incluso las menores”. Estos siguen la senda de California donde se castiga con cadena perpetua a los reincidentes aunque sea por delitos de poca monta. “En París todo es desmesurado. Hay dos veces más casos por 1000 habitantes que la media nacional y tres veces más magistrados y funcionarios para tratarlos. En París se encuentra un tercio de todos los abogados de Francia”.

         Tras los cristales semi empañados del bar, Maurice vio desplazarse la figura de una señora alta y delgada, enfundada en un abrigo negro de pieles que iba barriendo el suelo. Se cubría con un enorme gorro de astracán que sólo dejaba ver unas gafas grandes y un trozo de cara cadavérica de piel apergaminada y carbonizada, seguramente a causa de los rayos UVA. Parecía una representación de la parca, pensó.

         -¿La has visto? –preguntó.

         – ¿Qué? –preguntó Georges.

         –No, nada, une dame…-dijo Maurice sin terminar la frase y pasando una página de Combat Nouveau.

         “Entre la imagen feliz de la sociedad consumista que pretende dar el sistema neoliberal que nos domina y la dura realidad cotidiana de la inmensa mayoría de los ciudadanos, se genera una enorme ola de frustración que es causa de un gran estrés y una gran agresividad. Del lado de las apariencias, el espacio lleno de objetos atractivos, mensajes complacientes y cómplices con el individuo tomado como sujeto consumidor. Del lado de lo real, trabajo duro, inestable, sueldos escasos, deudas de casa, coche, tarjetas de crédito, etc. El resultado es un conjunto de seres frustrados y agobiados que pretenden liberarse en los espacios públicos que…”.

         -¿Qué cuenta el periódico? –preguntó Georges sin excesivo interés.

-La crónica política nuestra de cada día –respondió Maurice, y sin levantar la vista de la página que estaba leyendo, añadió-. Escucha lo que dice un sindicalista de la CFSA: “Si la empresa persiste en su actitud, aumentaremos tanto la cantidad como la calidad de las huelgas”. ¡Qué te parece!

         -Habla igual que los empresarios –dijo Georges.

         -Efectivamente –convino Maurice -. Y hablando de empresarios, ¿sabías que tres multimillonarios poseen más riqueza que 600 millones de personas?

         –C’est pas vrai –dijo Georges que se puso a atender a un cliente del estanco.

         -Montesquieu habló de los tres poderes del sistema democrático: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, pero no habló del poder escondido, del poder oscuro de la sociedad: el poder económico, que hoy domina a todos los demás poderes – dijo el chófer.

         -No hay que exacerbar ningún tipo de elemento sobre todas estas cuestiones. Vamos a crear un dotacional sanitario para nuestro barrio, me decía el concejal del distrito el otro día –dijo Georges después de despachar al cliente.

-Las palabras se han pervertido, patrón – afirmó Maurice-, porque no se quiere llamar a las cosas por su nombre y se dicen memeces como que los niños autistas o con síndrome de Down no son niños con deficiencias mentales, sino niños con habilidades diferentes. ¡Escuche, Georges! –prosiguió con énfasis-: Hace poco, leí una noticia sobre los problemas de los inmigrantes en Collioure. El periodista llamaba a los extranjeros “visitantes irregulares” y “pobladores de fuera”, en tanto que a los habitantes del pueblo los llamaba “vecinos indígenas”

-Cualquier tiempo presente es peor y a cada tiempo su propio lenguaje. Ésta es la conclusión que puede extraerse de las lamentaciones constantes de escritores y pensadores de diferentes siglos, acerca de la época en la que vivieron: muerte de la espiritualidad y de los valores, predominio del materialismo, zafiedad humana, traiciones, mentiras, etc. Por sus testimonios podemos saber que nunca existió una edad de oro, sino una energía perversa y destructiva que va evolucionando de forma continua –replicó Georges que presumía de haber asistido durante su juventud a cursos de Filosofía en Vincennes, para alumnos que no tenían el bachillerato.

-Esto es lo que más o menos piensa Katheryn, mi jefa, cuando dice que no hay tiempos mejores sino menos malos que otros –dijo Maurice que se puso a leer su periódico en voz alta.

-Vivimos en una sociedad violada y prostituida –dijo la danesa loca sin perder su sonrisa inocente

-“Un sistema genético universal dibuja bocetos en las alas de las mariposas” -¡Qué noticias más curiosas! –exclamó Maurice que no prestó atención a Greta-. “La policía romana irá equipada con pulverizadores de pimentón picante llamado peperoncino”.

-¿Con pepero qué? –preguntó Georges divertido.

-Con Peperoncino. ¡Qué graciosos son estos italianos, verdad! –dijo Maurice.

-Qué quieres que te responda, ya sabes que soy de origen italiano, de Niza –dijo Georges.

-Niza no es italiana que yo sepa –dijo Maurice.

-No, ahora es francesa, pero sólo desde 1860 en que Francia se anexionó parte del Piamonte –dijo Georges.

-¿Sólo eres francés desde 1860? Si llego a saberlo, no me caso contigo –dijo en tono de burla madame Duratti, que era Desbois por su apellido de soltera.

-“Un psicópata colombiano viola y mata a más de 140 niños de la calle””–comentó Maurice horrorizado.

-¿Dónde? –preguntó Georges.

-En Colombia, naturalmente –respondió Maurice.

-¡Qué vergüenza! Está visto que no todos los niños son iguales –dijo Georges.

-¡Cómo que todos los niños no son iguales! –exclamó Nadine indignada, unos diez años menor que su marido y con unos pechos puntiagudos que hacían suspirar a Maurice-. Ya lo creo que son todos iguales. Los que no lo son es los hombres, porque los hay que son auténticas alimañas.

Bueno, los hombres también son todos iguales –dijo tímidamente Maurice-, las diferencias están en los países, en los Estados. Los hay de primera, de segunda y de tercera. Y si naces en uno de tercera, eres un hombre o un niño de tercera.

-Sobre todo si eres pobre –añadió Nadine.

-Desde luego –asintió su marido.

-Los gendarmes andan buscando a dos cazadores de La Camargue por haber disparado por la espalda a un inmigrante argelino. El inmigrante, perdido, transitaba por la marisma y los cazadores lo dejaron malherido creyendo que había muerto. Lo trataron como a un animal –contó Maurice recordando la noticia espantosa que había leído en Combat Nouveau.

-Pues el ayuntamiento de Marsella edita una guía para inmigrantes en la que les aconseja no tener relaciones sexuales para evitar contagios. La mejor manera de no contagiarse es no mantener relaciones sexuales, eso elimina totalmente el riesgo, dice el folleto, ¿qué os parece? –dijo Georges.

-Verdad de La Palisse, querido Watson –dijo pedante Maurice.

-¿Quién será el talento al que se le ha ocurrido una simpleza semejante? –se preguntó Georges.

El local se llenó repentinamente de clientes. La vagabunda danesa pagó céntimo a céntimo su cerveza y se marchó discretamente. Maurice se puso a leer su periódico sin poder responder a la pregunta que el propietario del bar había dejado en el aire.

“¿Quién delató al Che? Un documental sueco reaviva la polémica sobre si alguien traicionó al mítico guerrillero argentino-cubano: Ernesto “Che” Guevara. Acusan al sociólogo y escritor francés Regis Debray de ser él quien señaló al ejército boliviano el lugar donde el Che se escondía”. Calumnias, pensó Maurice. “El 8 de octubre de 1967 el Che caía en una emboscada del ejército boliviano en el valle del Churo. Era el fin del foco guerrillero de Bolivia y de la aventura revolucionaria de Ernesto Guevara de la Serna, cuyo nombre iba a convertirse en todo el mundo en símbolo de la lucha armada contra la injusticia. Compañero de Fidel Castro, el Che había dicho el mismo día de su entrada en la Habana: Para mí el combate continúa en otra parte. En 1965 desaparece: durante dos años no se sabrá dónde milita, qué prepara, si sigue vivo. Regis Debray sí lo sabía. Fascinado por la experiencia castrista, este catedrático de Filosofía de veinticuatro años , que estaba en ese momento ocupado en escribir su Revolución en la revolución, se dirige a Bolivia para colaborar en los preparativos de la guerrilla del Che. Al regresar del campamento central en Nancahuazu, en abril de 1967, Debray es detenido junto con dos de sus camaradas: condenado a 30 años de cárcel, será, sin embargo, liberado antes de terminar su cuarto año de prisión…”. ¿Por qué? Sin duda el Che Guevara es el tío más íntegro y consecuente del último siglo. “Dolores, 19. Particular, estudiante de fotografía. Ninfómana. Acabo de alquilar un piso en Montparnasse para empezar en esto. Lo hago por vicio. Hago de todo, completo con francés en mi boca y beso negro. Puedes repetir. Pamela. Te recibo desnuda, 19 años, cuerpo precioso, pechos erguidos, sexo arregladito. Te haré un francés profundo hasta el final, luego te comeré por detrás para reanimarte otra vez, para que me penetres, luego en la cocina me volverás a penetrar y me penetrarás en mi jacuzzi, y volverás a penetrarme en la cama: soy un cálido agujero húmedo. Nancy, particular. Rubia espectacular, recién llegada de vacaciones de Saint Tropez. Penetración salvaje, oral tragándomelo; beso negro, sucio y limpio; lluvia en mi boca, coprofilia. Al llegar, si quieres, me arrodillo y terminas en mi boca. Luego seguimos hasta que no puedas más. Repite las veces que quieras. Si me avisas, puedo recibirte completamente desnuda, bronceada y rasurada. Karen, 22 años. Universitaria muy culta. Me gustaría compartir mis inquietudes sexuales con hombres que sepan enriquecerme en la cultura erótica. Tengo un cuerpo 10 y un apartamento de ensueño. Isadore: clínica especializada. Impotencia, alargamiento y curvatura del pene, cambio de sexo. Profesionales titulados. Larga experiencia… Magali. 18 años recién cumpliditos. Rubia despampanante, cuerpo sensacional, pelo largo, labios sensuales. Soy muy viviosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y veas que no llevo nada debajo. Que me hagas el griego profundísimo, tragarme toda la leche, hacer el amor varias veces, besarnos (relación amante). En fin, todo sin límites… Soy muy viciosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y…”.

-¿Estás buscando piso? –preguntó con sorna madame Duratti, que se había acercado al chófer después de atender a la clientela.

-Pues sí –respondió Maurice cerrando su periódico, y avergonzado de que la atractiva mujer lo sorprendiera leyendo la sección de masajes.

-¿No te encuentras a gusto en el de ahora? –preguntó Georges, que había vuelto a instalarse detrás de la caja.

-Bueno, en realidad no tengo ninguna prisa por cambiarme, pero, me gustaría hacerlo dentro de un tiempo –dijo Maurice mintiendo para zanjar el tema.

-Los pisos están por las nubes –dijo el patrón del bar-, así que piénsatelo bien antes de buscarte otra cosa.

-Todo está por las nubes –dijo su mujer sonriendo de manera equívoca.

-Sí, es cierto. Vivir es hoy todo un lujo –concluyó Maurice, que volvió a la lectura del reportaje sobre el Che y Regis Debray, para evitar la sonrisa irónica de Nadine.

“Tal vez resulte superfluo poner de relieve, como acabamos de hacer, que a la guerrilla le faltaban los medios y los instrumentos necesarios para atraer a las masas, pues habríamos tenido que empezar por el principio: a saber, por la ausencia física de las masas. Es decir, era tal el estado de dispersión del habitat de la selva boliviana, tal la despoblación, que las masas prácticamente no existían. En dos semanas de marcha por la jungla, en el mes de febrero, la columna del Che no se topó más que con una familia, un machetero, y no precisamente con cualquiera: Honorato Rojas, el hombre que, según Debray, condujo al ejército al Vado de Yeso, y que vendió a toda la retaguardia de la guerrilla (después sería ejecutado por el ELN). La extrema diseminación de las explotaciones corría pareja con el atraso político de los campesinos. Allí sobraban tierras cultivables y faltaban brazos. En el campamento, el Che impartía por la tarde clases de francés…”.

Una anciana piruja vestida de beige claro y rosa caramelo entró como un soplo de aire y pidió a Georges un paquete de Craven “A”. Venía acompañada por un anciano alto y delgado, enfundado en una gabardina raída, que se quedó rezagado en la puerta del local. Maurice observó las espesas cejas, semejantes a ilustres bigotes, del viejo que casi ocultaban la estrecha raja de sus ojillos, intensamente azules.

-Au revoir messieurs, dames – gritó la anciana con sorprendente potencia vocal después de pagar, abrir su paquete y encender un cigarrillo, todo ello con una gran viveza de movimientos que contrastaba con la torpe parsimonia de su tímido acompañante.

-Extraña pareja. Es la primera vez que los veo por aquí –dijo Nadine, cuando ya se habían marchado.

-No son del barrio –aclaró gratuitamente su marido.

-Parecería que la señora fuera la hija del viejo, y sin embargo debe de ser mayor que él, a juzgar por las arrugas de su cara. –dijo Maurice, que había apurado su vaso hasta no dejar el más mínimo residuo del Bourgogne.

-Me gustaría a su edad tener su energía –dijo Nadine.

-¿Te refieres a la señora? –preguntó Georges.

-Pero, hay que ver cómo va vestida –añadió Nadine sin responder a su marido.

-Parece una tarta de crema y fresa –dijo Maurice.

-Con los años que tendrá –dijo Georges.

-Puede que sea americana –dijo el chófer -. En California es frecuente ver a muchas viejas de su estilo.

-En todo caso no tenía acento extranjero –dijo el patrón del bar.

-Pero si sólo ha dicho dos palabras –protestó Nadine para apoyar a Maurice. Y añadió suspirando-: ¡Cómo me gustaría conocer Hollywood!

-¡Qué ibas a hacer tú allí!, du cinéma? –dijo Georges soltando una risotada.

-¡Quién sabe! –exclamó Nadine al tiempo que erguía su generoso busto.

-Podíamos hacer un viaje los tres juntos –dijo Maurice que sentía desde hacía tiempo un intenso deseo de poseer a la mujer del patrón-. Ya sabéis que yo viví allí varios años y sería un buen guía. California. El Estado de los superlativos. El Estado en el que se encuentran muy próximas las altitudes mínimas y máximas de los Estados Unidos: el Valle de la Muerte, más bajo que el mar, y el monte Whitney a cuatro mil y pico metros. Al norte de San Francisco hay un fuerte que se llama Presidio. Lo construyeron los españoles en 1776 y aún era usado por el ejército de los Estados Unidos en 1954. El puente de Oakland que une esa ciudad con San Francisco se convierte en su tramo central en un túnel que cruza la isla de Yerba Buena. En Coloma, al noreste de Sacramento, se encuentra el lugar donde James Marshall encontró oro por primera vez. Con la horda de los buscadores, llegaron médicos, abogados, carpinteros, vaqueros, granjeros, profesores, y granujas de todo pelo. Esa fue la primera oleada de inmigrantes, desde entonces no ha parado la marea. La misión franciscana de Carmel se fundó antes de que existieran los Estados Unidos. Sebastián Vizcaíno exploró esa costa en 1602 y echó el ancla en la ancha y circular bahía de Monterey. Escribió sobre las playas y costas en términos tan elogiosos que desde entonces nadie ha podido identificar el lugar. Aunque se puede entender fácilmente el entusiasmo del marino español, pues la costa siempre verde de la península de Monterey es un lugar de una incomparable belleza, con una naturaleza esplendorosa, con playas pobladas por leones marinos. Monterey fue la capital de la California española muchos años antes de que Washington D.C. se fundase. En sus mejores días, en el puerto de Monterey atracaban grandes veleros de la costa Este y de muchos puntos del Pacífico, y la vida era próspera y alegre con numerosas fiestas, entre las cuales, carreras de caballos y corridas de toros.

         -Como en España –dijo Nadine que escuchaba soñadora, vigilada con el rabillo del ojo izquierdo por su marido.

-Como en España y también en Francia –dijo el chófer que continuó con su exhibición, confiado en el efecto de embelesamiento que había producido en la bella camarera-. La misión de Santa Bárbara es la única que permaneció sin interrupción en manos de los franciscanos a lo largo de su historia. Posee una fachada del más puro estilo neoclásico. Sus rezos y cánticos se hacen siempre en latín. Alrededor de Santa Bárbara comienza California sur. El contraste con el norte es sorprendente, porque allí en verano la temperatura es muy elevada, las colinas están peladas y amarillas. Los desiertos cubren grandes áreas y las palmeras reemplazan a los pinos. La costa es totalmente como la del Mediterráneo. Las aguas de la isla Santa Catalina fueron surcadas por los marinos españoles mucho antes de que el este de los Estados Unidos fuera colonizado. Cabrillo fue el primer explorador español que descubrió California y que desembarcó en las playas de Santa Catalina. Pero los españoles no se dieron mucha prisa en colonizar su nuevo descubrimiento. Pasaron más de 200 años hasta que Gaspar de Portolá fundó el primer establecimiento en una bahía a la que llamó San Diego. El español no podía haber elegido un sitio mejor. En la parte de San Diego llamada Old Town tuvo lugar el nacimiento de California en 1769. Alrededor de una tranquila plaza se levantan todavía media docena de muros que llevan los nombres de las familias que los construyeron en el pasado. Nombres como Machado, Pico, Bandini, Estudillo, Carrillo, Pedrorena, y también un Stewart.

-Háblame de Los Ángeles –pidió Nadine que no tenía la más remota idea de dónde podía encontrarse San Diego y no había entendido ni uno solo de los nombres españoles, pronunciados por Maurice con su acento americano de California.

-Los Ángeles se extiende a través de más de 500 millas cuadradas. Es la ciudad más grande de América, con veinte barrios prácticamente autónomos con grandes superficies comerciales. Ciudad sobre ruedas. La gente recorre al día en automóvil cientos de kilómetros para hacer su vida normal, trabajar o divertirse. Hay más coches que familias en Los Ángeles: más de veinte millones de coches particulares. Mil millas de autopistas y una extensa red de autobuses urbanos en los que se desplazan los indocumentados y los ancianos.

-¿Y Hollywood, cómo es Hollywood? –preguntó impaciente madame Duratti, a la que no le interesaban mucho las cifras y datos objetivos que le proporcionaba Maurice.

-¿Hollywood?, Hollywood es un lujoso cementerio temático, lleno de muertos vivientes –respondió el chófer, dejando traslucir el resentimiento que aún albergaba en su pecho contra la meca del cine, que no lo había tratado bien.

-Bueno, bueno, bueno. ¡A trabajar! –cortó Georges dirigiéndose a su mujer y aprovechando la entrada de dos nuevos clientes, asiduos de su negocio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL L.E.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacía veintitantos días que Juan y yo estábamos en Estocolmo. Habíamos llegado desde París a pasar los meses de verano con la intención de ganar algunas coronas, y comprobar de forma empírica (decía mi amigo que era marxista e iba para filósofo) si era justa la fama amorosa de las mujeres suecas.

Encontramos alojamiento en una céntrica y confortable residencia para estudiantes católicos latino-americanos, situada en Snickerbaken, de la que, con gran desvergüenza por nuestra parte, no marcharíamos sin pagar el último mes de alquiler. Conseguimos pronto un empleo fácil y no muy mal remunerado en un gran restaurante de Gamla Sta’n, la ciudad vieja. A mí me contrataron para recoger las basuras y los desperdicios: la mierda hablando en plata; Juan, que tenía toda la pinta de un nativo (en la calle siempre le preguntaban a él por direcciones o datos urbanos) tuvo más suerte que yo, y pasaba sus ocho horas de trabajo preparando en cadena platos de melón con jamón y de melón con gambas. Creo que desde entonces aborreció las tres cosas juntas y por separado.

Transcurrían las semanas y seguíamos sin estrenarnos ni con nacionales ni con foráneas. Esa noche, después de terminar nuestro turno de trabajo, fuimos a tomar unas cervezas al pub de Kungsgattan que solíamos frecuentar. No pensábamos permanecer mucho tiempo en el bar, pues queríamos presenciar (como tantos cientos de millones de terrícolas) la retransmisión en directo por televisión del histórico momento de la llegada del hombre a la Luna. Era la noche del 20 de julio de 1969. Faltaban pocos minutos para que las manecillas de todos los relojes suecos entraran ineluctables en la épica madrugada del día H. El sol, remiso en el interminable crepúsculo estival del Norte, estaba sin duda celoso del protagonismo que iba a tener nuestro yerto y apagado satélite.

Justo al filo de la medianoche, y cuando estábamos a punto de irnos del pub, vimos (al principio indiferentes) acercarse a nuestra mesa a dos chicas con pinta clavada de finlandesas, una de las cuales era también empleada del mismo restaurante en el que trabajábamos Juan y yo: “¿Podemos sentarnos?”, preguntaron en un inglés más gesticular que fonético: “Of course”, respondió mi amigo, a quien le chiflaba esa expresión inglesa. Intercambiamos nuestros nombres y entablamos una conversación forzada y absurda a la que, inadvertidamente, la carísima (para nosotros) cerveza Tüborg dio mayor fluidez. Mi interlocutora era una gordita prieta, sana y alegre, que no dejaba de reírse por cualquier cosa y en todo momento, aunque no creo que allí se dijera nada especialmente gracioso.

Al llegar la hora de cierre del local, Maë y Betty, así decían llamarse nuestras dos jóvenes conquistadoras, nos propusieron seguir tomando copas en su apartamento: “¡Vaya, hombre!”, exclamó Juan, “hemos estado durante todo este tiempo sin comernos una rosca, y, precisamente hoy que queríamos ver en televisión el acontecimiento de la llegada del hombre a la Luna, vienen estas a ligarnos”. “¡Que se vayan al carajo los norteamericanos y su luna!”, dije despectivamente. Yo siempre había preferido las cosas del amor a las de cualquier otro orden. “No es que me queje, pero esto podía habernos sucedido ayer o mañana”, replicó Juan. “¿No será que tienes miedo?”, le pregunté guasón. “¿Miedo a qué, estúpido!”, contestó mi amigo algo cabreado. A sus veinticuatro años de edad, Juan era virgen. Formaba parte de esa legión de españoles que habían sido reclutados adolescentes, para las huestes de la Santa Madre Iglesia Católica durante la década de los cincuenta, y que más tarde desertaron de seminarios y conventos, no sin haber quedado gravemente traumatizados.

Nuestras dos finlandesas residían en una urbanización de los alrededores de Estocolmo, donde los edificios no levantaban más de cuatro plantas de altura, y se hallaban en medio de una espesa arboleda y de céspedes impecables. Daban ya las dos de la mañana en mi reloj, y recordé que esa era la hora marcada, según había oído decir, para que los astronautas Armstrong y Collins iniciaran la fase de descenso a la superficie lunar, a bordo de un pequeño aparato de extrañas formas y siglas. Me pregunté, sin mucho interés, si serían capaces de realizar felizmente tan arriesgada y compleja maniobra.

El apartamento era pequeño y muy acogedor. Hicimos los preámbulos en el salón bebiendo whisky con soda, la única bebida que había en la casa, aunque sin duda la más apropiada tratándose de una noche americana. Juan se mostraba bastante nervioso y apocado pese a que Betty parecía estar colada por él y tomaba la iniciativa que mi amigo no quería, o no sabía llevar. Yo me comportaba, en cambio, de forma atrevida con mi gordita, ya que Maë era extremadamente complaciente y nada remilgada. Se escuchaban sin cesar chasquidos de besos ardientes, suspiros y risitas tontas: las dos chicas debían de haber pasado también por un periodo de prolongado ayuno, aunque seguramente no tan largo como el nuestro, y se mostraban ávidas de nosotros y generosas con sus cuerpos. Yo miraba de vez en cuando con el rabillo del ojo, y veía cómo mi amigo era montado literalmente por su fogosa y desmelenada compañera.

Maë me llevó hasta su cama, en el cuarto contiguo al salón; nos desnudamos y nos metimos entre las sábanas. Al poco rato entraron Betty y Juan que fueron a acostarse en otra cama, a los pies de la nuestra. Mi compañera no tenía el sexo difícil, pues nada más instalarme en su húmeda cavidad comenzó a dar sacudidas como si estuvieran aplicándole descargas eléctricas. Nos lanzamos a dos placenteras carreras sobre el terreno, a cuyo término permanecimos calmados durante un buen rato.

Juan daba la impresión de tener problemas. Al mismo tiempo, los astronautas de los Estados Unidos ya debían de estar a punto de posarse sobre la superficie de la Luna. Mi amigo, empero, no lograba conectar su apéndice con el orificio de entrada anterior de la muchacha que tanto ansiaba explorar. Existía algún fallo de transmisión entre el computador cerebral y el cilindro fálico, que no se mantenía lo suficientemente tenso para iniciar la operación final de acoplamiento: Juan no había ensayado nunca la maniobra y se encontraba sin técnica ni recursos. “¡No puedo, coño!”, gimió desesperado e histérico.

No ocurría lo mismo con Armstrong y Collins, quienes a las 3 horas y 56 minutos exactamente, tal como previsto, estaban haciendo realidad el viejo sueño de la humanidad: conquistaban el polvoriento suelo de nuestro satélite. En ese histórico momento, en ese preciso instante, fallidos todos los intentos de penetración, mi amigo saltó desnudo de la cama en la que permaneció su pareja no explorada, encendió nerviosamente un cigarrillo, pasó al salón, y le oí pulsar el botón del aparato de televisión: en la pantalla aparecieron las primeras imágenes fluctuantes de los hombres del espacio que se divertían brincando alegremente por la rugosa superficie lunar, como dos chiquillos sobre un gigantesco y mullido colchón neumático.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL OBSEQUIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entré en la planta baja del Corte Inglés con la intención de comprar jabones y, de paso, echar una ojeada a las novedades editoriales. En la sección de librería encontré un espacio acotado por nueve o diez mesas sobre las que habían apilado cuidadosamente las últimas cosechas de Best-Sellers. Pasé despectivo entre ellos y me detuve ante una mesa cercana con forma de embudo, atraído por el sorprendente rótulo:

Selección libros OBSEQUIO por la compra de un Best-sellers

Me asomé con prevención a un informe montón de volúmenes y, removiéndolos con cierto repelús, comprobé anonadado que había varios ejemplares de mi último libro: Los ojos de una gacela, publicado por las Ediciones del Nordeste hacía tres años y primer premio del XXV concurso de relatos “José Hurtado de Mendoza”, otorgado por un jurado repleto de prestigiosos nombres de nuestra literatura contemporánea: Luis Mateo Píez, Antonio Gamonera, Juan Pablo Aparicio y José María Churra, entre otros de no menor prestigio.

Morado de indignación, me dirigí a una joven empleada que se me acercó obsequiosa:

-¿Qué vale este libro? –le pregunté secamente.

-Este libro no se vende, señor, se lo regalamos si compra un best-seller.

-Pero a mí no me interesan los bestsellers, son una basura –le respondí iracundo.

-Lo siento, caballero, pero estos son los libros que más vendemos. Los que se anuncian en la televisión y en todos los pasillos del Metro: Lussía Etchavarría, Terencio Moig, Antoni Gala, Mari Carmen y su muñeca…

-Y una mierda –le grité irritado –Yo lo que quiero es llevarme este libro porque yo lo he escrito. Yo soy su autor y no quiero que lo regalen como si fuera una muestra antiarrugas o anti calvicie.

-Cálmese o llamo a seguridad – me replicó la cajera quien, desde hacía un instante, había cambiado su sonrisa por un rictus de repugnancia.

Me serené a duras penas y traté de buscar mi carné de identidad en un bolsillo y, como siempre que me pongo nervioso, tardé en encontrarlo. Al final lo conseguí y se lo puse delante de los ojos para que viera mi nombre y apellidos y comprobara que yo era el autor del libro obsequio. Tras mirar alternativamente carné y portada del libro, la empleada exclamó en tono cada vez más destemplado:

-Caballero, usted no se llama como el señor que ha escrito este libro.

Y llevaba toda la razón. El libro lo publiqué con seudónimo y traté de hacérselo comprender. Le expliqué, lo mejor que me permitía mi terrible estado de crispación, lo que es un seudónimo, pero la cajera, que fue reclamada a bocajarro por una señora obesa que le mostraba unas bragas enormes, se puso a atenderla y me dejó plantado volviéndome la espalda.

Con el fin de tranquilizarme y pensar mientras tanto qué hacer, fui a comprar mis jabones, que habían sido el motivo primero para entrar en los grandes almacenes. Pagué mis pastillas a la lavanda y me dieron una bolsa verdiblanca de la casa. Regresé a la sección de Best-Sellers y como no vi ya rondando a ningún empleado, introduje con rapidez mis ejemplares en la bolsa de jabones. Estaba decidido a rescatar mis libros costara lo que costara.

Me dirigí hacia una de las puertas de salida suplicando mentalmente que no hubiese ningún vigilante. Pero lo había: un tipo con uniforme marrón y con aspecto clónico de Bruce Willis en policía. Me dirigí entonces a la salida opuesta esperando que estuviera franca, y no: otro clónico del actor norteamericano acechaba al ladrón, y a su lado la cajera con la que había discutido que no me quitaba la vista de encima. ¡No importaba! Pasé presuroso bajo el dintel metálico que se puso a emitir bips bips que se oyeron por toda la planta.

– ¡Caballero, caballero, deténgase! Escuché gritar a mis espaldas. Pero yo hice caso omiso y me lancé por la calle peatonal a una frenética carrera, apretando mis libros contra el pecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL OPTIMISTA

(Relato de amor fraterno alemán)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Joseph Weiss descendió del tren en la Anhalter Bahnhof. Su amigo Ulrick Wenda lo estaba esperando en el vestíbulo principal de la estación. Se unieron en un fuerte y prolongado abrazo: cada uno deseaba mostrar que el aparente distanciamiento de los últimos meses entre los dos, quedaba definitivamente superado. Intercambiaron palabras cordiales de saludo y se encaminaron hacia la salida de la Kögiggratzers strasse, donde los recibió una explosión mareante de ruidos, voces, gentes y vehículos en movimiento. Subieron en un Mercedes 1925 plateado, que los había de llevar hasta la residencia de los Wenda en el elegante barrio de Grunewald. La mañana de mayo era cálida y soleada; Joseph se sentía eufórico y se lo comunicó a su amigo.

-Nunca cambiarás, eres un optimista a prueba de cataclismos –le replicó Ulrick.

-¿Y por qué no habría de sentirme feliz?, llego a Berlín en un día maravilloso para pasar un fin de semana con el mejor de los amigos: ¿cómo podría ser de otro modo? –insistió Joseph sonriente.

Tras cruzar gran parte de la ciudad, el coche se detuvo ante la escalinata de un moderno hotelito de tres plantas, en el centro exacto de un gran jardín. Un criado vestido de negro acudió presuroso a recibirlos, haciéndose cargo del escaso equipaje de Joseph Weiss. En el porche de la casa los aguardaba Hanna, la mujer de Ulrick.

-¡Qué alegría volver a tenerte con nosotros. Estás estupendo, por ti no pasan los años!, pero ¿cómo haces para conservarte tan bien? –dijo de corrido Hanna después de besar al amigo de su marido.

-Su optimismo, querida, su optimismo –repitió Ulrick.

-No exageréis, si vierais todas las canas y arruguitas que me están saliendo.

-Supongo que te apetecerá asearte. Te hemos preparado la mejor de las habitaciones de invitados en el segundo piso. Puedes subir ahora si quieres. Entre tanto voy a ocuparme de los detalles del almuerzo –dijo Hanna dando una palmadita en el hombro a Joseph.

Entró en el cuarto de huéspedes acompañado por el criado que le llevaba la maleta. Tras agradecérselo y recogerla, la abrió y comenzó a sacar los efectos de su interior y a ordenarlos en los armarios. Mientras se preparaba un baño de agua caliente, echó una mirada a su alrededor y no pudo dejar de experimentar un ligero sentimiento de envidia, al observar la riqueza y buen gusto de todos los muebles y objetos de la suite que sus amigos le habían destinado. No sería él con su sueldo de profesor de la Universidad de Nuremberg, quien pudiera pagarse tanto lujo y refinamiento. Ulrick era consejero delegado de un importante banco berlinés, además de codirigir con el padre de Hanna una empresa de fabricación de acero.

Los dos amigos se habían conocido en su época de estudiantes de la Universidad de Ulm, donde Ulrick estudiaba Derecho y Joseph, Filosofía. Y a pesar de pertenecer a dos comunidades étnicas y religiosas distintas ( la familia Wenda era protestante y de vieja solera prusiana, y en la de Weiss existía una larga tradición rabínica), nunca hubo entre ellos la menor sombra de resentimiento racista. Ulrick se consideraba un liberal progresista, y Joseph no albergaba en sí ni el más leve residuo levítico y había roto sonoramente con la línea religiosa familiar. El afecto entre ambos fue siempre sincero y, aunque vivían en ciudades alejadas, se reunían al menos dos veces al año en Nuremberg o Berlín, manteniendo en todo momento estrechos niveles de intimidad y comunicación.

Joseph bajó a reunirse con sus amables anfitriones en una salita contigua al gran comedor, donde los rayos de sol, tamizados por cortinas transparentes, componían una luz cálidamente envolvente. El mayordomo, vestido de rigurosa etiqueta, les sirvió un aperitivo. Hanna se interesó por la mujer de Joseph, Nohamia, así como por el hijo de ambos, Albert; lamentó que no hubiesen podido venir también, y recordó algunas ocurrencias ingeniosas del pequeño, asegurando que era el niño más inteligente de cuantos conocía. Apuraron las respectivas copas de aperitivo y pasaron al salón-comedor donde se hallaba perfectamente preparada una gran mesa oval con vajilla de gala. Una joven camarera vestida de blanco con volantes negros, les escanció un suavísimo vino blanco del Rin para acompañar a unos canapés de salmón noruego y caviar del Volga.

Ulrick leyó a Joseph el programa que había preparado para su breve estancia en la capital. Esa misma noche harían un recorrido urbano incluyendo concierto y souper. Para el día siguiente, había previsto una excursión a Potsdam con visita a los palacios de la antigua corte de Prusia, y almuerzo campestre o pick-nick, como dijo Hanna, que en los últimos meses se dedicaba intensamente al estudio del inglés. La conversación entre los tres se hizo fluida y procuraron evitar cualquier tema que pudiera levantar polémica o preocupación.

Joseph se mostraba entusiasta y no dejaba de elogiar los platos exquisitos que le servían, cocinados bajo la dirección de la señora de la casa. La gastronomía era una de sus grandes aficiones y pocos como él estaban en condiciones de apreciar el despliegue que se hacía en su honor. Una excelente receta de gulash, regado con un perturbador Lafitte-Rothschild de 1920, acabaron de situarlo en un estado de jovialidad que se contagió a sus amables anfitriones. Después de los postres, con bandeja de quesos alemanes, suizos y franceses, y tarta de fresas de Plougastel, pasaron nuevamente a la antesala para saborear un aromático café de Colombia. Hanna pretextó ciertas preocupaciones urgentes, dejando a los dos amigos cómodamente instalados en enormes sillones de cuero, con dos cigarros Davidoff del 5000 y sendas copas de un excelente armagnac en sus manos.

-¿Qué tal tus relaciones con Nohamia, sigues pensando en separarte? –preguntó Ulrick con sonrisa levemente burlona. Desde hacía varios años, Joseph no había cesado de anunciarle su inminente separación matrimonial.

-Lo mío no tiene arreglo. Es como una enfermedad crónica, que ni te mata ni te deja vivir. Ya no tengo valor para abandonarla, y, sin embargo, sigo siempre a la espera del gran amor que nunca llega.

-¡Déjate de bobadas!, el gran amor de tu vida es y será Nohamia, aunque al principio de casaros no lo fuera, dado las circunstancias.

-No lo creo –respondió Joseph muy serio-. Hay días que me siento un fracasado…tengo la sensación de haberme quedado en un proyecto de hombre, en un proyecto de vida.

Ulrick comenzó a reír abiertamente.

-No te burles, te aseguro que es verdad –afirmó Joseph.

-¿Habrías dejado de ser un optimista? –preguntó Ulrick sin cortar su risa.

-No Ulrick, no se trata sólo de amor, son también los años. No olvides que ya he cumplido treinta y cinco, y no he realizado casi nada de lo que soñaba.

-No digas tonterías, Joseph, yo tengo el síndrome de los treinta desde que cumplí los veinte.

-Lo tuyo es distinto. Tú has tenido siempre todo lo que se puede desear: la seguridad que da el dinero, unos padres amables, cultos y tolerantes que te dejaron hacer lo que tú querías, y, además, el amor de tu mujer.

-Eso no es cierto, eso no es del todo cierto –repitió Ulrick sin gran convicción.

-En cambio –continuó Joseph-, yo tuve que romper con los míos porque me asfixiaba en aquel ambiente místico y alcanforado, ¿y para qué?, más me hubiese valido escuchar a mi padre y haberme dedicado al negocio de la peletería, con el tío Albert.

-No hablas en serio. ¡Tú un peletero!

-De acuerdo, no me veo como comerciante de pieles. Pero es muy duro, Ulrick. Cuando se parte de cero, uno aspira a una meta muy alta, y luego todo te parece insuficiente y mediocre.

-¿Qué tal este armagnac? –preguntó Ulrick para cambiar de tema-. Es una botella de 1915 que me regaló mi padre el día de mi último cumpleaños.

-Exquisito, exquisito –repitió Joseph mecánicamente.

-¡Ánimo, profesor, ánimo! –exclamó Ulrick levantándose del gran sillón de orejas-. Me gustaría que me dieras tu opinión de experto sobre los cuadros de un pintor…un tal Max Beckmann, que he comprado hace poco en la galería Hartmut Arckemeir: a mí me gustan muchísimo.

-Veamos –dijo Joseph siguiendo a Ulrick hasta la biblioteca, donde guardaba su todavía no muy numerosa colección de arte.

Joseph observó detenidamente los lienzos que su amigo le mostraba satisfecho.

-Son muy buenos, magníficos y poseen una excelente factura, pero tengo que decirte que no soy muy sensible a este tipo de pintura. Hay demasiada carga emotiva en el trazo. Las composiciones rezuman dramatismo, y yo prefiero un estilo más sensual, más vaporoso, digamos…y aquí hay mucha angustia latente. De cualquier modo, artísticamente son de una muy gran calidad.

Ulrick sugirió entonces a su amigo subir a sus habitaciones para descansar un rato. Los vapores de la digestión empezaban a pesarle en la cabeza y Joseph aceptó gustoso. Convinieron en volver a reunirse dos horas más tarde para iniciar el anunciado recorrido por el centro y la noche de Berlín.

Durmió durante más de hora y media. La voz del ama de llaves de los Wenda logró despertarle de un sueño profundo, debido a la fatiga de la noche anterior pasada en el tren, en el que siempre dormía muy superficialmente. Se levantó de la cama y se vistió con un terno beige de lino, una corbata negra de lazo, y su ancho sombrero de rafia, a juego con el traje. Bajó al vestíbulo donde lo esperaban, ya listos, Ulrick y su esposa.

-¡Chico, qué elegancia! –exclamó Hanna tras emitir un desenfadado silbido de admiración.

-Vaya, vaya con Weiss –dijo Ulrick, también halagador.

Joseph ofrecía una estampa sencilla y elegante a la vez. Su cuerpo delgado y de estatura moderadamente alta quedaba rematado por un fino rostro, en el que los rasgos semíticos, modelados por muchas generaciones de askenazis, irradiaba nobleza y carácter.

-Gracias, gracias –dijo Joseph Weiss complacido mientras realizaba una exagerada reverencia que hizo reír a sus amigos.

Los tres subieron al automóvil de lujo de los Wenda. El chófer, con uniforme y gorra de plato, cerró protocolariamente las puertas de sus señores y se sentó al volante. Después de atravesar la zona suroeste de Berlín, se dirigieron hacia el Tiergarten por la Kurfürstendamm. Joseph deseaba caminar un trecho por el bosque antes de proseguir el recorrido fijado. El Mercedes se detuvo en la Charlottemburger Chaussée; el matrimonio y Joseph bajaron para adentrarse por los macizos de arbustos y jardines del gran parque berlinés. Los inmensos árboles, de las más variadas especies botánicas, impedían el paso de los rayos del sol; el calor de aquel seco (y excepcional) mes de mayo había excitado los átomos periféricos de las plantas y las flores haciéndoles exhalar una gran variedad de perfumes y fragancias, que producían en quien los respiraba un incipiente éxtasis semejante al que causan los efluvios de un buen vino.

         Joseph se extendió en unos comentarios elogiosos sobre la excelencia del tiempo y la belleza del Tiergarten. Hanna, por el contrario, se quejó del largo periodo de sequía que atravesaban asegurando que la lluvia comenzaba a hacérsele necesaria. A esto, Ulrick respondió que él estaba de acuerdo en que lloviera, pero sólo después que Joseph hubiera pasado su fin de semana con ellos.

Regresaron al automóvil y continuaron su itinerario. Dejaron atrás el Tiergarten para desembocar en el Unter den Linden y pasaron bajo la Puerta de Brandemburgo. La agitación de vehículos y personas en el Paseo se volvió intensísima. Eran las siete de la tarde, la hora de la salida de los funcionarios ministeriales, y en el cruce de la Wilhemstrasse había un enorme atasco de coches y tranvías que les mantuvo retenidos durante varios minutos. El concierto comenzaba a las siete y media, y Ulrick empezó a lamentarse de que iban a llegar tarde: la Beethovensaal, a la que se dirigían, se encontraba en la Gertaudt Strasse y aún les faltaba un buen trecho saturado de obstáculos. El Mercedes torció a la derecha por la Friedrichstrasse, allí el tráfico se hizo más fluido y, finalmente, pudieron llegar justo a la hora delante de la entrada principal del teatro. Cuando tomaron asiento en sus respectivos sillones, el pianista no había salido todavía a saludar al público.

-¡Dos minutos más, y nos perdemos la primera parte! –exclamó Ulrick aliviado.

-Hubiera sido imperdonable –añadió Hanna.

El programa del concierto se componía de las baladas de Brahms opus 10, cinco lieder de Beethoven, así como de la Sinfonía número 2 del mismo compositor. Ulrick sentía verdadera pasión por el genio de Bonn, en tanto que Joseph prefería a Mozart y Schubert. La sala estaba abarrotada de personas que se arrancaron a aplaudir tibiamente cuando el primer intérprete, un solista austriaco poco conocido, apareció en el escenario. El pianista respondió humildemente a los discretos aplausos, ejecutando profundas reverencias en las que llegó casi a rozar la tarima con los dedos de la mano, en una posición un tanto grotesca.

Durante el descanso, Joseph y Ulrick salieron a fumar a los pasillos laterales detrás de los palcos; los melómanos inundaban con el humo de sus cigarros y cigarrillos todos los espacios que rodeaban al santuario musical: las alfombras, los tapices y los tejidos granates que recubrían las paredes, parecían propagar la atmósfera acre y azulada que originaba la combustión del tabaco. Los comentarios sobre los intérpretes de las baladas y canciones escuchadas, eran matizados y breves; la expectación se centraba en la obra de la segunda parte, y en la versión que de ella iba a realizar el maestro berlinés Bruno Walter.

Se oyó la tercera sintonía de aviso y todos se apresuraron a regresar a sus lugares, al mismo tiempo que los profesores de la Orquesta Filarmónica comenzaban a ocupar sus puestos. Se estableció un silencio progresivo en la sala coincidiendo con los primeros acordes de afinación de los diferentes instrumentos; cuando al cabo de unos instantes apareció el joven director de orquesta, los asistentes prorrumpieron en una estruendosa salva de ovaciones y aplausos. El artista saludó brevemente a sus entusiastas admiradores y, sin dejarles terminar sus expansivas efusiones, les dio la espalda, solicitó enérgico la atención de sus músicos y levantó la batuta en el aire con un gesto de elegante precisión.

Se escucharon los primeros compases de la sinfonía de Beethoven, “cuyos textos tan bellos e inesperados sobrepasan su propia belleza para convertirse en un símbolo”, dijo Ulrick a Joseph justo antes de tomar asiento. “Su aire aparentemente claro no debe engañarte”, volvió a musitarle a su amigo durante un intermedio cuando Joseph le confesó que él no era capaz de emocionarse con la obra. Al terminar la sinfonía, el delirio tomó proporciones de alboroto; Joseph y la pareja dejaron la sala después de que Bruno Walter se viera obligado a salir quince veces a saludar, reclamado por el fervor inagotable de sus adoradores, con sus gargantas roncas de gritar y las manos rotas por los aplausos.

Abandonaron la Beethovensaal y subieron caminando por la Gertraudt strasse para ir a cenar a la cervecería Patzenhofer, en la Königstrasse. Antes, a petición de Joseph, efectuaron el recorrido circular de la Alexander Platz. En la esquina de la Prenzlauerstrasse con la plaza, había un grupo de veintitantos militantes del Partido Nacional Socialista, uno de los cuales, sirviéndose de un megáfono de cartón, peroraba sobre la terrible peligrosidad de los judíos para el pueblo alemán. Ulrick quiso pasar de largo mirando para otro lado, pero Joseph se detuvo un momento para escuchar; luego echó una ojeada a un panfleto que le dieron con aire de complicidad, e hizo algunas observaciones jocosas y despectivas sobre el contenido de la arenga y los nazis, casi todos muy jóvenes a excepción del que parecía su jefe.

-¡Cómo me divierten estos caballeretes! Seguro que ninguno ha conocido aún los encantos de una muchacha judía…el día que tengan esa suerte, dejarán de dar la lata.

-No te lo tomes a risa –dijo Ulrick-. Esta gente puede ser muy peligrosa: sería necesario ponerlos fuera de la ley.

-¡Qué va, hombre!, eso les daría la importancia que no tienen. Déjalos que sigan con sus payasadas, que ya se hartarán –dijo Hanna.

-Yo no estoy tan convencido –respondió Ulrick muy serio.

-Vamos, no pongas esa cara, que me vas a dar miedo –añadió Joseph burlonamente. Y Hanna le dio la razón afirmando que los nazis eran un puñado de histriones sin futuro.

El ambiente de la cervecería Patzenhofer era cálido y discretamente ruidoso. Cenaron con sobriedad como contrapunto al copioso y exquisito almuerzo del mediodía, y se marcharon tras una breve sobremesa. Joseph se sentía algo cansado por el largo viaje y por toda la actividad de su primera jornada berlinesa.

Estuvieron poco locuaces en el camino de regreso a la residencia de los Wenda. Joseph Weiss pensaba en la escena de Alexander Platz y -aunque no quiso de forma aparente concederle mucha importancia, herido profundamente en su orgullo de ciudadano alemán- comenzaba a inquietarse por todos los signos de carácter germanófilo y xenófobo que se manifestaban en su patria desde hacía algunos años. Tuvo negros presentimientos que rechazó con rapidez, pues estaba absolutamente convencido de que el pueblo alemán, al que él pertenecía desde muchas generaciones atrás, sabría poner límite a unas acciones aisladas promovidas por un minoritario grupo de fanáticos.

-Empiezo a estar fatigado –dijo Joseph saliendo de su mutismo.

-Pues nada más llegar a casa te metes en la cama, que mañana nos espera otro día bien cargado, y los viejecitos como tú, tienen que cuidarse –dijo Ulrick bromeando.

La mañana del sábado amaneció más radiante si cabe que las anteriores. Después de desayunar, los tres amigos se encaminaron hacia las oficinas de la compañía Stern und Kreischifart para iniciar su visita a Potsdam. Ulrick había preferido realizar la excursión a la antigua ciudad imperial utilizando transportes públicos, para poder gozar de una hermosa travesía en vapor del pequeño lago Wansee y del lago Griebnitzsee, y hacer escala en Babelsberg.

La ciudad de Federico el Grande aparecía exultante bajo la clara luminosidad del hermoso día de mayo, y el trazado barroco de los edificios jugaba a cache-cache en sus curvas y contra curvas con la nitidez de los rayos solares. Los tres se encontraban de excelente humor. Joseph volvía a recuperar su tono óptimo, una vez olvidados los negros pensamientos del final de la noche anterior. Visitaron en primer lugar el palacio de Sanssouci, paseando por su inmenso parque y deteniéndose en su biblioteca y en el museo de pintura. Joseph imitaba a los guías de turismo y se dirigía a sus amigos en un francés e inglés intencionadamente deficientes, aunque los hablaba a la perfección al no carecer de esa facultad innata que posee la mayoría de los hijos de Israel para dominar las lenguas extranjeras.

-Ladies und gentlemen, dames et messieurs, kome und see the bibliotek, s’il vous plaît.

Dieron buena cuenta del almuerzo en la bucólica islita de Pfaueninsel. Hanna y Joseph se enzarzaron en una divertida discusión cuando éste último tildó de snob a la mujer de su amigo, porque aquélla dijo en un momento de la comida al aire libre, que era maravilloso poder hacer “pick-nick” en un marco tan ameno y romántico. Joseph insistía con argumentos conscientemente pedantes, que era más poética y apropiada la clásica expresión francesa: déjeuner sur l’herbe, avalada, además, por las obras pictóricas conocidas de ese modo, como las de Manet o Cezanne.

Ulrick puso fin a la disputa comenzando a engullir aceleradamente las deliciosas trufas que entraban en el menú.

-¡Qué cara, nosotros discutiendo como idiotas, y este bribón quitándonos la comida! –gritó Hanna indignada, en tanto que su marido se desternillaba de la risa, sin dejar de tragar con los mofletes hinchados como un hamster.

Terminaron el almuerzo en paz, y rodearon caminando el perímetro de la isla “incomparablemente bella”, según dijera Alexander Von Humboldt. Volvieron al vaporcito que los llevó hasta Babelsberg y, luego de visitar brevemente su palacio, regresaron al anochecer a Grunewald. La excursión había sido muy grata, y Joseph Weiss se durmió con la reconfortante sensación que le dejaba la idea de tener un amigo como Ulrick Wenda.

Se despertó después de haber dormido larga y profundamente durante muchas horas. Su reloj marcaba las diez de la mañana, aunque parecía más temprano por la escasa luz que entraba por el balcón, que permaneció abierto toda la noche. Levantó a tope la persiana de madera, miró el cielo y pudo comprobar que se hallaba cubierto con grandes nubarrones. Pensó que seguramente habría tormenta por la tarde, pues hacía muchos días que disfrutaban del calor y del buen tiempo, y eso no podía durar demasiado en un clima como el de la capital alemana.

Cuando bajó a la biblioteca, Ulrick ya había desayunado con su mujer, que había salido a oír misa cumpliendo con sus obligaciones de católica.

-¿Qué tal has dormido? –preguntó Ulrick.

-De maravilla –respondió Joseph-. ¿Qué cuenta el periódico? –preguntó con escaso interés.

-Nada de particular –dijo Ulrick mintiéndole, mientras doblaba cuidadosamente el diario que había estado leyendo.

En portada aparecía la noticia del incendio –accidental según el reportero- de una sinagoga, en Bernau, durante la celebración del shabbat de la tarde anterior, y en el que habían muerto calcinadas cinco personas, entre las cuales un niño de la misma edad que el hijo de Joseph.

-Yo nunca leo la prensa cuando estoy de viaje. No quiero saber nada de lo que pasa en el mundo, para saborear mejor lo que me rodea de forma inmediata.

-Bueno, yo no puedo prescindir de la información ni un solo día. Para mí es vital.

-Claro, hombre afortunado, tú necesitas estar al corriente del pulso continuo del mercado –replicó Joseph sonriendo.

-Así es, así es. Y ahora ve a desayunar, que debes tener hambre –dijo Ulrick.

Joseph despachó en solitario un espléndido desayuno, y regresó a la biblioteca donde su amigo, con aire reflexivo, permanecía sentado en su sillón favorito.

-¿Qué te ocurre, han bajado tus acciones? –preguntó Joseph bromeando.

Ulrick respondió que no sucedía nada de especial y le propuso dar un paseo por el jardín. La atmósfera era pesada en el exterior de la vivienda: no había un soplo de brisa y la temperatura era agobiante.

-Va a haber tormenta –afirmó Ulrick.

-Seguro que sí –asintió Joseph.

Pasearon un buen rato por el jardín sin pronunciar una sola palabra. Parecía que Ulrick hubiese entrado en una fase depresiva, tras la euforia del día anterior; Joseph, por el contrario, se sentía muy animado, y se preguntaba cuál podía ser la causa de la evidente preocupación de su amigo.

-¿Te ocurre algo malo?

-No, nada, de veras, no me pasa nada…¿qué tal por la universidad? –dijo Ulrick.

Joseph le contó que en los últimos meses se había iniciado una campaña antisemita, pero que él personalmente no había tenido ningún problema con sus alumnos. Se habían visto algunas pintadas contra profesores y estudiantes judíos, y contra los comunistas, y hasta habían sucedido algunos incidentes desagradables, como el de un sapo muerto colocado en la silla del despacho de uno de sus compañeros de Facultad, también judío, al que acompañaba un escrito en tinta roja advirtiéndole de que estaba contemplando su destino inminente.

-Pero, ya pasará –dijo Joseph tratando de quitar hierro al asunto, y luego añadió-: Estos síntomas aislados no son sino las manifestaciones cíclicas de un cierto salpullido nacionalista sin importancia.

-Ojalá sea sólo eso, aunque me temo que esta vez puede ser mucho más grave que en otras ocasiones. Según todos los datos de que dispongo, creo que nos encontramos en puertas de una de las crisis económicas y sociales más terribles de la historia. Y ya se sabe que cuando el miedo se apodera de una sociedad, todo lo malo es posible –dijo Ulrick quitándose de un papirotazo el pequeño insecto que se había posado en su hombrera izquierda.

-Y siempre lo hemos de pagar los mismos, ¿no es cierto? –dijo Joseph con una sonrisa glacial.

-Desgraciadamente así ha pasado en otras épocas y países –afirmó Ulrick sin perder su seriedad.

Joseph no replico a la última frase de su amigo. Un sentimiento de indignación le recorrió el cuerpo. Él se consideraba tan alemán como el que más, y no podía soportar que los otros alemanes lo pusieran en entredicho. La consigna antisemita que consideraba más infame e injusta era: Judío, fuera de Alemania. ¿Acaso los judíos no habían contribuido igualmente durante los siglos anteriores a la formación de una cultura germana, admirada y respetada en toda Europa? ¿Acaso los judíos no habían dado su vida por Alemania en los frentes de batalla de todas las guerras de, al menos, los últimos doscientos años? Se tranquilizó pensando que la franca amistad que le unía a Ulrick Wenda era todo un símbolo de la solidaridad que siempre existiría –a pesar de los avatares y de algunos grupos sectarios- entre las dos comunidades principales de la sociedad alemana: la aria y la semita.

Mientras paseaban por la pequeña y cuidada rosaleda, el cielo se ennegreció de repente, y unas primeras gotas de lluvia, gruesas y dispersas, comenzaron a caer: al instante, una olorosa tufarada de vaho caliente se levantó de la tierra reseca. Los dos amigos entraron en la casa y se dispusieron a tomar el aperitivo. Un poco más tarde, Hanna, que había regresado de la parroquia, se les unió. La conversación entre los tres se tornó trivial y hablaron del tiempo. La mujer de Ulrick se mostraba muy satisfecha ya que por fin llovía, y se empezaban a ver los trallazos luminosos de los relámpagos, seguidos por lejanos estampidos de truenos.

Adelantaron la hora habitual del almuerzo porque el tren de Joseph salía a las tres de la tarde. Mientras comían acordaron que los dos matrimonios volverían a verse pronto e hicieron planes para ir de vacaciones a Viena en el mes de julio o agosto próximos. Cuando terminaron de comer, Joseph subió a sus habitaciones para preparar su maleta y descansar unos minutos antes de marcharse para la estación. Comenzó a sentir una temprana nostalgia por el feliz fin de semana que estaba a punto de terminarse. A las dos y cuarto de la tarde, bajó personalmente su equipaje al vestíbulo. Ulrick y Hanna lo aguardaban para acompañarlo a la Anhalter Bahnhof. Joseph se despidió del personal doméstico presente, y, precedido por los Wenda, se subió en el Mercedes plateado.

El aguacero era torrencial y la tormenta parecía haberse inmovilizado sobre Grunewald. El trayecto hasta la estación lo efectuaron en silencio. Joseph intentaba ver el exterior a través de las cortinas de agua que corrían oblicuamente por los cristales de las ventanillas laterales. Las calles y avenidas de Berlín estaban desiertas en la húmeda tarde de domingo. Joseph, que se había sentado entre Hanna y Ulrick, tomó las manos de sus amigos y las mantuvo entre las suyas hasta que el automóvil se detuvo.

Entraron en el inmenso hall de la estación de trenes y buscaron la vía del expreso de Munich. El bullicio reinante en la Anhalter Bahnhof contrastaba con el Berlín solitario y triste que acababan de atravesar. Ulrick y Hanna despidieron con grandes muestras de afecto al amigo en el límite autorizado a los acompañantes. Tras presentar su billete al controlador, Joseph cruzó la barrera metálica y se encaminó hacia el andén de su tren, volviéndose sin cesar para decir adiós con la mano a sus amigos, hasta que se desvanecieron entre la masa voluble de la gente.

Subió a un vagón de 2ª clase y encontró su número de asiento, junto a la ventanilla. Depositó su equipaje y se sentó al lado de una señora joven, de unos treinta años de edad, que viajaba sola con sus dos hijos pequeños; el resto del compartimento, ya al completo, lo ocupaba una pareja de ancianos, con las manos unidas, y un imberbe pastor luterano que parecía recién salido del seminario. Cinco minutos más tarde, el convoy se puso en movimiento, lenta y silenciosamente. Afuera, la tormenta había cesado y daba paso a una lluvia fina y apretada. A través de los cristales, Joseph pudo ver –pegados en las vallas del recinto ferroviario- unos carteles semi desgarrados con el rostro alucinado de Adolf Hitler. ¡Qué ridículo personaje!, exclamó entre dientes, mientras que el expreso iba tomando velocidad y penetrando inexorablemente en la precoz oscuridad de la tarde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PISO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando Gabriel, sorprendido, me abrió la puerta de su piso y me invitó torpemente a pasar, tuve la impresión de entrar en alguna vieja cripta olvidada o de atravesar una estación de metro abandonada. El aspecto del salón me atenazó la garganta, y, de no ser porque la melodía a todo volumen que salía de un disco compacto llenaba el aire de vibraciones, hubiese creído que allí yacía un cadáver, o era el desolado territorio de un vagabundo ocupa: muebles rotos, sofá y sillones destripados, botellas vacías, ceniceros desbordantes de colillas y ceniza, la pintura de los techos colgando a girones, manchas de humedad y, cubriéndolo todo, una espesa capa de polvo –por donde flotaban nubes de plumas surgidas de los descosidos pufs y cojines- que habían depositado las muchas semanas de completo abandono. Los únicos objetos que aún mostraban signos de vida y habían escapado a la grisácea parálisis de la suciedad eran los discos: una extraordinaria colección de elepés descansaba sobre unas repisas de madera mediocre que parecían querer descuajaringarse de un momento a otro bajo su enorme peso.

  • Esto está un poco guarro –dijo Gabriel disculpándose y visiblemente nervioso. Yo hice un gesto que pretendía expresar comprensión e indiferencia, aunque, en realidad, sentí vértigo y no me atrevía a dar un paso por miedo a mancharme los zapatos y mi costoso abrigo negro, o temiendo que se hundieran las crujientes planchas del parquet. Por indicación de Gabriel me senté en la única silla sana del salón mientras él fue a buscar bebidas.         -¿Cómo sigue Begoña? –me sentí en la obligación de preguntar a Gabriel, que regresaba con una botella de whisky y dos vasos recién enjuagados.         -¡Y eso! –exclamé fingiendo extrañeza, aunque lo había sospechado inmediatamente al ver el estado del piso.         Nos habíamos conocido 15 años antes cuando los dos estudiábamos los cursos de la carrera de Filosofía de la Complutense. Gabriel era lo que se decía entonces un auténtico líder estudiantil: inteligente, brillante, ingenioso, muy admirado y querido tanto por amigos como por enemigos. Los dos participamos en las mismas luchas políticas en los estertores de la dictadura, y, además de ser camaradas del mismo partido, existió entre nosotros una buena amistad. Más tarde, Gabriel se dedicó al periodismo, colaborando en varias revistas de vida efímera y actualmente era un personaje si no popular, sí al menos muy conocido en los medios musicales y radiofónicos de Madrid.         -Me alegro de que hayas venido a verme y no hayas esperado a que te llamase, porque seguramente yo habría tardado mucho tiempo en hacerlo –dijo Gabriel sentándose en frente de mí. Llenó un vaso de whisky, me lo alargó y siguió hablando –Te he puesto un poco de agua fría, no tengo hielo, la nevera se me estropeó hace unos días y no la he reparado todavía; tengo que hacer un esfuerzo y comenzar a arreglar cosas si no quiero que esto se caiga en pedazos o se desmorone.         -Éramos –respondió lacónicamente Gabriel, dando un trago largo y aspirando profundamente el humo de un canuto, el segundo desde que yo había llegado.         Una vez montó un numerito de escándalo en el pub Santa Brígida, alto y solaz de la progresía de la época. Se sentía eufóricamente colocado por las copas anteriores y conseguía que los consumidores de las mesas vecinas se divirtieran sin reservas con sus ocurrencias incandescentes. Hubo un momento en que Gabriel tuvo ganas de ir a orinar, se levantó y se fue canturreando y bailando una melodía rítmica que se acababa de inventar; al llegar delante de la pesada cortina de terciopelo marrón que ocultaba el pasillo donde estaban los servicios, se bajó los pantalones, enseñó el trasero y despareció rápidamente camino de los urinarios, todo ello ante la mirada atónita de muchos clientes y sin que los camareros se dieran cuenta de nada. Gabriel regresó a nuestra mesa y continuó con las bromas, pero antes de marcharse del pub, hizo su última travesura. Amparándose en la bulla del local a esas horas de la noche, robó impunemente un taburete recién tapizado: con el asiento bajo el culo, fue aproximándose lenta y pausadamente a la puerta y, cuando estuvo totalmente seguro de que nadie se percataba de su maniobra, salió tranquilamente a la calle con su taburete en las manos.         -Pues sí, estoy dispuesto a ponerme a arreglar y a limpiar el piso, porque si no, se me va a hundir cualquier día –volvió a repetir.         Yo no podía olvidar la primera visita que le hice a unos meses de la ausencia de la hermana-madre. El mobiliario todavía se encontraba en buenas condiciones, pero por los suelos de las habitaciones y pasillos rodaban espesos ovillos de pelusas negras, como si allí hubiesen esquilado a un rebaño de carneros del mismo color. En la cocina era imposible entrar: los cacharros se acumulaban sobre las mesas, el aparador y el fregadero, atascado, y recubierto de inmundicias y moho verdoso; Gabriel había utilizado uno a uno los diferentes elementos de la rica vajilla familiar y, sin lavar nunca un solo plato, vaso, cuchillo o tenedor, los había ido apilando. Había también por todos los rincones latas vacías de conservas, la mayoría oxidadas: en el cuarto de baño, en el salón, en el recibidor, y en el cubo de la basura, mezcladas con alimentos putrefactos.         Volví a ponerme whisky, pero rechacé la invitación a compartir el cuarto canuto de Gabriel.         -Bien –respondí.         -Bien, bien –repetí velozmente como la vez anterior.         -Pues no –dije desorientado, y, sin dejarme tiempo para poder replicarle con un comentario sobre las graves tribulaciones de los norteamericanos, Gabriel se puso a jugar con el lenguaje y a carcajearse con sus propias ocurrencias:         Comprendí que Gabriel había comenzado a despegar y que ya no habría modo de seguirlo. Me despedí precipitadamente con el pretexto de tener mucha prisa y salí del piso.                                                 JULIO MOREIRA
  •  
  •          “La casada, casa da. Preguntaba seriamente la señora: ¿sería seria la serie?, si no, se iría. La doméstica domestica. Los Papas no quieren papas. Hacía días que no comía acedías. El menor de los Caso, que era un caso, se casó. ¿Tomas tomate, Tomás? El agente penelizador alegó circunstancias extenuantes”.
  •          -Tú que eres sociólogo, ¿te has parado a pensar que los nipones son considerados orientales por los habitantes de Nueva York y occidentales por los de San Francisco?, ¡Qué esquizofrenia!, ¿verdad?
  •          -¿Y tu mujer?
  •          -¿Y tú, qué tal?
  •          El piso se limpiaba únicamente en las escasas ocasiones en que alguna joven, enamorada de Gabriel, se quedaba en él durante un tiempo y no quería vivir como una cucaracha. Las más de sus frecuentes conquistas solían huir a la primera copa o a la mañana siguiente, en cuanto descubrían la mugre dominante en la que no habían reparado la noche anterior a causa de la borrachera.
  •          Yo había ya escuchado muchas veces el mismo propósito, pensaba, no obstante, que Gabriel no lo haría jamás. A su innata torpeza manual había que añadir su absoluta carencia de sentido práctico: era incapaz de clavar una tachuela, conducir un coche, o contratar un obrero para que viniese a pintar. El caos comenzó a instalarse al quedarse Gabriel solo, después de la boda de su hermana María, que siempre se había ocupado de todas las tareas de la casa, sobre todo a partir de la muerte de sus padres en un accidente de automóvil dos años atrás. Gabriel no sabía manejar una escoba, ni limpiar el polvo, ni lavar una camisa, ni, naturalmente, freírse un huevo.
  •          Gabriel se sirvió un segundo vaso de whisky y comenzó a calentar un trozo de china con su encendedor.
  •          Gabriel seguía fumando chocolate sin tasa ni control. Empezó a aficionarse después de dejar la bebida tras una larga cura de desintoxicación. Al principio fumaba poco, pero fue aumentando progresivamente la dosis hasta llegar a consumir dos chinas diarias. Se liaba porros constantemente y en cualquier parte: bares, cafeterías, discotecas y casas particulares. Con frecuencia lo expulsaban de los locales públicos en los que no toleraban el hachís, pero eso a él le traía sin cuidado y volvía a liar en el próximo lugar. Además, reanudó con el alcohol luego de pasar varios meses sin probarlo, y la mezcla de ambas drogas le colocaba en unos estados de desquiciamiento en los que su comportamiento se volvía intolerable para las personas que lo acompañaban o estaban a su alrededor. Yo tuve que abandonarlo en más de una ocasión cuando mi amigo se transformaba en un ser agresivo y extraño. Sin embargo, no todas las veces que nos vimos fueron siempre insufribles. Recordaba también salidas espléndidas en las que me había reído como un loco con el humor y la verborrea surrealista de Gabriel.
  •          -Como no me llamabas supuse que debía de pasarte algo, pero no podía sospechar que hubieras roto con tu mujer, la última vez que os vi erais o parecíais una pareja feliz.
  •          El piso de Gabriel tuvo siempre un significado muy especial para mí, y siempre lo consideré en parte como algo propio: viví en él durante varios meses al separarme de Carmen. Entre sus paredes había conocido los estados de ánimo más dispares: la desolación y la exaltación, la soledad y el amor. Había amado platónicamente a la hermana mayor de mi amigo, que fue como una madre para Gabriel, antes de casarse y de ir a residir a Valencia, y amé también físicamente a Irene. No fui capaz nunca de volver a entrar en el cuarto de servicio en el que había pasado unas noches de amor que aún seguían vivaces en mi recuerdo. Sabía que era muy doloroso sentir la vacuidad de un espacio que me imaginaba inverosímilmente desordenado, y en el que gocé numerosas veces de un cuerpo joven delicioso y voluptuoso que se me entregó sin reservas.
  •          -Ha sido una separación muy destructiva, pero ya te contaré más tarde, prefiero no hablar del asunto ahora –dijo Gabriel al tiempo que cambiaba de disco y volvía a ausentarse del salón para tratar de poner un poco de orden en el resto de las habitaciones.
  •          -Supongo que bien, se marchó de casa y está viviendo con un tío en París.
  •          Hacía casi un año que no nos veíamos, desde que Gabriel dio pruebas inequívocas de no querer quedar conmigo pese a mis reiteradas llamadas de teléfono, lo cual me hizo pensar que a mi amigo no debían de irle muy bien las cosas, y por eso decidí visitarlo de improviso, aun a riesgo de no ser bien recibido.

In memoriam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Julio Moreira era un jarifo chafandín que usaba cuchillo largo. Chufletero y zumbón, las guarichas lo adoraban, los mozallones lo aborrecían y buscaban para apiolarlo.

El Loro’s, chirlata frecuentada por barateros y arrumacas del barrio se encontraba desierta, de manera desacostumbrada, la noche de autos.

-Julio –dijo el pubero de la timba-. Arrímate el tronco, que andan por ahí unos escurras caloyos que quieren mecharte a chirlos.

-¿Quiénes son esos cadagueños? –indagó Julio haciéndose el bolonio-, que les voy a batanear tantos lapos que se van a quedar como la hoja del perejil.

-Arrímate el tronco, Julio –repitió el pubero, que son muchos y no podrás fajarte con todos.

-Aunque el mismo candinga y su corte de demonches subieran del báratro, yo me fajaría con ellos –insistió Julio con ademán farfantón.

-Vale –sentenció el timbero y guardó silencio.

Julio Moreira terminó de potar en un chisquete el vaso número quince de garnacha de la noche. En la timba sólo se oía el silbido sonoro del guaro en su jaula, que un gringo eutáxico y peneque le había enseñado hacía más de cinco años. En uno de los intervalos del guaro entre Marsellesas, se abrió la puerta de la chirlata y entró célere Regina, esposa del Jaiba, una de las daifas de Julio: su favorita.

Regina era la guaricha más garifa y con más sandunga de toda la ciudad. Amaba perdidamente a Julio Moreira, y éste se lo agradecía. Regina llevaba un enorme moratón en el rostro, se arrojó en los brazos de Julio y lo besó intensamente en la boca.

-¿Quién te ha puesto ese clavel de sangre en la mejilla?, que lo apiolo no más –dijo Julio.

-¡Pos quién había de ser! –Contestó Regina-, sino el parguelas de mi esposo. Estaba rabioso como un tuso y, de no haberme librado de su rebufe, me habría arrancado todos los pelos de la chola. Ha venido siguiéndome y no tardará en aparecer por ahí –terminó Regina mirando con prevención a la puerta.

-El Jaiba no es lo bastante macho para pisar la misma tierra que tú y yo pisamos –dijo Julio.

-Vendrá con otros –añadió el pubero mientras secaba un vaso con escrupulosidad-. Esa clase de ternascos no se atreve a enfrentarse cara a cara con un hombre.

No había terminado de hablar cuando la puerta se abrió, y se plantó en el umbral el marido de la Regina. Se quedó petrificado viendo que ésta se encontraba en los brazos de Julio Moreira.

-Estaba seguro de que vendrías aquí, lumia, pendanga, zorra –le lanzó con voz aguda e inquinosa-. Y de que te encontraría con ese chulo gayón, al que el cherinola de su padre y la peliforra de su madre engendraron durante una noche de talanquera.

-¡Date por muerto, sarasa, bujarrón! –saltó el Julio a la vez que sacaba el chafarote largo y se disponía a clavárselo al Jaiba.

-¡Nada de pendencias en mi timba, o llamo a la chapa! –gritó con voz enérgica el pubero, interponiéndose entre ambos gallos.

-¡Sal a la calle si tienes en la entrepierna algo más que una chifa mola que sólo te sirve pa mear! –dijo el Jaiba a Julio.

-¡No vayas, que es una chanada! –aulló la Regina mientras agarraba a Julio por el brazo, reteniéndole con fuerza.

Quita, mujer, si he de morir, quiero que tú y las estrellas sean lo último que vean mis ojos –dijo el garifo liberándose suavemente de Regina.

Julio Moreira salió al exterior. La noche era cálida, brumosa, y la calle estaba desierta. La farola más cercana se encontraba como a cincuenta metros de la cantina, y en el centro de su escasa luz se adivinaba la silueta del jaiba, que esperaba desafiante, charrasca en mano, al Julio.

-¡Acércate, que te voy a comer la mitad del corazón, la otra mitad se la echaré a las ratas! –gritó el Jaiba.

-¡Aguarda, gurrumino, te arrancaré la lengua y se la daré a las hormigas! –replicó Julio.

Avanzaba despacio midiendo el terreno metro a metro. Se detuvo a unos diez pasos del rival. Los dos hombres se pusieron en guardia. El Jaiba esgrimía la charrasca en la mano izquierda. Comenzaron a buscarse en círculo, como a cámara lenta: el tiempo desapareció, tragado por la oscuridad.

De repente, surgieron de las sombras cuatro hombres que se abalanzaron sobre Julio. Éste, al percatarse de la emboscada, dio un salto de jaguar sobre el Jaiba hundiéndole el chafarote en el centro del corazón. Casi simultáneamente, los cuatro compadres del Jaiba cayeron encima de Julio y, sin darle tiempo a revolverse, lo cosieron a facazos dejándole cadáver en el suelo, con la cabeza vuelta hacia el firmamento. Uno de ellos, el Chirla, bajó los pantalones al muerto y, con gestos precisos de pescadero, emasculó el cuerpo aún caliente de Julio y arrojó los testículos y el carajo a un montón de basura cercano.

Los cuatro lunfardos, que habían sido también cornudos por voluntad de Julio Moreira, no quedaron satisfechos con su muerte, y quisieron lavar el honor de cabrunos con más sangre. Se fueron en busca de la Regina, que salió huyendo de la timba cuando supo que su maturrango había sido asesinado, y le dieron caza antes de que pudiera llegar a su casa. Uno la agarró por las piernas, otro por los brazos y la larga cabellera negra, y el Chirla, de un tajo certero, le rebanó la gorguera y la dejó desangrada.

Al amanecer, los servicios municipales de limpieza de la ciudad de Lima recogieron los cadáveres de una mujer degollada y de un hombre, al que le faltaban sus partes genitales, que no aparecieron por los alrededores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CARTERA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         Cuando me establecí en Madrid a comienzos de los setenta, una de mis zonas favoritas para moverme eran los alrededores de la plaza de Chueca, aún incontaminada por las ratas y sabandijas del inmundo trapicheo de la heroína de los años ochenta. Los nombres de las calles Barbieri y Libertad me inspiraban una gran nostalgia liberadora: no hay que olvidar que por aquellos días todavía mandaba en España el pertinaz dictador. En una ocasión, durante uno de mis frecuentes paseos por el barrio, tuve un hallazgo que iba a ser la causa de que empezara a modificar la estima y buena opinión moral que tenía de mí mismo.

Acababa de almorzar en Carmencita, el pequeño restaurante de la calle Libertad, esquina con la de San Mateo, recubierto de azulejos y con instalación a gas de finales del siglo XIX. De todas las cosas curiosas del típico local, la más chocante era el retrete. Cuando un cliente sentía la necesidad imperiosa de utilizarlo, tras ingerir un buen plato de lentejas estofadas o de trucha escabechada, por ejemplo, se veía obligado a pasar por la cocina –donde se amontonaban fuentes repletas de champiñones, croquetas crudas, carnes y pescados…- y pedir ayuda a la cocinera, una mujer gafuda escuálida y diminuta, que instalaba con diligencia un artilugio plegable de madera en forma de taza de water, sobre un agujero negro. En honor a la verdad, he de decir que en ninguna de las escasas ocasiones que hube de solicitar la instalación de la rudimentaria pieza técnica, noté la más leve sombra de contrariedad o fastidio en las cocineras (los viernes y sábados eran dos), antes bien, siempre se prestaron solícitas a complacerme, tal vez para que les perdonara las molestias que causaban.

Como en Carmencita no servían café (no disponían de ningún tipo de cafetera), me dispuse a ir a tomarlo al Gran Café de Chueca. Subía por mi entrañable calle Libertad y al llegar a la de Augusto Figueroa, los empleados municipales de limpieza se afanaban, como de costumbre, en retirar los desperdicios y basuras del Mercado de Abastos. Toda clase de restos animales y vegetales: colas, raspas, pellejos, pitracos, sebos, hojas de verduras, tomates y pimientos podridos, etc., eran arrastrados por la potente ola salubre que surgía de las mangueras, manejadas con pericia por hombres vestidos con monos color butano.

A esas hora de la tarde, los bancos de la Plaza Chueca estaban ocupados por algunos vagabundos (ahora denominados “sin techo” o “S. T.”, según nos llega de Francia, donde siempre se les llamó “clochards”). En uno de los bancos laterales de la plazoleta, perfectamente rectangular, había también un grupo de jóvenes, uno de los cuales tocaba torpemente una guitarra. De entre los vagabundos, se adelantó un hombre moreno, como de unos cuarenta años de edad y de mediana estatura, al que sus colegas llamaron “el argentino”, que se acercó al joven y, con aire simpático y resuelto, le aferró la guitarra. Acto seguido, comenzó a cantar y a acompañarse con el instrumento en ritmo de milonga, a la vez que cruzaba el pequeño cuadrado central de la plaza en todos los sentidos, marcando a la perfección los pasos de la canción que interpretaba. Cuando terminó, saludó con las manos para agradecer los aplausos espontáneos de todos los presentes, que quedamos agradablemente sorprendidos por el buen gusto y propiedad del insospechado artista-vagabundo. El hombre devolvió la guitarra al muchacho, con aspecto de alumno de COU, regresó a su banco y botella junto a sus compañeros, y yo me fui a sentar en la terraza del café, sumida en la fresca sombra que daban los edificios del lado sur de la plaza.

Al principio no me percaté de la cosa, fue sólo después que el camarero me sirviera un solo cuando vi, tirada en el suelo bajo la silla vecina a mi derecha, una abultada cartera de cuyo interior sobresalían algunos billetes verdes. Sentí que un ligero sudor frío me empañaba las manos, y pensé que debía ingeniármelas para recogerla sin que los clientes de las mesas contiguas se dieran cuenta de nada. Me cambié de silla, pisé el billetero con el pie derecho y permanecí inmóvil durante unos segundos casi en un tris de ponerme a temblar; no quería hacer ningún gesto brusco que pudiera delatarme ante mis vecinos de mesa o el camarero, pero, al mismo tiempo, tenía que actuar rápidamente no fuese que el dueño volviera a buscar su cartera.

Comencé a rascarme los jarretes y tobillos con el fin de disimular. Ya estaba a punto de levantar el tacón y agarrarla, cuando a pareció un desconocido que se dirigió al camarero que me había servido el café y le preguntó algo que no llegue a comprender. Temí que se tratara del dueño de mi tesoro y tentado estuve de levantarme, pagar y largarme renunciando a mi presa; sin embargo, aguanté y al cabo de un momento el hombre se marchó tras escuchar la respuesta del camarero, cruzó la plaza y desapareció por una calle del lado norte.

Me había puesto nervioso y decidí que debía resolver la situación con celeridad, pues de lo contrario no iba nunca a atreverme a recoger el dinero. Así que, asegurándome bien de que en ese instante nadie me observaba, tomé el billetero y lo introduje en el bolsillo derecho del pantalón. Ruborizado, eché una ojeada a mi alrededor: los demás clientes seguían con sus conversaciones sin que, aparentemente, ninguno de ellos hubiese detectado mi maniobra. Dejé sobre la mesa el importe de la consumición más diez pesetas de propina, hice un signo al camarero que asintió diciéndome adiós, y todo dentro de la más estricta normalidad.

Desaparecí del lugar con la mayor rapidez posible y con un vago sentimiento de culpabilidad. Mientras me alejaba de la plaza, palpaba con mi mano la cartera de tacto suave y blando. Entré en una cafetería de la Gran Vía, me senté en una mesa apartada, encargué una copa de coñac y, acto seguido, fui a encerrarme en los aseos de caballeros: conté, feliz, hasta quince billetes de mil pesetas. Lo malo es que la cartera contenía un carnet, roto y mugriento de la Federación Castellana de Pesca a nombre de un tal José Rodríguez Martínez, domiciliado en la calle de P. En El Escorial. Guardé todo en el bolsillo interior de mi chaqueta y regresé a mi mesa, donde me esperaba ya la copa. Me sentía muy alegre por lo sucedido. Estábamos a mediados de mes y ya me había gastado casi todo mi sueldo, pero me preocupaba la existencia del carnet con la identidad y dirección de la persona que lo había extraviado. Me creaba ciertos escrúpulos de conciencia. ¿Qué hacer? ¿Tendría la suficiente honradez de restituir el dinero a su dueño?

Imaginé tres soluciones posibles: primera, regresar al bar de Chueca y entregar la cartera al camarero; segunda, llevarla yo a las señas del carnet; tercera, guardarme la pasta y deshacerme del resto. De inmediato descarté la primera. Podrían sospechar en el bar por no haber entregado antes el monedero y encima me buscaría complicaciones. La segunda me parecía angelical, sin embargo, el documento de pesca era muy antiguo y pensé que era muy probable que su titular ya no viviera en el mismo lugar. Además, ¡dónde carajo se encontraba la calle de P. de El Escorial! Yo no tenía tiempo para desplazarme hasta allí. Total que, en toda lógica, me incliné por la tercera solución.

Esa misma tarde me dispuse a dar salida adecuada a los billetes encontrados. El otoño estaba avanzado y necesitaba una prenda de abrigo, de manera que me compré en unos grandes almacenes un chaquetón azul marino de lana y fibra, que me costó diez mil pesetas. Las cinco mil restantes tuvieron un destino poco moral, pero no menos útil. Hacía tiempo que me venía cosquilleando el deseo de acostarme con una señorita fácil, y, esa misma noche, no pude resistir la tentación de dejarme llevar a la cama por una mulata de senos esféricos que, apoyada contra una esquina, me murmuró con toda la ternura del mundo: “¿Tu viens, Chéri

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA EXPOSICIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

        

         La mañana se presentó templada y diáfana tras la lluvia que había caído abundante durante toda la madrugada después de varias semanas prolongadas de sequía, barriendo la atmósfera contaminada de la gran ciudad. Las nubes y el viento del suroeste le hacían sentir fugaces emanaciones marinas arrastradas desde el lejano océano. Rafael se dirigía al Museo para visitar la gran exposición del maestro G. del siglo XIX. Subía caminando junto a la verja del Real Jardín Botánico y miraba el verde lustroso de las nuevas hojas de los árboles que habían recibido gozosas las primeras aguas de la estación. El hermoso día de primavera y la perspectiva de admirar la obra antológica de uno de sus pintores favoritos, le llenaron el pecho de una placentera exaltación.

Al principio, creyó que se trataba de una manifestación al ver la ingente cantidad de personas que ocupaban la explanada del Museo, pero pronto pudo observar que a las entradas principales del noble edificio llegaban largas hileras de gente como de unos trescientos metros de longitud. Se abrió paso a codazos hasta una de las filas y preguntó a un señor de pelo cano por la causa de semejante aglomeración: “Para ver a G.”. Rafael se quedó anonadado con la respuesta preguntándose incrédulo cómo era posible que la llamada del arte hubiera convocado a semejante multitud. Todas las veces anteriores que había ido al Museo lo encontró tranquilo y más bien mortecino, sin que hubiera tenido nunca que esperar o hacer cola para poder entrar en él.

Sin embargo, no experimentó ningún sentimiento de rechazo hacia la muchedumbre de competidores, cultos admiradores del genial pintor, sino que por el contrario las lágrimas estuvieron a punto de empañarle sus ojos, y tuvo que sobreponerse para rebajar la emoción producida por la exhalación entrañable de las aspiraciones colectivas de degustación artística. Se resignó solidariamente a ser el último de la fila, y se dispuso con paciencia a aguardar que le correspondiese su turno de acceso a las salas de la magna exposición.

La interminable columna humana la componía un público heterogéneo: escolares y profesores, turistas extranjeros, familias nacionales al completo, universitarios, funcionarios, monjas y soldados. Los jardines que embellecen el sitio ofrecían un ambiente de feria: vendedores de chucherías, propagandistas de partidos políticos, estatuas vivientes, mimo, ilusionistas, prestidigitadores, comedores de fuego, demandantes de firmas y dinero para causas filantrópicas, músicos, incluyendo a un gitano con trompeta, cabra y escalera. La cola siguió estirándose detrás de Rafael y en escasos segundos acabó perdiendo de vista su final.

Los comentarios más peregrinos llegaban hasta sus oídos: “Es la tercera exposición que visito esta semana, no hay derecho a hacernos esperar tanto tiempo”. “Pues G. a mí me parece un loco, pero mi amiga Pepi me dijo que no me la perdiera”. Rafael llevaba más de treinta y cinco minutos aguardando y sólo había avanzado tres metros, hizo un cálculo de la distancia que lo separaba de la puerta de entrada y dedujo que aún tendría que aguantar dos horas más de espera. Pensó que eso era intolerable, pero quiso ser optimista y se dijo que seguramente la fila comenzaría pronto a moverse con más rapidez.

Transcurrió otra media hora y Rafael no se había movido prácticamente del mismo sitio, incluso tuvo la impresión de que había retrocedido algo, achacando el fenómeno a los listillos de siempre que se colaban. Para colmo, un oscuro nubarrón se puso a descargar un fuerte aguacero sobre sus cabezas, y él no llevaba paraguas ni capucha para protegerse. Afortunadamente, un viejecito previsor, como la mayoría, tuvo la amabilidad de invitarlo a resguardarse bajo el suyo: “Venga, venga, que se va a poner hecho una sopa”, le dijo con voz temblorosa.

La gente no pareció arredrarse por la intensidad del chaparrón, pues no solamente nadie desertaba de su puesto, sino que las nuevas personas que afluían sin cesar consiguieron que la cola desapareciera por la esquina sur del Museo. Al poco rato escampó y el cielo se tornó de un azul limpísimo. Los primeros sentimientos de emoción de Rafael se convirtieron en otros donde la irritación era la dominante, además, no disponía de mucho tiempo libre ya que debía ir a trabajar después de almorzar, y todavía le faltaban unos doscientos metros hasta la anhelada entrada.

Leyó el periódico de cabo a rabo, incluidas las páginas de economía y deportes. Aprendió el nombre del nuevo presidente de la Asamblea nacional de Shri-Lanka, se enteró del porcentaje aplicado a la última devaluación del peso argentino, y hasta el color del vestido de novia de una famosa tonadillera que acababa de casarse con un no menos famoso torerillo. Sus compañeros de infortunio, así comenzó Rafael a considerar a cuantos a su alrededor albergaban la vana esperanza de contemplar la obra pictórica de G., daban ya clara muestras de cansancio. Los más jóvenes se sentaban sobre el césped, pese a que había quedado muy mojado, y los más viejos se apoyaban con aire desolado en sus parejas o, más raramente, en sus bastones.

La columna comenzó a desplazarse con mayor ritmo durante unos segundos, luego, se inmovilizó definitivamente: acababan de cerrar las puertas del Museo. La protesta estalló de forma general: “Esto es un abuso, no tienen vergüenza, nos hacen esperar más de dos horas y luego nos dan con la puerta en las narices”, se quejó un anciano de barbita blanca bien cuidada. “¡Y así quieren que el pueblo tenga cultura!”, gritó una señora enjoyada, que terminaba de despachar a un mendigo diciéndole que fuera a pedir dinero al presidente del Gobierno. “Unos demagogos, eso es lo que son los ministros de ahora, ponen los museos gratis y las personas decentes ni siquiera pueden ya visitarlos”, terminó aullando la dama dando rienda suelta a su cólera.

Un sordo rumor de rabia fue recorriendo el interminable reguero de ciudadanos con la misma celeridad que la llama por un rastro de pólvora. Hacia el final de la serpiente humana se escuchaban gritos pidiendo la cabeza del señor Solana, ministro de Cultura a la sazón, del director del Museo, de los conserjes: “¡Son unos paletos!”, bramaron a los oídos de Rafael unas señoras de porte distinguido. Un joven barbudo arengó a la muchedumbre: “¡Los museos son del pueblo y no pueden cerrarlos como si fueran un coto privado de caza!”. “¡Que los abran las 24 horas del día, incluso los fines de semana!”, añadió su acompañante femenina.

Un grupo muy numeroso de amateurs d’art, con aire amenazador, se puso en movimiento hacia la gran puerta central y, al ir pasando a lo largo de la densa cadena humana, otras personas fueron uniéndosele hasta formar una inquietante concentración, vociferante y agresiva. Comenzaron a oírse golpes de puños y patadas contra las hojas de las puertas cerradas a cal y canto. Alguien pedía insistentemente un ariete, creyéndose tal vez un guerrero al asalto de una fortaleza. Al cabo de un tiempo vergonzante, en el que el escándalo llegó a rebasar la barrera del sonido, los accesos se abrieron de nuevo, y aparecieron dos bedeles, aterrados, en el umbral.

La turba se precipitó por los huecos, golpeando, derribando y pisoteando a los dos temerarios funcionarios, para dispersarse en desbandada por las espléndidas galerías del Museo hasta ganar las salas donde se exponían los cuadros del genial G. Rafael se sintió tremendamente confundido por las escenas presenciadas y se volvió abochornado a su casa, absorto en reflexiones sobre el sentido último del arte.

 

 

 

        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            ¿TIENES UN CIGARRO RUBIO, COLEGA?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         No le gustó la película de Fassbinder que acababa de ver. Era demasiado dramático y pesimista el joven director de cine alemán. No se podía analizar la vida en claves tan negras porque entonces sólo quedaba una solución: pegarse un tiro. Lo que Federico ignoraba es la reciente muerte de Rainer W. Fassbinder, ocurrida en circunstancias extrañas que inducían a pensar en un suicidio. Ojeó su reloj que marcaba la una y media de la madrugada. La sesión del Alphaville había terminado más tarde de lo habitual, debido a la excesiva duración de un cortometraje previo: “Qué estúpidos solían ser los cortos”, pensó Federico: “eran a una película lo que un feto a un recién nacido”. El resto de los escasos espectadores se levantaron también de sus butacas y se dirigían hacia las salidas de la sala. Casi todos ellos encendieron cigarrillos que chupaban con fruición tras la insoportable abstinencia de las dos últimas horas. Él los observaba con lástima y algo de envidia aspirar aquel humo nocivo, y se sentía orgulloso por haber tenido el valor de dejar, de golpe, el tabaco seis meses antes.

Todos sus amigos le alabaron su gran fuerza de voluntad. No era tan fácil abandonar el pitillo de la noche a la mañana, después de haberse llevado fumando más de veinte años de su vida. Federico había tomado conciencia de la inutilidad de una adicción que ni siquiera proporcionaba un placer real, y además le iba a producir una serie de enfermedades espantosas. La última faringitis que lo dejó afónico durante un mes, pero, sobre todo la lectura de los abrumadores informes científicos de la máxima solvencia le decidieron a quitarse del estúpido vicio de fumar: no estaba dispuesto a provocar el despachurre de las vísceras y músculos de su organismo.

Salió del cine y se dispuso a regresar andando hasta su casa, a sólo diez minutos caminando de allí y en el mismo barrio de Argüelles. Los espectadores rezagados se subían en sus coches, las calles estaban vacías de gente y mal iluminadas, y la mayoría de los bares ya habían cerrado. Federico no pudo evitar una leve sensación de recelo. Se hablaba tanto en esos días de la inseguridad ciudadana (era el tema periodístico de moda), de los asaltos y agresiones que sufrían las personas de bien por parte de miserables delincuentes desalmados: pinchazos en el vientre, pellizcos con alicates en los pezones de las mujeres, amenazas con jeringuillas ensangrentadas, disparos con armas de fuego, etc.

Federico pensaba, sin embargo, que no debía dejarse amedrentar por rumores catastrofistas y reaccionarios, propalados exageradamente con el fin de desprestigiar a la naciente democracia y vilipendiar la libertad recuperada de los españoles. Salía muy a menudo de noche y nunca había tenido el menor percance; además, creía que si se encontraba en una situación comprometida sabría resolverla apelando a la racionalidad de los hipotéticos agresores. “Tranquilidad, el miedo exacerba las precauciones y hace bajar las defensas”, se decía a sí mismo, y se imaginaba un diálogo con unos posibles chorizos: “Mirad, yo soy una persona pacífica y tolerante, y no tengo nada contra vosotros; es más, comprendo vuestros problemas, así que aquí tenéis mi cartera con todo el dinero que llevo encima”. Hombre progresista y ecuánime, Federico estaba convencido de que la única causa de la violencia en el mundo era la falta de justicia y solidaridad entre los humanos.

Dobló la esquina de la calle del Rey Francisco y se percató de la presencia de dos individuos, en semipenumbra, en la misma acera por la que caminaba y a una distancia aproximada de cien metros de él. Uno de ellos estaba sentado en el escalón de un portal, el otro permanecía de pie, a caballo entre el bordillo de la acera y la calzada. Federico sintió el impulso de cruzar al otro lado de la calle, pero pensó que su gesto de desconfianza podía ser considerado como vejatorio por esas dos personas que serían, de seguro, inofensivas y estarían charlando tranquilamente. Además, la casa de Federico distaba ya sólo una manzana del punto de donde estaban los dos hombres y no era cuestión de andar haciendo rodeos extraños. Así que siguió adelante con paso firme y resuelto, aunque sintiendo que su corazón aumentaba de ritmo a medida que se acercaba a los dos desconocidos. Pasó en medio de ellos, y ya los había rebasado cuando escuchó la voz del que estaba sentado que lo interpelaba de manera áspera:

-¿Tienes un cigarro rubio, colega? Federico podía haber continuado su camino sin darse por aludido, sin embargo, o porque su buena educación no le permitía mostrarse descortés, o bien porque temiera irritarlos con un desaire, se detuvo, se volvió hacia los dos hombres, muy jóvenes, y les dijo con un tono que pretendía ser lo más amable posible:

-Lo siento, pero no fumo

-¡Cómo que no fumas! ¿De verdad que no tienes unos ssigarritos rubios para unos colegas? Preguntó bruscamente el otro que permanecía parado.

-De veras que lo siento, no tengo tabaco, respondió Federico tratando de imprimir a sus palabras un doble acento sincero y exculpatorio por no poder complacerlos. Entonces, el que permanecía sentado, se incorporó pesadamente y con paso tambaleante se le acercó:

-¡Tú de qué vas, tío!, gritó con aire despreciativo.

-Yo, de persona, contestó ingenuamente Federico, que comenzó a inquietarse por el cariz violento que tomaba la situación.

-¿Tú de persona? ¡Tú vas de pringao!, volvió a gritarle el mismo joven, que daba muestras de estar con el mono encima.

-Hace seis meses que he dejado de fumar, no tengo tabaco ni negro ni rubio, pero si queréis os puedo pasar dinero para que lo compréis, replicó Federico en un intento de contentar a los dos tipos y poder largarse de allí.

-¿Que no queremos tu dinero, tío, que lo que queremos es que nos des un ssigarrito rubio!, le gritó ahora el que parecía más sereno mientras lo agarraba por las solapas de la chaqueta, empezando a zarandearlo con violencia.

Federico se puso a maldecir mentalmente la hora en que se le había ocurrido dejar el tabaco, y se hizo la promesa de que si salía bien del trance, volvería a fumar de inmediato. Los dos individuos siguieron insultándolo y sacudiéndolo, y, en un instante de pánico y exasperación, Federico propinó un fuerte rodillazo en la entrepierna al que parecía más joven, al fin y al cabo no estaba dispuesto a dejarse humillar y maltratar de ese modo por dos golfos, y comenzó a pedir socorro a grandes voces.

Se entabló ya una lucha abierta entre el hombre, que pugnaba por escapar, y el mayor de los agresores que se lo impedía con un enérgico abrazo. Entre tanto, el chorizo que se había recuperado del rodillazo recibido, sacó una navaja de grandes dimensiones y de un golpe certero la clavó hasta el mango a la izquierda del pulmón izquierdo de Federico, que se desplomó fulminado sin emitir un solo gemido.

El homicida limpió escrupulosamente la hoja ensangrentada en el pantalón del muerto mientras el cómplice le registraba los bolsillos, buscando algo que no podía encontrar.

  • ¿Llevaba tabaco?, le preguntó el de la navaja
  •  
  • – No, no tiene, el jodío decía la verdad, le respondió el colega. Y los dos se echaron a reír alejándose con trote rápido del lugar, y desapareciendo detrás de la misma esquina por la que Federico había aparecido pocos minutos antes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            MATAR AL TENOR

                            (Censurada por el autor)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            LA CARTULINA MÁGICA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Salí de casa para hacer unas compras mañaneras y una gestión en el distrito municipal del barrio. Doblé la esquina de mi calle y vi en el suelo una hoja de papel del tipo cartulina como de 6 X 12 centímetros que ofrecía su cara en blanco. Llevado por mi manía cervantina de leer hasta los papeles tirados por las calles, quise saber si en la otra cara figuraba algún tipo de texto o reproducción y di un ligero puntapié a la hoja para voltearla. En lugar de ofrecerme el otro lomo, la cartulina se levantó en el aire como medio metro, planeó otro metro aproximadamente en horizontal, y, ante mi asombro, fue a introducirse parcialmente en una estrecha raja vertical (de un milímetro aproximadamente de ancho) en el viejo parachoques negro de un coche, aparcado en batería contra la acera, donde se quedó incrustada. La observé incrédulo un instante y proseguí mi marcha.

Pasaron unos minutos y comencé a pensar que acababa de presenciar un hecho fortuito extraordinario. Era absolutamente increíble que la cartulina hubiera detenido su vuelo de la manera que acabo de contar. Cualquiera que la viera, pensaría con toda seguridad que alguien, probablemente un niño la habría introducido jugando en ese lugar angosto e inverosímil. Nadie en su sano juicio o por puro sentido común llegaría a adivinar que la hoja se había introducido allí por azar, un azar que yo había provocado de forma totalmente casual. Especulaba con que de habérseme ocurrido conseguir voluntariamente el fenómeno, hubiesen sido necesarios miles y hasta millones de intentos antes de lograr el resultado insólito que se había producido con una sola patada; o que, si llevado por un acto de locura intentaba reproducir con éxito el experimento, malgastaría años y probablemente toda mi vida sin llegar a conseguirlo.

Sentí una especie de exaltación por haber tenido el privilegio de haber vivido una experiencia única y posiblemente irrepetible por siempre jamás, y me dije que esta experiencia formaba parte de ese grupo raro de fenómenos aleatorios que se producen en el universo desafiando toda lógica y causalidad. Quise recuperar mi cartulina a la que empecé a atribuir algún tipo de propiedad maravillosa, y, tras realizar mis compras y mi gestión, regresé a casa por el mismo punto que acababa de producirse el prodigio, pero mi hoja ya no colgaba del parachoques, y no se hallaba debajo ni cerca del vehículo. A poca distancia del mismo, unos operarios de los servicios especiales de limpieza se afanaban con unos artilugios mecánicos en despejar la suciedad de las aceras, y mi cartulina mágica había sido engullida seguramente por uno de esos ruidosos e inoportunos aspiradores.

 

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Espacio de Balbino. Escritos de ficción. Crónicas Urbanas

 

 

 

 

 

 

CRÓNICAS URBANAS

 

 

BALBINO GUTIÉRREZ

 

 

Antología de 14 relatos que abarca una gran variedad de personajes y situaciones urbanas en diversas ciudades y épocas. Algunos relatos fueron publicados en revistas, otros son inéditos. Intenté publicarla sin éxito en editoriales. Hoy la lanzo al universo cibernético sin más pretensiones que la de ejemplarizar y entretener.

 

(RGPI: M-66332 10/3/1998)

 

 

 

 

ÍNDICE:

  1. Ana la Condesita págs.       3

(Madrid)

  1. Delirios feministas        “           7

(París)

  1. El borracho inglés     “         21         

(Granada)

  1. El chófer de Katheryn “         27

(París)

  1. El L.E.M.        “         40

(Estocolmo)

  1. El obsequio        “     45

(Madrid)

  1. El optimista    “       49

(Berlín)

  1. El piso    “    66

(Madrid)

  1. Julio Moreira    “    73

(Lima)

  1. La cartera “       78

(Madrid)

  1. La Exposición “    84

(Madrid)

  1. ¿Tienes un cigarro rubio, colega? “  90

(Madrid)

  1. Matar al tenor “     95

(Crónica censurada por el autor)

  1. La cartulina mágica “  104

(Madrid)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 ANA “LA CONDESITA”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Apareció en el escenario y fue para él como la salida de la luna llena, el principio del alba, la sangre de un campo de amapolas, el murmullo del mar, el aroma de las rosas, el fulgor de las estrellas, la revelación de la verdad que andaba buscando. Ana la Condesita –vestida de rojo hasta los pies, pelo de azabache y seda, ojos de oscura almendra, tez blanca y pura como los pétalos de lirio- inició su baile en un movimiento estático, la mano izquierda a la altura de la frente y la mano derecha sobre la parte baja de la cadera, presionando ligeramente sus carnes turgentes que se adivinaban prietas, en la postura más seductora que él viera jamás. Los pliegues del vestido, a modo de túnica griega, se ceñían a su cuerpo dibujando formas sensuales, coronadas por un rostro encendido del que surgían dos intensas llamaradas negras.

La fascinante figura, graciosa y provocadora a la vez, comenzó a evolucionar sobre el pequeño tablado ejecutando un baile por tarantos y acompañada por tres guitarras bastante mediocres y por un cantaor que conocía bien su oficio, aunque sin grandes recursos vocales. Pero ninguna de estas limitaciones adyacentes importó mucho al espectador –un fino aficionado madrileño-, que puso sus cinco sentidos en contemplar a la joven bailaora, cuya edad no debía de sobrepasar los dieciocho años, sin perderse uno solo de sus movimientos, gestos, taconeos, desplantes, llamadas, contoneos, balanceos, respiración de orgasmo; y mirándola con tal intensidad que tuvo la fuerte impresión de que se había establecido una corriente magnética entre el cuerpo de la joven y sus propios ojos, por los que se volcaba su alma trastornada.

Ana la Condesita no era la estrella de la noche, su nombre ni siquiera figuraba en el rudimentario programa del local. Tras su intervención, la siguió un bailaor adolescente, casi un niño*, el protagonista, y ella no volvió a salir sino para jalear y tocar las palmas, pero aun así, mostraba un ángel y un temperamento que no la hacían pasar desapercibida en el conjunto del cuadro flamenco. Y él continuó observando únicamente a la Condesita, ajeno al virtuosismo del precoz artista o al desarrollo general del espectáculo, y temblando de impaciencia por conocer a la hermosa muchacha.

Cuando terminó la actuación del grupo, se acercó para felicitar a Ana la Condesita, que estaba acodada a la barra del restaurante con el resto de sus compañeros. Afortunadamente no parecía estar ligada a ninguno de ellos, y así pudo manifestarle con entusiasmo la emoción que le había causado. La bailaora se sintió muy halagada por los apasionados elogios del desconocido capitalino, porque además de agradecérselo con un beso en la mejilla, le tendió una fuente llena de jamón y queso, de la que él se sirvió con nerviosa torpeza.

Volvieron a encontrarse en Candela después de que la Condesita –junto a “La Chabuca”, otra bailaora algo mayor que ella- pasara por la pensión, cercana al popular establecimiento, con el fin de desmaquillarse y cambiarse de atuendo. Él se instaló en la banqueta pegada al muro, al lado de su amiga Antonia, una asidua del local, más aburrida que un nabo, y justo enfrente de Ana la Condesita. La mesa y ocho personas a su alrededor los separaban, y él sentía la absoluta necesidad de decirle que lo había vuelto completamente loco.

Se sumergió entonces en una aventura favorecida por los numerosos canutos en los que había participado activamente hasta ese momento, abstrayéndose de la charla del grupo que le llegaba con un sordo ronroneo. Se colocó junto a la Condesita y le dijo que se había enamorado perdidamente de ella desde el primer instante de verla. Ana la Condesita le respondió que ella también había comenzado a sentir algo muy especial e inefable, que había notado la intensidad de su mirada y que lo había identificado entre el público a pesar de la oscuridad de la sala.

Alguien anunció en voz baja que había fiesta abajo y todos se levantaron de las sillas y fueron desfilando hacia la cueva. Ana y él volvieron a tomar asientos separados, cada uno en un extremo del salón. Jaime tocaba la guitarra, acompañado por su tío; pero él no prestó atención a la insólita garra del niño prodigio. Se marchó con Ana enlazándola por la cintura y besándose apasionadamente por las esquinas. Se encerraron en un hotel para vivir la noche de amor más intensa que nunca conocieron los amantes pretéritos ni los futuros. El cuerpo de la Condesita era más bello que todo lo que había podido imaginar: estrecho busto de pechos grandes, firmes, redondos y con pezones en punta; cintura de cristal, caderas de Venus, nalgas y muslos de coral torneados en el taller de un orfebre sensual. Se juraron amor imperecedero y decidieron vivir juntos por toda la eternidad. Ella olvidó al novio de Sevilla, y él se separó de la mujer con la que estaba malcasado. Huyeron al fin del mundo y evitaron la venganza de la ley gitana.

La fiesta decaía después de no haber acabado de despegar, y los presentes comenzaron a abandonar la cueva… De repente, él se dio cuenta de que la Condesita ya no se encontraba allí, ni las tres personas que la habían acompañado. Subió al bar, repleto de gente, pero ella tampoco estaba. Resignado e indiferente, se sentó en una mesa con los conocidos habituales que pasaban en Candela noche tras noche buscando no se sabe qué, o quizás ocultándose de algo. Pensó que los únicos ciudadanos románticos que quedaban en los tiempos que corrían eran los chorizos y los marginados; él, como los de su clase, no tenía valor para dejarse arrastrar por otras pasiones que no fueran las inspiradas por la vanidad, el dinero o las drogas. Y continuó bebiendo metódicamente, resuelto a emborracharse

a muerte.

*Israel Galván

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DELIRIOS FEMINISTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fue a raíz de la traumática violación de Katheryn por el joven negro africano cuando ella y Carole decidieron afiliarse al M.L.F. (Movimiento de Liberación Feminista), para combatir tanto el sexismo como el racismo, para hacer valer sus derechos frente a las gentes de extrema derecha como de extrema izquierda. Se convencieron de que para defenderse y tener su propia justicia había que hacer la revolución feminista: “La única revolución que atraviesa las clases, las razas y las nacionalidades, para liberar a las más oprimidas”, afirmaba Katheryn levantando amenazante su blanco y delicado puño, ante la mirada siempre atenta de Carole a su lado. Comenzaron a intervenir como propagandistas del Movimiento en mítines y conferencias por los barrios de París, primero en colectivos feministas y, posteriormente, también en círculos de lesbianas. Al principio, los blancos favoritos de los ataques de las dos amigas agitadoras fueron los progres marxistas que se habían adherido a las teorías sexuales de Wilhem Reich (el falso profeta de la revolución sexual, como ellas lo llamaban), y a los que trataban de ridiculizar en sus intervenciones casi siempre a dúo:

Katheryn: La función del orgasmo, cimiento de la ideología sexual progresista, no ha podido tener resultados más reaccionarios.

Carole: La pretendida liberación sexual de nuestros días no significa otra cosa más que un cambio en la ideología sobre el sexo.

Katheryn: Lo único que ha variado es el contenido de las órdenes que constituyen la moral, pero la estructura del comportamiento sexual masculino permanece inmodificada.

Carole: Hay una estrecha homología entre los principios que cimentaban la ideología puritana de nuestros padres y los que sostienen el actual progresismo sexual.

Katheryn: Para nuestros progenitores el sexo significaba un sometimiento como medio a los fines de la procreación, prescribiendo una técnica paupérrima que excluía como ilícitos y perversos aquellos juegos de amor más imaginativos y preñados de jolgorio y de estéril bienestar.

Carole: Pues bien, a pesar del aparente antagonismo de sus comportamientos, lo cierto es que la imagen estructural de la ideología sexual “progre”, su esqueleto formal, es tan igual a aquel que aparentemente pretende combatir, que se diría que es su burdo disfraz modernizado.

Katheryn: Sustituid la trilogía: procreación –ética puritana- Dios, por la trinidad: orgasmo –técnicas sexuales- ciencia, manteniendo el mismo tipo de concatenación y dependencia entre los vértices del nuevo triángulo, y obtendréis el campo conceptual y normativo en el que se apoyan todas las proposiciones ideológicas de las nuevas tribus de “liberados sexuales”.

Carole: El Orgasmo es el objetivo, la culminación y el evento otorgador de sentido a la totalidad de los procesos eróticos.

Katheryn: Las técnicas sexuales, uniformes y objetivas y enseñables en los libros, como si cada hombre concreto fuera un mero paradigma del mapa universal de las zonas erógenas, determinan el ritual exigido para llegar al anhelado Orgasmo.

Carole: Y la triple faz fisiológica, psicológica y sexológica de la desapasionada ciencia fundamenta con su frío rigor el carácter objetivo e inexcusable del orgasmo y la probada eficacia de las rutinarias técnicas que lo garantizan.

Katheryn: Y así como antes, el resultado del montaje era una legión de matrimonios histéricos incrementado mediante un procedimiento tosco y artesanal el contingente de futuros hijos para el cielo y el número de pobladores de este valle de lágrimas o infierno terrestre.

Carole: Así ahora el desenlace es una monótona combinatoria de obsesos despersonalizados y solitarios persiguiendo neuróticamente con una tecnología sexual sutilizada la inagotable acumulación de míticos orgasmos previamente programados para solaz de la ciencia y tranquilidad del Estado (con el rostro congestionado y morado, cedía la palabra a su compañera, que concluía casi en trance).

Katheryn: La Revolución Sexual no es otra cosa que una religión del sexo que tiene en el Coito su eucaristía y en el Orgasmo el momento de transustanciación del hombre en Dios. Su prestigio revolucionario le viene de su presunta oposición al Poder: siendo la burguesía y el capitalismo los que impiden a los “oprimidos” llegar al Orgasmo, su abolición es necesaria para conseguir una Redención que se presenta como la felicidad sexual. Así razona el “progre sexual”.

***

Hasta la aparición del judío errante, fugaz, y flautista, Albert Mendes, Katheryn y Carole fueron amantes por un tiempo (como ya se ha señalado anteriormente), durante el cual radicalizaron sus postulados en asambleas y foros no ya sólo de París, sino de muchos otros lugares a lo largo y ancho de la superficie total del Exágono (sinónimo de Francia para los franceses). Sus embestidas dialécticas se orientaron principalmente contra el matrimonio y la familia y los maridos y la condición femenina y el capitalismo y el Estado.

Katheryn: Según nuestra teoría, el matrimonio se presenta como la institución mediante la cual un trabajo gratuito es extraído de una categoría de las población, las mujeres-esposas.

Carole: Un trabajo gratuito debido a que no da derecho a un salario, sino solamente al mantenimiento de la esposa.

Katheryn: Así pues, debemos afirmar que la no valoración de este trabajo se origina institucionalmente con el contrato del matrimonio, que es en definitiva un contrato de trabajo. Un contrato de trabajo que estipula que la fuerza de trabajo de la mujer es propiedad del marido.

Carole: La ley que dictaba la autorización del esposo para que la mujer pudiera trabajar fuera del hogar, fue abolida en Francia hace sólo diez años, en 1962.

Katheryn: Queda muy claro que la situación de inferioridad de las mujeres en el mercado de trabajo y la discriminación de que son objeto, constituye la consecuencia, y no la causa como algunos pretenden hacérnoslo creer, del contrato del matrimonio tal como lo conocemos (aquí, las dos amigas imprimían un quiebro electrizante a su discurso):

Carole: Pero ¿existe una naturaleza femenina inmutable?

Katheryn: No, sólo la alineación.

Carole: Pero ¿existe un instinto materno inmutable?

Katheryn: No, sólo mixtificación (las audiencias las aplaudían enfervorizadas).

Carole: Me comentaba una joven madre casada: “Yo soy de las que aman con pasión a los bebés, y esos pocos años de la infancia de mis hijos permanecen excepcionales e inmersos en mi meoria” (carcajadas de las audiencias) –perdón: “memoria”- rectificaba Carole (más carcajadas). “Esos años llenos de alegrías y fatigas, esos años que huelen a carne y leche, esos años animales y poéticos llenos hasta el borde, justificadores: esos años cuya sola evocación hacen que se me salten lágrimas de emoción” (se oían fuertes pataleos, abucheos y gritos de protesta).

Katheryn (levantando la mano para imponer calma): En efecto, en las condiciones actuales, la maternidad representa, en el sentido estricto del término, una esclavitud y refuerza el sometimiento al marido.

Carole: Además, todo deseo de maternidad es sospechoso de ser un intento de compensar frustraciones afectivas o de ausencia de identidad, puesto que lo vivimos en un contexto de opresión. Trampa sutil: es la misma maternidad la piedra de toque de la opresión (regresaban los aplausos).

Katheryn: Aunque se hiciese posible un deseo de procreación no alienado, no dejaría por eso de ser menos alienado en sus consecuencias actuales.

Carole: Ni siquiera a los pseudo-marxistas se les ocurre poner en discusión el significado de conceptos tales como familia, niños, hogar, etc.

Katheryn: lo mismo sucede en política: la infelicidad social se presenta como natural, no como resultado de la existencia de clases y del dominio de una sobre otra.

Carole: Por ejemplo, el sadomasoquismo que es algo inherente al matrimonio, se considera como sadomasoquismo sustancial, eterno y necesario, por lo que se sanciona implícitamente la ineliminabilidad del mismo (pitos y gritos).

Katheryn: Y el sistema sexual refleja precisamente este sistema de dominio, que se pone en marcha en el mismo instante en que la mujer halla seductor a un hombre (más pitos y gritos).

Katheryn: En cierto sentido podemos asegurar que la vida sentimental de los seres humanos no es más que una doble alineación:

Carole: La del filisteísmo natural, agravado por una mala educación sexual.

Katheryn: Y la derivada de la ignorancia del mecanismo real de la correspondencia amorosa, que los burgueses atribuyen caprichosamente a una extraña mezcla de determinismo biológico y de misterio.

Carole: La gente de izquierdas sabe que la familia es una institución represiva (aplausos y bravos). La asocian –a veces con innecesario esquematismo- a la propiedad privada.

Katheryn: Si se les pregunta al respecto, señalarían cómo reproduce y alecciona la fuerza de trabajo, cómo propicia el consumo, cómo se tejen sutiles y efectivas cadenas de control entre sus miembros, cómo transmiten los padres la ideología de la clase dominante.

Carole: Por ello es preciso trascender la procreación. El ser humano no es un ser natural, es un ser social (aplausos y pataleo ensordecedores).

Katheryn: Del mismo modo que era difícil volar hace un tiempo, ahora se nos plantea que no será difícil fabricar seres humanos de otra manera a la biológica y natural.

Carole: Pero aunque esto no sea una realidad y quizás pueda parecer algo de ciencia-ficción, es un planteamiento que algún día se resolverá.

Katheryn: La mujer tiene la mitad de hembra, de animal sujeto a esas tareas biológicas que tienen las hembras mamíferas y la mitad de ser social. Y solamente cuando de verdad trascienda esta condena bíblica, podrá liberarse de su destino animal.

Carole: Hoy podemos ya trascenderla un poco porque los anticonceptivos eran insospechados hace cien años, y el aborto sin riesgos también, puesto que el aborto se ha practicado siempre, pero con altísimos riesgos.

Katheryn: El problema estaría en ver si la supresión de la píldora abriría paso a un sistema de relaciones más deseable o nos devolvería a la situación odiosa anterior de maternidad salvaje (abucheo aislado).

Carole: Las relaciones sexuales están a caballo entre la opresión y la explotación. La mujer a través de las relaciones sexuales, establece relaciones económicas.

Katheryn: La diferenciación sexual es la base sobre la que se produce la división del trabajo y la explotación, porque la reproducción de la fuerza de trabajo, implícita en la procreación, puede analizarse como producción de mercancías.

Carole y Katheryn a dúo: Actualmente, las contradicciones se agudizan y muchas relaciones se van desmontando. Así, a nivel sexual, nos tendremos que rebelar contra todo aquello que nos parece natural, puesto que ha sido impuesto para mantener formas intolerables de opresión y control (aplausos y ovaciones estruendosas con toda la sala de mujeres puesta en pie).

La extraordinaria capacidad dialéctica de las dos compañeras militantes, la habían aprendido en gran parte de los textos y enseñanzas de un proto-feminista español o latino americano (Katheryn confundía entonces a unos y otros), a quien no llegaron nunca a conocer personalmente. El intelectual progresista de incierta nacionalidad se amparaba en el anonimato y seudónimos para no levantar suspicacias entre las feministas más virulentas, y de ese modo tampoco buscarse complicaciones con la policía de su país, sometido a una férrea dictadura política. Por eso, Katheryn y Carole estaban convencidas de que el autor de muchos de los escritos que conocían, defendían y difundían era el mismísimo de uno de los opúsculos que más les había impresionado e influido para su toma de conciencia feminista y su compromiso militante: “Sexo y Marxismo”. La genitalidad fisiológica siempre aparece mediada y mediatizada por las relaciones sociales de sexualidad: hasta tal punto que son precisamente éstas las que definen la realidad de aquéllas: las que al mismo tiempo las objetifican y objetivan. Hablaré de dos tipos de relaciones de sexualidad. Por un lado las relaciones sociales “uterino-domésticas”: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas, y cuya productividad es la reproducción de la fuerza de trabajo. Y por otro lado, las deseativas: aquellas que se establecen entre varones dominantes y hembras dominadas y cuya productividad son los desideremas o signos de deseabilidad. Pero, vayamos por partes.

         Se puede analizar la productividad uterino-doméstica por analogía con la “renta de la tierra” analizada por Marx en El Capital. Imaginemos que úteros y domus son fincas cultivables. Como tales, cada unidad (cada útero, cada domus) produce diferente rendimiento a las demás: esa diferencialidad es esencial. Cada finca (cada útero, cada domus) es singular: esencialmente distinta a las demás, única e irrepetible. Por ello la situación que cada finca (cada útero, cada domus) ocupa respecto a las demás, goza de capacidad monopólica: no se puede competir con su productividad puesto que su situación diferencial es única, irrepetible. Siendo esto así, el reparto de la tierra, es decir la vinculación de cada finca (cada útero, cada domus) a un titular social adopta la fórmula de privilegio.

         Para que no sólo se cultiven las tierras cuyo rendimiento sea superior a la media, sino que se cultiven todas aquellas cuyo global rendimiento satisfaga todas las necesidades sociales, se hace preciso la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de la tierra: “es la renta absoluta” de carácter tributario y precapitalista que marca los límites inferiores de cultivabilidad de la tierra. De igual forma que no sólo se cultivan las fincas (úteros y domus) cuyo rendimiento sea superor a la media, sino que se cultiven aquellas fincas (úteros y domus) cuyo global rendimiento satisfaga las necesidades sociales, se hace precisa la existencia de un “superbeneficio” percibido por todos y cada uno de los titulares de úteros y domus: “es la renta del útero” y el “tributo doméstico” que marca los límites inferiores de cultivabilidad femenina, límites por debajo de los cuales ya no se establecen relaciones sociales uterino-domésticas (y las solteronas y las putas se ven excluidas de la sumisa irresponsabilidad uterino-doméstica).

         Pero al margen del modo uterino-doméstico de relación social de sexualidad (modos cuyos elementos fundamentales acabo de esbozar con forzosa simplificación), existe otro modo, el “deseativo”, cuya vigencia es predominante en la actualidad. Así como en el modo anterior, la mujer aparecía ineluctablemente vinculada a la tierra uterino-doméstica (más que vinculada, emparedada entre los límites infranqueables: su útero y su domus, por un lado, y su varón y titular vinculante, por el otro), en el modo deseativo, por el contrario, la mujer aparece totalmente desvinculada, libre, desnuda, exenta, desembarazada, dispensada, desconectada. Su actividad práctica se reduce a la constante y rutinaria exteriorización de los desideremas: partículas elementales constitutivas de los signos de deseabilidad: indiferenciados, sustitutivos, repetibles, universales: intercambiables, genéricos, transferibles y comunicables de forma codificada.

         La actividad crítica de su “partenaire” en la relación social (el hombre) consiste, por el contrario en la interiorización problematizada de los desideremas que percibe: desideremas que flotan en el ambiente, desvinculados de toda mujer real, disponibles. En resumen, la tarea exclusivamente crítica del varón consiste en el descuartizamiento de la imagen corporal de la mujer, en su reducción a un “stock” de desquiciados desideremas desconectados entre sí, y en la posterior construcción intelectual fuertemente problematizada y llena de contradictoriedad, de un “objeto cognoscitivo y obscuro de deseo”. Construcción cognoscitiva que es objetificada de acuerdo con las reglas fundamentales, las del “desafío invencible” y la del “enigma sin solución de continuidad”, cuya enorme carga de problematicidad y contradictoriedad sólo puede resolverse (en lo que constituye la llamada “realización del deseo”) mediante la destrucción del objeto cognoscitivo de deseo reconstruido. Pero la contradictoriedad dialéctica que se establece en la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo constituye un tema que desborda las intenciones modestas del presente opúsculo.

         Por ahora baste con decir que gracias al monopolio de actividad crítico-deseante, el varón logra imponer una masiva y aplastante superioricidad intelectual. Superioricidad derivada precisamente del ejercicio de la deseación, es decir de la construcción-deconstrucción de objetos cognoscitivos de deseo, contradictorios, dialécticos, paradójicos, incoherentes y problematemáticos. Ambos tipos de relación social de sexualidad, el uterino-doméstico y el deseativo coexisten y coexistirán para siempre. El primero, a modo de residuo de carácter tributario, primario, precapitalista; el segundo, en perfecta coherencia y armonía con el reinado del márquetin. Pero uno y otro se excluyen mutuamente: la deseación exige anonimato, distancia social, y no se puede desear a la propia madre, abuela, tías, esposa vieja o hijas, pues el deseo es incompatible con la convivencia uterino-doméstica.

         ¿Podemos pues deducir también la necesariedad objetiva de la revolución feminista a partir de la intercambiabilidad universal de la mercancía cognoscitivo-deseativa? Obviamente sí. La socialización de la producción femenina de desideremas entra en contradicción con su interiorización individual-masculina: y la productora del deseo, por serlo, puede llegar a apropiarse de su propio producto interiorizándole de forma recreativa. Aunque no es fácil que dejase de ser irresponsable y se responsabilizara. Que dejara de ser una mera deseada-deseable y pasase a ser una auténtica deseante, ejerciendo con decisión su voluntad crítica. Pero lo que sí puede hacer la mujer, si quiere llegar a ser una deseante activa, creadora, responsable y militante es ponerse a desear a la misma mujer, ya que la vigente deseabilidad es de naturaleza femenina. Se trata de aprovechar el vigente código de deseabilidad pero reactualizándole (exteriorizándole e interiorizándole, objetivándole y objetificándole) en el marco de unas relaciones sociales distintas y nuevas: ya no de hombre a mujer, sino de hembra a hembra, ya no de varón deseante a hembra deseada, sino de mujer a mujer: ambas deseantes y deseadas, ambas dominantes y dominadas, ambas responsables y poderosas afroditas, ambas libres y reinas soberanas.

Post scriptum:

Si el actual proletario es un mero productor de trabajemas (aquellas partículas elementales mediante cuya combinatoriedad calculada el capitalista realiza sus mercancías), la mujer actual es una mera productora de desideremas: aquellas partículas elementales de deseabilidad mediante cuya combinatoriedad aleativa el varón deseante realiza su deseo, realizando la mercancía deseativa.

         Fue decisiva la influencia de los párrafos finales del clarividente escrito en la consolidación de la pareja Carole-Katheryn. Ésta última, con su gran belleza y personalidad, producía desideremas subjetivos-objetivos que fueron percibidos por Carole que se comportó como hembra deseante-deseada para realizar su deseabilidad subjetiva, extrayendo la mercancía deseativa de su amiga americana. Pero la estabilidad de las partículas elementales de deseación se fue al garete el mismo día que en la vida de las dos jóvenes amantes apareció el judío errante Albert Mendes.

Pertenecía a una familia de judíos sefardíes de Transilvania, procedente de Salónica, que se vio obligada a emigrar a Suiza durante la II Guerra Mundial y acabó instalándose a su término en Marsella, donde él nació. Su espíritu de apátrida le impulsó a estudiar música para la que poseía aptitudes sobresalientes llegando a interpretar con igual maestría cuantos instrumentos de viento y cuerda existían. Se ganaba la vida pobremente tocando en cafetines, el metro o la calle y se había negado a formar parte de grupos, bandas u orquestas estables a pesar de las numerosas ofertas recibidas. Se dejaba llevar por su naturaleza anárquica y pasiva, por su lentitud sublime, que no soportaba ninguna obligación ni disciplina exteriores.

La personalidad de Albert era muy diferente de las Katheryn y Carole, y tal vez por eso fue que se avino a formar trío, ménage à trois, o comuna, como ellas decían, las cuales comenzaron a cuidarlo en todos los detalles y asuntos materiales para los que era como un crío desvalido y muy poco diligente. Y Albert, para agradecerles sus atenciones y protección, les pagaba con mucho arte y amor. Además de ser encantador en todos los sentidos, estaba dotado por la naturaleza con unos extraordinarios atributos varoniles que le permitían satisfacerlas sexualmente a las dos: en la pequeña buhardilla de la rue de Saint André des Arts, donde vivían, flotaba un fuerte olor a esperma tanto de día como de noche. El músico era un fenómeno capaz de alcanzar veinticuatro orgasmos en una jornada, y el fluido de la vida inundó abundantemente las entrañas de las dos mujeres y fructificó en el vientre de Katheryn, quien concibió a una hembra desde el primer embate amoroso, a la que pondrían el nombre de Alberta. Carole, en cambio, permaneció estéril y lo iba a permanecer toda su existencia a causa de las graves disfunciones hormonales que no deseó nunca conocer ni remediar, suponiendo que hubiesen podido tener remedio, pues había decidido rechazar la maternidad para ser fiel a sus inquebrantables principios ideológicos. Durante los primeros meses del embarazo no se alteraron significativamente las relaciones de la pequeña comuna, y Albert siguió cumpliendo con el mismo ardor constante con las dos mujeres. Fue, sin embargo a partir del octavo mes, cuando obligado no sólo por la abultada redondez del vientre de Katheryn, sino también por su incipiente laxitud amorosa, el flautista se volcó de manera casi exclusiva en Carole, que se mostraba insaciable y monopolizó encantada su inagotable energía varonil.

         Katheryn se sentía triste pero no decepcionada ante la nueva situación del trío, y se mantenía firme en su intención de continuar con su gestación y de traer al mundo a su hija, a pesar de que tanto Albert como Carole le insinuaron abiertamente en varias ocasiones la conveniencia de poner solución de continuidad al embarazo, temiendo que, de no hacerlo, pudiera romperse el círculo verdaderamente mágico de sus relaciones, en el interior del cual se había instalado la felicidad, sí, la felicidad. Katheryn no comprendía en absoluto la enorme transformación que se había producido en ella, pasando del rechazo vehemente de la maternidad o de cualquier forma de vida en pareja con hombre, a desear ardientemente ser madre y gozar de Albert para ella sola. No comprendía las razones del cambio tan brusco operado que la había alejado súbitamente de la militancia activa de la revolución feminista, y la animaba a tejer prendas de lana, perlé y algodón para su futuro bebé. Sospechaba que lo real eran sus sentimientos actuales alentados por la llama de la vida que albergaba en su interior, y que la dialéctica y praxis revolucionarias que predicó durante los últimos años, amén de su circunstancial lesbianismo, no fueron sino una tabla de salvación para sobreponerse al zarpazo brutal del la violación, que había congelado sus verdaderos e íntimos anhelos de mujer corriente.

Tras el nacimiento del bebé Alberta, Katheryn fue presa de una violenta e incontrolable crisis de agresividad contra la otra hembra que compartía su domus, la cual se vio obligada a batirse en retirada y a buscarse otro hogar, pero sin renunciar al macho que tanto la colmaba, y sin olvidar nunca su ideal de comuna ni dejar de proponérselo y reiterárselo en cuantas ocasiones le fue posible a la que, a pesar de su infidelidad, seguía considerando su mejor amiga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL BORRACHO INGLÉS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En la mañana siguiente de su llegada a Granada, el 19 de abril de 1932, se produjo un temblor de tierra de grado 4,4 en la escala de Richter. El terremoto, acompañado por un terrorífico ruido subterráneo, sembró el pánico entre los granadinos; sin embargo, Clarence Malcolm Osborne no se enteró de nada porque, en ese preciso momento, estaba durmiendo pesadamente su primera y descomunal borrachera en esa incomparable ciudad.

El joven Clarence, de 22 años, había hecho el viaje desde Liverpool, escoltado por el matrimonio Aiken, Clarissa y Conrad, un poeta de cierto renombre y su tutor circunstancial, contratado por sir Arthur Osborne, padre del muchacho. Viajaron en barco a Gibraltar, y desde allí en tren hasta Granada con parada en Ronda: en la ciudad del tajo, tanto pupilo como tutor tuvieron ocasión de pasmar a los clientes y camareros de innumerables bares y tabernas con el consumo pródigo de mortíferos brandies triples.

El trío fue a alojarse en la pensión Carmona, situada en la Antequeruela Baja, a pocos metros del imponente hotel Alhambra Palace. Blanca y pulcra, la modesta residencia ocupaba el espacio de un carmen construido a mediados del siglo anterior, desde cuyos balcones, torre y jardín, podía contemplarse el soberbio panorama de la ciudad, la Vega y Sierra Nevada. El lugar sedujo inmediatamente a los viajeros; además, doña Angustias, una mujer de 50 años, menuda y diligente, trataba a todos sus huéspedes con afecto y eficacia, cualidades juntas poco frecuentes de encontrar en el Reino Unido.

Habían dejado Inglaterra bajo un cielo plomizo y amenazante, y encontraron una Andalucía cegadora y en plena eclosión de primavera. Clarence Malcolm recordaba a duras penas, que existieran paisajes y atmósferas tan saturados de vital esplendor como los que encontró en Granada. Su profunda sensibilidad de artista –el joven quería consagrarse a la literatura, y ya había escrito una novela todavía inédita- recibió como una especie de descarga eléctrica, y, desde los primeros momentos, experimentó una lancinante sensación, mezcla de felicidad y congoja, difícil de soportar.

Su temprana afición al alcohol, interrumpida brevemente, comenzó a acentuarse: la extraordinaria facilidad de encontrarlo y el bajo precio de la bebida en España no eran precisamente las condiciones idóneas para frenar a un alcohólico incipiente. Los consejos y cuidados de sus amigos no servían de nada; Malcolm desaparecía todos los días durante varias horas y volvía a aparecer invariablemente borracho como una cuba. Otras veces tenían que salir a buscarlo por toda la ciudad, y lo encontraban durmiendo tirado en cualquier rincón, o armando broncas vociferantes en alguna tabernucha de mala muerte.

Se paseaba continuamente con un gran sombrero mejicano que había comprado en Ronda: estaba convencido de que esa era una prenda típica del atuendo diario de los andaluces, y no había manera de persuadirlo de que su uso le daba un aspecto ridículo y extemporáneo. Pronto empezó a ser conocido por todos los barrios de la ciudad: la gente se volvía y se burlaba a su paso, y los chiquillos lo seguían dando grandes risotadas y le tiraban de la ropa, o intentaban quitarle el sombrero de un manotazo. En algunas ocasiones se ponía a tocar su también inseparable ukelele a altas horas de la noche, y las parejas de la guardia civil que patrullaban por la ciudad se veían obligadas, por deferencia al británico, a llevarlo a rastras hasta la pensión.

En momentos de serenidad, Clarence Malcolm reconocía que estaba dando una imagen impropia de un gentleman, pero no podía hacer nada para evitar seguir bebiendo y emborrachándose. En sus conversaciones con el matrimonio Aiken, declaraba que la única causa de su incontinencia alcohólica era el embrujo mágico de Granada; sus paseos por las callejas del Albaicín, o sus rondas por las estancias de la Alhambra, en lugar de apaciguarlo, alimentaban su ansiedad. El sentimiento de la extraordinaria belleza de esos lugares encendía en su pecho una hoguera de exaltación y desconsuelo que no se podía apagar más que bebiendo sin cesar anís del Mono.

Llevaban ya dos meses viviendo en Granada y el estado del joven no hacía sino empeorar. No se lavaba ni cambiaba de ropa, su aspecto desastrado y con barba de varias semanas parecía el de un vagabundo: le llamaban “el borracho inglés”. Los guardias civiles empezaron a hartarse de su presencia, y, tras retenerlo en el cuartelillo en varias ocasiones, comunicaron a los Aiken que si no lo alejaban de Granada, se verían obligados a encerrarlo en la cárcel durante una buena temporada o a expulsarlo de la ciudad, e incluso las dos cosas de manera sucesiva.

Una mañana espléndidamente azul de junio, cuando desayunaba con sus amigos en el jardín de la pensión, Malcolm notó a través de sus párpados semi cerrados, en parte por la agresiva luminosidad, en parte por los efectos de la resaca, la presencia en una mesa contigua de unos nuevos huéspedes de doña Angustias. A intervalos, pudo observar la gran hermosura de una mujer joven, acompañada de un hombre que, aunque vestido con informal ropa deportiva, no podía ocultar que le doblaba la edad. Conrad Aiken, a su lado, con voz queda, estaba dándole un ultimátum, y le advertía que de no corregirse inmediatamente, regresarían a Inglaterra en el primer barco que zarpara de Gibraltar. Malcolm se dio cuenta de que la muchacha los miraba interesada de vez en cuando, y, sintiendo vergüenza de que ella lo viese en el estado de suciedad y abandono en que se encontraba, dejó su taza de té con leche a medio beber, y subió apresuradamente a su habitación.

Ese día, Malcolm no probó una sola gota de anís, y permaneció durante horas en su cuarto, tumbado en la cama. No podía alejar de su mente el hermoso rostro de la muchacha, mientras se hacía miles de preguntas sobre su identidad y la de su acompañante. Deseaba vehementemente volver a verla y se llevó una enorme decepción al no encontrarla en el jardín-comedor a la hora del almuerzo. Anduvo paseando toda la tarde por el bosque del Carmen de los Mártires, uno de los espacios más románticos y ensoñadores que había conocido jamás; esperaba con impaciente emoción que llegase el momento de la cena, pues tenía la certeza absoluta de que volvería a encontrarse con la maravillosa desconocida.

Cuando regresó al anochecer a la pensión, Malcolm sintió que una oleada de sangre caliente inundaba su cuerpo: la pareja de nuevos viajeros estaba sentada a la mesa de los Aiken con quienes mantenían una animada conversación. Se sentó con el grupo en una silla vacía, entre Conrad y la joven. Se llamaba Jane Galbraith, era americana y se ganaba la vida como modelo artístico. Residía en París donde había conocido al hombre maduro que la acompañaba y que no era su marido, tal como Malcolm se había temido.

Entre los jóvenes se estableció una inmediata y fluida corriente de simpatía. Malcolm se ofreció para hacer de guía de la ciudad y Jane aceptó encantada. Esa misma noche, después de la cena, estuvieron recorriendo solos el Albaicín y el Sacromonte; el caballero francés se quedó en la pensión con el pretexto de estar muy cansado. Todos se dieron cuenta de la fuerte atracción espontánea que habían comenzado a sentir.

A partir de ese momento, Jane y Clarence Malcolm no iban a separarse durante muchos años; el amor los invadió como una marea repentina, y se dejaron arrastrar por el ímpetu irresistible de su corriente. Permanecieron juntos un mes en Granada, embriagándose de caricias y sueños. Malcolm dejó, como por encanto, de sentirse angustiado y ya no tuvo más necesidad de emborracharse con alcohol; su tensión interna acabó por sintonizar en armonía con las vibraciones mágicas de la ciudad y supo, para siempre, “que no se puede vivir sin amar”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                  EL CHÓFER DE KATHERYN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde que dejó a la señora a la puerta de la galería y estacionó el Laguna en el aparcamiento público de Saint Germain des Pres, hasta recibir en su móvil (que Katheryn le había proporcionado como útil de trabajo) la llamada de Alberta pidiéndole que volviera a buscarlas, el chófer se había tomado la primera copa de tinto de bourgogne del día, en Chez Georges, un BarTabac-Presse de la estrecha rue Visconti, próximo a la rue de Seine. Allí había comprado un paquete de Gitanes, su periódico predilecto y una revista, a la vez que había mantenido su conversación habitual con Georges Duratti, el dueño del local, instalado en permanencia detrás de la caja, y madame Duratti, Nadine, que servía a los clientes. Cuando Maurice entró en el local, ésta acababa de poner un demi de cerveza a una danesa loca, llamada Greta, de edad indefinida, que vivía desde hacía varios años en un sótano abandonado, húmedo e insalubre del Quai de Conti. Los dueños del bar la admitían un rato todas las mañanas en la barra, a pesar de que la presencia de la vagabunda molestaba a los clientes por el olor que desprendía, y la turbación que producía su inocente mirada azul y su constante sonrisa transparente.

 Quel temps dégueulasse –dijo Maurice Leroy por todo saludo, sentándose en un taburete, a dos de Greta, mientras daba la mano al dueño, de su misma edad pero bastante grueso y de cabello blanco pegado a la parte superior de la frente, que le daba un aspecto de senador romano.

        —C’est pas vrai, il n’y a plus de saisons –dijo Georges.

         –C’est un printemps pourri –replicó Maurice, abriendo Combat Nouveau, un diario de izquierdas:

         “A menudo, se acusa a la Justicia de clasificar sin mirar los asuntos que la policía le transmite. Los tribunales de la región parisina conocen una tasa de respuesta cercana al 70% . Más de 2 de cada 3 infracciones son perseguidas ante los tribunales, o bien sometidas a procedimientos alternativos como la mediación, la reparación o el recurso a la ley. Un 30% de los asuntos considerados punibles son sin embargo archivados sin consecuencias. El tribunal de Fontenebleau se lleva la palma de la severidad. Encarna sobre todo una práctica penal tradicional que consiste en utilizar la maquinaria pesada del proceso penal para toda clase de infracciones, incluso las menores”. Estos siguen la senda de California donde se castiga con cadena perpetua a los reincidentes aunque sea por delitos de poca monta. “En París todo es desmesurado. Hay dos veces más casos por 1000 habitantes que la media nacional y tres veces más magistrados y funcionarios para tratarlos. En París se encuentra un tercio de todos los abogados de Francia”.

         Tras los cristales semi empañados del bar, Maurice vio desplazarse la figura de una señora alta y delgada, enfundada en un abrigo negro de pieles que iba barriendo el suelo. Se cubría con un enorme gorro de astracán que sólo dejaba ver unas gafas grandes y un trozo de cara cadavérica de piel apergaminada y carbonizada, seguramente a causa de los rayos UVA. Parecía una representación de la parca, pensó.

         -¿La has visto? –preguntó.

         – ¿Qué? –preguntó Georges.

         –No, nada, une dame…-dijo Maurice sin terminar la frase y pasando una página de Combat Nouveau.

         “Entre la imagen feliz de la sociedad consumista que pretende dar el sistema neoliberal que nos domina y la dura realidad cotidiana de la inmensa mayoría de los ciudadanos, se genera una enorme ola de frustración que es causa de un gran estrés y una gran agresividad. Del lado de las apariencias, el espacio lleno de objetos atractivos, mensajes complacientes y cómplices con el individuo tomado como sujeto consumidor. Del lado de lo real, trabajo duro, inestable, sueldos escasos, deudas de casa, coche, tarjetas de crédito, etc. El resultado es un conjunto de seres frustrados y agobiados que pretenden liberarse en los espacios públicos que…”.

         -¿Qué cuenta el periódico? –preguntó Georges sin excesivo interés.

-La crónica política nuestra de cada día –respondió Maurice, y sin levantar la vista de la página que estaba leyendo, añadió-. Escucha lo que dice un sindicalista de la CFSA: “Si la empresa persiste en su actitud, aumentaremos tanto la cantidad como la calidad de las huelgas”. ¡Qué te parece!

         -Habla igual que los empresarios –dijo Georges.

         -Efectivamente –convino Maurice -. Y hablando de empresarios, ¿sabías que tres multimillonarios poseen más riqueza que 600 millones de personas?

         –C’est pas vrai –dijo Georges que se puso a atender a un cliente del estanco.

         -Montesquieu habló de los tres poderes del sistema democrático: el ejecutivo, el legislativo y el judicial, pero no habló del poder escondido, del poder oscuro de la sociedad: el poder económico, que hoy domina a todos los demás poderes – dijo el chófer.

         -No hay que exacerbar ningún tipo de elemento sobre todas estas cuestiones. Vamos a crear un dotacional sanitario para nuestro barrio, me decía el concejal del distrito el otro día –dijo Georges después de despachar al cliente.

-Las palabras se han pervertido, patrón – afirmó Maurice-, porque no se quiere llamar a las cosas por su nombre y se dicen memeces como que los niños autistas o con síndrome de Down no son niños con deficiencias mentales, sino niños con habilidades diferentes. ¡Escuche, Georges! –prosiguió con énfasis-: Hace poco, leí una noticia sobre los problemas de los inmigrantes en Collioure. El periodista llamaba a los extranjeros “visitantes irregulares” y “pobladores de fuera”, en tanto que a los habitantes del pueblo los llamaba “vecinos indígenas”

-Cualquier tiempo presente es peor y a cada tiempo su propio lenguaje. Ésta es la conclusión que puede extraerse de las lamentaciones constantes de escritores y pensadores de diferentes siglos, acerca de la época en la que vivieron: muerte de la espiritualidad y de los valores, predominio del materialismo, zafiedad humana, traiciones, mentiras, etc. Por sus testimonios podemos saber que nunca existió una edad de oro, sino una energía perversa y destructiva que va evolucionando de forma continua –replicó Georges que presumía de haber asistido durante su juventud a cursos de Filosofía en Vincennes, para alumnos que no tenían el bachillerato.

-Esto es lo que más o menos piensa Katheryn, mi jefa, cuando dice que no hay tiempos mejores sino menos malos que otros –dijo Maurice que se puso a leer su periódico en voz alta.

-Vivimos en una sociedad violada y prostituida –dijo la danesa loca sin perder su sonrisa inocente

-“Un sistema genético universal dibuja bocetos en las alas de las mariposas” -¡Qué noticias más curiosas! –exclamó Maurice que no prestó atención a Greta-. “La policía romana irá equipada con pulverizadores de pimentón picante llamado peperoncino”.

-¿Con pepero qué? –preguntó Georges divertido.

-Con Peperoncino. ¡Qué graciosos son estos italianos, verdad! –dijo Maurice.

-Qué quieres que te responda, ya sabes que soy de origen italiano, de Niza –dijo Georges.

-Niza no es italiana que yo sepa –dijo Maurice.

-No, ahora es francesa, pero sólo desde 1860 en que Francia se anexionó parte del Piamonte –dijo Georges.

-¿Sólo eres francés desde 1860? Si llego a saberlo, no me caso contigo –dijo en tono de burla madame Duratti, que era Desbois por su apellido de soltera.

-“Un psicópata colombiano viola y mata a más de 140 niños de la calle””–comentó Maurice horrorizado.

-¿Dónde? –preguntó Georges.

-En Colombia, naturalmente –respondió Maurice.

-¡Qué vergüenza! Está visto que no todos los niños son iguales –dijo Georges.

-¡Cómo que todos los niños no son iguales! –exclamó Nadine indignada, unos diez años menor que su marido y con unos pechos puntiagudos que hacían suspirar a Maurice-. Ya lo creo que son todos iguales. Los que no lo son es los hombres, porque los hay que son auténticas alimañas.

Bueno, los hombres también son todos iguales –dijo tímidamente Maurice-, las diferencias están en los países, en los Estados. Los hay de primera, de segunda y de tercera. Y si naces en uno de tercera, eres un hombre o un niño de tercera.

-Sobre todo si eres pobre –añadió Nadine.

-Desde luego –asintió su marido.

-Los gendarmes andan buscando a dos cazadores de La Camargue por haber disparado por la espalda a un inmigrante argelino. El inmigrante, perdido, transitaba por la marisma y los cazadores lo dejaron malherido creyendo que había muerto. Lo trataron como a un animal –contó Maurice recordando la noticia espantosa que había leído en Combat Nouveau.

-Pues el ayuntamiento de Marsella edita una guía para inmigrantes en la que les aconseja no tener relaciones sexuales para evitar contagios. La mejor manera de no contagiarse es no mantener relaciones sexuales, eso elimina totalmente el riesgo, dice el folleto, ¿qué os parece? –dijo Georges.

-Verdad de La Palisse, querido Watson –dijo pedante Maurice.

-¿Quién será el talento al que se le ha ocurrido una simpleza semejante? –se preguntó Georges.

El local se llenó repentinamente de clientes. La vagabunda danesa pagó céntimo a céntimo su cerveza y se marchó discretamente. Maurice se puso a leer su periódico sin poder responder a la pregunta que el propietario del bar había dejado en el aire.

“¿Quién delató al Che? Un documental sueco reaviva la polémica sobre si alguien traicionó al mítico guerrillero argentino-cubano: Ernesto “Che” Guevara. Acusan al sociólogo y escritor francés Regis Debray de ser él quien señaló al ejército boliviano el lugar donde el Che se escondía”. Calumnias, pensó Maurice. “El 8 de octubre de 1967 el Che caía en una emboscada del ejército boliviano en el valle del Churo. Era el fin del foco guerrillero de Bolivia y de la aventura revolucionaria de Ernesto Guevara de la Serna, cuyo nombre iba a convertirse en todo el mundo en símbolo de la lucha armada contra la injusticia. Compañero de Fidel Castro, el Che había dicho el mismo día de su entrada en la Habana: Para mí el combate continúa en otra parte. En 1965 desaparece: durante dos años no se sabrá dónde milita, qué prepara, si sigue vivo. Regis Debray sí lo sabía. Fascinado por la experiencia castrista, este catedrático de Filosofía de veinticuatro años , que estaba en ese momento ocupado en escribir su Revolución en la revolución, se dirige a Bolivia para colaborar en los preparativos de la guerrilla del Che. Al regresar del campamento central en Nancahuazu, en abril de 1967, Debray es detenido junto con dos de sus camaradas: condenado a 30 años de cárcel, será, sin embargo, liberado antes de terminar su cuarto año de prisión…”. ¿Por qué? Sin duda el Che Guevara es el tío más íntegro y consecuente del último siglo. “Dolores, 19. Particular, estudiante de fotografía. Ninfómana. Acabo de alquilar un piso en Montparnasse para empezar en esto. Lo hago por vicio. Hago de todo, completo con francés en mi boca y beso negro. Puedes repetir. Pamela. Te recibo desnuda, 19 años, cuerpo precioso, pechos erguidos, sexo arregladito. Te haré un francés profundo hasta el final, luego te comeré por detrás para reanimarte otra vez, para que me penetres, luego en la cocina me volverás a penetrar y me penetrarás en mi jacuzzi, y volverás a penetrarme en la cama: soy un cálido agujero húmedo. Nancy, particular. Rubia espectacular, recién llegada de vacaciones de Saint Tropez. Penetración salvaje, oral tragándomelo; beso negro, sucio y limpio; lluvia en mi boca, coprofilia. Al llegar, si quieres, me arrodillo y terminas en mi boca. Luego seguimos hasta que no puedas más. Repite las veces que quieras. Si me avisas, puedo recibirte completamente desnuda, bronceada y rasurada. Karen, 22 años. Universitaria muy culta. Me gustaría compartir mis inquietudes sexuales con hombres que sepan enriquecerme en la cultura erótica. Tengo un cuerpo 10 y un apartamento de ensueño. Isadore: clínica especializada. Impotencia, alargamiento y curvatura del pene, cambio de sexo. Profesionales titulados. Larga experiencia… Magali. 18 años recién cumpliditos. Rubia despampanante, cuerpo sensacional, pelo largo, labios sensuales. Soy muy viviosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y veas que no llevo nada debajo. Que me hagas el griego profundísimo, tragarme toda la leche, hacer el amor varias veces, besarnos (relación amante). En fin, todo sin límites… Soy muy viciosa, una de mis fantasías es hacerlo con los ojos vendados, que me subas la faldita de colegiala y…”.

-¿Estás buscando piso? –preguntó con sorna madame Duratti, que se había acercado al chófer después de atender a la clientela.

-Pues sí –respondió Maurice cerrando su periódico, y avergonzado de que la atractiva mujer lo sorprendiera leyendo la sección de masajes.

-¿No te encuentras a gusto en el de ahora? –preguntó Georges, que había vuelto a instalarse detrás de la caja.

-Bueno, en realidad no tengo ninguna prisa por cambiarme, pero, me gustaría hacerlo dentro de un tiempo –dijo Maurice mintiendo para zanjar el tema.

-Los pisos están por las nubes –dijo el patrón del bar-, así que piénsatelo bien antes de buscarte otra cosa.

-Todo está por las nubes –dijo su mujer sonriendo de manera equívoca.

-Sí, es cierto. Vivir es hoy todo un lujo –concluyó Maurice, que volvió a la lectura del reportaje sobre el Che y Regis Debray, para evitar la sonrisa irónica de Nadine.

“Tal vez resulte superfluo poner de relieve, como acabamos de hacer, que a la guerrilla le faltaban los medios y los instrumentos necesarios para atraer a las masas, pues habríamos tenido que empezar por el principio: a saber, por la ausencia física de las masas. Es decir, era tal el estado de dispersión del habitat de la selva boliviana, tal la despoblación, que las masas prácticamente no existían. En dos semanas de marcha por la jungla, en el mes de febrero, la columna del Che no se topó más que con una familia, un machetero, y no precisamente con cualquiera: Honorato Rojas, el hombre que, según Debray, condujo al ejército al Vado de Yeso, y que vendió a toda la retaguardia de la guerrilla (después sería ejecutado por el ELN). La extrema diseminación de las explotaciones corría pareja con el atraso político de los campesinos. Allí sobraban tierras cultivables y faltaban brazos. En el campamento, el Che impartía por la tarde clases de francés…”.

Una anciana piruja vestida de beige claro y rosa caramelo entró como un soplo de aire y pidió a Georges un paquete de Craven “A”. Venía acompañada por un anciano alto y delgado, enfundado en una gabardina raída, que se quedó rezagado en la puerta del local. Maurice observó las espesas cejas, semejantes a ilustres bigotes, del viejo que casi ocultaban la estrecha raja de sus ojillos, intensamente azules.

-Au revoir messieurs, dames – gritó la anciana con sorprendente potencia vocal después de pagar, abrir su paquete y encender un cigarrillo, todo ello con una gran viveza de movimientos que contrastaba con la torpe parsimonia de su tímido acompañante.

-Extraña pareja. Es la primera vez que los veo por aquí –dijo Nadine, cuando ya se habían marchado.

-No son del barrio –aclaró gratuitamente su marido.

-Parecería que la señora fuera la hija del viejo, y sin embargo debe de ser mayor que él, a juzgar por las arrugas de su cara. –dijo Maurice, que había apurado su vaso hasta no dejar el más mínimo residuo del Bourgogne.

-Me gustaría a su edad tener su energía –dijo Nadine.

-¿Te refieres a la señora? –preguntó Georges.

-Pero, hay que ver cómo va vestida –añadió Nadine sin responder a su marido.

-Parece una tarta de crema y fresa –dijo Maurice.

-Con los años que tendrá –dijo Georges.

-Puede que sea americana –dijo el chófer -. En California es frecuente ver a muchas viejas de su estilo.

-En todo caso no tenía acento extranjero –dijo el patrón del bar.

-Pero si sólo ha dicho dos palabras –protestó Nadine para apoyar a Maurice. Y añadió suspirando-: ¡Cómo me gustaría conocer Hollywood!

-¡Qué ibas a hacer tú allí!, du cinéma? –dijo Georges soltando una risotada.

-¡Quién sabe! –exclamó Nadine al tiempo que erguía su generoso busto.

-Podíamos hacer un viaje los tres juntos –dijo Maurice que sentía desde hacía tiempo un intenso deseo de poseer a la mujer del patrón-. Ya sabéis que yo viví allí varios años y sería un buen guía. California. El Estado de los superlativos. El Estado en el que se encuentran muy próximas las altitudes mínimas y máximas de los Estados Unidos: el Valle de la Muerte, más bajo que el mar, y el monte Whitney a cuatro mil y pico metros. Al norte de San Francisco hay un fuerte que se llama Presidio. Lo construyeron los españoles en 1776 y aún era usado por el ejército de los Estados Unidos en 1954. El puente de Oakland que une esa ciudad con San Francisco se convierte en su tramo central en un túnel que cruza la isla de Yerba Buena. En Coloma, al noreste de Sacramento, se encuentra el lugar donde James Marshall encontró oro por primera vez. Con la horda de los buscadores, llegaron médicos, abogados, carpinteros, vaqueros, granjeros, profesores, y granujas de todo pelo. Esa fue la primera oleada de inmigrantes, desde entonces no ha parado la marea. La misión franciscana de Carmel se fundó antes de que existieran los Estados Unidos. Sebastián Vizcaíno exploró esa costa en 1602 y echó el ancla en la ancha y circular bahía de Monterey. Escribió sobre las playas y costas en términos tan elogiosos que desde entonces nadie ha podido identificar el lugar. Aunque se puede entender fácilmente el entusiasmo del marino español, pues la costa siempre verde de la península de Monterey es un lugar de una incomparable belleza, con una naturaleza esplendorosa, con playas pobladas por leones marinos. Monterey fue la capital de la California española muchos años antes de que Washington D.C. se fundase. En sus mejores días, en el puerto de Monterey atracaban grandes veleros de la costa Este y de muchos puntos del Pacífico, y la vida era próspera y alegre con numerosas fiestas, entre las cuales, carreras de caballos y corridas de toros.

         -Como en España –dijo Nadine que escuchaba soñadora, vigilada con el rabillo del ojo izquierdo por su marido.

-Como en España y también en Francia –dijo el chófer que continuó con su exhibición, confiado en el efecto de embelesamiento que había producido en la bella camarera-. La misión de Santa Bárbara es la única que permaneció sin interrupción en manos de los franciscanos a lo largo de su historia. Posee una fachada del más puro estilo neoclásico. Sus rezos y cánticos se hacen siempre en latín. Alrededor de Santa Bárbara comienza California sur. El contraste con el norte es sorprendente, porque allí en verano la temperatura es muy elevada, las colinas están peladas y amarillas. Los desiertos cubren grandes áreas y las palmeras reemplazan a los pinos. La costa es totalmente como la del Mediterráneo. Las aguas de la isla Santa Catalina fueron surcadas por los marinos españoles mucho antes de que el este de los Estados Unidos fuera colonizado. Cabrillo fue el primer explorador español que descubrió California y que desembarcó en las playas de Santa Catalina. Pero los españoles no se dieron mucha prisa en colonizar su nuevo descubrimiento. Pasaron más de 200 años hasta que Gaspar de Portolá fundó el primer establecimiento en una bahía a la que llamó San Diego. El español no podía haber elegido un sitio mejor. En la parte de San Diego llamada Old Town tuvo lugar el nacimiento de California en 1769. Alrededor de una tranquila plaza se levantan todavía media docena de muros que llevan los nombres de las familias que los construyeron en el pasado. Nombres como Machado, Pico, Bandini, Estudillo, Carrillo, Pedrorena, y también un Stewart.

-Háblame de Los Ángeles –pidió Nadine que no tenía la más remota idea de dónde podía encontrarse San Diego y no había entendido ni uno solo de los nombres españoles, pronunciados por Maurice con su acento americano de California.

-Los Ángeles se extiende a través de más de 500 millas cuadradas. Es la ciudad más grande de América, con veinte barrios prácticamente autónomos con grandes superficies comerciales. Ciudad sobre ruedas. La gente recorre al día en automóvil cientos de kilómetros para hacer su vida normal, trabajar o divertirse. Hay más coches que familias en Los Ángeles: más de veinte millones de coches particulares. Mil millas de autopistas y una extensa red de autobuses urbanos en los que se desplazan los indocumentados y los ancianos.

-¿Y Hollywood, cómo es Hollywood? –preguntó impaciente madame Duratti, a la que no le interesaban mucho las cifras y datos objetivos que le proporcionaba Maurice.

-¿Hollywood?, Hollywood es un lujoso cementerio temático, lleno de muertos vivientes –respondió el chófer, dejando traslucir el resentimiento que aún albergaba en su pecho contra la meca del cine, que no lo había tratado bien.

-Bueno, bueno, bueno. ¡A trabajar! –cortó Georges dirigiéndose a su mujer y aprovechando la entrada de dos nuevos clientes, asiduos de su negocio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL L.E.M.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hacía veintitantos días que Juan y yo estábamos en Estocolmo. Habíamos llegado desde París a pasar los meses de verano con la intención de ganar algunas coronas, y comprobar de forma empírica (decía mi amigo que era marxista e iba para filósofo) si era justa la fama amorosa de las mujeres suecas.

Encontramos alojamiento en una céntrica y confortable residencia para estudiantes católicos latino-americanos, situada en Snickerbaken, de la que, con gran desvergüenza por nuestra parte, no marcharíamos sin pagar el último mes de alquiler. Conseguimos pronto un empleo fácil y no muy mal remunerado en un gran restaurante de Gamla Sta’n, la ciudad vieja. A mí me contrataron para recoger las basuras y los desperdicios: la mierda hablando en plata; Juan, que tenía toda la pinta de un nativo (en la calle siempre le preguntaban a él por direcciones o datos urbanos) tuvo más suerte que yo, y pasaba sus ocho horas de trabajo preparando en cadena platos de melón con jamón y de melón con gambas. Creo que desde entonces aborreció las tres cosas juntas y por separado.

Transcurrían las semanas y seguíamos sin estrenarnos ni con nacionales ni con foráneas. Esa noche, después de terminar nuestro turno de trabajo, fuimos a tomar unas cervezas al pub de Kungsgattan que solíamos frecuentar. No pensábamos permanecer mucho tiempo en el bar, pues queríamos presenciar (como tantos cientos de millones de terrícolas) la retransmisión en directo por televisión del histórico momento de la llegada del hombre a la Luna. Era la noche del 20 de julio de 1969. Faltaban pocos minutos para que las manecillas de todos los relojes suecos entraran ineluctables en la épica madrugada del día H. El sol, remiso en el interminable crepúsculo estival del Norte, estaba sin duda celoso del protagonismo que iba a tener nuestro yerto y apagado satélite.

Justo al filo de la medianoche, y cuando estábamos a punto de irnos del pub, vimos (al principio indiferentes) acercarse a nuestra mesa a dos chicas con pinta clavada de finlandesas, una de las cuales era también empleada del mismo restaurante en el que trabajábamos Juan y yo: “¿Podemos sentarnos?”, preguntaron en un inglés más gesticular que fonético: “Of course”, respondió mi amigo, a quien le chiflaba esa expresión inglesa. Intercambiamos nuestros nombres y entablamos una conversación forzada y absurda a la que, inadvertidamente, la carísima (para nosotros) cerveza Tüborg dio mayor fluidez. Mi interlocutora era una gordita prieta, sana y alegre, que no dejaba de reírse por cualquier cosa y en todo momento, aunque no creo que allí se dijera nada especialmente gracioso.

Al llegar la hora de cierre del local, Maë y Betty, así decían llamarse nuestras dos jóvenes conquistadoras, nos propusieron seguir tomando copas en su apartamento: “¡Vaya, hombre!”, exclamó Juan, “hemos estado durante todo este tiempo sin comernos una rosca, y, precisamente hoy que queríamos ver en televisión el acontecimiento de la llegada del hombre a la Luna, vienen estas a ligarnos”. “¡Que se vayan al carajo los norteamericanos y su luna!”, dije despectivamente. Yo siempre había preferido las cosas del amor a las de cualquier otro orden. “No es que me queje, pero esto podía habernos sucedido ayer o mañana”, replicó Juan. “¿No será que tienes miedo?”, le pregunté guasón. “¿Miedo a qué, estúpido!”, contestó mi amigo algo cabreado. A sus veinticuatro años de edad, Juan era virgen. Formaba parte de esa legión de españoles que habían sido reclutados adolescentes, para las huestes de la Santa Madre Iglesia Católica durante la década de los cincuenta, y que más tarde desertaron de seminarios y conventos, no sin haber quedado gravemente traumatizados.

Nuestras dos finlandesas residían en una urbanización de los alrededores de Estocolmo, donde los edificios no levantaban más de cuatro plantas de altura, y se hallaban en medio de una espesa arboleda y de céspedes impecables. Daban ya las dos de la mañana en mi reloj, y recordé que esa era la hora marcada, según había oído decir, para que los astronautas Armstrong y Collins iniciaran la fase de descenso a la superficie lunar, a bordo de un pequeño aparato de extrañas formas y siglas. Me pregunté, sin mucho interés, si serían capaces de realizar felizmente tan arriesgada y compleja maniobra.

El apartamento era pequeño y muy acogedor. Hicimos los preámbulos en el salón bebiendo whisky con soda, la única bebida que había en la casa, aunque sin duda la más apropiada tratándose de una noche americana. Juan se mostraba bastante nervioso y apocado pese a que Betty parecía estar colada por él y tomaba la iniciativa que mi amigo no quería, o no sabía llevar. Yo me comportaba, en cambio, de forma atrevida con mi gordita, ya que Maë era extremadamente complaciente y nada remilgada. Se escuchaban sin cesar chasquidos de besos ardientes, suspiros y risitas tontas: las dos chicas debían de haber pasado también por un periodo de prolongado ayuno, aunque seguramente no tan largo como el nuestro, y se mostraban ávidas de nosotros y generosas con sus cuerpos. Yo miraba de vez en cuando con el rabillo del ojo, y veía cómo mi amigo era montado literalmente por su fogosa y desmelenada compañera.

Maë me llevó hasta su cama, en el cuarto contiguo al salón; nos desnudamos y nos metimos entre las sábanas. Al poco rato entraron Betty y Juan que fueron a acostarse en otra cama, a los pies de la nuestra. Mi compañera no tenía el sexo difícil, pues nada más instalarme en su húmeda cavidad comenzó a dar sacudidas como si estuvieran aplicándole descargas eléctricas. Nos lanzamos a dos placenteras carreras sobre el terreno, a cuyo término permanecimos calmados durante un buen rato.

Juan daba la impresión de tener problemas. Al mismo tiempo, los astronautas de los Estados Unidos ya debían de estar a punto de posarse sobre la superficie de la Luna. Mi amigo, empero, no lograba conectar su apéndice con el orificio de entrada anterior de la muchacha que tanto ansiaba explorar. Existía algún fallo de transmisión entre el computador cerebral y el cilindro fálico, que no se mantenía lo suficientemente tenso para iniciar la operación final de acoplamiento: Juan no había ensayado nunca la maniobra y se encontraba sin técnica ni recursos. “¡No puedo, coño!”, gimió desesperado e histérico.

No ocurría lo mismo con Armstrong y Collins, quienes a las 3 horas y 56 minutos exactamente, tal como previsto, estaban haciendo realidad el viejo sueño de la humanidad: conquistaban el polvoriento suelo de nuestro satélite. En ese histórico momento, en ese preciso instante, fallidos todos los intentos de penetración, mi amigo saltó desnudo de la cama en la que permaneció su pareja no explorada, encendió nerviosamente un cigarrillo, pasó al salón, y le oí pulsar el botón del aparato de televisión: en la pantalla aparecieron las primeras imágenes fluctuantes de los hombres del espacio que se divertían brincando alegremente por la rugosa superficie lunar, como dos chiquillos sobre un gigantesco y mullido colchón neumático.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL OBSEQUIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entré en la planta baja del Corte Inglés con la intención de comprar jabones y, de paso, echar una ojeada a las novedades editoriales. En la sección de librería encontré un espacio acotado por nueve o diez mesas sobre las que habían apilado cuidadosamente las últimas cosechas de Best-Sellers. Pasé despectivo entre ellos y me detuve ante una mesa cercana con forma de embudo, atraído por el sorprendente rótulo:

Selección libros OBSEQUIO por la compra de un Best-sellers

Me asomé con prevención a un informe montón de volúmenes y, removiéndolos con cierto repelús, comprobé anonadado que había varios ejemplares de mi último libro: Los ojos de una gacela, publicado por las Ediciones del Nordeste hacía tres años y primer premio del XXV concurso de relatos “José Hurtado de Mendoza”, otorgado por un jurado repleto de prestigiosos nombres de nuestra literatura contemporánea: Luis Mateo Píez, Antonio Gamonera, Juan Pablo Aparicio y José María Churra, entre otros de no menor prestigio.

Morado de indignación, me dirigí a una joven empleada que se me acercó obsequiosa:

-¿Qué vale este libro? –le pregunté secamente.

-Este libro no se vende, señor, se lo regalamos si compra un best-seller.

-Pero a mí no me interesan los bestsellers, son una basura –le respondí iracundo.

-Lo siento, caballero, pero estos son los libros que más vendemos. Los que se anuncian en la televisión y en todos los pasillos del Metro: Lussía Etchavarría, Terencio Moig, Antoni Gala, Mari Carmen y su muñeca…

-Y una mierda –le grité irritado –Yo lo que quiero es llevarme este libro porque yo lo he escrito. Yo soy su autor y no quiero que lo regalen como si fuera una muestra antiarrugas o anti calvicie.

-Cálmese o llamo a seguridad – me replicó la cajera quien, desde hacía un instante, había cambiado su sonrisa por un rictus de repugnancia.

Me serené a duras penas y traté de buscar mi carné de identidad en un bolsillo y, como siempre que me pongo nervioso, tardé en encontrarlo. Al final lo conseguí y se lo puse delante de los ojos para que viera mi nombre y apellidos y comprobara que yo era el autor del libro obsequio. Tras mirar alternativamente carné y portada del libro, la empleada exclamó en tono cada vez más destemplado:

-Caballero, usted no se llama como el señor que ha escrito este libro.

Y llevaba toda la razón. El libro lo publiqué con seudónimo y traté de hacérselo comprender. Le expliqué, lo mejor que me permitía mi terrible estado de crispación, lo que es un seudónimo, pero la cajera, que fue reclamada a bocajarro por una señora obesa que le mostraba unas bragas enormes, se puso a atenderla y me dejó plantado volviéndome la espalda.

Con el fin de tranquilizarme y pensar mientras tanto qué hacer, fui a comprar mis jabones, que habían sido el motivo primero para entrar en los grandes almacenes. Pagué mis pastillas a la lavanda y me dieron una bolsa verdiblanca de la casa. Regresé a la sección de Best-Sellers y como no vi ya rondando a ningún empleado, introduje con rapidez mis ejemplares en la bolsa de jabones. Estaba decidido a rescatar mis libros costara lo que costara.

Me dirigí hacia una de las puertas de salida suplicando mentalmente que no hubiese ningún vigilante. Pero lo había: un tipo con uniforme marrón y con aspecto clónico de Bruce Willis en policía. Me dirigí entonces a la salida opuesta esperando que estuviera franca, y no: otro clónico del actor norteamericano acechaba al ladrón, y a su lado la cajera con la que había discutido que no me quitaba la vista de encima. ¡No importaba! Pasé presuroso bajo el dintel metálico que se puso a emitir bips bips que se oyeron por toda la planta.

– ¡Caballero, caballero, deténgase! Escuché gritar a mis espaldas. Pero yo hice caso omiso y me lancé por la calle peatonal a una frenética carrera, apretando mis libros contra el pecho.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL OPTIMISTA

(Relato de amor fraterno alemán)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Joseph Weiss descendió del tren en la Anhalter Bahnhof. Su amigo Ulrick Wenda lo estaba esperando en el vestíbulo principal de la estación. Se unieron en un fuerte y prolongado abrazo: cada uno deseaba mostrar que el aparente distanciamiento de los últimos meses entre los dos, quedaba definitivamente superado. Intercambiaron palabras cordiales de saludo y se encaminaron hacia la salida de la Kögiggratzers strasse, donde los recibió una explosión mareante de ruidos, voces, gentes y vehículos en movimiento. Subieron en un Mercedes 1925 plateado, que los había de llevar hasta la residencia de los Wenda en el elegante barrio de Grunewald. La mañana de mayo era cálida y soleada; Joseph se sentía eufórico y se lo comunicó a su amigo.

-Nunca cambiarás, eres un optimista a prueba de cataclismos –le replicó Ulrick.

-¿Y por qué no habría de sentirme feliz?, llego a Berlín en un día maravilloso para pasar un fin de semana con el mejor de los amigos: ¿cómo podría ser de otro modo? –insistió Joseph sonriente.

Tras cruzar gran parte de la ciudad, el coche se detuvo ante la escalinata de un moderno hotelito de tres plantas, en el centro exacto de un gran jardín. Un criado vestido de negro acudió presuroso a recibirlos, haciéndose cargo del escaso equipaje de Joseph Weiss. En el porche de la casa los aguardaba Hanna, la mujer de Ulrick.

-¡Qué alegría volver a tenerte con nosotros. Estás estupendo, por ti no pasan los años!, pero ¿cómo haces para conservarte tan bien? –dijo de corrido Hanna después de besar al amigo de su marido.

-Su optimismo, querida, su optimismo –repitió Ulrick.

-No exageréis, si vierais todas las canas y arruguitas que me están saliendo.

-Supongo que te apetecerá asearte. Te hemos preparado la mejor de las habitaciones de invitados en el segundo piso. Puedes subir ahora si quieres. Entre tanto voy a ocuparme de los detalles del almuerzo –dijo Hanna dando una palmadita en el hombro a Joseph.

Entró en el cuarto de huéspedes acompañado por el criado que le llevaba la maleta. Tras agradecérselo y recogerla, la abrió y comenzó a sacar los efectos de su interior y a ordenarlos en los armarios. Mientras se preparaba un baño de agua caliente, echó una mirada a su alrededor y no pudo dejar de experimentar un ligero sentimiento de envidia, al observar la riqueza y buen gusto de todos los muebles y objetos de la suite que sus amigos le habían destinado. No sería él con su sueldo de profesor de la Universidad de Nuremberg, quien pudiera pagarse tanto lujo y refinamiento. Ulrick era consejero delegado de un importante banco berlinés, además de codirigir con el padre de Hanna una empresa de fabricación de acero.

Los dos amigos se habían conocido en su época de estudiantes de la Universidad de Ulm, donde Ulrick estudiaba Derecho y Joseph, Filosofía. Y a pesar de pertenecer a dos comunidades étnicas y religiosas distintas ( la familia Wenda era protestante y de vieja solera prusiana, y en la de Weiss existía una larga tradición rabínica), nunca hubo entre ellos la menor sombra de resentimiento racista. Ulrick se consideraba un liberal progresista, y Joseph no albergaba en sí ni el más leve residuo levítico y había roto sonoramente con la línea religiosa familiar. El afecto entre ambos fue siempre sincero y, aunque vivían en ciudades alejadas, se reunían al menos dos veces al año en Nuremberg o Berlín, manteniendo en todo momento estrechos niveles de intimidad y comunicación.

Joseph bajó a reunirse con sus amables anfitriones en una salita contigua al gran comedor, donde los rayos de sol, tamizados por cortinas transparentes, componían una luz cálidamente envolvente. El mayordomo, vestido de rigurosa etiqueta, les sirvió un aperitivo. Hanna se interesó por la mujer de Joseph, Nohamia, así como por el hijo de ambos, Albert; lamentó que no hubiesen podido venir también, y recordó algunas ocurrencias ingeniosas del pequeño, asegurando que era el niño más inteligente de cuantos conocía. Apuraron las respectivas copas de aperitivo y pasaron al salón-comedor donde se hallaba perfectamente preparada una gran mesa oval con vajilla de gala. Una joven camarera vestida de blanco con volantes negros, les escanció un suavísimo vino blanco del Rin para acompañar a unos canapés de salmón noruego y caviar del Volga.

Ulrick leyó a Joseph el programa que había preparado para su breve estancia en la capital. Esa misma noche harían un recorrido urbano incluyendo concierto y souper. Para el día siguiente, había previsto una excursión a Potsdam con visita a los palacios de la antigua corte de Prusia, y almuerzo campestre o pick-nick, como dijo Hanna, que en los últimos meses se dedicaba intensamente al estudio del inglés. La conversación entre los tres se hizo fluida y procuraron evitar cualquier tema que pudiera levantar polémica o preocupación.

Joseph se mostraba entusiasta y no dejaba de elogiar los platos exquisitos que le servían, cocinados bajo la dirección de la señora de la casa. La gastronomía era una de sus grandes aficiones y pocos como él estaban en condiciones de apreciar el despliegue que se hacía en su honor. Una excelente receta de gulash, regado con un perturbador Lafitte-Rothschild de 1920, acabaron de situarlo en un estado de jovialidad que se contagió a sus amables anfitriones. Después de los postres, con bandeja de quesos alemanes, suizos y franceses, y tarta de fresas de Plougastel, pasaron nuevamente a la antesala para saborear un aromático café de Colombia. Hanna pretextó ciertas preocupaciones urgentes, dejando a los dos amigos cómodamente instalados en enormes sillones de cuero, con dos cigarros Davidoff del 5000 y sendas copas de un excelente armagnac en sus manos.

-¿Qué tal tus relaciones con Nohamia, sigues pensando en separarte? –preguntó Ulrick con sonrisa levemente burlona. Desde hacía varios años, Joseph no había cesado de anunciarle su inminente separación matrimonial.

-Lo mío no tiene arreglo. Es como una enfermedad crónica, que ni te mata ni te deja vivir. Ya no tengo valor para abandonarla, y, sin embargo, sigo siempre a la espera del gran amor que nunca llega.

-¡Déjate de bobadas!, el gran amor de tu vida es y será Nohamia, aunque al principio de casaros no lo fuera, dado las circunstancias.

-No lo creo –respondió Joseph muy serio-. Hay días que me siento un fracasado…tengo la sensación de haberme quedado en un proyecto de hombre, en un proyecto de vida.

Ulrick comenzó a reír abiertamente.

-No te burles, te aseguro que es verdad –afirmó Joseph.

-¿Habrías dejado de ser un optimista? –preguntó Ulrick sin cortar su risa.

-No Ulrick, no se trata sólo de amor, son también los años. No olvides que ya he cumplido treinta y cinco, y no he realizado casi nada de lo que soñaba.

-No digas tonterías, Joseph, yo tengo el síndrome de los treinta desde que cumplí los veinte.

-Lo tuyo es distinto. Tú has tenido siempre todo lo que se puede desear: la seguridad que da el dinero, unos padres amables, cultos y tolerantes que te dejaron hacer lo que tú querías, y, además, el amor de tu mujer.

-Eso no es cierto, eso no es del todo cierto –repitió Ulrick sin gran convicción.

-En cambio –continuó Joseph-, yo tuve que romper con los míos porque me asfixiaba en aquel ambiente místico y alcanforado, ¿y para qué?, más me hubiese valido escuchar a mi padre y haberme dedicado al negocio de la peletería, con el tío Albert.

-No hablas en serio. ¡Tú un peletero!

-De acuerdo, no me veo como comerciante de pieles. Pero es muy duro, Ulrick. Cuando se parte de cero, uno aspira a una meta muy alta, y luego todo te parece insuficiente y mediocre.

-¿Qué tal este armagnac? –preguntó Ulrick para cambiar de tema-. Es una botella de 1915 que me regaló mi padre el día de mi último cumpleaños.

-Exquisito, exquisito –repitió Joseph mecánicamente.

-¡Ánimo, profesor, ánimo! –exclamó Ulrick levantándose del gran sillón de orejas-. Me gustaría que me dieras tu opinión de experto sobre los cuadros de un pintor…un tal Max Beckmann, que he comprado hace poco en la galería Hartmut Arckemeir: a mí me gustan muchísimo.

-Veamos –dijo Joseph siguiendo a Ulrick hasta la biblioteca, donde guardaba su todavía no muy numerosa colección de arte.

Joseph observó detenidamente los lienzos que su amigo le mostraba satisfecho.

-Son muy buenos, magníficos y poseen una excelente factura, pero tengo que decirte que no soy muy sensible a este tipo de pintura. Hay demasiada carga emotiva en el trazo. Las composiciones rezuman dramatismo, y yo prefiero un estilo más sensual, más vaporoso, digamos…y aquí hay mucha angustia latente. De cualquier modo, artísticamente son de una muy gran calidad.

Ulrick sugirió entonces a su amigo subir a sus habitaciones para descansar un rato. Los vapores de la digestión empezaban a pesarle en la cabeza y Joseph aceptó gustoso. Convinieron en volver a reunirse dos horas más tarde para iniciar el anunciado recorrido por el centro y la noche de Berlín.

Durmió durante más de hora y media. La voz del ama de llaves de los Wenda logró despertarle de un sueño profundo, debido a la fatiga de la noche anterior pasada en el tren, en el que siempre dormía muy superficialmente. Se levantó de la cama y se vistió con un terno beige de lino, una corbata negra de lazo, y su ancho sombrero de rafia, a juego con el traje. Bajó al vestíbulo donde lo esperaban, ya listos, Ulrick y su esposa.

-¡Chico, qué elegancia! –exclamó Hanna tras emitir un desenfadado silbido de admiración.

-Vaya, vaya con Weiss –dijo Ulrick, también halagador.

Joseph ofrecía una estampa sencilla y elegante a la vez. Su cuerpo delgado y de estatura moderadamente alta quedaba rematado por un fino rostro, en el que los rasgos semíticos, modelados por muchas generaciones de askenazis, irradiaba nobleza y carácter.

-Gracias, gracias –dijo Joseph Weiss complacido mientras realizaba una exagerada reverencia que hizo reír a sus amigos.

Los tres subieron al automóvil de lujo de los Wenda. El chófer, con uniforme y gorra de plato, cerró protocolariamente las puertas de sus señores y se sentó al volante. Después de atravesar la zona suroeste de Berlín, se dirigieron hacia el Tiergarten por la Kurfürstendamm. Joseph deseaba caminar un trecho por el bosque antes de proseguir el recorrido fijado. El Mercedes se detuvo en la Charlottemburger Chaussée; el matrimonio y Joseph bajaron para adentrarse por los macizos de arbustos y jardines del gran parque berlinés. Los inmensos árboles, de las más variadas especies botánicas, impedían el paso de los rayos del sol; el calor de aquel seco (y excepcional) mes de mayo había excitado los átomos periféricos de las plantas y las flores haciéndoles exhalar una gran variedad de perfumes y fragancias, que producían en quien los respiraba un incipiente éxtasis semejante al que causan los efluvios de un buen vino.

         Joseph se extendió en unos comentarios elogiosos sobre la excelencia del tiempo y la belleza del Tiergarten. Hanna, por el contrario, se quejó del largo periodo de sequía que atravesaban asegurando que la lluvia comenzaba a hacérsele necesaria. A esto, Ulrick respondió que él estaba de acuerdo en que lloviera, pero sólo después que Joseph hubiera pasado su fin de semana con ellos.

Regresaron al automóvil y continuaron su itinerario. Dejaron atrás el Tiergarten para desembocar en el Unter den Linden y pasaron bajo la Puerta de Brandemburgo. La agitación de vehículos y personas en el Paseo se volvió intensísima. Eran las siete de la tarde, la hora de la salida de los funcionarios ministeriales, y en el cruce de la Wilhemstrasse había un enorme atasco de coches y tranvías que les mantuvo retenidos durante varios minutos. El concierto comenzaba a las siete y media, y Ulrick empezó a lamentarse de que iban a llegar tarde: la Beethovensaal, a la que se dirigían, se encontraba en la Gertaudt Strasse y aún les faltaba un buen trecho saturado de obstáculos. El Mercedes torció a la derecha por la Friedrichstrasse, allí el tráfico se hizo más fluido y, finalmente, pudieron llegar justo a la hora delante de la entrada principal del teatro. Cuando tomaron asiento en sus respectivos sillones, el pianista no había salido todavía a saludar al público.

-¡Dos minutos más, y nos perdemos la primera parte! –exclamó Ulrick aliviado.

-Hubiera sido imperdonable –añadió Hanna.

El programa del concierto se componía de las baladas de Brahms opus 10, cinco lieder de Beethoven, así como de la Sinfonía número 2 del mismo compositor. Ulrick sentía verdadera pasión por el genio de Bonn, en tanto que Joseph prefería a Mozart y Schubert. La sala estaba abarrotada de personas que se arrancaron a aplaudir tibiamente cuando el primer intérprete, un solista austriaco poco conocido, apareció en el escenario. El pianista respondió humildemente a los discretos aplausos, ejecutando profundas reverencias en las que llegó casi a rozar la tarima con los dedos de la mano, en una posición un tanto grotesca.

Durante el descanso, Joseph y Ulrick salieron a fumar a los pasillos laterales detrás de los palcos; los melómanos inundaban con el humo de sus cigarros y cigarrillos todos los espacios que rodeaban al santuario musical: las alfombras, los tapices y los tejidos granates que recubrían las paredes, parecían propagar la atmósfera acre y azulada que originaba la combustión del tabaco. Los comentarios sobre los intérpretes de las baladas y canciones escuchadas, eran matizados y breves; la expectación se centraba en la obra de la segunda parte, y en la versión que de ella iba a realizar el maestro berlinés Bruno Walter.

Se oyó la tercera sintonía de aviso y todos se apresuraron a regresar a sus lugares, al mismo tiempo que los profesores de la Orquesta Filarmónica comenzaban a ocupar sus puestos. Se estableció un silencio progresivo en la sala coincidiendo con los primeros acordes de afinación de los diferentes instrumentos; cuando al cabo de unos instantes apareció el joven director de orquesta, los asistentes prorrumpieron en una estruendosa salva de ovaciones y aplausos. El artista saludó brevemente a sus entusiastas admiradores y, sin dejarles terminar sus expansivas efusiones, les dio la espalda, solicitó enérgico la atención de sus músicos y levantó la batuta en el aire con un gesto de elegante precisión.

Se escucharon los primeros compases de la sinfonía de Beethoven, “cuyos textos tan bellos e inesperados sobrepasan su propia belleza para convertirse en un símbolo”, dijo Ulrick a Joseph justo antes de tomar asiento. “Su aire aparentemente claro no debe engañarte”, volvió a musitarle a su amigo durante un intermedio cuando Joseph le confesó que él no era capaz de emocionarse con la obra. Al terminar la sinfonía, el delirio tomó proporciones de alboroto; Joseph y la pareja dejaron la sala después de que Bruno Walter se viera obligado a salir quince veces a saludar, reclamado por el fervor inagotable de sus adoradores, con sus gargantas roncas de gritar y las manos rotas por los aplausos.

Abandonaron la Beethovensaal y subieron caminando por la Gertraudt strasse para ir a cenar a la cervecería Patzenhofer, en la Königstrasse. Antes, a petición de Joseph, efectuaron el recorrido circular de la Alexander Platz. En la esquina de la Prenzlauerstrasse con la plaza, había un grupo de veintitantos militantes del Partido Nacional Socialista, uno de los cuales, sirviéndose de un megáfono de cartón, peroraba sobre la terrible peligrosidad de los judíos para el pueblo alemán. Ulrick quiso pasar de largo mirando para otro lado, pero Joseph se detuvo un momento para escuchar; luego echó una ojeada a un panfleto que le dieron con aire de complicidad, e hizo algunas observaciones jocosas y despectivas sobre el contenido de la arenga y los nazis, casi todos muy jóvenes a excepción del que parecía su jefe.

-¡Cómo me divierten estos caballeretes! Seguro que ninguno ha conocido aún los encantos de una muchacha judía…el día que tengan esa suerte, dejarán de dar la lata.

-No te lo tomes a risa –dijo Ulrick-. Esta gente puede ser muy peligrosa: sería necesario ponerlos fuera de la ley.

-¡Qué va, hombre!, eso les daría la importancia que no tienen. Déjalos que sigan con sus payasadas, que ya se hartarán –dijo Hanna.

-Yo no estoy tan convencido –respondió Ulrick muy serio.

-Vamos, no pongas esa cara, que me vas a dar miedo –añadió Joseph burlonamente. Y Hanna le dio la razón afirmando que los nazis eran un puñado de histriones sin futuro.

El ambiente de la cervecería Patzenhofer era cálido y discretamente ruidoso. Cenaron con sobriedad como contrapunto al copioso y exquisito almuerzo del mediodía, y se marcharon tras una breve sobremesa. Joseph se sentía algo cansado por el largo viaje y por toda la actividad de su primera jornada berlinesa.

Estuvieron poco locuaces en el camino de regreso a la residencia de los Wenda. Joseph Weiss pensaba en la escena de Alexander Platz y -aunque no quiso de forma aparente concederle mucha importancia, herido profundamente en su orgullo de ciudadano alemán- comenzaba a inquietarse por todos los signos de carácter germanófilo y xenófobo que se manifestaban en su patria desde hacía algunos años. Tuvo negros presentimientos que rechazó con rapidez, pues estaba absolutamente convencido de que el pueblo alemán, al que él pertenecía desde muchas generaciones atrás, sabría poner límite a unas acciones aisladas promovidas por un minoritario grupo de fanáticos.

-Empiezo a estar fatigado –dijo Joseph saliendo de su mutismo.

-Pues nada más llegar a casa te metes en la cama, que mañana nos espera otro día bien cargado, y los viejecitos como tú, tienen que cuidarse –dijo Ulrick bromeando.

La mañana del sábado amaneció más radiante si cabe que las anteriores. Después de desayunar, los tres amigos se encaminaron hacia las oficinas de la compañía Stern und Kreischifart para iniciar su visita a Potsdam. Ulrick había preferido realizar la excursión a la antigua ciudad imperial utilizando transportes públicos, para poder gozar de una hermosa travesía en vapor del pequeño lago Wansee y del lago Griebnitzsee, y hacer escala en Babelsberg.

La ciudad de Federico el Grande aparecía exultante bajo la clara luminosidad del hermoso día de mayo, y el trazado barroco de los edificios jugaba a cache-cache en sus curvas y contra curvas con la nitidez de los rayos solares. Los tres se encontraban de excelente humor. Joseph volvía a recuperar su tono óptimo, una vez olvidados los negros pensamientos del final de la noche anterior. Visitaron en primer lugar el palacio de Sanssouci, paseando por su inmenso parque y deteniéndose en su biblioteca y en el museo de pintura. Joseph imitaba a los guías de turismo y se dirigía a sus amigos en un francés e inglés intencionadamente deficientes, aunque los hablaba a la perfección al no carecer de esa facultad innata que posee la mayoría de los hijos de Israel para dominar las lenguas extranjeras.

-Ladies und gentlemen, dames et messieurs, kome und see the bibliotek, s’il vous plaît.

Dieron buena cuenta del almuerzo en la bucólica islita de Pfaueninsel. Hanna y Joseph se enzarzaron en una divertida discusión cuando éste último tildó de snob a la mujer de su amigo, porque aquélla dijo en un momento de la comida al aire libre, que era maravilloso poder hacer “pick-nick” en un marco tan ameno y romántico. Joseph insistía con argumentos conscientemente pedantes, que era más poética y apropiada la clásica expresión francesa: déjeuner sur l’herbe, avalada, además, por las obras pictóricas conocidas de ese modo, como las de Manet o Cezanne.

Ulrick puso fin a la disputa comenzando a engullir aceleradamente las deliciosas trufas que entraban en el menú.

-¡Qué cara, nosotros discutiendo como idiotas, y este bribón quitándonos la comida! –gritó Hanna indignada, en tanto que su marido se desternillaba de la risa, sin dejar de tragar con los mofletes hinchados como un hamster.

Terminaron el almuerzo en paz, y rodearon caminando el perímetro de la isla “incomparablemente bella”, según dijera Alexander Von Humboldt. Volvieron al vaporcito que los llevó hasta Babelsberg y, luego de visitar brevemente su palacio, regresaron al anochecer a Grunewald. La excursión había sido muy grata, y Joseph Weiss se durmió con la reconfortante sensación que le dejaba la idea de tener un amigo como Ulrick Wenda.

Se despertó después de haber dormido larga y profundamente durante muchas horas. Su reloj marcaba las diez de la mañana, aunque parecía más temprano por la escasa luz que entraba por el balcón, que permaneció abierto toda la noche. Levantó a tope la persiana de madera, miró el cielo y pudo comprobar que se hallaba cubierto con grandes nubarrones. Pensó que seguramente habría tormenta por la tarde, pues hacía muchos días que disfrutaban del calor y del buen tiempo, y eso no podía durar demasiado en un clima como el de la capital alemana.

Cuando bajó a la biblioteca, Ulrick ya había desayunado con su mujer, que había salido a oír misa cumpliendo con sus obligaciones de católica.

-¿Qué tal has dormido? –preguntó Ulrick.

-De maravilla –respondió Joseph-. ¿Qué cuenta el periódico? –preguntó con escaso interés.

-Nada de particular –dijo Ulrick mintiéndole, mientras doblaba cuidadosamente el diario que había estado leyendo.

En portada aparecía la noticia del incendio –accidental según el reportero- de una sinagoga, en Bernau, durante la celebración del shabbat de la tarde anterior, y en el que habían muerto calcinadas cinco personas, entre las cuales un niño de la misma edad que el hijo de Joseph.

-Yo nunca leo la prensa cuando estoy de viaje. No quiero saber nada de lo que pasa en el mundo, para saborear mejor lo que me rodea de forma inmediata.

-Bueno, yo no puedo prescindir de la información ni un solo día. Para mí es vital.

-Claro, hombre afortunado, tú necesitas estar al corriente del pulso continuo del mercado –replicó Joseph sonriendo.

-Así es, así es. Y ahora ve a desayunar, que debes tener hambre –dijo Ulrick.

Joseph despachó en solitario un espléndido desayuno, y regresó a la biblioteca donde su amigo, con aire reflexivo, permanecía sentado en su sillón favorito.

-¿Qué te ocurre, han bajado tus acciones? –preguntó Joseph bromeando.

Ulrick respondió que no sucedía nada de especial y le propuso dar un paseo por el jardín. La atmósfera era pesada en el exterior de la vivienda: no había un soplo de brisa y la temperatura era agobiante.

-Va a haber tormenta –afirmó Ulrick.

-Seguro que sí –asintió Joseph.

Pasearon un buen rato por el jardín sin pronunciar una sola palabra. Parecía que Ulrick hubiese entrado en una fase depresiva, tras la euforia del día anterior; Joseph, por el contrario, se sentía muy animado, y se preguntaba cuál podía ser la causa de la evidente preocupación de su amigo.

-¿Te ocurre algo malo?

-No, nada, de veras, no me pasa nada…¿qué tal por la universidad? –dijo Ulrick.

Joseph le contó que en los últimos meses se había iniciado una campaña antisemita, pero que él personalmente no había tenido ningún problema con sus alumnos. Se habían visto algunas pintadas contra profesores y estudiantes judíos, y contra los comunistas, y hasta habían sucedido algunos incidentes desagradables, como el de un sapo muerto colocado en la silla del despacho de uno de sus compañeros de Facultad, también judío, al que acompañaba un escrito en tinta roja advirtiéndole de que estaba contemplando su destino inminente.

-Pero, ya pasará –dijo Joseph tratando de quitar hierro al asunto, y luego añadió-: Estos síntomas aislados no son sino las manifestaciones cíclicas de un cierto salpullido nacionalista sin importancia.

-Ojalá sea sólo eso, aunque me temo que esta vez puede ser mucho más grave que en otras ocasiones. Según todos los datos de que dispongo, creo que nos encontramos en puertas de una de las crisis económicas y sociales más terribles de la historia. Y ya se sabe que cuando el miedo se apodera de una sociedad, todo lo malo es posible –dijo Ulrick quitándose de un papirotazo el pequeño insecto que se había posado en su hombrera izquierda.

-Y siempre lo hemos de pagar los mismos, ¿no es cierto? –dijo Joseph con una sonrisa glacial.

-Desgraciadamente así ha pasado en otras épocas y países –afirmó Ulrick sin perder su seriedad.

Joseph no replico a la última frase de su amigo. Un sentimiento de indignación le recorrió el cuerpo. Él se consideraba tan alemán como el que más, y no podía soportar que los otros alemanes lo pusieran en entredicho. La consigna antisemita que consideraba más infame e injusta era: Judío, fuera de Alemania. ¿Acaso los judíos no habían contribuido igualmente durante los siglos anteriores a la formación de una cultura germana, admirada y respetada en toda Europa? ¿Acaso los judíos no habían dado su vida por Alemania en los frentes de batalla de todas las guerras de, al menos, los últimos doscientos años? Se tranquilizó pensando que la franca amistad que le unía a Ulrick Wenda era todo un símbolo de la solidaridad que siempre existiría –a pesar de los avatares y de algunos grupos sectarios- entre las dos comunidades principales de la sociedad alemana: la aria y la semita.

Mientras paseaban por la pequeña y cuidada rosaleda, el cielo se ennegreció de repente, y unas primeras gotas de lluvia, gruesas y dispersas, comenzaron a caer: al instante, una olorosa tufarada de vaho caliente se levantó de la tierra reseca. Los dos amigos entraron en la casa y se dispusieron a tomar el aperitivo. Un poco más tarde, Hanna, que había regresado de la parroquia, se les unió. La conversación entre los tres se tornó trivial y hablaron del tiempo. La mujer de Ulrick se mostraba muy satisfecha ya que por fin llovía, y se empezaban a ver los trallazos luminosos de los relámpagos, seguidos por lejanos estampidos de truenos.

Adelantaron la hora habitual del almuerzo porque el tren de Joseph salía a las tres de la tarde. Mientras comían acordaron que los dos matrimonios volverían a verse pronto e hicieron planes para ir de vacaciones a Viena en el mes de julio o agosto próximos. Cuando terminaron de comer, Joseph subió a sus habitaciones para preparar su maleta y descansar unos minutos antes de marcharse para la estación. Comenzó a sentir una temprana nostalgia por el feliz fin de semana que estaba a punto de terminarse. A las dos y cuarto de la tarde, bajó personalmente su equipaje al vestíbulo. Ulrick y Hanna lo aguardaban para acompañarlo a la Anhalter Bahnhof. Joseph se despidió del personal doméstico presente, y, precedido por los Wenda, se subió en el Mercedes plateado.

El aguacero era torrencial y la tormenta parecía haberse inmovilizado sobre Grunewald. El trayecto hasta la estación lo efectuaron en silencio. Joseph intentaba ver el exterior a través de las cortinas de agua que corrían oblicuamente por los cristales de las ventanillas laterales. Las calles y avenidas de Berlín estaban desiertas en la húmeda tarde de domingo. Joseph, que se había sentado entre Hanna y Ulrick, tomó las manos de sus amigos y las mantuvo entre las suyas hasta que el automóvil se detuvo.

Entraron en el inmenso hall de la estación de trenes y buscaron la vía del expreso de Munich. El bullicio reinante en la Anhalter Bahnhof contrastaba con el Berlín solitario y triste que acababan de atravesar. Ulrick y Hanna despidieron con grandes muestras de afecto al amigo en el límite autorizado a los acompañantes. Tras presentar su billete al controlador, Joseph cruzó la barrera metálica y se encaminó hacia el andén de su tren, volviéndose sin cesar para decir adiós con la mano a sus amigos, hasta que se desvanecieron entre la masa voluble de la gente.

Subió a un vagón de 2ª clase y encontró su número de asiento, junto a la ventanilla. Depositó su equipaje y se sentó al lado de una señora joven, de unos treinta años de edad, que viajaba sola con sus dos hijos pequeños; el resto del compartimento, ya al completo, lo ocupaba una pareja de ancianos, con las manos unidas, y un imberbe pastor luterano que parecía recién salido del seminario. Cinco minutos más tarde, el convoy se puso en movimiento, lenta y silenciosamente. Afuera, la tormenta había cesado y daba paso a una lluvia fina y apretada. A través de los cristales, Joseph pudo ver –pegados en las vallas del recinto ferroviario- unos carteles semi desgarrados con el rostro alucinado de Adolf Hitler. ¡Qué ridículo personaje!, exclamó entre dientes, mientras que el expreso iba tomando velocidad y penetrando inexorablemente en la precoz oscuridad de la tarde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL PISO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando Gabriel, sorprendido, me abrió la puerta de su piso y me invitó torpemente a pasar, tuve la impresión de entrar en alguna vieja cripta olvidada o de atravesar una estación de metro abandonada. El aspecto del salón me atenazó la garganta, y, de no ser porque la melodía a todo volumen que salía de un disco compacto llenaba el aire de vibraciones, hubiese creído que allí yacía un cadáver, o era el desolado territorio de un vagabundo ocupa: muebles rotos, sofá y sillones destripados, botellas vacías, ceniceros desbordantes de colillas y ceniza, la pintura de los techos colgando a girones, manchas de humedad y, cubriéndolo todo, una espesa capa de polvo –por donde flotaban nubes de plumas surgidas de los descosidos pufs y cojines- que habían depositado las muchas semanas de completo abandono. Los únicos objetos que aún mostraban signos de vida y habían escapado a la grisácea parálisis de la suciedad eran los discos: una extraordinaria colección de elepés descansaba sobre unas repisas de madera mediocre que parecían querer descuajaringarse de un momento a otro bajo su enorme peso.

  • Esto está un poco guarro –dijo Gabriel disculpándose y visiblemente nervioso. Yo hice un gesto que pretendía expresar comprensión e indiferencia, aunque, en realidad, sentí vértigo y no me atrevía a dar un paso por miedo a mancharme los zapatos y mi costoso abrigo negro, o temiendo que se hundieran las crujientes planchas del parquet. Por indicación de Gabriel me senté en la única silla sana del salón mientras él fue a buscar bebidas.         -¿Cómo sigue Begoña? –me sentí en la obligación de preguntar a Gabriel, que regresaba con una botella de whisky y dos vasos recién enjuagados.         -¡Y eso! –exclamé fingiendo extrañeza, aunque lo había sospechado inmediatamente al ver el estado del piso.         Nos habíamos conocido 15 años antes cuando los dos estudiábamos los cursos de la carrera de Filosofía de la Complutense. Gabriel era lo que se decía entonces un auténtico líder estudiantil: inteligente, brillante, ingenioso, muy admirado y querido tanto por amigos como por enemigos. Los dos participamos en las mismas luchas políticas en los estertores de la dictadura, y, además de ser camaradas del mismo partido, existió entre nosotros una buena amistad. Más tarde, Gabriel se dedicó al periodismo, colaborando en varias revistas de vida efímera y actualmente era un personaje si no popular, sí al menos muy conocido en los medios musicales y radiofónicos de Madrid.         -Me alegro de que hayas venido a verme y no hayas esperado a que te llamase, porque seguramente yo habría tardado mucho tiempo en hacerlo –dijo Gabriel sentándose en frente de mí. Llenó un vaso de whisky, me lo alargó y siguió hablando –Te he puesto un poco de agua fría, no tengo hielo, la nevera se me estropeó hace unos días y no la he reparado todavía; tengo que hacer un esfuerzo y comenzar a arreglar cosas si no quiero que esto se caiga en pedazos o se desmorone.         -Éramos –respondió lacónicamente Gabriel, dando un trago largo y aspirando profundamente el humo de un canuto, el segundo desde que yo había llegado.         Una vez montó un numerito de escándalo en el pub Santa Brígida, alto y solaz de la progresía de la época. Se sentía eufóricamente colocado por las copas anteriores y conseguía que los consumidores de las mesas vecinas se divirtieran sin reservas con sus ocurrencias incandescentes. Hubo un momento en que Gabriel tuvo ganas de ir a orinar, se levantó y se fue canturreando y bailando una melodía rítmica que se acababa de inventar; al llegar delante de la pesada cortina de terciopelo marrón que ocultaba el pasillo donde estaban los servicios, se bajó los pantalones, enseñó el trasero y despareció rápidamente camino de los urinarios, todo ello ante la mirada atónita de muchos clientes y sin que los camareros se dieran cuenta de nada. Gabriel regresó a nuestra mesa y continuó con las bromas, pero antes de marcharse del pub, hizo su última travesura. Amparándose en la bulla del local a esas horas de la noche, robó impunemente un taburete recién tapizado: con el asiento bajo el culo, fue aproximándose lenta y pausadamente a la puerta y, cuando estuvo totalmente seguro de que nadie se percataba de su maniobra, salió tranquilamente a la calle con su taburete en las manos.         -Pues sí, estoy dispuesto a ponerme a arreglar y a limpiar el piso, porque si no, se me va a hundir cualquier día –volvió a repetir.         Yo no podía olvidar la primera visita que le hice a unos meses de la ausencia de la hermana-madre. El mobiliario todavía se encontraba en buenas condiciones, pero por los suelos de las habitaciones y pasillos rodaban espesos ovillos de pelusas negras, como si allí hubiesen esquilado a un rebaño de carneros del mismo color. En la cocina era imposible entrar: los cacharros se acumulaban sobre las mesas, el aparador y el fregadero, atascado, y recubierto de inmundicias y moho verdoso; Gabriel había utilizado uno a uno los diferentes elementos de la rica vajilla familiar y, sin lavar nunca un solo plato, vaso, cuchillo o tenedor, los había ido apilando. Había también por todos los rincones latas vacías de conservas, la mayoría oxidadas: en el cuarto de baño, en el salón, en el recibidor, y en el cubo de la basura, mezcladas con alimentos putrefactos.         Volví a ponerme whisky, pero rechacé la invitación a compartir el cuarto canuto de Gabriel.         -Bien –respondí.         -Bien, bien –repetí velozmente como la vez anterior.         -Pues no –dije desorientado, y, sin dejarme tiempo para poder replicarle con un comentario sobre las graves tribulaciones de los norteamericanos, Gabriel se puso a jugar con el lenguaje y a carcajearse con sus propias ocurrencias:         Comprendí que Gabriel había comenzado a despegar y que ya no habría modo de seguirlo. Me despedí precipitadamente con el pretexto de tener mucha prisa y salí del piso.                                                 JULIO MOREIRA
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  •          “La casada, casa da. Preguntaba seriamente la señora: ¿sería seria la serie?, si no, se iría. La doméstica domestica. Los Papas no quieren papas. Hacía días que no comía acedías. El menor de los Caso, que era un caso, se casó. ¿Tomas tomate, Tomás? El agente penelizador alegó circunstancias extenuantes”.
  •          -Tú que eres sociólogo, ¿te has parado a pensar que los nipones son considerados orientales por los habitantes de Nueva York y occidentales por los de San Francisco?, ¡Qué esquizofrenia!, ¿verdad?
  •          -¿Y tu mujer?
  •          -¿Y tú, qué tal?
  •          El piso se limpiaba únicamente en las escasas ocasiones en que alguna joven, enamorada de Gabriel, se quedaba en él durante un tiempo y no quería vivir como una cucaracha. Las más de sus frecuentes conquistas solían huir a la primera copa o a la mañana siguiente, en cuanto descubrían la mugre dominante en la que no habían reparado la noche anterior a causa de la borrachera.
  •          Yo había ya escuchado muchas veces el mismo propósito, pensaba, no obstante, que Gabriel no lo haría jamás. A su innata torpeza manual había que añadir su absoluta carencia de sentido práctico: era incapaz de clavar una tachuela, conducir un coche, o contratar un obrero para que viniese a pintar. El caos comenzó a instalarse al quedarse Gabriel solo, después de la boda de su hermana María, que siempre se había ocupado de todas las tareas de la casa, sobre todo a partir de la muerte de sus padres en un accidente de automóvil dos años atrás. Gabriel no sabía manejar una escoba, ni limpiar el polvo, ni lavar una camisa, ni, naturalmente, freírse un huevo.
  •          Gabriel se sirvió un segundo vaso de whisky y comenzó a calentar un trozo de china con su encendedor.
  •          Gabriel seguía fumando chocolate sin tasa ni control. Empezó a aficionarse después de dejar la bebida tras una larga cura de desintoxicación. Al principio fumaba poco, pero fue aumentando progresivamente la dosis hasta llegar a consumir dos chinas diarias. Se liaba porros constantemente y en cualquier parte: bares, cafeterías, discotecas y casas particulares. Con frecuencia lo expulsaban de los locales públicos en los que no toleraban el hachís, pero eso a él le traía sin cuidado y volvía a liar en el próximo lugar. Además, reanudó con el alcohol luego de pasar varios meses sin probarlo, y la mezcla de ambas drogas le colocaba en unos estados de desquiciamiento en los que su comportamiento se volvía intolerable para las personas que lo acompañaban o estaban a su alrededor. Yo tuve que abandonarlo en más de una ocasión cuando mi amigo se transformaba en un ser agresivo y extraño. Sin embargo, no todas las veces que nos vimos fueron siempre insufribles. Recordaba también salidas espléndidas en las que me había reído como un loco con el humor y la verborrea surrealista de Gabriel.
  •          -Como no me llamabas supuse que debía de pasarte algo, pero no podía sospechar que hubieras roto con tu mujer, la última vez que os vi erais o parecíais una pareja feliz.
  •          El piso de Gabriel tuvo siempre un significado muy especial para mí, y siempre lo consideré en parte como algo propio: viví en él durante varios meses al separarme de Carmen. Entre sus paredes había conocido los estados de ánimo más dispares: la desolación y la exaltación, la soledad y el amor. Había amado platónicamente a la hermana mayor de mi amigo, que fue como una madre para Gabriel, antes de casarse y de ir a residir a Valencia, y amé también físicamente a Irene. No fui capaz nunca de volver a entrar en el cuarto de servicio en el que había pasado unas noches de amor que aún seguían vivaces en mi recuerdo. Sabía que era muy doloroso sentir la vacuidad de un espacio que me imaginaba inverosímilmente desordenado, y en el que gocé numerosas veces de un cuerpo joven delicioso y voluptuoso que se me entregó sin reservas.
  •          -Ha sido una separación muy destructiva, pero ya te contaré más tarde, prefiero no hablar del asunto ahora –dijo Gabriel al tiempo que cambiaba de disco y volvía a ausentarse del salón para tratar de poner un poco de orden en el resto de las habitaciones.
  •          -Supongo que bien, se marchó de casa y está viviendo con un tío en París.
  •          Hacía casi un año que no nos veíamos, desde que Gabriel dio pruebas inequívocas de no querer quedar conmigo pese a mis reiteradas llamadas de teléfono, lo cual me hizo pensar que a mi amigo no debían de irle muy bien las cosas, y por eso decidí visitarlo de improviso, aun a riesgo de no ser bien recibido.

In memoriam

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Julio Moreira era un jarifo chafandín que usaba cuchillo largo. Chufletero y zumbón, las guarichas lo adoraban, los mozallones lo aborrecían y buscaban para apiolarlo.

El Loro’s, chirlata frecuentada por barateros y arrumacas del barrio se encontraba desierta, de manera desacostumbrada, la noche de autos.

-Julio –dijo el pubero de la timba-. Arrímate el tronco, que andan por ahí unos escurras caloyos que quieren mecharte a chirlos.

-¿Quiénes son esos cadagueños? –indagó Julio haciéndose el bolonio-, que les voy a batanear tantos lapos que se van a quedar como la hoja del perejil.

-Arrímate el tronco, Julio –repitió el pubero, que son muchos y no podrás fajarte con todos.

-Aunque el mismo candinga y su corte de demonches subieran del báratro, yo me fajaría con ellos –insistió Julio con ademán farfantón.

-Vale –sentenció el timbero y guardó silencio.

Julio Moreira terminó de potar en un chisquete el vaso número quince de garnacha de la noche. En la timba sólo se oía el silbido sonoro del guaro en su jaula, que un gringo eutáxico y peneque le había enseñado hacía más de cinco años. En uno de los intervalos del guaro entre Marsellesas, se abrió la puerta de la chirlata y entró célere Regina, esposa del Jaiba, una de las daifas de Julio: su favorita.

Regina era la guaricha más garifa y con más sandunga de toda la ciudad. Amaba perdidamente a Julio Moreira, y éste se lo agradecía. Regina llevaba un enorme moratón en el rostro, se arrojó en los brazos de Julio y lo besó intensamente en la boca.

-¿Quién te ha puesto ese clavel de sangre en la mejilla?, que lo apiolo no más –dijo Julio.

-¡Pos quién había de ser! –Contestó Regina-, sino el parguelas de mi esposo. Estaba rabioso como un tuso y, de no haberme librado de su rebufe, me habría arrancado todos los pelos de la chola. Ha venido siguiéndome y no tardará en aparecer por ahí –terminó Regina mirando con prevención a la puerta.

-El Jaiba no es lo bastante macho para pisar la misma tierra que tú y yo pisamos –dijo Julio.

-Vendrá con otros –añadió el pubero mientras secaba un vaso con escrupulosidad-. Esa clase de ternascos no se atreve a enfrentarse cara a cara con un hombre.

No había terminado de hablar cuando la puerta se abrió, y se plantó en el umbral el marido de la Regina. Se quedó petrificado viendo que ésta se encontraba en los brazos de Julio Moreira.

-Estaba seguro de que vendrías aquí, lumia, pendanga, zorra –le lanzó con voz aguda e inquinosa-. Y de que te encontraría con ese chulo gayón, al que el cherinola de su padre y la peliforra de su madre engendraron durante una noche de talanquera.

-¡Date por muerto, sarasa, bujarrón! –saltó el Julio a la vez que sacaba el chafarote largo y se disponía a clavárselo al Jaiba.

-¡Nada de pendencias en mi timba, o llamo a la chapa! –gritó con voz enérgica el pubero, interponiéndose entre ambos gallos.

-¡Sal a la calle si tienes en la entrepierna algo más que una chifa mola que sólo te sirve pa mear! –dijo el Jaiba a Julio.

-¡No vayas, que es una chanada! –aulló la Regina mientras agarraba a Julio por el brazo, reteniéndole con fuerza.

Quita, mujer, si he de morir, quiero que tú y las estrellas sean lo último que vean mis ojos –dijo el garifo liberándose suavemente de Regina.

Julio Moreira salió al exterior. La noche era cálida, brumosa, y la calle estaba desierta. La farola más cercana se encontraba como a cincuenta metros de la cantina, y en el centro de su escasa luz se adivinaba la silueta del jaiba, que esperaba desafiante, charrasca en mano, al Julio.

-¡Acércate, que te voy a comer la mitad del corazón, la otra mitad se la echaré a las ratas! –gritó el Jaiba.

-¡Aguarda, gurrumino, te arrancaré la lengua y se la daré a las hormigas! –replicó Julio.

Avanzaba despacio midiendo el terreno metro a metro. Se detuvo a unos diez pasos del rival. Los dos hombres se pusieron en guardia. El Jaiba esgrimía la charrasca en la mano izquierda. Comenzaron a buscarse en círculo, como a cámara lenta: el tiempo desapareció, tragado por la oscuridad.

De repente, surgieron de las sombras cuatro hombres que se abalanzaron sobre Julio. Éste, al percatarse de la emboscada, dio un salto de jaguar sobre el Jaiba hundiéndole el chafarote en el centro del corazón. Casi simultáneamente, los cuatro compadres del Jaiba cayeron encima de Julio y, sin darle tiempo a revolverse, lo cosieron a facazos dejándole cadáver en el suelo, con la cabeza vuelta hacia el firmamento. Uno de ellos, el Chirla, bajó los pantalones al muerto y, con gestos precisos de pescadero, emasculó el cuerpo aún caliente de Julio y arrojó los testículos y el carajo a un montón de basura cercano.

Los cuatro lunfardos, que habían sido también cornudos por voluntad de Julio Moreira, no quedaron satisfechos con su muerte, y quisieron lavar el honor de cabrunos con más sangre. Se fueron en busca de la Regina, que salió huyendo de la timba cuando supo que su maturrango había sido asesinado, y le dieron caza antes de que pudiera llegar a su casa. Uno la agarró por las piernas, otro por los brazos y la larga cabellera negra, y el Chirla, de un tajo certero, le rebanó la gorguera y la dejó desangrada.

Al amanecer, los servicios municipales de limpieza de la ciudad de Lima recogieron los cadáveres de una mujer degollada y de un hombre, al que le faltaban sus partes genitales, que no aparecieron por los alrededores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA CARTERA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         Cuando me establecí en Madrid a comienzos de los setenta, una de mis zonas favoritas para moverme eran los alrededores de la plaza de Chueca, aún incontaminada por las ratas y sabandijas del inmundo trapicheo de la heroína de los años ochenta. Los nombres de las calles Barbieri y Libertad me inspiraban una gran nostalgia liberadora: no hay que olvidar que por aquellos días todavía mandaba en España el pertinaz dictador. En una ocasión, durante uno de mis frecuentes paseos por el barrio, tuve un hallazgo que iba a ser la causa de que empezara a modificar la estima y buena opinión moral que tenía de mí mismo.

Acababa de almorzar en Carmencita, el pequeño restaurante de la calle Libertad, esquina con la de San Mateo, recubierto de azulejos y con instalación a gas de finales del siglo XIX. De todas las cosas curiosas del típico local, la más chocante era el retrete. Cuando un cliente sentía la necesidad imperiosa de utilizarlo, tras ingerir un buen plato de lentejas estofadas o de trucha escabechada, por ejemplo, se veía obligado a pasar por la cocina –donde se amontonaban fuentes repletas de champiñones, croquetas crudas, carnes y pescados…- y pedir ayuda a la cocinera, una mujer gafuda escuálida y diminuta, que instalaba con diligencia un artilugio plegable de madera en forma de taza de water, sobre un agujero negro. En honor a la verdad, he de decir que en ninguna de las escasas ocasiones que hube de solicitar la instalación de la rudimentaria pieza técnica, noté la más leve sombra de contrariedad o fastidio en las cocineras (los viernes y sábados eran dos), antes bien, siempre se prestaron solícitas a complacerme, tal vez para que les perdonara las molestias que causaban.

Como en Carmencita no servían café (no disponían de ningún tipo de cafetera), me dispuse a ir a tomarlo al Gran Café de Chueca. Subía por mi entrañable calle Libertad y al llegar a la de Augusto Figueroa, los empleados municipales de limpieza se afanaban, como de costumbre, en retirar los desperdicios y basuras del Mercado de Abastos. Toda clase de restos animales y vegetales: colas, raspas, pellejos, pitracos, sebos, hojas de verduras, tomates y pimientos podridos, etc., eran arrastrados por la potente ola salubre que surgía de las mangueras, manejadas con pericia por hombres vestidos con monos color butano.

A esas hora de la tarde, los bancos de la Plaza Chueca estaban ocupados por algunos vagabundos (ahora denominados “sin techo” o “S. T.”, según nos llega de Francia, donde siempre se les llamó “clochards”). En uno de los bancos laterales de la plazoleta, perfectamente rectangular, había también un grupo de jóvenes, uno de los cuales tocaba torpemente una guitarra. De entre los vagabundos, se adelantó un hombre moreno, como de unos cuarenta años de edad y de mediana estatura, al que sus colegas llamaron “el argentino”, que se acercó al joven y, con aire simpático y resuelto, le aferró la guitarra. Acto seguido, comenzó a cantar y a acompañarse con el instrumento en ritmo de milonga, a la vez que cruzaba el pequeño cuadrado central de la plaza en todos los sentidos, marcando a la perfección los pasos de la canción que interpretaba. Cuando terminó, saludó con las manos para agradecer los aplausos espontáneos de todos los presentes, que quedamos agradablemente sorprendidos por el buen gusto y propiedad del insospechado artista-vagabundo. El hombre devolvió la guitarra al muchacho, con aspecto de alumno de COU, regresó a su banco y botella junto a sus compañeros, y yo me fui a sentar en la terraza del café, sumida en la fresca sombra que daban los edificios del lado sur de la plaza.

Al principio no me percaté de la cosa, fue sólo después que el camarero me sirviera un solo cuando vi, tirada en el suelo bajo la silla vecina a mi derecha, una abultada cartera de cuyo interior sobresalían algunos billetes verdes. Sentí que un ligero sudor frío me empañaba las manos, y pensé que debía ingeniármelas para recogerla sin que los clientes de las mesas contiguas se dieran cuenta de nada. Me cambié de silla, pisé el billetero con el pie derecho y permanecí inmóvil durante unos segundos casi en un tris de ponerme a temblar; no quería hacer ningún gesto brusco que pudiera delatarme ante mis vecinos de mesa o el camarero, pero, al mismo tiempo, tenía que actuar rápidamente no fuese que el dueño volviera a buscar su cartera.

Comencé a rascarme los jarretes y tobillos con el fin de disimular. Ya estaba a punto de levantar el tacón y agarrarla, cuando a pareció un desconocido que se dirigió al camarero que me había servido el café y le preguntó algo que no llegue a comprender. Temí que se tratara del dueño de mi tesoro y tentado estuve de levantarme, pagar y largarme renunciando a mi presa; sin embargo, aguanté y al cabo de un momento el hombre se marchó tras escuchar la respuesta del camarero, cruzó la plaza y desapareció por una calle del lado norte.

Me había puesto nervioso y decidí que debía resolver la situación con celeridad, pues de lo contrario no iba nunca a atreverme a recoger el dinero. Así que, asegurándome bien de que en ese instante nadie me observaba, tomé el billetero y lo introduje en el bolsillo derecho del pantalón. Ruborizado, eché una ojeada a mi alrededor: los demás clientes seguían con sus conversaciones sin que, aparentemente, ninguno de ellos hubiese detectado mi maniobra. Dejé sobre la mesa el importe de la consumición más diez pesetas de propina, hice un signo al camarero que asintió diciéndome adiós, y todo dentro de la más estricta normalidad.

Desaparecí del lugar con la mayor rapidez posible y con un vago sentimiento de culpabilidad. Mientras me alejaba de la plaza, palpaba con mi mano la cartera de tacto suave y blando. Entré en una cafetería de la Gran Vía, me senté en una mesa apartada, encargué una copa de coñac y, acto seguido, fui a encerrarme en los aseos de caballeros: conté, feliz, hasta quince billetes de mil pesetas. Lo malo es que la cartera contenía un carnet, roto y mugriento de la Federación Castellana de Pesca a nombre de un tal José Rodríguez Martínez, domiciliado en la calle de P. En El Escorial. Guardé todo en el bolsillo interior de mi chaqueta y regresé a mi mesa, donde me esperaba ya la copa. Me sentía muy alegre por lo sucedido. Estábamos a mediados de mes y ya me había gastado casi todo mi sueldo, pero me preocupaba la existencia del carnet con la identidad y dirección de la persona que lo había extraviado. Me creaba ciertos escrúpulos de conciencia. ¿Qué hacer? ¿Tendría la suficiente honradez de restituir el dinero a su dueño?

Imaginé tres soluciones posibles: primera, regresar al bar de Chueca y entregar la cartera al camarero; segunda, llevarla yo a las señas del carnet; tercera, guardarme la pasta y deshacerme del resto. De inmediato descarté la primera. Podrían sospechar en el bar por no haber entregado antes el monedero y encima me buscaría complicaciones. La segunda me parecía angelical, sin embargo, el documento de pesca era muy antiguo y pensé que era muy probable que su titular ya no viviera en el mismo lugar. Además, ¡dónde carajo se encontraba la calle de P. de El Escorial! Yo no tenía tiempo para desplazarme hasta allí. Total que, en toda lógica, me incliné por la tercera solución.

Esa misma tarde me dispuse a dar salida adecuada a los billetes encontrados. El otoño estaba avanzado y necesitaba una prenda de abrigo, de manera que me compré en unos grandes almacenes un chaquetón azul marino de lana y fibra, que me costó diez mil pesetas. Las cinco mil restantes tuvieron un destino poco moral, pero no menos útil. Hacía tiempo que me venía cosquilleando el deseo de acostarme con una señorita fácil, y, esa misma noche, no pude resistir la tentación de dejarme llevar a la cama por una mulata de senos esféricos que, apoyada contra una esquina, me murmuró con toda la ternura del mundo: “¿Tu viens, Chéri

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA EXPOSICIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

        

         La mañana se presentó templada y diáfana tras la lluvia que había caído abundante durante toda la madrugada después de varias semanas prolongadas de sequía, barriendo la atmósfera contaminada de la gran ciudad. Las nubes y el viento del suroeste le hacían sentir fugaces emanaciones marinas arrastradas desde el lejano océano. Rafael se dirigía al Museo para visitar la gran exposición del maestro G. del siglo XIX. Subía caminando junto a la verja del Real Jardín Botánico y miraba el verde lustroso de las nuevas hojas de los árboles que habían recibido gozosas las primeras aguas de la estación. El hermoso día de primavera y la perspectiva de admirar la obra antológica de uno de sus pintores favoritos, le llenaron el pecho de una placentera exaltación.

Al principio, creyó que se trataba de una manifestación al ver la ingente cantidad de personas que ocupaban la explanada del Museo, pero pronto pudo observar que a las entradas principales del noble edificio llegaban largas hileras de gente como de unos trescientos metros de longitud. Se abrió paso a codazos hasta una de las filas y preguntó a un señor de pelo cano por la causa de semejante aglomeración: “Para ver a G.”. Rafael se quedó anonadado con la respuesta preguntándose incrédulo cómo era posible que la llamada del arte hubiera convocado a semejante multitud. Todas las veces anteriores que había ido al Museo lo encontró tranquilo y más bien mortecino, sin que hubiera tenido nunca que esperar o hacer cola para poder entrar en él.

Sin embargo, no experimentó ningún sentimiento de rechazo hacia la muchedumbre de competidores, cultos admiradores del genial pintor, sino que por el contrario las lágrimas estuvieron a punto de empañarle sus ojos, y tuvo que sobreponerse para rebajar la emoción producida por la exhalación entrañable de las aspiraciones colectivas de degustación artística. Se resignó solidariamente a ser el último de la fila, y se dispuso con paciencia a aguardar que le correspondiese su turno de acceso a las salas de la magna exposición.

La interminable columna humana la componía un público heterogéneo: escolares y profesores, turistas extranjeros, familias nacionales al completo, universitarios, funcionarios, monjas y soldados. Los jardines que embellecen el sitio ofrecían un ambiente de feria: vendedores de chucherías, propagandistas de partidos políticos, estatuas vivientes, mimo, ilusionistas, prestidigitadores, comedores de fuego, demandantes de firmas y dinero para causas filantrópicas, músicos, incluyendo a un gitano con trompeta, cabra y escalera. La cola siguió estirándose detrás de Rafael y en escasos segundos acabó perdiendo de vista su final.

Los comentarios más peregrinos llegaban hasta sus oídos: “Es la tercera exposición que visito esta semana, no hay derecho a hacernos esperar tanto tiempo”. “Pues G. a mí me parece un loco, pero mi amiga Pepi me dijo que no me la perdiera”. Rafael llevaba más de treinta y cinco minutos aguardando y sólo había avanzado tres metros, hizo un cálculo de la distancia que lo separaba de la puerta de entrada y dedujo que aún tendría que aguantar dos horas más de espera. Pensó que eso era intolerable, pero quiso ser optimista y se dijo que seguramente la fila comenzaría pronto a moverse con más rapidez.

Transcurrió otra media hora y Rafael no se había movido prácticamente del mismo sitio, incluso tuvo la impresión de que había retrocedido algo, achacando el fenómeno a los listillos de siempre que se colaban. Para colmo, un oscuro nubarrón se puso a descargar un fuerte aguacero sobre sus cabezas, y él no llevaba paraguas ni capucha para protegerse. Afortunadamente, un viejecito previsor, como la mayoría, tuvo la amabilidad de invitarlo a resguardarse bajo el suyo: “Venga, venga, que se va a poner hecho una sopa”, le dijo con voz temblorosa.

La gente no pareció arredrarse por la intensidad del chaparrón, pues no solamente nadie desertaba de su puesto, sino que las nuevas personas que afluían sin cesar consiguieron que la cola desapareciera por la esquina sur del Museo. Al poco rato escampó y el cielo se tornó de un azul limpísimo. Los primeros sentimientos de emoción de Rafael se convirtieron en otros donde la irritación era la dominante, además, no disponía de mucho tiempo libre ya que debía ir a trabajar después de almorzar, y todavía le faltaban unos doscientos metros hasta la anhelada entrada.

Leyó el periódico de cabo a rabo, incluidas las páginas de economía y deportes. Aprendió el nombre del nuevo presidente de la Asamblea nacional de Shri-Lanka, se enteró del porcentaje aplicado a la última devaluación del peso argentino, y hasta el color del vestido de novia de una famosa tonadillera que acababa de casarse con un no menos famoso torerillo. Sus compañeros de infortunio, así comenzó Rafael a considerar a cuantos a su alrededor albergaban la vana esperanza de contemplar la obra pictórica de G., daban ya clara muestras de cansancio. Los más jóvenes se sentaban sobre el césped, pese a que había quedado muy mojado, y los más viejos se apoyaban con aire desolado en sus parejas o, más raramente, en sus bastones.

La columna comenzó a desplazarse con mayor ritmo durante unos segundos, luego, se inmovilizó definitivamente: acababan de cerrar las puertas del Museo. La protesta estalló de forma general: “Esto es un abuso, no tienen vergüenza, nos hacen esperar más de dos horas y luego nos dan con la puerta en las narices”, se quejó un anciano de barbita blanca bien cuidada. “¡Y así quieren que el pueblo tenga cultura!”, gritó una señora enjoyada, que terminaba de despachar a un mendigo diciéndole que fuera a pedir dinero al presidente del Gobierno. “Unos demagogos, eso es lo que son los ministros de ahora, ponen los museos gratis y las personas decentes ni siquiera pueden ya visitarlos”, terminó aullando la dama dando rienda suelta a su cólera.

Un sordo rumor de rabia fue recorriendo el interminable reguero de ciudadanos con la misma celeridad que la llama por un rastro de pólvora. Hacia el final de la serpiente humana se escuchaban gritos pidiendo la cabeza del señor Solana, ministro de Cultura a la sazón, del director del Museo, de los conserjes: “¡Son unos paletos!”, bramaron a los oídos de Rafael unas señoras de porte distinguido. Un joven barbudo arengó a la muchedumbre: “¡Los museos son del pueblo y no pueden cerrarlos como si fueran un coto privado de caza!”. “¡Que los abran las 24 horas del día, incluso los fines de semana!”, añadió su acompañante femenina.

Un grupo muy numeroso de amateurs d’art, con aire amenazador, se puso en movimiento hacia la gran puerta central y, al ir pasando a lo largo de la densa cadena humana, otras personas fueron uniéndosele hasta formar una inquietante concentración, vociferante y agresiva. Comenzaron a oírse golpes de puños y patadas contra las hojas de las puertas cerradas a cal y canto. Alguien pedía insistentemente un ariete, creyéndose tal vez un guerrero al asalto de una fortaleza. Al cabo de un tiempo vergonzante, en el que el escándalo llegó a rebasar la barrera del sonido, los accesos se abrieron de nuevo, y aparecieron dos bedeles, aterrados, en el umbral.

La turba se precipitó por los huecos, golpeando, derribando y pisoteando a los dos temerarios funcionarios, para dispersarse en desbandada por las espléndidas galerías del Museo hasta ganar las salas donde se exponían los cuadros del genial G. Rafael se sintió tremendamente confundido por las escenas presenciadas y se volvió abochornado a su casa, absorto en reflexiones sobre el sentido último del arte.

 

 

 

        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            ¿TIENES UN CIGARRO RUBIO, COLEGA?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

         No le gustó la película de Fassbinder que acababa de ver. Era demasiado dramático y pesimista el joven director de cine alemán. No se podía analizar la vida en claves tan negras porque entonces sólo quedaba una solución: pegarse un tiro. Lo que Federico ignoraba es la reciente muerte de Rainer W. Fassbinder, ocurrida en circunstancias extrañas que inducían a pensar en un suicidio. Ojeó su reloj que marcaba la una y media de la madrugada. La sesión del Alphaville había terminado más tarde de lo habitual, debido a la excesiva duración de un cortometraje previo: “Qué estúpidos solían ser los cortos”, pensó Federico: “eran a una película lo que un feto a un recién nacido”. El resto de los escasos espectadores se levantaron también de sus butacas y se dirigían hacia las salidas de la sala. Casi todos ellos encendieron cigarrillos que chupaban con fruición tras la insoportable abstinencia de las dos últimas horas. Él los observaba con lástima y algo de envidia aspirar aquel humo nocivo, y se sentía orgulloso por haber tenido el valor de dejar, de golpe, el tabaco seis meses antes.

Todos sus amigos le alabaron su gran fuerza de voluntad. No era tan fácil abandonar el pitillo de la noche a la mañana, después de haberse llevado fumando más de veinte años de su vida. Federico había tomado conciencia de la inutilidad de una adicción que ni siquiera proporcionaba un placer real, y además le iba a producir una serie de enfermedades espantosas. La última faringitis que lo dejó afónico durante un mes, pero, sobre todo la lectura de los abrumadores informes científicos de la máxima solvencia le decidieron a quitarse del estúpido vicio de fumar: no estaba dispuesto a provocar el despachurre de las vísceras y músculos de su organismo.

Salió del cine y se dispuso a regresar andando hasta su casa, a sólo diez minutos caminando de allí y en el mismo barrio de Argüelles. Los espectadores rezagados se subían en sus coches, las calles estaban vacías de gente y mal iluminadas, y la mayoría de los bares ya habían cerrado. Federico no pudo evitar una leve sensación de recelo. Se hablaba tanto en esos días de la inseguridad ciudadana (era el tema periodístico de moda), de los asaltos y agresiones que sufrían las personas de bien por parte de miserables delincuentes desalmados: pinchazos en el vientre, pellizcos con alicates en los pezones de las mujeres, amenazas con jeringuillas ensangrentadas, disparos con armas de fuego, etc.

Federico pensaba, sin embargo, que no debía dejarse amedrentar por rumores catastrofistas y reaccionarios, propalados exageradamente con el fin de desprestigiar a la naciente democracia y vilipendiar la libertad recuperada de los españoles. Salía muy a menudo de noche y nunca había tenido el menor percance; además, creía que si se encontraba en una situación comprometida sabría resolverla apelando a la racionalidad de los hipotéticos agresores. “Tranquilidad, el miedo exacerba las precauciones y hace bajar las defensas”, se decía a sí mismo, y se imaginaba un diálogo con unos posibles chorizos: “Mirad, yo soy una persona pacífica y tolerante, y no tengo nada contra vosotros; es más, comprendo vuestros problemas, así que aquí tenéis mi cartera con todo el dinero que llevo encima”. Hombre progresista y ecuánime, Federico estaba convencido de que la única causa de la violencia en el mundo era la falta de justicia y solidaridad entre los humanos.

Dobló la esquina de la calle del Rey Francisco y se percató de la presencia de dos individuos, en semipenumbra, en la misma acera por la que caminaba y a una distancia aproximada de cien metros de él. Uno de ellos estaba sentado en el escalón de un portal, el otro permanecía de pie, a caballo entre el bordillo de la acera y la calzada. Federico sintió el impulso de cruzar al otro lado de la calle, pero pensó que su gesto de desconfianza podía ser considerado como vejatorio por esas dos personas que serían, de seguro, inofensivas y estarían charlando tranquilamente. Además, la casa de Federico distaba ya sólo una manzana del punto de donde estaban los dos hombres y no era cuestión de andar haciendo rodeos extraños. Así que siguió adelante con paso firme y resuelto, aunque sintiendo que su corazón aumentaba de ritmo a medida que se acercaba a los dos desconocidos. Pasó en medio de ellos, y ya los había rebasado cuando escuchó la voz del que estaba sentado que lo interpelaba de manera áspera:

-¿Tienes un cigarro rubio, colega? Federico podía haber continuado su camino sin darse por aludido, sin embargo, o porque su buena educación no le permitía mostrarse descortés, o bien porque temiera irritarlos con un desaire, se detuvo, se volvió hacia los dos hombres, muy jóvenes, y les dijo con un tono que pretendía ser lo más amable posible:

-Lo siento, pero no fumo

-¡Cómo que no fumas! ¿De verdad que no tienes unos ssigarritos rubios para unos colegas? Preguntó bruscamente el otro que permanecía parado.

-De veras que lo siento, no tengo tabaco, respondió Federico tratando de imprimir a sus palabras un doble acento sincero y exculpatorio por no poder complacerlos. Entonces, el que permanecía sentado, se incorporó pesadamente y con paso tambaleante se le acercó:

-¡Tú de qué vas, tío!, gritó con aire despreciativo.

-Yo, de persona, contestó ingenuamente Federico, que comenzó a inquietarse por el cariz violento que tomaba la situación.

-¿Tú de persona? ¡Tú vas de pringao!, volvió a gritarle el mismo joven, que daba muestras de estar con el mono encima.

-Hace seis meses que he dejado de fumar, no tengo tabaco ni negro ni rubio, pero si queréis os puedo pasar dinero para que lo compréis, replicó Federico en un intento de contentar a los dos tipos y poder largarse de allí.

-¿Que no queremos tu dinero, tío, que lo que queremos es que nos des un ssigarrito rubio!, le gritó ahora el que parecía más sereno mientras lo agarraba por las solapas de la chaqueta, empezando a zarandearlo con violencia.

Federico se puso a maldecir mentalmente la hora en que se le había ocurrido dejar el tabaco, y se hizo la promesa de que si salía bien del trance, volvería a fumar de inmediato. Los dos individuos siguieron insultándolo y sacudiéndolo, y, en un instante de pánico y exasperación, Federico propinó un fuerte rodillazo en la entrepierna al que parecía más joven, al fin y al cabo no estaba dispuesto a dejarse humillar y maltratar de ese modo por dos golfos, y comenzó a pedir socorro a grandes voces.

Se entabló ya una lucha abierta entre el hombre, que pugnaba por escapar, y el mayor de los agresores que se lo impedía con un enérgico abrazo. Entre tanto, el chorizo que se había recuperado del rodillazo recibido, sacó una navaja de grandes dimensiones y de un golpe certero la clavó hasta el mango a la izquierda del pulmón izquierdo de Federico, que se desplomó fulminado sin emitir un solo gemido.

El homicida limpió escrupulosamente la hoja ensangrentada en el pantalón del muerto mientras el cómplice le registraba los bolsillos, buscando algo que no podía encontrar.

  • ¿Llevaba tabaco?, le preguntó el de la navaja
  •  
  • – No, no tiene, el jodío decía la verdad, le respondió el colega. Y los dos se echaron a reír alejándose con trote rápido del lugar, y desapareciendo detrás de la misma esquina por la que Federico había aparecido pocos minutos antes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            MATAR AL TENOR

                            (Censurada por el autor)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                            LA CARTULINA MÁGICA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Salí de casa para hacer unas compras mañaneras y una gestión en el distrito municipal del barrio. Doblé la esquina de mi calle y vi en el suelo una hoja de papel del tipo cartulina como de 6 X 12 centímetros que ofrecía su cara en blanco. Llevado por mi manía cervantina de leer hasta los papeles tirados por las calles, quise saber si en la otra cara figuraba algún tipo de texto o reproducción y di un ligero puntapié a la hoja para voltearla. En lugar de ofrecerme el otro lomo, la cartulina se levantó en el aire como medio metro, planeó otro metro aproximadamente en horizontal, y, ante mi asombro, fue a introducirse parcialmente en una estrecha raja vertical (de un milímetro aproximadamente de ancho) en el viejo parachoques negro de un coche, aparcado en batería contra la acera, donde se quedó incrustada. La observé incrédulo un instante y proseguí mi marcha.

Pasaron unos minutos y comencé a pensar que acababa de presenciar un hecho fortuito extraordinario. Era absolutamente increíble que la cartulina hubiera detenido su vuelo de la manera que acabo de contar. Cualquiera que la viera, pensaría con toda seguridad que alguien, probablemente un niño la habría introducido jugando en ese lugar angosto e inverosímil. Nadie en su sano juicio o por puro sentido común llegaría a adivinar que la hoja se había introducido allí por azar, un azar que yo había provocado de forma totalmente casual. Especulaba con que de habérseme ocurrido conseguir voluntariamente el fenómeno, hubiesen sido necesarios miles y hasta millones de intentos antes de lograr el resultado insólito que se había producido con una sola patada; o que, si llevado por un acto de locura intentaba reproducir con éxito el experimento, malgastaría años y probablemente toda mi vida sin llegar a conseguirlo.

Sentí una especie de exaltación por haber tenido el privilegio de haber vivido una experiencia única y posiblemente irrepetible por siempre jamás, y me dije que esta experiencia formaba parte de ese grupo raro de fenómenos aleatorios que se producen en el universo desafiando toda lógica y causalidad. Quise recuperar mi cartulina a la que empecé a atribuir algún tipo de propiedad maravillosa, y, tras realizar mis compras y mi gestión, regresé a casa por el mismo punto que acababa de producirse el prodigio, pero mi hoja ya no colgaba del parachoques, y no se hallaba debajo ni cerca del vehículo. A poca distancia del mismo, unos operarios de los servicios especiales de limpieza se afanaban con unos artilugios mecánicos en despejar la suciedad de las aceras, y mi cartulina mágica había sido engullida seguramente por uno de esos ruidosos e inoportunos aspiradores.

 

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Espacio de Balbino. Escritos sociales. ¡Que se callen los cainitas!

¡Que se callen los cainitas!

De todo el conflicto independentista catalán que estamos viviendo en España, tal vez el efecto más perverso sea el de las voces de odio de uno y otro lado que están desenterrando el hacha de guerra. Españoles contra españoles, catalanes contra catalanes, argumentan su defensa o rechazo a la independencia basándose en supuestas o imaginarias afrentas y agravios presentes o pasados. Insultos, calumnias, desprecios, humillaciones: todo vale para denigrar al enemigo y justificar así la ruptura o, por el contrario, la aplicación de soluciones autoritarias que acaben con los sediciosos. Estos cainitas jalean la lucha abierta entre de un lado el Gobierno que se escuda tras el imperio de la ley emanado de la Constitución, y del otro el Govern que se ampara en los supuestos derechos democráticos de los pueblos y naciones a auto determinarse.

Nos esperan unos meses desquiciantes y alucinantes, sin más alternativa que el sí o el no (en menor medida), a una independencia cuyo contenido y maravillas sus partidarios son incapaces de explicarnos y sus detractores no aciertan a denunciar.

Porque se está soslayando el verdadero debate que consiste en saber: ¿independencia para qué? ¿En qué van a cambiar las cosas para los catalanes y los españoles? Detalles tales como si se crearán aduanas, control de fronteras, nuevo ejército, reparto de la hacienda, jubilaciones, libertad de circulación de los ciudadanos por carreteras, aeropuertos y ferrocarriles; y, moneda, ¿qué moneda para el nuevo estado desconectado? Todas esas “naderías” se silencian y se ignoran.

Porque se está soslayando desde el lado del Gobierno su plan de integración en el Estado español de los millones de catalanes que desean marcharse…

Pues cueste lo que cueste, en términos civilizados, es necesario abandonar esas sendas monstruosas que solo al desastre pueden conducirnos.

En nombre de nuestros hijos, en nombre de nuestros nietos, que se imponga la templanza, la empatía, el seny catalán y el sentido común universal.

¡Que se callen las voces cainitas!

 

 

 

 

 

 

 

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Espacio de Balbino. Escritos flamencos. En el 25 aniversario de la muerte de Camarón

En el 25 aniversario de la muerte de Camarón de la Isla, unas declaraciones generosas, emocionadas y preclaras del gran Enrique Morente, recogidas en El País del 3 de julio de 1992

 

No nacerá otro como él.

Estoy hecho cachos. Camarón era el artista a quien yo más quería y se ha ido en un año trágico… Ni antes ni ahora hubo un eco como el suyo, donde ponía la voz hacía oro. Su capacidad de transmisión era asombrosa. Era un sonido nuevo en el cante. Tenía un sello que quedará para la eternidad.

Camarón ha influido en todos los cantaores de este tiempo. Es posible que también en mí, de alguna manera y sin yo saberlo. De artistas como él siempre se están recibiendo cosas buenas, nada más que cosas buenas, y aunque yo tenga mi personalidad es indudable que el cante de José me conmovía, me emocionaba.

Éramos como hermanos, cuando venía a Madrid pasaba mucho tiempo en mi casa. Era una persona encantadora. Pasamos juntos ratos inolvidables. Con quienes no tenía confianza apenas hablaba, pero con las personas que quería, tenía una gracia y unas ocurrencias geniales. En mi casa aparecía siempre con la sonrisa en la cara.

Era gitano puro. El pueblo gitano nunca tuvo oportunidad de verse reflejado en un mito como él y lo divinizó. La pérdida para el flamenco que su muerte supone es irreparable, es lo peor que le podía haber pasado al cante. No volverá a nacer uno como él, sabe Dios hasta cuándo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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